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PERMANEZCAN ATENTOS A SUS PANTALLAS

(Un comentario a Guy Debord

y la sociedad del espectáculo)

 

DAVID CIFUENTES

 

 

Desde hace unos años están siendo cada vez más frecuentes las críticas a los "medios de comunicación de masas", que utilizan como soporte esos mismos medios. Me pregunto si volverá a ponerse de moda la otrora tan manida "autocrítica" o, acaso, estaremos viendo nacer una nueva era de la sociedad del espectáculo. Una era en la que el espectáculo se critique a sí mismo, convirtiendo esa crítica en un nuevo y más sofisticado espectáculo.

     Por desgracia, hace ya unos años que no está entre nosotros Guy Debord, aquel lúcido pensador francés que, sin duda, habría sabido poner el dedo en la llaga de esta nueva situación. Aunque, acaso, también en esta ocasión hubiese preferido callar, como lo hiciera entre 1967 y 1988, durante esas dos décadas en las cuales el espectáculo se desarrolló de una manera vertiginosa, hasta llegar a convertirse en el gran entramado sociocultural que es en la actualidad.

     Esas dos fechas coinciden con la publicación de dos de las más penetrantes -y más injustamente olvidadas- reflexiones acerca de las estructuras representativas en las que está inmersa nuestra contemporaneidad. Sus títulos: La sociedad del espectáculo (1967) y Comentarios a la sociedad del espectáculo (1988).

     Tal vez, el olvido en el que ha caído Guy Debord se deba, en gran medida, a que a la mayoría de pensadores contemporáneos parece importarles bien poco la relación de los "medios de comunicación de masas" con la sociedad; seguramente mucho menos de lo que les importa estar bien situados en el "ranking de comunicólogos", para poder servirse de esos medios como canal para la divulgación de sus propias producciones. Aunque muchos de ellos -casi siempre descuidando citarlo- tomen buena nota de la crítica social debordiana; sobre todo a la hora de representar ese papel de enfant terrible que tan bien vende entre los medios y las masas. (¿Un ejemplo? Dos: léanse Cultura y simulacro  de J. Baudrillard o algunos textos de Vattimo sobre el mito en la sociedad contemporánea, y compárense con el más antiguo de los escritos de Debord.)

     Por el momento, la discusión con tintes más o menos críticos parece haber quedado circunscrita a un diálogo entre quienes se ganan la vida en esos medios, con lo que la polémica suele centrarse en la bondad o maldad de los contenidos, sin referencia alguna a la posible bondad o maldad del propio medio.

      Para tratar de llevar a cabo una crítica de los llamados "medios de comunicación de masas", desde una óptica filosófica y ciñendo el problema exclusivamente a la forma de esos medios, deberíamos echar una ojeada al pensamiento crítico de Guy Debord. En los primeros capítulos de La sociedad del espectáculo, hallamos una lúcida disección de este entramado sociocultural en el que habitamos en estos tiempos finiseculares, al que Debord definió como "la sociedad del espectáculo".

     Para Debord, la sociedad del espectáculo parece haberse formado a partir de una metamorfosis radical en el imaginario colectivo. Una especie de giro copernicano en el pensamiento contemporáneo, al que llama "la separación cumplida". Se trata de un profundo cambio en nuestro modo de representarnos el mundo; un cambio acaso sólo parangonable con aquel paso de "estado de naturaleza" a "estado de cultura" del que hablaron, entre otros, el filósofo Rousseau y el antropólogo Lévi-Strauss.

     Ese paso de naturaleza a cultura supuso el devenir de una sociedad, que vivía en una relación de inmediatez con el medio en el que habitaba, a otra, cuyas relaciones con el entorno estarían, en lo sucesivo, mediadas por el entramado social que el hombre acababa de inventar: es decir, por la llamada sociedad civilizada.

     Sin duda, este cambio social implicó -y fue implicado por- un análogo paso de un pensamiento prelógico a un pensamiento lógico. A partir de los testimonios escritos y orales que -ya en época histórica- nos recuerdan cómo pudo ser la relación del hombre con el medio en la época prelógica, podemos denotar el antagonismo que subyace a esos dos modelos de pensamiento. El estado de naturaleza se asentaba sobre una estructura de pensamiento mítico, en la cual el cosmos era una entelequia movida por fuerzas numénicas, que afectaban tanto a los hombre como a la naturaleza, pero ante las cuales el hombre podía tratar de intervenir mediante los ritos. En cambio, en el estado de cultura nos encontramos ante un pensamiento eminentemente racional, para el cual el mundo es un orden regido por unas leyes físicas inmutables y ajenas a cualquier posible acción humana.

