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 Los mandatos de la feminidad.  

                                       Por Herminia Luque Ortiz. (Junio de 2007)

   Sed bellas: he ahí el mandato que pende como espada de Damocles sobre el sexo femenino. Es un mandato implícito, con distintos grados de asunción por parte de las mujeres, invisible en las sociedades contemporáneas, pero no por ello con un peso menor: la no formulación lo convierte en omnipresente. En un poderosísimo  mandato, fuera del alcance del juicio y de la crítica racionales.

   Es  un mandato en apariencia universal y atemporal  (a esto  hace referencia  la expresión el eterno femenino) pero que tiene unas raíces históricas concretas en el siglo XVIII (cuando se enuncian sus premisas teóricas) y en el XIX (cuando se incrusta en el complejo económico-industrial[1]). La belleza femenina ha estado mediatizada durante siglos por mandatos y prohibiciones religiosas, no considerándose en modo alguno algo positivo sino, muy al contrario, algo peligroso y que escapaba con demasiada facilidad  de  los límites de  lo permitido por la ley o las costumbres. Impunemente, se evadía del control social que determinadas instituciones (la Iglesia, en nuestro contexto cultural) pretendían.  La belleza de las mujeres (y por ende toda la parafernalia tendente a conservarla, incrementarla o restituirla)  resultaba extremadamente peligrosa, dada su estrecha relación con la sexualidad y los interdictos que sobre ésta pesaban. El estamento eclesiástico se preocupó muy pronto de ella. Incluso antes de estar la Iglesia constituida sólidamente como institución, determinados personajes (como el excéntrico Tertuliano[2]) expusieron la necesidad de un control sobre la parte removible de la belleza femenina (cosméticos y vestimenta) y esta línea tuvo una continuidad pasmosa a través de los siglos.

 Desde sus orígenes, es un mandato vacío porque se hurta en él el substrato ideológico que lo conforma. Se  obvian las funciones del mandato (para qué sirve) y la razón última  (el por qué) de su instauración. Es decir, por qué y para qué tienen que ser las mujeres bellas. Por qué tienen que ocupar una parte sustancial de su tiempo y de sus recursos económicos en ello.

 En  última instancia, este imperativo hunde sus raíces en una concepción de la feminidad determinada por su inferioridad. Las mujeres, dictaminará la misoginia romántica (y aquí sigo a Valcárcel)[3], son seres hechos para el goce del otro. Kierkegaard [4] dirá  “La mujer es un ser que existe para otros seres”; y también “(...) la mujer no tiene vida propia”.

Su único capital social es la belleza. La belleza es el único modo de intervención en lo público y a partir de ella, de una forma u otra, se tejerán sus relaciones afectivas y sus vínculos personales.  La ciencia  del XIX confirmará inferioridad física y mental  de las mujeres  desde sus propios parámetros, estableciendo su sujeción a la especie debida a la  función esencial que tienen: la procreación. Desde este punto de vista, la belleza no es sino el señuelo, una trampa refinada de la que se vale la especie para su perpetuación. La reclusión en el orden de lo natural de las mujeres es la consecuencia lógica. Mientras que al sexo masculino le es propio el mundo de la cultura, lo hecho, lo específicamente humano, el sexo femenino pertenece a la Naturaleza. El discurso misógino decimonónico “creó una esencialidad femenina fantasmática y mantuvo que tal esencialidad era precívica. Una mujer pasó a ser una hembra, una hembra de la especie humana, con lo cual el conjunto del género humano se naturalizó. «Ser mujer» dejó de se reconocido por sus características meramente morfológicas y visibles. Por el contrario se lo convirtió en una esencia intemporal dentro de la secuencia de la naturaleza”, afirma Valcárcel[5].

Durante el siglo XIX se produce esta paradoja: por un lado se lleva a cabo la construcción científica y filosófica de una feminidad inferiorizante, y por otro, recogiendo la herencia ilustrada, surgirán una serie de corrientes de pensamiento que tratan de conseguir una igualdad de derechos entre hombres y mujeres que no es sino la traducción de una igualdad ontológica por encima de las diferencias sexuales. Esas corrientes se etiquetan usualmente como feminismo.

