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Diálogo:

Gynandro

 

 Simón Royo Hernández.  Junio de 2007

 

Il devient sans réalité parce que sans imaginaire, il est partout, mais dans une simulation généralisée.

Jean Baudrillard De la séduction. I. «L’écliptique du sexe».

 

 

He aquí que mi amigo Verganza, siempre dispuesto a favorecer el diálogo y la comunicación pese a los muchos fracasos cosechados a lo largo de su dilatada existencia, me hizo llegar, por e-mail, las grabaciones de otra de las muchas y largas conversaciones que por doquier mantiene. Tan convencido está que esa es la única forma de mejorar a la humanidad. Como todo lo que me envía este hombre me parece altamente estimable, así de en tan buena consideración le tengo, me tomé luego el trabajo de transcribir lo que oralmente se dijo. Aquí está el fruto de mi trascripción. He procurado adaptar las peculiaridades de la oralidad a las convenciones de la escritura, siendo fiel, en todo momento, a lo que se pronunció de palabra. He procedido sin añadir ni quitar yo absolutamente nada, pues no deseo tomar parte en controversias tan espinosas. Al final, como podrán observar, he adjuntado los textos que unos a otros se enviaron.

Confío en que la exposición de esta curiosa controversia, tan rara e infrecuentemente celebrada, pueda servir a los demás tanto como me ha servido a mí mismo y sea de provecho para reflexionar y para que cada cual pueda sacar sus propias conclusiones.

 

GYNANDRO

Dramatis personae: Escipión, Verganza, Laika, Wolfina y Gynandro.

 

Escipión: Bueno, ya nos hemos saludado, hemos tomado café, fumado los fumadores, protestado quienes no fuman, hemos cruzado los preliminares de rigor de nuestro encuentro y ya me parece que deberíamos ponernos serios y, entrando en materia, hacer el trabajo que venimos aquí a realizar y por el que nos hemos convocado. He aquí que nos hemos reunido esta tarde, como quedamos, para mantener una conversación razonada sobre las relaciones entre los dos sexos, las mujeres y los hombres, de la que podamos sacar si no una resolución de todos los puntos que toquemos, sí al menos una panorámica y una cartografía del tema que nos hemos propuesto investigar conjuntamente. Eso nos podrá ser de ayuda a todos.

Sugiero que desarrollemos una charla en la que cada cual exponga lo que piensa, no lo que crea conveniente, y que lo haga acudiendo a la literatura que conozca y sin tener ningún reparo en hablar con libertad, con parresía, con esa libertad de expresión que caracterizó a la Grecia clásica.

Puesto que nuestra charla es privada no hay que temer los comentarios maliciosos, difamatorios, calumniadores o, simplemente, estúpidos e ignorantes, de los que son objeto los personajes públicos o quienes manifiestan sus argumentos públicamente. No habrá que temer tampoco a la censura ni a los juicios de adscripción de quienes aquí nos manifestamos a determinados grupos de presión, esos colectivos ideológicos que se manifiestan a favor o en contra de lo que escuchan según se les diga o no se les diga, lo que quieren oír.

 

Verganza: Me parece bien lo que indicas y me alegro de poder tener otro debate contigo tras el que mantuvimos el otro día, en el cual, afortunadamente, participarán éstas compañeras que han venido a nuestra cita. De donde saldrán seguramente muchas ideas indispensables que no se emitirían si estuviesen ausentes y tuviésemos, nosotros dos, nuevamente, en solitario, una segunda conversación. Podría decir que si hubiese dignidad humana ésta, o bien habría de ser compartida por todos los capaces de razón por igual o bien dividirse en dos partes, ambas iguales o desiguales -y con esta afirmación interrogativa empiezo, si me lo permitís- una parte que correspondiese a las mujeres y otra parte a los hombres. ¡Es broma! Estoy de acuerdo con Escipión, demos por comenzado el debate que nos trae aquí hoy. Pero por lo que a mí respecta prefiero escuchar primero y hablar después. Empezad vosotros, por favor.

 

Laika: Pues sea broma o no me parece evidente que nada hay que dividir en partes ni iguales ni desiguales entre los hombres y las mujeres. De lo que se trata es de la igualdad de derechos que corresponde a todo ser humano en tanto que ciudadano. Las mujeres de la Ilustración -como Christine de Pizan, Mary Wollstonecraft, Olympe de Gouges, Madame de Châtelet- y algunos hombres preclaros -como Poulain de la Barre o John Stuart Mill- que cobraron conciencia de la situación de patriarcalismo en la que, paradójicamente, incurría la propia Revolución Francesa y exigieron la coherencia de vindicar derechos iguales para las mujeres. A ese movimiento de emancipación de la tutela de lo masculino hegemónico que las mantenía subordinadas desde tiempo inmemorial es a lo que llamo Feminismo. Esta es mi carta de presentación y el lugar desde el que abordo la materia que me habéis invitado a discutir con vosotros.

 

Escipión: Muy bien. Pues ya que proporcionas bibliografía en el modo de nombres referentes para la cuestión a dilucidar te indicaré que me parece unilateral. Quedan así descartadas innumerables obras y pensadores bajo el calificativo de misóginos y machistas, veo el problema de dialogar con quienes no han leído bien, sino que en caso de haber mirado los libros que constituyen sus referentes polémicos lo han hecho sólo buscando corroborar sus prejuicios y su posición, un lugar a priori de superioridad alcanzada ya previamente por considerarse la cúspide del progreso. Kant es misógino y machista por escribir en sus Observaciones sobre lo bello y lo sublime que la mujer es bella y el hombre es sublime. También lo sería por no incluir entre la ciudadanía a las mujeres, inclusión que quizás habremos de discutir si es una ventaja o un progreso o todo lo contrario. Emmanuel Kant también será racista puesto que en la obrita que acabo de mencionar indica: “Ese hombre era completamente negro, prueba de que cuanto pudiera decir habría de ser necesariamente estúpido”.

 

Desde luego para la tradición ilustrada todos los románticos y postmodernos serían, como algunos ilustrados como Kant, misóginos y machistas. No digamos ya Weininger por su Sexo y carácter sino Nietzsche, Schopenhauer, Kierkegaard, Derrida, Deleuze, al igual que en la literatura clásica Hesíodo por el mito de Pandora, la Biblia por el Génesis y su relato sobre la creación de Eva o Aristófanes por su presentación de las mujeres en sus comedias, como si presentase mejor a los hombres.

 

El psicoanálisis de Freud y de Lacan también es considerado de igual modo, así como el erotismo de Sade o Sacher-Masoch, por no mencionar las Mil y Una Noches o El Cantar de los Cantares. Repasar con la mirada los textos de filósofos, científicos, artistas y literatos, buscando en ellos tan sólo recoger todas las alusiones ad personam contra el género femenino, para con ello pretender demostrar el principio del patriarcalismo a lo largo de los tiempos no me parece un procedimiento muy racional y demostrativo sino muy subjetivo y poco fundamentador. Si me tomase el trabajo de rastrear referencias ad personam contra el género másculino en las obras escritas por mujeres de seguro que hallaría también un buen número, pero eso nada probaría. Por tanto, esa necesidad de realizar un memorial de agravios como reproche y descarga me parece la realización de una actividad que bien pudiera estar motivada por otras causas distintas a las que se aducen.

 

También cualquier remisión a la etología se condena desde el feminismo como misógina o machista, ya que si hay pautas de comportamiento entre los mamíferos cercanos al hombre, el ser humano se distingue del animal en ser un ente de razón que supera con su inteligencia las determinaciones de la naturaleza. En ese sentido Rousseau sería un archimisógino hipermachista ya que dentro de la enemistad entre Naturaleza y Razón, escogería, como Heidegger, lo antediluviano y primitivo considerado inmutable frente a lo progresado y civilizado considerado mudable y en mejora constante.

 

El a priori incontestable del patriarcalismo presupone que el poder es liberación y que las mujeres han estado sometidas, más sometidas que los hombres, desde el principio de los tiempos. Digamos entonces que respecto a la división del trabajo desde los cazadores recolectores hasta la actualidad parece que a las mujeres les ha tocado siempre la peor parte por causa del varón, que se ha quedado siempre con lo más suculento de todos los festines. Esto lo desmentiré con ejemplos históricos más tarde.

 

Si la literatura romántica y caballeresca dice que la mujer es maravillosa resulta machista y misógina y por supuesto si indica que es una mala pécora entonces va de suyo la cosa. No hay salvación posible y si los hombres caen en misoginia por causa de haber dado con mujeres que les han dañado, las mujeres feministas que se consideran milenariamente dañadas por los varones a lo largo de la historia de la humanidad, termináis cayendo en la patología contraria, que se llama misandria y que significa odio al varón. En tal movimiento, entonces, no veo que la racionalidad y la objetividad primen sobre la subjetividad y la singularidad.

 

Por otra parte, si la mujer reivindica su igualdad con el varón dentro de sistemas de desigualdad, esa participación en tal poder significaría pasar de ser víctimas a ser verdugos y no un restablecimiento o adquisición de unas relaciones de justicia. Así a lo mejor se acaba con la discriminación de la mujer pero entonces se mantienen todo el resto de desigualdades.

 

Verganza: Me parece Escipión que has expuesto bien algunos principios del feminismo emancipatorio, pero no otros, éstos, los has sintetizado a mi juicio de forma caricaturesca. No quiero aún decir yo nada más, pues, como ya indiqué al principio, prefiero escucharos primero antes de plantearos mis argumentaciones.

 

Laika: Obviamente, Escipión, tú no puedes aceptar que las mujeres sean ciudadanas puesto que eso amenazaría tus privilegios y son los irracionalistas esos que tanto lees los que temen el progreso y el cambio desde las tinieblas del Antiguo Régimen y la Edad Media a las luces de la Ilustración y del Renacimiento. Es un hecho que la mujer ha sido heterodesignada por el varón a lo largo de la Historia, mal que nos pese a todos por motivos distintos, es un hecho que no ha tenido nunca -hasta la actualidad en que se sigue avanzando en la lucha por ello- autonomía y libertad, que no ha podido ocupar los puestos de mayor relevancia de la sociedad, sino los más subordinados; siendo un hecho que han quedado marginadas de las esferas de la ciencia y del arte, de la economía y de la industria, de la religión y de la política, recluidas en el hogar y en el cuidado de los hijos.

 

Lo que la mujer reclama es presencia y participación en la esfera de lo público, luego la reivindicación de las mujeres no es odio al varón ni nada de eso, es simplemente democrática. En Grecia se inventó la democracia pero excluyendo a las mujeres y sólo en las democracias modernas -y no hace mucho tiempo- se ha empezado el proceso de la igualdad de derechos en los países desarrollados, que no en otros. Si esto no es un progreso de la civilización sobre la barbarie entonces que me digan lo que es, porque mantener a una mujer con un velo en la calle y encerrada en la esfera privada de lo doméstico, como antiguamente o en los países islámicos de hoy, no me parece que se pueda llamar con otro nombre que subordinación, exclusión, sometimiento y falta de racionalidad.

 

Hay que distinguir misoginia y patriarcalismo, lo primero significa aversión a la mujer, mientras que lo segundo remite a la idea de que debe haber una jerarquización, bajo la hegemonía del varón, claro, de las relaciones entre los géneros. Me ha parecido que confundías lo primero con lo segundo.

 

Desde luego que Kant, cuando en el librito que mentaste indica que Madame de Châtelet es una mujer con barba -y lo hace porque ella sabe más de física newtoniana que él-  está no sólo bajo el influjo del patriarcalismo, sino también siendo misógino. Nosotras tomamos la idea de autonomía, razón y libertad, muchas veces, de Kant, luego obviamente no condenamos a este pensador en bloque, ni a casi ningún otro, excepto casos ya patológicos de animadversión contra la mujer.

