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Diálogo: Sobre la dignidad humana.

(Por Simón Royo Hernández. Madrid).  Marzo de 2007.

 

El viernes pasado fui a la librería de la Universidad y me encontré a mi buen amigo Verganza, pensativo, mirando los estantes como si estuviese paralizado. Le pregunté qué le pasaba y me contestó que había tenido el día anterior una interesante conversación con Escipión, un colega de nuestra misma clase, muy estudioso, pero cuyo carácter retraído y distante me había impedido hablar nunca con él. Deseando saber de qué habían hablado y todo lo que se habían dicho le pedí a Verganza que escribiese el evento sin omitir detalle antes de olvidarlo y luego me prestase el escrito. Accediendo a mis deseos, mi amigo reprodujo el debate que había tenido como si de una obra teatral se tratase y cuando me envió el escrito me ha parecido oportuno ofrecerlo a la luz pública. ¡Tanto me ha gustado el escrito!

 

Supongo que a muchos les parecerá un texto flojo y vulgar, un superficial remedo platónico o una historia de hijos secos, antojadizos y avellanados, de esas nunca contadas por otro alguno, bien como las de los que se forjan en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido hace su habitación. Pero lo semejante tiende a lo semejante y así, que podría valorar este mal cultivado ingenio mío, sino lo que me ha trasmitido Verganza, que es mi amigo cordial.

 

Sea entonces lanzado al ciberespacio el escrito que me hizo llegar al que se lo hubiese llevado el viento si no le pido que lo ponga en letra impresa.

 

Verganza: Estaba en la cafetería de la Universidad, como de costumbre, tomando un café y meditando sobre la última clase recibida cuando llegó mi amigo Escipión, a la hora de siempre, puntualísimo, con sus libros debajo del brazo. Le animé a unirse a mi meditativo desayuno y tras dejar los libros en la mesa fue a acercarse a la barra, para más tarde volver con un café y un enorme bizcocho chocolateado. Mientras tanto me picó la curiosidad en una oreja e hizo que me fijase, de soslayo, en los lomos de los libros que había sobre la mesa; de forma que pude leer sus títulos y enterarme de las lecturas de mi amigo y colega de estudios. De arriba abajo podían verse tres títulos y de sus hojas surtían innumerables marca páginas, éstos eran: Sobre la Dignidad del Hombre, de Picco de la Mirandola, Normas para el parque humano de Peter Sloterdijk y La República de Platón. Al sentarse a mi lado le pregunté cordialmente cuáles eran sus últimas lecturas y en qué estaba pensando en estos días. Su respuesta fue la que consignaré a continuación, así como el agitado y vehemente coloquio que mantuvimos en esa ocasión. Le pido disculpas desde aquí por hacerlo público porque seguramente ninguno de los dos nos hubiésemos expresado como aquí registro de no haber sido una conversación privada celebrada ante unas tazas de café. Omitiré los prolegómenos del encuentro y las interrupciones para degustar la bebida, empezando fielmente por lo que me respondió el buen Escipión a mi pregunta sobre sus lecturas y pensamientos.

 

Escipión: -He leído estos tres libros que puedes ver aquí y me debato ahora por poder definir la dignidad del hombre, por las posibilidades de salvaguardarla de la necesidad de la interacción con los otros y de los poderes que gobiernan hoy en día, si bien soy bastante escéptico respecto a que se pueda lograr tal cosa. Toda esta actividad está encaminada al fin de poner rumbo a mi mejora individual y a una realista postura frente a la idea de organizarnos los seres humanos del mejor modo posible, tanto entre nosotros como con lo no humano. Seguramente tú también has leído estas obras, así como otras muchas y, si tienes paciencia y no tienes prisa, quizás pudiéramos dedicar un rato a examinar esos pensamientos en los que te digo que me debato no por mero divertimento, ni buscando una salida profesional como intelectual a sueldo o funcionario, sino para vivir despierto en lugar de dormido.

 

Verganza: -¡Hombre, lo que me propones es mucho mejor que ir a clase! Pues nos toca luego el Zafián en cuya compañía muy poco podemos aprender, mucho habremos de copiar y nada podremos preguntar. A falta de un Sócrates redivivo hagamos de filósofos con daimón el uno para con el otro. Así que si te parece, según propones, nos fumaremos tanto la clase como un cigarrito y, alargando todo lo necesario el desayuno, hasta la cena si es necesario, atenderemos a nuestros asuntos y no tanto al aprobar o suspender. Pero dime entonces, ¿en qué has decidido que consista o no pueda consistir la dignidad humana?

 

Escipión: -No es algo que decida yo sino que o bien pertenece a la esencia humana poder atribuírsele dignidad de alguna especie o tendremos que desechar que tal asunto pueda ser tenido en consideración. El libro de Picco, donde se define al hombre como “cruce de la eternidad estable con el tiempo fluyente” «stabilis evi et fluxi temporis interstitium», comienza refiriéndose -sin citarlo- a ese famoso pasaje de la Antígona de Sófocles donde se dice que el hombre es lo más terrible, considerándose entonces que la dignidad humana reside en su enorme plasticidad, que le haría capaz tanto de las acciones más nobles como de las más crueles y viles. Sófocles emplea la palabra griega deinós para un calificativo que significa terrible, pavoroso, espantoso, y como también creo que Esquilo califica de ese modo a Prometeo, benefactor de los humanos, pienso que la mejor traducción es la de terrible, por cuanto puede mantenerse la dualidad o ambivalencia del titán, como cuando se dice que “la guerra es terrible” en el sentido de sanguinaria y cruenta o de alguien que “es un jugador de ajedrez terrible” pero en el sentido de tremendo, muy capaz, excelente y difícil de batir. En Picco resurge el ideal clásico de la dignidad como potencia y no el metafísico que busca una esencia inmutable, como el alma o la razón, para otorgar nobleza a la estirpe de los bípedos implumes. Ese eclecticismo renacentista que tanto se parece al de época helenística es el que me parece más en consonancia con el estado del pensamiento contemporáneo y los debates sobre humanismo, anti-humanismo y posthumanismo.