 Llevado hasta sus últimas consecuencias, hipertrofiado, el imperativo estético impide la creación de un proyecto ético autónomo. En nuestra época, encuentra un aliado de excepcional solidez que es el fenómeno del consumismo. Un consumo inmoderado que la publicidad y los modelos que ésta crea fomenta, generando  expectativas, creencias y deseos de difícil satisfacción, dado el carácter voraz, pero sobre todo efímero y circular, del fenómeno publicitario-comercial frente a las potencialidades lineales y de carácter limitado de los individuos concretos (es decir, usted año tras año será más viejo pero la moda será siempre joven y estará representada bellísimos modelos siempre jóvenes; usted tendrá un sueldo o unas rentas limitados a n euros, pero la oferta de moda y belleza es infinita; del mismo modo, usted tiene un solo cuerpo pero las posibilidades del artificio estético son ilimitadas). Un deber “irrestricto”. Así lo ha definido Amelia Valcárcel. Un deber sin límites que, en última instancia, establece unos férreos límites a la feminidad, a la mujer como genérico. Los costos son o la renuncia a la individualidad o la deshumanización, dice nuestra autora.[6]

 El imperativo estético es una de las rémoras que lastra la consecución de cotas  igualitarias (no hay igualdad en las exigencias estéticas de uno y otro sexo) tanto como el logro de metas de autorrealización[7] y de adscripción a grandes tareas de creación  (científica, artística...etc). Es una simple cuestión de “ordo amoris”, de lugar en el que la persona coloca sus energías y su tiempo de forma preferente. Si uno se dedica a en primer lugar a cuidar su figura, su rostro, su vestimenta...con todos los requerimientos imprescindibles según la publicidad, difícilmente le quedará tiempo para nada más. Dicho de otro modo: si madame Curie hubiera estado pendiente de los requerimientos estéticos de su tiempo (de corsé a figurín de moda, de sombrero a botín y  manguito)  con toda probabilidad no le hubiera quedado tiempo  para  descubrir en 1898 que la radioactividad era una propiedad intrínseca del átomo[8]. Por referirnos solamente a los adminículos antes citados, diremos que el corsé dificultaba la respiración e incluso la movilidad, dejando el cuerpo envarado ponérselo y quitárselo requería la ayuda de otra persona, una doncella o un familiar, lo mismo, muchas veces que calzar y descalzar  botas y botines. Estar pendiente de las variaciones infinitesimales de la moda y confeccionarse uno los adornos y los trajes (esa era la finalidad del figurín, pues no existía la ropa confeccionada para su consumo inmediato, hecho característico del siglo XX) era una tarea inacabable, tanto más cuanto más exiguos eran los recursos de la interesada. El manguito, piénsese, era una prenda destinada a abrigar las manos pero les quitaba la posibilidad de todo movimiento o acción: el sueño de un misógino. Y los sombreros, ah los sombreros. Por fortuna fueron barridos del atuendo femenino (y masculino también) desde los años 60, excepto en Gran Bretaña, donde el predicamento de que gozan, sospechamos, tiene razones políticas más que estéticas. Pero convendremos en que cosa tan inútil no se ha inventado en atuendo, sobre todo si nos fijamos en los modelitos llenos de plumas, lazos y flores de fines del XIX, pequeños ecosistemas ambulantes. Madame Curie no hubiera podido dar un solo paso en su laboratorio de la Escuela Técnica Superior de Física y Química ataviada de esa guisa. Conservó las faldas largas, porque ya es difícil prescindir de golpe y porrazo de todas las convenciones sociales; pero en el XIX ya hubo mujeres que se pasaron a los pantalones como George Sand o Concepción Arenal.  O Miss Walker, doctora en el serrallo de Túnez, que se paseaba en Paris con calzones y chambergo. El utilizar esta prenda, como se ve, está ligado a la práctica de actividades consideradas como poco femeninas como la literatura, el derecho o la medicina. Asimismo Mme. Dieulafoy, escritora y arqueóloga fallecida en 1916, había adoptado la indumentaria masculina afirmando «que con faldas y adornos la mujer no podía emanciparse».[9]

 Los requerimientos estéticos en nuestros días, contrariamente a lo que pudiera pensarse no son menores (ni cualitativa ni cuantitativamente) ni menos absurdos que en las postrimerías del XIX . Véase si no lo que refiere Lourdes Ventura en su libro La tiranía de la belleza y en algún capítulo de La mujer placer, obras absolutamente imprescindibles para comprender algunos de los dilemas en los que están inmersos las mujeres de comienzos del tercer milenio[10].

