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ILUSTRACIÓN.

Una esperanza fallida que ha configurado nuestra sociedad. 

Víctor Hugo Alférez Jiménez[1]

 ( Publicado en Mayo de 2007)

La Ilustración [...] ha perseguido desde siempre el objetivo de liberar a los hombres del miedo y constituirlos en señores. Pero la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad.

Max Horkheimer y Theodor W. Adorno

Dialéctica de la Ilustración

 

 

Hablar de la ilustración es al mismo tiempo una empresa fácil y complicada. Lo primero porque es un tópico frecuentemente mencionado, y lo segundo, porque representa la caracterización de toda una época, el criterio con base en el cual se han configurado las sociedades modernas y contemporáneas, una forma de percibir el mundo y la relación consigo mismo, que presenta dos aristas sumamente importantes. Por tal motivo, deseo centrarme, en un primer momento, en las condiciones de posibilidad que permitieron el surgimiento de la perspectiva ilustrada en la historia del pensamiento como una apuesta optimista y, en un segundo momento, una aproximación a la crítica hecha por Horkheimer y Adorno a la Ilustración misma, que apunta a ver en ella no la esperanza de liberación del hombre, sino la amenaza real y realizada de enajenación y aniquilamiento.

A principios del siglo XVIII aparece ante los ojos del mundo artístico alemán una pintura que habría de simbolizar, en adelante y por muchos años, los avatares más profundos e importantes de la humanidad en todas sus esferas. La obra, que llevaba por título “Aufklärung”, exhibía a un jinete, un caminante y un carro de carga que, uno de tras del otro, recorrían una vereda solitaria y dominada por la oscuridad rumbo a un gran castillo, del cual, sólo es posible apreciar sus torres pues el resto, se encuentra oculto tras las copas de los árboles. Éste, a diferencia del camino que conduce a él, es resplandeciente gracias al sol que nace de entre las cordilleras y que comienza a asomarse y a iluminar el aún cielo crepuscular, luchando por disipar las tinieblas que envuelven aún los caminos.

            Esta representación es símbolo de los intereses y convicciones que caracterizan “el gran acontecimiento” de la Ilustración, mismo que permeó en muchas de las dimensiones de la vida humana. En efecto, podemos hacer una analogía en donde los personajes de la pintura son la totalidad de hombres que a lo largo de la historia han caminado en búsqueda de la verdad, en medio de caminos inciertos que poco a poco comienzan a ser iluminados por una gran luz que les permitirá ver con mayor claridad: la luz de la razón.

            La Ilustración, se ha caracterizado por tener como centro de la atención y detonador de reflexiones, el re-surgimiento de la razón humana como la instancia que augura el dominio total de la naturaleza. Así, Ferrater Mora nos dice al respecto: “[…] se ha caracterizado la Ilustración por su optimismo en el poder de la razón y en la posibilidad de reorganizar a fondo la sociedad a base de principios racionales.”[2]

            Abandonarse al poder de la razón, convencerse de que sólo a través de la actividad racional se garantiza el progreso e instaurar la razón como amo, señor y juez de todo acontecer, son algunas de las características primordiales de la también llamada Aufklärung.

            La historia del hombre y la historia misma de su pensamiento, han pasado por diversas etapas que han determinado de manera radical las situaciones y sobre todo, la manera de afrontarlas. Así, encontramos que en la antigüedad, el hombre se dejó sorprender e incluso dominar por la naturaleza misma. El mundo, constituía el centro de las reflexiones, y el hombre, formando parte de él, lo iba descubriendo. La situación histórica cambió, Roma adquiere un poder tan grande a través de la propagación de cristianismo, que la vida se ve transformada y el mundo cede su lugar principal a una nueva figura: Dios. La Edad Media, se constituye como aquel periodo histórico en el que todas las actividades del acontecer humano, al menos en Occidente, deben confrontarse con la figura Divina y más aún, con la figura institucional que la representa. La actividad del hombre, pasó de estar regulada y centrada en el mundo, para estarlo en torno a Dios, era Él quien le dictaba qué hacer y cómo hacerlo, lo lícito y lo ilícito, lo bueno y lo malo. En definitiva, XVI siglos en los que el hombre prácticamente permaneció escondido bajo la sombra de otras instancias.

