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TITULO:

 “POSIBILIDAD DE UNA FILOSOFÍA A LA CARTA COMENTANDO A DESCARTES”

 A PARTIR DEL DISCURSO DEL MÉTODO DE RENÉ DESCARTES

(Julio de 2003)

AUTOR:

ENRIQUE BRAVO SAINZ. Estudiante de Filosofía en la UNED. Maestro de Educación Primaria.

Dirección de correo electrónico: ebrs0000@encina.pntic.mec.es

 


 

 

 

 

ÍNDICE

 

 

 

  1. INTRODUCCIÓN. EL FINAL DE LAS SÍNTESIS TOTALITARIAS EN BENEFICIO DEL INDIVIDUALISMO FILOSÓFICO

 

  1. CIENCIA Y FILOSOFÍA EN DESCARTES

 

  1. EL DESARROLLO DEL MÉTODO

 

  1. COGITO ERGO SUM

 

  1. LA METAFÍSICA CARTESIANA. LA IDEA DE DIOS

 

  1. BREVE APORTACIÓN FINAL. FILOSOFÍA A LA CARTA

 

 

7. BIBLIOGRAFÍA
 

Introducción. El final de las síntesis totalitarias en beneficio del individualismo ideológico

 

            Dentro de los escritos de Descartes, esta obra es muy notable por su tono autobiográfico. El autor expone un sistema propio que se caracteriza por el seguimiento de un método particular. El propósito de Descartes al completar su Discurso del Método, no era tanto enseñar un método universal como exponer el suyo propio, el que le había servido a él. (Discurso, I).

Cada individuo tan sólo puede partir de sus propias experiencias y, en base a ellas, ir ideando su “método”. No exagero al afirmar que nadie tendría que morirse sin haber completado su propio Discurso del Método. Ahora bien, ¿qué estoy diciendo? ¿Qué ocurriría si esto fuese así? Parece evidente. Una religión a la medida, unos hábitos de salud individuales, una filosofía particular, una ideología a la carta. Más aún, el final de las grandes síntesis totalitarias. La apertura al hibridismo. ¿Imaginan ustedes cómo sería una sociedad compuesta por ciudadanos que han construido cada uno de ellos su religión-ideología particulares? Y yo inquiero ¿es que no estamos ya un poco en esta línea? Si algo caracteriza al entramado ideológico postmoderno es la convivencia de diferentes visiones del mundo, el pluralismo sin verdades universales. Pero sigamos tirando de la madeja. Existe actualmente un consenso en las normas básicas, ampliamente resguardado y amparado en las instituciones sociales. Además, hay el suficiente instinto de agrupación y colaboración como para asegurar sobradamente la citada cohesión social. La sociedad no va a hundirse ni atomizarse con el individualismo filosófico. Hay suficiente reserva de valores convencionales compartidos. El equilibrio entre los derechos del individuo y los derechos de la comunidad subyace por encima de la situación. ¿Qué hay entonces de peligroso en permitir, alentar y empujar al hombre a escribir, a lo largo de sus días y basado en la experiencia particular, un discurso del método propio y a la carta?

Aparte, está la ciencia. El fin de las síntesis totalitarias no significa que la síntesis científica provisional desaparezca o carezca de valor. Sea como fuere, todavía nos apoyamos científicamente en un lenguaje común. El ejemplo más claro lo constituye el formalismo matemático, que no deja lugar a peculiaridades según poblaciones o pluralismos interpretativos. Y menos lo hacía en el siglo XVII, cuando Descartes escribió el Discurso. La física, especialmente la cuántica, hoy en día plantea nuevos y diferentes retos. De todas formas, la cohesión social científica  es patente. ¿Qué hay de miedo en el individualismo ideológico?