 El imperativo estético está presente, aunque de forma tangencial, en la literatura y subliteratura del XIX donde las heroínas son siempre hermosas y los malvados y malvadas carecen de esta cualidad o al menos se ve ensombrecida por sus deficientes cualidades morales. Sí se hace explícito en textos dirigidos a las mujeres como revistas femeninas o manuales de educación para jóvenes, donde la belleza se considera como un bien en grado absoluto para las mujeres. Y gran parte de los contenidos de esas obras se dedica a las prácticas y los aderezos que tratan de incrementar ese patrimonio femenino.

 En la sociedad contemporánea, nunca es explícito. No es “políticamente correcto”. Del mismo modo que no se habla de “las feas” más que en contextos sociales retardatarios o como expresión de una tradición que se resiste a  morir. Pero no es “políticamente correcto”.

 El mandato se halla disperso en los medios de comunicación de masas en sus distintos soportes, sobre todo en los que usan la imagen como elemento primordial, pero su poder resulta casi omnímodo ya que es el contenido por excelencia de dichos medios.

   El imperativo estético es un mandato de rentabilidad decreciente: carece de idéntica eficacia en los distintos tramos de edad biológica de las mujeres. La  edad biológica, precisamos, no lo es en sentido estricto, pues se halla sujeta a condicionantes históricos: la mujer de treinta años balzaquiana, en el inicio de su decadencia como belleza, nada tiene que ver con las mujeres de ese segmento de edad contemporáneas que en su mayoría siguen siendo solteras, trabajan y todavía no son madres. Con toda probabilidad, esa fémina de la novela estaría más cerca hoy de una mujer de cincuenta años que con una mujer en la treintena (la esperanza de vida de las mujeres en Occidente  se ha duplicado desde mediados del siglo XIX).

   En paralelo, las posibilidades de desvinculación del mandato aumentan con la edad. Quizá por eso las consecuencias de una asunción del mandato sin posibilidades, reales o imaginadas, de cumplimiento (aspiración a ideales estéticos imposibles o superlativos) sean más graves en la adolescencia, pudiendo generar desórdenes mentales o enfermedades y lesiones físicas graves, como son la anorexia, la bulimia, la depresión… etcétera.

   El imperativo estético es uno de los mandatos que funciona como expediente prescriptivo de feminización. Esos expedientes pueden ser simbólicos o materiales; más comúnmente se hallan enlazados inextricablemente como es el caso del atuendo (un complexum material y ficcional en el que es difícil hallar hilos en puridad materiales: por ejemplo, un zapato de tacón no es sólo un zapato de tacón, es un corte estratigráfico de sentidos en el que caben las referencias más dispares).

  Otro expediente de feminización, otrora poderosísimo, ha perdido eficacia: la maternidad. En las sociedades occidentales (o en amplios segmentos de ellas no mediatizadas por preceptos religiosos) es un imperativo relativizado, pensado y decidido. Una combinación de elementos técnicos (médico-farmacológicos), sociológicos (acceso a la educación superior y al trabajo) y culturales (proyectos vitales hedónicos o simplemente antinatalistas) propician decisiones respecto a la no concepción, interrupción de la misma o retraso en la edad de acceso a la maternidad. Aunque fenómenos como el aborto entre adolescentes o la reiteración de abortos en una misma gestante, inducen a pensar en la insuficiencia de ese proceso racional de elaboración de pautas de conducta y elección de metas  personales al respecto. 

   Un tercer imperativo que funciona como expediente de feminización es el moral. Hay que ser buenas. “Niñas buenas” es la expresión que utiliza Clara Coria para describir el estado de infantilización moral de la mujer dedicada a complacer a los demás[11]. Pero la bondad o maldad de las mujeres, señala Carmen Alborch, no deja de ser una apreciación discriminatoria del mundo. Un mundo, claro está, donde los imperativos éticos, las normas morales no han sido prescritos por las propias mujeres.