 

Hay desde luego otras definiciones de “dignidad humana”, como la kantiana, que la haría residir en la conformidad con la legalidad moral, y otras, más o menos fundamentadoras de la ética, cuando no de la religión; pero como ateo y materialista no me interesan las justificaciones que hayan de recurrir a la necesidad de la existencia de Dios para poder defender la dignidad humana y prefiero en eso seguir el consejo de Nietzsche: no inventar transmundos para no quitarle valor al realmente existente.

 

Como ya sabes desde que me conoces de Platón tampoco me fijo en su, por otra parte, constructa por la tradición metafísica teoría de las ideas, que nos diría escolarmente que hay una idea de dignidad a la que las dignidades concretas se parecen, bien por imitación (mimesis) o bien por participación (metexis), vinculada a las ideas de justicia y a la del Bien, trascendentales o supratrascendentales, formas ideales para la organización humana y política atendiendo a modelos abstractos que han de exponerse en su encarnación social. Platonismo en ese sentido es cristianismo para el vulgo. Por eso he querido confrontar la lectura de Platón con la de Sloterdijk y me he acercado a sus tesis posthumanistas y a la crítica neonietzscheana del Platón pastor de los borregos y el Heidegger pastor del ser. Como conoces a los autores que ando releyendo y puedes orientarte en las topologías del pensamiento confío en no tener que explicarte ni todos los pasos previos ni el estado de la cuestión, pero si algo de lo que te expongo no te queda claro no dudes en preguntar.

 

Verganza: -Sumamente interesante todo lo que me dices y me parece que puedo seguir el curso de tu exposición sin pedirte aclaraciones. Ahora bien, te rogaría que examinásemos la cuestión sin necesidad de referirnos meticulosa y reiteradamente a los pensadores que hemos leído prescindiendo de ellos como argumentos de autoridad y teniéndolos por simples interlocutores ausentes en el coloquio que nos ocupa. Así que tratemos de sintetizar todo lo leído y, empapados de ello, discutamos con nuestras propias palabras y no con las de los demás.

 

Escipión: -Estoy de acuerdo con lo que me propones y a ello me pliego pues rápidamente podrás adivinar en lo que argumente lo que pertenezca a mi pobre entendimiento separándolo sin dificultad de lo que pertenezca a la razón de los grandes sabios, si es que existe alguna línea de demarcación entre las ideas propias y ajenas. De modo que, en cualquier caso, valores en lo que valga el granito de arena que pueda llegar a arrojar sobre la montaña del pensamiento.

 

Verganza: -¡Venga hombre! ¡Déjate de prolegómenos de modestia, que no te hacen falta conmigo y dime lo que tú piensas! Me dices haber indagado acerca de la dignidad humana y que definirla estática y universalmente como una esencia inmutable te parece un error que no debemos volver a cometer. Luego te sitúas en la posición de la filosofía más reciente pero encuentras en la tradición vestigios de que se hubiese pensado antes así. En Picco has recogido la idea de estimación y desestimación de lo humano con su definición de dignidad del hombre en vinculación con la ambivalencia de su plasticidad como el vocablo griego clásico para la palabra que traduces por terrible te sugiere. ¿Lo he entendido bien? El problema del Renacimiento y la modernidad es que al situar al Hombre como fundamento y centro de todas las cosas los espacios para la naturaleza (ecología) y para lo tecnológico (arte, ciencia y artesanía) o para lo divino (no las religiones oficiales sino la mística o lo que Freud denominaba sentimiento de lo oceánico) desaparecen, engullidos por un humanismo metafísico que destruye cuando afirma progresar. Te he escuchado criticar el humanismo y defender el anti-humanismo en otras ocasiones, luego me extraña tu referencia al renacentista. Pero vamos, prosigue.

 

Escipión: -En lugar de proseguir me obligas a empezar de nuevo. Está bien, trataré de omitir las referencias eruditas y pondré algunos ejemplos mundanos que te expondré con las palabras que todo el mundo o casi todo, pensamos que entiende y utiliza, a ver si así logramos vencer tus aprensiones respecto a la repetición no asimilada y digerida de lo leído o a la abstracción vacía. Respecto a la incongruencia que me señalas ya te he dicho que no soy ni humanista ni antihumanista sino posthumanista, una posición filosófica actualísima en la que no se renuncia a la cultura clásica como modelo de mejoramiento del ser humano pero en la que se constata el principio de realidad según el cual, precisamente mirando al mundo y no a los libros, como tú parece que pides, se demuestra que en las síntesis culturales de nuestro tiempo en los países occidentales, la educación de las masas, ya no se lleva a cabo por procedimientos literarios sino mediáticos. Con ese reconocimiento me parece suficiente para rebajar las pretensiones de ser el centro del universo del hombre y proteger a tu ecología, tus dioses y tu progreso técnico. Sin embargo me interesa, con todo, indagar acerca de lo humano en sus justos límites ya que la plasticidad terrible de la que habla el renacentista no me parece que tenga que ser considerada necesariamente como infinita.

 

Verganza: -Continúa con ese modo socrático que me has prometido y dame ejemplos de lo que dices, hazme ese favor, pues ya sabes que no soporto la pretensión de profundidad de la erudición estéril con la que la Academia se retroalimenta de palabras que nada tienen que ver con lo que esta pasando en el mundo actualmente.

 

Escipión: -Está bien, si así lo deseas procuraré proceder como me pides. ¿Te parece que hacer teatro y mentir engañando a quien nos cree de una manera que fingimos ser es digno o indigno?

 

Verganza: -No te acepto la pregunta pues me parece que tiene trampa sofista. Contéstame tú a esta otra: ¿Cuál es la virtud del teatro?

 

Escipión: -¡No me lo pones fácil! Me pides ser socrático pero quieres tener tú el papel de Sócrates y yo el de comparsa. A todo me pliego ya que hablé de la plasticidad humana como un bien y un mal conjuntamente en el que se resume la esencia del hombre. La excelencia del teatro estriba en creerse al personaje, en ser el personaje y no cambiar nunca de personaje, entender el carácter como destino. Ser fiel al fin y al cabo a un fondo de identidad entre la multiplicidad que nos constituya, sea cual sea ésta. No venderse ni por dinero ni por fama y de ese modo que representemos lo que anida tras la retirada de todas las caretas, conseguir salir fuera de sí, entusiasmarse, ser loco, niño, animal, cualquier cosa menos una máscara y una farsa, ya que esa es contraria a la justicia, a la igualdad y a la virtud del hombre libre que se requiere para el mantenimiento de la dignidad y que no es otra que la autenticidad.

