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POR QUÉ NO HACEMOS NADA

Una frágil conjetura histórica a propósito de La Inquisición española, de Henry Kamen

 Luis Fernández-Castañeda

 

Aun con todo lo dicho, algunas incógnitas permanecen. ¿Cómo pudo una sociedad en apariencia tan tolerante como la castellana, en la que las tres grandes religiones de Occidente habían coexistido durante siglos y en la que la Inquisición medieval  no había podido penetrar, cambiar su ideología en el siglo XV, contra los deseos de muchos grandes hombres tanto de la Iglesia como del estado?

                                                                                            Henry Kamen[i]

 

En cuestiones de conciencia, la manga siempre ha sido ancha, y el pueblo es capaz de tolerar casi todo. Por eso se pudo implantar la Inquisición en España, la solución final en Alemania, y ahora apenas hay movilizaciones masivas contra los escándalos de la crisis económica. ¿Cuándo llega la vergüenza, el bajar de ojos y el nunca más? A veces nunca; otras demasiado tarde. Por ejemplo: la explotación española de América provoca indignación moral general, pero ha pasado tanto tiempo que resulta ridículo decir “nunca más”, es algo que se sobreentiende. El momento del arrepentiemiento no llegó nunca, y no tiene sentido que quinientos años después los vivos se echen la culpa de lo que pasó, ni siquiera España como nación, porque el tiempo transcurrido ha sido demasiado, la nación y la sociedad han cambiado tanto en cinco siglos, que no tiene nada que ver con lo que era. Distinto caso es Alemania, donde las generaciones de posguerra indudablemente no tienen culpa, pero el país entero no puede librarse de una responsabilidad moral por lo ocurrido: todo está demasiado reciente aún, no ha pasado ni un siglo de aquello.

El pueblo se deja imponer muchas cosas porque está dedicado a sus asuntos, y normalmente ni se interesa ni quiere saber nada sobre política, donde todo es complejo y traicionero. Su objetivo es seguir su vida con las mínimas molestias posibles, como las vacas en el prado o el gorila en la selva. Lógico. Sin embargo, el hombre es un ser moral y, siéndolo, no puede quedarse de brazos cruzados ante ciertas cosas. No puede pero lo hace.

Nadie comprende cómo un pueblo acostumbrado a tolerar la vida de moros y judíos, como el castellano del siglo XV, fue poco a poco contagiándose de la virulencia que espumaban algunos predicadores y nobles hasta el punto de dejarse imponer la Inquisición. Un pueblo que había vivido durante siglos con otras culturas, acabó permitiendo una intolerancia (desde las grandes revueltas de 1391) que él mismo no practicaba. Las culturas vivían separadas, pero interconectadas. A veces estallaban conflictos, no se trataba de una convivencia idílica. Sin embargo, todos se habían hecho a vivir así, y no estaba mal. Pero de pronto, nadie sabe por qué, quieren convencerles de que la convivencia con el judío y con el moro es insoportable, de que son una amenaza para ellos y de que hay que convertirlos o expulsarlos, o matarlos. Y el pueblo, que no cree nada de eso y no lo creyó nunca, deja hacer. Que no lo creyó nunca lo demuestra el hecho de que la Inquisición jamás fue bien vista por los españoles, ni siquiera por los castellanos. Se promulgaban muchas instrucciones, había muchos reglamentos, índices de libros prohibidos, etc., pero todo ello se respetaba muy poco. Lo que sí había era, cómo no, corrupción en los dos sentidos: algunos del pueblo denunciaban a sus enemigos ante el tribunal, para vengarse de ellos (aun sin perspectiva de provecho económico), y algunos del tribunal desviaban los dineros hacia sus bolsillos. Entre unos y otros, la opinión pública que podía merecer la Inquisición era bastante baja.

Lo mismo está ocurriendo ahora con la crisis económica y con el “problema catalán”. Empezando por este último, hay que decir que algunos están convenciendo a los catalanes de que la convivencia ya es insoportable, de que no hay quien aguante ni un minuto más. Dispuestos a tirar por la borda cinco siglos de convivencia -tampoco idílica, desde luego-, es muy posible que acaben ganando la partida gracias a la pasividad del pueblo, como en la Castilla del XV. No quiere esto decir que los catalanes se crean lo que les dicen sus predicadores pero, de nuevo como en la Castilla del siglo XV, dejarán hacer. Con la crisis económica sucede algo parecido: lo que está ocurriendo llama a la revolución social... pero los españoles están dejando hacer. Aún hay ahorros. En más de cuatro años de crisis creciente, no se ha conseguido articular una respuesta radical y general a lo que está ocurriendo. ¿Por qué? La respuesta es evidente: porque el pueblo, como pueblo, no participa. El pueblo sigue a lo suyo, y más aún desde que lo suyo cada vez se le complica más. Los españoles, como pueblo,  no sienten vergüenza por lo que están haciendo, como no la sintieron sus antepasados por las barbaries de América, ni los alemanes por la nazificación del país desde 1933.  


 

[i] Henry Kamen: La Inquisición española. Una revisión histórica, RBA Barcelona, 2005 (inglesa de 1997), pp. 307-8.

 

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