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La filosofía política como factor humano. Nuestra civilización: sus fundamentos y sus enemigos 

Javier Fisac Seco

 

Durante el período de entreguerras,  una vez terminada la Iª Guerra Mundial, el filósofo anglofrancés Belloc escribió “Europa y la fe” y “La crisis de nuestra civilización” donde, desde una perspectiva católica afirmaba que la civilización occidental había llegado a una crisis que la ponía en peligro de muerte. Todos estaban conformes en la misma afirmación. “Eso que se llama Europa, prologaba María de Maeztu sobre el libro de su hermano “La crisis del humanismo, no es otra cosa que la cultura y la civilización cristiana elaborada por la Iglesia católica reuniendo las tradiciones del Imperio grecorromano y dándole una vida nueva.

El alma de Europa ha sido elaborada por la Iglesia católica. A ella le debemos nuestra visión filosófica de la vida. Salió triunfante de todos los peligros: de las invasiones de los bárbaros, de la invasión de los musulmanes y de las herejías. Esa cultura alcanza su culminación en los siglos XI, XII, y en particular en el XIII. Como consecuencia de varias causas comienza la decadencia de ese período en el siglo XIV- una decadencia que se acentuó en el XV. Vaciló la fe. En el siglo XVI la Reforma protestante escindió la cristiandad. Desde ese momento nuestra cultura perdió su unidad entrando en un período de descomposición creciente”.

Tal vez, si siguiéramos la estela hegeliana de Cieszkowski, del mundo pensado por los filósofos pasaríamos, como exigió Marx, a la tercera fase del movimiento triádico: la acción. Es el tiempo de la praxis. La filosofía es, también, pensamiento social y político. Todo lo humano es susceptible de ser pensado para ser entendido. La teología fue el tiempo de los dioses. La humanidad es consecuencia, en una primera fase, de la evolución biológica, tecnológica, económica y social. Su estudio es propio de la antropología. Pero el ser humano ha evolucionado, también, en las ideas políticas, religiosas, morales, psicológicas y sexuales. Hasta el punto de que hoy somos humanos a partir de dos rasgos distintivos y característicos: nuestra capacidad para pensar y nuestra capacidad para el placer sexual.

Podríamos vivir en una sociedad tecnológica futurista, pero si no hubiéramos desarrollado estas capacidades, no seríamos, todavía, humanos. Seríamos algo más que bestias. Bestias con capacidad para destruir a las demás bestias y a nosotros mismos pero sin capacidad para ser libres, ni potencialidad para disfrutar con el placer sexual y otros placeres. Porque este placer y los otros placeres son algo exclusivamente humanos. El mundo, descrito por Orwell en su novela “1984”, se me viene a la cabeza. La novela de Von Harbou, llevada al cine por su marido Fritz Lang: “Metrópolis”, también nos anuncia lo que sería una sociedad sin libertad intelectual y sin libertad sexual.

Podría ser que, a pesar del determinismo marxista, y del optimismo hegeliano, a pesar suyo, también determinista, - el siglo XIX estuvo dominado por el determinismo, hasta Nietzsche, que nos convocó a la rebelión contra las fuerzas que pretenden dominarnos- podría ser, decía, que el futuro fuera orwelliano. Sería la derrota de la humanidad y de todas sus conquistas políticas y sexuales. ¿Por qué es tan determinante importante la libertad sexual? ¿Porque la niegan los dioses? ¿Porque no hay poder sin represión sexual? ¿Porque reprimidos estamos enajenados y dominados? La gran aportación de Freud, a pesar de ser un hombre conservador, fue precisamente que somos seres sexuados, a diferencia de los animales, desde que nacemos hasta que morimos. Y enajenados y reprimidos elaboramos, al servicio de la lógica de la dominación, tratados teológicos, filosóficos y políticos. Fundamos religiones y creamos sistemas políticos. Teología, filosofía y poder son indivisibles. Cuando pensamos, siempre, hacemos política. Cuando disfrutamos o no podemos disfrutar sexualmente, también. En respuesta a la nueva ley clerical contra el aborto y el derecho de la mujer a poseer su propio yo, una mujer gritó: “mi coño es mío”. Es lo mismo que si hubiera gritado: “la libertad es mía”. ¿Quiénes son los dioses para imponernos sus mandatos? He aquí la contradicción fundamental entre tradición, se enmascare como quiera, y progreso.

Tiene Orwell en su novela “1984”, que debería leerse y debatirse en todo el sistema educativo, desde los 12 años hasta la muerte,  un párrafo escalofriante en el que nos dice, o tal vez anuncia proféticamente, lo siguiente: “Vamos a ver, Winston, ¿cómo afirma un hombre su poder sobre otro? Winston pensó un poco y respondió: Haciéndole sufrir.

Exactamente. Haciéndole sufrir. No basta con la obediencia. Si no sufre ¿cómo vas a estar seguro de que obedece tu voluntad y no la suya propia? El poder radica en infligir dolor y humillación. El poder está en la facultad de hacer pedazos los espíritus y volverlos a construir dándoles nuevas formas elegidas por ti…

El progreso de nuestro mundo será la consecución de más dolor. Las antiguas civilizaciones sostenían basarse en el amor o en la justicia. La nuestra se funda en el odio. En nuestro mundo no habrá más emociones que el miedo, la rabia, el triunfo y el autorebajamiento…El instinto sexual será arrancado donde persista. La procreación consistirá en una formalidad anual como la renovación de la cartilla de racionamiento. Suprimiremos el orgasmo…Todos los placeres serán destruidos”.

¿Avanzamos en esta dirección a fuerza de retroceder hacia tiempos dominados por las teocracias? Todo dependerá de las fuerzas políticas y sociales. De que tomen conciencia de clase de sus propios intereses y formas de organización social, basadas en los elementos humanamente distintivos con cuyo ejercicio podremos vivir en libertad. El pensamiento político forma parte integral de la evolución humana. Y de la involución. Estamos situados, constantemente, ante este dilema: o progresar en la ampliación del ejercicio de las libertades individuales y sociales o, en nombre de la seguridad y de intereses privados, renunciar a ellas.

En su obsesión por sacralizar todo lo humano los católicos afirman que la civilización occidental tiene sus orígenes en el catolicismo. Afirmación hecha por vez primera por los creadores del pensamiento integral católico, desde Jaime Balmes hasta hoy. A partir de esta pretensión intelectual se nos plantean muchas, inagotables,  incógnitas.

