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Los dioses del cotidiano

Por Héctor Valle. Montevideo (Uruguay). Octubre de 2003

 

 

Introducción

 

Nosotros vamos en pos de la felicidad. En esa búsqueda, reconocemos que el hombre y la mujer común son protagonistas del presente, en tanto luchan y consiguen aquello por lo cual otros siquiera se atreven, al atender el hoy, el de ellos y el de los suyos, en unidad, sin estridencias pero con determinación, sorda y simple, sana y proyectiva; verdadero testimonio de fe en la majestuosidad de la vida, desde una existencia vivida en lo abierto, para con los otros.

 

Según recordamos, la libertad es una dimensión de la naturaleza del hombre que nace y subsiste en la interioridad del individuo. Esto es, podemos hacernos libres a través del ejercicio de la responsabilidad que, lejos de hacer lo que queramos, conlleva la realización de nuestras potencialidades benéficas, basándonos en el respeto para con el Otro, nacido de una comprensión que tuvo lugar en el silencio interior de nuestro ser. Tal comprensión propicia la escucha atenta como paso previo al reconocimiento del Otro, dando curso así al principio de reafirmación del ser donde la esencialidad de nuestra condición humana se despliega en lo societario y pasa de individuo a persona, de un ego aislado a un yo comprometido: Yo y Tú.

 

Luego, la libertad no es una facultad abstracta, o sea, algo que tenemos o no tenemos. No. Sólo es factible hablar de libertad en relación a un individuo, en una situación dada. La libertad se expresa en la arena de lo cotidiano, en cada una de las acciones que emprendemos –o no- en las cuales se juega y nos jugamos a ser, en un contexto ético y moral, solidarios y responsables: hacedores de nuestro presente.

 

Dije presente y no actualidad; digo permanencia y no transitoriedad. Afirmo, entonces, que mis convicciones más profundas deben ser sopesadas y puestas en la fragua de mi responsabilidad para con el Otro. Lo que nos lleva a ser coherentes (y no quedar meramente en el intento) entre lo que pensamos y aquello que hacemos, evitando no sólo aproximaciones a lo esquizoide sino celebrando en nosotros mismos la práctica del rigor y de la apertura.

 

En esta vecindad que, especialmente, los latinoamericanos pueden recrear desde lo virtual, conversaba con un amigo respecto de aquello que uno toma como norte en el camino de la vida: la escucha atenta del Otro, la búsqueda cotidiana y permanente de la comprensión ante la realidad que nos circunda para poder adentrarnos en la corriente misma de la vida que fluye y se transforma a cada instante.

 

Así, pues, estos apuntes pretenden ser un discurrir entre vecinos para con el mundo, cercano y lejano, donde reencontrar la esencia del ser ético junto con una responsabilidad que, aclaradas ya nuestras convicciones, nos permita emprender la búsqueda atenta de un mañana donde la dignidad tome o retome un lugar destacado en el diario vivir de la gente, porque discurrir por discurrir es tanto como crear rizos culturales que sólo sirven para decorar la nada y de cuya lectura atenta podrá advertirse la huida de la realidad, que son y promueven. Por eso, lo del vecindario.

 

Así, pues, nos detenemos y lo hacemos a la manera de citadinos latinoamericanos: en la esquina de una cuadra; para poder divisar más y mejor el vecindario y de ahí, luego de una mirada interior, ver en derredor sin prisa y abarcadoramente, pudiendo entonces ir en busca que mueve y conmueve: el Otro, el desconocido, el que está a la vuelta de la esquina o allende el horizonte.

 

Visitaremos a queridos amigos y maestros, valiéndonos de sus expresiones para sopesarlas y comentarlas al tiempo que buscaremos una armonía desde un pensar que a la postre nos permita regresar desde la esquina al hogar y a su calor, mirando ese fuego que nunca decae en tanto espíritu activo al dar voz al Otro, comprometiéndonos más y mejor desde nuestro lar pero en apertura al mundo pues en él estamos y extranjeros, en puridad, podemos serlos todos y cada uno de nosotros, de no mediar una razón sensible que nos aproxime en la esfera de lo público, al principio dialógico.

 

Así y todo, mirando hacia afuera y hacia adentro digamos quiénes nos acompañarán en esta travesía del espíritu: Martín Buber, Etienne de La Boétie, Emmanuel Lévinas, Jacques Derrida y, hacia dentro, en este vecindario en el que permanezco a sabiendas y con ganas: Montevideo.  Desde aquí, al tener a mi frente la vasta pradera, percibo más claramente cómo la cotidianeidad va haciendo su curso en nuestra vida, la propia y la de nuestros pueblos.

 

 

Realidad

 

Como afirma Paul Virilio[i], el mundo está antes, dentro de nosotros que fuera. Pero si realmente está fuera, en la geografía y en el espacio-mundo, también existe a través de mi conciencia del mundo. Por consiguiente, la medida del mundo es nuestra libertad. El tener conciencia de la vastedad de nuestro mundo, aunque no nos movamos de él, es un elemento de la libertad y de la grandeza del hombre. Por contraposición a esto, la amenaza es tener en nosotros, en nuestra mente, un mundo reducido.

 

Se nos dice que la realidad es la percepción, la conciencia de una sensación a la que se llega a través de un proceso psicofísico por el cual la persona transforma los estímulos en objeto sensible conocido. Sensación y percepción devienen en receptoras y efectoras de un mismo proceso del conocimiento sensible, razón por la cual es esencial a la percepción la toma de la realidad en tanto totalidad. Realidad como lo no aparente, lo no ilusorio, lo que pertenece a nuestro mundo, existiendo en el espacio-mundo.

 

 

 

 

Maestros y amigos

 

Nadie como Buber, a nuestro entender, ayudará a ubicar el tono de este encuentro:

 

La palabra dialógica, cuando opera no necesita saber alguno ni, incluso, palabras. Por más que el diálogo humano tenga su vida propia en los signos, en la palabra y en el gesto, aun así puede existir sin signo y, sin duda, no en una forma que pudiera ser objetivamente comprendida.[ii]

 

Esto es, puede perfectamente darse el caso de dos personas que, coincidiendo en un mismo tiempo y espacio, así no se conozcan, si existiera la disposición de uno de estar abierto llegaría tanto él como el otro franqueándose a un instante de comprensión y entendimiento. Y esto no es elucubración sino una posibilidad cierta en nuestras circunstancias, en estas nuestras atmósferas en donde la prisa nos es ajena –aunque tantas veces debiéramos y debamos repensar y ser críticos respecto del exceso de quietismo- y al darse -y darnos- un tiempo propio, no buscado ni perseguido, en la calma de un respirar armónico, la apertura hace lo suyo y la palabra dialógica aparece.

 

La filosofía primera es una ética. Hay que comprender que la moral no se añade como una capa secundaria, por encima de una reflexión abstracta acerca de la totalidad y sus peligros; la moralidad tiene un alcance independiente y preliminar.[iii]

 

Pensar, reflexionar, argumentar y accionar, junto CON el Otro, de cara a la vida misma, en unión fraterna, desde el llano y sin ambages. Ser, en resumidas cuentas, aprendices de la Vida y de lo trascendente que ella tiene, en virtud de la mejor condición del ser humano: la de estar en comunidad, participando activamente por una mejora sustantiva de la dignidad que es el rostro de la libertad, al ejercer nuestra responsabilidad, personal y colectiva, en la sinfonía humana que nos toca participar, temporal y modestamente.