De todo esto nos hablará Descartes en su Discurso del Método. Para empezar, destaca el hecho de que fuera escrito en francés, cuando la inmensa mayoría de las obras de carácter filosófico o científico se escribían en latín. Posiblemente, la intención de Descartes con ello sea la de dirigir su contenido a un público general y capaz de entenderle, antes que a un círculo académico más cerrado que se opondría con seguridad a sus revolucionarios argumentos. De hecho, el filósofo inicia el Discurso con la frase: “El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo”. Entiendo en ella que la facultad de la inteligencia, el juzgar bien o el distinguir lo verdadero de lo falso, son esencialmente iguales en todos los seres humanos. Por ello, cualquiera que se lo propusiera podría seguir los razonamientos que el autor expone en su obra. La socialización del conocimiento es una de las novedades más evidentes que conlleva la publicación del Discurso. Pero no sería la única. Descartes consigue vertebrar las nuevas bases para el inicio de un distinto quehacer científico y apoyar la tarea filosófica también en nuevos presupuestos. Una filosofía que iba a significar la ruptura con el pasado – especialmente con la filosofía escolástica – e imprimirá un giro vital a sus investigaciones. Aunque, curiosamente, según Fernández (1991) Descartes se enfrenta al pensamiento tradicional con el espíritu mesiánico de quien se propone rehacer la filosofía desde sus inicios y él mismo deseó no elaborar, por nada del mundo, un discurso donde se encuentre una sola palabra que fuese desaprobada por la iglesia.

 

 

Ciencia y filosofía en Descartes

 

Descartes concibe el nuevo pensamiento como algo cualitativamente distinto a la autoridad del libro impreso, como había ocurrido hasta entonces, y lo basa ahora en la razón y en la experiencia, en una nueva articulación de ambos: “Por ello, tan pronto mi edad me permitió salir del dominio de mis preceptores, abandoné completamente el estudio de las letras y, resuelto a no buscar otra ciencia que la que pudiera hallar en mí mismo, o bien en el gran libro del mundo, empleé el resto de mi juventud en viajar” (Discurso, I).

El filósofo no se limita a descubrir y enunciar nuevas leyes (inercia, refracción de la luz), abrir nuevas ciencias (geometría) o a ser un científico más; él, además de todo ello, se propone elaborar una filosofía completa basada en un método o metodo-logía. Una fundamentación tan significativa que garantice plenamente la necesidad, objetividad y certeza del nuevo saber científico, al tiempo que elabore estructuras conceptuales básicas para la novedosa explicación de la naturaleza externa e interna. Así, cabría decir que Descartes inicia una filosofía moderna que, por vez primera, se dirige también, y argumenta, a la nueva ciencia. Un intento de fundamentar la ciencia y la filosofía sobre unas bases firmes. Podemos derivar que no se comprende la nueva filosofía sin la nueva ciencia. Con su trabajo filosófico, Descartes se presenta como alternativa al error aristotélico que se arrastraba desde la Antigüedad. Dar este paso era necesario para que la ciencia estuviera asentada sobre unas bases filosóficas que se correspondieran con ella, de manera que un ámbito acompañara al otro. La unidad de la ciencia según un orden articulado (el método) aplicado también al conocimiento, el modelo de lo que tenía que ser el conocimiento: “Esas largas cadenas de trabadas razones muy simples y fáciles, que los geómetras acostumbran a emplear para llegar a sus más difíciles demostraciones, me habían dado ocasión para imaginar que todas las cosas que entran en la esfera del conocimiento humano se encadenan de la misma manera; de suerte que, con solo abstenerse de admitir como verdadera ninguna que no lo fuera y de guardar siempre el orden necesario para deducir las unas de las otras, no puede haber ninguna, por lejos que se halle situada o por oculta que esté, que no se llegue a alcanzar y descubrir” (Discurso, II)

El método al cual nos referimos continuamente, aplicado a las ciencias, consiste en aceptar sin prueba sólo unas pocas proposiciones que parecen incuestionables y demostrar a partir de éstas, mediante pasos que también sean incuestionables, otras proposiciones. Descartes pensó que este método dirigido a las matemáticas, también podría desarrollarse en cualquier tipo de investigación, ya sea científica o propiamente filosófica. El filósofo muestra una visión unitaria de todo conocimiento. En lo tocante a la ciencia, Descartes ha encontrado los principios sólidos y evidentes sobre los que edificar la física (la explicación del conjunto de la naturaleza como una “ciencia universal” matemática, es decir, organizada axiomático-deductivamente).

La conciencia del alcance social de una ciencia que podía hacer a los hombres “dueños y poseedores de la naturaleza” (Discurso, VI) y también la perspectiva de conseguir a través de ello el favor del público para la divulgación de la ciencia cartesiana, impulsaron a Descartes a publicar la obra que nos ocupa.

La continuidad entre la filosofía y la ciencia se hace patente, y se abre la posibilidad de utilizar su método en ambas áreas de conocimiento. Profundicemos en él.

 

 

El desarrollo del método

 

Descartes supone que la razón es igual en todos los hombres, sin embargo, no todos son capaces de llegar a la verdad, por falta de un método. Nadie podrá estar facultado para encontrar la verdad, si su razón está llena de prejuicios que estorban el discernimiento y la búsqueda. Este método dispone de cuatro reglas.

