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  Cuentos: ¿Qué es la filosofía? (Por David Cifuentes Camacho. Barcelona, febrero de 2000)

¿Qué es la filosofía? ¿Qué es ser filósofo? -¿Cuántas veces se habrán formulado estas dos preguntas los "filósofos"? O, a la manera contemporánea, ¿cuál es el papel de los intelectuales en nuestra sociedad? Sin duda, es esta una de las preguntas más recurrentes de toda la historia del "pensamiento occidental", de toda la filosofía. Esta es, seguramente, la "pregunta" primordial.

                 Pero, ¿qué mejor papel que el de preguntarse cuál es el papel a ejecer (para tener uno, si se supone que el oficio de uno es "preguntarse"), aunque  no se  tenga  ninguno  más  que ése, mientras no se demuestre lo contrario?

                Los filósofos son unos cuentacuentos. Pero de la peor calaña que existe: falsos cuentacuentos. ¡Mienten más que los poetas de Platón! Porque si aquellos poetas vituperados por el padre de la filosofía mentían (y, por supuesto, lo hacían: mucho y muy bien), sabían, al menos, que lo suyo no eran más que cuentos, "cuentos de vieja". Todos lo sabían, incluso Platón.

                Pero los filósofos, desde siempre, han pretendido hacernos pasar sus cuentos por verdades: las Verdades del pensamiento. ¡Cómo si pensar fuese "hacer" filosofía!

                Mucho mienten los filósofos. Aunque ya no tiene sentido que sigan empeñados en hacernos tragar sus viejos cuentos, después de que Nietzsche pusiese patas arriba el pensamiento occidental, después de que nos volviese a dejar en el mismo lugar en el que empezó la filosofía (redescubriendo, de paso, lo que ya podíamos intuir; esto es, que no había nada que descubrir).

                Mas, para su desgracia, hasta el propio Nietzsche estuvo en más de una ocasión tentado a "hacer de filósofo"; y así le fue: vencido con sus propias armas. A él, que se empeñó en barrer de un plumazo todas las verdades, las esencias, las trascendencias, nos lo han puesto a purgar su penitencia, en las bibliotecas de filosofía, entre Kant y Heidegger.

                ¿Por qué se empeña la filosofía en hacernos comulgar con sus ruedas de molino, ahora que sabemos que tan sólo se trata "otra" manera de contar el cuento? (¿Desfachatez? ¡Si hasta ellos mismos lo dicen!) ¿Que los filósofos quieren un lugar en la sociedad? Que lo tengan. Que lo recuperen. O, si no, que lo inventen: que nos cuenten un bonito cuento.

                Pero, mientras Nietzsche blandía su mazo sobre las cabezas de sus "colegas", los filósofos miraban para otro lado. Por dos momentos de lucidez que tuvo para desvelar su engaño, lo acabaron adoptando como uno de los suyos. Y después de él siguieron multiplicándose como termitas; cada día hay más y más filósofos. Positivistas, analíticos, hermenéutas, estructuralistas (hay para todos los gustos).

                Parece que la nueva moda es la interdisciplinaridad; ahora le toca el turno a la teoría del conocimiento... ¡Pasen y vean, señores, el espectáculo no ha hecho más que empezar! ¡Los estructuralistas ganan por puntos a los positivistas, pero la partida sigue estando muy reñida! Hay una parcela de saber que los positivistas han dejado descuidada, y... ¡los postestructuralistas se la cuelan por debajo de las piernas! ¡Qué jugada!

                Ya se sabe: donde el filósofo no llega con la analítica, llega con la punta de la sintética.

                En fin, siempre preferiré a los verdaderos cuentacuentos, a aquellos mendaces poetas que tanto sacaban de quicio a Platón. Al ciego Homero (aunque no se llamase Homero y, acaso, ni siquiera fuese ciego). O, mejor aún, al anónimo aedo. A aquel cuya única verdad residía en contar el cuento, un bonito cuento, "exactamente" tal y como todos lo conocían, como todos lo sabían.

                ¿Los intelectuales buscan su lugar en el mundo? ¡Qué dejen de mentir! Ahí tienen uno si se atreven: cuentacuentos.

                ¡Ay!, pero ardua es la tarea del que hoy se quiera meter a cuentacuentos. Mucho más que la de quien siga las marcas que la carreta de la filosofía, con sus más de dos mil quinientos años de historia a sus espaldas, con sus cientos de miles de volúmenes entre los que refocilarse (como cerdo en su cochiquera), ha ido dejando en la historia del pensamiento.

                El aedo de hoy, el cuentacuentos contemporáneo, ante todo tendría que "redescubrir" cuáles son nuestros cuentos, nuestros mitos, sus mitos. Los mitos de nuestra sociedad y nuestra cultura. Los mitos que ya se olvidaron, pero sin los cuales no podríamos existir (porque sin mitos no hay sociedad ni cultura que valgan). Los mitos que aún se cuentan, aunque no se sepa que se cuentan.