     En el paso de estado de naturaleza a sociedad cultural se debió cumplir una primera separación: la separación entre sociedad humana y mundo natural. Las ciencias de la naturaleza (física y astronomía, principalmente), desde esa perspectiva “científica” de encontrar “leyes” donde antes sólo existían “ciclos vitales”, expulsó a la magia de su función mediadora entre el hombre y el mundo. Con la aparición del conocimiento científico del mundo, el hombre se separó de la naturaleza; el científico investiga y “descubre” unas leyes naturales que al común de los mortales nos deja “fuera”, como meros observadores del mundo que nos rodea.

     En cierta medida, se podría afirmar que, bajo este nuevo modelo de pensamiento, el hombre pasa de ser una fuerza activa de la naturaleza a ser un mero espectador de cuanto sucede en su entorno natural; un entorno que ahora queda ya fuera de sus dominios. En la era del pensamiento lógico y la sociedad cultural, el hombre ya sólo podrá actuar y modificar el medio social en el que habita; en el cual el grupo de individuos forma una masa compacta.

     Una vez instalados en la sociedad cultural, nuestra civilización irá pasando por varias formas de estado, diferentes regímenes políticos y diversas culturas dominantes, hasta que -a finales del siglo XIX- empiecen a vislumbrarse las condiciones de posibilidad -y la principal de todas: la aparición de una sociedad tecnológica- para un nuevo cambio radical en el imaginario colectivo. Un cambio que se verá cumplido hacia mediados del presente siglo con el advenimiento de la sociedad del espectáculo.

     Una segunda separación empezaría a fraguarse cuando, una vez conocidas y descubiertas las “leyes de la naturaleza” -una vez traducido el cosmos al lenguaje matemático-, empezásemos a utilizar ese mismo modelo de pensamiento científico para investigar nuestras sociedades humanas. Nacerán así las ciencias del hombre (como la psicología o la psiquiatría) y las ciencias sociales (concretamente, la sociología, la antropología y la economía), y con ellas se irá llenando de leyes no sólo ese entramado de relaciones entre hombres que forma la sociedad, sino incluso las relaciones de cada uno de los individuos consigo mismo. De S. Mill a S. Freud, desde el más amplio grupo social hasta lo más recóndito del interior del individuo, el universo humano emperazá a estar regido por leyes inmutables y casi ajenas a cualquier voluntad.

     Desde ese momento, empezaremos a observar “desde fuera” no sólo el mundo natural que nos rodea, sino también las sociedades humanas en las que vivimos, e incluso hasta nuestro propio universo individual interior. Para el ciudadano de la sociedad del espectáculo el hombre y el mundo se convierten así en “el otro” y “lo otro”. En tal estado de separación nos encontramos que, con un poco más de esfuerzo, podremos llegar a enajenarnos incluso de nosotros mismos -si es que no lo estamos ya.

     El paso de sociedad cultural a sociedad del espectáculo supuso una nueva mediación. Y el antecedente inmediato de esta nueva mediación será el "cumplimiento de la separación" de la antigua masa social. Una masa social que se atomiza hasta llegar a convertirse en un simple conjunto de individuos aislados. Y la relación de cada uno de esos individuos con el conjunto de la sociedad quedará mediatizada por los medios de comunicación de masas, es decir, por aquellos medios que dominan el espectáculo.

     De manera análoga a como el hombre de la sociedad cultural se contentó con contemplar la naturaleza como algo ajeno a sus actos, como una estructura gobernada por intocables leyes físicas, el individuo de la sociedad del espectáculo se conformará con contemplar la sociedad como si de una nueva naturaleza se tratase. Una naturaleza sobre la que él no puede intervenir y en la cual nada se puede modificar.

     Debord toma un pasaje de Feuerbach para ilustrar este cambio. "Sin duda -afirmaba Feuerbach en La esencia del cristianismo- nuestro tiempo prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser". Para Debord, una de las claves del advenimiento de la sociedad del espectáculo reside en que todo lo que los hombres vivían antes como realidad se les presenta ahora como una acumulación de espectáculos, como una representación. Pero, lo que es aún más importante, este espectáculo de representaciones aparecerá ante los individuos como la sociedad misma, como su propia realidad.

     De este modo, la relación de los individuos con la sociedad quedará irremediablemente mediatizada por la representación espectacular, hasta tal extremo que aquello que los una se convertirá a la vez en aquello que los separe. La sociedad quedará así transformada en un archipiélago de fuerzas individuales, separadas las unas de las otras por la inmensa telaraña de lo espectacular. Del mismo modo que un continente anegado por el mar se convertiría en un archipiélago, la sociedad cultural -una sociedad en la que cada individuo formaba aún parte del resto del entramado social, indisolublemente unido a él por su condición de conciudadano- se transforma, una vez anegada por los medios de representación espectacular, en un archipiélago de individuos completamente aislados.