 

El problema de todo grupo humano es cómo convivir con lo que no se tolera del otro. Para amar hay que renunciar a ese yo de la omnipotencia narcisista infantil, que se basta a sí mismo y reconocer que somos parte de y con los otros. A su vez, digamos aquello que suele producir escozor: solemos tener miedo a nuestra propia libertad porque implica, entre otras cosas, el equivocarnos al ejercerla. El proceso de individuación y la consiguiente libertad que trae consigo, implican, necesariamente, soledad y angustia por el encuentro con uno mismo y con los otros; pero el camino supone un tal sufrimiento, del que no podemos evadirnos en tanto queramos tener un conocimiento de nosotros mismos lo suficientemente adecuado como para poder vernos en el espejo y avanzar a partir de ahí en una senda de vida plena.

 

 

 

 

 

 

De la servidumbre voluntaria

 

Con tan sólo 18 años de edad, Etienne de La Boétie redactó el discurso de la servidumbre voluntaria[iv], en el que ubica a la costumbre, como su primera razón de ser. Aquella costumbre que, una vez adquirida, le resulta al hombre imposible despertar. Ya sometido, el individuo cae prontamente en el olvido de su libertad, perdiendo el ardor y el arrojo para afrontar con dignidad los contratiempos derivados del ejercicio abusivo y/o discriminatorio del poder, dejándose atrapar por aquellos placebos que le adormecen y embrutecen.

 

Luego, la cadena de complicidades que el poder establece entre gran número de individuos de una sociedad, garantiza la continuidad de aquel ejercicio del poder que torna inviable a la libertad, al contar, indignamente, con la aquiescencia y complicidad de una red de personas que de una forma u otra, integran aquel entramado, no activa sino pasivamente.

 

Son los adormecidos, los contestes, los que reptan o medran en busca de dádivas o que, simplemente, aplican el tristemente célebre: “No te metas” y continúan leyendo las notas sociales del periódico.

 

Digamos que para el amigo de Montaigne, la relación dominación-servidumbre no se realiza sólo en la sociedad constituida, sino y particularmente en la intimidad de la conciencia y, en especial, de nuestra conciencia moral, a fin de que la dignidad, el respeto y el ejercicio irrestricto de los derechos humanos sea como el respirar para los niños; los nuestros y los de aquellos: todos, al recordar que la moral comienza en el hombre y en la mujer singular.

 

Veamos ahora cómo Lévinas nos aproxima, más aun, al meollo del asunto:

La lucidez -.apertura del espíritu sobre lo verdadero- ¿no consiste acaso en entrever la posibilidad permanente de la guerra? El estado de guerra suspende la moral (...) La guerra no se sitúa solamente como la más grande entre las pruebas que vive la moral. La convierte en irrisoria. El arte de prever y ganar por todos los medios la guerra –la política- se impone, en virtud de ello, como el ejercicio mismo de la razón. La política se opone a la moral, como la filosofía a la ingenuidad.[v]

Esto puede crearnos una duda si por política tomamos sin más esta definición, salvo que convengamos en que nos habla de un tipo de política y nosotros buscamos recordar la acción política de la persona, tal como la refiriera Hannah Arendt refiere[vi] a su hacer en la esfera de lo público donde podrá dar todo de sí en relación con los otros y por una condición humana más plena en libertad, con dignidad en tanto se de lugar una igualdad de oportunidades que permita tal expresión.

 

 

 

 

 

 

 

 

El rostro

 

Pero Lévinas, para quien la cosa pasa por hacer algo por el otro sin importar quién ni cuándo aparezca –sin esperarlo siquiera-, aporta, seguidamente, expresiones que no sólo aclaran lo anterior sino que lo amplían y realzan:

 

La política debe poder ser siempre controlada y criticada a partir de la ética. (...) Es en la ética, entendida como responsabilidad para con el otro, así, pues, como responsabilidad para con lo que no es asunto mío o que incluso no me concierne; o que precisamente me concierne, es abordado por mí, como rostro.

 

Detengámonos un instante para repasar lo dicho sobre el rostro, pues merece ser pensado y asumido siendo que, como dijéramos, el diálogo comienza mucho antes que el acto de habla: principia en el rostro o quizá, ya en la mera presencia cercana aunque aun no próxima.

 

Dice Lévinas respecto del rostro:

 

El acceso al rostro es de entrada ético. (...) Ante todo, está la derechura misma del rostro, su exposición derecha, sin defensa. La piel del rostro es la que se mantiene más desnuda, más desprotegida, La más desnuda, aunque con una desnudez decente., La más desprotegida también: hay en el rostro una pobreza esencial. El otro es rostro.

 

Lenguaje primero, el de la vista y la percepción directa del rostro del otro, desnudo en defensas que lo cubran, para mostrarse sin más, franqueando una mirada interior y abarcadora. Es tiempo de proseguir rumbo al compromiso inicial y sustantivo:

 

Es en la ética, entendida como responsabilidad, donde se anuda el nudo mismo de lo subjetivo. Entiendo por responsabilidad para con lo que no es asunto mío o que incluso no me concierne; o que precisamente me concierne, es abordado por mí, como rostro. (...) Decir: heme aquí. Hacer algo por otro. Dar. Ser espíritu humano es eso. (...)La relación intersubjetiva es una relación asimétrica. En este sentido, yo soy responsable del otro sin esperar la recíproca, aunque ello me cueste la vida. La recíproca es asunto suyo. (...) El yo tiene siempre una responsabilidad de más que los otros.

 

Es en la fragua donde al colocar los metales impuros junto con los otros, lograremos forjar aquel carácter tan claro como profundo tan abierto como activo. Poder recrear en comunidad, nuestra identidad primera, la que nos diferencia respecto del prisma desde el cual vemos el mundo pero que nos aproxima al Otro al conjugar, así lo pretendemos, el verbo primero: Ser. Un ser tan ético como moral que tiene en consideración a su circunstancia como motivo y no mero complemento de vida, un ser que busca la relación no con el Ello sino para con el Tú. Un ser que no se cosifica sino que trasciende las pequeñas e ilusorias fronteras de un ego, para transformar y enriquecer en unidad con otros, la realidad que lo conmueve.

