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EL DESINTERÉS DE LA FILOSOFÍA

 Un intercambio epistolar en torno a un curso de verano “Los poetas en la ciudad. Pensar las artes hoy”, UNED Segovia-Fundación Centro Nacional de vidrio. La Granja, 20-24 julio de 2009.

 Por Simón Royo y Luis Fernández-Castañeda

 

LFC escribió:

 LA TRIBU DE  LA FILOSOFÍA

Se puede ir a un curso universitario de verano por muchos motivos, pero podemos establecer una divisoria: por motivos internos o externos. Por motivos internos se asiste porque hay que cumplir con las profesoras del departamento, porque una quiere encontrar un hueco en la universidad, por compromisos casi ineludibles con determinados ponentes, etc. En todo curso de estas características, las personas que se mueven por estos motivos que hemos dado en llamar internos resultan más conspicuas y omnipresentes. Suelen preguntar al término de las ponencias, acercarse y saludar a las profesoras, etc. Otras forman parte de la organización, o son las que dirigen el curso, y se las ve un poco por todos lados y en todos los momentos. En medio de esta selva política de intereses entrelazados, de becarias aspirantes a profesoras universitarias, de jóvenes profesoras aspirantes a un mayor reconocimiento, aspirantes a no defraudar a su catedrática, a que les renueven cierto estipendio, a que les faciliten cierta ocasión de publicar, gente que ante una ponencia soporífera e insustancial es capaz de acumular alabanzas hiperbólicas como introducción a esa pregunta amable en la que todo el mundo queda bien, en medio de esta sopa humana, digo, sobrenadan -algunos ignorantes del entorno y otros sin querer saberlo- personas que se han matriculado por interés. Han venido de Murcia, de Valencia, de La Coruña, de casi cualquier sitio de España. Amelia[i] ha venido de Valencia, trabaja en una oficina, y ha hecho el primer año de filosofía a distancia, por la UNED. No se entera de mucho de lo que se dice en el curso porque le falta contexto, pero está contenta por encontrarse al fin haciendo lo que quiere. Me dice que sus compañeros de oficina piensan que está chalada por plantearse como vacaciones hacer un curso de verano. Pero a ella no le importa, sonríe, y sigue adelante con su proyecto. ¿Qué tiene la filosofía capaz de atraer aún a la gente? Esa pregunta, que me rondaba por la cabeza desde mucho antes, iba a encontrar una respuesta, sin que yo ni remotamente lo intuyera, a lo largo de esta semana de julio. Enrique parece muy joven, y lo es. Es óptico, según nos dijo, pero siempre le gustó la filosofía, lo que pasa es que en casa le dijeron que primero había que comer. Acabados los estudios de óptica y trabajando, se ha metido en la filosofía. Manuel, de cerca de Barcelona, está en un caso parecido, y además escribe poesía. Escucha mucho y bien, tiene una mirada acogedora, y es muy amable. Belén es enfermera en Madrid, una persona encantadora en su trato, que ni se hace notar ni resulta tímida. También está matriculada en filosofía. Julio es psicólogo clínico, pero antes hizo filosofía, y es algo que siempre le ha interesado, como demuestra su asistencia al curso. No conozco la historia de Paco el gallego, no ha habido ocasión, pero sé que no es profesor de instituto. Yo creía antes de venir que la mayoría serían profesores de secundaria, pero me equivoqué. Me preguntaron, realmente interesados, cómo estaba la educación, y procuré cambiar pronto de tema para no deprimirlos. Esta es parte de la gente que conocí y, como se ve, es gente interesada en la filosofía, más allá de cualquier otro interés intermediario.

Mi primera reacción fue de estupor: todavía había gente que creía en la filosofía, incluso talluditos. Eran como pequeños pipiolos deslumbrados por la fachada de un edificio que, como ocurre con ciertos castillos, en su interior no hay nada de lo que parecían prometer sus muros. Muchos de ellos, estoy seguro, todavía creerán que no han entendido determinadas ponencias porque no saben suficiente filosofía, en lugar de decretar que no valían nada. En otros casos, no obstante, pueden tener razón. Ay, yo los veía como ovejas camino al matadero filosófico. ¿Qué les promete la filosofía para que acudan dócilmente tras sus huellas? Mi segunda reacción, inmediata a la primera, fue de responsabilidad. Si esta gente espera algo de la filosofía, quienes nos dedicamos a ella (suponiendo eso en mi caso), debemos hacerlo lo mejor que podamos, con la mayor profesionalidad posible. Más que de profesionalidad, habría que hablar directamente de responsabilidad. Una responsabilidad que nadie nos impone, sino que se impone uno a sí mismo: no cejar, luchar por lo que uno hace para no defraudar a los que te puedan leer, a los que se arriesgan a perder un rato contigo. Ser leal contigo y, así, con ellos. No ofrecer productos basura o de consumo rápido. Nada de fast food filosófica. Eso sería timarles.

Después de todo, la filosofía no ha muerto si aún hay gente capaz de reunirse en el corazón de un verano para hablar desde ella, y hacerlo no por motivos profesionales ni por ningún interés laboral o social, sino simplemente por el llamado de la propia filosofía.

¿Qué es lo que la filosofía les ha prometido como para seguir sus huellas? Esta pregunta parece un enigma. Lo que quedó claro en todas las ponencias, y mucho más en las más brillantes, es que el discurso filosófico tiene una especificidad tal que no se parece a ningún otro. Esta singularidad no se debe a que sea especialmente original, no es por decirlo así nada achacable al discurso mismo, sino a la función que desempeña en nosotros. Es como un bálsamo para el alma. Incluso sin comprenderlo bien, sabemos que maneja unas categorías y unos modos de pensar que parecen una de las respuestas más adecuadas a nuestras exigencias de racionalidad. Si no hubiera filosofía, nuestra razón quedaría profundamente insatisfecha, porque la filosofía es un bálsamo para el alma porque es un bálsamo para la razón. La filosofía responde a las exigencias de la razón, reconociéndolas como tales y enfrentándolas. Esto es lo que marca la singularidad de su discurso y su carácter imprescindible para nosotros. Y esto es lo que todo discurso filosófico, malo o bueno, manifiesta. Esto es lo que se puede leer entre líneas, este es su tono emocional. La mejor filosofía nos deja en suspenso porque replantea la racionalidad de un modo que la razón no había imaginado. Pero incluso la peor filosofía responde a las exigencias de la razón, tomándola globalmente. Ningún otro discurso o práctica humana lo hace, y por eso la filosofía es imprescindible y no morirá entre nosotros.

Si hubo épocas de la humanidad anteriores a la filosofía, esto se debió a que la razón no se constituyó de un día para otro, sino que hay una genealogía de la razón, una génesis, un desarrollo. Pero una vez que los griegos la asentaron, quedó establecida para siempre. El mismo judaísmo fue consciente de que no podía ignorar las exigencias racionales. Esto no supone defender la filosofía griega y mucho menos la grecicidad de la filosofía, sino que afirma que la filosofía griega es el primer intento claro por responder a las exigencias de una razón que había emergido históricamente en aquella época de la humanidad, y es su actitud, su gesto y su conato lo que, mucho más que los contenidos, fundan nuestra tradición.

Así pues, en este curso, precisamente en virtud de la ininteligibilidad, fragmentariedad o incluso vaciedad de algunas de sus ponencias, se manifestó con meridiana claridad en qué consiste la filosofía. Las buenas ponencias lo confirmaron y nos estimularon en la dirección de un trabajo de calidad.

Lo que promete la filosofía sin que ella misma diga nada, por su sola presencia, es que no dejaremos desatendidas las exigencias de nuestra razón, esa razón teórica y práctica que nos alerta de las paradojas y contradicciones de nuestra vida, haciéndonos vivir de un modo que la misma vida -y la cotidianidad asfixiante de nuestra existencia- jamás podría haber imaginado: una vida filosófica. La filosofía nos sirve así para vivir, cuando creíamos que la vida se reducía a “esto”. Por eso la recompensa de la filosofía es ella misma, y quizá sea la intuición más o menos clara de este asunto lo que explica que Amelia, Enrique, Manuel, Ramón, Belén, Julio y tantos otros sigan sus huellas, haciéndola posible con su actitud, como los justos desconocidos que, en la tradición judía, se dice que sostienen el mundo.

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SR.

Estimado Luis: Hemos tenido un último mes de verano muy malo, pero preferible creo no contarte los males e infortunios, sobre todo los que no tienen remedio, y centrarme en el desinterés por la filosofía, que deja atrás los avatares particulares y nos impulsa hacia adelante.  

Te escribiré a modo de misiva, respondiendo a una carta que hubiese recibido, en lugar de a un escrito público salido de la caverna privada. Acabo de leer tu última producción literaria, de la cual, gustoso haré acopio en lo que sigue, intentando recoger lo que nos sea fructífero en la conversación, ahora privada, que bien podremos hacer pública posteriormente.  

Tres son los temas eje que voy rescatando tras leerte. Sin mencionarlo tratas de lo privado y lo público, ya que mantener en secreto los nombres de quienes mencionas en un texto visible, sugiere ese elemento entre lo que se puede y debe decir y lo que no se puede ni debe decir. Además, se relaciona con ello toda una teoría de la verdad, como desocultamiento y como correspondencia, las tesis sobre si ha de enunciarse todo o si debe escogerse entre lo que se revela a quien no lo conoce y lo que por pudor, consideración, tacto o vergüenza no se tiene que enunciar. La distancia entre lo políticamente correcto y la cruda sinceridad. Aquí se involucran, por un lado, la verdad como correspondencia, que sugiere que todo pudiera decirse y, por otro, la de desvelamiento, que indicaría que no puede siquiera decirse todo, sino que, más bien, el ámbito del ser rebasa con creces el del decir, con lo que ni siquiera el sabio podría enunciar todas las verdades. Y todo ello por no hablar de diluir al sujeto y que sea el ser el que se manifieste en el hablar o más bien en el actuar, pues entre las acciones está la del decir.  