 

Verganza: -Lo ves, tu pregunta tenía trampa. Presuponías una virtud del teatro y yo sin embargo me temo que su excelencia es la contraria, la de poder ser cualquier cosa en cualquier momento, una abeja, el dios, un héroe, un payaso, un empresario, todos los roles humanos que en el fondo todos desempeñamos en algún momento de nuestras existencias sin excepción. Caes en lo monolítico y estable de lo que querías huir al principio al querer presentar al hombre como un bloque cortado de una sola pieza, cuando por otro lado sugeriste que pudieran superarse errores antiguos si se aceptaba que fuese una multiplicidad.

 

Escipión: -Lo que intento decirte es que para triunfar en el mundo actual y adquirir fama y gloria hay que ser astuto, saber mentir, adoptar un camuflaje, doblarse ante los poderes para no ser aniquilados. Tenemos que fingir ser como los saqueadores y usureros para salvaguardar nuestras vidas y poder continuar en el combate, puesto que atacar de frente a poderes mucho mayores y más numerosos de aquellos con los que contamos no es sino suicidarse. Lanzarse de frente contra un ejército perfectamente pertrechado y armado que cubre todo el horizonte no es sino ponerse una diana en el pecho para que mejor puedan disparar, un suicidio.

 

Sin embargo, no puedo evitar ser de corte clásico cuando pienso en el asunto, la dignidad se juega en mantener la autenticidad, el valor y la determinación frente a las fuerzas que pretenden doblegarla y sojuzgarla. Perdona la referencia pero es un pensamiento que para nosotros proviene de los debates de Sócrates con los sofistas y antes nos has declarado a ambos socráticos.

 

Verganza: -¿Acaso es indigna la prudencia y la inteligencia en la acción? Bajo la moral caballeresca de la autenticidad introduces ahora otra definición de dignidad humana. El resultado es que todos los héroes están muertos y si bien prefirieron morir de pie a vivir de rodillas, sus vidas no fueron lo suficientemente largas como para que pudieran servir bien a sus causas. Además ¿qué otra cosa se puede hacer cuando está en juego aquello por lo que merece la pena vivir o morir y sin lo cual ya no merecería la pena continuar en la batalla? Es necesario sobrevivir para que pueda continuarse el combate, lo que ahora planteas como dignidad de honor es la ética del kamikaze, propones ser temerario, pero eso dista de ser el valor. ¿No utiliza cada cual las armas y facultades que posee? La astuta usa la astucia, el fuerte la fuerza, el guerrillero embosca, el saboteador engaña, el espía miente, el soldado de infantería, como los peones del ajedrez, carga de frente. Pero has empleado una metáfora bélica para situar un conflicto con respecto a la dignidad, presuponiéndola algo que se posee pero que se puede perder, lo cual es a la postre un planteamiento esencialista a medias; la dignidad, como la inocencia o la pureza sería un atributo que el hombre posee en usufructo y que está llamado a defender si lo quiere conservar. Tu argumento me parece conservador.

 

Escipión: -¿Y cual sería el no conservador? ¿Decir que todos tenemos dignidad porque somos seres racionales o porque tenemos alma inmortal? En caso de rechazarlo habrá que reconocer que la dialéctica entre dignidad e indignidad no tiene sentido. Atiendo a tu petición de no mantenerme en las referencias eruditas ni en los cielos abstractos y te pongo un ejemplo, que por cierto podría relacionarse con lo que dice Heidegger, al hablar de autenticidad. Pero a ti te parece que no es válido y lo calificas de reaccionario. Entonces te pregunto yo a ti ¿en qué consiste y se cifra la dignidad humana?

 

Verganza: -Yo no veo ningún inconveniente en aceptar el carácter racional de todo ser humano como propiedad esencial e inalienable, como se presupone en las declaraciones de derechos humanos, pero teniendo en cuenta que el ser humano no sólo es un ente racional sino que posee muchas otras cualidades, de ahí que sea una multiplicidad. ¿Acaso no pensamos que la dignidad es lo más valioso y que está vinculada indisolublemente a la libertad? ¿No es eso lo más valioso?

 

Escipión: -Tú pretendes mantener la idea ilustrada de dignidad humana esencialista vinculada a la presunción de racionalidad en todos los seres humanos, cuando hay algunos que no son más racionales que mi perro, pero manteniendo al mismo tiempo que si bien se define lo digno por un elemento, que doblas en dos, la razón y la libertad, el hombre es una multiplicidad de propiedades infinitas. Y respecto a tu pregunta por lo más valioso, no seas progresista papanatas, para la mayoría de hoy y de siempre lo más valioso es el dinero.

 

Verganza: -¡Discrepo! ¡Fíjate en los pobres y verás que cuando se lo han quitado todo siempre quedan algunos con la cabeza aún alta, aquellos a quienes no les han quitado la dignidad! En un campo de concentración el dominio no era total ni siquiera cuando le quitaban casi toda la humanidad al reo, que es tanto como quitarle su libertad y su razón, pero sostengo que mientras hay vida las propiedades fundamentales de la dignidad se mantienen en el hombre.

 

Si quieres habré de reconocer, ya que me pides que no sea ingenuo y papanatas, que en condiciones materiales de hambre y tortura ni los más fuertes y resistentes pueden conservar la dignidad que tú predicas, pero ese no es sino un motivo de más para no dejarse llevar hasta semejante extremo. En tu ética de la autenticidad se intentaría morir antes de ser sometido a ese extremo, con las últimas fuerzas, lanzándose a la alambrada, pero en mi más modesta ética de la responsabilidad, si alguien pierde mucha dignidad por injusticia de otros, se puede intentar reparar el daño y nadie en el que aliente la vida considero que esté desprovisto de la propiedad de la libertad y la razón. La dignidad se puede encarcelar pero no eliminar del hombre.

 

Escipión: -Vaya, veo que la secularización del alma en la razón mantiene su misma estructura. Lo que has dicho es un contrafáctico, así no fueron los hechos, los supervivientes de los famosos campos fueron esa canalla que vendió a sus padres y dejaron matar al amigo por un mendrugo de pan, son los fundadores del Estado de Israel, los herederos del sionismo aplastadores de cabezas palestinas. Los demás murieron en los campos, los mejores y de los que quedaron pocos hicieron lo que Primo Lévi.