 

 

 

Interioridad

¿Qué queremos significar al hablar de interioridad? Veamos la definición levinasiana:

La interioridad(...) no es un lugar secreto en cualquier parte de mí. Es ese vuelco en el que lo eminentemente exterior, precisamente en virtud de esa exterioridad eminente, de esa imposibilidad de ser contenido y, por consiguiente, de entrar en un tema, infinita excepción a la esencia, me concierne y me cerca y me ordena por mi misma voz. Mandamiento ejerciéndose por la boca de aquél al que manda, lo infinitamente exterior se hace voz interior, pero voz que testimonia la fisión del secreto interior, haciendo signo al otro. Signo de esa misma donación del signo. Vía tortuosa.[vii]

El sentido y significado de nuestras vidas comienza en la interioridad de nuestra conciencia. Hay sentido cuando permitimos que exista un mensaje que pueda ser entendido al poseer la clave para traducirlo; y hay significado cuando el contenido tiene hondura, es decir, posee aquella “masa crítica” que tiene la persona que vive la vida de los vivos, al estar a la escucha del Otro, pudiendo, entonces, conocer la clave de vida: comprensión y reconocimiento.

 

 

Comprensión y reconocimiento

 

Vanidad: Las ansias, supuestas o ciertas de ser o pretender ser “pensadores profesionales”, como irónicamente decía Kant, puede llevarnos a equívocos que trastoquen definitivamente tal pretensión.

 

Por de pronto, propongo visitar a Hannah Arendt; y digo Hannah, puesto que ella hacía cuestión de no ser  etiquetada, sea como pensadora, filósofa, así como tampoco se ocupaba de dar paz a quienes querían se expresara, políticamente, por la izquierda o la derecha. Ella tan sólo fue una mujer sin par y una persona comprometida con su gente (las gentes) y con su tiempo (un mundo sin prisas ni huidas), habiendo transitado su vida de cara al viento.

 

Esta gran mujer que dio el siglo XX, enseña[viii] que podemos empezar preguntándonos qué significa el pensar para la actividad de actuar, porque básicamente uno está interesado en comprender como otro lo está en hacer. Del equilibrio del pensamiento y de la acción, entre el que piensa por sí mismo y el que actúa grupalmente, está -como alega Hegel- la reconciliación del hombre como ser pensante y razonable, porque para pensar uno debe tomar cierta distancia en tanto la acción política se da como grupo, en donde uno tuvo en lo previo ocasión de pensar por sí mismo.

 

Hannah se planteaba que si nos limitamos a conocer, pero sin comprender, aquello contra lo que nos batimos; conocemos y comprendemos aun menos para qué nos estamos batiendo. Conviene meditar con cuidado estas palabras: Conocer y comprender no significan lo mismo, pero están interrelacionados; la comprensión está basada en el conocimiento y éste no puede proceder sin una preliminar e implícita comprensión.

 

La comprensión, aduce Hannah, precede y prolonga el conocimiento. La comprensión preliminar, base de todo conocimiento, y la verdadera comprensión, que lo trasciende, tienen en común el hecho de dar sentido al conocimiento.

 

 

Conciencia y autoconciencia

 

En el Midrash (Ex. Rabbá XXI, 10) se narra que cuando Moisés arrojó su bastón al mar Rojo, las aguas no retrocedieron. El milagro sucedió cuando el primer hebreo entró en el mar. No son los milagros, creo yo, los que cambian al hombre, a su corazón; es la persona, somos cada uno de nosotros los que, siendo libres para elegir nuestro camino, debemos aceptar las consecuencias que tal elección suponga puesto que está en nosotros mismos, en la contienda de nuestras potencialidades, en esa suerte de tensión interior generada al operar nuestra conciencia moral, cuya resultancia habrá de signar el camino a recorrer en esta vida.

 

En este sentido, recordamos que Hegel[ix] manifiesta que la autoconciencia es el conocimiento que la conciencia tiene de sí misma, o la representación del yo como objeto conocido por la conciencia, lo que viene a representar, también, el conocimiento del yo acerca de sí mismo.

 

Se infiere que la mente humana no sólo es conciencia porque es capaz de representarse cosas mentalmente, sino porque es capaz, a su vez, de reflexionar sobre lo que conoce mentalmente y sobre sí misma. De ahí entonces, que a esta acción reflexiva se la denomine autoconciencia. Y, como bien añade el amigo de Goethe y de Krause, la autoconciencia sólo alcanza su satisfacción en otra autoconciencia.

 

En la Fenomenología del espíritu, Hegel marca su discrepancia con Descartes al señalar el rol primordial de la intersubjetividad (recordamos la dialéctica amo-esclavo) como mediación imprescindible para el surgimiento de la conciencia de sí mismo.

 

Cuando la conciencia de sí está inmersa en el ser de la vida, excluye de sí misma todo lo diferente. El otro hombre se le aparece como una cosa, y esta cosificación es recíproca, lo que lleva a que las conciencias se relacionen entre sí como simples objetos. La lucha natural por la vida se transforma en lucha espiritual por el reconocimiento. Esto es, sin el otro no hay sí mismo, lo que es igual a decir que el yo sólo aparece por relación a un tú,. A otro yo, a un nosotros.[x]

 

Justicia

 

Antes de encontrarnos con Jacques Derrida y sus artefactualidades[xi], creo de importancia destacar la noción levinasiana de justicia, como aquella piedra de toque que posibilitará una acción en consonancia con lo aquí expresado:

 

La justicia tan sólo tiene sentido si conserva el espíritu del des-inter-és que anima la idea de la responsabilidad para con el otro hombre. (...) Ser humano significa: vivir como si no se fuera un ser entre los seres. Como si, por la espiritualidad humana, se voltearan las categorías del ser en un “de otro modo que ser”. No sólo en un “ser de otro modo”; ser de otro modo es aun ser. Lo “de otro modo que ser”, en verdad, no tiene un verbo que designaría el acontecimiento de su inquietud, de su des-inter-és, de la puesta-en-cuestión de este ser del ente. Soy yo quien soporta al otro, quien es responsable de él. (...) Mi responsabilidad es intransferible, nadie podrá reemplazarme.

 

¿Acaso tal grado de expresividad puede sernos ajeno?

Porque, como enseñara Lévinas -llamado también el filósofo de la alteridad-, el orden mismo de lo humano implica la fraternidad y la idea del género humano, alegando que la presencia del Otro no dificulta la libertad, sino que la inviste, en tanto la esencia de la razón no consiste en asegurar al hombre fundamento y poderes, sino en cuestionarlo y en invitarlo a la justicia.

 

 

Artefactualidad y actuvirtualidad

Vayamos ahora con Derrida quien, allá por el año 1993, hacía hincapié en lo siguiente:

 

(...) Hoy, más que nunca, pensar nuestro tiempo, sobre todo cuando a su respecto se corre el riesgo o chance de la palabra pública, es tomar nota, para ponerlo en práctica, del hecho de que el tiempo de esa misma palabra se produce artificialmente. Es un artefacto.

 

En su mismo acontecer, el tiempo de ese gesto público es calculado, forzado, “formateado”, “inicialado” por un dispositivo mediático. (...)¿Quién pensaría su tiempo hoy y, sobre todo, quién hablaría de él, les pregunto, si en primer lugar no prestara atención a un espacio público, por lo tanto a un presente político transformado a cada instante, en su estructura y su contenido, por la teletecnología de lo que tan confusamente se denomina información o comunicación?

