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¿Se debe disfrutar de la vida?

 

Respuesta-comentario a Ricardo Ricci

 

La Caverna se complace en invitaros a intervenir con vuestras anotaciones, que serán publicadas en un color diferente. Sobre un primer texto, las glosas se irán destacando poco a poco hasta que quizá cubran, como en palimpsesto, un original sin originalidad.

 

Luis Fernández-Castañeda, Madrid 24-2-2000: texto en negro.

 

Mónica Gómez Salazar, Barcelona 25-2-2000: texto en rojo.

A una amiga que se cree judía

 

El hecho de estar vivo es ya una causa de placer si asociamos a ello la sensación de bienestar orgánico, como cuando nos levantamos después de haber dormido mucho y encontramos que nuestro cuarto de estar sigue en su sitio, así como el resto del mundo. Pero si a continuación caemos en la cuenta de que se acaba de morir nuestro padre, o nuestro marido, o que nos han diagnosticado una enfermedad mortal, entonces nuestro placer se esfuma. Hay pues, ocasiones, en que es imposible disfrutar de la vida. La tesis que yo propongo es que en ninguna ocasión se puede disfrutar de la vida mientras se mantenga la conciencia (tesis que hoy dejaré en suspenso) pero, más aún, que la vida no es para disfrutarla. En efecto, el keep smiling se apoya en un mundo del que no somos más que lamentables piezas que se tienen que autolubricar con la sonrisa para seguir funcionando. Hoy parece casi un crimen no disfrutar de la vida, y todo el mundo parece tener las ideas muy claras acerca de que la vida, en cualquier caso, más allá de todas las dudas, hay que disfrutarla. Yo envidio a esos que de alguna manera viven o creen que viven felices, me pregunto cómo lo hacen, me gustaría encontrar el secreto –mera curiosidad- para acceder a esa eterna felicidad que tanto exige la sociedad actual y por la que se supone que tanto se esfuerza aunque no se lo crea ella misma ni por un segundo. Quien no lo haga, no sólo peor para él, no sólo es un imbécil, sino que encima amarga la vida a los demás. ¡Ya pasaron las edades en que la vida se tomaba en serio! No sé si influidos por Nietzsche o por la propia "lógica" del sistema productivo, ya no se oye a nadie hablar de ideales, de esfuerzos sostenidos, de compromisos inquebrantables. Se tiene la sensación de que nada de eso es ya posible, y la gente no se toma en serio su propia vida: ni sus esfuerzos, ni sus compromisos, ni sus quereres. Digamos que se tiende a quitarle hierro al asunto, a despojarlo de dramatismo, lo más condenable de una persona según el metro social, es permitirse una etapa de depresión, eso no obedece a nuestro líder, hombre "agresivo y enérgico con ambiciones políticas" (como dice la canción) competitivo e inquebrantable del siglo XXI; hombre solo de sí mismo, deleznable como el polvo de los buroes que va de aquí a allá exterminado en un momento por cualquier simple y corriente líquido limpiador. a convertirlo más bien en un divertimento, algo ligero, a veces frívolo. Y no es extraño. Espoleados por un tren de vida imparable, con la certeza de un mundo que avanza por su cuenta, nos sentimos orillados por la historia. Primero fueron los grandes individuos los que quedaron rebajados en sus pretensiones de relevancia histórica. Luego le ha tocado el turno a las masas, que la han perdido aunque aún no lo sepan. ¿Y qué queda? Queda esto: nosotros mismos, poca cosa, espuma zarandeada ola tras ola, hombres que han perdido toda aspiración seria en la vida y lo único que se pueden aún plantear es "disfrutar de la vida", aspiración que suena a jubilación anticipada. Pronto se llenarán los países más desarrollados de ancianos afables, afables en apariencia si no lo están ya.

 

Se plantea disfrutar de la vida el que ya no tiene nada que hacer en ella, el que acaso no tiene nada mejor que hacer en ella, no la tiene que luchar, que enfrentar, que rivalizar. Nada peor que la indiferencia, la desocupación, la inapetencia el que sobra, el que no puede hacer otra cosa. Disfruta de la vida, por contra, una pequeña parte de la población mundial. Muy pequeña parte. Se quiere, pero no se puede. De modo que no deja de ser retórica la pregunta sobre qué es disfrutar de la vida, porque lo que se pregunta en realidad es: dadas nuestras condiciones de vida ¿cómo podemos vivir de modo que nos merezca la pena vivir? Si es mejor jugar al golf o escalar montañas, la coca-cola o la pepsi-cola, son cosas que a nadie le interesan fuera de una conversación ocasional.