                Primero, pues, debería saber reconocer los mitos de su cultura. Descubrirlos. Aprender de nuevo sus argumentos. Sabérselos de memoria y empezar a recitarlos. Pero sin poner nada de su parte, sin inventar nada como hacían los malos aedos. ¡Ay! demasiado acostumbrado está el filósofo a inventar. Inventar tanto que ya ni sabe que inventa.

                Y después de aprendidos y recitados, hacer que los recuerden aquellos que los creían olvidados. Con la única verdad de contarlos "exactamente" tal y como todos los saben; como los sabrían de recordarlos, aunque no los recuerden.

                Pero, seguramente, los filósofos preferirán seguir mirando hacia otro lado. Demasiado ocupados deben de estar, entre los polvorientos anaqueles de sus viejos librotes, para abrir la ventana, para mirar afuera. Demasiado cómodos en sus despachos, al calor de sus estufas cartesianas, abrigados con su mantita de "conocimiento" a cuadros. Tendrían que salir a la calle, al frío, allá donde se cuentan los cuentos, los verdaderos cuentos. Volver a codearse con esa sociedad en la que, por lo que se ve, deberían de poseer un importante papel, pues no dejar de pedirlo a gritos.

                Sí, desgraciadamente, tendrían que buscar esos mitos fuera de sus academias. En otra parte, en otras obras del pensamiento humano, más humano, acaso... demasiado humano... Dejar de tomar el té con esa vieja estreñida que es la filosofía y salir a tomar el vino rancio de taberna con las fondonas cortesanas del saber.

                Pero, además, tendrían que olvidar demasiado. Tendrían que olvidar, por ejemplo, firmar sus "descubrimientos" como si fuesen invenciones suyas. El cuento no tiene autor. El mito es anónimo porque es de todos (pensar de todos: de nadie). Porque es lo que hace florecer y sustenta un modo de hacer, de estar, de vivir, de pensar de un grupo de anónimos seres que, de manera azarosa y tácita, se constituyen en grupo social. O, mejor dicho, no; no se constituyen en nada: lo son, y basta.

                El mito es saber popular y cuento de vieja. Lo que todos saben, lo que nadie firma. Lo que todos reconocen como suyo, aunque nadie sepa que lo sabe (porque ya no hay aedos que se lo recuerden), aun sabiéndolo.

                Si el intelectual busca una función en la sociedad, si el filósofo quiere tener un cometido (más allá del funcionariado, de las academias, lejos del museo del "te conozco-me conoces", apartado del trato con momias), que vuelva sus pasos hacia el aedo. Acaso encuentre en él a un antecesor al que valdría la pena escuchar.

                Porque para ser aedo de nuevo, ahora, sobre todo hay que saber escuchar. Hay que aprender a escuchar, de nuevo, los cantos de las sirenas, el bramido de Zeus, el rugido de Poseidón. Y, después, hay que volver a ver, y aprender a mirar. Para ver a los centauros disfrazados de hombres a caballo, a las ninfas ocultas bajo harrapos de campesina, a Dionisos transformado en toro, a los marineros convertidos en delfinas, a Faetón con su carro, a Io hecha una vaca...

                Hay que limpiarse la vista y el oído para poder descubrir nuestros mitos, para recordarlos y aprenderlos, y para aprender a contarlos...

                Y después, hay que salir a las calles y a las plazas. Y volver a contarnos esos cuentos. Y esperar a ver cómo los rostros de sorpresa de quienes los escuchan se van transformando, poco a poco, en sonrisas de reconocimiento. (Primero algunos se ríen, se burlan: "Mira ese loco"... "¡Eh! Ese se cree Zarathustra..." Luego callan, apagadas sus voces por los más: "Callad; dejádle a ver qué cuenta.")

                Y ver como, poco a poco, también despiertan en el público el ojo y el oído. En el recuerdo de lo que siempre fue. De lo que se contaban unos a otros, de generación en generación, de pueblo en pueblo. Un cuento. Nada más que un cuento. Un bello cuento que nos diga que somos lo que parecemos, porque parecemos ser lo que somos. Que somos lo que llegamos a ser, porque teníamos que llegar a ser algo.

                Y después de hablar al auditorio, seguir oyendo. Escuchar. Y reconocer en el estribillo del mito las voces del coro de oyentes, que se unen a la voz del aedo. Sin titubeos, sin cantar en un tono recién aprendido. Porque el aedo no es un corifeo (no da el tono, sino el compás), sólo es el diapasón con el que los demás afinan su instrumento. El instrumento son ellos. Ellos son el mito. Ellos son la verdad del mito. Su cuento es su verdad... su mito.

                Pero el filósofo sigue mirando para otro lado. "¡Cuentos de vieja!" -se dice. "Cuentos de vieja" -al pasar junto a la taberna y ver, a través de los cristales empañados, cómo el público levanta sus copas y une su voz a la del tragudista, cuando éste entona el estribillo que todos reconocen: su canción.

                "¡Cuentos de vieja!" -insiste el filósofo, mientras sigue pensativo y cabizbajo su solitario camino en medio de la noche. "Cuentos de vieja" -repite una y otra vez, porque ya ha olvidado aquella tonadilla familiar.

 

  David Cifuentes Camacho

Atenas, abril de 1997

 

 

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