            De esta manera, el hombre oculto llegó a cuestionarse si no había otra posibilidad, si no podía ser él quien fungiera como parámetro regulador de las acciones y como protagonista del acontecer. Con la caída del Imperio Romano de occidente, la figura de Dios comenzó a perder fuerza, al menos al grado que la tenía, y sólo a partir de este momento, el hombre puede liberarse de la sombra que lo ocultaba y con ello, se descubre con lo necesario para valerse por sí mismo. Al respecto, René Descartes[3] afirma que el acceso a la verdad es igual para todos los hombres. Todos tienen la misma capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso, nos dice: “[...] la facultad de juzgar bien y de distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen sentido o razón es por naturaleza igual en todos los hombres”. [4]

            Menciono esto, porque me parece que hablar de Ilustración en términos de “optimismo” es sólo posible a partir de la recuperación del hombre y más específicamente de su poder racional. Es decir, la Ilustración encuentra su condición de posibilidad en el reconocimiento del gran poder que representa la razón. La ilustración, comenzada en el siglo XVII y llevada a su plenitud en el XVIII, tiene la certeza de que la razón debía procurar el bienestar y la felicidad a partir de la emancipación de la providencia divina. Prueba de ello es que los gobiernos ilustrados tenían por objetivo la modernización del estado, la reforma del derecho y la instrucción pública, la abolición de derechos feudales y el deseo de favorecer el desarrollo económico.[5] La Ilustración por tanto, es un poner bajo la custodia de la razón la esperanza del progreso, un no existir nada fuera de la consideración racional, un optimismo de transformación, un replanteamiento de las formas de vida, de la formación personal, entre otras cosas. Todo ello, a partir de la aceptación de la confrontación cartesiana y de la invitación imperante realizada por Kant: “¡Sapere aude! ¿[sic] Ten el valor de servirte de tu propia razón!: He aquí el lema de la ilustración”[6].

            La ilustración, por tanto, consideró que la razón humana era “[…] capaz de poder comprender exhaustivamente la realidad, y se dispuso a transformar con arreglo a sus opiniones todas las esferas de la vida […]”.[7]

            Bajo esta perspectiva el hombre auguraba el éxito en todas sus empresas, ¿qué más podía pedir si todo estaba bajo su dominio y bajo el poder de su consideración? ¿Qué resultados no gratos podía obtener si era él mismo el que determinaría el qué y el cómo de las cosas? ¿Cómo salir perjudicado si todo dependía de él? Sin lugar a dudas, la Ilustración, el ser iluminado por aquel sol naciente expresado artísticamente por Chodowiecki, garantizaba la intuición cartesiana de que “[…] es mucho más deseable servirse de los propios ojos para orientarse y para disfrutar de la belleza de los colores y de la luz que seguir las instrucciones de otro y mantenerlos cerrados”.[8]

            El hombre abrió los ojos y descubrió la posibilidad de liberarse de la culpable incapacidad kantiana[9] en la que había permanecido durante siglos; no obstante, se quedó en eso: en vislumbrar una posibilidad, en darle cuerpo a una esperanza liberadora, que lo liberaría de los yugos opresores que intentaban controlar su actuar y su pensar, a cambio de una vida más libre y poderosa ante el mundo.

            En efecto, la ilustración, como ya he dicho, traía consigo el despertar del hombre, el descubrimiento de aquella capacidad que le era propia y le caracterizaba radicalmente, el pensamiento y con él, venía la posibilidad de re-construir el mundo desde una perspectiva propia y liberadora. Con el pensamiento y la razón, el hombre se ubicaba en la cúspide de todo, adquirió la capacidad suficiente para descartar criterios reguladores antiguos, tales como la religión, la autoridad incuestionable y la perspectiva mítica, por ver en ellos, manifestaciones ingenuas, carentes de rigor y por tanto, carentes de cualquier derecho de ciudadanía en el mundo, que valía la pena ser considerado.

            Ante esto, Adorno y Horkheimer en su libro Dialéctica de la Ilustración, comentan:

[...] la Ilustración recae en la mitología, de la que nunca supo escapar. Pues la mitología había reproducido en sus figuras la esencia de lo existente: cielo, destino, , dominio del mundo como la verdad, y con ello había renunciado a la esperanza. En la pregnancia de la imagen mítica, como en la claridad de la fórmula  científica, se halla confirmada la eternidad , y el hecho bruto es proclamado como el sentido que él mismo oculta.[10]

            En efecto, la Ilustración y la sociedad misma inspirada en tales postulados, guardó la esperanza de renovar la imagén que se tenía de sí y de todo lo que le rodeaba, sin embargo, criticó fehacientemente todo lo anterior y no pudo, sino terminar en lo mismo, esto es, en una perspectiva que abrió la puerta a nuevas categorías y con ello, a la influencia irrevocable del sistema que buscaría adecuar todo a sus intereses.