 La primera regla supone "...no recibir como verdadero lo que con toda evidencia no reconociese como tal, evitando cuidadosamente la precipitación y los prejuicios, y no aceptando como cierto sino lo presente a mi espíritu de manera tan clara y distinta que acerca de su certeza no pudiera caber la menor duda." (Discurso, II)

 No admitir jamás algo como verdad sin conocer con evidencia que lo sea, corroborar antes el hecho, antes de darlo por sentado como "verdad". Y solamente el establecer una evidencia racional es el único criterio de verdad. Para que una cosa sea evidente debe contar con dos características: ser clara y distinta. Yo sólo estoy seguro de que no estoy seguro de nada. Unas palabras acerca de las verdades. Una verdad absoluta, se cumple en todo el universo. Como no conocemos todo el universo, y este es infinito, no podemos comprender verdades absolutas porque éstas son infinitas (y nosotros no). Nunca podremos hablar de verdades absolutas (ni de falsedades absolutas). Nuestras verdades son verdades relativas, ya que no podemos decir si son válidas universalmente, debido a nuestra finitud. Y uno nunca puede tener una certeza absoluta de nuestras verdades relativas. Descartes dijo que cada cosa tiene sólo una verdad. Sí, una sola verdad absoluta. Pero ésta es inalcanzable. En nuestro mundo (el mundo de cada quién), pueden cumplirse siempre las verdades relativas, pero lo más probable es que una vez saliéndose del contexto en que una verdad se cumplía, deje de cumplirse. Hay que tener en cuenta que el precepto de Descartes se cumple sólo para verdades relativas. Yo voy a aceptar como verdadero lo que toda evidencia de mi mundo no refute. Pero, viéndome egoísta, lo único que tengo es mi mundo, así que si mis verdades no se cumplen fuera de él, no me importa. El método de Descartes es válido en el mundo de Descartes. Todas las ideas son válidas en el contexto en el que fueron planteadas.

¿Que las matemáticas son verdades absolutas? ¡Claro que no! Fue precisamente ahí donde se empezó a derrumbar el mundo/monstruo de la lógica y la razón. Aparentemente no hay problemas porque nosotros creamos sus axiomas. Y así de fácil como los creamos, los podemos cambiar. ¿Pero en la naturaleza? Ahí no pusimos los axiomas. Las ciencias naturales tratan de descubrirlos, ¿pero en verdad hay axiomas que descubrir?

La segunda regla expresa "...la división de cada una de las dificultades con que tropieza la inteligencia al investigar la verdad, en tantas partes como fuera necesario para resolverlas." (Discurso, II)

Se establece el principio de análisis, que consiste en dividir cada una de las dificultades y examinarse por partes. Esta división tiene como finalidad alcanzar la intuición de las "naturalezas simples". Es cierto que si un problema es grande, hay que atacarlo por partes. Pero un reduccionismo "a lo bestia" hace que se pierda la comprensión del sistema que se está estudiando, al tomar las partes sin tener en cuenta las interacciones que hay entre ellas.

Con la tercera regla se impele a "...ordenar los conocimientos, empezando siempre por los más sencillos, elevándome por grados hasta llegar a los más compuestos, y suponiendo un orden en aquellos que no lo tenían por naturaleza." (Discurso, II)

            Propone una síntesis, que no es más que la aplicación a aquello que se está analizando del método conocido como deductivo, donde se parte, de lo individual, a lo general. Es decir, primero se analizan los fenómenos más simples y sencillos, y posteriormente, con esto, se pueden entender aquellos de mayor complejidad. Cabe destacar que cada parte de ese todo, necesita estar bien asegurada, pensada y comprobada. Esta es un arma de doble filo. Sirve para comprender, pero también para distorsionar las relaciones entre las cosas. Otro punto es que los más sencillos, desde el punto de la evolución de la cognición, son producto de los más compuestos. Un individuo primero ve objetos. Su cerebro, al reconocer similitudes entre objetos, empieza a crear sujetos (conceptos). Después clasifica estos sujetos, dependiendo de las propiedades en común que estos tengan, para finalmente llegar al ser. Este proceso evolutivo tomó millones de años, mas hay que tener en cuenta de dónde vienen las cosas. Descartes propone ir de lo más sencillo a lo más compuesto, cuando evolutivamente pudo ocurrir al revés. Esto implica que es más fácil tener un error en los conceptos más sencillos que en los más compuestos. Al basar un sistema en los conceptos más sencillos, se le están poniendo a un rascacielos cimientos de paja. Es una pirámide invertida. Con tirar el ser, se cae todo su mundo. Sería más robusto poner al ser hasta arriba; ahora bien, ¿no podemos escoger la opción más completa y contar con  las dos al mismo tiempo?

