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Isla y océano Foucault. (por Paula Gil Jiménez. Universidad de Valencia). Octubre de 2006

 

 Hacia el otro mundo es adonde parte el loco en su loca barquilla; es del otro mundo de donde viene cuando desembarca (…) No viene de la tierra sólida, de sólidas ciudades, sino más bien de la inquietud incesante del mar, de los caminos desconocidos que insinúan tantos extraños sabores, de esa planicie fantástica, revés del mundo.[1]

 

                                                                              Michel FOUCAULT

 

 

 

 

Lejos de convenciones, distante de la uniformidad y de las voces que nos hablan desde la “triunfadora” razón, la obra de Foucault será ese primer paso que nos ayudará a liberarnos del ancla que nos tiene prisioneros en la isla, con el fin de sumergirnos en el abismo del océano. Sólo cuando nos hallemos a la deriva seremos capaces de escuchar a aquellas voces que, por transgredir las normas impuestas por la razón, fueron despachadas al silencio:

 

La locura, cuya voz el Renacimiento ha liberado, y cuya violencia domina, va a ser reducida al silencio por la época clásica, mediante un extraño golpe de fuerza.[2]

 

Al abordar el estudio de las clínicas psiquiátricas, Foucault centró su atención en el modo poco racional en que los “normales” trataron a los enfermos mentales durante el Siglo de la Razón (desde Descartes hasta la Ilustración). Pero éste no será el único eje de su obra, pues,  temas como el poder, el saber o el sujeto aparecerán entretejidos a lo largo de ella. Es cierto que en algunas ocasiones el “zoom” se dirigirá más a un tema que a otro, sin embargo, siempre estarán presentes los tres, apareciendo de este modo como círculos concéntricos.

 

Para comprender lo que Foucault trató de transmitirnos con su obra, debemos reparar en la pregunta que le condujo a la realización de ésta, a saber: ¿Cómo esto ha llegado a ser así? Foucault advirtió que a lo largo de la historia se producen cambios en las estructuras básicas desde las cuales los hombres comprenden y valoran, es por lo que realizó un análisis de la misma, pero no desde el punto de vista tradicional, sino que se fijaría en las discontinuidades de ésta, haciendo así historia del presente. Así, el análisis de la actualidad en Foucault nacerá de la formación de una experiencia (episteme) determinada, en cuyo interior se produjeron tanto un conjunto de saberes como experiencias excluyentes del sujeto (esto último lo veremos a lo largo del presente trabajo representado en la figura del loco). Por tanto, la historia de la cultura es discontinua y se organiza en torno a lo que Foucault llama “epistemes”. Pero, ¿qué entiende nuestro autor por esta experiencia, por esta episteme?:

 

  Por episteme se entiende el conjunto de las relaciones que pueden unir, en una época determinada, las prácticas discursivas que dan lugar a unas figuras epistemológicas, a unas ciencias, eventualmente a unos sistemas formalizados (…) La episteme no es una forma de conocimiento o un tipo de racionalidad que, atravesando las ciencias más diversas, manifestara la unidad soberana de un sujeto, de un espíritu o de una época; es el conjunto de las relaciones que se pueden descubrir, para una época dada, entre las ciencias cuando se las analiza al nivel de las regularidades discursivas.[3]

 

De este modo, podemos entender el término episteme como el a priori histórico que posibilita el conocimiento y sus discursos, y que al mismo tiempo, representa la condición de posibilidad en una época particular. Podríamos establecer una analogía entre ésta y el paradigma de Kuhn, pero mientras que Kuhn lo aplica a la ciencia, Foucault lo aplicará a una gama más amplia del discurso.

Para Foucault la episteme sería el saber bajo aplicado a los saberes, a las instituciones; y cada época se caracterizaría por sostener una episteme diferente.