 

Nos introduce en las condiciones actuales de comunicación e incomunicación, en las maneras abiertas o encubiertas de trasmitir o encubrir; de dar -en apariencia-, de presentar a modo de natural ponencia lo que es una puesta en escena preparada y ambientada con un fin distinto al enunciado. Y en este ir y venir de la intención y la palabra, de la seducción y la imagen está, sin duda, la escucha de uno, la atención que sepamos dar a nuestra supuesta realidad en donde, hoy como nunca, el espíritu crítico cobra mayor sentido y profundidad ante la multiplicidad de formas que buscan, directa o indirectamente, el adormecimiento del Otro, en tanto en cuanto se le considera consumidor, o sea, se lo cuantifica y es a resultas de tales propósitos, meramente un objeto, un Ello.

 

Y no lo es sólo por decisión del hacedor de trucos sino y, especialmente, por la propia renuncia a manifestar su esencialidad al no poner de sí una mirada atenta y un accionar que, esencialmente, en lo público de cuenta de su inserción social en el medio en el que le toca vivir y ser. La pasividad, pues, no es “culpa” del otro, sino renuncia propia. Por cierto que tiene graduaciones, matices, pero en su misma esencia, la decisión nos es propia e indelegable. Podemos no ser culpables pero siempre, en mayor o menor medida, corresponsables.

 

Continuemos:

 

(...) Esquemáticamente, dos rasgos (...) designan lo que constituye la actualidad en general. Podríamos arriesgarnos a darles dos sobrenombres generales: artefactualidad y actuvirtualidad. (...) Hegel tenía razón al exhortar al filósofo de su tiempo a la lectura cotidiana de los periódicos.

Hoy, la misma responsabilidad exige también que sepa cómo se hacen y quién hace los periódicos, los diarios, los semanarios, los noticieros de televisión. Sería preciso que pudiera ver del otro lado, tanto del de las agencias de prensa como del teleprompter. No olvidemos jamás todo el alcance de este indicio:cuando parece que un periodista o un hombre político se dirigen a nosotros, en nuestras casas, mirándonos directamente a los ojos, están leyendo en una pantalla, con el dictado de un “apuntador”, un texto elaborado en otra parte, en otro momento, a veces por otros, incluso toda una red de redactores anónimos.

 

Artefactualidad y actuvirtualidad como expresiones otras de la cosificación del hombre por el hombre, manifestaciones de seres para los cuales el Otro es un producto o bien un consumidor para los productos de otros, pero producto en definitiva en tanto entienden puede ser moldeado en gustos y estímulos. Intento de quitarle al otro por vía de un utilitarismo feroz, la condición de ser, en tanto éste, consciente o inconscientemente permite ser despojado y despojarse de su espíritu crítico, recordando una vez más a La Boétie.

 

Pero quienes pergeñan tales actuaciones buscando una artefactualidad, terminan siendo presas de sí mismos y se vuelven prescindibles porque han dejado en el camino el respeto por sí mismos y, consecuentemente, ya no cuenta con una conciencia moral que los alerte: alienados del mundo de lo sensible, pasan a ser meros factores que reproducen estereotipos a ser digeridos por los otros y por sí mismos.

 

(...)“Se necesitaría” una cultura crítica, una especie de educación, pero nunca diré “se necesitaría”, nunca hablaré de ese deber tanto del ciudadano como del filósofo, sin añadirle dos o tres precauciones de principio. La primera concierne a la cosa nacional. (...) En la información, la actualidad es “espontáneamente” etnocentrista, excluye lo extranjero, a veces dentro del país, antes de toda pasión, doctrina o declaración nacionalista, y aun cuando esas “actualidades” hablen de los “derechos del hombre”. (...) Aquí o allá, todavía hoy es de buen tono, como si estuviéramos ciegos a lo que trae la muerte en nombre de la etnia, en el corazón de la misma Europa, una Europa que no tiene hoy otra realidad, otra “actualidad” que la económica y la nacional, y cuya sola ley, tanto para las alianzas como para los conflictos, es la del mercado.

 

Esta visión crítica es válida, creemos, para todo tiempo, si bien cabe aclarar que donde dice Europa –y se estaba refiriendo concretamente a la Europa de comienzos de los noventa, con los conflictos étnicos que en su mismo seno coexistían y muchas veces se soslayaban en su definición y encare, para vergüenza de todos- podría decir América Latina u otro nombre, pues estas “visiones” desde la economía, entendida como mera técnica del lucro y la estadística, y de lo nacional, apelando muchas veces a lo limitativo y reduccionista, campeaban antes y campean hoy por doquier. Todo esto, reiteramos, no quita responsabilidad al ciudadano, más que nunca ciudadano del mundo, sino que le suma razones para dar de sí todo el esfuerzo por asumir su protagonismo en la realidad que lo circunda.

 

(...) Pero la tragedia, como siempre, obedece a la contradicción o la doble postulación: la internacionalización aparente de las fuentes de información se realiza a menudo a partir de una apropiación y concentración de los capitales de información y difusión.

 

Vale decir, lo que todos sabemos en cuanto a concentración, ahora cada vez mayor, dentro de los polos comunicacionales. Hay, sin duda, ejemplos dignísimos que son excepciones a una regla que hoy parece querer mantenerse en el tiempo, salvo que el tiempo es ilusión, como dijera Einstein y la temporalidad del poder es conocida por todos pero a veces los más ignorantes de tal limitación son los poderosos de turno o bien que, por tener el báculo, creen serlo.

 

Procurar una visión tan propia como inteligente, tan humana como abarcadora de las implicancias éticas, morales y materiales, es no sólo deseable sino estimulante para la propia identidad que busca aprender desde lo positivo e inaugural sin caer en el facilismo de sumarnos a la visión única del mundo y su supuesto momento[xii]. Prestar atención a nuestra gente de a pie, a aquellos que en las miserias del cotidiano saben comunicarnos por el boca a boca, no sólo por no tener acceso a medios gráficos o a ciertas señales televisivas sino porque, en el tiempo ellos están, siéndoles ajena la prisa y dando mayor realce a la comunicación inteligente y sensible de la vista y el oído.

Esos que en nuestras calles y en tantos barrios jamás visitados por tantos, van en procura del vecino para atenderle en su soledad o en su enfermedad, no ya con medicamentos sino con una tisana, con un mate, ese brebaje tan propio y fraterno que se presta a ser compartido entre dos o más, al tiempo que la conversación cobra primacía en esos ciudadanos que en esos rostros denotan tantas veces en el dolor y el abandono. Sin hablar de la música, esa musa que tan hondamente cala a toda nuestra América Latina que canta y canta bien, al tener por diapasón, una cordialidad que le es natural, signándola.

 

(...) Otra precaución: esta artefactualidad internacional, esta monopolización del “efecto de actualidad”, esta apropiación centralizadora de los poderes artefactuales de “crear el acontecimiento” pueden ir a la par con un progreso de la comunicación “en directo” o en tiempo llamado real, en presente. El género teatral de la “entrevista” hace sacrificios, al menos ficticiamente, a esta idolatría de la presencia “inmediata”, en directo. Un diario siempre prefiere publicar una entrevista con un autor fotografiado, más que un artículo que asuma la responsabilidad de la lectura, la evaluación, la pedagogía.

