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INDIGNACIÓN ÉTICA

 

José María García-Mauriño

 

La Indignación ética es una experiencia fundamental humana. Es la que puede marcar el sentido de la propia vida. Y si lo marca es «a partir de la realidad», a partir de la realidad más real, que es la realidad concreta de la injusticia que se comete con los pobres, la realidad mayor de nuestro tiempo, el lugar «antropológico» más fundamental.

Hoy no se puede definir el sentido de la vida sin situarse de cara a los pobres, o sin pronunciarse ante el conflicto crucial de nuestro tiempo, de los barrios y pueblos frente al capitalismo devastador, frente al imperio. Hay que encontrar el sentido de la vida desde el sentido de la Historia, desde los barrios y pueblos oprimidos. Los pobres juegan en el mundo un papel crucial. Ellos son quienes nos dicen realmente qué es el mundo. Toda captación de la realidad del mundo fuera de los pobres es una captación esencialmente viciada, distorsionada.

 Distinguimos en ella varios elementos:

1, Una percepción de la «realidad fundamental»,

2, Comprometidos los valores fundamentales

3, Una exigencia ineludible, y

4, La que marca el sentido de la vida

 1.- Una percepción de la «realidad fundamental»,

En primer lugar, decimos, que en la indignación ética se da una percepción de la realidad fundamental, que es la realidad más cruda y radical. Como es, por ejemplo en España en este año de 2013, los más de 6 millones de parados, la angustia y la nula esperanza de encontrar trabajo de cerca de 2 millones de parados de larga duración, la lista interminable de desahuciados, la cruda realidad de los inmigrantes sin papeles, los más de 2 y medio millones de familias que no tienen ningún ingreso, los comedores de Cáritas atestados de gente, el sufrimiento de familias enteras que dependen de la escasa pensión de los abuelos, los jóvenes que tienen que emigrar para encontrar algún trabajo en el extranjero, multitud de niños que no tienen siquiera el comedor en sus escuelas infantiles. Y un largo etc.

Con esta percepción de la realidad queremos decir que la persona llega a captar en la realidad algo que le parece afectar a lo más sensible de la existencia. Como cuando no se puede tocar una herida porque en ella ha quedado al descubierto un nervio cuyo tocamiento estremece todo el sistema nervioso de la persona. Hay realidades y situaciones que ponen al descubierto ante cualquier persona dimensiones sumamente sensibles, esenciales, que comprometen los valores que estimamos como absolutos cuya integración es necesaria para la captación del sentido de la vida. En esas realidades y situaciones nos parece «tocar» lo más sensible de la existencia, lo «absoluto», aquello que nos concierne inapelablemente y que provoca en nosotros una reacción incontenible.

 

2. Comprometidos con los valores fundamentales.

Esa realidad es captada e interpretada de forma que se ven comprometidos en ella valores éticos. Al percibir esa realidad fundamental sentimos una indignación ética «radical» que viene desde lo más hondo, desde las raíces últimas de nuestro ser. Es una indignación que no brota de una circunstancia o de una ideología particular, sino una indignación que uno percibe que la siente por el mero hecho de ser humano, de forma que si no la sintiera no se sentiría humano Se trata de la percepción de la urgencia de la transformación social. Otro modelo de sociedad que sea más justa e igualitaria. Una indignación tan irresistible que no deja comprender cómo puedan no sentirla otras personas que se dicen humanas.

La Indignación es un sentimiento profundo, un estado violento provocado en alguna persona por una realidad tremenda, dura y radical, o una acción injusta o reprobable (María Moliner). Se trata de una experiencia, no de una teoría, una experiencia fundamental, porque es algo que ante la percepción de esa cruda realidad, marca a la persona en todos los niveles de su vida. Queda en la base de nuestra personalidad, nos define, nos constituye.

Esa percepción nos afecta porque quedan al descubierto, al aire libre, unos valores propios de todo ser humano.Valores fundamentales, imprescindibles, para la formación de su conciencia. Son los valores que subyacen en los Derechos humanos como son: la afirmación de la vida, el amor, la libertad, la justicia, la verdad, la igualdad. Valores básicos de todo Ser Humano. Al ser básicos, son  universalizables, es decir, se pueden aplicar a cualquier ser humano de cualquier país, o etnia, sea de oriente o de occidente.