La primera, desde luego, es que si desde los orígenes del catolicismo, y especialmente desde el Renacimiento, como afirmó Balmes en plena expansión del liberalismo político y sus revoluciones, toda la modernidad estaba ya contenida en la doctrina cristiana, significaría que no hemos evolucionado ni en derechos humanos ni en formas democráticas de gobierno. Que tanto las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa, como el pensamiento político ilustrado ya estaban contenidos en esa doctrina.

Sin embargo lo único que confirmarían estas revoluciones es que niegan todo origen religioso. Sencillamente porque proclaman derechos que no contienen las religiones. Y todas, sin excepción, establecen la separación entre la Iglesia y el Estado. Si los valores cristianos no contienen los derechos individuales y humanos y éstos son la negación de aquéllos y la teoría del Poder fue formulada por el cristianismo en el siglo V en la teoría de “las dos espadas” por el papa Gelasio I,  y cuestionada en el siglo XIV por Marsilio de Padua en sus ensayos “Defensor pacis” y “Defensor minor”, es que atribuir  los fundamentos de nuestra civilización actual a un origen religioso es una ilusión clerical, aunque sólo fuera porque la modernidad ha sido, y es, sistemáticamente condenada por todos los papas. Hasta el presente. Sus votos, de obediencia y castidad, son su negación. Y eso no puede disimularse.

Actualmente aquellos católicos que quieren tener una imagen moderna sin renunciar a la tradición, en la que permanecen atrapados, utilizan un razonamiento ilusorio para establecer vínculos entre la modernidad y la tradición. Consiste éste en decir que a diferencia de las civilizaciones orientales, hindúes, budistas, islamitas…, donde no ha habido evolución política en una dirección progresista hacia la libertad y la democracia como en Occidente, prueba que al ser éste, a diferencia de aquéllos, de base cristiana ésta ha sido la causa de su progreso. Sin esa base en Occidente tampoco hubiera habido progreso. Vamos que gracias al catolicismo hemos llegado a ser demócratas y a tener derechos individuales y sociales.

La falacia de este artificial argumento es que ignora que siglos antes de que el cristianismo fuera creado por el judaísmo helenístico, en Europa, la mediterránea, hubo civilizaciones como la egipcia, la griega y la romana, que, en el caso de estas dos últimas, duraron unos 800 años. Unas civilizaciones con pensamiento político, científico, filosófico y jurídico. Con literatura y teatro. Con un estilo artístico inexistente en el resto de las culturas orientales. Rasgos que ninguna otra cultura tuvo. De manera que no debería extrañarnos que los humanistas recurrieran a una civilización que superó en todo a la medieval. En este sentido el carácter mecanicista de la dialéctica marxista se equivocó porque la Edad Media no fue un escalón cualitativamente superior a la civilización greco-romana, sino una regresión a estados de civilización más antiguos.

La civilización clásica fue destruida por los bárbaros orientales, los cristianos, que establecieron el reinado de la teología durante la Edad Media. Haciendo borrón y cuenta nueva de los siglos de progreso humano del que fueron precedidos. Y fue, precisamente en el Renacimiento, donde los humanistas, laicos, rechazaron la teología y la fe como fundamento del conocimiento y lo buscaron en esas civilizaciones clásicas. De manera que, si acaso, tendríamos que buscar, como los humanistas y los ilustrados, nuestros orígenes en estas civilizaciones.

¿Sabes cuál es el rasgo distintivo de los jesuitas, su razón de ser trascendental para el catolicismo romano? Que su misión fue la de impedir la desintegración de la Iglesia de Roma en iglesias nacionales y la de impedir el desarrollo del pensamiento político. Fracasaron frente al humanismo renacentista y laico, el luteranismo, el calvinismo, el anglicanismo, el jansenismo, el galicanismo, el regalismo, el febronianismo, el josefismo, la Ilustración y sus revoluciones políticas. Si no hubieran fracasado, hubiera sido lo mismo, porque el pensamiento político se habría desarrollado en los países en los que triunfaron los reformistas. En las revoluciones inglesas y norteamericana, cuya herencia, parcialmente, recibiría la francesa. Por lo que sería, en último caso, en éstas revoluciones en las que tendríamos que situar los orígenes de la civilización actual y en ningún caso en el catolicismo.

¿Por qué la idea de progreso, la democracia, los derechos individuales no se han desarrollado en Oriente? Evidentemente porque aquí las religiones se impusieron contra toda libertad de pensamiento. Porque en estas civilizaciones religiosas y monoteístas nunca ha habido literatura, filosofía, pensamiento político, teatro…Son civilizaciones sin Historia del pensamiento, sin Historia de la literatura, sin Historia de la filosofía y sin Historia de la ciencia. Todo en ellas está sacralizado y contenido en sus libros sagrados. Más allá de los cuales no existe nada humano. En ellas no han existido ni humanistas ni ilustrados que cuestionaran el orden político-religioso dominado por las teologías. Una civilización sin herejes no puede progresar.

En Europa, además, contribuyó decisivamente a este desarrollo del pensamiento laico, la literatura laica, la filosofía laica  y la ciencia que sólo puede ser laica, el hecho de que se fragmentara en unidades políticas autónomas, en naciones. Y la nación surgió como una negación del imperio clerical y teológico. Esta pugna de las naciones emergentes contra los poderes imperial, político y clerical,  favoreció el desarrollo del pensamiento político, de la literatura, de la filosofía y de la ciencia. Las revoluciones inglesas, norteamericana y francesa contenían ese desarrollo laico y crítico contra el universo teológico y religioso. Ahí están nuestras fuentes no en la Biblia ni en el Corán.

Es imposible demostrar que el catolicismo haya contribuido a la formación de los fundamentos de nuestra actual civilización, por muchas, aunque innecesarias, razones, porque para las religiones monoteístas los humanos sólo tienen deberes, obligaciones para con los dioses. Todo lo contrario de lo que ocurre con la modernidad, que arranca en el momento en el que los humanos hacen una proclamación de derechos. Y en los derechos, en su ejercicio, reside no la libertad sino las libertades. A partir de ese momento se produce la ruptura entre la tradición y el progreso. Toda síntesis es imposible. El que sobreviva lo hará destruyendo al otro.