Con ello resulta vinculable la idea de que el arte es una ilusión que se mantiene mientras que no se aprecia lo que sucede detrás del escenario. ¿Acaso la filosofía misma no podría caracterizarse, como el teatro, de la misma manera? Sin embargo, nuestra tradición occidental ha cultivado la razón bajo la presuposición de la ciencia, no del arte, de que lo que sucede detrás del escenario del universo son las leyes que lo gobiernan y que, conociéndolas, se aprecia el funcionamiento del cosmos y se capta su verdad.  

Si hay relación entre lo que te digo ahora y lo que has escrito es porque por encima de la teatralidad y negociado de la universidad parece que te has asombrado al reencontrar el “desinterés” como signo fundamental de la filosofía y de quienes se acercan a ella. Asombroso, dices, resulta que en nuestro tiempo todavía queden personas que se interesen desinteresadamente por la filosofía, pero eso es una constante de quienes después de haber estudiado para obtener una formación que les permitiese realizar un trabajo productivo y ganarse la vida, una vez que son profesionales adultos en áreas y disciplinas diversas, arquitectos, basureros, panaderos, farmacéuticos, músicos, neurofisiólogos, e incluso profesores, acuden a unos estudios reglados de filosofía en los que laborar para obtener una formación no ligada a trabajo productivo alguno y, por tanto, desinteresada. ¿Desinteresada? ¿Para qué y por qué lo hacen? Con ello te estoy preguntando por los motivos y las finalidades de iniciarse en semejante tarea, si bien te pregunto sin carecer de respuestas a semejante pregunta, ya que al igual que tú, podría barruntar retrospectivamente sobre los motivos y las finalidades que, contra toda recomendación social y familiar, nos hizo en la juventud afiliarnos y aficionarnos a la filosofía. Desde luego que no fueron los de realizar una profesionalización que nos permitiese ganarnos bien la vida para, después, acometer por mero gusto lo que nos viniese en gana y equivaliese a un hobby cualquiera.  

Si en el mundo todo el mundo hubiese dejado para después el arte y la filosofía, para después de rellenar todas las necesidades materiales, para después de tener el carruaje, el palacio y el barco, los manjares, las fiestas y las joyas, poco arte y poca filosofía se hubiesen hecho a lo largo de la historia. También hoy en nuestra sociedad de la subsistencia infinitamente aumentada o de la extensión indefinida de las necesidades llamadas básicas, poca filosofía y poco arte se harían si se dejasen para después del chalet, el yate, el coche, los mejores alimentos y los más variados entretenimientos y diversiones. Pero lo cierto también es que tanto a lo largo de la historia como en nuestros días pocos somos, muy pocos, los que no hemos dejado para después lo del arte y la filosofía, a lo que se podría añadir lo de la ciencia teórica -que no aplicada- y lo de la religión o teología. Así, de todos esos admirables estudiantes adultos que tanto has admirado por su desinterés se podría decir que lo retoman tarde, después de haberse vendido antes por un puñado de garbanzos. Nosotros, al menos, lo hemos tenido que hacer más tarde, nuestro desinterés estuvo antes, no después, y aún continúa a pesar de los pesares. En este sentido admiro más al jovencito de dieciocho años que se matricula en filosofía que al adulto que lo hace veinte años después, una vez garantizadas las habichuelas. Lo que ocurre es que las circunstancias son muy variables y erróneo sería que juzgásemos y admirásemos unilateralmente de una manera u otra. Las vidas son complejas y el joven de familia rica que estudia despreocupada y desinteresadamente la filosofía por tener garantizada una renta vale menos que el adulto que, esforzadamente, simultanea su trabajo productivo con unos estudios reglados de filosofía. En este último sentido estaríamos midiendo lo que vale una persona en función de sus esfuerzos en pos de la adquisición de conocimiento desinteresado, lo cual es una unidad de medida que no tiene consenso, pues otros miden lo que vale una persona de manera exclusivamente pecuniaria, tanto tienes tanto vales, de una manera productiva, tanto produces tanto vales, o exclusivamente moral, tan bueno eres como personalmente vales. Lo bello, lo bueno y lo verdadero fueron criterios de medida entre los griegos, pero también lo piadoso, lo bondadoso, así como la riqueza, los honores y el poder. Frecuentemente, sin conciencia de ello, -por supuesto por no estudiar filosofía-, miles de millones de seres humanos, la mayoría del planeta, se guían por una hibridación de todos esos criterios del medir la valía de una persona. Nosotros no nos guiamos por otros pero al menos somos conscientes de ello.  

Resulta importante retener lo que he mencionado antes de “estudios reglados” de filosofía, ya que por gusto y hobby en el tiempo libre al fin conseguido o escamoteado con esfuerzo al trabajo productivo, se puede acudir a unos estudios y libros de dudosa reputación pero gran economía, que inmediatamente les ponen en contacto con los asuntos espirituales que una vida materialista había dejado de lado. Me refiero a todos los esoterismos, orientalismos y pseudofilosofías de todo cuño que inundan las librerías del mundo en que vivimos. ¿No es más breve y conciso afiliarse a una secta tipo New Age o Nueva Acrópolis que estudiar una Licenciatura y tener que pasar unos exámenes? ¡Incluso las hay que además de espiritualidad ofrecen puestos laborales y manejan poder y dinero, como el Opus Dei! Existen otras que han tenido tiempos mejores y han sido asociadas a movimientos políticos acaso más dignos, pero que siguen el mismo esquema que ya en la Grecia clásica caracterizaba todavía a órficos y pitagóricos, luego seguido por los gnósticos cristianos: un camino de iniciación soteriológica en busca de la verdad y la divinidad. Desde sus orígenes la filosofía, fuese lo que fuese ésta, rivalizó con la religión ofreciendo de algún modo lo mismo que ella, una explicación de la realidad última en que se vive y una vía de mejoramiento individual y colectivo.

Sócrates y Kierkegaard entienden el desinterés de una manera muy diferente entre sí, aunque el segundo tratase de involucrar al primero en la noción de desinterés existencial, y ambos se distingan a su vez de una manera también muy célebre de entender ese vocablo, la kantiana. La formación filosófica, si por tal entendemos la familiaridad con la historia de la filosofía, con lo que han dicho otros, nos permitirá distinguir entre el desinterés platónico y kantiano frente al socrático o kierkegaardiano, mientras que la misma formación filosófica, si por tal entendemos la adquisición de la capacidad de razonar mediante conceptos abstractos apelando de manera última a la lógica y la ontología, nos habría de permitir la reelaboración y reproblematización de la idea de desinterés desde la actualidad. Mencionabas el ir y pulular de las becarias sin saber que en este caso son personas que ya no tienen beca alguna, que sobreviven como pueden, aunque sí te consta que se les promete un puesto en la universidad para mejor explotarlos e instrumentalizarlos. También te puedo decir que nada cobré por preparar e impartir una conferencia en Segovia el último verano, la excusa, esta vez, fue que como los catedráticos se habían alojado en el Parador y ese alojamiento era muy caro, que se había llevado todo el presupuesto y no quedaba dinero para pagar a los no Vips. Así que fui, desinteresadamente, trabajé gratis, aunque claro, siempre te encuentran un interés detrás del desinterés y te dicen: “pero seguro que te vale para el currículo”. Pero no, encima no vale, ya lo sabía por la ANECA. Sin embargo me lo pasé bien, contigo y con los demás que mencionas, me gusta escuchar y hablar de filosofía, es una actividad que me place y que no puede realizarse en solitario. Este diálogo nuestro también es prueba de ello. 

¿Qué es el desinterés? ¿Qué queremos decir cuando decimos que algo es desinteresado? ¿Cuál ha sido la historia del desinterés o qué se ha querido decir cuando se ha hablado con anterioridad a nuestro tiempo de tal cosa? ¿Influye en algo la noción crediticia del interés bancario en nuestra noción actual de desinterés?

 

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LFC.

“Así, de todos esos admirables estudiantes adultos que tanto has admirado por su desinterés se podría decir que lo retoman tarde, después de haberse vendido antes por un puñado de garbanzos.”

Creo que en estas palabras se resume el planteamiento que llamaré heroico de la actividad del espíritu. La filosofía, el arte, las ciencias, esas ramas frondosas del árbol del espíritu, exigen para su adecuado cultivo una entrega sin límites. La carne se ha de poner al servicio del espíritu, ha de ser la tierra sobre la que se cultive la flor, y ésta no pide agua, sino sangre para su riego, sangre propia y ajena. La entrega incondicional a la vocación implica el sacrificio voluntario de uno mismo, y a menudo el involuntario de otros. Sólo si nos va la vida en ello haremos algo que merezca la pena.

En el planteamiento heroico, incluyendo el tema de la llamada (vocación) o no, todo va dirigido a producir una obra admirable, y se considera que no se puede conseguir sin una entrega total, es decir, sin poner en máxima tensión el espíritu, juntando todas las fuerzas en pos de un objetivo. Ya nos advierte el evangelista que no se puede poner el corazón en la bolsa y en el reino de los cielos.

