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INSUMISIÓN A LA DOCTRINA DE LA TECNOCRACIA:

LA SUBSUNCIÓN REAL DE GORGIAS DE LEONTINI A TONY NEGRI i.


 

Simón Royo Hernández

(2002/2023)


 

El sofista Gorgias de Leontini ya definió el escepticismo nihilista que alienta la tesis de la subsunción real, correlato de la doctrina de la tecnocracia. Decía el tal sofista que nada existe y que si pudiese algo existir no podría ser conocido y que si pudiese conocerse algo no podría comunicarse a los demás. Y con la subsunción real de Marx pasa algo muy parecido: se parte de la tesis de que ya todo es función del Capital, que lo absorbe todo, luego nada puede hacerse (frente al imperio del Capital) y en caso de que algo pudiese hacerse, no lo podríamos comunicar a los demás, y aunque supusiésemos que lo pudiésemos comunicar a los demás, no lo podríamos llevar a cabo.

Las mismas paradojas del escepticismo gnoseológico aparecen en el nihilismo ontológico, y en el terreno de la política son las que se aprecian en esos pesimistas que, a fuerza de haber esperado demasiado, han acabado desesperando de todo; creyendo que toda proyección de sentido es ilusoria (menos la propia tesis de que toda proyección de sentido es ilusoria, de ahí la contradicción en que incurren). La subsunción real revela así un cúmulo de contradicciones añejas con un nuevo ropaje, como la de ser entendida como una configuración irremediable y omniabarcante al tiempo que se escapa de ella, llegando al caso de la inacción o de la reacción; y la de actuar críticamente en su contra mientras que se la considera, al mismo tiempo, inquebrantable e imbatible, caso que puede tener al menos belleza, frente a los de la inacción y la reacción, la estética romántica de la lucha aun en una batalla perdida.

A los anarquistas de antaño la desesperanza del Estado moderno no les llevó a la depresión y al abandono de toda tentativa, y mucho menos a la reacción, sino que intentaron llevar a la práctica formas de vida alternativas, formas comunales como las de Cataluña y Aragón en la época de la guerra civil española (barridas de la faz de la tierra por el general republicano Lister) que quedarán como ejemplo para la posteridad, y que constituyeron un Estado dentro del Estado, si por tal reconocemos, en sentido lato, a una organización social racionalmente estructurada para la convivencia, con división del trabajo y excedentes de producción.

Los titubeos de la izquierda respecto a mantener o no la noción de Estado han sido recurrentes desde el siglo XIX a nuestros días ii. Tras el desarrollo y ulterior derrumbe del socialismo real a lo largo del siglo XX han vuelto a resurgir, en las izquierdas, las tentaciones más anarquizantes y antiestatalistas, alimentadas por la nefasta corrupción que acompaña a todo entramado político institucional y por las dificultades para atajarla, cercarla y limitarla, es decir, alimentadas por algo real, pero también alimentadas por algo imaginario. Es en el contexto de ese desencantamiento del comunismo soviético, una vez descubierto el horror stalinista y pasada la ensoñación sesentayochista, cuando surgió la noción imaginaria de la subsunción real, desenterrada de la interpretación maniquea de unos escritos inéditos de El Capital de Marx, con los que se trocaba la revolución, en mística apocalíptica del absoluto malo.

La deriva reaccionaria de antiguos miembros de la extrema izquierda hacia la extrema derecha acababa de comenzar, así como una aproximación entre el neoliberalismo, promotor del Estado mínimo o de la eliminación de lo público y ese anarquismo flotante y en ocasiones desquiciado que se encuentra en el postmodernismo. En tales circunstancias una suerte de teoría conspirativa a la inversa iii, de raigambre hegeliana, habría culminado en la negación del individuo del stalinismo y en la sinonimicidad pseudofoucaultiana entre Estado y Sujeción, de modo que si bien sería una estructura la que se habría erigido en hegemónico-absoluta y la que habría absorbido a las demás, sin resquicio alguno y con reducción de todo a lo mismo, serían contradictoriamente con lo anterior, unos pocos individuos, los llamados a desmantelar ese Leviatán o a sobrevivir a su hegemonía absoluta.