Es tal su confusión que cuando los monoteístas hablan de libertad siempre concluyen identificándola con la necesidad. Los lenguajes que utilizan son diferentes. Da lo mismo que los católicos hablen del “libero arbitrio” erasmista, que confunde libertad con elección entre el bien y el mal, para llegar a la conclusión, según Balmes, de que si la verdad está en la doctrina cristiana para qué se necesita elegir, si la elección puede conducirnos a la perdición. Sin tanto circunloquio y con coherencia, siglos antes, había afirmado Pelagio que la libertad es la causante de todos los males. Un razonamiento religiosamente impecable.

Hobbes, Rousseau, Kant, Hegel y antes que ellos los luteranos y calvinistas habían identificado la libertad con el deber. Ninguno de ellos fue capaz de hablar de derechos. De derechos individuales. De ahí que sus barrocas especulaciones llevaran al pensamiento totalitario. ¡Ojo! no confundamos democracia, un mecanismo de organización religiosa política y social muy calvinista, con libertad, con derechos individuales. Y ya antes que todos ellos el catolicismo era y es una ideología totalitaria. El providencialismo, puro estoicismo determinista, anula toda posibilidad de ser libres. El “libero arbitrio” entra en contradicción con la Divina Providencia.

Ni aún confundiendo libertad con elección, elegir no nos hace libres. Bajo cualquier dictadura podremos elegir, lo que no podremos es ser libres. Siempre que la libertad no sea un idealismo moral, algo abstracto e inoperante, sino una realidad social. Si sólo los humanos podemos hablar de derechos, eso significa que ni la teología ni la doctrina cristiana, ni el Corán ni la Biblia pueden ni ser ni contener los fundamentos y valores de la cultura occidental. El catolicismo y los cristianos, los judíos o los musulmanes viven dentro de ella como un virus. Negándola. Su finalidad, patológicamente obsesiva e irresistible, es destruirla. Es su enemigo. Esta es la realidad presente: atacar hasta destruir nuestra civilización laica.

¿En qué se fundamenta nuestra civilización ilustrada? Sería suficiente hacer un ejercicio comparativo con las civilizaciones cristiana, judía y musulmana para contrastar sus enormes diferencias, por antagónicas. ¿En qué se fundamenta nuestra civilización en la fe o en la razón? ¿En la libertad de conciencia o en la obediencia y sumisión a la doctrina? ¿En los deberes o en los derechos? ¿En el matrimonio civil o en el religioso? ¿En el divorcio o en su negación? ¿En los anticonceptivos o en su prohibición? ¿En el derecho al aborto o en su negación? ¿En el placer sexual como liberación o en el celibato como perversión? ¿En el feminismo o en el antifeminismo? ¿En las libertades sexuales hetero, homo, lésbicas o en su persecución? ¿En la exaltación de la felicidad o en el sufrimiento como purificación salvífica del alma? ¿En el anarquismo, marxismo, liberalismo político o en la teología y sus dioses? ¿En el individuo o en el Estado y la Iglesia? ¿En el cuerpo o en el alma? ¿Dónde encuentra la vida su sentido, en la realización en el mundo o en el más allá? La muerte como sentido religioso de la vida. ¡Qué paradoja más cínica, tener que morir para que nuestra vida tenga sentido! La Nada como negación de la vida se nos presenta como sentido de la misma. Su razón de ser.

En el presente artículo me ha parecido necesario  reproducir un par de textos. Un texto trata de la Ilustración según el pensamiento católico. Lo he elegido, no sólo por  la importancia de su contenido, sino por su enorme interés y claridad, porque en él, desde la perspectiva católica, se distinguen las dos líneas de pensamiento: progresista y clerical reaccionaria. Son los mismos historiadores jesuitas, autores de este texto y de la “Historia de la Iglesia católica, tomo IV, Edad Moderna (1648-1951). La Iglesia en su lucha y relación con el laicismo”, publicada por la BAC, escrita en los años cuarenta y publicada en 1951,  quienes al rechazar y condenar los valores ilustrados conciben su civilización teológica  ideal en contradicción con ellos.

En el Capítulo VII (pg. 287 y ss.) de esta “Historia de la Iglesia católica” el padre jesuita Ricardo García Villoslada, S.I. escribe el siguiente documento:

La Ilustración racionalista

I.                   Concepto y origen

1.       Concepto de la Ilustración.

En diversos capítulos de este libro se ha podido ver cómo el jansenismo, el galicanismo, regalismo, febronianismo, josefismo, etc., en formas más o menos directa atacaron a la Iglesia romana, particularmente al primado pontificio. Ahora vamos a examinar otro error mucho más radical, otra corriente más desoladora, que inundó el suelo de Europa en el siglo XVIII y trató de minar los cimientos no sólo de la Iglesia de Roma, sino de todo cristianismo y aún de toda religión revelada. Me refiero al racionalismo, o filosofismo, o enciclopedismo, que modernamente llamamos Ilustración, traduciendo el término alemán de Aufklaerung.

¿Qué es o en qué consiste la Ilustración? Definirla con exactitud no es fácil, como no es fácil perfilar el concepto de Renacimiento, del cual sería, en opinión de algunos, la última fase, el último resultado; tesis que sólo pueden sostener los que no ven en el Renacimiento más que el aspecto laico, naturalista y racionalista, su ala izquierda, por decirlo así.

Como el humanismo es el ambiente cultural del siglo XV, como el romanticismo colorea la cultura, la política y aún la religión de la primera mitad del siglo XIX, así la Ilustración determina el espíritu y caracteriza la cultura del XVIII y la última parte del XVII.

Los ilustrados eran algo así como los intelectuales de aquel tiempo, literatos, científicos, filósofos, que despreciaban la cultura tradicional, escolástica, tildándola de oscurantista, supersticiosa, estrecha, intransigente, y pregonaban una cultura superior más ilustrada, más crítica y filosófica, emancipada de toda cadena dogmática. En el aspecto político eclesiástico, los ilustrados son los progenitores de los liberales del siglo XIX.

De ordinario entendemos por “Ilustración” simplemente la de tipo más o menos racionalista, en concreto la del enciclopedismo. Y de ésta principalmente tratamos aquí. Es un modo de pensar y de obrar que desconoce y niega el orden sobrenatural, se rebela contra toda clase de dogmas y, apoyándose solamente en la razón y en la experiencia, elabora una concepción naturalista y racionalista del mundo y de la vida.