Por ello, si queremos seguir a Foucault y huir de la isla en la que nos hallamos dormidos (contraponiendo con ese “dormidos” el pensamiento de Descartes, pues según éste, gracias a la razón, gracias al “cogito”, nos hallábamos en la verdad escapando del sueño, mientras que Foucault nos advertirá que es precisamente en esa verdad cartesiana, en esa fe ciega en la razón donde empieza nuestro sueño), debemos retroceder en la historia y buscar el origen, el umbral, en definitiva, la causa de nuestra actual situación. Lejos de quedarnos anclados en doctrinas, Foucault se servirá del método arqueológico mediante el que tratará de dar una descripción de los distintos discursos. Así, partiendo del presente y de una verdad que tomamos por evidente, debemos viajar al pasado y buscar el umbral que lo formó. Se trataría de realizar el trabajo arqueológico de descripción de los textos y aplicarlo a la actualidad. Así, la arqueología se caracterizará por ser el método de descripción del archivo, pero éste no responderá sólo a la masa de textos, sino sobre todo, a la práctica de los textos, esto es, las reglas:

 

                El archivo es la masa de cosas dichas en una cultura.[4] Son todos esos sistemas de enunciados (acontecimientos por una parte, y cosas por otra) los que propongo llamar archivo.[5]

 

Pero, tal y como hemos señalado, el archivo no sólo se compondrá de textos, sino de todo aquello que por escapar del discurso dominante de una determinada época, quedó reducido a un “murmullo”, a un saber de la gente que escaparía del sentido común, a un saber implícito, en resumen, en el archivo también se hallaría aquel saber sometido, vencido, que hemos denominado: “saber bajo”. Este “saber bajo” sería el resultado de la dominación, de las relaciones de poder, pues, al igual que sucedía en la polis platónica, en la que sólo unos pocos podían participar del discurso verdadero, rechazando todo discurso que difiriera de éste; en la actualidad todavía nos hallamos coaccionados por esa jerarquía de discursos. Sin ni siquiera darnos cuenta de ello, asumimos unos valores, unos prejuicios, unos ideales, “¡una verdad!”, por el simple hecho de vivir en una determinada época y en un limitado contexto (pensemos en la “moral como estructura” de la que nos hablaban Zubiri y Aranguren)[6] Por ello, podemos decir que nuestra existencia, nuestro conocimiento, lejos de ser universal, se halla determinado por esas famosas coordenadas de espacio-tiempo. Este reconocimiento de nuestra limitación será esencial para embarcarnos, junto con Foucault, en la búsqueda del umbral:

 

El umbral por encima del cual habrá diferencia y por debajo del cual habrá similitud es indispensable para el establecimiento del orden sencillo.[7]

La repartición en el tiempo de estos diferentes umbrales, su sucesión, su desfase, su eventual coincidencia, la manera en que pueden gobernarse o implicarse los unos a los otros, las condiciones en las que, sucesivamente se instauran, constituyen para la arqueología uno de sus dominios mayores de exploración.[8]

 

En Las palabras y las cosas, Foucault nos hablaba de un orden de las cosas. Ese orden respondería a una inversión que llevó a cabo nuestro autor respecto a Kant. Mientras que el filósofo de Königsber nos planteaba conocer el mundo mediante una “rejilla” universal, Foucault también nos habla de una “rejilla” pero careciendo ésta de todo carácter universal. La “rejilla” que Foucault nos presentará será histórica, contingente y variable, ya que advierte que “ni se narra ni se escribe igual en todas las épocas”. De hecho, sabemos distinguir épocas porque distinguimos “rejillas”. Consecuentemente, a inversión de Kant, con Foucault nos hallamos en un contexto histórico determinado.

Por tanto, será necesario renunciar a la comodidad de las verdades terminales y no dejarse guiar por lo que podemos saber si queremos hallar, junto con Foucault, el umbral (Encontramos aquí una pequeña analogía con el famoso “mito de la caverna” de Platón, pues en él, de una manera paralela a la de Foucault, se nos advertía que no debíamos quedarnos sólo con las apariencias, esto es, con lo que considerábamos verdadero, sino que teníamos que buscar más allá de ésta la verdadera realidad, es decir, el umbral)

Así, al igual que sucedía con el famoso mito, el camino que debemos recorrer con Foucault no será fácil, no será lineal. Él nos mostrará el archivo a partir del cual deberemos iniciar el camino, pero seremos nosotros los que deberemos renunciar a las verdades que ahora consideramos evidentes y ver qué se nos oculta más allá de ellas.