     El espectáculo se ha convertido para nosotros en la visión objetivada del mundo. Una visión de la que participan todos y cada uno de los individuos hasta el punto que, donde antes del espectáculo existía una realidad múltiple -dependiente de las circunstancias particulares de cada grupo social- aparece ahora una única y exclusiva representación; idéntica y válida para todo el planeta.

     Pero, advierte Debord, “el espectáculo no es sólo un conjunto de imágenes: es una relación social entre individuos mediada por imágenes”. Se completa así una exhaustiva y sugerente democratización representativa, a partir de la cual, lo que hará iguales a todos los hombres es el hecho de que todos contemplen el mismo espectáculo, la misma realidad, por muy diversas que sean sus condiciones individuales. Pero se trata de una democracia "liberal", pues, a la vez, cada individuo será dueño de su "propia" visión del espectáculo. Con este doble ataque -y ante lo mostrenco del espectáculo-, para el hombre contemporáneo la sociedad quedará convertida en "lo absolutamente otro", lo únicamente observable (imposibilitándose, por otra parte, cualquier pretendida acción modificadora, ya sea individual o colectiva).

     Para el individuo contemporáneo, la sociedad es como la naturaleza observada por el hombre racional: un mundo que se mueve según una serie de leyes inmutables y totalmente ajenas a él. Con mirada científica e intención de conocimiento especulativo, se podrían llegar a conocer todas sus leyes -sociales, de mercado, estadísticas...-, pero, por más que se conociesen sus mecanismos de funcionamiento, no se podría modificar ni un ápice de ninguna de ellas.

     El típico hombre de la sociedad del espectáculo se sienta ante la pantalla a ver pasar el mundo. Pero lo hace relajado, tranquilo, completamente ajeno al mundo, aunque se vea a sí mismo reflejado en ese espectáculo que pasa ante sus ojos. Tiene la sensación -o mejor dicho, la convicción- de que esa realidad social que le muestran los medios está completamente fuera de su alcance. Así pues, ¿qué más le queda, sino observar y disfrutar del espectáculo?

     Si los contemporáneos de Feuerbach preferían la representación a la realidad, el hombre de hoy prefiere lo totalmente falso -la representación espectacular- a cualquier supuesta realidad "verdadera".

     No es de extrañar, pues, que nuestras mayores preocupaciones al respecto de los medios se ciñan al ámbito del contenido. Lo único que debe importarnos es que nuestra falsa representación sea tolerable -para todos los públicos, ya que nadie puede quedar fuera del espectáculo-, estética -el escenario siempre debe ser más decorativo que el suelo en el que se levanta- y, por supuesto, ética -enmarcada dentro de esos cánones que hacen que "nuestro mundo", aunque no sea el mejor de los posibles, sea al menos el "mejor espectáculo que podíamos imaginar"-.

     El medio por el que se expande el espectáculo es, sin duda alguna, inocuo; como inocua debe de ser toda esa tecnología que nos proporciona comodidad, tranquilidad, ocio, bienestar social, y demás panaceas de nuestras sociedades contemporáneas... Y uno se pregunta ¿cómo pudimos vivir sin todo ello durante tantos siglos?

     Dedíquense, pues, las recalcitrantes mentes calenturientas de quienes tienen vocación de “estar siempre cabreados” a reflexionar acerca de si los medios de comunicación de masas son el nuevo opio del pueblo, si los sofisticados medios audiovisuales contemporáneos atrofian la capacidad de pensamiento crítico, o si la universalización del espectáculo nos abocará a una sociedad de estúpidos clónicos replicantes... El hombre de la sociedad del espectáculo sabe donde está su lugar: un cómodo sillón, un par de latas de cerveza en la mesilla, un buen cuenco de cacahuetes y un inagotable manantial de espectáculo antes sus ojos. De puertas afuera, podría desaparecer el mundo; él ni lo notaría. Y, si de repente la pantalla se llena de puntitos de colores, que chispean al ritmo de un monótono zumbido, espera a que aparezca ante su mirada el aviso de "PERMANEZCAN ATENTOS A SUS PANTALLAS", y no se mueve de su sitio. Sabe que los medios no le pueden dejar en la estacada. Sabe que, tarde o temprano, el espectáculo deberá continuar. ¿O no?

Atenas, 1996

 

 

 

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