 

3.- Una exigencia ineludible,

Se trata de una indignación radical que comporta una exigencia ineludible. Nos afecta, nos sacude, nos conmueve, imperativamente. Nos sentimos cuestionados en lo más hondo, en nuestro mismo ser. No podemos dejar de sentirnos concernidos por estas tremendas realidades. No podemos callar, ni tampoco podemos quedarnos con los brazos cruzados. Nos vemos interpelados constantemente de una forma ineludible: sentimos que no podemos transigir, tolerar, convivir o pactar con la injusticia, porque sería una traición a nuestra conciencia, a lo más íntimo y profundo de nosotros mismos….

Esta exigencia ineludible es a la vez una opción fundamental, porque se hace en función de esos valores fundamentales de la existencia, de la vida humana. Esos valores se han percibido como la base de  esa realidad concreta percibida. Se trata,  por tanto, de la opción fundamental de la persona.

 

4. Es la que marca el sentido de la propia vida,

Esta opción se toma «a partir de la realidad», que es la realidad concreta de los pobres, Hay personas que pasan por la vida sin enfrentarse a esta «realidad mayor», personas que se quedan en pequeñas realidades privadas, o de su grupo, sin llegar a descubrir el conflicto mayor de nuestro tiempo: La inmensa mayoría de la Humanidad padece hambre y miseria.  Los pobres juegan en el mundo un papel crucial. Ellos son quienes nos dicen realmente qué es el mundo Toda captación de la realidad del mundo fuera de los pobres es una captación esencialmente viciada, distorsionada.

 Hoy estimamos que no se puede definir el sentido de la vida sin situarse de cara a los pobres, o sin pronunciarse ante el conflicto crucial de nuestro tiempo: la mayoría de los pueblos se siente oprimida por el imperio del dinero, del capital. Hay que encontrar el sentido de la vida desde el sentido de la Historia, desde las personas, barrios y  pueblos oprimidos.

Esta toma de postura también puede ser negativa: la actitud contraria a la indignación ética es la cerrazón del corazón, la falta de sensibilidad, la indiferencia, el pasotismo, la comodidad.

 De ello deducimos lo siguiente:

Hay personas que pasan por la vida sin enfrentarse a esta «realidad mayor», personas que se quedan en pequeñas realidades privadas, o de su grupo, sin llegar a descubrir el conflicto mayor de nuestro tiempo. La perversidad del sistema capitalista que está conduciendo a la humanidad a una catástrofe sin precedentes. Es bien conocida la tesis de Emile. Durkheim (ilustre sociólogo) según la cual en el origen del socialismo hay una pasión: la pasión por la justicia y por la liberación de los oprimidos; una indignación ética, por tanto.

 El punto de vista de los pobres y oprimidos es el más fecundo -por ser el más real- para captar el sentido de la historia que no es el punto de vista de los poderosos. La realidad sangrante sólo  se puede ver desde abajo.

Por todo ello es por lo que el contacto con la realidad del hambre en el mundo, de los pobres, de los parados, de los inmigrantes, de las mujeres, de los niños,  es necesario para todos aquellos que no nacieron o no viven en esa realidad. Es el contacto con los pobres el que, de hecho, nos hace mucho más real, la misma realidad.

Esta experiencia fundamental y la opción fundamental que lleva implícita es también un acto religioso. Aun vivido con una conciencia de no creencia.  Porque le salen al encuentro los interrogantes más serios de la vida: el sentido de la realidad, de la historia, de la humanidad, de sí mismo… porque ahí está definiendo el sentido de su vida, y por tanto está reconociendo a unos determinados valores como absolutos,

La indignación ética es también compasión. Es sentir como propio el dolor del mundo, padecer con él. El origen de esta pasión es lo que está en el origen de toda utopía revolucionaria. Decía Emile Durkheim,  “una persona no se hace revolucionaria por la ciencia, -ni por la participación frecuente en manifestaciones de protesta callejera, añado yo- sino por el sentimiento profundo de la indignación ética”.

 

Finalmente,  una cita del que fue Secretario de Estadio de los EEUU, Henry Kissinger a Gabriel Valdés, ministro de Asuntos Exteriores de Chile.

«Usted viene aquí hablando de América Latina, pero eso no interesa. Nada importante viene del Sur. La historia nunca ha sido hecha en el Sur. El eje de la historia comienza en Moscú, pasa por Bonn, llega a Washington y sigue hacia Tokio. Todo lo que pueda pasar en el Sur carece de importancia».  

 

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