 

Verganza: -La vida es un bien preciado y todo el mundo ha cometido errores alguna vez, menos, según dicen, los santos canonizados, aunque cuando Jesús de Nazaret dice que el que esté libre de culpa que tire la primera piedra, curiosamente, podrás comprobar que él no la tira.

 

Lo importante no es que en condiciones de dominación se haya envilecido el dominado sino que la supervivencia a semejante trato no te convierta en un verdugo ávido de hacer sufrir lo que se ha sufrido, sino en alguien que no admita que eso le suceda a nadie nunca más. La rueda de la dominación está servida mediante la dialéctica de la venganza y sólo se conjura a través de una dialéctica del nunca más que no sea una hipócrita pose teatral de la palabra publicitaria y legitimante, sino una ley a la que avalen los actos. El verdadero superviviente de Auschwitz no podría hoy ser otro que quien se pusiese la chaqueta con la cruz amarilla y se interpusiese en el camino de los tanques que fuesen a aplastar las cabezas de los civiles palestinos. Es cierto que hay una tendencia psicológica a reproducir el daño sufrido, que se encuentran casos de hombres que sufrieron maltrato de sus padres cuando niños y que al hacerse mayores y tener vástagos reproducen con sus propios hijos los daños sufridos; pero también es cierto que hay la tendencia contraria, la de aquellos que habiendo sufrido un mal, ese mal se convierte en lo más aberrante y ni admiten reproducirlo ni permiten por cuanto está en su mano verlo cometer. Así, el explotado que se vuelve explotador no es comparable al explotado que se conjura en no sufrir ni hacer sufrir la explotación a nadie arbitrando unas normas para la convivencia.

 

Escipión: -La verdad es que la clase trabajadora, el proletariado, también entraría entre los que criticas, ya que en cuanto les han engañado diciéndoles que ya eran de los explotadores a cambio de un coche y un televisor, rápidamente se han lanzado a explotar a la subclase inmigrante, sin papeles y sin derechos, de modo que quien no explota no parece que sea el que no quiere sino el que no puede.

 

Verganza: -La casuística es variada y nos seria difícil agruparla tan sólo en dos o tres partes sin cometer un serio reduccionismo, pero así hemos de operar si queremos pensar el asunto que nos ha surgido, porque la dialéctica de dos ítems o tres, luego haremos las matizaciones que sean necesarias en otra ocasión, es el primer paso dado el tiempo de que disponemos. Digamos que te propongo una tipología como la siguiente. En primer lugar tendríamos al explotado que quisiera ser explotador y que lo único que tiene es envidia de no ser el amo y ser el esclavo, en segundo lugar tendríamos el esclavo que considera injusta la explotación y que bajo ningún concepto si saliese de ese estado se convertiría en otra cosa que en hombre libre y no en tratante de esclavos (aunque al hombre libre se le consintiese); y en tercer lugar tendríamos al hombre libre que, no siendo ni explotador ni esclavo, por lo que se afana es porque todos los demás compartan su condición, de manera justa, noble e igualitaria. ¿A que grupo elegirías pertenecer si tal cosa se te diera a elegir en lugar de serte heterodesignada por nacimiento?

 

Escipión: -Desde luego que escogería ser hombre libre, ya por nacimiento ya por romper las cadenas que me hubieren puesto en la cuna, pero si bien en la antigüedad estaba claro lo de la dialéctica del amo y el esclavo hoy ya no lo es tanto. ¿Porque quién es libre y quién esclavo en la sociedad en que vivimos? A veces me parece que el mendigo es libre, pues no tiene que madrugar, que trabajar un horario intenso y exhaustivo, casi sin ocio y sin descanso, para pagar una hipoteca durante 40 años y comprar lo mismo que sus iguales producen. A veces me parece que el libre es el millonario y que los pobres y los laboriosos son esclavos, unos de la miseria y otros de la labor, siendo tan sólo el gran capitalista quien goza y se regocija en este mundo. Pero luego, cuando veo a los poderosos, sin poderse mover a ningún sitio sin guardaespaldas, con el teléfono móvil sonándoles a todas horas, rodeados de carroñeros que se hacen pasar por sus amigos para lamer las migajas que se les caen cuando comen un pastel demasiado grande para llenar su gran barriga, negociando de la mañana a la noche y trufados de posesiones que no pueden disfrutar, llego a otra conclusión y me inclino a pensar que la dialéctica del amo y el esclavo está invertida y que el amo es más esclavo aún que su esclavo. En tales razonamientos contrarios me pierdo y no sé hallarles resolución.

 

Verganza: -Sólo una unidad básica entre lo diverso se puede establecer con seguridad. No puede ser libre por lo general y salvo casos muy excepcionales quien carece de lo mínimo materialmente necesario para una existencia carente de calamidades, sin que el precio por ese algo sea uno de esos remedios que son peores que la enfermedad, de modo que el hambriento, el pobre, el trabajador precario y hasta el trabajador hoy más normalizados, viven unas vidas de esclavitud en grado variable. El justo medio estaría en el cálculo de los nutrientes mínimos que debe ingerir alguien para estar bien nutrido, la casa básica y todas esas cuestiones perfectamente universalizables en un razonamiento objetivo. Pero eso, el cálculo objetivo de lo necesario para una vida humana, para una existencia simple que no quedase a merced de la necesidad y que no se expusiese como carnaza para depredación, no sería todavía una salida de la esclavitud sino un mínimo básico con el que mantenerse en el estadio de la mera supervivencia animal. A partir de ahí empezarían las variables para poder hablar de vida buena, no sólo vida de supervivencia, en la que han de entrar el desarrollo de nuestras capacidades, la educación (del cuerpo, de la inteligencia y de la sensibilidad), la asistencia ante las dolencias físicas o psíquicas, esto es, la medicina, y la defensa ante el desvalimiento (asistencia en la niñez y en la ancianidad). Podemos decir que lo que propone la socialdemocracia y no parece capaz de generalizar no es la forja de hombres libres sino de hombres simples, supervivientes, ya que los medios universalizados no lo son de la educación plena y de por vida para la vida buena sino de la educación básica para el mercado de trabajo como simple alfabetización, pudiéndose decir de la medicina y la asistencia otro tanto. Resulta vergonzante que la humanidad, habiendo tanta diferencia entre lo que se dice que se va a conseguir para todos y lo que en realidad se consigue para todos, se muestre satisfecha y nos hable de un enorme progreso desde la edad de las cavernas, ya que el oso de una caverna no paga hipoteca por habitar en ella. A mi juicio sólo se puede lograr rebasar ese estadio mediante un comunismo inspirado por las propuestas anteriores para dicho régimen de vida pero sin recaer en sus errores. Un comunismo platónico de la democracia, la excelencia y el reparto real de la riqueza.