 

Cuando Kierkegaard en La alternativa formula el siguiente discurso: “Una mujer comprende la finitud, la entiende desde el fondo, y por lo tanto es hermosa…, por lo tanto es encantadora…, por lo tanto es feliz (feliz como ningún hombre es o puede ser), por lo tanto se podría decir que su vida es más feliz que la del hombre; porque la finitud quizás puede hacer feliz a un ser humano, la infinitud como tal nunca puede hacerlo… La mujer explica la finitud, el hombre está a la caza de la infinitud”. Está como el Kant de las mujeres bellas y los hombres sublimes que citaste, bajo el influjo del patriarcalismo y cometiendo misoginia, enarbolando el discurso de la misoginia romántica que nos excluye del espacio de los iguales superiores declarándonos idénticas inferiores. Rousseau al diferenciar entre la educación de Emilio y la de Sofía queda preso de las mismas pautas machistas.

 

Resulta que para Kierkegaard el hombre es igual en lo esencial mientras que la mujer lo es en lo accidental y como estos pensadores irracionalistas se contradicen, además, declara en su Diario de un seductor a la mujer como infinita, pero en lo accidental claro: “En el hombre, lo esencial es lo esencial y, en consecuencia… todos los hombres serán siempre iguales unos a otros. En la mujer, en cambio, lo accidental es lo esencial y, por tanto, será siempre una diversidad inagotable y nunca habrá dos mujeres iguales… La mujer es una criatura infinita y, en consecuencia, un ser colectivo: la mujer encierra en sí a todas las mujeres”. ¡Toma ya!

 

Wolfina: Un momento, un momento. Comparto como mujer las reivindicaciones feministas, pero no desde el feminismo emancipatorio, sino desde el feminismo de la diferencia. Desde éste, prescindiendo de que sea cometer un anacronismo el interpretar a Kierkegaard desde la actualidad y no atendiendo a su contexto histórico-literario, que no es el nuestro; del susodicho pensador se puede sacar mucho más que un reduccionismo psicologista en virtud de sus afecciones y relaciones con las mujeres, como el paradigmático caso de Regina Olsen.

 

Para empezar, lo más importante en el pensamiento de Kierkegaard es el Amor y la Singularidad, la Ironía y la Religión. Hay que tener en cuenta que habla muchas veces bajo pseudónimo o heterónimo, como Pessoa, distanciándose de lo que dice; y que lo hace desde tres niveles de emergencia distintos, el estadio estético, el ético y el religioso. Si no se atiende al conjunto del pensamiento en el que está inmerso lo que se cita no se puede comprender lo que se está leyendo.

 

Desde el existencialismo de la singularidad kierkegaardiana bien se puede defender la unión en el Amor Absoluto de dos seres heterogéneos, el hombre y la mujer, en una plenitud infinita y eterna. La distinción entre lo finito y lo infinito es la que corresponde, la primera a los dos primeros estadios y la tercera al tercero, de modo que tanto el hombre como la mujer, dependiendo de los estadios por los que transiten, con-tendrán finitud e infinitud, que no tienen que ser necesariamente las mismas para ser igualmente ricas y valiosas. Desde el feminismo de la diferencia las mujeres no pensamos que tengamos que convertirnos en varones, vestirnos y comportarnos como ellos, sí que reivindicamos los mismos derechos, pero no la misma naturaleza, la misma identidad, ni la misma configuración psicológica o sociocultural. Cuando se habla de lo finito y lo infinito no se está hablando de derechos ni del ámbito jurídico sino de la profundidad ontológica y de la escisión entre lo humano y lo divino. Heidegger, que era un buen lector de Kierkegaard, partió de la idea de diferencia ontológica o distinción entre el ser y el ente. Y lo que acabas de hacer descontextualizadamente es confundir un discurso sobre el ser con un discurso sobre el ente.

 

Laika: Pero ¿es que no ves las consecuencias políticas de semejantes enunciados?

 

Wolfina: Veo más bien las consecuencias de tu crítica y no las comparto, además, yo no leo así a Kierkegaard.

 

Verganza: Os ruego que no disputemos sobre la exégesis de un pensador, porque, en tal caso, precisar lo que realmente quiso decir el autor de un texto con su texto, la verdad del enunciado, con las remisiones al contexto histórico, al conjunto de la obra y las lecturas de las diferentes escuelas, nos haría perder todo el tiempo de que disponemos en este camino secundario o subdisputa y se perdería la vía principal.

 

Laika: Yo estoy de acuerdo porque no me parece bien dividir al feminismo, con eso lo que se consigue es que sea más débil.

 

Wolfina: Vale, vale, ya continuaremos con la hermenéutica de Kierkegaard en otro momento. Pero que coste que no hay la interpretación verdadera sino siempre una pluralidad de interpretaciones competentes, no infinitas, pero sí numerosas, sobre lo que dice un autor.

 

Verganza: Entonces, permitidme intentar reconducir el debate a la vía principal. Nos hemos reunido para debatir sobre la guerra y la paz entre los sexos, lo que ocurre es que Escipión ha partido del presupuesto de que la situación es la de guerra y no la de paz, comenzando con un ataque al feminismo emancipatorio.

 

Escipìón: ¡Y al otro también, a los dos, a los dos!

 

Verganza: Está bien, a los dos. Déjame seguir que ya hiciste una larga argumentación y yo te escuché con atención al igual que a nuestras compañeras.

 

Sostengo que la situación de guerra y paz conjuntamente es una constante entre los géneros a lo largo de la historia, pues siempre ha habido conflictos y amor entre los hombres y las mujeres, pero en la actualidad -en eso estoy con Laika- merced al progreso y a los adelantos de la civilización, la situación se ha inclinado hacia la paz y ha abandonado la guerra en cierta medida. Veo como si Escipión por ser hombre no pudiera reconocer el patriarcalismo, pero a mí no me cuesta nada reconocer que ha habido esclavismo, racismo y patriarcalismo a lo largo de la historia y que a partir de la ilustración se han empezado a arbitrar unas normas indispensables para subvertir esas situaciones de dominación y ser coherentes con la universalización de los derechos humanos a todos y todas sin distinción de género, clase, raza o religión.

 

Gynandro: Puesto que habéis terminado vuestra intervención, iniciaré yo la mía. Antes que nada, quiero apaciguar esta turbación que sin duda experimentáis al verme llegar así, de súbito, cuando nadie me había invitado a vuestra tertulia y sobre todo - esto lo leo en vuestros semblantes - os produce no poca extrañeza mi indumentaria. Sin embargo, he elegido esta forma de presentarme y de vestirme con el objeto de que mi sexo no sea un condicionante que distorsione el valor real que puedan tener mis argumentos. Y es que he observado ya a menudo que el simple hecho de pertenecer a un sexo determinado condiciona a priori la valoración que en los oyentes tiene cada idea expresada: si es un hombre quien mantiene posiciones a favor de la igualdad entre los sexos, algunas piensan: “A saber lo que querrá conseguir diciendo esto...”, otros piensan: “Vaya, otro que ya se ha bajado los pantalones...”; si, por el contrario, argumenta en contra de ello, aquéllas piensan: “No podía ser de otro modo, es un hombre...”; otros “analizemos ‘objetivamente’ sus posiciones, pues sin duda tendrán afinidades con las nuestras”; y así se constata en cada conversación que cada cual mantiene implícitos supuestos asociados a cada uno de los sexos, y que no es manifiesto que estos sean sometidos a reflexión. Es más, estos actúan enfatizando o subvirtiéndola como si se trataran de ondas sísmicas que confieren movimiento y fuerza a los posicionamientos, pero que subyacen a estos.

 

Verganza: Adelante, adelante...sé bienvenid@ a nuestra conversación, llegas tarde pero no importa. Además, es muy posible que tus precauciones sean innecesarias y superfluas, ya que sin duda te manifestarás acorde con el sentir propio de tu sexo, ya que no es fácil -ni, quizá, posible- huir completamente de los imaginarios.

 

Gynandro: Gracias por la invitación. Ante todo, quiero mostraros que mi perspectiva es, en cierto modo, externa al diálogo ya que, si este puede entenderse como un atravesar las conciencias que aquí discurren, como el ir y venir de la razón por las distintas mentes trayendo consigo a cada vuelta lo que ha recolectado de éstas, mutuamente fertilizadas, mi aportación puede ser tachada de dogmática. Pues mi punto de partida es el mismo que, presumo, mantendré al final de este coloquio: que la dialéctica que proponéis solo tiene su origen en la falta de amor, o en una forma de amor incompleto entre ambos sexos. Y que el amor o se tiene y se demuestra en acto o no se tiene, sin que en este campo sirva de mucho el argumentar con millones de palabras.

 

Laika: Entiendo, naturalmente, que te refieres a la falta de amor de los hombres hacia las mujeres, ya que precisamente la abnegación y el sacrificio en pos de los seres amados (padres, hijos o esposo) es un rasgo que el imaginario, la Historia y la Literatura atribuyen al sexo femenino. Su forma sacrificial, es decir, el extremo por el cual el amante se anula como ser para otorgar su existencia al ser amado, tiene diversos referentes femeninos en la literatura: Alcestes, la heroína de Eurípides, suplica a los dioses ser inmolada para que estos tomen su vida en lugar de la de su marido, a quien las Parcas reclaman. Ofelia, quien posee toda la delicadeza y matices de los sentimientos considerados “femeninos” como la dulzura, la sencillez, el candor, la sinceridad, la inocencia y la entrega en todos sus actos y pensamientos, se destina a sí misma a la muerte por amor. La realidad histórica está plagada de innumerables casos anónimos de mujeres que han consagrado su vida al bien de sus hijos y esposos -cuando no a encumbrarles- y han entendido este bien como el propio. Sin embargo, ¡qué escasos son ejemplos contrarios, en los que la abnegación a lo largo de la vida haya sido una cualidad varonil! Por lo general, el hombre solo ama lo que le conviene, su amor está condicionado a su goce y, extinguidas o modificadas las condiciones -a menudo naturales y físicas- que le proporcionaban goce, en el mismo grado se extingue y muda su capacidad de amor.

 

Gynandro: Mira que parece que habla por ti el desdén envenenado por posibles malas experiencias propias o ajenas. Intentemos centrar los argumentos en su orden correspondiente y otorguemos a cada uno la reflexión apropiada, sin que unos se viertan en otros y la mezcla nos confunda: los costumbristas, colectivos y tradicionales, enmarquémoslos en el imaginario. Las concepciones de los pensadores, en el acerbo filosófico. Las míticas, literarias y artísticas podrán abordarse en una reflexión mixta. Pero no dejemos que la experiencia personal, particular y limitada, oscurezca con su tono lo que intentamos clarificar con el pensamiento y la palabra.

 

Escipión: Bueno, Gynandro, te he visto llegar y atender a la conversación, pero creo que no llegaste a escuchar el inicio de la misma. Yo propuse hablar con libertad y expresarse desde el lugar que a cada cual le pareciese conveniente. De hecho por mi parte solicito poder ser políticamente incorrecto y hablar de lo masculino y lo femenino considerando lo afeminado como rasgos y atributos de la mujer y lo viril como rasgos y atributos de los hombres. La distinción dialéctica entre los géneros se ha llevado siempre a cabo a partir de la atribución de ciertas cualidades y atributos, funciones y caracteres propios de cada sexo. Si a la mujer se le ha llamado el sexo débil no es porque sea floja o algo parecido, ya que por la medicina y la antropología sabemos que es mucho más resistente y longeva que el hombre; sino por una causa etológica: la constatación de la mayor fuerza física, por naturaleza, en todos los mamíferos, del macho con respecto a la hembra. Lo que no es mejor ni peor ni tiene que implicar valoraciones pero sí constituyó un hecho relacionado con la división del trabajo desde el preneolítico hasta la modernidad.

 

Ya sé que estas dicotomías, sea metáfora o realidad, han sido impugnadas hoy en día y que se considera ya en nuestro tiempo reaccionario llamar maricón al homosexual afeminado y marimacho a la lesbiana hombruna. Se me podrá argüir en tu línea que se debe seguramente a mis experiencias personales la inquina que muestro ante esos dos colectivos o bien que soy presa del sexismo impreso en el lenguaje mismo, pero yo no lo considero así, sino que tengo tanto derecho a procurar que lo que digo sea fruto de la reflexión y no sólo de la constitución de mi identidad sexual como hombre heterosexual o de mis experiencias personales como cualquiera.