Entonces, ¿cómo hacer para no privarse de los nuevos recursos de la emisión en directo (videocámara, etcétera), al mismo tiempo que se siguen criticando sus mistificaciones? Y en primer lugar, mientras se sigue recordando y demostrando que el “directo” y el “tiempo real” nunca son puros: no nos entregan ni intuición ni transparencia, ninguna percepción despojada de interpretación o intervención técnica. Una demostración semejante, apela ya, por sí misma, a la filosofía.

 

Al propender a la mayor y más profunda deconstrucción de la artefactualidad, debemos prevenirnos a su vez contra tal neoidealismo crítico y tener muy presente que con tales acciones estaremos dando pasos firmes no sólo hacia una singularidad y -mejor aún- a un pensamiento de tal singularidad, sino también al poder comprender a través de tales acciones y prospecciones, que la información es, como advierte Derrida, un proceso contradictorio y heterogéneo que sirve al saber, a la verdad y a la causa de la democracia.

 

En estas artefactualidades, la prisa es la protagonista; el supuesto avance noticioso, el adelanto de la noticia, los tristemente célebres noventa segundos para resumir el pensamiento de una decisión que comprende a millones de seres humanos. Y, ¿prisa para qué y por qué? Para dar paso a lo primordial del hombre práctico: el mercado y la comercialización, mediante la penetración mediática generadora de supuestas necesidades, de productos a ser consumidos por quienes creen recibir información siendo la desinformación la que en realidad comprende tal espacio de tiempo y atención del espectador acrítico que luego no procura una segunda fuente de información ya no con la prisa de los famosos 90 segundos en el noticiero central  sino la otra la que abunda en el asunto. 

 

La actualidad, el ritmo

 

Pues bien, en esta reflexión iniciada en un recodo de nuestra cuadra y que nos ha llevado a visitar el vecindario, vale detenernos para acomodar el cuerpo y pensar, en nuestra mente y en nuestra conciencia, un concepto mencionado inicialmente al pasar, y que Derrida destaca en su real significación: la actualidad y sus prismas:

 

(...) Si tuviéramos tiempo para ello, yo insistiría sobre otro rasgo de la “actualidad”, de lo que sucede hoy y de lo que le sucede hoy a la actualidad. Insistiría no sólo en la síntesis artificial (imagen sintética, voz sintética, todos los complementos protéticos que pueden hacer las veces de actualidad real) sino, en primer lugar, sobre un concepto de virtualidad (imagen virtual, espacio virtual y por lo tanto acontecimiento virtual) que sin duda no puede ya oponerse, con toda serenidad filosófica, a la realidad actual, como no hace mucho se distinguía entre la potencia y el acto, la dynamis y la energeia, la potencialidad de una materia y la forma definidora de un telos, y en consecuencia también de un progreso, etcétera. Esta virtualidad se imprime directamente sobre la estructura del acontecimiento producido, afecta tanto el tiempo como el espacio de la imagen, el discurso, la “información”; en suma, de todo lo que nos refiere a la mencionada realidad, a la realidad implacable de su presente supuesto. Entre otras cosas, un filósofo que “piensa su tiempo” debe estar hoy atento a las implicaciones y consecuencias de ese tiempo virtual. A las novedades de su puesta en marcha técnica, pero también a lo que lo medito recuerda de posibilidades tanto más antiguas.

 

Podemos vivenciar esta invitación desde distintos aspectos, sólo que a mí me resulta tan importante como sugerente uno de ellos: El tiempo. Sumado a otro: nuestra capacidad de ver y la distancia que podemos poner o no al acontecimiento tratado o a tratar y para ello, para estos tres aspectos, el tempo marca un antes o un después: el ritmo:

 

(...) Lo último que puede aceptarse hoy en televisión, en la radio o en los diarios, es que en ellos algunos intelectuales se tomen su tiempo, o pierdan el tiempo de los otros. Esto es, tal vez lo que habría que cambiar en la actualidad: el ritmo. Se supone que los profesionales de los medios no pierden nada de tiempo. Ni del suyo ni del nuestro. Cosa que, al menos están seguros de lograr con frecuencia. Conocen el costo, si no el valor del tiempo. Antes de denunciar el silencio de los intelectuales, como se hace habitualmente, ¿por qué no interrogarse sobre esta nueva situación mediática?

¿Y sobre los efectos de una diferencia de ritmo? Esta puede reducir al silencio a ciertos intelectuales (los que necesitan un poco más de tiempo para los análisis necesarios y no aceptan adaptar la complejidad de las cosas a las condiciones que se les imponen para hablar de ellas), puede hacerlos callar o hacer que sus voces queden ocultas bajo el ruido de algunos otros, al menos en los lugares donde dominan ciertos ritmos y ciertas formas de habla.

 

Cuando a un hombre de la pradera, como es mi caso, recibe la invitación de gente amiga de la cordillera para pensar nuestra América Latina, o desde América Latina, uno siente que el tiempo no ha pasado en vano, y que quienes pensaron que nuestros prohombres habían fracasado en lograr un sentimiento de unidad y de identidad regional, se han equivocado. Porque el tiempo es ilusión y la huella queda.

 

Recordaré a un uruguayo, de nombre José Enrique Rodó, quien al visitar Chile en ocasión del centenario de la nación trasandina, allá por septiembre de 1910, manifestó en el Congreso chileno, entre otros conceptos, lo siguiente:[xiii]

(...) Yo debiera ser aquí la voz de un  pueblo. Yo debiera ser capaz de infundirla y contenerla en mi palabra, para transmitiros toda la intensidad de la emoción con que mi pueblo participa de los entusiasmos de este centenario: por que este centenario tiene de americano, y por lo que tiene de chileno.

Por lo que tiene de americano: permitidme que conceda preeminencia a este carácter sobre el otro. Más arriba del centenario de Chile, del de la Argentina, del de México, yo siento y percibo el centenario de la América española. (...) Digamos nosotros que América, la nuestra, la de nuestra raza, principia a ser –como persona colectiva consciente de su identidad.

 

Y dice Rodó, lo que hoy sentimos como ayer:

(...) Yo creí siempre que en la América nuestra no era posible hablar de muchas patrias, sino de una patria grande y única; yo creí siempre que si es alta la idea de la patria, expresión de todo lo que hay de más hondo en la sensibilidad del hombre: amor de la tierra, poesía del recuerdo, arrobamientos de gloria, esperanzas de inmortalidad, en América, más que en ninguna otra parte, cabe, sin desnaturalizar esa idea, magnificarla, dilatarla; depurarla de lo que tiene de estrecho y negativo, y sublimarla por la propia virtud de lo que encierra de afirmativo y de fecundo: cabe levantar, sobre la patria nacional, la patria americana, y acelerar el día en que los niños de hoy, los hombres del futuro, preguntados cuál es el nombre de su patria, no contesten con el nombre de Brasil, ni con el nombre de Chile, ni con el nombre de México, porque contesten con el nombre de América.