El místico, por su parte, ha de vaciarse (como Cristo, epístola a los Filipenses) si es que algún día quiere llenarse de Dios. El que ponga la vida en algo, la perderá, y el que la pierda por la causa, la ganará. En la religión, en la mística, en el terreno del espíritu en general, se ha afirmado esto. Y también en el arte (Flaubert como modelo). La ciencia, por su parte, tan exigente como es, no necesita referencias místicorreligiosas para apuntarse a lo mismo.

El planteamiento heroico se ve potenciado por la confrontación con la sociedad. Si en lugar de esto viviéramos en una sociedad condescendiente económicamente con el planteamiento heroico (como ocurre con el deporte), la radicalidad de éste quedaría herida de muerte. Pero ocurre lo contrario, de donde saca pecho la heroicidad para afirmar su superioridad y denunciar a los demás como vendidos o, al menos, vendidos de antemano.

Las justificadas críticas sociales del planteamiento heroico no pueden sin embargo tomarse como apoyo a su propia posición: son dos cosas distintas. 

Mi asombro vino de que esta sociedad que parece haber erradicado toda ocupación espiritual seria, produjera a pesar de todo personas interesadas en ésta. O, en otras palabras, que, dado el formidable dispositivo para adormecer las conciencias, siga habiendo resquicios por donde penetra la filosofía. Esto le parecerá insuficiente al partidario del planteamiento heroico, si es que no ridículo o falso. Sin entrar a discutir ahora este punto, creo no obstante que éste no puede tomarse a su vez como confirmación de la validez del planteamiento heroico. La radicalidad con que cualquiera quiera tomarse la filosofía, la ciencia, el arte o la religión, diría, es cosa suya. Lo que a mí me importa es que haya gente capaz aún de escuchar y de querer participar. Todos (o casi todos) tenemos que ganarnos la vida, y no se puede plantear que hay que elegir las habichuelas o la filosofía. Yo quiero las dos cosas, y no estoy dispuesto a conceder que quien siga el camino del héroe tenga por hacerlo alguna ventaja espiritual frente a mí. 

En cuanto al supuesto desinterés, propongo leer de otra manera la siguiente cita de Bentham, entendiendo por interés personal algo desde luego mucho más amplio que el interés económico:

“Todo sistema de gestión que tiene el desinterés, pretendido o real, como fundamento, está podrido de raíz; es susceptible de una prosperidad momentánea en sus inicios, pero está destinado a perecer a la larga. Es del principio de acción del que en mayor medida se ha de depender, aquel cuya influencia es más poderosa, más constante, más uniforme, más perdurable y más general en la humanidad. El interés personal es dicho principio: un sistema de economía levantado sobre cualquier otra clase de cimientos ha sido construido sobre arenas movedizas” (Bentham Works p.381 -¿vol?-; citado en Himmelfarb, Gertrude: Matrimonio y moral en la época victoriana, Debate, Madrid 1986, p. 131). 

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SR.

Querido Luis: tu asombro me asombró y ya sabemos lo de Platón y Aristóteles de que la filosofía comienza con el asombro. Ha sido ocasión que he cogido al vuelo para que, aunque sea una vez al mes, podamos dialogar epistolarmente. Ante todo no vayas a  molestarte por ninguna de mis elucubraciones, que más bien estoy en periodo escéptico que sembrando ninguna posición dogmática. Guardemos lo escrito que luego a lo mejor es publicable en la caverna. De ahí también que adopte un tono dirigido a ti pero sin complicidades que no pudiera entender un lector culto externo, excepto que con lo de publicar en la caverna, quiera decir, en lugar de salir, entramos. 

La cita de Bentham que me envías es muy sorprendente y también el libro de la que está sacada. El utilitarismo del urdidor del panóptico de un libro de una tal Gertrudis sobre moral victoriana que dices que hay que leer de otra manera para que podamos oponer al “desinterés” el “interés personal”. Como ves empiezo por el final, porque me quedé barruntando: ¿de qué otra manera sino como la consigna del economicismo liberal puritano del capitalismo triunfante puede ser leído ese párrafo? Me quedé procurando atisbar sin conseguirlo una lectura diferente, pero quizás a lo largo de esta carta se me ocurra. 

Desde luego que lo que tan acertadamente has designado como planteamiento heroico es una reminiscencia del Romanticismo y las teorías del genio que ha entroncado con cierto éxito en el imaginario de la sociedad de masas a través del deportista y el actor de Hollywood. La ética de la autenticidad se sobrepondría aquí a la ética de la responsabilidad. ¿Valdría cierta analogía entre la tesis de Max Weber sobre el capitalismo y el protestantismo para que el individualismo egoísta y la soteriología de la vocación, el Beruf, alcanzasen la gracia a través del antagonismo económico y el triunfo social? 

Aciertas plenamente en lo equívoco del planteamiento dialéctico entre arte y vida, filosofía y habichuelas, indicando acertadamente que el morirse de hambre por no hacer otra cosa que filosofía no tiene que implicar ninguna superioridad espiritual sobre quienes no lo hacen. En realidad no hemos de tratar aquí en qué lugar nos situaríamos nosotros mismos ante semejante dilema, un tanto maniqueo, pues que seamos casos particulares dentro de teorías generales no ha de significar nada en lo referente a nuestra subjetividad. Lo malo es que el juicio de valor está implícito en cualesquiera disquisiciones que afecten a lo vital y lo humano, ya que también somos parte de lo vital y lo humano. ¿Se sentirá mi subjetividad halagada por una teoría objetiva que me sitúe entre los auténticos y los elegidos en oposición a los borregos y los vendidos? ¿No será entonces toda disquisición a ese respecto sino un intento interesado de justificación de los propios pre-juicios o las propias circunstancias? ¿Habremos de sentirnos ofendidos si caemos como casos particulares en una teoría general que nos desagrada y sentirnos felices si ocurre lo contrario? Este es un gran problema gnoseológico que tan sólo dejo apuntado, pues de alguna manera pienso que si justifico mis pre-juicios y circunstancias entonces, o no pienso, o involucro el hedonismo en la filosofía, con lo cual no veo las cosas tal y como son sino tal y como me gustaría que fuesen. A eso lo llamaría Platón alethés doxa, esto es, opinión verdadera o justificada, y es a lo máximo que ciertos filósofos analíticos dijeron que podía llegarse, a la creencia justificada

Respecto a la oposición binaria de los pares dialécticos lo acertado en general será romper con el sortilegio de la oposición filosofía/habichuelas de modo que, como bien dices, “ambas cosas” sean llevaderas conjuntamente e incluso complementarias, en lugar de tener que elegir entre una de ellas. El problema es que resulta difícil escapar, como bien sabes, a la dialéctica. Y como hemos empezado con el par desinterés/interés nos hemos visto envueltos en la oposición entre filosofía desinteresada y trabajo interesado o resumidamente, filosofía y habichuelas. 

Al fin y al cabo la economía es la filosofía de las habichuelas y los teóricos de la economía que se ganen la vida con ello estarán haciendo filosofía. El pobre Marx nunca pudo ganarse la vida con ello. No habría oposición entre filosofía y habichuelas si por hacer filosofía nos ganásemos la vida y algún mecenas o institución nos asalariase por escribirnos estas cartas o de ellas se nos devengase una renta. Por cierto, ¿de qué vivía Walter Benjamin? Sé que Bacon era canciller de Inglaterra, Platón sería terrateniente y poseedor de esclavos, Epicteto por lo visto fue esclavo y Marco Aurelio, emperador. Muchos filósofos, serán profesores, claro, pero Montaigne se conformaba con ser barón y Schopenhauer y Kierkegaard con sus respectivas herencias. Los medievales eran de la carrera eclesiástica o no eran, Tomás, Agustín, Abelardo… todos frailes o monjes… ¡Ay! ¿Habrá algún filósofo que haya vivido de la filosofía? Ahora sí, los mediáticos, los vulgarizadores, los que puedan competir con la auto-ayuda y prestar un asesoramiento filosófico a las masas descarriadas. 

Dejo lo anterior y vuelvo sobre la cita de Bentham. Ahora se me ocurre que entendiéndola de otra manera podrías estar entonces destruyendo la pareja maniquea al apelar a un interés personal que opusiéramos a un interés impersonal, algo así como un interés privado que sería simultáneo a un interés público; de modo que si trabajamos como profesores (o conductores de autobús, tanto da) por interés público, laboramos al tiempo como filósofos -y estas misivas lo demuestran- por interés privado o personal. Con ello desterraríamos la noción de desinterés del vocabulario filosófico, ya que, muerto Dios, no sería espiritualmente superior a nadie quien por vocación, por ejemplo, se mantuviera célibe y enclaustrado, dedicado exclusivamente al culto a lo divino o sus sucedáneos secularizados, en lugar de vivir totalmente inmerso en lo social. 

En este punto las semejanzas entre el filósofo y el sacerdote son demasiado evidentes, uno creyendo en la Razón, el otro en Dios, ambos por vocación, al ser llamados por una cosa o por la otra de manera incontestable, irrenunciable, plena y absoluta, dedicándose el primero totalmente a su ocio, el segundo completamente a la devocio, y, finalmente, triunfando en la modernidad ni el uno ni el otro, sino el negocio (nec-otium). Los griegos tuvieron por paradigma el Arte y por mediación el ocio, los medievales por paradigma la religión y por mediación la devocio, y los modernos tenemos por paradigma la economía y por mediación el negocio. En tal coyuntura me resisto a desterrar el ocio (scholé) griego, ligado luego a la noción de “desinterés”, pese a ser consciente de que difícilmente se sostiene sin un absoluto. 