 

La sexualidad sigue siendo un asunto tabú y es muy fácil hablar del amor desde las alturas celestiales pero la realidad es más jodida para todos. Para eso no está mal la lectura de los libros de Michel Houellebecq, como Extensión del campo de batalla o Partículas elementales, donde se expone que el liberalismo ha alcanzado el terreno de la sexualidad en el que también hay ricos y pobres dentro de un mundo de neoliberalismo consumado, que abarca todos los órdenes. Este autor francés señala muy bien cómo la mujer occidental se ha hombrunizado a causa del feminismo, ahora trabaja, es decir, ha sido incorporada a la guerra, a la selva, al poder (sacada de la caverna según Laika); luego ha de estar libre de esas esclavitudes en que consistió su existencia durante milenios, como la limpieza del hogar y el cuidado de los hijos. También ha perdido el placer de agradar al hombre aunque, afortunadamente, no todas son ya lesbianas. Pero entre las que se relacionan con los hombres, a menos que tengan dinero para criadas o guarderías, todo lo que forma parte del cuidado de los otros termina siendo motivo de discusión y ruptura. El hecho es que nadie cuida de nadie, no se tiene tiempo, sea lo que sea lo que se considera el mejoramiento personal éste no pasa por la mejora de los otros ni de lo circundante. Cada cual es un ultraceloso del escaso tiempo que le deja el trabajo asalariado y las actividades del cuidado de los otros han acabado por considerarse la labor -remunerada con dinero o no remunerada por familiares- más rastrera e indeseable de todas; la de menor prestigio, la más vulgar, la propia de analfabetas sometidas. Por eso la gente prefiere poder ir al cine que cuidar a sus hijos, sobrinos o nietos y se niega a procrear, sabiendo, que no existe cobertura comunitaria alguna para el cuidado.

 

El imaginario femenino de la princesita lleva a considerar que la mujer al casarse extiende un contrato de alquiler exclusivo sobre su coñito, cuyo uso específico reserva a un varón a cambio de la manutención en condiciones de medio-alta burguesía, esto es, como decía antes, con criada y guardería, regalitos y capacidad de consumo. Una manutención vitalicia refrendada por los tribunales en caso de divorcio. Por eso el casamiento no es sino prostitución encubierta, todo un negocio y por eso las “decentes” tienen tanta inquina contra las mujeres que practican profesionalmente el oficio más viejo del mundo. Pero para ver los contornos de inversión de estas cosas no hay más que ir a una discoteca latina para ver a las blanquitas bailar y magrearse con los latinos y los negros, con los que, desde luego, jamás compartirían más que, -y raramente según me dijo un moreno bailón al que pregunté si ligaba mucho-, algo más que unos roces. La blanquita se divierte con el negrata bailón. Lo mismo que hacían los señoritos de antaño en la España franquista con las cabareteras. Guerra entre los sexos como inversión de situaciones, la mujer supuestamente sumisa y explotada adopta el lugar del hombre, ella entonces va a trabajar y es al que lleva el dinero a casa, el hombre en casa con los niños y la limpieza y cuidado del hogar. ¡Bonita solución! Querer para los demás lo que no se quiere para sí y justificarlo diciendo que se hace todo eso por amor, una actitud de revancha y humillación por parte de las humilladas. ¡Ahora se van a enterar estos cabrones!

 

El tío que con cuarenta años y dos hijos seduce a una jovencita de veinte, la hace su amante y le cuenta el cuento de que algún día se divorciará para estar con ella, por mucha Lolita de Nabokov que leamos, no es sino un hijo de puta; eso lo sabe todo aquel que se ha situado en una posición ventajosa, como la del profesor y la alumna, manteniendo un poquito de ética. Pero ahora la ejecutiva agresiva quiere esos derechos, los mismos derechos, exige un hombre en casa para tener su familia y su hogar, un amante fuera para gozar de la pasión fuera de las rutinas y monotonías cotidianas y que su arbitrio y su voluntad nunca tengan que ceder en nada. ¡Qué bonita la igualdad!

 

Por otra parte, un entrenamiento de milenios junto a la cuestión del embarazo ha llevado a que las mujeres que aún gozan con el sexo con el género opuesto desarrollen un imaginario de seducción en base a la reserva, mientras que los hombres acaban siendo más manipulables y menos contenidos a esos respectos y por las mismas causas. Esta esfera como tantas otras en la sociedad de las mercancías se configura como lucha de voluntades de poder, conflictos entre egos exacerbados, choque de narcisismos y entonces, ya sólo importa quién gana, cuál vence, lo cual significa pase lo que pase que ya han perdido todos de antemano y que ya lo han perdido todo antes de terminar la batalla.

 

Siguiendo al escritor que he mencionado los atributos femeninos -además del dinero, claro- se tornan requisito social del varón apuesto, que ha de ser entonces sensible, llorar en las películas románticas, ser dulce, recatado, comedido, fiel, no-violento, cuidarse estéticamente, depilación, cremas hidratantes, manicura, peluquería. Todo eso a lo que algunos habíamos llamado hasta el momento, mariconadas. Surge entonces el metrosexual, esos heterosexuales que se hacen pasar por gays o que comparten su estética para hacerse atractivos a las mujeres y conquistarlas en un juego de seducción y engaño que no es sino, nuevamente, voluntad de dominio. Muchas veces se escucha entre mujeres heteros eso de “¡qué chico tan majo y tan agradable, lástima que sea gay!”, narcisismo femenino que valora lo semejante a sí y no lo diferente como aquello que puede ser estimable. El metrosexual tiene siempre un tampax en el cajón de su mesilla de noche para que las mujeres vean lo que las comprende y cómo las tiene en cuenta, lo maravilloso de su empatía, las tontas pican el anzuelo de esos nuevos sofistas.

 

Las víctimas de tamañas encrucijadas del individualismo occidental en materia sexual son ambos bandos, la depauperación de las relaciones humanas resulta enorme en el mundo de los esclavos asalariados y, todos, repito, todos, desde la niñez y la pubertad, hasta la edad adulta, tenemos unas experiencias y un desarrollo psicosexual y emocional penoso en nuestras sociedades desestructuradas. Las mujeres pasan por tres abortos si no se hacen adictas a la píldora, buscan, luego de relaciones con hombres casados que las engañaron en su juventud y a los que otorgaron sus mejores años de vigor y belleza, de tipos listos que las abandonan por una más joven cuando ya han gozado de su juventud y se acercan a la edad de la pulsión última de su biología en aras de la gestación; relaciones más puras, más nobles, más sinceras. Devaneos entonces por bares y sueños de encontrar quien las ame tanto que las convierta en princesas.

 

También las hay que se vuelven cínicas y ya sólo consumen sexo los fines de semana con una pareja exclusivamente carnal, como muchos hombres, con la que salir de paseo o de fiesta, pero cada uno en su casa con sus manías, su egocentrismo y su vida independiente. La natalidad decrece, pues nadie se quiere privar de ir a consumir la última película de la industria cinematográfica o de comer todos los días de menú y no tener que lavar platos, por tener que ocuparse de unos niños o de una casa. Los hombres siempre fueron maleducados así, pero ahora también las mujeres, lo que conciben como consecución de la igualdad. Los resentimientos y las depresiones aumentan y las relaciones entre los sexos se vuelven imposibles entre dos grupos enfrentados por ese poder de llevar los pantalones y de disponer de una tarjeta de crédito. Dentro de estos procesos vitales hay sexoadictos, como los personajes de Houellebecq, para los que ya no queda otro objetivo en la vida que el consumo de sexo como quien consume mercancías, en ello empeñan todas sus energías, su tiempo y sus recursos, millones de personas. Las cosas son muy diferentes dependiendo de la clase social y el nivel de renta pero también hay fenómenos transversales que atañen a todos por igual.

 

Luego están las que han llegado a la conclusión de que los hombres son la peor peste de la humanidad, pero no se han hecho lesbianas, luego procuran quedarse embarazadas para, después, sustituir al padre malo por el hijo bueno. ¡Por fin un varón que las ama sin reservas, de manera absoluta, plena y que corresponde así a la perfección propia! El círculo del machismo es así creado por las madres solteras, un club de resentidas que no han sabido retener a un hombre a su lado y piensan que un hijo es algo de su propiedad exclusiva, una prolongación suya -nuevamente narcisismo- una forma de extensión del propio yo.

 

Ahora, además, los maricas y lesbianas con dinero adquieren los mismos derechos y adoptarán niños que vivirán en las mismas circunstancias, gran logro de emancipación de un colectivo marginado y estéril, que les sitúa al mismo repugnante nivel que los demás. La reivindicación del proletariado no fue el comunismo sino volverse burgueses, lo que querían era ser amos, invertir en bolsa, ya lo han conseguido y ya no es necesaria la revolución. Los judíos escarmentaron a lo largo de la historia y de ser perseguidos, pueblo errante cosmopolita, se han transformado en perseguidores, el poderoso Estado de Israel, con tanques y bomba atómica, ya nadie se atreve a tocarles un pelo, son ellos quienes tienen a los palestinos con la cabeza bajo su bota como los nazis tuvieron la cabeza hebrea bajo sus grandes botas. Y lo mismo ocurre con la mujer occidental, su igualación no es sino simetría en la voluntad de poder. Lo socrático es preferir padecer la injusticia a cometerla, lo cristiano, poner la otra mejilla y amar al prójimo como a ti mismo; pero detentar la posición de la ciudadana blanca occidental es compartir la injusticia y el odio. Con lo cual nadie es ni socrático ni cristiano porque nadie está dispuesto a renunciar al poder, aun a sabiendas de que el poder es malo, como ya indicara Nietzsche en su Richard Wagner en Bayreuth: “¿Cuál de vosotros está dispuesto a renunciar al poder porque sabe y experimenta que el poder es malo?”.

La respuesta es nadie, no seamos ingenuos, sobre todo después de tantas tortas y de una mirada crítica sobre la realidad circundante.

 

Además está la decadencia, ya decía Freud que el sexo estaba en declive, como el pelo o los dientes. Si tenemos en cuenta que el amor es algo mucho más sofisticado veremos que el malestar en la cultura ha llegado hasta unos límites en los que sólo nos queda, o sólo se nos deja, el odio generalizado, la agresividad, el cinismo o la hipocresía. Resulta difícil confiar ya en nadie y no es que no haya amor sino que por no haber no hay ni amistad. Cada uno va a lo suyo en ventajista oposición a someter a los demás a su arbitrio. De ese modo se actúa y luego se pretende justificar la preeminencia de la voluntad propia como un gesto de bien por los otros. Así es como Estados Unidos democratiza y civiliza Irak. Luego al final no es un problema de género sino un problema de civilización que afecta a las relaciones entre los géneros. Nuestra civilización está podrida y yo ya sólo espero que los bárbaros logren pasarnos a todos a cuchillo algún día o que se desmorone este burdo montaje por sí solo.

 

Los más damnificados de toda esta basura son los niños, ya que ni las abuelas occidentales se quieren ocupar de ellos -viejas egoístas destinadas a morir solas en su casa propia y pudrirse hasta que las huelan los vecinos-  con lo cual los niños son abandonados en las guarderías o confiados a niñeras latinoamericanas -mujeres que todavía conocen la dulzura- que han abandonado a sus propios hijos en sus países dejándolos a cargo de sus abuelos para venir a cuidar de los de otros por dinero. Todo un despropósito monumental pero toda una realidad que no se borra con remitir a bonitas poesías de amor mientras los hechos son lo que son y la realidad se impone. Los asalariados se sienten esclavos y no quieren traer otros esclavos al mundo para que sufran una vida de máquina de producción y consumo. Aquí no valen palabras ni las justificaciones, pues a todos nos sobran ambas cosas, sólo los actos pueden contar, pero hemos perdido el privilegio de la acción.