A la antigua fe sustituye la razón, cuya soberanía es absoluta. Dios es suplantado por la Naturaleza; la providencia, por las leyes físicas. Para los ilustrados, la ética o moral es independiente de la religión y aún superior a ella; la religión natural es superior a las que se dicen reveladas. El derecho natural, como fundado en la naturaleza íntegra, tiene valor absoluto. Y el derecho público llega, con Hobbes, a la deificación del Estado.

Así definida la Ilustración, salta a los ojos su carácter antieclesiástico y anticristiano. No es maravilla, pues, que su lema fuese el de Voltaire: Ecrasez l´infame! Aplastad al infame, es decir, a la Iglesia, a la religión revelada.

Pero entendiendo la Ilustración de una manera más amplia, como sinónima de cultura y de “espíritu del siglo XVIII”, podemos hablar de una ilustración más o menos católica, de una Ilustración mitigada, que no rompe ni salta las barreras de la fe y la revelación cristiana; que se somete a las doctrinas y a los preceptos de la Iglesia, pero que también se adapta en lo posible al clima del siglo, participa de su menosprecio de la cultura medieval y escolástica, abomina de la Inquisición y de todo fanatismo y promueve las ciencias experimentales más que las especulativas y se ufana de conocer y haber leído los artículos de la Enciclopedia.

Ya se comprende que entre las piadosas y católicas figuras de un Benedicto XIV y de un P. Feijoo –hombres muy de su siglo- y las de un Voltaire y un Diderot se extiende una gama casi infinita de matices, que no siempre es fácil graduar.

Como no todo lo que lleva consigo la Ilustración era reprobable, se explica que aún dentro de la cultura católica se dejasen sentir sus influencias, benéficas unas, peligrosas otras.

2.      Consecuencias en el mundo católico. Que la Ilustración aportó a la cultura y civilización europeas cosas aceptables y buenas, no cabe duda, porque:

a)     Fomentó la instrucción primaria, creando escuelas en numerosas aldeas contra el analfabetismo reinante; promovió la cultura general con la fundación de academias ( de la Lengua, de la Historia…), sociedades como la de Amigos del País, etc., y renovó los métodos pedagógicos;

b)     Se preocupó del bien público, más que en épocas anteriores, levantando hermosos edificios públicos, caminos, puentes y facilitando el comercio;

c)      Favoreció el cultivo de las ciencias naturales, demasiado olvidadas por los escolásticos, lo mismo que las ciencias exactas y no menos las históricas  (arqueología, numismática, paleografía, diplomática…); la misma historia eclesiástica es fervorosamente cultivada, si bien descuidando el criterio providencialista, con la nobilísima excepción del gran Bossuet y, si se quiere, de J.B. Vico.

Pero, en general, sus consecuencias fueron perniciosas, a saber:

1)      Desarrolló un intelectualismo excesivo, abstracto y seco, de tendencias racionalistas y positivistas, al que no pocas veces seguía un idealismo no menos abstracto y como contrapeso o reacción, un sentimentalismo blando o desmedulado.

2)     En el campo católico la teología degeneró; por una parte se desvirtuó, porque trató de racionalizarse, de mundanizarse y secularizarse, poniéndose al servicio de las ideas políticas y religiosas en boga, admitiendo ideas galicanas, febronianas, antiescolásticas, jansenistas…, y en el campo menos católico se llegó a negar el pecado original, la redención, el fin sobrenatural del hombre; por otra parte, la teología escolástica cayó en el mayor desprestigio. ¿De qué sirven-decían- esas cuestiones sutiles, espinosas e insolubles, y qué utilidad reportan para el bienestar de la nación y prosperidad de la economía? ¿No es mucho mejor dedicarse a las ciencias naturales, de provecho positivo en este mundo?

3)     La Ilustración trajo un viento de laicismo y de anticlericalismo; muchos ingenuos católicos, haciendo coro a los sectarios, repetían: la religión no es exclusiva de los clérigos; se puede ser buen cristiano en lo interior, sin someterse exteriormente a ciertos preceptos de la Iglesia; no es lo mismo devoción que gazmoñería y tartufismo.

4)     Reblandeció y relajó la vida cristiana, substituyendo las virtudes sólidas, la fe, la humildad, la obediencia, la mortificación, por cierto pietismo sentimental y cierto barniz de ilustración; y por al propio tiempo socavó la misma religión individual, proclamando que la fe debe ser ilustrada; que no se debe creer en supersticiones y fábulas, contrarias a la ciencia; que hay que regirse por la razón y que se puede ser sinceramente religioso sin dar tanta importancia al culto externo.

5)     Debilitó los vínculos de las Iglesias nacionales con la suprema autoridad de la Santa Sede.

6)     Mitigó, es verdad, el fanatismo de los protestantes y los católicos (prácticamente casi desaparece la Inquisición), pero fue para caer en el indiferentismo religioso; fomentó la unión de las Iglesias cristianas, pero con perjuicio de lo esencial católico (matrimonios mixtos, tolerancia de las demás religiones en la católica Austria de José II; en España planea Urquijo la entrada de los judíos, etc.).

7)     Poseídos como estaban de una confianza optimista en el progreso indefinido de la humanidad, estos ilustrados quisieron reformar desde el poder todo lo existente, como medieval y obscurantista (universidades, colegios mayores, vida social…hasta el traje nacional con Esquilache) y lo reformaron precipitadamente, destruyendo sin crear, modificando sin atender al carácter nacional o local, a las circunstancias de tiempo, de educación, etc., en forma igualitaria, según las normas esquemáticas y universales de su razón.

Para colmo de males, no tuvo entonces, la Iglesia teólogos de ciencia profunda, adaptada a las circunstancias de la época, ni filósofos católicos de originalidad y altura, ni apologistas geniales e influyentes que propugnaran la auténtica doctrina de la Iglesia, la revelación y los dogmas, e hicieran respetar la perenne filosofía cristiana

3.   Orígenes de la Ilustración. Las primeras fuentes de la Ilustración, de esta gran apostasía del pensamiento y de la cultura de Europa, hay que buscarlas muy arriba en el curso de la Historia.

¿Qué remotas corrientes influyeron en este gran fenómeno para que el antiguo pensamiento filosófico religioso sufriera un cambio tan radical, desviándose hacia el naturalismo y racionalismo, al deísmo o indiferentismo absoluto?