Matrix será entonces el correlato cinematográfico reciente más parecido a la tesis de que el capitalismo habría rebasado su capacidad de reproductibilidad técnica y ya sería capaz de producir subjetividades (subsunción real); donde se trata de la máquina que absorbe y produce ya no materia inerte sino vida, la biopolítica, una utopía negativa que en sus correlatos añejos entroncaría con la apocalíptica judeocristiana y en los recientes también con Huxley (Un mundo feliz), Orwell (1984), la realidad virtual, el ciborg personaje de cómic con nombre de fotocopiadora, Rank-Xerox o Terminator; relatos que avalarían la paradójica tesis de que en un mundo subsumido en su totalidad (Gran Hermano) subsistiría un reducto sectario de unos pocos seres “especiales” cuyo conocimiento de la conjura de lo real los mantendría a salvo de la domesticación y les situaría excepcional y ocasionalmente afuera del espectáculo, siquiera en cuanto cronistas del mismo, cuando no como simples plañideras.

La biopolítica contaba entre los proyectos del nazismo, llegar a producir lo vivo de forma totalmente apta a los intereses del Reich (Imperio), de forma eugenésica y mediante una tecnología que la ciencia-ficción a partir del proyecto genoma y de las manipulaciones transgénicas daría por alcanzada (la reciente película Gattaca juega también con esos miedos populares). Derivaciones de la misma índole, a partir de los avances y progresos reales de la tecnología, darán cuerpo a la más vulgar secta de la ufología.

Se trata de una serie de operaciones que todas las sectas practican y que en la de los seguidores de la subsunción real alcanzará cotas muy sofisticadas, llevando a grupúsculos reducidos al desprecio de todo aquel que, en cuanto subsumido incluso en su subjetividad, no podrá enarbolar un discurso otro que el discurso de El Capital, que hablará siempre por su boca (por boca de Los Otros habla El Pueblo) y no será digno de atención. En tales condiciones el diálogo es imposible y ni siquiera la polémica más descarnada o grosera podrá llegar a producirse, pues sólo a través de la boca de los elegidos hablará El Pueblo.

Pero otras discusiones, que sí se producen, pueden ilustrarnos bastante acerca de lo que puede pensarse a partir de un cierto agonismo con otras fuerzas de izquierda. Tras una lectura de una polémica celebrada entre los miembros de un centro okupado de Madrid (El Laboratorio) y José Luis Pardo, tiendo a pensar que a Pardo le ocurre a todo el que madura y llega a componendas entre el carácter absoluto del deseo y lo imaginario (el paraíso comunista o el infierno de la subsunción real, según se desee vivir o morir) y la constatación racional de las limitaciones y posibilidades de lo real; les sucede que se vuelven en cierto modo “social-demócratas” y un tanto “reformistas” (entre comillas ambas cosas) y que el Estado les parece entonces el mal menor: Pardo: Lo del mal menor, lo del Estado como mal menor es cosa de Deleuze y Guattari, no lo digo yo. Son ellos los que dicen que el mal menor es el Estado socialdemocrático, laico y de derecho. ¡Qué le voy a hacer! Es una cosa que está implícita en Mil Mesetas pero no se dice debido a la retórica revolucionaria”. (JLPardo, en: El Laboratorio - Debate sobre la intervención de José Luis Pardohttp://www.sindominio.net/laboratorio/documentos/milmesetas/debate_pardo.htm ).

Deleuze realizaría, según esta competente lectura de un texto tan críptico, un llamado a habitar mediante componendas (entre el pacto-Estado y la vida) y creativamente, los márgenes dentro del Estado del bienestar.

Sin duda Pardo conoce muy bien a Deleuze y Guattari, pero por las noticias que yo tenía de ellos me daba la impresión de que la lectura de los de Laboratorio era también correcta, aunque ambas parece que se contradicen, y eso debido a pasajes como el siguiente:

“Es posible que, espiritual o temporal, tiránico o democrático, capitalista o socialista, no haya habido nunca más que un solo Estado” (Gilles Deleuze & Felix Guattari El Antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia. Ed. Seix-Barral. Barcelona 1972, pág.199).