 

Tu intervención, Gynandro, también redunda en un tema que también al principio había mencionado, que no se puede descalificar a un pensador buscando una frase en su obra con la que intentar deslegitimar toda su producción, luego tampoco lo que manifiesta un razonador basándose en sus características, indumentaria o experiencias subjetivas. A diferencia de Gynandro los demás tenemos una vestimenta, un lenguaje, unas formas y maneras, que traducen nuestro lugar en el mundo. No es juzgar mal o descalificar despreciativamente darse cuenta de ello. Soy un ser racional pero también un sujeto de pasiones y de instintos.

 

Si una mujer considera que llevar falda o tener el pelo largo es una heterodesignación producto del sometimiento a la esclavitud de la dominación masculina, de modo que se rapa el pelo, se pone pantalones y, en lugar de unos bonitos zapatos de cenicienta, se pone unas botas Martins de puntera de acero, luego que no se queje de no parecer atractiva al otro sexo. Parece entonces que podría decirse que hay una retroalimentación entre la teoría y la praxis, entre la vestimenta y las ideas que se tienen. Yo también creo que he sido heterodesignado como hombre, no por la mujer, ciertamente, sino por las estructuras sexuales, identitarias, psicológicas, antropológicas y biológicas, que nos circundan; que no son nadie concreto ni ningún grupo específico. Como no me produce insatisfacción semejante heterodesignación, excepto en lo de llevar corbata, que es el uniforme facha generalizado a la apariencia de digno y respetable y como la insatisfacción me la produce más bien la de asalariado con hipoteca, no me revuelvo contra las asignaciones masculinas, sino contra las heterodesignaciones de clase y capital.

 

Cierto que la Filosofía en general no debe tener adscripción última alguna, no debe ser, por ejemplo, de base cristiana -aunque haya filosofía cristiana y filósofos cristianos- por lo mismo no debe ser feminista, ni marxista -aunque me declaro en cierta consonancia con esa tradición-, ni de la ciencia o de la religión. ¿Hay filosofía masculina y filosofía femenina? ¿A qué viene eso de Feminismo o de Filosofía hecha por mujeres? ¿Tendré que aceptar también, como se ha llegado a decir, la “matemática negra” o la “física apache”? ¿No es el feminismo un cónclave de maricones y lesbianas con resentimiento y fuerte espíritu de venganza, mujeres que quieren ser generales y hombres que quieren ser coñitos andantes con respecto al grupo de adscripción y asignación polémico-bélica, que es el de los varones? Buscad en la Wikipedia la palabra Misandria, que es de reciente acuñación y os aclarará no pocas cosas.

 

Verganza: Bueno, Escipión, no hace falta faltar a ningún colectivo, creo que te estás pasando. Yo también soy un hombre heterosexual y no por ello me muestro despectivo hacia las otras identidades sexuales que no son la mía, sino que tengo muy buenos amigos gays y muchas amigas lesbianas, así como amigos entre los hombres de color. Como ya dije antes ninguna de mis particularidades de vestimenta, lengua, nacionalidad -o cualesquier otra determinación de identidad o de imaginario- me impide guiarme por la Razón y tratar a todo ser humano como un fin en sí mismo y no como un medio. Creo que con esta simple ley moral kantiana se solucionan todos los problemas que tú has apuntado y que entonces, como ya hablamos en otra ocasión, lo que se tiene es dignidad y no precio. Considero muy oportuna la incorporación de Gynandro, ya que o bien existan o bien no existan, signos externos o internos que nos pudieran clasificar dentro de ciertas coordenadas no universales sino particulares -siendo las personales las más particulares de todas- creo que somos capaces todos de razonar y de elevarnos al espacio trascendental de las argumentaciones lógicas, dejando atrás o de lado lo demás. Por eso no entran a mi juicio a colación los problemas privados psicoanalíticos de las biografías de los individuos de nuestras sociedades democráticas. Somos ciudadanos e individuos autónomos y lo que hay que lograr es la autonomía de cada cual, porque eso es la libertad.

 

Respecto a lo que vienes comentando me parece que aplicas el estado de guerra a tu esquema de interpretación o fondo ontológico general, lo cual, aplicado a las relaciones entre los sexos y las tendencias dentro de las relaciones íntimas entre los seres humanos, transforman todo lo que tiene que ver con el amor, paradójicamente, en odio. Sugiero que nos fijemos no tanto en lo que separa, en lo conflictivo, en lo malo, en lo negativo, como en lo que une, en lo que armoniza, en lo bueno, en lo positivo. Quien diagnostica un nihilismo consumado es también víctima de su diagnóstico y con ello no le quedan ojos para ver a dos seres humanos que se aprecian, se estiman, que están dispuestos a la cordialidad y afectividad con respecto del otro; que no son ya capaces de percibir su bien particular como algo separado del bien de su pareja y de sus hijos. No todo es voluntad de poder, interés, animadversión, afortunadamente, habríamos de declarar. Suena cursi y ñono, sentimental y quizás, diría Escipión, muy falto de virilidad, pero hay que decir también que una sola caricia destruye todo el mal en el mundo. Sorprende que las mentalidades y pensadores que proceden del Romanticismo se hayan endurecido tanto y que seamos los racionalistas y científicos ilustrados los que les tengamos que recordar a los sentimentales estéticos lo que son los buenos sentimientos.

 

Mi posición es la de respeto a los demás considerados como fines en sí mismos y no como medios, considerados como portadores de dignidad y no de precio. Las relaciones ejemplares a mi parecer entre hombre y mujer son las de los esposos Curie o la de John Stuart Mill con Harriet Taylor, de la que éste último escribía: “pronto observé que la señora de Taylor poseía juntas las cualidades que yo no había encontrado hasta entonces más que distribuidas entre varios individuos”. De lo que se trata entonces en parejas del mismo o de distinto sexo es de tenerse una alta estima recíproca, en ser un aliciente el uno para el otro en el decurso de la vida, en tratarse con respeto y consideración buscando el bien del otro, en equilibrada armonía. Si se es educado y atento con un extraño por el mero hecho de que es otro ser humano y merece toda nuestra consideración con mayor motivo habría que impulsar y fomentar las relaciones educadas y atentas entre los allegados, subvirtiendo el lema de que la confianza da asco y no permitiéndonos licencias que no nos permitiríamos con un extraño con aquellos a los que apreciamos y queremos. Claro que si mi jefe me grita y yo no le puedo contestar tendré la carga de agresividad y la tendencia de gritar a mi pareja al llegar a casa, pero en tales situaciones hay que desfogarse haciendo deporte, cambiar de trabajo o contestar al jefe aun a costa del despido; ya que no es un buen asunto que el maltrato social se lleve al hogar, en ocasiones el único lugar de paz, tranquilidad y buenos sentimientos que puede encontrarse en medio de la jungla de cemento. Si dejamos que el espacio de la intimidad quede invadido por el espíritu de la discordia no encontraremos ningún lugar de reposo y el mundo entero devendrá un lugar infernal. Hay que multiplicar los espacios ajenos a la voluntad de poder, espacios de ocio, de estímulo del intelecto, de juego, de diversión. Los espacios íntimos no es que deban preservarse de la invasión de lo público en lo privado, no son ni de lo público ni de lo privado, han de preservarse tanto del Estado como del Mercado.

 

No entiendo cómo se puede llegar a posiciones de antagonismo tan exacerbadas como las que se presentan en las polémicas intelectuales sobre la materia. Quizás no sea justo y sea reduccionista el considerar que son las malas experiencias subjetivas y personales las que determinan las colisiones y conflictos que se argumentan en los foros del pensamiento contemporáneo sobre la materia, supongo que eso, como ya hemos comentado, debe existir pero no de forma que nos pueda dar explicación plena del fenómeno. Me parece que hay otros factores que han incidido en la problemática actual dentro de las relaciones de pareja, como el problema de la conciliación de la vida laboral y familiar una vez incorporada la mujer al mercado de trabajo, la dificultad para atender al cuidado de los niños y de los ancianos en sociedades de familias no patriarcales y eminentemente egoístas en cuanto neoliberales, lo que obliga a idear nuevas fórmulas de protección social y de incremento de los sistemas públicos de protección y atención ciudadana. El modelo del Estado del bienestar de los países nórdicos de Europa como ejemplo generalizable se ha venido abajo y urge replantear la situación.

 

Laika: Escipión es un buen ejemplo de machista resentido, una víctima de su imaginario, uno de esos que se han convertido en misóginos a causa de su propia actitud dominadora o, simplemente, dejándose llevar por sus costumbres y su inercia antediluviana. Si eso no explica todo el fenómeno no me privaré de diagnosticar que en su caso me cuesta oír tanta misoginia y homofobia junta sin interrumpir su argumentación. No le he cortado antes por educación y consideración pero no voy a quedarme callada después de todo lo que ha dicho. No me extraña que se exprese como lo hace y no me importa, su semejanza a Torrente y la remisión al reaccionario de Houellebecq ya le delata y le refuta suficientemente. Pero lo que sí que me resulta insultante es lo de Gynandro, esto es, que se me diga que habla por mí el desdén envenenado, supuestamente por experiencias biográficas o personales. De eso nada, yo soy objetiva y si algún desdén envenenado hay aquí es el de Escipión. En realidad que yo soy objetiva y que los demás no lo son es algo que podría decir cualquiera de cualquier otro, es muy fácil situarse más elevado y juzgar desde las alturas. Luego no sé si la pretensión de objetividad debe concederse a todo el mundo y su logro ponerse en duda en todo el mundo o cómo conviene juzgar en ese sentido. Lo que sí puedo hacer es defender mi objetividad y criticar la de los que me parezcan no serlo, de modo que cada cual tenga que justificar la validez de sus afirmaciones.

 

En ese sentido es que digo que mi posición no pretende partir de mi biografía, sino, como bien indica Verganza, de la Razón y de la Ciencia, siendo esta posición, la del Feminismo Moderno, un planteamiento exclusivamente de vindicación de los derechos de igualdad desde el racionalismo ilustrado. Si los hombres nos han excluido de la Razón y la Ciudadanía a lo largo de la Historia no por reivindicar la inclusión en las mismas condiciones -pues no hay otras- tiene que derivarse esa vindicación de haber tenido una, en cuanto particular, malas experiencias con el otro género. En realidad es todo el género femenino el que ha tenido una mala experiencia histórica con el otro género y me refiero a, al menos, el 50% de la población, lo que no nos convierte, precisamente, en una minoría.

 

Y finalmente sólo decir que siendo coherente con los principios de un Estado de Derecho democrático y bien construido, se sigue lógicamente la posición que mantengo. Luego considero que ha hablado bien Verganza y que, por el contrario, ha intervenido muy malamente Gynandro. Si no queremos ser tan elevados en el pensamiento que no miremos a las realidades mundanas cotidianas sugiero que se observe que a las mujeres las están matando y que todos los días hay víctimas de la “violencia machista” contra el género femenino en nuestro propio país. Por no hablar de la defensa del relativista cultural de las mujeres quemadas con ácido en Bangladesh, echadas a la pira en algunos lugares de India, las lapidaciones y la ablación de clítoris en África o el casamiento forzoso a los 15 años y del velo de los integrismos islámicos. Atendiendo a lo que dice Escipión ¡el colmo reside en pretender que de ser agredidas hubieran de tener la culpa las mujeres! ¡Y sólo por exigir sus derechos! ¡Ahora resulta que las víctimas van a ser los verdugos! ¡Lo que faltaba!