Yo me atrevería a señalar estas cuatro: la revolución protestante, el humanismo naturalista, la corriente científica y la filosofía nueva. ¿Quiere esto decir que los orígenes de la Ilustración se han de buscar solamente en los siglos XV y XVI? De ningún modo. No tengo inconveniente en hacer mía la frase de Renán: El siglo XVI no tuvo ningún mal pensamiento que no lo tuviera antes el siglo XIII. (E. Renán, Averroës et l´averroisme, París 1852, p.183).

Por eso ni si quiera el averroísmo de la Universidad de Padua, ni las tesis más audaces de Marsilio Patavino y Guillermo de Ockham, ni –como quieren muchos- el aristotelismo instalado dentro de la Escolástica y de la Iglesia por Santo Tomás de Aquino, me parecen las fuentes más altas y lejanas de este racionalismo que se emancipa de todo dogma y repudia la revelación.

Antes que el aristotelismo del siglo XIII, aparecen los primeros brotes racionalistas de Abelardo y en el siglo IX la heterodoxia semipanteísta de J. Escoto Eriúgena.

Tendríamos que remontarnos hasta los comienzos de la filosofía si quisiéramos rastrear los más remotos orígenes de ese movimiento ideológico que conduciría a la autonomía de la razón. Esto sería casi ridículo y además inútil.

Contentémonos con determinar sus precedentes inmediatos.

a)   Revolución protestante. El protestantismo, aunque parece en los comienzos opuesto a la Ilustración y al filosofismo, como nacido de la experiencia religiosa de Lutero, con todo, al rebelarse contra las supremas autoridades del papa y del emperador, enseñó al hombre a no tolerar yugo alguno, ni de la Iglesia, ni de la tradición, ni del poder civil y político. Lo mismos se diga del calvinismo, que tomó desde el principio carácter más democrático y revolucionaria; basta recordar que, dondequiera que entró, perturbó el orden social con sangrientos tumultos: en Suiza, Francia, Países Bajos, Escocia, Inglaterra.

El protestantismo, en general, al destruir o desvirtuar el sacerdocio, el sacrificio y los sacramentos, secularizó-aún sin saberlo a veces- la religión, y desconsagrada ésta, la puso en manos políticas y laicas. ¿Cómo no había de perecer allí todo elemento sobrenatural? Por otra parte, al proclamar el libre examen, echó los gérmenes del falso misticismo y, sobre todo, del racionalismo; consiguientemente al libre examen retoñaron infinidad de sectas y de dogmas, que explicaban la Biblia a su manera, con lo que se rompió y en algunas partes se pulverizó la unidad religiosa de Europa, dando origen a que en muchos corazones naciera el indiferentismo religioso, que ponía en duda la existencia de una religión revelada y despertaba un anhelo en buscar principios religiosos superiores y comunes a todas las confesiones y a todas las religiones positivas. Y ya tenemos el deísmo, la religión de la Ilustración y del filosofismo.

En los siglos XVII y XVIII, el protestantismo alcanza su máximo poder político, al mismo tiempo que pierde su virtud y esencia religiosa, convirtiéndose en campo apto y abonado para que en él germinen todas las ideas racionalistas. Pronto veremos cómo los países protestantes o influidos por protestantes salen los negadores de toda religión divina, de todo cristianismo.

Sólo se conserva la fe, o mejor, el sentimiento religioso -porque del dogma hacen poco caudal- , en el pietismo, que es una reacción del corazón contra la religión oficial. De ahí los Collegia pietatis de F.J. Spender (1655-1705), los Herrenhüter o Hermanos moravos del conde Zinzendorf (1700-1760), los secuaces del vidente sueco Immanuel Svedenborg (1688-1772), los cuáqueros del alucinado inglés J. Jorge Fox (1634-1691), trasladados a Norteamérica por Guillermo Penn (1644-1718); los metodistas de Juan Wesley (1703-1791). Estos pietistas son los que salvan al protestantismo de la descomposición total del racionalismo. (Al lado del protestantismo contribuyeron a la corriente revolucionaria, aliándose más de una vez con los enciclopedistas, el jansenismo y el galicanismo; el jansenismo, que degeneró en partido rebelde contra el rey y el papa, y el galicanismo o regalismo, que intentó formar iglesias nacionales cismáticas secularizándolas, cosa que logró en la Revolución francesa con la Constitución civil del clero)

b)  Humanismo naturalista. El hombre medieval, como tantas veces se ha repetido,  lo veía todo sub specie aeternitatis y se  y se veía así mismo incardinado en la Civitas Dei, con una naturaleza caída, pero regenerada y redimida por Cristo y destinada a un fin sobrenatural. El hombre moderno considera a su naturaleza íntegra y buenos sus apetitos, busca su perfección puramente natural en esta vida, se independiza de Dios, se emancipa de la Iglesia y acaba por sacudir toda autoridad religiosa y aún civil.

Esta concepción del hombre va perfilándose y desarrollándose desde el Renacimiento hasta el siglo XVIII. No hay que confundir Renacimiento con humanismo. No soy de los que piensan que el humanismo fue la causa de la paganización de la vida y del pensamiento, pero sí creo que, abrazado por hombres poco cristianos, puede producir frutos de paganía, y que de hecho hubo humanistas de tipo antieclesiástico, que en alguna manera fueron precursores de los ilustrados dieciochescos.

La Ilustración tiene de común con el humanismo paganizante y laico la adoración de los autores clásicos –en particular de los estoicos-, la valoración de la cultura antigua por encima de la cristiana, el estudio de las ciencias, la animadversión a la filosofía escolástica, la tendencia crítica y naturalista. Podría decirse que es aquella misma corriente sepultada bajo tierra por la mal llamada Contrarreforma, que aflora muy avanzada con los libertinos y librepensadores. El Erasmo del siglo XVIII, con sus críticas mordientes, es el Voltaire, pero sin la fe y la piedad de aquél, sin su adhesión a la Iglesia de Cristo.