   El caso paradigmático de la bondad, en nuestras sociedades, es la madre. La madre es el símbolo de la abnegación. Capaz de darlo todo pero negándose a sí misma, renunciando a una parte de sí, muchas veces sustancial. El Diccionario de la Real Academia Española define abnegación como “sacrificio que alguien hace de su voluntad, de sus afectos o de sus intereses”. Alborch habla de esos “fantasmas de bondad” que sustentan “una teoría altruista de la vida que, en el fondo, esconde una profunda dificultad para la gratificación personal. La imagen cultural de la bondad se encarga cuidadosamente de reforzar esta ideología, continuación de la trampa del sacrificio en la cual cayeron nuestras madres”[12].

      El “ser buenas”, es decir, dependientes, sumisas y abnegadas, ha sufrido un desgaste debido a las éticas de corte hedonístico que occidente ha segregado desde el XVIII  paralelamente no tanto a la laicización de sus sociedades como a la creación de espacios inmunes al contenido normativo de la religión (la política, por ejemplo). Pero a veces ha sido sustituido por un hiperrigorismo moral de lectura feminista que ha llevado a la filósofa Valcárcel a hablar de un derecho al mal[13], es decir, de una igualdad ética de mínimos, no a la consecución de metas imposibles desde una prédica de excelencia ética, muy lejos de la mediana aceptable para una sociedad ni de santos ni de ascetas.

   Un nuevo corpus imperativo es el trabajo. Está en trance de convertirse en un nuevo  expediente de feminización. Es posible que dentro de un par de generaciones las mujeres que no accedan al mercado laboral sean “submujeres”, en el mismo sentido que las que accedieron al mercado de trabajo en la década de los ochenta del pasado siglo (caracterizadas por una búsqueda compulsiva de la excelencia personal y profesional) fueron llamadas “supermujeres” pues excedían a lo tradicionalmente pedido a su sexo, a la vez que cumplían con rigor los mandatos de la feminidad. Quizá no sea pensable, más que en un contexto de marginación social, el trabajo no-segurosocial-contribuyente (el trabajo que no paga impuestos y no concede derechos a subsidios de desempleo o pensiones de vejez, el trabajo bajo la única especie rentable) de las mujeres. Y el paisaje de las amas de casa se desdibuje con carácter definitivo.

   Pero el trabajo no equivale exactamente a la autorrealización en el sentido maslowiano del término. Antes bien, en multitud de ocasiones, sobre todo en tareas de escasa especialización o menos vocacionales, apenas si rebasa el escalón ínfimo, siendo el expediente necesario para satisfacer necesidades básicas de alimentación y cobijo y, si acaso, puede erigirse en proveedor de seguridad y sentido de pertenencia a una comunidad. A las mujeres futuras les garantizará la supervivencia, la integración en una sociedad, su no-exclusión pero eso no conlleva, de forma automática, la adquisición de una  igualdad real y no sólo enunciada.

   De una forma ciertamente insidiosa, el trabajo se convierte en una prolongación de las tareas de cuidado y protección de la familia que tradicionalmente tienen asignadas las mujeres. Es  un aspecto más que desarrolla esa “ética del cuidado”, al parecer tan femenina (Carol Gilligan, Victoria Camps han escrito sobre ello). Las mujeres también se encargan de alimentar así a su prole, toda vez que tampoco es necesaria a todas horas su presencia en el hogar, pues sobre todo, cuando los hijos están escolarizados, son las instituciones educativas las que se encargan de esas tareas de cuidado. Más aún, esas tareas se pueden prolongar  en  actividades anejas a la propia jornada lectiva como comedores escolares, aulas matinales, actividades extraescolares...etcétera.

   Y la realidad es que con el trabajo surge otro nudo de problemas: la doble jornada femenina. La doble jornada es el mulo con dos serones, una doble carga insoportable. Ignoro cómo gestionarán las generaciones futuras esta cuestión tan correosa, pero hoy por hoy está intacta, sin solucionar en el seno de una institución en apariencia con igualdad de derechos y deberes como es el matrimonio pero también en situaciones asimilables como lo es la pareja de hecho inscrita en registro o la simple convivencia.