Y continua Rodó expresándose tanto de nuestra Patria Grande como de Chile, la Argentina y otros países de nuestra región, sin que haya oposición o contradicción en tanto hablaba desde el alumbramiento, casi, de nuestras nacionalidades forjadas, recordemos una vez más, en un espíritu tan emancipador como abarcador.

 

Por eso, creo yo que si la observo desde mi lado como el que lo haga del otro, este lugar al costado del río –río o estuario, que los montevideanos denominamos mar-  y cercano al Atlántico, la cordialidad mira hacia el intelecto y una razón sensible busca espacio y momento donde dejarse sentir en el pulso mismo de nuestros lugares comunes.

 

Que no se pretende excluir, que no buscamos ni lo nuevo ni lo novedoso, antes bien, pretendemos espejar distintas facetas de un mismo rostro: el del hombre y el de la mujer de a pie. Esa mujer sufrida y relegada de nuestra América para que el hoy -ese hoy que Paul Valéry remarcaba, y Derrida citara y ampliara en un ensayo memorable[xiv]- le sea benéfico en oportunidades ciertas de reestablecer  tanto su dignidad como sus otras potencialidades personales y societarias.

 

La búsqueda de sentido continúa y con ella el estudio del texto derridiano:

 

(...) Ese otro tiempo, el tiempo de los medios, produce sobre todo otra distribución, otros espacios, ritmos, relevos, formas de toma de la palabra e intervención pública. Lo que es invisible, ilegible, inaudible en la pantalla de la mayor exposición puede ser activo y eficaz, de inmediato o en último término, y no desaparecer más que a los ojos de quienes confunden la actualidad con lo que ven o creen hacer en la vidriera de “gran superficie”. En todo caso, esta transformación del espacio público obliga a trabajar, y el trabajo se realiza, creo, se lo percibe más o menos bien en los lugares donde se lo suele esperar demasiado. El silencio de quienes leen, escuchan o ven los noticieros, y también los analizan, no es tan silencioso como parece precisamente del lado en que esos espacios de noticias parecen o se vuelven sordos o ensordecen todo lo que no habla según su ley.

Por ello, habría que invertir la perspectiva: cierto ruido mediático con respecto con respecto a una pseudo actualidad o por otra parte, si se sabe prestar oídos. Es la ley del tiempo, terrible para el presente y que siempre hace esperar y hasta contar con lo intempestivo. Habría que hablar aquí de los límites efectivos del derecho a réplica (por lo tanto, a la democracia); antes que a toda censura deliberada, obedecen a la apropiación del tiempo y el espacio público, a su ordenamiento técnico por quienes ejercen el poder mediático.

 

Hay un silencio que es ensordecedor, del que da cuenta el párrafo antes citado, como hay otro que amerita una escucha atenta y preanuncia claridades interpretativas. Es la diferencia entre un mero hilvanar conceptos y un pensar reflexivo y conciente de la atmósfera que lo envuelve.

 

Ahora bien, un tiempo y sus sensaciones, sea en ritmo y cadencia, como en expresividad, y en las pausas que tales expresividades tienen -sean estas personales o paisajísticas-; en el cual esté considerado o no el Otro en su posibilidad de expresarse y contraponer opinión –sea esta favorable , contraria o complementaria, será tiempo de huida o de crecimiento. Alineación o afirmación del ser en su deber ser, personal y colectivo.

 

También es cierto que en nuestros espacios, en nuestra región y en cada uno de sus millares de vecindarios -citadinos, aldeanos o de los tantos, y progresivamente mayores, sitios periféricos (llámense estos “cantegriles”, “villas miserias”, “asentamientos”, etcétera)-, hay ausencias enormes de capacidad de raciocinio e intelectos capaces de discurrir sobre lo que la “pantalla chica”, como la radio o los medios gráficos exponen, pero ciertamente hay, y esto muchas veces nos negamos siquiera a considerarlo, hay, digo, tiempo, silencio y meditación en la soledad como en la compañía de aquellas charlas que antes citáramos.

 

Lo hay. Hay, si queremos buscarlo y percibirlo, jóvenes que sin medios a su favor y con mucho en su contra, se detienen a pensar y de aquí o de allá, con un grado de creatividad llamativo porque prácticamente no hay “lugares públicos” en tales espacios existenciales y mucho menos bibliotecas, escuelas de Filosofía o interlocutores para contraponer visiones y cuestionamientos.

 

Pese a todo, el pensamiento en nuestra gente está presente porque también, repitámoslo, el ritmo de “nuestro” tiempo, de nuestra manera de ser, es otro. No es el de la prisa sino el que “se toma tiempo”. Pero ¿cuántos habremos que nos dignemos a volver nuestros rostros y poner nuestros oídos atentos a tales pulsiones de vida?

 

Sabido es, reitero, que tal “mensura” del tiempo, característica en nuestra América, es perversa para con la sociedad si la tomamos como la renuncia a un hacer responsable de la persona para con los suyos, familia y comunidad, que busque una independencia al costo de penar y experimentar, previo estudio, iniciativas que tengan presente lo material como medio lícito, que no huyamos de la concepción del lucro como algo ajeno a nosotros y que únicamente un “tranquilizador” empleo, que ya no viene, solucionará todo. Lo sé. Sé de lo negativo que tenemos, pero también comprendo, y reitero, las potencialidades enormes que anidan en nosotros y en los nuestros.

Por eso este andar cansino a través de la palabra, hoy escrita, de pensadores como los aquí expuestos, busca ir al encuentro de una visión de conjunto que permita transitar mejor y más dinámicamente el camino de nuestros tiempos de cara al mundo y no por oposición al mismo.

 

Dice Jacques Derrida, respecto del día presente:

 

(...) Tal filósofo puede ocuparse del presente, de lo que se presenta en el día presente, de lo que sucede actualmente, sin preguntarse, hasta el abismo, qué significa, presupone u oculta ese valor de presencia. ¿Será un filósofo del presente? Sí, pero no. Otro puede hacer lo contrario: hundirse en la meditación sobre la presencia o la presentación del presente sin prestar la menor atención a lo que sucede en el día presente en el mundo o a su alrededor. ¿Será un filósofo del presente? No, pero sí. Sin embargo, estoy seguro de que ningún filósofo digno de ese nombre aceptaría esta alternativa. Como cualquiera que trate de ser filósofo, está claro que ya no querría renunciar ni al presente ni a pensar la presencia del presente –ni a la experiencia que nos los sustrae al dárnoslos.

 

Pensamiento y compromiso, discurrir en aras del Otro, de su encuentro, de un hoy crítico de aquellos lugares comunes que refractan la esencialidad del hombre: su razón y su cordialidad. Tomar distancia para estudiar tal asunto, más no distanciarnos del mismo, so pretexto de un análisis más ponderado, cuando en realidad lo que buscamos es el no-compromiso, la huida ante el pensar que es, en realidad, todo artilugio que lleve a una desvinculación nuestra, desde un supuesto pensar reflexivo para con nuestra realidad circundante.

 

 

 

 

¿Qué quiere decir hablar del presente?