El humanismo se mantenía, por lo general, en las formas y en los métodos; la Ilustración va hasta el fondo y ataca no sólo a la teología, sino a toda religión positiva. El humanismo era un movimiento aristocrático, propio de selectos y que trataba de formar hombres selectos, superiores; la Ilustración, un movimiento más democrático, se dirige al hombre medio, al bon bourgeois. Si el humanismo rinde culto al hombre ideal, o mejor, al vir perfectus, la Ilustración al homo, al hombre abstracto, y mejor, a l´humanité. El humanismo a lo largo de los siglos se ha transformado en el humanitarismo, trocando su sentido pacifista por una vaga fraternidad universal.

c)  Corriente científica. La ciencia nueva (física, matemática, astronomía, química…), harto descuidada hasta entonces, cobra vuelos con el Renacimiento y va influyendo cada día más en la mentalidad del hombre moderno. Los métodos empíricos y el estudio directo de la naturaleza liberan al hombre del argumento de autoridad, del magister dixit, y de la tradición. Al descubrir las leyes naturales, contrarias tal vez a las explicaciones de algunos teólogos, y al plantearse nuevos problemas científicos, relacionados con el dogma, los modernos sabios dictaminan, con demasiada precipitación, que la ciencia se opone a la fe. Las mismas exploraciones geográficas y astronómicas les hacen ver las cosas de otro modo que el tradicional.

Si exceptuamos algunos de ellos, que a la vez son altísimos filósofos, v.gr., Descartes y Leibniz, los demás renuncian a buscar los primeros principios y se atienen a la experiencia, madre de la ciencia.

Para Leonardo de Vinci (1452-1519), el mundo no es más que un conjunto de fenómenos, unidos por relaciones necesarias, que las matemáticas pueden traducir en números; pero ese mundo tiene un alma; por eso, más que una máquina, es un animal viviente. En el empeño de estudiar y clasificar esos fenómenos, triunfan las ciencias matemáticas y naturales.

Esos sabios llegan a formular algunas de las leyes que rigen el cosmos y dan explicación natural a muchos fenómenos hasta entonces misteriosos, descubren nuevas fuerzas de la naturaleza y revelan sus secretos. Los grandes científicos siguen siendo profundamente religiosos, porque o son católicos, como N. Copérnico (1473-1543), Galileo (1564-1642), Pascal (1623-1666), Laplace (1749-1827), o protestantes de sincero cristianismo, como Kepler (1571-1630), C. Huygens (1629-1695), Newton (1642-1727), Linneo (1707-1778). Otros, en cambio, se imaginan poseer la clave de todos los enigmas del mundo y no admiten más que un juego de fuerzas ciegas y necesarias, sin fe en los milagros ni en la providencia divina.

Este mecanismo, aún en su forma más mitigada, va creando una forma mentis, un modo de ver las cosas matemático, positivista, materialista, y engendra l´esprit de geometrie, espíritu geométrico, que se traslada luego a las mismas ciencias morales. ¿No decía Montesquieu en el preámbulo del Espíritu de las leyes  que, puesto un principio, veía todos los casos particulares o deducía la historia de todos los pueblos, como Newton, puesta su ley de gravitación, la aplicaba a todas las cosas del cielo y de la tierra?

d) Nueva filosofía. La nueva filosofía, que se forma a raíz del Renacimiento con independencia de la Escolástica y en oposición a ella, admite dosis más o menos grandes de racionalismo y entra a formar parte sustancial de la Ilustración, que por algo se denomina también filosofismo. Atacando a la Escolástica, que era la ancilla y como la base racional y científica de la teología, deja a ésta muy desamparada y en situación precaria.

Suele datarse del Discours de la methode (1637) el conocimiento de esta filosofía nueva. Sin embargo, brotes de filosofía heterodoxa en muy diversas direcciones apuntan mucho antes. Sin remontarnos hasta Nicolás d´Autrecourt (muerto en 1340), llamado el Hume de la Edad Media, encontraríamos tendencias racionalistas en los aristotélico-averroístas, que, como Popmponazzi, admiten que un dogma religioso puede ser falso ante la razón, aunque sea verdadero a los ojos de la fe.

Otros filósofos, influidos también por el Renacimiento, aunque católicos, se acercan al escepticismo y agnosticismo en las verdades naturales, salvando por su parte, las verdades dogmáticas con la certeza de la fe; pero de un agnosticismo se pasa pronto al otro. Tales son Miguel de Montaigne (1533-1592), Pedro Charron (1541-1603), Francisco Sánchez (1562-1632), de los cuales los dos primeros, insinuando así su especie de naturalismo.

Nada digamos de Miguel Servet (1511-1553), Bernardino Telesio (1508-1588) y Giordano Bruno (1548-1600), que caen en el panteísmo.

Añádase los que en Francia llamaban libertinos libertins, beaux esprits, d´esprits forts), menos metafísicos, menos filósofos que los anteriores, a veces simplemente epicúreos con matices estoicos, aunque de costumbres corrompidas, que profesaban públicamente la incredulidad y se portaban como blasfemos descarados, negando la divinidad de Jesucristo y burlándose de los misterios y de los milagros.

Propiamente, los padres de la filosofía nueva son F. Bacon de Verulam en Inglaterra, R. Descartes en Francia y Baruch Spinoza en Holanda. Bacon (1561-1626) inicia el empirismo y echa los cimientos del naturalismo y deísmo; de la parte de la filosofía inglesa, empirista, sensualista y escéptica, que, pasando por Locke (1632-1704), Hume (1711-1776) y Berkeley (1685-1753), llegará al escepticismo idealista del alemán M. Kant (1724-1804). El católico descartes (1596-1650) inicia con su duda metódica el racionalismo, sin quererlo, cuya doctrina desembocará lógicamente en el panteísmo de Spinoza y en idealismo kantiano. Baruch Espinoza (1632-1677), judío holandés, originario de Portugal (Benito de Espinosa), pone los fundamentos de la exégesis bíblica racionalista; soñó en fundir las religiones cristiana y judía en una especie de sincretismo moral y para eso sometió la Biblia a la crítica audaz y demoledora, acabando por negar la autoridad de los libros sagrados.

El filósofo T. Hobbes (1588-1679) y los jurisconsultos J. Bodin (1530-1596), Hugo van Groot (Grocio, 1583-1645), Samuel Puffendorf (1632-1694) y C. Thomasius (1655-1728) fundaron un derecho natural y político independientes de la revelación y del dogma y una moral autónoma y naturalista, separada de la teología.

Bajo el influjo de esta filosofía de la Ilustración se forma una teología, que entre los protestantes casi acabó con el principio luterano de la sola fides, porque iba imbuida del principio racionalista de la sola ratio. Ejemplo, C. Wolf (1679-1754), principal discípulo de Leibniz y profesor de filosofía de Halle, quien, con ser de ideas moderadas, llegó a decir que la moral de Confucio es superior a la de Cristo.