            El análisis emprendido dichos autores es sumamente importante debido a que viene a desenmascarar el gran mito en el que la Ilustración vino a convertirse, a señalar todo aquello que en realidad ha sido realidad de dicho fenómeno. Tal postura, representa ineludible cuando se quiere analizar las condiciones últimas de posibilidad de la configuración de nuestra sociedad –que dicho sea de paso es uno de los objetivos de nuestro curso.

            La Ilustración ha representado para el hombre el inicio de una serie de males perversos, que, prometiendo y fingiendo ser una esperanza, no ha sino institucionalizado la eternidad de estructuras que sofocan todo intento de renovación. Más aún, se a convertido en una amenaza realizada a partir del supuesto mismo que cambiaría las cosas, la razón, así, “la enfermedad de la razón radica en su propio origen, en el afán del hombre de dominar la naturaleza”.[11]

            Así, la razón que descubría al hombre un mundo de infinitas posibilidades, de conquistar la libertad y someter a la naturaleza, ha sido quien lo somete, de manera definitiva, a un su peor yugo. La razón, vino, efectivamente, a cambiar la realidad, pero la cambió sometiendo al hombre mismo, y haciendo de las sociedades, partes articuladas de un gran sistema que se controla bajo intereses propios. Al respecto, los críticos de la Ilustración señalan que “la Ilustración [...] ha perseguido desde siempre el objetivo de liberar al hombre del miedo y constituirlos en señores. Pero la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad”.[12]

            La ilustración había terminado de colocar al hombre en el centro de todo, era él y sólo él, el sustento y la justificación de la realidad toda en función de su capacidad racional que configuraba y constituía al mundo. La razón, se implantaba como la instancia capaz de sobreponerse a todo cuanto existe, como la condición de posibilidad de todo cuanto existe, sin embargo, el ambiente ilustrado, fue robado por intereses mucho más inmediatos, intereses que buscaban la construcción de inmundo que satisficiera al sistema de poder y más allá de ser la posibilidad de liberación, termino siendo la posibilidad de garantizar beneficios y sueños de unos cuantos, por ello, Adorno y Horkheimer afirman: “la Ilustración reconoce en principio como ser y acontecer sólo aquello que puede reducirse a la unidad: su ideal es el  sistema del cual derivan todas y cada una de las cosas”.[13]

            ¿Dónde quedó la razón que era nota peculiar y característica del hombre, que serviría para su liberación? Efectivamente, quedó liberada, pero liberada del hombre, de tal manera, que aquella razón teórica, pura y trascendental que auguraba una sociedad de la racionalidad pura, celosa del deber y de la norma ética universal, termino por convertirse en una racionalidad mera y exclusivamente técnica y pragmática, para la cual no hay limite alguno existente, sino sus propios objetivos a favor de la instancia del poder.

            La razón traicionó los ideales de los individuos y de las sociedades mismas. En efecto, el riego latente de la incursión en el caos al renunciar a los criterios establecidos de la autoridad y de la religión, se vio inmediatamente eliminado, pues la razón estratégica, se dio a la tarea de establecer un orden irrevocable, orden que se dice en términos de sometimiento, de paz fruto de la enajenación, de esperanzas fallidas y permanentes a manera de ilusión.

            El sujeto Kantiano, centro de la reflexión, fundamento último de la realidad, con un sentido moral propio y augurio de la autonomía, quedó a la deriva y terminó por desaparecer quedando sólo como una bonita ilusión, necesaria como tal, para fortalecer a un sistema, maquinaria social, que es sujeto y objeto de toda actividad. Así, “[...] el individuo es ilusorio no sólo a la estandarización de los medios de producción, pues la singularidad del sí mismo es un bien monopolista socialmente condicionado, presentado falsamente como natural”.[14]

            El famoso esquematismo apriorístico kantiano le ha sido arrebatado al sujeto por la industria pues para el consumidor todo ha sido previamente clasificado por el esquematismo de la producción. ¿Dónde quedó aquel sujeto autónomo con su peculiar capacidad de autoerigirse? Pues quedó hipnóticamente sometido a un proceso de producción que decide por él haciéndole creer que es él mismo el que lo hace, inmerso en un sistema económico, político, social e incluso cultural en el que lejos de ser protagonista no es sino una pieza más que funciona a favor de intenciones predefinidas que él mismo debe alimentar, sumergido en un proceso de estandarización donde aquello a lo que tiene derecho ha sido previamente decidido por el sistema mismo, quedó convertido en material estadístico en medio de una desmesurada unidad que lo clasifica entre consumidores según lo cual debe comportarse y consumir.[15]