 

Escipión: -¿Pero no escuchas a los que dicen que la igualdad de los comunistas es la que quiere hacernos a todos proletarios, eliminar el mérito y la libertad e imponer mediante una dictadura personal los cambios, decretando mediante leyes todo cuanto debe hacerse? ¿No has oído hablar de los regímenes de Camboya, Rumanía o la URSS?

 

Verganza: -Sí, ya me conozco la cantinela. Por eso propongo la extensión de una democracia parecida a la de la Atenas de Pericles a todas las naciones actuales, si es que no a la república universal cuando llegue, declarando que todo hombre, por naturaleza, tiene igual derecho a la riqueza común que hay en la tierra. No se equivocaba entonces Proudhon al declarar que la propiedad es un robo. La igualdad de mi comunismo y de mi democracia no será la falsa igualación de la supervivencia, ni siquiera cumplida, sino la igualdad real de la excelencia en los resultados. Lo cierto es que como la historia la escriben los vencedores y cayó la URSS no podemos confiar en todos los relatos que se nos hacen de los antecedentes de mi propuesta, el ejemplo es que la educación musical generalizada en muchos de los países del comunismo anterior no era como la de nuestro sistema público, soplar un rato una flauta, sino que todo el pueblo tenía un nivel por escuela pública de cuarto de instrumento y tercero de solfeo. Eso ha de estar generalizado, con independencia de que luego, de ahí en adelante, los más aventajados fuesen promovidos a gozar de todos los medios para convertirse en músicos profesionales y los que estuviesen aventajados en otras áreas promovidos hacia el desarrollo de su mejor talento, sin que a nadie le acabase faltando el sustento. Cuando se habla de la Rumanía de Ceaucescu no se cuentan estas cosas, sino sólo atrocidades, pues bien, reniego de todas las atrocidades, pero no la promoción pública e igualitaria (no obligatoria) de una excelencia elevada y común para el conjunto de los conciudadanos y de la humanidad en su conjunto. En Cuba se tiene tal sistema público y si algo le falta no es no llevar lo escrito en esta materia a la praxis real, sino el tener más riquezas que repartir de ese modo.

 

Escipión: -¡Pero eso es imposible!

 

Verganza: -¿Por qué? ¿Acaso me tengo que creer que no hay recursos para que todos tuviéramos esa educación, casa, medicina y asistencia en un grado aceptable? Si eso fuese imposible, entonces, no valdría la pena preocuparse por la mejora de la humanidad, ya que ésta también sería imposible. Cierto que los recursos no son infinitos, pero tampoco son escasos, lo que son es limitados, motivo de más para que se redistribuyan adecuadamente y no se admita un acaparamiento ilimitado.

 

Escipión: -Muy elevada pones la realización de la dignidad humana en el mundo.

 

Verganza: -¿Y qué hacer? ¿Tendríamos que aceptar la indignidad humana? ¿Volvernos cínicos nihilistas ávidos de poder, sexo y dinero? ¿Pedir caridad y comer las migajas cuando tenemos tanto derecho a crecer hasta un límite equitativo como cualquier otro? El crecimiento material -limitado pero no infame- para todos, esa es la puerta de entrada al crecimiento espiritual ilimitado. El primero es de extensión, ocupa un lugar en el espacio, pero el segundo es de intensidad, y mientras el espacio extenso es limitado, llegando a chocar con el de los demás, el espacio del alma humana en profundidad es ilimitado. Luego a diferencia de lo que piensan algunos, limitar la propiedad de unos pocos no implicaría de ningún modo limitar la inteligencia y la sensibilidad de todos.

 

Escipión: -A mí me suelen decir que el hombre es un lobo para el hombre, como dijo Hobbes, que las utopías no parten de la realidad, que son producto de una visión angelical del ser humano y que cualquier intento de llevarlas a la práctica acaba por corroborar ese aserto, siendo peor en sus consecuencias el bondadoso amor al prójimo del Inquisidor católico que todos los realistas del universo. Según los detentadores de la mencionada opinión cada hombre sólo busca su beneficio y no le importan los demás. La dignidad humana no es sino una convención con la que se condecoran a sí mismos quienes en cada momento se han apoderado del dinero y del poder, declarando vil a todo lo vencido y virtuoso a todo lo triunfante. ¿La dignidad inalienable de los derechos humanos? La decretó universalmente el ciudadano europeo de la revolución francesa, pero pronto se vio que lo neutro y universal sólo era para los suyos, al tiempo que se colonizaba, sojuzgaba, asesinaba y dominaba al resto del planeta.

 

Verganza: -Son ellos, querido Escipión, los que te persuaden de que el mundo es hobbesiano, quienes te confunden con sofismas y quienes no miran a la realidad, ya que si fuese como ellos dicen, la humanidad hubiese desaparecido hace ya mucho tiempo. Si miramos bien a la realidad veremos tendencias tanto a la sociabilidad como a la insociabilidad, de modo que no cabe unilateralmente abrazar el pesimismo pleno en que ellos viven ni el optimismo pleno en el que casi nadie tropieza. Caben tres posiciones respecto a las tendencias del ser humano, la hobbesiana, la rousseauniana o una combinación de ambas. Dicho más filosóficamente sería la primera la nihilista, la que identifica mal y ser, la que sospecha que en lo más profundo del ser humano sólo anida el afán de dominar y el exterminio de todo lo otro sobreponiéndose a lo demás, un curioso narcisismo nihilista en el que la extensión absoluta del yo se funde con la nada al querer aniquilar todo lo que no sea el yo. La segunda sería la optimista, la que indica que el mal no pertenece al ser y que todo lo malo no es sino ausencia en la plenitud del ser, lo cual implicaría que no existe sustantivamente el mal, sino que éste sólo aparece por accidente. Y la tercera sería el medio entre las dos anteriores, esto es, la que indica que existen dos tendencias, como la del amor-odio en Empédocles o la del Eros y el instinto de muerte en Freud. Luego la dignidad humana estaría en nuestra parte sociable y la indignidad en nuestra parte insociable. ¿No deberíamos entonces ponernos del lado de lo mejor y más noble? ¿No detectamos así, sea cual fuere nuestro posicionamiento entre los tres anteriores, con sólo pensarlos, qué es lo que merece ser promovido y defendido y qué lo que merece rechazo tanto en nosotros como en la colectividad?