Pasaje que puede ciertamente sugerir un total antiestatalismo y dar cauce al anarquismo autogestionario y autonomista contemporáneo o al nihilismo patológico de la subsunción real, pero que también puede tomarse por una constatación de que hay que defender, a la vez, por una parte, a ese Estado inevitable (siempre el mismo), del avance del Mercado, y por otra, también al individuo, del propio Estado.

El filósofo es ambiguo y al no dar ejemplos concretos permite ambas lecturas, una que admite el Estado, la otra que aboga por su extinción; aunque al poner ejemplos concretos, abandonando el plano formalista-idealista de la filosofía y abordando el plano materialista de lo concreto, el deseo de abolición del Estado se muestre siempre como una ilusión, puesto que: “el Estado (pólis) nace cuando cada uno de nosotros no se autoabastece” (Platón República 369b) y tanto una comunidad tribal (êthnós, kômê) -aun distinguible de una comunidad política (demos), como una nación-Estado moderna, serían, entonces, en cierto sentido amplio, formas de Estado (politeiai) entendidas como garantías de supervivenciaiv; con un ágora y un espacio público (o sus equivalentes comunales, de ahí el mismo nombre griego para la plaza popular de la aldea o centro del pueblo y para el casco urbano de la ciudad: âsty), sin los cuales no le estaría dado al individuo subsistir.

Luego, volviendo a la polémica antecedente, lo que habría que dirimir es si resulta preferible o al menos equivalente la forma de Estado que propone el movimiento anárquico como alternativa a la existente en la Europa actual y qué posibilidades de constitución y subsistencia tiene, dada la sociedad actual, bien en su contra (una u otra) o bien en su interior (coexistencia de ambas). La Comuna libertaria en sentido amplio sería una forma de Estado, si por tal entendemos agrupación humana más allá del individualismo absoluto.

La tarea de indagar en todos los proyectos de constitución de la izquierda acerca de sus posibilidades y alentar con su trabajo teórico los ensayos de cambio social, ha sido abordada por Tony Negri, quien, no parece haber abandonado la pretensión de reformular un programa de izquierdas por el hecho de haber reconocido, desde hace mucho, la distinción entre la constitución formal y la constitución material, es decir, para que todo el mundo lo entienda, la distinción entre la declaración de las leyes que supuestamente ejercen de principios que rigen la sociedad (por ejemplo los derechos humanos) y la aplicación efectiva de los mismos (por ejemplo, la protección de la seguridad de las personas, de hecho, en muchos países del planeta):

“Se trata de recomponer la izquierda a partir de un programa con un nuevo Welfare State, con ingresos asegurados, con ciudadanía universal y libertad de movimientos migratorios”. (Le Monde diplomatique. Août 2002. Refonder la gauche italienne, par Antonio Negri. Titulado ¡Por una democracia absoluta! en la edición española, agosto 2002, p.3).

O sea que se trata de un Estado (State) y no de su abolición inmediata, pero discutiendo radicalmente la noción de representatividad y, sobre todo, queriendo eliminar la socialdemocracia y que no haya centroizquierda entre la derecha y la izquierda, sino un enfrentamiento total y una nueva resultante del nuevo conglomerado de fuerzas.

¿Cómo se concilia la noción de democracia absoluta y la de Estado? Pensamos que la Comuna de Paris sería lo más aproximado a esa conciliación que ha vomitado hasta ahora la historia, se tratará de una participación directa en un Estado que finalmente no será un fetichismo de Estado que haya que borrar por estar consagrado a la reproducción de capital y a la supuestamente a él subordinada reproducción social, como afirma Alain Bihr (Le Monde Diplomatique en español. Op.cit. El inevitable Marx, p.23), sino que en la dinámica de lo constituyente y lo constituido acabará por resultar de importancia también lo constituido y no ya sólo lo constituyente.