 

Wolfina: Creo que ninguno habéis entendido a Gynandro. No creo que se estuviese refiriendo a lo mismo que vosotros, que propugnáis que lo generalmente denominado como lo irracional, las experiencias vitales, las emociones y los sentimientos, las particularidades y las pertenencias, es algo malo, perturbador u oscuro, algo supersticioso que impide la racionalidad y que debe ser abandonado o superado; la luz a la que se opone la oscuridad. Hay que tener en cuenta que lo racional y lo consciente remiten precisamente al yo, como bien sabe el psicoanálisis, mientras que es precisamente a partir del despegamiento del narcisismo primario por parte de la manifestación del ello -no, por supuesto, del super-yo- que puede hablar algo que no es el yo, con sus particularidades y sus adherencias imaginario-reales. Los mitemas constituyentes del Inconsciente no son algo que se pueda elegir tener o no tener racionalmente, son estructuraciones del psiquismo que mutan a lo largo de tiempos muy largos por causas que no están en nuestras manos. El entendimiento que tiene en cuenta sus límites en este sentido y acude a la razón, como libre juego de la imaginación y el entendimiento, en pos de poder pensar lo sublime, podrá precisamente hacerse cargo de lo que rebasa sus competencias. A mí me ha parecido cuando ha hablado Gynandro que estaba hablando de ese pensar mismo, de la intuición pura y no de explicaciones científico-positivas ni de ninguna opinión particular.

 

Para que podáis entender el posicionamiento de un pensar postmetafísico os mencionaré un célebre pasaje de El manifiesto comunista de Karl Marx:

 

“Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus «superiores naturales» las ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel «pago al contado». Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta. Ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades escrituradas y adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio. En una palabra, en lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha establecido una explotación abierta, descarada, directa y brutal. La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, los ha convertido en sus servidores asalariados. La burguesía ha desgarrado el velo de emocionante sentimentalismo que encubría las relaciones familiares y las ha reducido a simples relaciones de dinero”.

 

Pues bien, Marx se equivocó al considerar que todo lo relacionado con la identidad suponía una explotación velada, de ahí que el movimiento multiculturalista y el pensamiento contemporáneo de la postmodernidad y la hermenéutica hayan acabado por reivindicar lo que desde la antropología cultural y desde el psicoanálisis, cuando no desde la biología, se demuestra como signos de pertenencia necesarios para el desarrollo de los individuos y de los colectivos. No siempre podrán valorarse como negativos ni como positivos, sino que habrá que verlos en cada caso y lo que sí que resultarán, no siempre pero sí que en muchas ocasiones, será una refutación y un freno a la pretensión de cuantificarlo todo y comprarlo y venderlo todo eliminando lo cualitativo. A éstas tendencias del pensamiento actual se las considera -con la visión progresista de la Filosofía de la Historia como infinitud lineal ascendente que llamamos desde la postmetafícia metarrelato de la metafísica tradicional- conservadurismo y reaccionarismo. De modo que para el Habermas ilustrado y progresista de El Discurso filosófico de la modernidad todo lo que ha venido defendiendo el pensamiento postmoderno no es sino un “neoconservadurismo”. Al poner ejemplos se percibe enseguida lo ridículo de tal pretensión de refutación. ¿Escuchar a los ancianos en cuanto memoria generacional es algo fascista? ¿Cuidar de los propios hijos o amamantarlos es algo fascista? ¿La música de Richard Wagner es algo fascista? ¿Considerar algo como sagrado es algo fascista? ¿No avergonzarse de tener identidad (sexual, cultural, nacional) es algo fascista? Y así se podría segur preguntando sin solución de continuidad.

 

Esto que digo es bastante diferente de ese afán por querer ser el portavoz de la Razón del platonismo y de la metafísica tradicional. Es distinto porque no identifico Razón y Pensamiento sino que considero que lo segundo es lo que tenemos que hacer, comprender, mientras que lo primero es una castración lógica de muchos aspectos de la vida que quizás formalmente y en altas abstracciones puedan desprenderse de la vida y consigan explicar algo, pero entonces lo hace desde la muerte y sobre lo muerto. Pienso que nadie puede ni debe desprenderse de lo que es en aras de lo que razona. Soy mujer y me gusta llevar vestidos, arreglarme y no veo como disvalores los femeninos y como valores los masculinos, sino que me parece estimable poder ser sensible y racional, dulce y fuerte, sencilla y compleja, inocente y experimentada.

 

Laika asume los valores masculinos, desprecia los femeninos y exige la igualdad de la mujer con los hombres en un mundo que se rige por valores de los hombres. Por mi parte, basándome en las ideas de pensadoras del feminismo de la diferencia como Luce Irigaray, Julia Kristeva, Hélène Cixous o Victoria Sendón de León, considero que hay que reivindicar un espacio para lo femenino que ponga el flujo heraclíteo de lo vital materno a la misma altura que el ser parmenídeo de lo fálico paterno. Reivindico así, como Laika, los mismos derechos, pero los mismos derechos para lo femenino, desde la diferencia, que no es contraria a la igualdad social pero que no cree que se consiga ésta imitando el falogocentrismo que se ha impuesto a través de la metafísica occidental. Para mí la igualdad no consiste en que la mujer vaya a la guerra, sea competitiva, se pegue en el boxeo, acuda a un Boys o consuma prostitutos por detentar el saber-poder de una tarjeta de crédito.

 

La igualdad consiste en algo propio de la sociedad postmetafísica propuesta por Heidegger al final de la primera sección de Ser y Tiempo, aquella con la que termina la analítica existenciaria del ser-ahí. Se trata entonces de un mundo no desligado de la tierra que rememore (Andenken) y recupere la senda perdida del cuidado (Sorge) -lo que los griegos llamaban epimeleia- mediante la cura de un preocuparse solícito (Fürsorge) -por los niños y el amante, por ejemplo- o un ocuparse (Besorge) de los entes intramundanos que queda implicado ontológicamente en el cuidado-de-sí (Selbs-Sorge) -de ahí la necesidad de complementar a Foucault con Heidegger.

 

El cuidado (Sorge) es la estructura del ser-ahí. Esto último ha sido olvidado por la metafísica occidental dando lugar a un cuidado de sí solipsista, narcisista, egotista, individualista, liberal y neoliberal, que ha roto con toda comunidad y que no establece ya vínculos de philía ni rinde culto al dios Eros.

 

En resumen, lo que esto quiere decir para nuestro asunto es que habrá que lograr que se pueda, por ejemplo, volver a ser madre sin que parezca un crimen contra natura, una renuncia y una esclavitud, cosa que ocurre porque desde nuestra sociedad actual -una cultura nihilista de odio contra la vida- todo lo que es naturaleza (physis) parecería como si fuese una aberración a trascender o a eliminar en lugar de un bien que cuidar, preservar, considerar y respetar.

 

En Ser y Tiempo anunció ya Heidegger la significación profunda del cuidado (Sorge) de la siguiente manera:

 

“Este término no se ha escogido porque el Dasein sea ante todo y en gran medida económico y práctico, sino porque el ser mismo del Dasein debe mostrarse como Sorge, cuidado. A su vez, esta expresión deberá comprenderse como concepto estructural ontológico. No tiene nada que ver con aflicción, tristeza ni preocupaciones de la vida, estados que pueden darse ónticamente en todo Dasein. Todo esto es ónticamente posible, al igual que la despreocupación y la alegría, porque el Dasein, entendido ontológicamente, es Sorge, cuidado”.

 

Lo que no significa otra cosa más que la constatación de que otra medida de la temporalidad es necesaria en cuanto ontológicamente estructurante de las existencias, aquella a la que los griegos llamaban scholé; una noción traducida por ocio pero malsignificada y resemantizada en el sentido de pereza por la tradición metafísica. Una noción que dio lugar a la palabra escuela tras pasar de los griegos a los romanos y que ya en Maquiavelo significa lo contrario del estudio y de la acción. Este es el motivo de que en el mismo libro que he mencionado antes se nos diga también, que:

 

“En el reposo, el cuidado [Sorge] se sumerge en la circunspección ahora libre”.

 

En esa línea podría mencionarse el primer volumen de la trilogía de Esferas de Peter Sloterdijk como un homenaje a la maternidad y una exposición de una sabiduría olvidada allende el positivismo, unos conocimientos que sitúan la concepción como la esfera primordial. Con el embarazo, señala éste, las madres, leo:

 

“sienten que se han hecho responsables de sus estados de ánimo y de sus éxitos vitales, y saben que ellas mismas no son una condición marginal indiferente para el buen resultado de la vida venidera. Sienten especialmente, aunque sea de manera implícita y discreta, la obligación de ser felices por amor al hijo”.

 

¿Es acaso semejante fenómeno una concepción de amor sacrificial, como piensa Laika, a la que deberíamos negarnos por significar nuestra esclavitud y dependencia? Fue Rousseau quien, con fino sentido de que la naturaleza era más sabia que las sociedades, facilitó la recuperación del pasado de la práctica perdida de que las madres amamantasen a sus hijos. Hoy ese cuidado se ha perdido en Occidente, lo cual es un síntoma de todo lo que no anda bien y se concibe aquella, la mejor nutrición para el neonato, la que sólo puede proporcionar una madre, como una esclavitud de la que hay que librarse para ser una mujer emancipada.

 

Escipión: Un momento, un momento. Lo de Heidegger no lo entiendo y lo de Sloterdijk no lo he leído. Y si bien no comparto sus registros lingüísticos, como no estoy suficientemente familiarizado con su metalenguaje, no los voy a descartar llamándoles nazis como hacen muchos bienpensantes en la actualidad. Pero aunque yo mismo he venido insistiendo en no descalificar a un pensador en bloque por una frase suelta extraída de un libro no puedo evitar mencionar algo sobre esa tal Irigaray, ya que sí que estoy versado en el lenguaje de las ciencias matemáticas y fisico-naturales, estoy familiarizado con esos registros. Y es que lo único que sé de Luce Irigaray es lo que de ella apareció en el libro de Alan Sokal Imposturas intelectuales y que conozco por un sarcástico artículo del biólogo Richard Dawkins que os voy a citar traduciendo un párrafo del artículo en inglés que tengo aquí entre mis papeles. Sí, aquí está. Dice lo siguente:

 

La filósofa feminista Luce Irigaray es otra que merece un capítulo en el libro de Sokal y Bricmont. (…). Irigaray arguye que E=mc2 es una ecuación sexuada. ¿Por qué? Porque “privilegia la velocidad de la luz sobre otras velocidades que son vitalmente necesarias para nosotros (enfatizo lo que estoy aprendiendo, poniéndolo entre comillas). Igualmente son típicas de esta escuela de pensamiento las tesis de Irigaray sobre la mecánica de fluidos. Los fluidos, ya lo ven, han sido injustamente rechazados. La física masculina privilegia lo rígido y las cosas sólidas”.

 

Obviamente, manteniendo una distancia con la falta de comprensión de los discursos heideggerianos puedo aceptar que soy yo el que no comprende y no juzgar lo que no conozco, pero por lo de Irigaray, francamente, no paso.

 

No me gusta el pensamiento débil de la postmodernidad, del arte y de la literatura, prefiero el pensamiento fuerte de la modernidad y de la ciencia, qué le vamos a hacer, no creo que eso sea sinónimo de caer en el endurecimiento insensible, adolecer de resentimiento o carecer de buenos sentimientos. Digamos al respecto que King Kong es sensible y tiene buenos sentimientos, pero es fuerte y no tiene por qué avergonzarse de serlo y actuar en todo con suavidad y dulzura. Ésas cosas se las reserva el simio para la que ama, pero no con respecto a aquellos con los que se enfrenta. Y aquí hablamos de enfrentamientos, no porque las armonías no existan, sino porque es lo que está mal lo que fastidia lo que está bien y sobre lo que hay que trabajar a fin de procurar evitarlo. Se me acusa de hacer lo que hace el telediario, contar sólo malas noticias y no dar las buenas, pero nadie vería una cadena de noticias en la que se contasen las bondades que, ciertamente, acaecen también en el mundo. Sobre los conceptos de fuerte y débil habría mucho que hablar, pueden discutirse y deben discutirse si maniqueamente se quieren contraponer de forma absoluta, pero al menos se me podrá dejar contraponerlos de forma relativa, sin por ello dictaminar que una cosa sea mejor que la otra o que el llamado sexo débil tenga alguna suerte de inferioridad sobre el otro.