Como la moral y el derecho político, así se crea una religión naturalista e independiente de trabas dogmáticas, una religión fundada no en la revelación divina, sino en la razón y en la naturaleza: el deísmo, que admite la existencia de Dios y niega su providencia; admite el alma libre e inmortal, pero no los premios y castigos eternos; nada de dogmas positivos; sólo lo que dicta la razón. Todas las religiones –dicen Jung y Locke- tienen una parte de verdad; todas, por lo tanto se han de tolerar; cada cual debe afiliarse a alguna; so prohíbe el ateísmo. La religión interior –dirá Rousseau-  es libre para todos; la civil o externa es obligatoria, pero sólo consiste en ciertos principios, como la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, la justicia conmutativa.

Cundieron estas ideas en Inglaterra, acaso porque allí se habían refugiado muchos socinianos en el siglo XVII; y como la irreligiosidad iba ganando terreno desde los tiempos del dictador O. Cromwell, se formó antes que en otras partes una literatura deísta, que no sólo cree en Dios, sino que conserva ciertos elementos cristianos, v.gr., la Sagrada Escritura; es un cristianismo racionalista, sin sabia sobrenatural, que en el siglo XVIII se transformará en un filosofismo como el de Francia y Alemania.

Páginas más adelante, el texto continúa y se refiere a la Enciclopedia en los siguientes términos:

“…la Enciclopedia tiene, en general, un espíritu de supresión de todo lo absoluto, de abolición de todo lo sobrenatural, de negación de todo milagro, de todo misterio, de toda metafísica, no impugnando directamente las ideas cristianas, a fin de no ser prohibida, pero sí insinuando las contrarias, demostrando las verdades religiosas de un modo insuficiente o ridículo, poniendo objeciones sin refutarlas debidamente y defendiendo la tolerancia, la libertad de pensamiento, de prensa, etc.

Tiráronse 30.000 ejemplares y se tradujo a varios idiomas. Fue condenada por la Iglesia en 1758 y 1759.

Si la Revolución francesa debe a Rousseau su pensamiento político y social, a los más avanzados enciclopedistas les tomó su racionalismo ateo.

La Enciclopedia contribuyó a dar cohesión y conciencia de su poder a los ilustrados y filósofos de Europa y al mismo tiempo desató una oleada de errores y negaciones que llegan al más absoluto radicalismo. El deísmo de Voltaire les parecía un atraso, un gesto casi reaccionario. ¿Voltaire? “Il est bigot, c´est un déiste”, oyó decir a algunos enciclopedistas el inglés Walpole. Para ellos Dios era una palabra sin sentido; el alma, una quimera; la religión, una farsa, el destino ultraterreno, un absurdo; sólo había una cosa verdadera, subsistente y divina: la sensación, el placer.

Y con estas ideas pensaban que eran los heraldos de una época de la felicidad para el género humano, la época de la Ilustración, la época de la libertad, de la Igualdad y de la Fraternidad. Llenábaseles la boca de estas grandes palabras y hablaban con ingenuidad de niños, con ilusión de soñadores. ¿No es ese idealismo falso y utópico la característica de todas las revoluciones? Condorcet, por ejemplo, exclamaba en el libro X de su Historia del progreso humano:”Llegará un momento en que el sol no alumbrará sino a hombres libres sobre la tierra, hombres que no reconocerán otro señor y maestro que la Razón, y en que los tiranos y en los esclavos, los sacerdotes y sus estúpidos e hipócritas instrumentos no existirán más que en la historia y en los teatros”.

Desde la perspectiva de los ilustrados la necesidad de una revolución moral,  política y social se veía con otros ojos. Y como este artículo está construido fundamentalmente por los testimonios de sus protagonistas, visto el de la Iglesia católica, quiero reproducir el otro, el antagónico, según lo desarrolla, brillantemente, Paul Hazard en su imprescindible libro, tanto por sus contenidos como por su belleza interior, “La crisis de la conciencia europea”, donde escribe:

“Se trataba de saber si se creería o si no se creería ya; si se obedecería a la tradición, o si se rebelaría uno contra ella; si la humanidad continuaría su camino fiándose de los mismos guías o si sus nuevos jefes le harían dar la vuelta para conducirla hacia otras tierras prometidas...

Los asaltantes triunfaban poco a poco. La herejía no era ya solitaria y oculta; ganaba discípulos, se volvía insolente y jactanciosa. La negación no se disfrazaba ya; se ostentaba. La razón no era ya una cordura equilibrada, sino una audacia crítica. Las nociones más comúnmente aceptadas, la del consentimiento universal que probaba a Dios, la de los milagros, se ponían en duda. Se relegaba a lo divino a cielos desconocidos e impenetrables; el hombre y sólo el hombre, se convertía en la medida de todas las cosas; era por sí mismo su razón de ser y su fin. Bastante tiempo habían tenido en sus manos el poder los pastores de los pueblos; habían prometido hacer reinar en la tierra la bondad, la justicia, el amor fraternal; pero no habían cumplido su promesa; en la gran partida en que se jugaba la verdad y la felicidad, habían perdido; y, por tanto, no tenían que hacer sino marcharse. Era menester echarlos si no querían irse de buen grado. Había que destruir, se pensaba, el edificio antiguo, que había abrigado mal a la gran familia humana; y la primera tarea era un trabajo de demolición. La segunda era reconstruir y preparar los cimientos de la ciudad futura.

No menos impresionante, y para evitar la caída en un escepticismo precursor de la muerte, era menester construir una filosofía que renunciara a los sueños metafísicos, siempre engañosos, para estudiar las apariencias que nuestras débiles manos pueden alcanzar y que deben bastar para contentarnos; había que edificar una política sin derecho divino, una religión sin misterio, una moral sin dogmas. Había que obligar a la ciencia a no ser más un simple juego del espíritu, sino decididamente un poder capaz de dominar la naturaleza; por la ciencia, se conquistaría sin duda la felicidad. Reconquistando así el mundo, el hombre se organizaría para su bienestar, para su gloria y para la felicidad del porvenir...

A una civilización fundada sobre la idea de deber, los deberes para con Dios, los deberes para con el príncipe, los “nuevos filósofos” han intentado sustituirla con una civilización fundada en la idea de derecho: los derechos de la conciencia individual, los derechos de la crítica, los derechos de la razón, los derechos del hombre y del ciudadano”.