 

Escipión: -Aun cabe otra postura frente a las que has mencionado y de la que te hablé con antelación. Supongamos que no medimos el bien y el mal como cantidades discretas sino que nos planteamos, como sugeriste antes, el asunto de las intensidades. Pensemos entonces, como Maquiavelo, que la virtud es potencia y que la potencia es la misma ya se actualice en el bien del que hablabas antes ya se actualice en el mal del que hablabas antes, consistiendo en ello la libertad. ¿No sería entonces bueno lo fuerte y malo lo débil?

 

Verganza: -¿Volvemos al Gorgias? ¡Fascista y pesimista razonamiento es ese, mi amigo! Lo que se deriva de él no es sino la ley de la fuerza y la reducción de todos los vínculos a relaciones de voluntad de poder y a mezquinos intereses. Cuando se argumenta a tu manera se acaba en el nihilismo porque quienes se muestran agnósticos respecto a si las inclinaciones humanas como potencias se actualizan hacia el bien o hacia el mal, implícitamente, han decidido ya por la peor opción y están convencidos de que bajo cualquier acto libre, noble, bueno y gratuito se esconde la maldad puritanamente camuflada, como ciertamente ha ocurrido muchas veces. Se trata de una apuesta como punto de partida o principio no justificado, hay quienes apuestan porque la existencia es un mal, la vida pesadumbre y la muerte la liberación. Esos son los nihilistas, quienes rinden culto a la muerte y pasan sus días lamentando el haber nacido. Dicen que lo mejor es no ser y que lo mejor en segundo lugar es morir pronto, pero en lugar de suicidarse permanecen en el mundo, mostrándole al creador que son erratas y que por lo tanto sólo perseveran en el ser para poner de manifiesto que El es un autor mediocre. Pero al contrario de quienes apuestan por la muerte hay quienes apuestan por la vida, para los cuales la existencia es un bien precioso, la naturaleza y el cosmos una maravilla, el bien y el amor las mayores potencias y el mal y el dolor sólo ausencia en la plenitud del ser.

 

Las políticas que se derivan del sentimiento Romántico de la inanidad de lo finito ante lo infinito o del Existencialismo del absurdo fueron las que alimentaron ideológicamente al monstruo del fascismo que barrió Europa durante el siglo XX, así lo explica Lukács en su obra “El Asalto a la Razón”. Los irracionalismos son el germen del nihilismo y su cultivo actualmente supone un planteamiento reaccionario.

 

Escipión: -Evitemos los calificativos como “fascista” o “reaccionario” que sólo nublan la argumentación con soflamas ad hominem contraproducentes a la hora de realizar análisis como los que estamos haciendo y de someter al juicio de la razón y la inteligencia nuestras posiciones. Lo de Lukács es inaceptable, diré por no usar los calificativos que digo que nublan la inteligencia y nos arrastran a la estupidez. Y es inaceptable porque peca de lo que condeno al declarar poco menos que fascistas a toda una pléyade de pensadores de gran calado e importancia en la historia del pensamiento. Nos gusten más o menos no los podemos despachar de manera tan arbitraria. Partamos por tanto, más bien, del principio de caridad y tengámonos, el uno al otro, como dignos contertulios y a nuestras argumentaciones, en cuanto partes de nuestro ser, como dignas de respeto. No vayamos a parecernos a esos políticos demagogos contemporáneos que se insultan sin cesar a falta de poder razonar convenciendo a las inteligencias y que no hacen más que movilizar las bajas pasiones. Hablemos con vehemencia pero procurando no faltar, aunque seamos conscientes de que en el terreno de la política es en el que más difícil resulta guardar las formas y cuidar de ese modo de que los argumentos no desciendan hasta el grito del mono, la mordedura de la serpiente, la coz del burro o la baba del basilisco.

 

Y ya que pasamos a la política -o continuamos en ella- te confesaré que me parece una estafa la Ilustración y los derechos humanos, confío que esa palabra me la aceptes como no excesivamente descalificadora. Lo digo porque cifrar la dignidad del hombre en una serie de bonitas declaraciones esgrimidas con tanta obstinación como se incumplen me parece el colmo de la hipocresía. ¿Para eso se realizó la Revolución francesa? Una horda de sans-culottes desarrapados guillotinaron a quienes no tenían que trabajar para vivir y lograron con el tiempo convertirnos a todos en esclavos asalariados. Eric Rohmer lo dejó bien consignado cinematográficamente en su película La inglesa y el Duque. La Revolución francesa y sus resultados no son tan buena cosa como se cuenta.

 

Hay que mirar un poco a la realidad y no sólo a los libros. Cuarenta años de trabajos forzados cuesta hoy en España el poder adquirir una guarida y la existencia humana de la mayoría no sobrepasa la animalidad, ya que en obtener una cueva, la alimentación y los aparatitos tecnológicos que nos rodean, se empeña la vida entera y se hipoteca la existencia. Y no me vengas con monsergas humanistas porque tú y yo sabemos que quien no tiene las tres cuartas partes de su jornada para sí mismo es un esclavo, sea lo que sea, banquero, funcionario, peón o erudito. Podría decir que la ideología más perniciosa de nuestro tiempo y el verdadero germen del nihilismo y totalitarismo contemporáneos no es sino la dichosa fe en el progreso de la sociedad moderna. ¿Dónde está el progreso? ¿En la medicina? Ahí puede que sí. ¿En las ciencias, técnicas y artes? Desde luego que no de manera categórica, porque las ciencias y la tecnología si bien han contribuido a que gocemos un veinte por ciento del planeta de luz eléctrica y agua corriente, de medicina y de alfabetización primaria (pues a eso llaman educación), han contribuido a que se explote y haga vivir en la miseria al ochenta por ciento restante. ¿Dónde están los logros del universalismo? En Occidente el trabajo asalariado ha convertido a todos los supuestos ciudadanos en esclavos de un banco, al que deben la vida entera en trabajos forzados, sus labores no son tan físicamente extenuantes como las de los habitantes del tercer mundo, pero son psíquicamente más extenuantes y de mayor intensidad si es que no de mayor duración.