A mí, la verdad, es que me resulta muy grato escribirte y dialogar contigo, reflexionar sobre todas las cosas y leer lo que los grandes han dicho, pero en ello me guío por simple cuestión epicúrea y si me preguntan, ¿por qué lo haces? Respondo: porque me place. Y cuando prosiguen, ¿y para qué lo haces? Respondo: para nada, porque me place. Así queda muy hedonista la cosa. Pero Kant ya advertía que nunca podemos estar seguros de seguir la ley moral pues siempre pudiera haber una inclinación insospechada e inadvertida adherida al imperativo. Y, sí, quizás haya por debajo de este paradójico (pues interesado y desinteresado a un tiempo) placer del filosofar alguna pequeña motivación oculta como la de re-hacer el mundo y a uno mismo, ser un dios que enmiende y reconstruya lo que un torpe demiurgo ya muerto forjó una vez modelando sucio barro. 

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LFC.

Querido Simón, es sano sentir molestia por las elucubraciones, pues ese quemazón señala un punctum doliens, una vexata quaestio que nos permitirá pensar más, y quizá mejor. Pero todo esto ya lo sabes. Sin duda debemos adoptar este tono de interlocución directa pero sin complicidades, de modo que un futuro lector no se sienta molesto por alusiones que no pueda descifrar. Desde estas líneas recibo a ese lector, y lo tengo en cuenta, aunque sé que esta actitud puede resultar ridícula, como lo son las cartas de Cicerón, escritas a amigos o parientes pero con el ojo puesto en la posteridad. Me arriesgaré a este ridículo porque siento la necesidad de una tercera persona en nuestro intercambio, y mira que suena bizarro. De algún modo, me siento obligado hacia una tercera persona en lo que hago, y no podría estar ausente aquí.

Tus palabras traslucen sufrimiento, y por eso son tan bellas. No es su forma, ni su estilo, ni siquiera en primera instancia lo que se piensa con ellas, es que conmueven. No tengo yo otro criterio para la música, la literatura y el arte en general: lo excelente es lo que me conmueve. Bajo todo hedonismo hay un suelo de dolor que nunca podremos evitar y que, no obstante, no cesamos de combatir; nuestro pensamiento no puede resignarse a este mundo demencial. Buda salió de él, dejándolo por imposible, pero Occidente (occidere, matar, caer, sucumbir, declinar) es desgastarse en esa imposibilidad, y por eso prendió aquí el cristianismo. Lo nuestro es la búsqueda del Grial. De esta guerra que nuestro antecesor Heráclito estableció como marco del mundo, sabemos de sobra su resultado. Y sin embargo... eppur si muove, como atribuyen a Galileo. Ese es el interés personal con el que proponía leer a Bentham: no que la persona se sienta atraída por algo, sino que en el andar entre esas cosas (inter-esse) nos va el ser, y el ser persona. Ese interés personal nos constituye, nos hace ser, y ser per-sona, esto es, aquél por cuyo medio suena la voz que nos alza de la nada.

Pero lejos de tomar esto como una revelación sagrada, ya sea del Dios bíblico o del Espíritu hegeliano, y sin dejar de estimarlo un mysterium magnum análogo al Principium Magnum descubierto por Leibniz (principio de razón suficiente), lo considero un mero avatar en la historia de la vida respecto al género Homo (ni siquiera lo circunscribo al Homo sapiens). Esto no quita importancia a mis problemas, seres queridos, sufrimientos y subjetividad, ya que para mí lo son todo, pero los disuelve completamente en la insignificancia, y a mí con ellos, y a la sociedad humana entera. Lo que para mí es todo, para el universo es nada.

Pienso así, pero no vivo así.

Al margen de lo que puedan valer las anteriores reflexiones, sin duda demasiado apretadas, quisiera yo también defender el ocio frente al negocio. La cultura no puede cultivarse sin tiempo libre, y es sospechoso que esta libertad no sea reivindicada con más ardor en cuanto primigenia libertad, libertad que nos permitirá ser libres en todo lo demás. Al contrario, el tiempo libre se entiende habitualmente como tiempo de descanso, como pausa entre una jornada laboral y otra, lo que se demuestra en que nadie considera que un parado tenga tiempo libre, como tampoco de los enfermos se dice que disponen de él, incluso aunque sea así. Lo que se llama vulgarmente tiempo libre es por tanto equiparable al recreo de los colegios. Y en efecto, se supone que ese espacio de tiempo está dedicado a actividades recreativas de todo tipo, como montar a caballo, cantar en un coro, jugar al billar, ver películas, y un inacabable etcétera que va desde aquellas recreaciones bien consideradas (la lectura) a otras que en la estimación común lindan con el vicio (beber, fumar) o incluso lo traspasan (la prostitución), hasta caer en lo ilegal (la pederastia, por ejemplo). No es éste el tiempo que reivindicamos cuando defendemos la scholé griega, por más que campañas ministeriales nos digan machaconamente que la lectura es cultura, que el cine es cultura y quién sabe cuántas cosas más. El término cultura está cargado de connotaciones positivas, y de su prestigio se aprovecha el poder político para bautizar todo tipo de actividades. La idea directriz es convencer a la población de que muchas de las cosas que hace en su tiempo libre y que parecen mero pasatiempo, pura recreación, en realidad son cultura, están muy bien, enriquecen la vida y además de ser lícitas resultan encomiables. El pueblo llano, por su parte, si oye hablar demasiado de cultura, tiende a pensar que se trata de un rollazo, algo aburrido o incomprensible que no se atreve a descalificar de viva voz, pero sí por lo bajini.

La realidad es que cultivarse requiere una energía que el tiempo libre, tal como es comúnmente concebido y vivido, no puede proporcionar. Con los horarios laborales de hoy, bastante se tiene en la mayoría de los casos con poder descansar de un día para otro y cumplir mínimamente las obligaciones familiares. En otras palabras: no hay tiempo para la cultura. Como la franca admisión de este hecho le resultaría vergonzosa al poder político occidental por incompatible con su fondo ilustrado, la salida consiste en declarar que el tiempo de descanso (llamado ya engañosamente ‘tiempo libre’ o ‘tiempo de ocio’) puede convertirse, con un poquito de empeño, en tiempo de cultura. Quizá haya incluso alguien que se lo crea, porque también entre los ciudadanos hay una difusa conciencia de la incompatibilidad de ello junto con el deseo de que, no obstante, lo imposible sea posible, para así reducir tamaña disonancia cognoscitiva y poder adaptarse a la vida que, de facto, llevamos.

No hay como querer cultivarse en las actuales circunstancias para comprender que lo imposible es imposible. Se necesita un tiempo que no está disponible. Este es un problema que se pueden plantear hoy los hijos de las democracias occidentales precisamente por disponer de algún tiempo libre. Antes ni siquiera existía el problema, todo el mundo sabía que si no eras rico-noble, o no entrabas recomendado en la Iglesia, jamás tendrías cultura. Hemos progresado, pues, en la conciencia del dolor. 

Junto a esto, hay que señalar una fuerza nacida en la Ilustración que tiende a identificar conocimiento técnico con cultura. La Encyclopédie, desde su  mismo título, otorgaba una gran importancia a los saberes técnicos, expresados en los oficios. Llamaron entonces la atención sus numerosas ilustraciones de talleres y procesos fabriles. Con este empeño, los ilustrados querían oponerse a los fosilizados saberes humanísticos de la tradición. Fue, si exceptuamos por demasiado erudita la famosa querella entre antiguos y modernos, el primer movimiento de rechazo social hacia un saber que sentían obsoleto y opresivo. (A este respecto, el Diccionario de Bayle no avanza novedad, y el pionero Descartes tampoco, porque nunca llegó a una crítica social de la tradición). En seguida, el desarrollo de la ciencia llevó a una enorme acumulación de saber que se fue revelando utilísima para el bolsillo y el gobierno de las naciones. Se produjo entonces la curiosa amalgama avanzada por los enciclopedistas, que consistía en considerar los saberes científicos y técnicos como parte insoslayable de la cultura general. De este modo, la formidable masa del saber escolástico-humanístico perdía el monopolio cultural del que había gozado durante siglos. Primero tuvo que compartirlo con la tecnociencia, pero cuando ésta empezó a revelar todo su formidable poderío, ya no se preocupó de aparecer como cultura: pudo de nuevo dejar el banderín de la cultura en manos del tradicional saber humanístico, segura de que su propia posición era inexpugnable. 

Así fue y es de facto, pero es sabido que las sociedades no pueden resignarse a como son de hecho, sino que necesitan soñarse de derecho. Y en esa ensoñación, letras y ciencias aparecen hermanadas bajo un rótulo que dice “enseñanza”. Bajo esa ensoñación, el saber tecnocientífico aparece como parte integral de la cultura. De este modo, los beneficios de tal palabra revierten en la tecnociencia, identificando lo que es instrucción y lo que es cultura. A partir de entonces, estudiar metalurgia fue algo tan cultural como estudiar historia del arte. En medio de esa ensoñación pedagógica general, no se distingue entre lo que es aprender a ganarse la vida y lo que es cultura. Más aún, las cosas que hay que aprender para ganarse la vida se aprenden en las mismas instituciones que enseñan a cultivarse. No puede haber mayor equívoco. De este modo, la prevalencia de facto del saber tecnocientífico goza además del marchamo de cultura, y no es porque a ella le haga falta, sino porque le hace falta a la sociedad. 