María Ángeles Durán ha escrito precisamente sobre el tema, dándole a su libro por título La jornada interminable. En otro libro[14] realiza un diagnóstico muy certero de la cuestión:

 

La mayor parte de los españoles venden su tiempo en el mercado de trabajo durante un período de cuarenta y cinco años, y a través de esa venta generan derechos suficientes para su automantenimiento y el de los restantes miembros de su hogar durante un tiempo aproximado de setenta y cinco años. Sin embargo, la mayoría de las mujeres asumen un contrato social implícito que las vincula a familias durante toda su vida en la cesión de su fuerza de trabajo, sin límites definidos en el número de horas, ni en el número de días y años. Actualmente, y de modo creciente, las mujeres tratan de mantener con el sistema económico una relación individualizada en lugar de derivarla de los varones de su familia, pero su acceso al mercado de trabajo está muy dificultado por la carga de trabajo no remunerado que se les adscribe socialmente.[15]

 

   El trabajo de los hombres es esencialmente productivo, mientras que gran parte del trabajo de las mujeres es una producción de servicios que no están incluidos en el Producto Interior Bruto; es decir, son un conjunto de actividades no monetarizadas a las que se las mujeres dedican gran parte de su tiempo disponible.

   Cuando se arbitran políticas llamadas de conciliación de la vida familiar y laboral (verbigracia, la llamada “ley de los 100 euros”, 46/2002) las ideas que subyacen a las mismas son las de que el problema de acceder a un puesto de trabajo y tener hijos y cuidarlos es exclusivamente de las mujeres y ellas tienen que arreglarlo, o en su defecto, el estado. Pero el asunto no es competencia de los varones, estando ausente de hecho la idea de un reparto de las tareas domésticas y de cuidado de menores y personas dependientes. Lo cierto es que estas políticas refuerzan las expectativas tradicionales sobre hombres y mujeres [16].No fomentan la igualdad entre hombres y mujeres, dándose la paradoja de que la autorrealización de muchas mujeres a través del trabajo y su compatibilidad con el papel de madre depende  de la explotación de otras mujeres, generalmente de clase baja o inmigrantes. O la explotación de su propia madre, generándose un auténtico “síndrome de la abuela esclava” que ha sido estudiado a la perfección en sus secuelas físicas y psíquicas para estas mujeres mayores que se hacen cargo de sus nietos mientras sus hijos o nueras y yernos trabajan. Un trabajo ímprobo, dada la edad de las implicadas, y por supuesto sin remuneración.[17]

   En nuestro país existe una fuerte tradición de solidaridad familiar; la familia es el auténtico “colchón” que amortigua los problemas y desajustes sociales y económicos que se generan fuera de ella (por ejemplo, el paro de uno de sus miembros; o el precio abusivo de la vivienda). Pero resulta, a todas luces, como institución, inadecuada para subvenir a las nuevas necesidades que nuevas situaciones sociales están creando. Es necesario el reforzamiento la “cuarta pata” del llamado “estado del bienestar”: la que debiera emplearse en el cuidado de los menores aún no escolarizados, las personas incapacitadas o dependientes; o el cuidado de los cuidadores, con programas de ayudas y actividades  alternativas que palien cargas tan onerosas.

      Como señalaban  en un artículo Elena Arnedo y quince mujeres más:

 

(...) probablemente esta sea la última generación de mujeres dispuestas a cubrir con el sacrificio de sus proyectos vitales individuales la intolerable carencia de servicios sociales. La formación de las jóvenes de hoy no contempla ya, ni lo hará nunca más, un proyecto de vida basado en la tradicional cultura femenina de la abnegación. Esta situación no da más de sí.[18]

 

   Algo, desde luego, comenzó a cambiar con la Ley 39/2006 de 14 de diciembre de promoción de la autonomía personal y atención a las personas en situación de dependencia. En el preámbulo de la misma se dice que esa promoción y esa atención son “uno de de los principales retos de la política social de los países desarrollados”. El constituir redes de ayuda a las personas que estén en las circunstancias que enuncia la ley, es una necesidad social de primer orden. Pero también será, digámoslo así, un yacimiento de empleo. No hay que entender esta ley, pues, como una donación graciosa del Estado del Bienestar, sino que hay que considerarla como un reparto más equitativo y justo de los recursos de un país desarrollado (dado que las cargas familiares que tradicionalmente han asumido las mujeres difícilmente van a ser asumidas por terceros)  y una manera inteligente de acercarse a los retos del futuro. Entre ellos, el envejecimiento galopante de la población española. No en vano se habla ya de un auténtico complot de Matusalén[19] .

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                      

 


 

1 No hay que olvidar que uno de los sectores clave de la Revolución Industrial  fue el textil. Nunca, como en el XIX, se habían consumido (ni probablemente jamás se consumirán) tantos metros cuadrados de tela por mujer.