 

(...) Dicho de otra manera, ocuparse del presente, en filosofía por ejemplo, es tal vez no confundir constantemente el presente y la actualidad. Hay una manera anacrónica de abordar esta última que no deja escapar necesariamente lo que hay hoy de más presente. La dificultad, el riesgo o la posibilidad, lo incalculable, quizás, tendría la forma de una intempestividad que llega a tiempo: ésta y no otra la que llega justo a tiempo; (...) no es en los diarios donde más se habla de ese pluscuampresente del hoy. Lo que no quiere decir que eso suceda todos los días en los mensuarios o semanarios.

 

Porque el presente se trata con respeto y mirándolo de frente y no de soslayo ante la prisa por lo supuestamente perentorio. De ahí que estando hoy nuestros pueblos iniciando este nuevo siglo, tengamos la oportunidad de darnos una mirada de esas que se dan en la calma de una tarde sabatina o en la mera espera del otro, amigo o sorpresa, que tan a menudo ocurre en nuestras calles; esas veredas aun decoradas con árboles tan vistosos como dispares en origen y tamaño, como nosotros mismos, el crisol de gentes que habitan esta nuestra América Latina.

Ciertamente la prensa que se da tiempo, permite sea tratado el presente con atención y proyección; estará luego en nosotros todos el atenderlo, el ocuparnos del hoy en toda su vastedad.

 

Por último, recorreremos unos párrafos donde Derrida se extiende sobre la diferancia, en lo que el acontecimiento tiene de singular, una vez que tratamos de aprehender el presente hasta en sus urgencias, éticas o políticas:


(...) “Al mismo tiempo que marca una relación (una ferancia) –una relación con lo que es otro, con lo que difiere en el sentido de la alteridad, por lo tanto con la alteridad, con la singularidad del otro-, la diferancia remite también, y por eso mismo, a lo que viene, lo que llega de manera a la vez inapropiable, inopinada, y por lo tanto urgente, imprevisible: la precipitación misma. El pensamiento de la diferancia es entonces también un pensamiento de la urgencia, de lo que no puedo ni eludir ni apropiarme, porque es otro. El acontecimiento, la singularidad del acontecimiento: ésa es la cosa de la diferancia. (Es por eso que recién decía que significa muy otra cosa que esa neutralización del acontecimiento con el pretexto de que es artefactualizado por los medios.) Aun si ella también lleva consigo, inevitablemente, “al mismo tiempo” (ese “a la vez”, ese “mismo tiempo” de lo que lo mismo se destempla todo el tiempo, un tiempo out of joint, un tiempo descompuesto, dislocado, desordenado, desproporcionado, como dice Hamlet), un movimiento contrario para reapropiar, desviar, aflojar, para amortiguar la crueldad del acontecimiento y muy simplemente la muerte a la que se entrega. Por lo tanto la diferancia es un pensamiento que intenta entregarse a la inminencia de lo que viene o va a venir, del acontecimiento, por ende a la experiencia misma, en tanto que ésta tiende también inevitablemente, “al mismo tiempo”, con vistas al “ mismo tiempo”, a apropiarse de lo que sucede, economía y aneconomía del otro a la vez. No habría diferancia sin la urgencia, la inminencia, la precipitación, lo ineluctable, la llegada imprevisible del otro en quien recaen la referencia y la deferencia.

 

Así, pues, la capacidad de sorprender y sorprendernos, la irrupción del acontecimiento en el presente activo encuentra y nos encuentra con la acrisolada realidad que merecerá ponernos en movimiento, más allá de lo esperado e incluso soñado. Es la vida misma fluyendo en nosotros y por entre nosotros, sin contemplaciones ni preguntas, meramente destruye castillos de arena como bien moldea o crea colinas donde antes una planicie parecía no oponerse al horizonte.

De esta forma el acontecimiento como tal escapa a nuestros designios, resta obviamente saber que se está y obrar en consecuencia y al amparo de aquellos criterios ético y morales que entendemos de mérito para proseguir una senda que valga la pena ser vivida.

 

Del acontecimiento

Al terminar esta lectura del trabajo citado de Jacques Derrida, extraemos que:

El acontecimiento no se deja subsumir en ningún otro concepto, ni siquiera el de ser. El “hay” o el “que haya algo y no más bien nada” compete tal vez a la experiencia del acontecimiento más que a un pensamiento del ser. La llegada del acontecimiento es lo que no puede ni debe impedirse nunca, otro nombre del futuro mismo. No es que sea bueno, bueno en sí, que suceda todo o cualquier cosa: no es que haya que renunciar a impedir que ciertas cosas se produzcan (no habría entonces ninguna decisión, ninguna responsabilidad, ética, política u otra), pero uno no se opone jamás sino a acontecimientos de los que se piensa que obstruyen el porvenir o traen la muerte consigo, acontecimientos que ponen fin a la posibilidad del acontecimiento, a la apertura afirmativa para la venida del otro.

 

(...) Hay que pensar el acontecimiento a partir del “ven”, no a la inversa. “Ven” se dice al otro, a otros a los que aun no se estableció como personas, como sujetos, como iguales (al menos en el sentido de la igualdad calculable). Es con la condición de ese “ven” que hay experiencia del venir del acontecimiento, de lo que llega y por consiguiente de lo que, porque llega del otro, no es previsible.

Claramente nos habla del extranjero, del recién venido a quien no vamos a detenerle indagándole, obstaculizándole sino integrándole en el grado que nuestra hospitalidad permita, en derechos y obligaciones, que es esa la condición esencial y primera de nuestros pueblos: su alta hospitalidad para con el supuesto extranjero.

Acontecimiento que nos encuentra, nos debiera encontrar, abiertos, pues el hombre en sí es un sistema abierto; apertura espiritual que busca comprender antes que imponer, ofrecer antes que exigir, condición moral irrenunciable para pueblos que han dado muestras inacabadas de una vocación de libertad nacida en el sufrimiento y en la entrega tanto de sus prohombres como de todos aquellos hombres y mujeres de nombres desconocidos que en el hacer cotidiano y permanente han dejado abiertas las puertas de sus casas, ofreciendo naturalmente un grado de hospitalidad tan alta cuanto honda en humanismo y concordemos que la inmensa mayoría de esas puertas sin cerraduras o llaves que las obstruyan, guarecían y cobijan no precisamente a pensadores particularmente doctos sino a nuestra gente a la sangre viva de nuestras venas.

 

Sístole y diástole de esta América rica en humanismo y sedienta de reivindicaciones, si bien mantenemos que nos falta arribar a un compromiso previo a la toma de una libertad personal: el asumir nuestra responsabilidad.

 

Ética de la responsabilidad que no necesariamente debe oponerse a una ética de la convicción sino que, entendemos, debe hallar su equilibrio en la ponderación misma de la condición de nuestros pueblos, de su génesis, por ejemplo.

En esta auto transformación constante, existe una jerarquía definida de valores, en donde el valor más alto es el desarrollo óptimo de las propias capacidades de razón, de amor, de compasión y, en tal atmósfera, entiéndaseme bien: de valor. Es el principio dialógico actuando no por caridad sino por respeto al Otro, una vez que al reconocerlo, comenzaremos, reitero, a conocernos a nosotros mismos.