 

Cuando el progresista Voltaire respondía al pre-romántico Rousseau no había bomba atómica y el grandioso ser humano, tan digno como nos lo quieres pintar, no había destrozado ecológicamente el planeta, como ha conseguido realizar tan sólo en los últimos cincuenta años. Lo mismo nos advertía el filósofo Heidegger, a quien tu amigo Lukács y otros muchos memos califica de reaccionario irracionalismo proclive a alimentar el nazismo. El mundo moderno ha destruido todos los lazos comunitarios que unían a unos hombres con otros así como los vínculos que unían a los hombres con la naturaleza y con los dioses. De modo que tienes razón, al menos, al señalar cuál de entre las candidatas ha sido la totalización triunfante, pues ya sólo queda como relación social la transacción monetaria, el interés, el dinero, el poder y la muerte. El que me respondas que no sea pesimista puesto que vivimos en un Estado de derecho y bajo democracias libres no se lo cree hoy nadie aunque siga siendo un discurso legitimante de los poderes establecidos. Eso no es algo que los movimientos románticos y existencialistas, como hoy la postmodernidad y la hermenéutica, alienten o alimenten, sino todo lo contrario, a cada paso de tu famosa Ilustración, que progresa como el Ángel de la Historia pintado por Klee y descrito por Walter Benjamin, sólo han quedado ruinas, muertos y destrucción. Los supervivientes han sido reducidos a esclavitud. Las corrientes y movimientos intelectuales que tanto menosprecias se han dedicado a advertir el desastre en el que nos encontramos y las irreparables pérdidas de un desarrollo ciego en los fines y loco en los medios al que no se puede llamar progreso ni civilización, sino barbarie.

 

Verganza: -Estoy de acuerdo contigo en que debemos tenernos en buena consideración por opuestos que sean nuestros argumentos si no queremos degenerar en la vulgaridad del insulto y la pelea. ¡Disculpa si en la vehemencia de la erística se me ha escapado algún improperio! Podríamos ver en tales sucesos que al menos, nosotros, tendríamos una noción de grados de interlocución desde el más bajo y zafio hasta el más elevado y fructífero, desde la zoquetería de los asnos disputando hasta la belleza de los sabios dialogando. Busquemos el término medio que creo que es el que nos corresponde entre esos dos extremos y sigamos debatiendo, lo cual requiere una mínima philía.

 

También estoy de acuerdo en que el mal actual es el capitalismo o dicho con el eufemismo al uso “la sociedad de mercado”. Como ves busco los acuerdos que podamos tener y no sólo los desacuerdos, como exige esa mínima amistad de la que te acabo de hablar antes. Sin embargo, para distinguirnos, veo que el desacuerdo mayor que en este terreno puedo tener contigo es que pareces diagnosticar que vivimos en un totalitarismo, peor que el del fascismo y el stalinismo, siendo la sociedad de mercado la tercera candidata a la globalización y la que habría triunfado sobre las otras dos. Veo aquí también una divergencia derivada de ciertas posiciones de principio.

 

La Revolución francesa no puede ser consignada como un proceso tan poco productivo como lo has descrito, en realidad, no vivimos en una sociedad capitalista pura, eso no existe, sino en sociedades mixtas, donde el sector público y el sector privado han buscado equilibrar en un justo medio la tradición socialista y la tradición liberal. Ciertamente con el llamado proceso de globalización los Estados han perdido algo de soberanía y se ha desequilibrado y resentido el modelo keynesiano y kelseniano de Estado de Derecho, pero no hay que olvidar que Europa no es Estados Unidos y que, aunque la experiencia del socialismo real haya acabado en desastre, la pretensión de una resocialización de la sociedad no es un proyecto que pueda llegar a descartarse de la Historia de Occidente, por más que viva en estos momentos sus horas más bajas. Si en 1948 cuando se fundan las Naciones Unidas, había 50 Estados en el mundo, ahora hay alrededor de 200, luego la tesis de que el mercado ha acabado con el Estado y lo privado absorbido a lo público no es empíricamente cierta. Siendo entonces realistas pero no pesimistas el diagnóstico de nuestro presente actual no puede catalogarse como de estado de excepción permanente bajo un Imperio hegemónico que sólo atiende a la fuerza, al dinero y al poder. En eso sigo siendo ilustrado y no  me parecen acertados los diagnósticos de filósofos como Tony Negri o Giorgio Agamben, para los que toda determinación, sea la del Estado o la del Mercado, supone esclavitud y totalitarismo. Ese es un diagnóstico neoanarquista que entiende la idea de libertad como indeterminación y que se olvida de la idea de igualdad y, lo que es más grave, de la de colectividad. ¿Uniones de multitudes de singularidades que ponen todo en común y subvierten desde cualquier micropunto el sistema? ¿Dónde están? Si alguien me encuentra eso que me diga dónde está y me voy a vivir allí. Pero me temo que tal cosa, si se encuentra en alguna parte, se localiza en Internet y todavía no puede uno meterse a vivir virtualmente en la red, como le ocurre al personaje principal del famoso manga: Ghost in the Shell. De modo que nos queda rescatar el proyecto ilustrado de la estafa a la que ha sido sometido por el mercado, un movimiento para que la política pueda legislar sobre la economía y que no sea la economía la que dicta la política.

 

Escipión: -Veo hace tiempo que incumples tu exigencia de no emplear referencias eruditas ni apelar a lo pensado por otros, luego a mí también se me ha estado olvidando. No importa. ¿Propones entonces el Castillo y el Proceso de Kafka como instituciones salvíficas frente a la máquina de las mercancías? Pero la burocratización del Estado y la numeración y cuantificación de los individuos van de la mano con la mercantilización de lo existente y el control alienante de las masas.