La cuarta regla sugiere"...hacer enumeraciones tan completas y generales, que me dieran la seguridad de no haber incurrido en ninguna omisión." (Discurso, II)

Consiste en la enumeración y en la revisión sin omisiones. Así se consigue la intuición general de la ciencia y la evidencia intuitiva del conjunto. Se me ocurre la misma crítica que en el primer precepto. La seguridad es para su mundo, pero muy dentro de sí, Descartes sabe que nunca podrá decir que ya no hay ninguna omisión.

Descartes, al ver que no son fiables las formas de pensar que le fueron enseñadas, se propone crear la suya propia. Toma una posición escéptica: ya que no se puede fiar de lo que le fue enseñado, ni de sus bases, empieza por dudar de "todo". Esto le lleva a preguntarse: ¿de qué puedo estar seguro? Se responde que puede estar seguro que se está preguntando de qué puede estar seguro. Por lo tanto, Descartes está seguro de que piensa, y por lo tanto, existe. Cogito ergo sum.  Ésta es su metafísica, la base para su razón.

 

 

Cogito ergo sum

 

Descartes describe en el Discurso del Método, cómo, mientras él está aplicando el procedimiento de la duda y rechazando todo tipo de presuntos conocimientos, se da cuenta de que el hecho de dudar de cualquier cosa implica, sin embargo, un conocimiento indudable, esto es, que él debe existir. Así, argumenta que hay algo sobre lo que es imposible estar equivocado: que uno mismo existe. Yo le preguntaría a Descartes ¿qué entendió él por “uno mismo”?. Al estar considerando esta proposición, la hace verdadera y por ello la creencia de que uno existe no puede estar equivocada. El mismo argumento se sostiene para “yo pienso”. Ya que dudar algo es una forma de pensar, entonces es imposible creer que uno está dudando a menos que se esté pensando que es; es imposible pues creer que uno está pensando que es y estar equivocado. Es el primer principio que Descartes puede afirmar con certeza absoluta. Pero insisto ¿quién es ese “uno”? Para el autor, dicho principio (tras el cuestionamiento del mundo de la percepción y de las matemáticas) es el cogito: la evidencia de la existencia propia como consustancialmente vinculada a la duda, es decir, al pensar. Y del cogito se sigue por interferencia el carácter de res cogitans del sujeto, es decir, la afirmación de un sujeto epistemológico que es pensamiento puro, sustancia pensante, simplemente alma, cuya diferencia con respecto al cuerpo queda así garantizada.

La siguiente verdad que se hace manifiesta es Dios como causa trascendente infinita y absoluta, fuente de la verdad y origen de las “ideas innatas”, presentes en la res cogitans, esto es, de las verdades evidentes que el sujeto pensante descubre en sí cuando procede según el método. Así, pues, Dios es la garantía de la objetividad de las evidencias (verdades evidentes) descubiertas por la res cogitans: la objetividad de la matemática y la objetividad de un mundo exterior como res extensa, es decir, como sustancia (entidad autónoma) cuyo atributo es la extensión tridimensional en los infinitos modos figurados geométricamente y sometidos a las leyes del movimiento. Esta es la única idea evidente (clara suficiente y distinta) que el sujeto pensante se hace del mundo externo. Ello significa que del mundo externo (y de la teoría física que pretende explicarlo) desaparecen las cualidades secundarias (olor, color, sabor), pues Descartes desarrolla a partir de la idea de extensión un análisis inteligible (matemático) del mundo como geometría, con movimiento local puramente cuantitativo. Del mundo externo desaparece también el alma (la res cogitans), pues hasta los seres vivos (los animales y el cuerpo humano) son concebidos clara y distintamente como materia extensa en movimiento, en suma, como máquinas. La res extensa (el universo) es explicada, por tanto, como un sistema material y mecánico, regulado por las leyes inexorables de la matemática, carente de finalidad. Se renuncia por ello a la explicación teleológica, por eliminación de la presencia activa en el mundo de la inteligencia, pues ésta está fuera del universo físico, como Dios trascendente por un lado y como sujeto pensante (el yo o el hombre-alma) por otro.