Pensemos por un momento que no fuera así. La adquisición de saberes para ganarse la vida se realizaría en unas instituciones que podríamos denominar Formación Profesional. La cultura se aprendería y practicaría en otro tipo de instituciones a las que bajo ningún concepto deberíamos llamar universidades, pues éstas son la expresión más clara de la ensoñación pedagógico-cultural que denunciamos. De la misma forma, deberíamos separar un tiempo de descanso y vida familiar de un tiempo de cultura. Si ahora practicáramos tal disección en la sociedad, nos encontraríamos con que la inmensa mayoría de lo que se llama cultura es simplemente modo-de-ganarse-el-pan, y la inmensa mayoría de lo que se llama tiempo libre es simplemente necesito-descansar (de ahí, por otra parte, el éxito de la televisión). Esa disección, expuesta claramente, revelaría cómo es de hecho nuestra sociedad; por eso no se hace. 

Así las cosas, quien quiera cultivarse tendrá forzosamente que detraer el tiempo requerido para ello de su descanso personal y/o de sus obligaciones familiares. Es decir, estará cada vez más cansado y/o cargado de tensiones con sus seres queridos.

Quien tenga talento, probablemente logrará zafarse de este lecho de Procusto, al menos en cierta medida. Pero quien no lo tenga, caerá en él irremediablemente. En otras palabras: nuestra sociedad está hecha de manera que (y prefiero no decir para) desalienta en general el esfuerzo por la cultura, aunque diga lo contrario. Si no se tiene talento, sólo quien sea extraordinariamente tenaz y esté dispuesto a dejarse la vida en ello (y puede que la de otros, en algún sentido o en sentido absoluto), podrá cultivarse un poco. (Dejo de lado a los que se conforman con parecer cultivados). 

Hay quienes piensan que así están bien las cosas. Unos, porque es un ‘sistema’ que selecciona de modo natural el talento, condenando a los que no lo tienen a la incultura. Son los darwinistas sociales, los hegelianos y muchos liberales. Otros, porque creen justo que quien quiera dedicarse a la cultura pague un precio elevadísimo por ello. Son los resentidos. Yo no creo que así estén bien las cosas, y si me dicen que siempre ha sido así diré: precisamente por eso. No obstante, los gobiernos seguirán extendiendo la palabra cultura como una espesa miel sobre la población, seguirán defendiendo los intereses ilustrados siempre de palabra, mientras que de hecho hemos visto que la historia es otra. Y lo seguirán haciendo hasta que si por cualquier casualidad un día disponemos de verdadero tiempo libre, no sepamos ya en qué emplearlo. Ese día habrán triunfado. Personalmente, no creo que llegue tal fecha, por suerte quizá inalcanzable, pero lo que importa es que parece que tampoco nos alejamos de ella. 

Nosotros, filósofos, no podemos escapar de encrucijadas como interés/desinterés u ocio/negocio, o dicho de otra manera, no podemos superar esta dialéctica. Estamos atrapados en estos dilemas, que afectan a todo el cuerpo social. Sin embargo, observaría a este respecto dos cosas. La primera, que poder pensar esto y describirlo es ya un modo de hacerse con ello. No digo de dominarlo, pero sí de que no nos domine hasta el punto de nublarnos la vista o hundirnos en la desesperanza. Realizamos una crítica y la expresamos con palabras claras de uso común. Que nadie nos acuse de ininteligibles. Reivindicamos el tiempo verdaderamente libre y no sus sucedáneos, consideramos que es la base de la democracia y denunciamos las campañas del poder político e incluso de la misma sociedad para intentar convencernos de que esto que vivimos es Ilustración. La segunda observación es más bien una esperanza, quizá romántica o quimérica: la única esperanza que me cabe como individuo sufriendo estas circunstancias, es pensar que si no las sufriera, mi pensamiento sería irremediablemente superficial, infantil; es querer que esta situación a veces insoportable quizá también me brinde la oportunidad de pensar de un modo que nunca habría imaginado. 

El libro de Himmelfarb es una colección de interesantes ensayos sobre la época victoriana, el título es equívoco. El dedicado a Bentham revela a un autor mucho más feroz, totalitario y sádico de lo que ya parecía con el panopticon. Marx, en la única referencia que hace a él en El capital, lo llama “Protofilisteo... oráculo seco, pedante y logorreico del sentido común burgués del siglo XIX... un genio de la estupidez burguesa” [“Urphilister... nüchtern pedantische, schwatzlederne Orakel des gemeinen Bürgerverstandes des 19. Jahrhunderts... ein Genie in der bürgerlichen Dummheit” (Das Kapital I cap. 22.5, Ullstein, Frankfurt, pp.559-560).] Pero Bentham es más que un genio de la idiocia burguesa; Marx no reconoció en él las amenazas del mundo hipercontrolado que auguraba. 

Walter Benjamin se ganaba la vida (por decirlo de alguna forma) como crítico literario en el Frankfurter Allgemeine Zeitung  (FAZ), pero eso sólo en su mejor época. La prohibición nazi de publicar en Alemania hundió su ya frágil economía. Antes y después de su época del FAZ su vida era una continua búsqueda de becas, oportunidades de publicación, posibles puestos universitarios, contribuciones para enciclopedias, traducciones, posibles conferencias, la venta de libros de su biblioteca, etc. La economía familiar de sus padres se hundió con la depresión del 29. Los últimos años de su vida fueron tremendos, con más de veinte cambios de domicilio y constantes peticiones de ayuda a Adorno o al Instituto de Investigación Social. Éstos le respondieron al principio, pero de hecho no se hicieron cargo de su penosísima situación, y las ayudas llegaban a menudo tarde y menoscabadas. Lo peor son esas cartas de Adorno y Horkheimer en las que tratan de que rectifique sus escritos para poder publicarlos en la revista del Instituto. Aun suponiendo la mejor intención (al menos de Adorno), resultan crueles e incluso sádicas, pues suponen ejercer una gran presión en quien no puede defenderse de ningún modo. Casi da vergüenza leerlas. 

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SR.

Querido Luis:

Abrumadora por su condensación de temas, síntesis históricas y recapitulaciones me ha parecido tu última misiva. Empezaré respondiéndote por ese tercero en la conversación que no somos ni tú ni yo pero que presuponemos habrá de presentarse alguna vez y formar parte de la conversación. Eso implica no guardar el archivo en un cajón y hacerlo público. Con ello quizás pensamos devolver lo que nos han legado los inveterados conversadores que han sido los filósofos de antaño. Responder a una deuda contraída con los muertos y sólo pagadera con los venideros. Sobre el valor de los diálogos de Platón, Cicerón, Agustín, Berkeley, Galileo, Voltaire, etcétera, consiste en sus efectos y preservación, en que siguen vigentes y algunos ya lo fueron en su tiempo. ¿Pero cómo medir ese valor que no es ningún precio? ¿Cómo valorar la propia existencia en función de ese valor cuando la sociedad actual indica que no vale nada? 

Esos problemas ya los tuvieron otros antes que nosotros, la comparación con los grandes se nos aparece, además, como disuasoria y pocos se atreven a pensar limitándose a especializarse en el pensamiento de un gran autor del que se declaran albaceas. Bueno, tampoco está eso tan mal. Ya ser un experto en algún pensador o sistema o corriente de pensamiento es una habilidad que no tiene cualquiera, la mala suerte es que en la sociedad actual no se cotiza. Por otro lado nadie piensa a partir de la nada al igual que no hay creación ex nihilo

Me hablas de conmoción atribuyéndola al sentimiento de placer o displacer (hedonismo) como una guía del valor de un escrito, una música, una pintura. Pero ese es el valor para el receptor y yo me pregunto por el valor para el emisor. En el emisor lo que creo que se produce es que cuando está pensando, escribiendo, pintando, bailando o incluso jugando al fútbol, sale fuera de sí, ya no existe ni el yo ni el mundo, se siente uno como drogado, en comunión con el cosmos o la naturaleza. Desde luego esa sensación es agradable. Si la concentración y la destreza de un violonchelista son suficientes desaparece todo ante él, sus preocupaciones, su vida cotidiana, sus problemas, sus alegrías concretas, sus tristezas esporádicas, se ha metido dentro de la música, se ha fundido con ella y ahora ya  no es un hombre, sino que es música. Ese endiosamiento o entusiasmo fue bien conocido por los griegos, que buscaron tanto vías racionales como prácticas irracionales para alcanzarlo. Pero resulta que hoy en día y sin ninguna preparación ni esfuerzo un jovenzuelo puede tomarse un éxtasis y salir fuera de sí. La química ha logrado que la sensación de uno que ha tenido que practicar la meditación durante 20 años para poder situarse a voluntad en determinado estado de conciencia e incluso de comunión con los demás, se produzca por ingestión de una pastilla. Así se economiza en la sociedad de la venalidad universal donde todo se compra y se vende con tal de que su consumo pueda ser instantáneo y sin esfuerzo. 