(Paul Hazard, en “La crisis de la conciencia europea”, A.U. Madrid, 1988, pp. 10 y 11)

El pensamiento ilustrado, precedido por los conceptos de soberanía y democracia de algunos calvinistas como Altusio en su “Politica metódice digesta” o de algunos ingleses representados tanto por los levellers, niveladores, y por los diggers, cavadores, entre los que destacó Winstanley, así como por otros ingleses como Gay,  Godwin y Locke, se realizó en la Revolución francesa y en cuantas revoluciones ideológicamente inspiradas en ésta se sucedieron hasta nuestros actuales tiempos.

La democracia, como sistema de organización social y política construido sobre la separación de poderes, soberanía popular y el sufragio, universal o no, fue la principal aportación de Locke, del calvinismo y de Rousseau, que fue calvinista, y por otra parte la Declaración de Derechos Individuales o Humanos, a cuya elaboración contribuyeron las revoluciones inglesas y norteamericana, Locke, Condorcet, Turgot y, especialmente, los jacobinos que los recogieron en la Constitución del año I, 1793, configuraron el nuevo sistema político, democrático, y sus fundamentos legitimadores, contenidos en la Declaración de derechos: los derechos individuales. Era un ataque frontal contra los sistemas político-religiosos autoritarios o absolutistas y contra sus fundamentos ideológicos: las religiones monoteístas. Y todo su sistema de valores fielmente reflejados en las “bienaventuranzas” y la doctrina cristiana, la Biblia o el Corán.

Bien fuera como reacción contra los valores revolucionarios y como desarrollo de los mismos se formaron dos líneas de pensamiento político: la reaccionaria y la progresista. Si en el mundo luterano, la reacción estuvo impulsada por Hegel, desde el campo católico lo fue por los papas, Pío VI, en primer lugar, y los pensadores católicos, que reproducían en sus escritos las consignas lanzadas por los papas desde sus encíclicas. Paralelamente a esta reacción se fue desarrollando el pensamiento progresista en oposición antagónica a aquél.

Podríamos considerar a Rousseau como uno de los orígenes del pensamiento totalitario, por su concepto de la “voluntad general”, y, al mismo tiempo, de la democracia, por su “Contrato social”. Actitud que no es necesariamente contradictoria porque una organización democrática del Estado sin estar fundamentada en la Declaración de Derechos Individuales, no sería incompatible con una teocracia en la que el Poder fuera compartido asamblearia o parlamentariamente por príncipes y privilegiados. Podría ser un concilio, un colegio cardenalicio o un parlamento electivo. El nazismo conservó el Reichstag y el recurso al plebiscito y referéndum; el fascismo conservó la Cámara de los fascios y las corporaciones y el recurso al referéndum; el franquismo conservó el Parlamento y el recurso al referéndum…Eso sí, esas cámaras estaban ocupadas por los miembros del partido único. Pero el Parlamento de París, en los comienzos de la revolución estaba ocupado por la aristocracia laica y clerical y por un sector de la burguesía. Pero esto son sólo unos apuntes para una polémica.

Sin embargo, las primeras voces contra los derechos individuales, más que contra las restringidas formas de democracia de las élites, las dieron el papa Pío VI y Burke. Este reivindicó la alianza entre el Altar y el Trono en sus “Reflexiones sobre la revolución en Francia”. Más adelante Hegel crearía un sistema filosófico identitariamente totalitario para justificar el nacionalismo, contra los valores universales de la Ilustración, y el totalitarismo, contra la democracia, como integrador del individuo en el Estado total. Y tenemos marcada la línea distintiva del pensamiento reaccionario a lo largo de los siglos XIX y XX. Su culminación serán los totalitarismos nazi y fascista y sus aprendices: las dictaduras militares que se instalaron en otros países europeos.

Esta línea de pensamiento fue impulsada por una larga lista de pensadores laicos, que repetían en sus mensajes las teorías cristianas del pasado y las encíclicas papales: Chateaubriand, Hardenberg,  Muller, von Haller, De Bonald, de Maistre, Balmes, Donoso Cortés, Gobineau, Chamberlain, Rosemberg, Spengler…

La línea continuista con las enseñanzas ilustradas y más allá de éstas estuvo impulsada por Saint Simon, Blanqui, Fourier, Owen, Blanc, Bentham, Adams Smith Bakunin, Stirner, Marx y la izquierda hegeliana, Nietzsche…Sorel sería con sus “Reflexiones sobre la violencia”  una extraña síntesis convergente de estas dos corrientes.

Porque el siglo XIX estuvo dominado por una idea, cuestionada por Nietzsche, con dos caras,  determinismo y violencia. Contra su voluntad, Darwin por sus estudios sobre la selección natural y la selección sexual fue interpretado como una prueba de que el mundo sólo podía ser el de los mejores, los más poderosos. Sería el “darwinismo social”, a lo que ha quedado reducido el liberalismo económico. El papa León XIII compartía esta opinión y tal como lo expuso en su encíclica “Rerum novarum”. Donde afirmaba que la pobreza, la miseria, es un estado natural. Marx aportó el concepto de lucha de clases como motor de la Historia y una interpretación determinista de la dialéctica hegeliana. El fin de la historia hegeliano se realizaría, en términos marxistas, con la conquista del Poder por el proletariado y la desaparición del Estado. En cualquier caso, selección natural y dinámica de lucha de clases contenían, además de violencia, el determinismo estoico que anulaba la voluntad de decidir de los seres humanos. Por eso Nietzsche se sublevó contra el determinismo invocando la voluntad de poder. Del Poder de cada individuo contra las fuerzas impersonales que tratan de dominarnos.

Hoy día volvemos a estar situados en tiempos de crisis, de transición, en una situación entre estas dos concepciones de la Historia, la teleológica, providencialista y religiosa, y la progresista, materialista e individualista. Hemos llegado a un punto en el que el fin de la Historia no parece ser que vaya a realizarse en términos marxistas sino en términos providencialistas y totalitarios. Es nuestro dilema, o decadencia o revolución. Situados en este escenario y desde múltiples perspectivas, podremos exponer y debatir puntos de vista. Porque la Filosofía no puede vivir, como la teología, al margen de las realidades sociales, políticas, culturales, sexuales…tendrá que emanar no de dios alguno, sino de los seres humanos.

 

Javier Fisac Seco

Historiador, caricaturista y analista  político, creador artístico

Últimos libros publicados: La civilización pervertida o la Ética sadomasoquista cristiana; Clericalismo y Poder; El mito de la transición política: Franco, D.Juan/El Rey y el PCE/ PSOE en la Guerra Fría.

 

 

 

 

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