2 Tertuliano. De cultu feminarum. El adorno de las mujeres. Introducción, comentarios, texto latino y traducción de Virginia Alfaro Bech y Victoria Eugenia Rodríguez Martín. Málaga, Universidad de Málaga, 2001. También resulta muy interesante Clemente de Alejandría, El Pedagogo; Madrid, Gredos, 1988, donde lanza admoniciones tan curiosas como la prohibición de horadarse los lóbulos de las orejas “violando la naturaleza”(p.308).

 

[3] Valcárcel, Amelia, La política de las mujeres. Madrid, Cátedra, 1997.

[4]  Citado por Valcárcel, op. cit., 42. También en Kierkegaard, Soren. Diario de un seductor. Arte de amar. Madrid, Espasa-Calpe, 2000. pp.128-9.

[5] Valcárcel, op.cit., p. 26.

[6] Cf. Valcárcel, Amelia. El imposible deber de la belleza. Citado por Romero Pérez, Rosalía. Amelia Valcárcel (1949). Madrid, Ediciones del Orto, 2003.

 

[7] Amparo Acereda Extremiana dice sobre las niñas superdotadas: “Las investigaciones actuales sugieren que, si bien las niñas y las mujeres atractivas tienen algunas ventajas en su desarrollo de adolescentes superdotadas y de ejecutivas hermosas, el énfasis extremo en modelos extremadamente delgadas, la moda y el consumismo exagerado para estar a la última llega a distraer a las niñas en su actividad escolar, lo que puede conllevar asociado la falta de utilización y explotación de sus dotes intelectuales, artísticas y creativas. Y todo ello detrás de una fachada de vacía feminidad”. Acereda Extremiana, A., Niños superdotados, Madrid, Pirámide, 2000., p.166.

 

8  Alic, Margaret. El legado de Hipatia. Historia de las mujeres en la ciencia desde la Antigüedad       hasta fines del siglo XIX. Madrid, Siglo XXI, 1991.                            

[9] Citado por Concepción Núñez Rey en su libro Carmen de Burgos Colombine en la Edad de Plata de la literatura española, 2005;  Sevilla, Fundación José Manuel Lara, p. 415.

 

10 Ventura, L, La mujer placer, Belacqua, 2004; y Ventura, L, La tiranía de la belleza, Barcelona, Plaza y Janés, 2000.

[11] Citado por Carmen Alborch en Malas, Aguilar, 2002, p.163

[12] Ibídem, p.99.

[13] Cf. Valcárcel, Amelia. Sexo y filosofía. Madrid, Anthropos, 1994,  p.153 y ss.

[14] Durán, María Ángeles. Si Aristóteles levantara la cabeza. Madrid, Cátedra, 2000, p.98.  Asimismo, María Ángeles Durán ha publicado con posterioridad El valor del tiempo, Espasa-Calpe, 2007.

 

[16] Así lo afirman  María Bustelo y Elin Peterson en el artículo Conciliación y (des) igualdad. Una mirada debajo de la alfombra de las políticas de igualdad entre hombres y mujeres. Revista Somos, nº 7, primavera 2005.

 

[17] Antonio Guijarro Morales, en el segundo capítulo de su libro, describe el síndrome que padecen estas mujeres perfeccionistas y entregadas que no reivindican nada para sí, y señala entre sus manifestaciones clínicas la hipertensión, las molestias paroxísticas, el cansancio extremo, las caídas fortuitas, el malestar general indefinido, la tristeza y el desánimo, el descontrol de los padecimientos metabólicos, el dolor crónico y la autoinculpación. Guijarro Morales, Antonio. El síndrome de la abuela esclava: pandemia del siglo XXI. Granada, Grupo Editorial Universitario, 2001.

 

 

[18] Elena Arnedo, Cristina  Alberdi, Inés Alberdi, Carmen Alborch, Duca Aranguren, Milagros Candela, Elvira Cortajarena, Patrocinio de las Heras, Rosa Escapa, Pilar Escario, María Teresa Gallego, Teresa Riera, Marta Rodríguez Tarduchi, Amparo Rubiales, Ana María Ruiz Tagle y Françoise Sabah firman el artículo No da más de sí. El País, 9 de noviembre de 2002.

 

 

[19] Cf. Franz Schirrmacher, El complot de Matusalén. Madrid, Taurus, 2004. 

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