 

Tras esta pequeña introducción al pensamiento de Foucault iniciaremos ahora el camino sirviéndonos de la figura del loco y del papel que en ella ha jugado el lenguaje, pues tal y como señala el propio Foucault:

 

La historia de la locura es locura del lenguaje (…) Descubierta como un lenguaje que se callaba en su superposición a sí mismo, la locura no manifiesta ni cuenta el nacimiento de una obra (o de cualquier cosa que, con genio o con buena suerte, habría podido llegar a ser una obra); designa la forma vacía de la que viene esa obra, es decir, el lugar donde no deja de estar ausente, donde jamás se la hallará, porque nunca se ha encontrado allí. Allí, en esta región pálida, en este escondite esencial, se revela la incompatibilidad gemelar de la obra y de la locura; es el punto ciego de la posibilidad de cada una y de su exclusión mutua.[9]

 

Al igual que Nietzsche, Foucault denunciará a las estructuras lingüísticas, o como dirá después genéricamente, al discurso, por determinar y distorsionar la realidad al utilizar términos que han perdido su “inocencia original” y han adquirido matices que esconden oscuros intereses y son utilizados para perpetuar las instituciones de poder:

 

El lenguaje tiene originariamente carácter metafórico (…) Sólo el olvido y posterior represión del instinto creador del ser humano como constructor de metáforas ha permitido suponer que los conceptos metafóricos llevan a alcanzar la realidad verdadera (…) Aquél que no hable respetando la norma fundamental ya no será considerado como parte del “nosotros” (…)  Será un peligro en tanto que, al seguir hablando de otra forma, pervierte el lenguaje amenazando la solidez del pacto, la solidez de una cultura.[10]

 

Tal y como anunciamos, Foucault señalaba que no se ha narrado ni se ha escrito igual en diferentes épocas, es por esta razón por la que la figura del loco ha adoptado diferentes formas en la historia. Mientras que en la antigüedad, los locos y los leprosos fueron excluidos de la sociedad por ser considerados una amenaza social (pensemos en “La nave de los locos” del Bosco), en la Edad Media y en el Renacimiento, la locura se presentará como un uso desordenado de la razón, produciéndose el “gran encierro” en el siglo XVII. Con este hecho el barco se convertiría en hospital, pero no con el fin de curar al enfermo, sino que se le encerraba para morir por ser considerado un peligro social. De este modo, conforme pasaban los años, se fue contraponiendo cada vez más la locura a la razón y creándose una relación más estrecha entre el saber y el poder. Sería en el siglo XIX, cuando de manos de Pinel y Tuke, se crearan instituciones destinadas exclusivamente a los locos; y, en época de Freud, cuando los locos pasarían a ser considerados como enfermos, iniciándose el gran monólogo de la razón frente a la  locura. Pero, ¿Por qué motivo la locura fue condenada al silencio? ¿Qué ocultaba ese lenguaje de la locura? ¿Acaso la parte más humana de nosotros mismos? El lenguaje de la locura se caracterizaba por ser trasgresor:

 

La locura es un modo de ser del lenguaje, aquél en el que la trasgresión es su propia confirmación.[11]

 

Es decir, este lenguaje se convertía en aquello “otro” a lo que apelaba Nietzsche, es decir, a aquello que abandonando “la isla” se aventuraba en el amplio “mar” quebrantando las normas fijadas, aquello que distanciándose del “suelo firme” se lanzaba al “abismo”. De este modo, tras ese aparente humanismo que se escondía tras la figura del médico, lo que verdaderamente se hallaba era una reducción del loco al silencio:

 

      El orden de los Estados no tolera ya el desorden de los corazones

 

 El loco se convertiría ahora en lo que dijese el psiquiatra, eliminando así las ambigüedades, que eran las que le daban libertad, y la inocencia:

 

Liberado, el loco está ahora al nivel de sí mismo; es decir, ya no puede escapar de su propia verdad; es arrojado a ella, y ella lo confisca por completo.[12]

