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LA NECESIDAD DE LA FICCIÓN. Lo que casi logra Descartes (Por  Luis Fernández-Castañeda). Abril de 2005.

 

En un principio, puede resultar inverosímil, increíble, insostenible: que llegue un momento en que nos haga falta la mentira.

 

De pronto, después de un tiempo largo alejado por esos mundos de Dios, atareado con mil cosas, pensando en otras doscientas y bandeando la monotonía cotidiana, veo entresalir de una estantería un libro que hace mucho tiempo quería leer. “Esta es la mía”, pensé, asiéndolo dulcemente por el lomo, despertando en mi mano una suavidad hace tiempo olvidada. Después me puse a leer como un poseso hasta altas horas de la noche. Al principio pensé pasarme la noche en blanco, pero luego me venció el cansancio y el cálculo de que mañana no podría dar pie con bola en el trabajo. Nada más volver de trabajar, acabé el libro. No me gustó. Se trataba de una novela vendidísima, de un autor desconocido que, por medio del boca a boca, había triunfado. Lo había visto en las librerías hace años, sin que llegara a seducirme hasta el punto de gastarme el dinero en él, pero hacía unos meses había salido en los quioscos a un precio mínimo, y fue entonces cuando sin dudarlo lo compré. Me pareció superficial, comercial más allá de cualquier intención del autor; en definitiva, una decepción. Sin embargo, es lo que tenía aquella tarde. Miraba sus tapas prometedoras, me ponía en sus manos. Llega un momento en que uno necesita de la ficción. No sabía yo nada de esa necesidad, pero igual que el cuerpo es sabio y elige lo que necesita para comer, la mente elige de vez en cuando esos alimentos que por alguna misteriosa causa que pretendo dilucidar aquí, necesita. Es casi como una adicción, y estoy seguro de que la literatura ha vivido gracias a esa adicción que provoca en los lectores. No se trata de la necesidad de leer, de la avidez por la palabra escrita, porque ésta se encuentra tan presente en nuestras vidas que habría que irse a un desierto para que nos asaltara esa necesidad de leer, a la que otro día prestaremos atención. Es la avidez por una historia, al fin una historia, algo que nos lleve muy lejos de donde estamos, que nos enfrente a mundos desconocidos, que nos obligue a viajar y a explorar. Miro de reojo el libro posado sobre la mesa, el libro que dentro de poco tomaré entre las manos para sumergirme en él, y de golpe comprendo la seriedad de la ficción, la importancia de la función que desempeña. Estoy completamente en sus manos, ahora mismo dependo de él. Es como un guante para mi mano. Jamás sospeché hasta qué punto está hecho a mi medida. Me va a ofrecer una historia, es decir, un modo de entender el mundo, una manera humana en que el mundo puede ser entendido. Me va a descargar de la inmensa tarea de interpretar el mundo, de actuar en consecuencia, de enfrentarme a las consecuencias, de ser responsable. La historia –vamos a decir, la novela, la ficción- es el modo que la literatura ha encontrado para interpretar el mundo, y de la misma manera que se descansa en los sueños porque la mente procesa sus rutinas, repasa sus senderos y se afianza gracias a esa repetición suya tan personal para entrar ligera de equipaje en el nuevo día, en la ficción a la mente le sucede algo muy parecido, sólo que no necesita estar dormida para ello y lo que hace es soñar con el material que otro, el escritor, le proporciona. Pero como no está dormida, la mente no sólo descansa en parte como en los sueños, sino que descansa en cuanto mente despierta. Esto es lo que provoca la adicción a la literatura: que al penetrar en un mundo al que no tiene que hacerle frente, esto ya es un descanso para ella, una situación excepcional que además la deja desplazada, descolocada, receptiva para todo tipo de ideas y sugerencias. Una inmensa maquinaria hecha sólo para enfrentarse al mundo, con ese único objetivo,  se ve temporalmente jubilada, apartada, relevada de su puesto, algo que ella sólo puede recibir con júbilo, sobre todo porque sabe que pronto tendrá que volver a su sitio habitual. La lectura de ficción es pues, una suerte de vacaciones del alma. Pero esta mente no se mete en un armario y se encierra, puesto que no se trata de que al leer llegue otra mente que realice por ella sus funciones, como los siete enanitos en Blancanieves. El poderoso atractivo de la ficción consiste en proporcionarnos una interpretación del mundo y un modelo de lo que es el mundo, aspectos estos inextricablemente unidos. Lo característico del arte de la literatura como lo consideramos aquí es su capacidad para ofrecernos un modelo de lo que es la vida, algo que no pueden ofrecer otras actividades humanas. Por mucho que el cine nos impresione, la lectura es el doblez del diálogo del alma consigo misma tal como hacemos día a día, y la intimidad del lector con la historia escrita supera por su capacidad de identificación a la del cine. La responsabilidad de la ficción, la seriedad de la ficción, consiste en ofrecernos ese modelo plenamente. La ficción decae cuando se limita a contar lo que pasa como quien cuenta los kilómetros de una carretera. En esa ficción plana, donde ni el lenguaje nos hace levantar el vuelo ni vemos otro horizonte que el mismo de nuestra cotidianidad, ya da igual lo que ocurra.