 

Jugaré al juego de las metáforas para que veáis que también puedo hacerlo, aunque desconfío de tales amalgamas. Si bien hay artes marciales duras, basadas en la fuerza, el golpe directo y rápido, como el karate o el boxeo, también hay artes marciales blandas o suaves, como muchas modalidades del kung fu, basadas en la flexibilidad, el golpe circular y el fluir de los movimientos. Según las metáforas del imaginario en términos sociohistóricos lo indoeuropeo es la cultura de la vista y de la imagen, la masculina, seducida por la apariencia visual, la de los arios conquistadores del mundo desde Grecia hasta el Indostán; la de los belicosos descendientes de los kurganos. Lo semítico, por el contrario, sería la cultura del oído, femenina, a la que se seduce con poemas cantados a la oreja, por palabras antes que por ideas; pues la palabra griega “idea” proviene del vocablo ver y de la metáfora del conocimiento como visión. Tales dicotomías entre lo duro y lo flexible, lo que fluye y lo que permanece, pueden dar mucho juego literario, pero no sé si suficiente juego filosófico. Dictaminar que lo violento es lo fuerte y duro y que lo pacífico es lo flexible y fluyente es tan absurdo como decir que Parménides es violento y Heráclito pacifista, cuando lo que fuerte y duro escribe el primero es un Poema y en los que, también poemas, escribe el segundo, es donde se dice que la guerra es el padre de todas las cosas, lo cual, desde la filosofía postmoderna contemporánea pudiera corregirse ligando pólemos a la madre fluyente de la circulación sangrienta del Capital, antes que a padre; cosa que quizá agradaría a ese Lacan que decía que siempre se enferma por la madre.

 

Cierto que hay tanto hombres como mujeres que practican ambas modalidades de artes de la guerra de las que hablaba antes y que hay modos mixtos, como en la música degenerada según el Platón de Las Leyes. Pero en esto me quiero relativamente purista o con la idea de que una tendencia predomina en ciertos caracteres sobre la otra. Tomadlo como una preferencia personal, si se quiere, tan respetable como su contraria. ¿Por qué no puedo decir que prefiero la filosofía fuerte y rigurosa de carácter científico frente a la literaria y poética de carácter artístico o a la mezcla de ambas? ¿No abogas por el pluralismo?

 

Wolfina: ¡Pero bueno!, si no has leído nada de Irigaray, y, además, has criticado ese proceder, antes y ahora, de la descalificación por ignorancia, lo mejor que podías haber hecho es callarte. Y sobre todo callarte esa frase suelta que dices que conoces sobre la pensadora por la cita de una cita. No voy a discutir ahora ese asunto del Sokal ese, ya lo han hecho otros más autorizados. ¡Pero es que además considero que no tiene ni que mencionarse un libro que por lo que me han dicho lo único que sabe hacer es llamar impostura al pensamiento de gentes como Derrida -nada más y nada menos que un filósofo que ha escrito cerca de 80 libros- basándose en un solo párrafo de toda su obra!

 

Parece que sólo ves lo negativo de todas las cosas, la maldad y el poder en la existencia, experimentas toda determinación como negación y no hay misión propositiva para el pensamiento a favor de la mejora de las cosas sino sólo una tarea crítico-destructiva. Si no puedes comprender el alcance del ámbito de la metáfora y de lo simbólico te quedarás sumido en la actitud violenta del pensar sin alma propio de la ontoteología metafísico-positivista, sin lugar para el amor y la alegría. No tengo tiempo ahora para poder hacerte comprender estas cosas.

 

Ahora me interesaría -pues era lo que iba a solicitarle antes de que me interrumpieras-, me interesaría, digo, escuchar a Gynandro; porque indicó sabiamente que, en el fondo, lo que ocurría era una falta para con el dios Eros.

 

Dime Gynandro: ¿Es el Amor algo racional, no racional, irracional, o acaso no caben esos calificativos y no será más bien algo indirectamente transmisible a la hora de hacérselo comprender a alguien a través de las palabras o las letras? ¿No es acaso el Amor algo que está indisolublemente vinculado a los flujos de contrarios en unión perfecta, es decir, al pensamiento pleno, intensivo, al que cuenta con el instante eterno de la confluencia absoluta, la de las razones, los deseos y las emociones; la de los sentimientos, las experiencias y las intuiciones; la de los placeres, los instintos y las virtudes?

 

Escipión: Perdona lo de antes Wolfina, lo siento si te has molestado, pero quedamos en que nos expresaríamos con libertad. Es cierto que no he leído nada de Irigaray y que yo mismo prohibía a Laika emplear como supuesto método del racionalismo crítico la manifestación de frases sueltas para deslegitimar a un autor o pensador en su integridad; pero no puedo evitar considerar que la frasecita que le sacan, es, ciertamente, una chorrada. Ni puedo evitar pensar que desde la ciencia, que es lo más objetivo, tienen que establecerse ciertas barreras al todo vale en que puede llegar a incurrir la postmodernidad, la mezcolanza de todo con todo del esoterismo de la New Age, del orientalismo y de las formas alternativas de espiritualidad que, no casualmente, constituyen el nuevo estado de conciencia de las masas del mundo capitalista. Por tanto, no confío…

 

Wolfina: ¡Cállate un poquito ya, hombre, y deja hablar a Gynandro! ¡Que es que te pones muy pesao! Ya has dicho bastantes tonterías juntas de una sola vez, tómate un respiro, relájate y contén tu lengua polemista.

 

Gynandro: Está bien Wolfina. Lo repito -aunque no lo consideren una justa apreciación- me parece que por Laika y también por Escipión, habla el desdén envenenado. Lamento que lo tomen como un insulto personal pero me temo que sus palabras reflejan unas conclusiones causadas por pretéritas experiencias de desamor -propias o ajenas- que han cristalizado, estigmatizando la figura del otro. Cuando esas experiencias se calcifican en la mente dificultan cada vez más el amor.

 

Los fenómenos de la naturaleza y de la sociedad siguen una secuencia lógica de acontecimientos, el amor no sigue una secuencia lógica de acontecimientos, no procede por causas ordenadas y racionalmente cuantificables, más bien suspende toda secuencia y existe en la medida en que la lógica del poder queda anulada por la alógica del bien-estar-juntos. Luego toda calculabilidad respecto a las ventajas o desventajas de los individuos o de los géneros es un atentado contra el amor. En este aspecto Verganza y Wolfina han estado acertados, pues a esa competición ventajista entre las parejas os fuerza la pérdida de la inocencia y el miedo a que la entrega plena no sea correspondida, sino, tomada por una debilidad de la que aprovecharse. Se habla entonces todo el tiempo de la guerra y nunca de la paz, siempre del odio y nunca del amor, se focaliza una esfera perdiéndose de vista la otra. Lo terrenal-mundano anula y devora a lo espiritual-terreno.

 

Eros es un dios muy peculiar y lo que habría que decir sobre él, a despecho de El Banquete, es inefable. Aquí no valen mucho las palabras sino sólo las acciones. Luego me limitaré a guardar silencio para que sean mis actos los que hablen por mí.

 

Verganza: Perdonad pero se ha hecho muy tarde y me acaban de decir que van a cerrar y tenemos que irnos de inmediato. A mí me parece que acabamos de empezar, apenas me ha dado tiempo de expresar mi parecer y quizás vosotros os quedáis también con mucho que decir. Pero nos echan. En la próxima ocasión tenemos que quedar en algún lugar en el que podamos despreocuparnos de la hora.

 

Yo no me quedo satisfecho con el corolario de Gynandro acerca de la inefabilidad de lo que considera determinante de la discusión y de que el modo de acción que es hablar tenga que culminar en un silencio para que hablen otro tipo de acciones. Sugiero que, puesto que nos obligan, demos aquí por terminada la discusión, pero que la transcribamos por escrito, que aportemos cada cual algún texto breve de los pensadores emblemáticos y notables que nos han precedido para que meditemos cada cual y que, puesto que ya nos cierran este lugar y hemos de marcharnos, quedemos otro día para proseguir la discusión una vez que hayamos reflexionado bien sobre todo lo que se ha dicho. Nos vendrá bien una pausa y una lenta y rumiada meditación antes de que volvamos a reunirnos. Quizás entonces se nos sume alguien más al encuentro y de seguro podremos retomar el asunto desde una posición más solvente para todos.

 

Wolfina: Muy bien, pues si nadie está en desacuerdo en que nos disolvamos de esta manera tan abrupta y dejemos la investigación en donde ha llegado a fin de proseguirla en nueva ocasión, quedamos entonces así como ha dicho Verganza. Despidámonos cordialmente y confiemos en haber aprendido algo los unos de los otros.

 

 


 

 

 

TEXTOS ULTERIORMENTE PROPUESTOS POR LOS DIALOGANTES.

 

ESCIPIÓN

Parágrafos 231, 233, 238 y 239 de Más allá del bien y del mal [1886] de Friedrich Nietzsche.

(231) “El aprender nos transforma, hace lo que hace todo alimento, el cual no se limita tampoco a «mantener»-: como sabe el fisiólogo. Pero en el fondo de nosotros, totalmente «allá abajo», hay en verdad algo rebelde a todo aleccionamiento, una roca granítica de fatum [hado] espiritual, de decisión y respuesta predetermina-das a preguntas predeterminadas y elegidas. En todo problema radical habla un inmodificable «esto soy yo»; acerca del varón y de la mujer, por ejemplo, un pensador no puede aprender nada nuevo, sino sólo aprender hasta el final, - sólo descubrir hasta el final lo que acerca de esto «está fijo». Muy pronto encontramos ciertas soluciones de problemas que constituyen cabalmente para nosotros una fe sólida; quizá las llamemos en lo sucesivo nuestras «convicciones». Más tarde - vemos en ellas únicamente huellas que nos conducen al conocimiento de nosotros mismos, indicadores que nos señalan el problema que nosotros somos, - o más exactamente, la gran estupidez que nosotros somos, nuestro fatum [hado] espiritual, aquel algo rebelde a todo aleccionamiento que está totalmente «allá abajo». - Teniendo en cuenta estas abundantes delicadezas que acabo de tener conmigo mismo, acaso me estará permitido enunciar algunas verdades acerca de la «mujer en sí»: suponiendo que se sepa de antemano, a partir de ahora, hasta qué punto son cabalmente nada más que - mis verdades”.

(233) “Delata una corrupción de los instintos - aun prescindiendo de que delata un mal gusto - el que una mujer invoque cabalmente a Madame Roland o a Madame de Staél o a Monsieur George Sand, como si con esto se demostrase algo a favor de la «mujer en sí». Las mencionadas son, entre nosotros los varones, las tres mujeres ridículas en sí - ¡nada más! -y, cabalmente, los mejores e involuntarios contra-argumentos en contra de la emancipación y en contra de la soberanía femenina”.

(238) “No acertar en el problema básico «varón y mujer», negar que ahí se dan el antagonismo más abismal y la necesidad de una tensión eternamente hostil, soñar aquí tal vez con derechos iguales, educación igual, exigencias y obligaciones iguales: esto constituye un signo típico de superficialidad, y a un pensador que en este peligroso lugar haya demostrado ser superficial - ¡superficial de instinto! - es lícito considerarlo sospechoso, más todavía, traicionado, descubierto: probablemente será demasiado «corto» para todas las cuestiones básicas de la vida, también de la vida futura, y no podrá descender a ninguna profundidad. Por el contrario, un varón que tenga profundidad, tanto en su espíritu como en sus apetitos, que tenga también aquella profundidad de la benevolencia que es capaz de rigor y dureza, y que es fácil de confundir con éstos, no puede pensar nunca sobre la mujer más que de manera oriental: tiene que concebir a la mujer como posesión, como propiedad encerrable bajo llave, como algo predestinado a servir y que alcanza su perfección en la servidumbre, - tiene que apoyarse aquí en la inmensa razón de Asia, en la superioridad de instintos de Asia: como lo hicieron antiguamente los griegos, los mejores herederos y discípulos de Asia, quienes, como es sabido, desde Homero hasta los tiempos de Pericles, conforme iba aumentando su cultura y extendiéndose su fuerza, se fueron haciendo también, paso a paso, más rigurosos con la mujer, en suma, más orientales. Qué necesario, qué lógico, qué humanamente deseable fue esto: ¡reflexionemos sobre ello en nuestro interior!”.