 

El médico privará al loco de su verdad por ir ésta en contra del orden, de las leyes y de la sociedad. Ya no se hablará del “no-ser” sino del ser objetivado, reduciéndose la psiquiatría a un nuevo encierro, esta vez, libre de cadenas, pero ¿Qué es mejor? ¿Las cadenas o el silencio? Quizá se haya dado un progreso físico pero no moral, pues el loco continuará siendo un excluido, ahora alienado y estudiado. De acuerdo con Adorno y Foucault, nuestra cultura ha necesitado de ese olvido para poder constituirse; para poder llamarnos “sujetos” hemos tenido que pagar el precio de la exclusión. Sin embargo, debemos preguntarnos por qué hemos llegado a ese olvido de lo trágico (sirviéndonos de terminología nietzscheana), es decir, ¿Por qué hemos exaltado de un modo incondicional la razón ignorando lo vivo, la fuerza, lo fragmentario? ¿Por qué nos hemos obligado a ser uno cuando realmente nos caracterizamos por ser distintos? El miedo a “ser condenados a ser libres”, como advertía Sartre, el miedo a estar perdidos, indefensos sin poder apoyarnos en algo, ha sido el motivo de este elogio a la razón. El ser humano siempre ha buscado algo en lo que apoyarse para no sentirse solo, algo que le diese las respuestas que él mismo no era capaz de responder. Así, si en un primer momento halló estas respuestas en el cosmos, y posteriormente fue Dios el que contestó a ellas, con la muerte de éste anunciada por Nietzsche, el papel que él ejercía fue extrapolado a la propia razón humana. De este modo, el hombre halló en sí mismo la clave del poder. Mediante la razón el hombre trató de unificar algo que estaba disperso, intentó eliminar la alteridad y unificar a los diversos individuos en la categoría de “hombre” por ser partícipes todos de esta capacidad racional. Sin embargo, tal y como señalaba Foucault:

 

El hombre es sólo una invención reciente, una figura que no tiene ni dos siglos, un simple pliegue en nuestro saber y que desaparecerá en cuanto éste encuentre una nueva forma.[13]

 

La primacía de la razón hizo al hombre olvidar su parte más humana. Mediante ella (mediante la razón) se creó un nuevo universo de discurso en el que sólo unos pocos podían participar. El lenguaje se convertiría en el juez que decidiría quiénes podían ser catalogados de “normales”. Así, aquéllos que escapasen de las reglas impuestas por este nuevo lenguaje serían recluidos al silencio, serían vencidos ante el monólogo de la razón. Este nuevo lenguaje implantaría la incompatibilidad entre la razón y  la sin razón, entre la isla y el océano. Descartes advirtió que si pensaba, no podía ser uno de esos insensatos; pero lo que realmente se nos decía con el “Cogito, ergo sum” era: “Sigo las reglas del lenguaje, me ajusto a su estructura lógica, luego soy”. En contraposición a lo que afirmaba Descartes: Por lo que hace a la razón, o el buen sentido, siendo, como es, la única cosa que nos hace hombres y nos distingue de los animales[14], pensamientos como los de Nietzsche, Foucault o Unamuno darían prioridad a aquello que verdaderamente nos constituía como hombres:

 

El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se ha dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la razón.[15]

 