La ficción, bajo sus infinitas formas, siempre es el enfrentamiento de una persona con el mundo, su hacerse cargo de él, sus luchas y problemas. Lo que ninguna otra actividad nos ofrece, al parecer, es este enfrentamiento como núcleo principal, como corazón. En el Discurso del método, Descartes está a punto de escribir una auténtica obra de ficción, pero al final esto no sucede. Y no puede suceder porque Descartes cree que nos puede ofrecer un modelo de interpretación y vida sin la ficción. Más aún, su intento consiste precisamente en sentar las bases de ello, que cree posible. Descartando prejuicios, acostumbrando a la mente a razonar según pasos pautados como los de un baile de la época, intenta Descartes construir su magno edificio de interpretación y vida. Pero como dice en el cap. 3, para que esto sea posible advierte que hacen falta unos fundamentos más profundos donde asentar el método. Llega así al cogito, que para la narrativa moderna será el diálogo interior, el célebre monólogo final del Ulysses. Sin embargo, una vez llegado a ese centro vivo, lo que cuenta es la salida, y allí es donde Descartes resulta más problemático, y allí es donde se la juega la literatura.

Se nos agolpan aquí dos cuestiones: lo que ofrece la ficción no puede ofrecerlo nadie más (1). Cómo logra la ficción, siendo ficción, ofrecer ese modelo (2), pues resulta misterioso, incomprensible y, para algunos, descartable.