(239) “El sexo débil en ninguna otra época ha sido tratado por los varones con tanta estima como en la nuestra - esto forma parte de la tendencia y del gusto básico democráticos, lo mismo que la irrespetuosidad para con la vejez -: ¿qué de extraño tiene el que muy pronto se vuelva a abusar de esa estima? Se quiere más, se aprende a exigir, se acaba considerando que aquel tributo de estima es casi ofensivo, se preferiría la rivalidad por los derechos, incluso propiamente la lucha: en suma, la mujer pierde pudor. Añadamos enseguida que pierde también gusto. Desaprende a temer al varón: pero la mujer que «desaprende el temor» abandona sus instintos más femeninos. Que la mujer se vuelve osada cuando ya no se quiere ni se cultiva aquello que en el varón infunde temor o, digamos de manera más precisa, el varón existente en el varón, eso es bastante obvio, también bastante comprensible; lo que resulta más difícil de comprender es que cabalmente con eso - la mujer degenera. Esto es lo que hoy ocurre: ¡no nos engañemos sobre ello! En todos los lugares en que el espíritu industrial obtiene la victoria sobre el espíritu militar y aristocrático la mujer aspira ahora a la independencia económica y jurídica de un dependiente de comercio: «la mujer como dependiente de comercio» se halla a la puerta de la moderna sociedad que está formándose. En la medida en que de ese modo se posesiona de nuevos derechos e intenta convertirse en «señor» e inscribe el «progreso» de la mujer en sus banderas y banderitas, en esa misma medida acontece, con terrible claridad, lo contrario: la mujer retrocede. Desde la Revolución francesa el influjo de la mujer ha disminuido en Europa en la medida en que ha crecido en derechos y exigencias; y la «emancipación de la mujer», en la medida en que es pedida y promovida por las propias mujeres (y no sólo por cretinos masculinos), resulta ser de ese modo un síntoma notabilísimo de la debilitación y el embotamiento crecientes de los más femeninos de todos los instintos. Hay estupidez en ese movimiento, una estupidez casi masculina, de la cual una mujer bien constituida - que es siempre una mujer inteligente - tendría que avergonzarse de raíz. Perder el olfato para percibir cuál es el terreno en que con más seguridad se obtiene la victoria; desatender la ejercitación en nuestro auténtico arte de las armas; dejarse ir ante el varón, tal vez incluso «hasta el libro», en lugar de observar, como antes, una disciplina y una sutil y astuta humildad; trabajar, con virtuoso atrevimiento, contra la fe del varón en un ideal radicalmente distinto encubierto en la mujer, en lo eterna y necesariamente femenino; disuadir al varón, de manera expresa y locuaz, de que la mujer tiene que ser mantenida, cuidada, protegida, tratada con indulgencia, cual un animal doméstico bastante delicado, extrañamente salvaje y, a menudo, agradable; el torpe e indignado rebuscar todo lo que de esclavo y servil ha tenido y aún tiene la posición de la mujer en el orden social vigente hasta el momento (como si la esclavitud fuese un contraargumento y no, más bien, una condición de toda cultura superior, de toda elevación de la cultura): - ¿qué significa todo eso más que una disgregación de los instintos femeninos, una desfeminización? Desde luego, hay bastantes amigos idiotas de la mujer y bastantes pervertidores idiotas de la mujer entre los asnos doctos de sexo masculino que aconsejan a la mujer desfeminizarse de ese modo e imitar todas las estupideces de que en Europa está enfermo el «varón», la «masculinidad» europea, - ellos quisieran rebajar a la mujer hasta la «cultura general», incluso hasta a leer periódicos e intervenir en la política. Acá y allá se quiere hacer de las mujeres librepensadores y literatos: como si una mujer sin piedad no fuera para un hombre profundo y ateo algo completa-mente repugnante o ridículo -; casi en todas partes se echa a perder los nervios de las mujeres con la más enfermiza y peligrosa de todas las especies de música (nuestra música alemana más reciente) y se las vuelve cada día más histéricas y más incapaces de atender a su primera y última profesión, la de dar a luz hijos vigorosos. Se las quiere «cultivar» aún más y, según se dice, se quiere, mediante la cultura, hacer fuerte al «sexo débil»: como si la historia no enseñase del modo más insistente posible que el «cultivo» del ser humano y el debilitamiento - es decir, el debilitamiento, la disgregación, el enfermar de la fuerza de la voluntad, han marchado siempre juntos, y que las mujeres más poderosas e influyentes del mundo (última-mente, la madre de Napoleón) han debido su poder y su preponderancia sobre los varones precisamente a su fuerza de voluntad - ¡y no a los maestros de escuela! -. Lo que en la mujer infunde respeto y, con bastan-te frecuencia, temor es su naturaleza, la cual es «más natural» que la del varón, su elasticidad genuina y astuta, como de animal de presa, su garra de tigre bajo el guante, su ingenuidad en el egoísmo, su ineducabilidad y su interno salvajismo, el carácter inaprensible, amplio, errabundo de sus apetitos y virtudes... Lo que, pese a todo el miedo, hace tener compasión de ese peligroso y bello gato que es la «mujer» es el hecho de que aparezca más doliente, más vulnerable, más necesitada de amor y más condenada al desengaño que ningún otro animal. Miedo y compasión: con estos sentimientos se ha enfrentado hasta ahora el varón a la mujer, siempre con un pie ya en la tragedia, la cual desgarra en la medida en que embelesa -. ¿Cómo? ¿Y estará acabando esto ahora? ¿Y se trabaja para desencantar a la mujer? ¿Aparece lentamente en el horizonte la aburridificación de la mujer? ¡Oh Europa! ¡Europa! ¡Es conocido el animal con cuernos que más atractivo ha sido siempre para ti, del cual te viene siempre el peligro! Tu vieja fábula podría volver a convertirse en «historia», - ¡la estupidez podría volver a adueñarse de ti y a arrebatarte! Y bajo ella no se escondería un dios, ¡no!, ¡sino únicamente una «idea», una «idea moderna»!...”.

 

Taisen Deshimaru El Zen y las artes marciales. Luis Cárcamo Editor. Madrid 1980.

“En las artes marciales, hay que penetrar los elementos, los fenómenos, y no pasar al lado de ellos. Las artes marciales son pues esencialmente viriles, ya que el hombre penetra a la mujer. Pero en nuestra época todo el mundo quiere economizar su energía y se vive a medias. Siempre se esta incompleto. Las gentes viven a medias, tibias como el agua del baño. Hay que aprender a penetrar la vida”.

“Antiguamente, el tai-chi estaba reservado a las mujeres, a los niños, a los ancianos, a la gente débil. Es un ejercicio muy interesante ya que enseña a respirar correctamente (como en zazen), a suavizar todo el cuerpo y a concentrar el espíritu. Incluso se le ha llamado Zen de pie; pero a pesar de todo no es más que una danza, una gimnasia de la cual el espíritu del Zen ha escapado”.

 

 

WOLFINA

Luce Irigaray Speculum. [1973]. Saltés. Madrid, 1981, p.133.

“En la ignorancia, en la inconsciencia de lo que le corresponde, de sus méritos, de su valor, de la eventual especificidad de su papel en la economía de los intercambios, la mujer no podrá sino envidiar y reclamar poderes iguales o equivalentes a los de los hombres. Momento sin duda ineluctable en el que ella se representará como sometida, víctima o revés de fortuna del narcisismo del pene, con el sólo fin de apoderarse de tales privilegios. Rebelión o revolución sexuales que simplemente invertirán las cosas y que amenazan con perpetuar un eterno retorno de lo mismo. De manera que Freud tiene de alguna manera razón al criticar a las feministas, aunque las razones que aduce son discutibles y prueban su desconocimiento de la importancia de la cuestión”.

 

De Speculum a Entre Oriente y Occidente: Luce Irigaray, 25 años de filosofía feminista de la diferencia (Entrevista en La Jornada, UNAM, México, 2/8/1999).

T.J.- El concepto de la diferencia entre hombre y mujer es la clave en su obra. ¿Por qué mientras la mayoría habla de la igualdad usted habla de la diferencia? Luce Irigaray.- Primero, creo que continuamente hay una confusión entre igualdad y equivalencia de los derechos. Segundo, devenir igual significa frecuentemente abolir su identidad. Más profundamente, yo diría que el mal de nuestra época viene sobre todo de una pérdida de la autonomía personal, resultante de una falta de cultura de la vida como tal, que hace que difícilmente nos encontremos el uno frente al otro. El Otro se convierte en un padre o un niño, en un amo o un esclavo, un superior o un inferior, una cosa o un verdugo. La relación de reconocimiento y de reciprocidad es rara. ¿No es allí donde se encuentra el mayor bien? El problema de la igualdad entre los individuos, particularmente entre los sexos, no puede resolver la cuestión: la igualdad se evalúa en función de algo en común que posee más o menos cada uno, lo que entraña relaciones de competición agresiva. No hay cuestionamiento entonces respecto al amor y la reciprocidad de las personas. Esto no puede ocurrir más que dentro del respeto de las diferencias, cuando el otro es reconocido por lo que es, en un deseo, una alianza y un entrelazamiento de las cualidades propias de cada uno o una”.

 

F.Max Müller Mitología comparada. [1892]. Primer capítulo. Edicomunicación, Barcelona 1988.

“Ahora bien, nosotros no sabemos nada de la raza aria antes de que se dividiese en diferentes naciones, como los grupos indio, iranio, griego, romano, eslavo, teutónico y céltico; en este caso, pues, ése método que hace contar al lenguaje mismo la historia del pasado, adquirirá para nosotros un gran valor; dará un carácter de realidad histórica a un período de la historia de la humanidad (…).

El simple hecho de que los nombres de padre, madre, hermano, hermana e hija sean los mismos en muchas lenguas arias, podría parecer insignificante a primera vista; sin embargo, esas palabras están llenas de sentido. La formación del nombre de padre en ese lejano período, prueba que el padre reconocía el fruto de su mujer como suyo; sólo con esta condición tenía derecho a reclamar ese título de padre. Padre deriva de la raíz PA, que no significa engendrar, sino proteger, sostener, nutrir. El padre, como generador, se llamaba en sánscrito g-a-n-i-t-á-r; pero, como protector y sostén de su hijo, se llamaba p-i-t-á-r. Por eso estos dos nombres se emplean juntos en los Vedas para expresar la idea completa de padre. (…).

De igual manera m-â-t-á-r, madre, se une a g-a-n-i-t-r-î, generadora, lo que demuestra que la voz m-â-t-á-r había perdido pronto su significación etimológica, para convertirse en una expresión de respeto y de cariño. Entre los antiguos arios m-â-t-á-r significa creador, de MA, formar”.

 

Peter Sloterdijk Esferas I. Siruela, Madrid 2003, p.58; pp.161-162; pp.401-402.

“Toda historia es la historia de las relaciones de animación”.