            Con todo esto, nos situamos en medio de un proceso de radical industrialización y tecnificación del entorno, donde la libertad augurada, la autonomía prometida y el progreso insinuada, han sido la gran esperanza fallida. El hombre y la sociedad en la que está inmerso, se encuentra perdido en medio del mundo que ha sido construido con base en una racionalidad tecnificadamente tendenciosa en la que sobrevive la tendencia del liberalismo a dejar paso libre a sus sujetos más capaces.[16]

            En definitiva la crítica que tales autores hacen de la Ilustración invitan a ver en ella un proceso dialéctica entre esperanza y frustración de la misma, una dialéctica que se juega en medio de intereses muy claros, donde la razón ha cobrado autonomía pero no en beneficio del hombre, sino del sistema en el que éste está inmerso.

            Así, la Ilustración ha significado para el hombre el inicio de una nueva barbarie en la que el objetivo principal es someter a todo y a todos a un proceso de homogeneización profundamente diferenciada. Me explico, no se trata de hacer de la totalidad una misma cosa, sino una totalidad clasificada que como tal, constituye el orden que favorece.

            La sociedad inspirada en los principios ilustrados se ha vuelta una sociedad del orden, de la estabilidad y de la ilusión latente. Una sociedad que establece el orden aniquilando las diferencias propias del hombre e instaurando una diferenciación  clasificatoria, una sociedad cuya estratificación es irreversible, una sociedad en la que la imaginación, la creatividad, la innovación, los procesos autónomos y sorprendentes le han sido arrebatados.

            El hombre y la sociedad ilustrada, distan mucho de los ideales que les dieron origen, pues el mundo entero es conducido a través de la industria cultural, en donde la imaginación y la creatividad se encuentran atrofiadas y cualquier esfuerzo requerido se da ya automáticamente.[17] Pues “la ilustración se relaciona con las cosas como el dictador se relaciona con los hombres. Éste los conoce en la medida en que puede manipularlos”.[18]

            En efecto, no podemos remitirnos a la sociedad del mundo moderno o contemporáneo si no atendemos a estas críticas del sistema ilustrado, pues la perspectiva de absolutamente todas las dimensiones en la que se debate el hombre y la sociedad, han sido transformadas por completo. No podemos seguir hablar de una estructura social que auténticamente sea independiente de este fenómenos pues lejos de tener un ámbito de aplicación definido siendo posible permanecer al margen, es un fenómeno omniabarcante pues se preocupo lo suficiente por transformar la mentalidad de los sujetos para convertirlos en fieles colaboradores.

            Hablar de sociedad no es hablar únicamente del conjunto de individuos congregados en torno de ciertos elementos como el arte, religión, gastronomía, actividades productivas, etcétera, sino que también hemos de hablar de la vivencia que en cada uno hay de tales elementos, es decir, hablar de sociedades es hablar auténticamente de cultura tanto con su elemento objetivo como el subjetivo, sólo que, en el contexto de la Ilustración el subjetivo es manipulado y el objetivo, estratégicamente creado, al grado que “hablar de cultura es hablar de la subsunción industrializada, radical y consecuente de subordinar todas las ramas de la producción espiritual al único objetivo de cerrar los sentidos de los hombres”.[19]

            Una sociedad bajo los parámetros Ilustrados en los que se reconoce su dimensión destructiva, es una sociedad en la que el hombre que la conforma es un simple partícipe de la dinámica estratégica del sistema, en donde el pensar autónomo, la imaginación, la capacidad de asombro, la tendencia a la innovación, entre otras cosas, han pasado a ser la agenda del sistema de poder.

            Una sociedad configurada ante tales parámetros, deja de ser una sociedad responsable de sí, pues absolutamente todo lo que acontece en ella es fruto de la influencia dominante y radical a la que está expuesta. Absolutamente nada escapa a esta caracterización, pues incluso las dimensiones que podían ser consideradas en cierto ámbito privada han sido sustraídas.

            La sociedad ha dejado de ser fruto de la libre autodeterminación de sus miembros para ser resultado de la manipulación a través de medios , de comunicación, que de manera concientemente inconsciente (en el sentido de un actuar premeditado y perverso) ha eliminado toda postura crítica de los individuos formando en ellos sujetos acríticos, incapaces a sobreponerse a través del bombardeo de información-noticia en la que basta figurar que se está enterado sin posibilidad de réplica so pena de ser vista como rebelión al sistema.