Es cierto que Foucault no estaba reivindicando la locura, ni diciendo que ésta fuese la parte más auténtica de nosotros, sin embargo, denunciaba el comportamiento que habían adoptado los hombres “normales” respecto a la figura del loco, acusándoles de haber olvidado que la locura les había ayudado a constituirse tal y como ahora eran, habían olvidado que el loco también tiene su verdad y aunque difiera de la “nuestra”, a saber, de esa verdad que hemos creado con el uso de la razón, no por ello dejaba de ser menos verdadera. De hecho, toda nuestra literatura participa de ese lenguaje excluido, distinto, de ese lenguaje del afuera. La literatura responde a la voz del afuera, a aquéllos que no tienen voz, refleja la voz del sufrimiento. Así, encontramos un extraño parentesco entre poetas y locos, literatura y locura; pensemos en las obras del Quijote o El rey Lear. Unamuno en su obra “La vida de Don Quijote y Sancho” nos advertía que la gente que obra por lo que entendemos por “normal” es porque tiene miedo y el loco, fuera de esa “normalidad”, carece de este sentimiento. Ese miedo taparía la verdad, así, quien viviese atendiéndose a la verdad, crearía verdad y todo lo demás sólo serían conveniencias, por tanto, la auténtica verdad sería la fantasía del Quijote. El Quijote sería la realidad, es el ser humano que se afirma, que se impone, que no depende de nada ni nadie, en definitiva, que vive. Por tanto, según Unamuno, sería mucho más real el Quijote que el propio Cervantes. Pero, ¿Por qué no se catalogó a Cervantes de loco? ¿Por qué figuras como las de Nietzsche, Van Gogh o Wittgenstein fueron aceptadas por la sociedad? Terminamos de señalar que existe una extraña relación entre la locura y la literatura, pues ambas responden a una huida de las convenciones, quizá porque les aterre tanto esta realidad, esta norma uniforme establecida, que traten de hallar otra realidad distinta. Y, del mismo modo, ambas utilizan lenguajes similares, lenguajes trasgresores que rompen con la norma del lenguaje ordinario. Tanto locos como artistas tienen “otra manera de contar mundo” que escapa a nuestro lenguaje racional, convencional. Son lenguajes oceánicos (no se conforman con quedarse de brazos cruzados en la isla), son esotéricos (como dirá Foucault) porque se dan a sí mismos su propio código, no tienen un canon. Responderían en cierta forma a la figura del genio kantiano, el cual se da las normas a sí mismo. En resumen, son lenguajes que sugieren, alegóricos, no son transitivos, no recaen en nada y, por tanto, no tienen la atadura de la representación, se vuelven abstractos, dicen mucho más allá de lo que dicen (recordemos con Heidegger que detrás de todo decir hay un querer decir, al igual que detrás de todo lo pensado hay un no pensado) Serían análogos al significado que Kant, en su Crítica del Juicio, nos daría de lo bello:

 

   Lo bello place sin concepto pero genera mucho pensamiento

 

Por tanto, estaríamos hablando de la diferencia que existe entre el decir y lo dicho, o mejor, entre lo que se puede decir y lo que no por transgredir las reglas del lenguaje ordinario. Actualmente, nos movemos bajo las reglas de un lenguaje referencial, es por lo que tanto el lenguaje de la locura como el de la literatura escapan de nuestra isla:

 

Si la proposición es verdadera, el estado de cosas posible existe; si es falsa el estado de cosas no existe.[16]

 

Pero, si ambos lenguajes son oceánicos, si tanto uno como otro escapan de la convención de nuestro lenguaje ordinario, ¿Por qué escuchamos a uno y nos negamos a escuchar al otro? ¿Por qué aceptamos la figura de Cervantes y no la del Quijote?

 

La locura es el lenguaje excluido, aquél que, contra el código de la lengua, pronuncia las palabras sin significación (…) La locura no manifiesta ni cuenta el nacimiento de una obra.[17]

 