“Para tener una idea de qué temperaturas afectivas dominan en los invernaderos protohistóricos de las hordas baste recordar el encanto, todavía hoy extendido en toda la especie, que mujeres maduras, así como hombres paternalmente motivados, sienten ante rostros bonitos de bebés y niños pequeños. Lo que necesita aclaración en esa inclinación espontánea a simpatizar embelesadamente con el rostro de un niño no es tanto su universalidad cuanto su falta ocasional en individuos que, por especializaciones de su afectividad o blocajes de sus sentimientos, están excluidos del encantador microclima que se instaura espontáneamente por doquier (…). En el círculo más íntimo de las campanas sociales de participación que ritman y climatizan emocionalmente la vida de los grupos se encuentra, casi por todas partes, un campo, especialmente denso y protegido, con carácter extremadamente refinado de nido e incubadora: el espacio-madre-hijo. Con muy buenas razones podría aventurarse uno a describir toda la antropogénesis desde ese rooming-in primario. Desde el punto de vista evolutivo, lo que designamos con la infeliz expresión modernista «sociedad» es, ante todo, un sistema-abrigo de personas menos imprescindibles, más tarde conocido con el nombre de padres, cuya función es la de proteger la esfera nuclear, tan indispensable como sensible, del campo-madres-e-hijos. La incubadora interfacial tiene en las simbiosis-madre.hijo su lugar más cálido, más abierto y normalmente también más alegre”.

“En las culturas tradicionales los hijos tienen que conseguir al menos la misma amplitud psíquica que sus padres para poder mudarse a la casa del mundo de su estirpe. En culturas avanzadas entran en escena adicionalmente espíritus provocadores y amplificadores anímicos profesionales: un fenómeno que entre los griegos condujo al descubrimiento de la escuela y a la transformación de los daímones en maestros. (El maestro entra históricamente en el plan como segundo padre; él se cuida de la delicada transición del nivel del cuarteto, que sigue restringido familiarmente, al quinteto: es decir, a la forma mínima de sociedad. Desde que hay maestros, hay padres que asoman tras hijos poco parecidos).

En la historia de la pedagogía institucionalizada puede comprobarse que en todas las grandes culturas, en el umbral entre crianza y educación, se quita a las madres su monopolio socrático con respecto a los hijos. Cuando Hegel en su curso de psicología dice: «la madre es el genio del hijo» describe con ello -insuficientemente- el punto de partida de la educación a nivel del alma sensible y de la subjetividad perceptiva, todavía sin conceptos. Es cierto que el individuo, tras sus improntas placentarias y acústico-fetales, tiene que ser animado -y, según expresión de Hegel, «hecho temblar»- primero por la madre; pero, una vez acabada la formación, según el esquema idealista, ha de ser espiritualizado sólo por el concepto autodeterminado, que ya no tiembla.

El modo en que se experimenta al comienzo la presencia del acompañante es, en principio, en su mayor parte, uno no-óptico, pues la vieja historia subjetiva cae completamente en el dominio de lo previsual y preimaginario. Para la (in-)existencia en la noche uterina esto se entiende por sí mismo: pero -exceptuando el elemental contacto ocular, significativo y fascinógeno, con la madre- también para los recién nacidos son muy importantes los medios no visuales de contacto y relación. En la constitución más temprana del niño incluso un hermano gemelo corpóreo no sería durante mucho tiempo algo visto, sino más bien una presencia barruntada, un foco de ruidos, una sensación de tacto, un pulso, un aura, una fuente de efectos de presión, y sólo en último lugar una visibilidad”.

 

LAIKA

Celia Amorós Tiempo de Feminismo. Cátedra, Madrid 1997, pp.293; pp.300-301; pp.322-323.

“Se es ciudadano-hombre (en tanto que soldado) o ciudadana mujer (en cuanto madre). Se renuncia así a que sea universal la ratio formalis de la ciudadanía. Y se hace de este modo la abstracción inversa a la anterior: se retiene como pertinente lo que antes se dejaba fuera -es decir, la masculinidad o la feminidad- y se hace abstracción de lo que antes se consideraba lo relevante -es decir, lo que hombre y mujer podrían tener en común en tanto que ciudadanos”.

“A veces, la crítica del androcentrismo se vuelve tan prioritaria que se pasa de rosca, desconstruye por androcéntricas las mismas abstracciones en base a cuya lógica se plantean las vindicaciones redistributivas, de modo que nos quedamos sin base ni objeto para nuestra vindicación porque hemos tirado el niño junto con el agua del baño. El ejército, por ejemplo, como lo recuerda Benhabib, es en muchas sociedades «una poderosa agencia de redistribución» de bienes sociales, dinero, poder y status. Se quedará, sin duda, encantado si homosexuales y mujeres procedemos a su crítica radical por androcéntrico y nos marginamos de él. Creo que aquellas y aquellos a quienes esa carrera les tiente y quieran reorientarla en base a valores diferentes de los que han constituido su tradición deben hacer ambas cosas: vindicar el ingreso y criticar el androcentrismo. Pero no lo podrán hacer a la vez”.

“El movimiento obrero nos traiciona cuando pacta con los patronos, como agudamente lo ha señalado Heidi Hartmann, el salario familiar; los negros, como es sabido, dejaron en la estacada a las abnegadas sufragistas; ahora, algunos ecologistas se empeñan en que las mujeres qua tales debemos «remendar la capa de ozono» por aquello del operari sequitur esse; los pacifistas nos imponen el «atajo» hacia un mundo sin guerras por la prescripción de que nos abstengamos de participar en ellas en razón de las características genéricas que nos adjudican (…). Tardamos en tomar conciencia de que nuestra relación con el marxismo era, al menos tal y como estaba planteada, «un matrimonio desdichado». (…) Pues bien, ahora se trata de nuestra alianza con la postmodernidad. Y este debate está en función de la valoración que hagamos como feministas de nuestra relación histórica de origen, a saber, del vínculo entre feminismo e Ilustración”.

 

VERGANZA

John Stuart Mill La esclavitud femenina [1869]. Extractos del capítulo primero, quinto, sexto y décimo.

“Creo que las relaciones sociales entre ambos sexos,-aquellas que hacen depender a un sexo del otro, en nombre de la ley,-son malas en sí mismas, y forman hoy uno de los principales obstáculos para el progreso de la humanidad; entiendo que deben sustituirse por una igualdad perfecta, sin privilegio ni poder para un sexo ni incapacidad alguna para el otro”. (…).

“Dicen que la idea de la igualdad de los sexos no descansa más que en teorías, pero recordemos que no tiene otro fundamento la idea opuesta. Todo cuanto se puede alegar en su favor, en nombre de la experiencia, es que la humanidad ha podido vivir bajo este régimen, y adquirir el grado de desarrollo y de prosperidad en que hoy la vemos. Pero la experiencia no dice si se habría llegado más pronto a esta misma prosperidad, o a otra mayor y más completa, caso que la humanidad hubiese vivido bajo el régimen de la igualdad sexual. Por otro lado, la experiencia nos enseña que cada paso en el camino del progreso va infaliblemente acompañado de un ascenso en la posición social de la mujer, lo cual induce a historiadores y filósofos a considerar la elevación o rebajamiento de las mujeres como el criterio mejor y mas seguro, la medida más cierta de la civilización de un pueblo o de un siglo. (…). Durante todo el período de progreso, la historia demuestra que la condición de la mujer ha ido siempre aproximándose a igualarse con la del hombre. No significa esto que la asimilación deba llegar hasta igualdad completa: otros argumentos lo probarían mejor; pero éste de cierto suministra en favor de la igualdad un dato sólido”. (…).

“Puede que la mujer no tenga intención de disimular, pero hay muchas cosas que no deja entrever a su marido. El mismo fenómeno se observa entre padres e hijos. A pesar de la recíproca ternura que realmente une al padre con su hijo, ocurre con frecuencia que el padre ignora y ni llega a sospechar ciertos detalles del carácter de su hijo, que conocen a las mil maravillas los compañeros e iguales de éste. La verdad es que, desde el momento en que un ser humano está bajo nuestro dominio y autoridad, mal podríamos pedirle sinceridad y franqueza absoluta. El temor de perder la buena opinión o el afecto del superior es tan fuerte, que, aun teniendo un carácter muy recto, se deja uno llevar, sin notarlo, a no mostrar si no el lado más bello, o siquiera el más agradable a sus ojos; puede decirse con seguridad que dos personas no se conocen íntima y realmente sino a condición de ser, no solamente prójimos, sino iguales”. (…).

“¿Puede esperarse algo mejor de la forma actual del matrimonio? Todos sabemos que las malas inclinaciones de la naturaleza humana no se contienen en límites tolerables sino cuando encuentran dique. Sabido es que por inclinación o por costumbre, ya que no con propósito deliberado, se abusa siempre del que cede, hasta obligarle a la resistencia. Y no obstante estas conocidas tendencias de la naturaleza humana, nuestras instituciones actuales conceden al hombre poder casi ilimitado sobre un miembro de la humanidad, aquel con quien vive, el que está siempre a su lado, el compañero. Este poder busca los gérmenes latentes del egoísmo en los repliegues hondos del corazón del hombre, reanima las más débiles chispas, aviva el fuego oculto y da rienda suelta a inclinaciones que, en otras circunstancias, el hombre se vería precisado a reprimir y disimular, hasta el punto de formarse con el tiempo una segunda naturaleza más generosa. Sé que existe el reverso de la medalla: reconozco que si la mujer no puede resistir, le queda el derecho de represalias, tiene medios de hacer muy desgraciada la vida del hombre, y se sirve de ellos para que prevalezca su voluntad en casos en que debería imponerla y hasta en muchos en que no debería. Pero este sistema de protección personal, que puede llamarse el poder del escándalo y la sanción del mal humor, adolece del vicio fatal de que suele emplearse contra los amos menos tiránicos y en provecho de los subordinados menos dignos; es el arma de las mujeres irascibles y voluntariosas, que harían peor uso del poder si lo poseyesen, y que abusan del que han salteado. Las mujeres de genio dulce no pueden recurrir a esta arma, y las de corazón levantado y magnánimo la desdeñan. Por otra parte, los maridos contra quienes se emplea con buen éxito, son los más blandos, los más inofensivos, aquellos a quienes ninguna especie de provocación impulsa a ejercer severamente su autoridad. El poder que tiene la mujer de hacerse desagradable, da por resultado el de establecer una contra-tiranía y causar víctimas en el otro sexo, sobre todo en los maridos menos inclinados a erigirse en tiranos. Así la injusticia produce y engendra la injusticia”.

 

GYNANDRO

Hugo von Hofmannsthal Carta a Lord Chandos. [1901]. Yerba, Múrcia, 1996, p.30; p. 32 y p.37.

“Primero se me fue volviendo imposible hablar sobre un tema elevado o general y pronunciar aquellas palabras, tan fáciles de usar, que salen sin esfuerzo de la boca de cualquier hombre. Sentía un inexplicable malestar con sólo pronunciar «espíritu», «alma», «cuerpo»”.

“Desde aquel tiempo llevo una existencia que temo difícil lleguéis a comprender, tan sin espíritu, tan sin pensamiento se va sucediendo; una existencia apenas distinta, por cierto, de la de mis vecinos, mis parientes y la mayor parte de los nobles propietarios de tierras de este reino, y que no está desprovista por completo de instantes gozosos y vivificantes. No me es fácil explicaros en qué consisten esos buenos instantes; las palabras me abandonan nuevamente. Porque es algo completamente indefinido e incluso indecible lo que se me declara en tales momentos, colmando cualquier suceso de mi círculo cotidiano con un desbordante raudal de vida superior, como una copa. No puedo esperar que me entendáis sin ejemplos, y debo pediros indulgencia por su banalidad. Una regadera, un rastrillo olvidado en el suelo, un perro al sol, un pobre cementerio, un lisiado, una pequeña casa de campesinos, todos ellos pueden convertirse en cuenco de revelación. Cada una de esas cosas, y las mil otras semejantes, sobre las que la vista, en otro tiempo, pasaba ligera con confiada indiferencia, puede adquirir, en cualquier momento que escapa a mi poder, tal tono sublime y patético que empobrece demasiado cualquier palabra que quiera expresarla”.

“El lenguaje en el que quizás me fuera dado, no sólo escribir, sino incluso pensar, no es el latín, ni el inglés, ni el italiano o español, sino un lenguaje del que no conozco una sola palabra, un lenguaje en el que me hablan las cosas mudas y en el que, quizás, una vez en la tumba me justificaré ante un juez desconocido”.

 

 

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