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Algunas cuestiones acerca de la docencia y la sociedad actual

(Por  Pablo A. Martín Bosch. Aritz). Diciembre de 2004

 

 

 

Tengo la suerte, o la desgracia, de ser a la vez padre de una criatura encantadora (así me lo parece), y profesor de instituto o domador de fieras, como se prefiera. Dicho esto quisiera comentar varios episodios, anecdóticos, eso sí, que me han tocado sufrir de un modo directo y que, aunque sesgada, puede darnos una idea del tipo de criaturas con las que nos enfrentamos.

 

Primer caso: me encuentro en un centro de Arratia, mi primer año de docencia. Atraviesan la sala de profesores un docente y su alumna. El primero con rostro severo mientras la segunda va riéndose. Entran al despacho de dirección. Pasa el tiempo. Salen igual que han entrado. El caso es que la alumna va a la academia, se aburre en clase y canta, por lo que ha sido expulsada varias veces. Por fin se decide llamar a los padres. La madre se siente incapaz de controlar a su hija. Decisión final: o llamar al padre, o formar un coro.

 

Segundo caso: Atravieso la plaza del ajedrez en Areeta. Me detengo y un niño montado en bicicleta se para a mi lado y me escupe. Estupefacto observo las reacciones de los adultos, esperando sobre todo la bronca de sus tutores. Al contrario, el niño vuelve y repite la acción. Yo le sigo, él deja la bici y se refugia entre las faldas de su madre. Me acerco. Cuento la situación y, ante la indiferencia de ésta le abronco al infante. Respuesta: gritos enloquecidos de la madre en mi contra.

 

Tercer caso: También en Areeta, veo atravesar la carretera a dos mujeres entretenidas en su conversación. Detrás, una niña de unos tres años va sola y hace lo mismo. La cojo del brazo y, ya junto a la pareja, le digo a la madre algo así como que se le ha perdido su hija. Conclusión: la madre me mira como si hubiera caído de Marte.

 

Cuarto caso: Una vez más en mi pueblo, Areeta. Vuelvo de recoger un paquete en Correos. Hacia mí se acercan lo que creo son la abuela, madre e hijo de unos cuatro años. Éste, al pasar junto a mí, le da un golpe a la caja. Me vuelvo y le digo ya te vale en dos ocasiones, lo que hace detenerse a las dos mujeres. Respuesta: la madre me pregunta ¿Acaso te ha hecho daño?.

 

Quinto caso: Tras muchos, muchos años de docencia me encuentro en el Txorierri. Un alumno no se presenta al examen final, ni justifica sus faltas, ni entrega trabajo alguno. Suspende la asignatura. Respuesta de la madre: preguntar por qué ha suspendido y, al razonárselo, presentar un pleito que ha durado cerca de dos años, incluyendo juicios y toma de postura por parte del Ararteko, además de comunicados en prensa.

 

Sexto caso: ni siquiera voy a mencionarlo, ya que la lista sería bastante larga y sólo referida a mi experiencia, ¿Qué no decir de aquellos que conozco por segundas manos?

 

Conclusión: los padres y madres justificamos cualquier actitud de nuestros hijos de cualquier modo, incluso recurriendo a los tribunales; no queremos reconocer que mientras con los docentes pasan, en ocasiones una o dos, o cuatro, e incluso si son pequeños hasta veinticinco horas a la semana con nuestros hijos, somos los padres y madres quienes, a partir del final del horario escolar tenemos una responsabilidad directa con ellos, a pesar de que lo deleguemos en las actividades extraescolares, siendo copartícipes en su educación escolar. No, preferimos culpar al colectivo docente (cuya función, no se olvide, es enseñar matemáticas, o física, o filosofía, o lo que sea, pero no urbanidad o comportamiento, que se aprende en casa) de nuestras propias faltas. ¿Es esto justo? Yo, al menos en la medida de mis posibilidades, prefiero escuchar al tutor o al profesor antes de emitir un juicio, y eso en tanto padre.

 

Por último, me molesta sobremanera observar el tratamiento que recibimos en tanto docentes en anuncios televisivos u otros medios, donde las clases son aburridas, los profesores tontos y los alumnos pueden hacer lo que quieran (y no voy a centrarme en el uso de la telefonía móvil, que nos llevaría más lejos).

 

Solo espero que estas anotaciones sirvan de reflexión para algunos.

 

 

Pablo A. Martín Bosch. Aritz.

 

 

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