Respecto a la primera, digo que la seriedad de la ficción, su responsabilidad, es ofrecernos el modelo citado, pero ofrecérnoslo ya, en el momento, al instante. La persona no puede vivir sin idea, o de un modo provisional, o fiándose de un edificio en construcción. Esto es imposible, vivir es decidir, hacer esto o lo otro. La decisión resulta insoslayable, y por tanto el alivio que ofrece la ficción es observar las decisiones de otros -en las que se mezclan a menudo las nuestras-, y de qué manera les llevan hacia un sitio u otro. No sólo el importantísimo acelerador del tiempo, motor quizá principal de la ficción o al menos uno de ellos, logra que veamos las consecuencias de las decisiones, sino que aun sin decisiones y sin consecuencias, lo importante es que se nos ofrece un modelo completo, acabado, aunque no va más allá de sí mismo, ni se extenderá jamás una sola línea más allá de sus páginas. Cuando para cualquier cosa hace falta un técnico -para el ordenador o para la psique-, en la ficción nos encontramos con un igual, es decir, con alguien o algo que necesita hacerse idea por encima de todos los técnicos, pues tiene su vida que tiene que vivir. Esto proporciona inmenso alivio y crea lectores, porque a todos nos gusta encontrarnos con lo semejante. Es como una reunión de amigos: ahora vamos a hablar de lo nuestro, de las cosas que nos importan, del mundo como aquello a lo que nosotros, y sólo nosotros (no los técnicos en cuanto tales, no las piedras, no los bichos) estamos enfrentados. Pero además, en un mundo donde todo es provisional, efímero, donde todo está in fieri, donde no hay verdades absolutas, donde todo es un caminar paciente e infinito hacia no se sabe bien qué metas, alivia también vérselas con alguien para quien la vida, sea lo que sea, tiene que serlo ya, en este momento, de modo definitivo, sin dilaciones ni postergaciones, sin eternos procesos de incertidumbre que no se sabe a dónde llegarán. No: el que vive necesita hacerse idea ya mismo, y no le valen teorías, aunque sean científicas. En la ficción resplandece la inmediatez típica del arte, su capacidad para hacer brillar el todo en la parte y al momento. Y en esto tiene una profunda afinidad con el viviente, que necesita exactamente lo mismo: tener cierta idea del todo en una parte y al momento. Por eso el arte cumple una función metafísica que es una necesidad humana, y por eso, lejos de toda estetización y de todo concepto de belleza, es una necesidad. La novela que he leído no me ha gustado, pero aunque hubiera sido el caso, aunque hubiera sido Rojo y negro, no podría llamarla bella. No sé en este caso hablar de belleza. Me llega o no me llega; me conmueve o no, eso es todo. Veo más fácil hablar de la belleza de la música, de la pintura, la escultura, la danza, etc., que de la literatura, y en algunos casos de la arquitectura. La función primaria del arte no es colmar la sed de belleza que tiene la gente, esto es una función secundaria y prescindible. La función primaria del arte es ofrecernos modelos instantáneos de lo que es la vida y la interpretación. Esto sí que cubre una necesidad primordial del ser humano. Al menos descubro esta función en la ficción, no sé si en las demás artes. Y de nuevo diré que en lo que es insuperable la ficción es en la intimidad que logra con el lector. Todo arte exige complicidad, pero en ninguno como en la ficción alcanzamos ese sentimiento de intimidad con el autor que se acerca a una intimidad total, esa comunicación de alma a alma, esa identificación tan grande con lo que se dice o cómo se dice. Por eso la literatura nos dice más de una época que todos los testimonios históricos, y debe ser la antesala de cualquier estudio de historia. El placer que produce esta intimidad, la riqueza que nos proporciona semejante contacto, semejante comunicación, no tienen parangón, y no hay artefacto técnico -valga la redundancia- capaz de sustituirlo.

Respecto a la segunda, a cómo logra la ficción, siéndolo, ofrecer modelo de vida e interpretación, lo primero que hay que decir es que la pregunta está justificada. Se entiende que el lector no busca un modelo de vida alternativo cuando lee, que no busca consejo o admonición alguna; se entiende que quiere satisfacer una necesidad -camuflada a menudo con la excusa siempre válida de pasar el tiempo-, pero esa necesidad no es la de arar el campo o cómo enamorar a alguien. En casos como estos, no se va a la ficción. Sin embargo, estamos diciendo que la ficción llena un hueco imposible de llenar por otros medios. Decimos que elabora un modelo de interpretación y vida. Sin embargo, y he aquí el arte, esta elaboración no puede ser “objetiva” -sería un tratado científico o un manual de instrucciones-, ni tampoco puede ser completamente arbitraria. Si puede pasar siempre cualquier cosa y nada tiene pies ni cabeza, no hay composición, sino acumulación informe, y no hay ficción. Si no se levanta algo en pie, una estructura, unas ciertas tomas de posición, no hay ficción. Lo interesante es qué tipo de restricciones se producen, qué da de sí determinada estructura, y el juego de la imaginación. El arte consiste en ser capaz de mantener en vilo la postura, en mantener la estructura en pie durante el relato sin que se desmorone como inverosímil y arbitraria o como aburrida e insulsa. Es de señalar que hay muchísimos ejemplos de lo segundo, pero no conozco ejemplos de lo primero, quizá porque suponen la muerte anticipada del producto, un aborto que el escritor suele condenar, por narcisita que sea, al fuego. Es necesario tener, pues, un sentido de la forma, además de imaginación.