            En este contexto social, el arte ha perdido su dimensión de trascendencia para ser repetición de lo más inmediato, para fungir como paliativo que finge curar la angustia de la vorágine de la Industria cultural, pero que en realidad es abono que intensifica su reproducción. Nociones tales como la sublimación ha sido intercambiada por el aniquilamiento frustrante, la trascendencia por lo inmanente, la crítica por el juicio pericial mecánico, el respeto por el culto efímero de la de celebridad, la ausencia sublime de pudor por la pornografía, etcétera.[20] En definitiva, se han configurado sociedad y culturas en torno de lo efímero y de lo carente de elaboración.

            Como podemos ver, la Ilustración, promesa latente de progreso y liberación del hombre, termina siendo, desde ella misma, retroceso y enajenación.

            Estas serie de críticas resultan sumamente importantes para un curso como el Filosofía de las ciencias sociales, pues si bien es cierto la sociedad al ser un complejo en permanente cambio y re-configuración resulta difícil aprehenderla en conceptos, también es cierto que es urgente detenernos a reflexionar acerca de las condiciones de posibilidad que han permitido la configuración de ella. Es innegable, aún con la distancias en el tiempo que nos separa de estos críticos de la Ilustración, que su pensamiento sigue siendo vigente. Vivimos inmersos en una sociedad de masas, donde es más fácil y cómodo seguir lo que se va imponiendo, dónde la posibilidad de reacción está profundamente condicionada, pues absolutamente por todos los medios se reproduce el sistema. Hacer una crítica compromete, no podemos quedarnos en el simple conocimiento de estas dos perspectivas de la Ilustración, tenemos que hacer consciente que más allá de un fenómeno teórico, es uno tal que ha trastornado nuestro contexto más inmediato, un proceso de despersonalización que, de manera incuestionable, dibuja claramente, la condición de muchas de nuestras sociedades contemporáneas.

            La lectura de este texto, aún cuando haya dejado fuera muchos comentarios valiosos, ha sido sumamente útil para conocer el otro lado de la llamada Ilustración, no como una posibilidad EXCLUYENTE junto a otra, sino como una realidad DIALÉCTICA, cuyo intersticio es de fácil difuminación que sólo será posible distinguir y evitar el paso a estas consecuencias desgarradoras, si estamos atentos a la crítica y no nos aferramos a negarlas.

 


 

[1] Licenciado en Filosofía por la Universidad Intercontinental (México, D. F.) Actualmente estudiante de la Maestría en Filosofía en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. México.

[2] Ferrater Mora, José, “Ilustración” en Diccionario de filosofía. Ariel Filosofía, Barcelona, 2001

[3] Descartes representa un pensador que se le ubica en un período muy peculiar en la historia del pensamiento, en una época que hace historia, que se implanta como “rompe aguas”, que confronta a la Tradición y abre un horizonte nuevo para la reflexión. Por ello se le ha llamado “padre de la filosofía moderna”, como una manera de distinguir la línea de su pensamiento, sus fundamentos, de todo lo que se había venido dando. En este breve ensayo, recurro a René Descartes sabiendo de que no forma parte de la Ilustración misma, pues su intención era recurrir a la razón para encontrar los primeros principios que sustentaban a la realidad y, la Ilustración, recurre a la razón como instrumento práctico de afrontar las situaciones y sacar provecho de ellas. Sin embargo, tal y como lo expresé al principio del escrito, la finalidad es mostrar las condiciones de posibilidad para que la Ilustración se desarrollará como apuesta optimista y, según mi parecer, la principal es el surgimiento o toma de conciencia de la capacidad racional del hombre, y ello, nos remite inmediatamente a Descartes.

[4] Descartes René, Discurso del método. [Trad. Risieri Frondiza], 8ª reimp., Alianza, España, 1986, p. 69

[5] Cfr. AAVV, Historia Universal. Fondo de Cultura Económica. México, 1997, p. 80

[6] Citado por Mayos Solsona, Gonçal, Ilustración y Romanticismo. Herder, Barcelona, 2003, p. 376

[7] Brugger, Walter, “Ilustración” en Diccionario de filosofía. Herder, Barcelona, 1983

[8] Descartes, René, Los principios de la filosofía. [Trad. Guillermo Quintás], Alianza, España, 1995, p. 8

[9] Cfr. Mayos Solsona, Gonçal, Ibidem

[10] Horkheimer, Max y Adorno, Theodor, Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos, Trotta, Madrid, 1994, p. 80

[11] Ibidem, p. 12

[12] Ibidem, p. 59

[13] Ibidem, p. 62

[14] Ibidem, p. 199

[15] Cf. Ibidem, p. 168

[16] Cf. Ibidem, p. 176

[17] Cf. Ibidem, p. 171

[18] Ibidem, p. 64

[19] Ibidem, p. 176

[20] Cf. Ibidem, pp. 184 y 205

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