Pero desconfío mucho de los atajos y ya escribí una vez que Mondrian no era un borracho que pintaba desinhibido gracias a la ingesta de alcohol sino que era un pintor que bebía, lo cual es muy distinto. Si Jimmy Hendrix tocaba la guitarra eléctrica muy bien, como dicen algunos, no era gracias a su adicción a la heroína sino a pesar de ello. Con la cultura humanística parece que casi siempre ha surgido, se ha mantenido y se ha sostenido a pesar de, ahora más que nunca, porque los griegos tuvieron esclavos para obtener su ocio, estaban plenamente convencidos de que el trabajo era algo propio de esclavos, pero no así la intervención política en el mundo, para la que necesitaban tiempo también. Después los nobles y los eclesiásticos, como bien recuerdas, también estimaron el trabajo como algo propio de siervos, siendo lo propio de los nobles el cultivo de las letras y las armas (en algunos, muy brutos, sólo lo segundo) y siendo propio de los eclesiásticos el cultivo de los saberes y las Escrituras. Entre tanto se dieron unas corrientes como el gnosticismo ascético o el maniqueísmo, para los cuales el mundo era el mal y se separaban de él totalmente buscando un fuera de sí permanente y no a fogonazos o instantes, eso separa a órficos de dionisíacos. Los primeros, junto al pitagorismo, Platón y los neoplatónicos, buscan un camino progresivo hacia el fuera de sí, mientras que el dionisíaco, protorromántico, lo consigue en ciertos instantes, para volver a caer luego en el mundo. La filosofía en general es muy gnóstica y tiene que luchar contra esa tendencia para conseguir su inserción en el mundo. Los griegos antiguos y clásicos eran casi todos filósofo-políticos, pero con el Imperio macedónico empezaron los epicúreos e infinidad de sectas a separarse del mundanal ruido. El cristianismo al alimón con el poder político se hicieron con la situación, declararon herejes a todos los demás, idearon el monacato para el que dentro de sus filas quisiese la vida retirada y actuaron con primero con astucia, luego con fuerza y finalmente con el terror, para desbancar a todos los competidores. 

Pero dejo aquí lo histórico por nosotros al menos conocido para volver a retomar el hilo de tu carta. No acepto el hedonismo como criterio de verdad, quiero decir, no me parece que tenga que ser más verdadero lo que siento como placentero, ni lo contrario, ni a la inversa. Precisamente la tradición filosófica trató desde Platón de desasirse de los sentidos como perceptores fiables de lo verdadero y lo falso. Soy consciente de las nefastas consecuencias para con el cuerpo de semejante forma de pensar y de la invención del dualismo, de la amalgama entre soteriología y conocimiento, que llevó a que algo que significaba originariamente tan sólo vida, aliento vital (thymos, psyché, roûah, pneûma) pasase a significar lo contrario de la vida y la invención de otra vida en el más allá. Aristóteles volvería a acercarse al vitalismo original al aproximarla a la zoé. Pero el caso es que sigo insistiendo en el famoso “desinterés” como algo que me parece importante, tanto en la filosofía, como en el amor, como en la justicia o como en la política. 

Ya sé, soy un ingenuo, un bobo, la palabra griega agathós, que en griego clásico significaba “bueno” en griego moderno significa “bobalicón, ingenuo, tontorrón”. Por un lado veo el mundo lleno de benthamitas maquiavelianos y liberales leostraussianos, un feroz darwinismo social, con lo que me dan ganas de encerrarme en mi biblioteca y no salir mucho de allí; pero por otro lado veo también sus contrarios, que por serlo, pasan más desapercibidos y no salen en los telediarios, la ayuda mutua, el altruismo, el bien hacer por la mera satisfacción de lo bien hecho. (Por ejemplo: los judíos en un campo de concentración procurando levantar un muro “bien hecho” aunque fueran a morir y su actividad careciese de sentido). Pero hay un momento de tránsito desde el desprecio del trabajo al aprecio del mismo que habría que localizar con precisión y que es una de las señas de identidad de la modernidad capitalista. El sentido de un hombre está en lo que hace, su vida es lo que hace, luego si conduce un autobús todos los días por una ruta, lo que debe hacer para que su vida valga la pena y tenga sentido es conducir “bien” el autobús. Esa idea del Beruf protestante y de la realización en el trabajo resulta totalmente contradictoria con la era clásica y medieval en Occidente. Además, el 90% de los trabajos son tediosos y fastidiosos, por muy necesarios que puedan llegar a ser. Pero en la propia Edad Media se ponían los gérmenes para ello. Las Summas con todo el saber sobre Dios precedieron a la Enciclopedia con todo el saber sobre las artes y los oficios. Los gremios, corporaciones y luego la masonería influyeron en la consideración del trabajo como la esencia del hombre, cosa que absorbió el marxismo, vía Hegel, entrando en algunas contradicciones consigo mismo; como la que se aprecia en el libro del yerno de Marx, el de El derecho a la pereza, que tiene muy mal título porque tal título, que no el contenido del libro, identifica ocio y pereza, cuando ocio es actividad en libertad. La scholé griega es desinterés

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LFC.

Estimado amigo:

De momento, no quisiera enfangarme en la cuestión del hedonismo como criterio de verdad, sino volver a tomar el tema que nos ocupa, a saber, el del interés/desinterés en relación con la filosofía. Y creo que mi posición de partida, expresada con toda crudeza, era ésta: que no me explico que la filosofía, visto el cenagal que está hecha, pueda interesar a nadie. Pero dado que de algún modo yo me encuentro metido hasta las trancas en este pozo fangoso -y chapoteando en él-, cuando percibo un interés por este campo, interés que no puedo sino calificar de ingenuo, cuando percibo este interés, digo, me da miedo y vergüenza decir a los interesados: “tontos del haba, si esto es un timo”. Me da miedo porque conjeturo que quizá su interés sea legítimo, y yo soy el bobo que no ha entendido nada de lo que está haciendo ni de qué va la filosofía. Vergüenza, porque si no soy capaz de ofrecer nada de valor, defraudaré sus expectativas, las cuales quizá son legítimas. Vergüenza también, porque mi posición es de una irresponsabilidad suprema hacia la tradición, actitud nihilista, negativa y quizá autocontradictoria. Pero es lo que siento. Me hablabas de una deuda contraída con la tradición, deuda que hay que devolver transmitiendo la antorcha. Comprendo este lenguaje de la responsabilidad, pero en el fondo no me siento concernido lo más mínimo por él. Yo no he pedido tener tradición, ni me siento moralmente obligado a pasar la antorcha. Por eso el interés que mostraban algunos por la filosofía despertaba en mí una sonrisa sardónica, y al fin una carcajada satánica. Me río de todos aquellos escolares que dirigen su vista con interés a la tradición, y me río más aún de los que redoblan sus esfuerzos para acercárnosla y trasmitirla, aunque adornen lo que hacen diciendo que la tradición no es un ente mostrenco sino una colección de problemas abiertos, etc.

Siendo ésta mi actitud de fondo, aún tuve la suficiente humildad como para cuestionarme a mí mismo, y decirme: visto el sincero interés de estas personas, a lo mejor tú estás equivocado, a lo mejor deberías ser más responsable con lo que haces, y hacer bien tu trabajo, y ofrecer productos de calidad, esforzándote por reinterpretar la tradición y profundizar en ella. Fue la actitud de los demás la que me llevó a autocuestionarme, aunque pasados los meses ya no noto esa presión del comienzo y, de nuevo, vuelvo a mi posición natural, para mí quizá inevitable. Algunos dirán que esto es de un subjetivismo desaforado, de un egocentrismo infinito y, en definitiva, mero avatar de un individuo quizá un tanto cínico y/o resentido. Puede ser, no digo que no, pero describe bien el lugar en que me encuentro. De todos los eximios pensadores del pasado, y de los que pueda haber hoy, a mí se me da una higa. De ahí que el interés que la gente pueda tener en ellos me resulte en el fondo incomprensible.

Lo que te he descrito hasta aquí en esta carta es una de las caras del poliedro, pero ahora viene otra

Si hacemos un rápido recorrido histórico, creo que podemos hablar de un dilatado período en el que la filosofía era algo con entidad, importancia y empaque. En este período que comienza con los griegos, la filosofía tiene una valoración muy alta, y podemos decir que se mantiene casi hasta el final del período, que podemos situar en la muerte de Schelling (1854) aunque, a todos los efectos, la fecha clave sería la muerte de Hegel, 1832. Desde entonces la estimación pública de la filosofía no ha hecho más que bajar, y hoy en día es un residuo. Si no fuera porque aparece en los planes de educación, la gente ni se acordaría de ella. En este prolongado declive han tenido mucho que ver las ciencias y la propia filosofía. Las ciencias, porque han monopolizado los resultados prácticos que pueden alcanzarse con la razón, dejando en evidencia a la filosofía como una especulación desmadrada, donde todo es posible y no se consigue nada. La propia filosofía, porque ha desarrollado una crítica acerada contra sí misma hasta resultarse insoportable. Si a pesar de todo ha seguido teniendo cierto sex-appeal desde mediados del XX, es porque aún se sostenía el ideal marxista, esto es, la posibilidad de que el pensamiento pudiera cambiar el mundo. Pero cuando cayó el muro de Berlín, desapareció también la única parcela donde la filosofía tenía un sentido y era valorada. Y si, después de todo lo que ha llovido, aún me encuentro gente en el siglo XXI interesada en la filosofía, tiene que ser porque ni las ciencias, ni la sociedad moderna, ni la filosofía misma han podido cubrir el vacío que ha dejado.

Más allá de todas las ciencias, religiones y sociedades, no ha desaparecido un horizonte de reflexión global. Nosotros hemos de responder ante él, y aquí sí hablo de responsabilidad. En esto, me siento concernido y convocado. Es en mi propio interés, un interés humano general que estoy seguro de compartir con muchas criaturas racionales.  

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SR.