Lo que me desconcierta ahora es que un hijo del ingenio y de la imaginación pueda ser tomado en serio por el lector. Recuérdese que es así: si el lector no palpa en lo que lee un modelo de mundo y de cómo considerarlo, deja de interesarle el producto. Ahora bien, ¿cómo puede conseguirse esto con la imaginación? ¿Cómo puede conseguirse que se tome en serio la obra, que el modelo de mundo, etc., resulten efectivamente tales y no meros pastiches que no merecen atención? La tarea del autor es resolver el mundo con los mismos medios de los lectores. Es una tarea de humanos empleando recursos específicamente humanos. Es la tarea a la que nos enfrentamos todos los días. Por eso no es concebible recurrir a la bioquímica, a la estadística o al código civil no digo para montar la trama, sino para desarrollar la ficción. Tiene que haber una conexión oculta y muy potente entre la imaginación y la vida real para que la primera cumpla satisfactoriamente los requisitos de la ficción, porque si fuera absolutamente arbitraria, también sería completamente inverosímil, y entonces no nos creeríamos la ficción, más aún, seríamos incapaces de creernos la ficción por mucho que nos divirtiéramos: fallaría esa intimidad, ese diálogo alma con alma, esa identificación siempre posible con lo que se lee, y no sería ficción. Porque lo esencial del arte de la ficción, lo repetimos, no es elaborar mundos, sino elaborar modelos de este mundo, de esta vida, de interpretar esto que nos pasa. Ahí es donde cobra interés lo que, si no fuera así, no pasaría quizá de juego infantil.

La imaginación, por un lado, es la oportunidad que tiene la memoria de vivir una segunda vida, esta vez no acuciada por las urgencias cotidianas o los estados de ánimo del momento. La imaginación le da oportunidad a la memoria de intervenir cuando quiera, si es que no es su gran estímulo. La imaginación artística, por otra parte, está siempre preocupada por la verosimilitud, la coherencia, en una palabra: por mantener en pie una estructura, que es la base de la ficción. Por eso ante su desenfrenado vuelo, necesita apoyarse en la memoria para anclarse una y otra vez a lo verosímil y no perderse en la arbitrariedad absoluta. No se debe olvidar que la memoria, por sí sola, es capaz de producir literatura. Acontece en esos casos lo contrario: en el salto de recuerdo a recuerdo, interviene la imaginación incluso de manera difícilmente controlable, y así ocurre que muchas veces no se sabe si algo pasó o fue imaginado. La memoria se sublima en imaginación, y por eso los testimonios históricos son siempre tan difíciles de valorar. Sin embargo, las obras de pura memoria carecen en general del gran aliento de la ficción. Está ausente de ellas querer elaborar modelo alguno de la vida, en todo caso procuran explicitar uno que se supone está en los recuerdos. Estas obras tienden a la planitud, a la monotonía, al aburrimiento. Esto no debe confundirse con las biografías, que son mucho más hijas de la ficción que de la memoria, o con la novela histórica. En general el proceso es éste: nos interesa un tema o unos personajes, nos documentamos sobre ellos, elaboramos teorías, imaginamos acontecimientos y, cuando creemos haber dado con un hilo conductor, lo desplegamos empedrándolo de datos. Aquí la imaginación juega un papel esencial.

La dignidad de la ficción viene del hecho de que la imaginación encauzada nos devuelve la vida bajo una nueva forma, haciéndola mucho más visible en determinados aspectos. Esta capacidad para crear una nueva forma o modelo no se somete a pruebas científicas, se somete a la experiencia del autor y del lector, y a su sentido de la vida. La dignidad de la ficción viene del hecho de que la ciencia es incapaz de crear un modelo de vida, como tampoco otras artes, y tampoco la filosofía, tragada por sus propios fundamentos. Los modelos filosóficos del mundo están demasiado abajo como para que jueguen un papel visible en nuestra vida cotidiana que, repito, es nuestro problema.

 

Luis Fernández-Castañeda, 2005.

 

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