¿Cómo sería posible que, siendo lo constituyente siempre excelso, acabase constituyendo siempre podredumbrev? Lo constituido guardará siempre la semilla de lo constituyente y será a partir de ello que se podrá reconstituir, como dijera Platón de la escritura. Vemos entonces que se puede plantear una interpretación de la subsunción real no reaccionaria sino vitalista, y que ésta lleva a quien la plantea al polo opuesto a la reacción, en lugar de al nihilismo suicida y depresivo, al optimismo y en ocasiones, a las pretensiones desmesuradas; en Negri una opción de liderazgo con la que se piensa insuflar desmedida ilusión y esperanzas ciegas (en lugar de expectativas razonables) en la multitud (“sabiendo que si querían vencer era necesario insuflar obstinación en el ánimo de los soldados”; Maquiavelo Discorsi I.15); exagerando la significación de los nuevos movimientos y tecnologías, haciendo uso de las mentiras necesarias de Platón y minimizando la pervivencia de las estructuras e instituciones tradicionales, así como su lenta evolución. De ahí que en Negri se aprecie una voluntad positiva de construcción y cambio social a pesar de su añeja suscripción de la tesis de la subsunción real, y un exceso de un postmodernismo, que acaba eclipsando la dialéctica y perdiendo el norte de la ciencia en favor de la ideología y la religión, cuando no convirtiéndose en fenómeno editorial.

Hoy sabemos o deberíamos empezar a saber que: Estado, Sociedad (Cultura) y Capital, son tres estructuras interrelacionadas pero con suficiente autonomía como para no poder hacer derivar las unas de las otras; de modo que pensar, con la doctrina de la subsunción real, que todo es función del Capital, es un error maniqueo, un reduccionismo fruto de la impotencia y a veces de la enajenación mental, una postura que lleva al sectarismo o al autismo narcisista y a la absoluta negación nihilisto-reactivavi, desembocando en el cinismo y en el abandono de toda militancia política y de toda propuesta constructiva en la dirección del cambio social; bajo la convicción postrevolucionaria de haber trabajado, únicamente, en una vasta destrucción.

Como si creación y destrucción pudieran concebirse por separado y no hubiera de verse que, la filosofía, si quiere realizar una tarea productiva frente a los problemas mundiales, ha de consagrarse tanto a criticar lo obsoleto como a proponer lo venidero.

Frente al problema de la globalización, la filosofía libertaria ha caído frecuentemente en el nihilismo al postular la doctrina de la tecnocracia, a cuya base se encontraría la tesis de la subsunción real: la afirmación de que todo es ya producto del Capital.

El pensador italiano Tony Negri se encuentra cercado por esa contradicción, pero sólo redefiniendo ese fenómeno y reaccionando en una dirección constructiva y realista se podrá hacer frente desde este paradigma a los problemas mundiales y locales contemporáneos.

El anarquismo ontológico actual no parte de que nada es posible sino de una pluralidad de frentes de distinto grado de importancia según se acerquen o se alejen de la Comuna Libertaria. De ese modo no es incompatible defender lo público frente a lo privado, preferir el Estado al Mercado y sin embargo, estar en contra tanto del Estado como del Mercado dada su anuencia con el Capital que trata sin poder conseguirlo nunca de absorber y subsumir toda la realidad humana y vital entre sus engranajes de funcionamiento tecno-mecánico. El anarquizante puede parecer un antisistema y anti-todo, pero en realidad estará a favor de la libertad e igualdad en sus máximas expresiones comunales, de ahí que si llega a votar por la socialdemocracia estará ciertamente votando por el mal menor, pero no por ello reconociendo que eso sea lo máximo posible. No se trata de elegir la cárcel más confortable sino de vivir en libertad lo más posible.

Recientemente se han invertido ciertas tornas y parece que en veinte años la libertad hubiese cambiado de bando, que la ultraderecha es la que aboga por ella, la que se manifiesta, a la que golpea la policía, entendiendo “libertad” de manera anarcocapitalista, esto es, mero individualismo absoluto neoliberal, paradójicamente, bien nostálgica de dictaduras fascistas. El Estado sería entonces el opresor de la libertad de comercio, como lo entendieron los liberales de antaño, pero eso nada tiene que ver con una auténtica libertad anarquista, que solamente se da en la comunidad de individuos libres e iguales, en comunismo libertario.