Estimado Luis: Me parece bien que nos centremos en el curso del debate principal y no nos dejemos llevar por vías secundarias que nos llevarían por unos senderos igualmente interminables, pero más estrechos y enmalezados. El tema que nos ocupa es el interés y desinterés como dices en relación a la filosofía. Tu posición de partida fue dúplice, a mi juicio, ya que pensabas que era una actividad que ya no interesaba a nadie, y con asombro y sorpresa viste un curso de gente adulta realmente interesada en el desinterés, cosa que no acontece, salvo muy excepcionalmente, entre los más jóvenes a quienes impartes clases. Como experimentado en tal mundo querrías decirles que les están estafando, pues lo que se vende no se puede comprar ni vender. Al decir antes que partimos de tu sorpresa ante gente interesada en el desinterés, como ves, estoy haciendo de la filosofía algo sinonímico de desinterés. Pero el altruismo o el descubrimiento de espacios de libertad en los que rige la razón o la sin-razón pero donde no gobierna el interés, eso no puede adquirirse mediante unos estudios reglados, no se puede vender ni comprar. Lo único que sabemos es que los estudios filosóficos y humanísticos en el sentido clasicista de la palabra es lo que la tradición nos ha legado como vía de mejoramiento, conocimiento y desinteresamiento, si es que además de seguir esa vía, acompaña la tyché y el kairós, la fortuna y la oportunidad. 

Sobre sentir vergüenza ante gente creyente cuando uno ya es un descreído, no sea que el creyente tenga razón o que su credulidad sea legítima y tu consideración cierta del deshauciamiento filosófico sea incierta o improcedente, es comprensible, pero no importante. Reírse de la tradición, tener afilado el escepticismo, comprender el sentido del nihilismo en que habitamos es ya una posición filosófica y quizá no pueda ser otra la contemporánea. El esfuerzo por pasar la antorcha, la vocación docente y la responsabilidad para con las generaciones futuras son excusas, que tú mismo conoces pues tú mismo te las mientas, para que trates de realizar lo que no se puede hacer, milagros, imposibles, de modo que tu experimentada posición es la correcta. En enseñanzas medias hay que hacer lo posible, lo mínimo para que el desgaste no sea tan grande que te pase factura y en lugar de ayudar a nadie quede uno más bien maltrecho, realizando un mal negocio, dar todo para a cambio no lograr nada excepto el daño en uno mismo. Con poco ya es mucho y ese poco cuesta un esfuerzo ya enorme. Entre los pequeños adolescentes internados en una guardería se hace lo que se puede, pues no medir las fuerzas y querer más de lo que se puede resulta darse con una pared. Lo que llamas tu posición natural después de un autocuestionamiento no es sino la posición adecuada, si se quiere sobrevivir, a desempeñar la función que te ha sido encomendada. 

He empezado por lo de una de las caras del poliedro, ciertas sensaciones subjetivas, en tal caso no desinteresadas, si por interés entendiéramos ahora objetividad, de la subjetividad del sujeto poliédrico o múltiple que se es. El planteamiento de que se te dé una higa o no, es estar instalado en la filosofía actual, que ya no concibe al sujeto como un objeto único, de una sola pieza y una sola cara. Creo que esa segunda piel filosófica que nos ha crecido es la que a veces pica y rasca, pero no la podemos quitar, pues se nos ha adherido. Quizás querías decirles a los del curso de verano: “cuidado, que esto es como la lepra o la tiña y si se os adhiere a la piel no tendréis curación posible”. 

Vayamos entonces a esa otra cara del poliedro que no es la de los sentimientos o los afectos. Dices con razón que hubo un tiempo en que la filosofía tuvo socialmente una alta estimación, o que lo que en cada momento histórico se consideró filosofía fue tenido en gran estimación social desde los griegos hasta Hegel, para indicar que desde entonces hasta nuestros días la estimación pública de la misma ha bajado hasta convertirla en un residuo. Bueno, eso y lo anteriormente comentado nos saca de la vía principal que me habías pedido retomar y nos lleva por un camino relacionado con ello pero indirecto. Parece entonces que asocias la filosofía con su estimación social y pública, que no es una actividad exenta y que depende de la consideración que la sociedad le preste el que exista e interese o el que no exista y no interese, aunque tengamos claro que lo que se está considerando es que interese el desinterés. ¿Cuándo dejó de interesar el desinterés para pasar a que sólo interesase el interés? Evidentemente las ciencias aplicadas, experimentales, y su capacidad de producción, esto es, su vínculo con el capitalismo, tienen algo que ver en ese desinterés por lo desinteresado. 

Terminas sin embargo negando la constatación del nihilismo consumado o, como Jünger haciendo el funambulista sobre la línea, indicando que el nihilismo tiene un lado positivo que consiste en dejar espacio para el renacimiento de una nueva filosofía y una nueva era. Había que destruirlo todo para refundar totalmente la ciudad, no podían quedar ni los cimientos, era necesario desfundamentar, dejar el solar y quitarlo todo. Pero hasta ahora de ello sólo vemos resultar la especulación inmobiliaria sobre el solar y nada más. Porque terminas con un “no ha desaparecido un horizonte de reflexión global”. 

Bien, he perseguido tus palabras retornándotelas con algún añadido que implique mi comprensión de las mismas. Pero ahora plantearé algunas dudas o siquiera otras posibilidades. 1º ¿Y si la filosofía hubiese sido siempre un residuo? Entonces no habría que debatir sobre su carácter residual, sino aceptarlo. 2º ¿Y si la filosofía fuese una actividad exenta o autónoma en el sentido de no tener nada que ver con su implantación pública o con su reputación social? En tal caso ese residuo habría existido y existirá con independencia de que existan o no universidades y planes de estudio estatales, no sería algo que dependiese de lo humano, que estuviese en nuestra mano construir o destruir, sino que dependería de otras instancias o de ninguna. 3º ¿Y si por filosofía no entendemos la racionalidad humana que concierne a toda criatura racional y nos aporta un horizonte de reflexión global sino otra cosa? Entonces habría que realizar un replanteamiento de la cuestión y quizás nos saliese otra posibilidad. Bien pudiéramos tratar de presentar todas las posibilidades posibles y luego ordenarlas de mayormente verosímiles a menormente verosímiles, y digo verosímil ya que no es tanto como lo verdadero sino lo que se parece a lo verdadero. 

La Filosofía nace asociada al desinterés porque, precisamente, disputa un espacio que quiere que sea de nadie, al espacio que ocupaban ya en su nacimiento la poesía, la religión y la sofística, y nace llevando de la mano a la ciencia teórica, pues la ciencia práctica es ancestral y muy anterior, teniendo los monos también capacidades de manejar utensilios y aprender y conocer por ensayo y error. El programa de la filosofía occidental nace crecidito con Platón, que quiere convencer a sus contemporáneos de que hay un espacio de la razón, que por no ser de nadie, lo es de todos, un espacio que además, es piedra fundamental sobre la que se asienta una ciudad con una plaza pública en la que se dialogue y se decida asambleariamente entre los ciudadanos las leyes que les conciernen y con ello la forma de regular la convivencia entre los que juntos habitan. 

Atenea nació armada de la cabeza de Zeus. Los sofistas también son demócratas al declarar que efectivamente hay un espacio de todos y de nadie, un espacio que no debía ser ocupado por los reyes ni los sacerdotes, pero que ese no es el espacio de una Razón celeste, como dice el peor discípulo de Sócrates, ese que, mientras los demás dialogan, se pasa el día tomando apuntes, sino que el espacio del saber es el espacio de los pactos, acuerdos, convenios y, cuando no se logran, el espacio de la fuerza bruta, de la imposición mediante la guerra. La filosofía nace ya con la ambivalencia interés / desinterés, aunque sabemos que hay uno que decía que lo que allí y en ese entonces nació fue el aborto de la metafísica y el olvido del ser. Dejemos esto último como la chorrada de un gran pensador. 

Claro que podrás decir, ¡lo ves, en ese entonces no era residuo!, ¡era socialmente relevante y tenía importancia! Pero no está claro que al propio Platón le leyesen sus contemporáneos, y los atenienses estaban muy acostumbrados a sectas de tíos raros como para que se les diese una higa lo que dijese otra nueva llamada la Academia. Se podría decir por tanto que desde siempre fue residual, pero en tal caso, al tocarme el tema número uno de las oposiciones a profesores de secundaria, me suspenderían. Cierto que defendería que es, fue y será, un residuo radiactivo que a veces se colaba en el palacio de los tiranos o en los aposentos del emperador y el Papa, pero residuo al fin y al cabo, que tanto ha pedido limosna y se ha metido en un  tonel como ha contaminado al mismísimo emperador Marco Aurelio. En tu primer escrito sobre dedicar una parte del verano a la filosofía, decías: “Si hubo épocas de la humanidad anteriores a la filosofía, esto se debió a que la razón no se constituyó de un día para otro, sino que hay una genealogía de la razón, una génesis, un desarrollo. Pero una vez que los griegos la asentaron, quedó establecida para siempre”. ¿Cómo advino entonces la razón al mundo? Pues no cabe duda: de un modo irracional. 

Por eso si definimos filosofía como lo racional nos dejamos fuera todas las llamadas filosofías irracionalistas que, en realidad, lo único que propugnan es que el universo y cualquiera de sus áreas, en principio, no son un cosmos ordenado sino un caos. Ahora bien, sea cosmos o caos, lo importante es si se puede conocer y hasta pensar. Convengamos que conocer conoce todo el mundo pero que pensar ya piensan muy pocos. Entonces los atributos superiores de la racionalidad no estarían en todo ser humano. El conocimiento estaría ligado a la experiencia y a las ciencias mientras que el pensar estaría desligado. Así podría decir que hay en la filosofía en su máxima expresión “lo desinteresado” como característica fundamental. Eso es platonismo, claro, y es la tradición inaugural de la filosofía; el pensar va más allá de lo que se puede captar por los sentidos y no se tiene que aceptar la componenda kantiana, de hecho nadie la aceptó y se volvieron a rebasar los límites de la razón después de él. Eso de que el entendimiento sin experiencias está vacío y las razón sin categorías es ciega es una bonita solución para quedarse en el medio de un problema sin  otorgarle solución. A otro nivel de emergencia podemos decir que “desinteresado” es sinónimo de “altruista” y, por tanto, ver que los etólogos han descubierto esa forma de comportamiento incluso entre los animales. 