Es decir, la locura es la ausencia de obra, aquello que no aporta nada a la sociedad, aquello improductivo y, por ello, rechazado. Por tanto, el hecho de aceptar al poeta y rechazar al loco descansa sobre el tema del poder. Aquéllos que han militado el poder han sido los responsables de esta exclusión. Nos encontramos en un mundo que se mueve por la producción y los beneficios, en el que quien gobierna es el que posee la verdad, es decir, el que impone la verdad. En su obra “El orden del discurso”, Foucault nos hablaba del ejercicio que realizaba el poder desde los discursos: por una parte, sobre los mecanismos de controlar los discursos, y por otra, sobre los mecanismos de controlar a través de los discursos. Este hecho ya se hallaba en la República de Platón donde sólo el gobernante, es decir, el filósofo gozaba de la verdad. Pero, pensemos en lo que sucedería si por un momento gobernasen los locos, ¿Sostendríamos la misma verdad? Quizá la verdad que ellos nos transmitiesen sería diferente a la que sostenemos ahora. Por tanto, no podemos hablar de una verdad universal, sino sólo de verdades relativas. Nos resulta realmente complicado imaginar esta posibilidad, imaginar un mundo gobernado por la locura, y el motivo de esta dificultad estriba precisamente en el hecho de hallarnos en un mundo regido por la razón, en un mundo en el que nos han convencido de que esta facultad tan poderosa de la que gozamos es el único medio para alcanzar la verdad, y por este motivo, continuamos rechazando el océano de la locura. Hemos sido arrastrados a la isla de la razón y nos hemos acomodado en ella. Al igual que los prisioneros de la caverna de Platón, nos hemos acostumbrado a esta realidad y nos negamos a ver más allá de ella. Foucault nos advierte de este auto-engaño, nos libera de las cadenas de la caverna, del ancla que nos tiene prisioneros en la isla, sin embargo, escapar de ella depende sólo de nosotros. Por tanto, únicamente aquéllos que no se conformen con vivir en esta isla atestada de convenciones, se embarcarán en la nave e irán en busca de ese umbral que ha sido el que nos ha arrastrado hasta aquí.

 

 

 

        Bibliografía:

 

- FOUCAULT, Historia de la locura en la época clásica. Fondo de cultura económica, México, 1967

- FOUCAULT, La arqueología del saber. Siglo veintiuno editores, s.a., México, 2001

- FOUCAULT, Dichos y escritos (textos comentados en clase)

- FOUCAULT. Las palabras y las cosas. Prefacio. (Extraído del dossier)

- FOUCAULT, De lenguaje y literatura. Ediciones Paidós, Barcelona, 1996

- NIETZSCHE, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Editorial Diálogo, Valencia, 2003

- DESCARTES, Discurso del método. Ed. Sarpe, Madrid, 1984

- UNAMUNO, Del sentimiento trágico de la vida. Ed. Espasa Calpe, Madrid, 2002

- BLASCO, GRIMALTOS & SÁNCHEZ, Signo y pensamiento. Ed. Ariel, Barcelona, 1999

- FOUCAULT, Entre filosofía y literatura. Ed. Paidós, Barcelona, 1999.

- DOMINGO, A. Lo que usted estudió y nunca debió olvidar de ética. Ed.Acento, Madrid, 2001.


 

[1] FOUCAULT. Historia de la locura en la época clásica I. Fondo de Cultura Económica, México, 1967. Págs. 25 y 26

[2] Ibíd. Pág. 75

[3] FOUCAULT, La arqueología del saber. Siglo veintiuno editores, s.a., México, 2001. Págs.322 y 323

[4] FOUCAULT. Dichos y escritos. Texto nº 68

[5] FOUCAULT. La arqueología del saber. Pág. 219

[6] Véase capítulo dedicado a estos autores en: DOMINGO, A. Lo que usted estudió y nunca debió olvidar de ética. Ed. Acento, Madrid, 2001.

[7] FOUCAULT. Las palabras y las cosas. Prefacio. Pág. 5

[8] FOUCAULT. La arqueología del saber. Pág. 314

[9] FOUCAULT, De lenguaje y literatura. Ediciones Paidós, Barcelona, 1996. Pág. 21

[10] NIETZSCHE, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Editorial Diálogo, Valencia, 2003. Págs. 30 y 34.

[11] FOUCAULT, De lenguaje y literatura. Pág. 22

[12] FOUCAULT, Historia de la locura II. Pág. 269

[13] FOUCAULT, Prefacio de Las palabras y las cosas. Pág. 9

[14] DESCARTES, Discurso del método. Ed. Sarpe, Madrid, 1984. Pág. 34

[15] UNAMUNO, Del sentimiento trágico de la vida. Ed. Espasa Calpe, Madrid, 2002. Pág. 49

[16] BLASCO, GRIMALTOS & SÁNCHEZ, Signo y pensamiento. Ed. Ariel, Barcelona, 1999. Pág. 175

[17] FOUCAULT, Entre filosofía y literatura. Ed. Paidós, Barcelona, 1999. Pág. 274 y 276

 

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