 

Es, argüimos, en la relación cotidiana con los otros donde nuestra humanidad cobra luz auténtica. Es, en la contienda de mi conciencia moral de donde surgirá el ir en pos del Otro, en una búsqueda que amerita la escucha atenta del Tú, a cuyo encuentro el Yo cobrará identidad y sentido.

 

Una vida cobra sentido en el silencio de la mente que propicia un mirar más nítido. Silencio que convoca a la mesura del tiempo del sujeto al no percibir prisa alguna en una posición que, aunque aparentemente estática, discurre por todo lo ancho y todo lo alto del pensamiento, en armonía con un espíritu que ve así cómo su reino se da cita en la reflexión misma de un hombre que ha comenzado a madurar más allá de su inmediato entendimiento.

 

La expresividad toma para sí al lenguaje, en sus variadas formas, como vehículo para acercar al Otro la esencia que la motiva. Lenguaje que muda y se expande para posibilitar nuestro acceso al más hondo sentir. El lenguaje filosófico y científico debe ser el medio comunicacional para dotar de posibilidades ciertas a un humanismo que necesariamente deberá ser repensado.

Crear, digo, un proyecto alternativo de desarrollo en donde la indolencia y la rapacidad estén severamente limitadas y que el lugar de lo humano sea el centro de la cuestión y no la actual periferia.  En suma, y como dijera Karl Jaspers, no someterse a lo pasado ni a lo futuro.[xv] Se trata de ser enteramente presente.

 

 

La puerta sigue abierta: avancemos

 

En la noche de mi querida aldea, oteo el firmamento y vuelvo la mirada sobre el texto de la convocatoria a esta hermosa faena del pensar y quedo cavilando sobre nosotros y lo nuestro, sobre la percepción que del tiempo y de las cosas tenemos y muchas veces nos tienen a nosotros y deduzco que en la heterogeneidad de culturas, razas, credos y condiciones materiales de vida de nuestros pueblos, en lo acrisolado del mismo, anida la esencia misma de la condición humana.

Aun tenemos una casa con las puertas sin llave; aun nuestros caminos son intrincados y pobres, nuestra comunicación escasa y fragmentada, nuestra historia rica en virtudes, frondosa en éxitos y derrotas, nuestra unidad desunida, nuestro pensar en una búsqueda de sí. Tanto por decir, tanto dicho pero tan poco hecho. Sin embargo, el aire que se respira, pese a las abismales condiciones de vida, pese a las discriminaciones y a las exclusiones, aún así, esta tierra es joven y venturosa pues tiene un presente y no se siente ni vieja ni con necesidad de ser nueva. Somos forjadores de nuestro tiempo, hacedores de un hoy en construcción permanente.

 

América Latina es, en mucho, una forma de nombrar al hombre y de recordar la exclusión de la mujer, pero sigue siendo, quizá hoy más que nunca, un faro de esperanza, un motivo de inspiración y un llamado a la responsabilidad desde un ser ético y moral que esté abierto a lo imprevisto que estar atento al Otro, al que vendrá pese a que emigren tantos. No tenemos Olimpo, salvo los dioses de pies de barro que día a día, en todas partes de nuestro territorio, que es nuestro cuerpo vivo, viven y luchan por su existencia sin renunciar a la sonrisa, sin apurar el paso, tendiendo siempre una escucha y una mano fraterna al otro. Porque el descalzo como el que no, pero aquel primero siempre, mira atento al otro por si precisa ayuda, por respeto al otro.

 

Esos dioses por nombrarlos, son de carne y hueso, con sangre del mismo color, obviamente pero sin recurrir a vanidades azuladas ni esconderse en títulos ajenos a su esencia.  Reverencio, pues, desde esta nuestra humilde faena del pensar a aquellos que hoy padecen hambre y exclusión; a quienes esperan, haciendo, un pensamiento que se torne acción, una mirada que vuelva sobre los suyos y despeje su horizonte de vanas ensoñaciones. Hombres y mujeres que en su piel y en su conducta demuestran la grandeza del ser humano en estas nuestras tierras: la condición del mestizo, del mulato, del aborigen y del negro, se ha resuelto, aunque muchos digan que no, como no se ha resuelto en otras regiones y es, quizá, por esa condición de tomar al tiempo con mesura, mirando sin mirar dando espacio y escucha al otro.

Por eso, digámoslo con serena alegría: en este espacio de vida que es América Latina, si uno hace silencio, hasta puede escuchar un canto, un canto de esperanza.

Héctor Valle

hectorvalle@easymail.com.uy

Montevideo – Uruguay

 

[1] Arendt, Hannah - ¿Qué es la política? - Paidós

[1] Lévinas, Emmanuel – De otro modo que ser, o más allá de la esencia – Sígueme

[1] Arendt, Hannah – De la historia a la acción - Paidós

[1] Hegel, G.W.F. – Fenomenología del Espíritu – FCE

[1]Martínez Riu, A./Cortés Morató, J. - Diccionario de Filosofía, Herder, 2da. edición

[1] Derrida, Jacques –Ecografías de la Televisión– Editorial Universitaria de Bs. Aires, http://personales.ciudad.com.ar/derrida/artefactualidades.htm (Derrida en castellano).

[1] Bourdieu, Pierre – Wacquant, Loïc –Las argucias de la razón imperialista – Editorial Paidós

[1] Rodó, José Enrique – El mirador de Próspero, volumen IV – Barreiro y Ramos

[1] Derrida, Jacques – El otro cabo – Ediciones del Serbal

[1] Jaspers, Karl – La Filosofía, desde el punto de vista de la existencia – Alianza

 


 

[i] Virilio, Paul – El cibermundo, la política de lo peor - Cátedra

[ii] Buber, Martín – Diálogo y otros escritos – Riopiedras

[iii] Lévinas, Emmanuel – Ética e infinito – Visor/La balsa de Medusa

[iv] La Boétie, Étienne, "Discours de la servitude volontaire", Imprimerie Nationale

[v] Lévinas, Emmanuel -Totalidad e infinito – Sígueme

[vi] Arendt, Hannah - ¿Qué es la política? - Paidós

[vii] Lévinas, Emmanuel – De otro modo que ser, o más allá de la esencia – Sígueme

[viii] Arendt, Hannah – De la historia a la acción - Paidós

[ix] Hegel, G.W.F. – Fenomenología del Espíritu – FCE

[x]Martínez Riu, A./Cortés Morató, J. - Diccionario de Filosofía, Herder, 2da. edición

[xi] Derrida, Jacques –Ecografías de la Televisión– Editorial Universitaria de Bs. Aires, http://personales.ciudad.com.ar/derrida/artefactualidades.htm (Derrida en castellano).

[xii] Bourdieu, Pierre – Wacquant, Loïc –Las argucias de la razón imperialista – Editorial Paidós

[xiii] Rodó, José Enrique – El mirador de Próspero, volumen IV – Barreiro y Ramos

[xiv] Derrida, Jacques – El otro cabo – Ediciones del Serbal

[xv] Jaspers, Karl – La Filosofía, desde el punto de vista de la existencia – Alianza

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