Sin embargo parece distinto decir que no hay subjetividad en el 5º postulado de Euclides (aunque tras las geometrías no euclídeas haya quedado como un caso particular, el de espacio cercano a la curvatura cero, dentro de la teoría de la relatividad general), parece distinto decir que es objetivo y, por tanto, desinteresado, que decir que no hay inclinaciones (apetitos y voliciones) en los asistentes a un curso de verano. Lo segundo está más cerca del altruismo animal que del desinterés filosófico, en caso de que no haya alguna inclinación adherida a su aproximación a la filosofía. 

Motivaciones o inclinaciones seguramente las haya, esto es: a) me aproximo a la filosofía porque no tengo nada mejor que hacer en vacaciones, b) porque creo que es el mejor modo de aprender y mejorar aventajando de ese modo a los demás mortales, c) porque pretendo trabajar como profesor de filosofía, d) porque me viene bien para el currículum, etcétera, etcétera. 

¿Habremos de distinguir entonces entre el desinterés teórico por el que se ha caracterizado la razón en la tradición filosófica bimilenaria, del altruismo práctico de los comportamientos humanos? 

¿Seguiremos manteniendo que existe lo bueno, lo bello y lo verdadero, tras la muerte de Dios? 

Nunca podremos saber si en una de nuestras acciones no habrá adherida alguna motivación (siquiera inconsciente) que nos la determine, de modo que ni acción pura se daría en Aristóteles en el ámbito práctico, ni incondicionalidad se daría en el caso de la moralidad kantiana. Sólo en el caso de lo teorético se podría seguir afirmando que hay “desinterés”, pero la mediación humanista (principio de incertidumbre) o la imposibilidad de no realizar reduccionismos (ante la teoría del caos, los fenómenos cuánticos y la teoría de la gravedad), reducciones de fenómenos infinitos a los mínimos relevantes para poder construir una teoría que funcione en sus aplicaciones y lograr que un avión vuele y que una casa o un puente no se derrumben, lleva a que la ciencia hace tiempo que haya abandonado toda pretensión de “desinterés teórico”. Son los científicos quienes seleccionan los fenómenos relevantes y descartan los irrelevantes y los Estados y los políticos los que deciden qué han de investigar los científicos, lo cual, sobre todo, sigue siendo la investigación con fines de aplicación militar. Esto ha ocurrido con la ciencia, convertida en tecnociencia, dejando a la filosofía con unos lastres anacrónicos que la confinan entre los residuos del basurero de la historia. Porque decir que el ser acontece es decir que ocurre algo desinteresado, pero que no es algo ya que descubra el hombre, sino algo que se le presenta, se le revela, aparece ante y no se sabe cómo. 

¿Qué podemos decir hoy que es la “psyché”? ¿Lo que decía Homero, un soplo, una sombra? ¿Lo que decían Platón y Aristóteles, una unidad tripartita compuesta de razón, voluntad y apetitos de las que lo primero era desinteresado, divino, inmortal y simple frente a las otras dos partes? ¿Diremos que es la mente psicológica, el yo, el ello y el super-yo, como la tripartición clásica reformulada? ¿Diremos que es la mente cartesiana o la mente trascendental? ¿O acaso nos volveremos reduccionistas neurofisiológicos y avanzaremos que no es más que el cerebro y sus funciones orgánicas? Porque en tal caso la razón no se diferenciaría en nada del corazón o del hígado, pues, siendo cerebro, nada tiene de desinteresado. De modo que parecería que la filosofía y la teología tienen algo en común que ha quedado trasnochado y que es socialmente irrelevante porque ya nadie se lo cree. 

Los que en un mundo materialista (y dicho sea de paso, capitalista) pretenden “espiritualizarse”, se acercan al esoterismo, sobre todo al orientalismo, el fast food del espíritu, y se leen algún libro de Osho, del secreto de las pirámides, el misterio de los templarios, se hacen budistas y vegetarianos, se echan el Tarot y el I-Ching, te dicen que los siete chakras son los siete sellos del Apocalipsis de San Juan, se tornan místicos y ascéticos o acceden a los alucinógenos (ayawaska, peyote, hongos, etc.) para contactar con el más allá. Además algunos pueden contactar extraterrestres sintonizando un canal especial de su televisor. Y todo eso lo consumen y lo creen a la vez, en su poco tiempo libre tras la jornada laboral, a gotitas, espiritualismo homeopático, como en un helenismo desenfrenado o en un renacimiento desmelenado al que podemos llamar el lado negativo de la postmodernidad. La situación en la que todo se puede mezclar con todo, el relativismo general, la búsqueda de reavivar las sendas bien perdidas por la historia, reavivándose la alquimia frente a la química, la magia frente a la religión, lo fantástico frente a lo racional. 

Y hablo sólo de los que quieren “espiritualizarse” en un mundo exclusivamente materialista, egoísta, estupidizado, donde sólo manda don dinero y la mayoría tiene como único horizonte buscar de qué comer, y entre los que ya comen, la mayoría tiene bastante con comerse un chuletón y fornicar con lo estéticamente más pregnante. 

Los que buscan escapar de la rutina y del mundo materialista no quieren la verdad sino modelos de vida supuestamente alternativos a los del rebaño, en cuyo caso les suelo recomendar que tiren esos libros que tienen a la basura y se lean a Séneca o a Epicuro, pues ya decía Diderot en la Enciclopedia, aunque suene muy etnocentrista, que todo Confucio cabía en una sola sentencia de Séneca. 

Si la filosofía ha sido algo a lo largo de los siglos, ha sido por un lado una búsqueda de la verdad (incluso de las verdades desagradables) y por otro lado una búsqueda de la buena vida (que podía ponerse o no ponerse en conexión con la otra). Ontología-Lógica, epistemología y ética son los saberes primarios de la filosofía, por ese orden, si es que no se quiere añadir también la estética, pero eso ya es algo burgués. ¿Qué es el ser? ¿Cuál es la verdad? ¿Cómo he de actuar? ¿Qué es lo bueno y lo bello, el amor y lo justo? Pero todas estas preguntas sobreentienden el “desinteresado” o “desinteresadamente”, qué es X pero “incondicionado” o “incondicionadamente”. Porque lo otro ya lo saben. Lo demás es un negocio. Con lo cual también se les puede llevar al pragmatista puro y que les explique que nada hay desinteresado, que nada hay incondicionado y que las cosas, como ya decían los sofistas correctamente, o son acuerdos y convenciones entre intereses contrapuestos o son imposiciones del más fuerte sobre el más débil. 

Y es el pragmatista quien al final tiene crédito, ¿cómo no iba a tenerlo en el mundo del interés si los bancos son esos lugares donde te prestan dinero si puedes probar que no lo necesitas? La gente razonable cree que el pragmatista puro es quien dice la verdad. 

Ahora bien, para finalizar y volver al principio, tienen valor las escasas minorías que habiendo sido pragmatistas en su juventud y habiendo realizado primero unos estudios que les garantizasen un modo de vida material adecuado o mínimo, esto es, unos que sirvan para algo en lugar de unos que, como todo el mundo sabe, no sirven para nada, se matriculan en la UNED. Son profesionales de múltiples áreas que precisamente por haber cursado ya unos estudios reglados de otra índole presuponen bien que no basta con la oferta esotérico-orientalista, ni con los best sellers de auto-ayuda, que eso es un timo y que quieren estudiar lo que las instituciones universitarias y los ministerios de educación y cultura reputan como filosofía. Saben que no sólo se aprende teniendo “experiencias” sino que hay que hincar los codos y saben que hay una serie de señores tenidos por clásicos del pensamiento (como otros de la literatura o de la música o de la pintura o de la ciencia) que es en los que hay que fijarse si se quiere penetrar en un área. 

Pero, pese a su valor y su buen ánimo, te repito algo antedicho, no se atrevieron o no pudieron empezar con la filosofía a los 20 años sino que la comienzan a los 40. Y puede que sea una actitud altruista, ahora sí, la que les impulsa hacia la filosofía, pero no sé si a eso se le puede denominar “desinterés pragmático” y, desde luego, no tiene nada que ver con el “desinterés filosófico”, ya que si supieran de antemano lo que esto último significa e implica, no necesitarían matricularse de forma reglada en filosofía, pues ya serían filósofos. 

Muchas veces me he sentido culpable de zarandear al anciano que escribía “filosofía para una nieta”, como si bastase con leerse dos libros, uno de Séneca y otro de Russell y ponerse a reflexionar sobre ellos para dar consejos a las nuevas generaciones. Le recomendé, no sé si recuerdas el escrito, que sigue en la caverna, que unos cursos reglados de filosofía no le vendrían nada mal. 

Y es que creo que para poder captar lo que estamos hablando e incluso concurrir en este diálogo diciendo algo relevante, esto es, para intervenir o comprender un diálogo sobre “el desinterés en la filosofía” hay que saber ya mucha filosofía. Motivo también de que haya tan pocos lectores de la misma, que a pocos inter-esse y de que sea residual.

 

 

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