 

De modo que nuestra pobre población mundial se plantea qué es disfrutar de la vida, pero no puede disfrutar de la vida; cree disfrutar de la vida, y sólo está royendo unas migajas; el norte se cree perdido y se pregunta dónde está el norte, y no lo encuentra.

 

En lugar de todo ello, haríamos mejor en plantearnos cómo vivir dignamente, a la altura de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser, y no dejarnos tentar por disfrutes de la vida que nadie sabe en qué consisten, o que nos resultan inalcanzables. La dimensión relacional, básica para que exista disfrute, nunca se gesta si no hay un medio M en el que se relacionen A y B. Ese medio son los ideales, los valores, lo único que puede unir a la gente. Se da la paradoja entonces que sólo los que no pretenden disfrutar de la vida son los que la disfrutan. Cuando más se afana uno por algo, más se le escapa; el que en su desvelo concentra toda su atención en eso de lo que quiere huir, al final, encarará su destino. Pero a estos, precisamente, es a los que menos les importa disfrutar de la vida. Imagínense ustedes a Jesús bajando de la cruz para disfrutar de la vida. ¿Qué Jesús sería ese? ¿Es que estamos locos?

 

No hay duda de que el proceso de secularización, que detectamos desde el Renacimiento, ha llevado a una idea lúdica de la vida, pero tampoco hay duda de que esta idea no está a la altura de la vida. Ahora bien, ¿dónde están esos ideales, esos valores, aquello por lo que merece la pena vivir y desvivirse? Si ya no hay de eso, entonces la idea de disfrutar de la vida queda al descubierto como una pura añagaza, un lamentable sustituto de lo insustituible, un pequeño consuelo de tontos. Pero... ¿han desaparecido esos valores? ¡Miremos en torno nuestro y miremos detrás de nosotros, en las pasadas generaciones! Existe sin duda hoy la nostalgia por los pasados ideales y valores, pero existe algo más: esa nostalgia no puede -no debe- ocultar el hecho de que ese pasado nos habla hoy de una forma distinta y nueva. Es la sorpresa -maravillosa y terrible- de que hay algo que no ha pasado. Y si algo en el pasado no ha pasado, algo nos pasa, y algo aún nos puede pasar. En esta esperanza humilde convergen los "pasados" ideales y valores. Que nadie se engañe: a los muertos no hay quien los levante ... excepto si de ellos no acabó muriendo todo. Eso es lo que tenemos que saber porque dará la medida en que nosotros mismos estamos vivos. ¡Qué lejos queda ahora el disfrute de la vida, qué poca importancia tiene, qué cosa tan clara que siempre será algo dado por añadidura! ¿Se trata del opio o conformidad que el hombre suele confundir con lo que Dios promete... "Porque todas estas cosas las buscan las gentes del mundo, pero vuestro Padre sabe que tenéis de ellas necesidad. Vosotros buscad su reino, y todo eso se os dará por añadidura." San Lucas 12: 30-31 "Porque donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón" San Lucas 12:34 "Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta". San Mateo 6:26 "¿Quién de vosotros con sus preocupaciones puede añadir a su estatura un solo codo? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Aprended de los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan. Pues yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos." San Mateo 6:27-29 O debido a estas sentencias de Dios es que el hombre se afana por buscar la felicidad y sin embargo no hacer nada o casi nada por de verdad ser feliz? La felicidad no es cosa de carcajada diaria, no es achacarle esa libertad -de escoger- a Dios o al destino, no es ni siquiera tranquilidad, placidez.

 

Felicidad puede ser más bien el intento -mejor dicho- el esfuerzo, gran esfuerzo del hombre por superarse a sí mismo en su continua adaptación al cambio, las transformaciones y movilidades de su existir, de tal suerte que un hombre deprimido puede ser mucho más feliz que otro que viva fanfarronamente en plena risotada. Que sea la felicidad más un esfuerzo por no esforzarnos en ser felices que por desgastarnos en la exigencia superflua por serlo. En este sentido tal vez lo que más valga de disfrutar la vida sea desechar la misma idea de disfrutarla, porque al obsesionarnos por ese único pensamiento siempre estaremos disconformes con los parámetros que según nosotros miden lo que es disfrutar la vida, ser feliz. Esos parámetros nunca coincidirán y por lo tanto nosotros seremos seres inevitablemente resistidos y desaprovechados, como a juzgar por la realidad humana general somos.

 

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