 

Notas


 

i Publicado originalmente en 2002 en Internet en la página de Rebelión.org bajo el título: LA INSUMISIÓN A LA DOCTRINA DE LA TECNOCRACIA: BREVE ENSAYO CONTRA LA SUBSUNCIÓN REAL: http://www.rebelion.org/izquierda/royo090902.htm Lo republicamos en 2023 en La Caverna de Platón con nuevo título y ligeras correcciones por haber desaparecido de la citada fuente.
 

ii Las mismas discusiones de Marx y Engels con Bakunin y Kropotkin, el mismo enfrentamiento entre marxismo y anarquismo de antaño, se reproduce en nuestros días:Artículo: Dilemas del comunismo a caballo entre dos épocas http://www.rebelion.org/izquierda/jmiras260202.htm
Artículo: ¿Marxismo o anarquismo? http://www.rebelion.org/izquierda/escusa290402.htm
 

iii Las teorías conspirativas niegan la acción de la historia y de las instituciones en favor de la de unos pocos individuos, mientras que la doctrina de la subsunción real niega la acción de individuos y colectivos a favor no ya de la historia y de las instituciones, sino de una estructura determinada que reduciría a todas las demás. Cfr. infra & http://www.rebelion.org/opinion/simonroyo180702.htm
 

iv “La ciudadanía, aquí, es garantía de supervivencia y es inseparable de la identidad tribal” (Carlos Fernández Liria Geometría y Tragedia. Hiru, Guipúzcoa 2001, p.158). Identidad tribal que no sólo la supervivencia sino también el gerontocidio, como en La Balada del Narayama de Kurosawa, pudiera garantizar. Garantía de supervivencia que hoy se vuelve a demandar para la sociedad política, aunque: “Por el contrario la educación, el correlato ilustrado capaz de garantizar la mayoría de edad, lo que no garantiza en absoluto es la supervivencia” (Ibid. p.158 y cfr.161); no se garantiza la supervivencia en la sociedad en cuanto sociedad capitalista, pero nuestra sociedad no es sólo una sociedad capitalista, insistimos. (Ejemplo de garantía de supervivencia mediante el sector público actual serían las pensiones -irrisoriamente bajas, cierto- y la protección social -insuficiente, cierto-. Actualmente un anciano o es mantenido por su familia o tiene una pensión de jubilación, o tribu o sociedad política (a despecho de la convergencia y divergencia respectivas que separa tribu y sociedad política en el plano diacrónico, pero no en el sincrónico; y a pesar de la adaptación ecológica o social); luego o comunidad tribal o comunidad política, por mínimas que sean, pues de lo contrario morirá el anciano sin remedio). “Cuando Pirro pasó a Italia y reconoció el orden del ejército que le oponían los romanos, dijo: No sé que bárbaros son éstos (porque bárbaros llamaban los griegos a todos los extranjeros), pero la disposición de ese ejército que veo nada bárbara es” (Montaigne Ensayos I, XXX: De los caníbales). No sé que sociedades son las que garantizan la supervivencia de sus miembros, pero tal cosa, sea tribu o sociedad política quien lo lleve a efecto, nada bárbara me parece; a diferencia del capitalismo, que, al garantizar la explotación, barbariza. ¿No hubo acaso un grupo llamado socialismo o barbarie?…

v En esa identidad entre constituido y putrefacto consiste la deriva reaccionaria, ciertamente schopenhaueriana y perfectamente ensamblable con la subsunción real, en que, lamentablemente, han incurrido a veces algunos, suscitando respuestas en su mismo tono y lenguaje. http://www.rebelion.org/spain/sroyo190402.htm
 

vi Hay que distinguir entre nihilismo activo y nihilismo reactivo http://aparterei.com/alegria.htm

 

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