 

¡Pues sí! Afirmo que vivimos bajo el más férreo totalitarismo que ha existido nunca y que sólo el terrorismo constituye una opción política real, no ingenua, no ilusa, a menos que consideres la pantomima de votar cada cuatro años a uno de los candidatos de un bipartidismo permanente que se reparte el poder hablando de una pluralidad parlamentaria de hecho inoperante que es dueño de esos medios de comunicación con los que dirigen a sus manadas de borregos, a esas huestes de cenutrios alienadas por el trabajo, el consumo y la televisión. En este punto te podría recordar algún pasaje de Mil Mesetas de Deleuze o el reciente Normas para el parque humano de Sloterdijk, textos en los que el diagnóstico es poco más o menos como el mío. Podrías limitarte a descalificar lo que te digo por emplear la palabra “terrorismo” volviendo a llamarme fascista, en tu caso de posición bienpensante y progresista no sería tan paradójico como cuando me califican de ese modo los herederos de Franco. Pero puesto que hemos convenido en tratar de que no degenere nuestro diálogo y que no caigamos en las frases hechas y los tópicos mediáticos con los que la COPE insulta a la SER y la SER insulta a la COPE -tópicos de los que se nutren esas masas de las que te hablo- te conmino a cumplir el pacto y a procurar argumentar sin escarnio mutuo.

 

Verganza: -En Deleuze sí puede sacarse una posición de terrorismo frente a una máquina de guerra total que sería la sociedad moderna de mercado, pero Sloterdijk si bien diagnostica que el proyecto del humanismo ilustrado ha quedado obsoleto, no por ello sugiere la rebelión violenta, sino algo mucho más irónico y epatante, la ingeniería genética, la eugenesia, si bien eso es una provocación y lo que realmente indica es que lo único que se puede hacer es surfing sobre las espumas, ya que hoy no hay ni burbujas ni esferas. Como emplea la ironía no se sabe hasta que punto es serio en lo que dice o bromea. Por tanto, me parece que el diagnóstico apocalíptico puede llevarse a cabo, pero entonces, los médicos sociales que de ese modo diagnostican se quedan sin poder proponer alguna alternativa seria, lo cual también incumbe al trabajo en que se meten. ¡No es de extrañar! Debieran darse cuenta de que entraña paradoja su tesis y el que puedan manifestarla. ¿Si todo está totalizado por la máquina del mercado, hasta nuestras conciencias, cómo es que nos damos cuenta y lo denunciamos? Creo que eso prueba que el supuesto neototalitarismo no es para tanto.

 

Escipión: -Son ciertas minorías cultas y burguesas del planeta quienes diagnostican de esa manera los males sociales que nos aquejan. La inmensa mayoría no entendería ni una palabra de todo lo que te estoy diciendo.

 

Verganza: -Es que no tienen tiempo pues no cuentan con un trabajo vitalicio bajo el cobijo del Estado, no son funcionarios públicos. Aunque te sorprendería lo que llegan a entender las personas más sencillas.

 

Escipión: -Entonces son como nosotros. ¿Y cómo es que nosotros sacamos tiempo para la funesta manía de pensar? Supongo que porque son las ocho de la tarde y se nos ha olvidado comer, no tenemos hijos y nuestro trabajo, sin ser de funcionarios, nos permite venir a habitar estas aulas y disponer de este ocio fructífero que no es tiempo de consumo. Pero esto se nos acabará con los estudios y engrosaremos las filas de la carne de cañón del mundo productivo.

 

En fin, veo que terminamos exhaustos y el cansancio no es bueno para razonar. Al final, después de nuestra charla, considero que no vale la pena indagar sobre si existe algo así como la dignidad humana, pues resulta con ella como me decía un amigo respecto del amor y la doctrina de la media naranja que se expone por boca de Aristófanes en el Banquete de Platón. Le contaba yo lo de la media naranja y éste me dijo, pues seguro que con la mía ya alguien debe de haberse hecho un zumo. Así, amigo mío, respecto a las dignidades humanas, la inalienable que permanece y las que vienen y se van o que no vuelven, retornan, nomadean, acontecen o nos dejan huella, espectro o ausencia, me temo que ya se han hecho un buen zumo y se lo han tragado enterito. Luego creo en definitiva que he enfocado mal el estudio y elegido mal el tema. Quizás lo más importante sea detectar aquello a lo que merece la pena aplicar el estudio y la reflexión, no vayamos a estar perdiendo el tiempo.

 

Verganza: -Pues fíjate que al contrario de lo que a ti te ocurre, a mí, al final, después de toda la conversación que hemos tenido, me parece que resulta de gran importancia conseguir definir la dignidad humana y creo que dejaré mis otras investigaciones y me centraré en la que te inquietaba al principio. Ya veo que tú acabas por declarar, simplemente, que no existe tal cosa y que no merece la pena indagar en esa dirección; puesto que estas convencido de que el mundo actual está completamente deshumanizado, totalizado o globalizado, aunque antes mantuviste una postura ambigua que llamaste posthumanismo.

 

Yo creo que sí que existe lo humano y que merece la pena definirlo bien, marcarle sus límites, establecer el tipo de relaciones que ha de tener con lo otro y además, que en caso de que ya no fuese así habría que reinventar de nuevo el asunto. Repensarlo sin caer en esos errores metafísicos y modernos que tan continuamente señalas tú y los postmodernos, de acuerdo, pero evitando también, a mi juicio, el nihilismo del sentimiento derrotista que parece aquejar al pensamiento contemporáneo, demasiado crítico y muy poco constructivo. Luego quizás al final acabemos encontrándonos en ese posthumanismo todavía por rumiar bien que tan certeramente detectaste y que ahora amenazas con abandonar.

 

Escipión: -Ya veremos. Dejémoslo aquí, te lo ruego, que ya no me concentro bien.

 

Verganza: -De acuerdo. ¡Adiós Escipión! Ha sido una buena disputa y me ha dado qué pensar, luego confío en que la conversación no haya terminado sino que acabe de comenzar y la podamos proseguir en cualquier otro momento.

 

Escipión: -¡Hasta pronto Verganza, gusto en charlar contigo! De seguro seguiremos hablando.

 

 

 

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