Según yo entiendo el planteamiento cartesiano que nos ocupa, el cuerpo ha sido el gran descuidado de la cultura occidental desde Platón y los órficos pitagóricos. Aristóteles criticó la dicotonomía platónica, pero siguió considerando el cuerpo como un instrumento del alma. Descartes terminaría con esa subordinación instrumental. Ambos, cuerpo y alma, son substancias. Pero substancias heterogéneas cuya relación es un enigma, a pesar de todo el intento cartesiano. Materialismo y espiritualismo se han ido alternando a lo largo del tiempo. Quiero dejar apuntada la siguiente idea para la reflexión: este dualismo es producto de una tradición y un lenguaje. Tan noble es el cuerpo como el espíritu. Porque son lo mismo. En este sentido, dentro de mi cerebro no existe un yo que lo usa. ¿Qué sentido tiene entonces la res cogitans? Quizás, como he dicho, Descartes se dejó confundir por la gramática. Y sin embargo, tampoco cabe el reduccionismo. Ya anteriormente insistía: ¿Quién es uno? Vuelve a ser asunto de gramática. Llegados a una cierta profundidad filosófica, uno rechaza el dualismo, pero uno tampoco es reduccionista. Lo que llamamos cuerpo y alma, mente o cerebro, son dos fases de un mismo misterioso dinamismo. ¿Hemos superado el lenguaje cartesiano? ¿Qué me contestan?

Respecto al mismo tema, es significativa la visión de Cela (1996), quien echa mano del neurobiólogo Damasio para afirmar que Descartes cometió muchos errores en las interpretaciones fisiológicas. El más importante, por su trascendencia, resulta el de la diferencia entre res extensa y res cogitans. Damasio está en contra de la separación entre mente y cuerpo. “Su estudio de algunos casos de lesiones cerebrales le ha llevado a concluir que ciertos procesos mentales que, con Descartes, tenemos como propios del pensamiento racional, dependen íntimamente de otros procesos que, para simplificar, podríamos llamar inferiores...... Los procesos de correlación entre zonas cerebrales que dan cabida al rico mundo de las emociones humanas no tienen por qué asignarse a la res extensa, ni al hardware.....Dicho de otro modo, tan procesos mentales son los de cariz racional como los emotivos.... Lo más probable es que se adjudiquen al mundo mental, pero resulta evidente que no los iremos repartiendo entre la res cogitans y la res extensa”. Y termina Cela diciendo: “Los fundamentos de la equivocación no se encuentran en la separación de mente y cuerpo sino en el concepto que tenía Descartes de lo que era lo mental...A partir de la aceptación de este punto de partida, la construcción activa del conocimiento se convierte en una función mental cuyas claves hay que buscar no solamente en el terreno de la percepción sensorial, sino en el mucho más amplio de la adaptación al medio, con fenómenos como los de la comunicación intra e interespecífica, el desarrollo filogenético de las estructuras del conocimiento por medio de las interacciones de los individuos entre sí y de los individuos con el medio ambiente, y la maduración ontogenética del cerebro en relación con el lenguaje, por lo que hace al menos a la especie humana. En este panorama, el dualismo carece de sitio.”

Llegamos así a la penúltima parte del ensayo. Descartes ve que las ya citadas claridad y distinción, como requisitos para la fundamentación de juicios certeros e indubitables, también podrían llevarle al engaño. Es decir, creer que algo es claro y distinto, cuando no lo es. Por ello, Descartes necesita establecer la existencia de Dios como ente que garantice en última instancia esta verdad.

 

 

La metafísica cartesiana . La idea de dios

 

No me quedará otro remedio que introducir en este apartado las Meditaciones de  Descartes, como extensión y profundización metafísica de los contenidos reflejados en el Discurso.

La idea de Dios es tan segura como las ideas de la geometría. Leemos que “tan cierto es, por lo menos, que Dios, que es ese ser perfecto, es o existe, como lo pueda ser una demostración de geometría” (Discurso, IV), con la diferencia de que las evidencias geométricas no me aseguran la correspondiente existencia de los objetos de esas demostraciones, mientras que la idea de la existencia divina sí implica su existencia. Descartes no se apoya en la existencia del mundo para, a partir de ahí, deducir la existencia de la causalidad divina. En realidad, no hay garantías de la existencia del mundo hasta que no las haya de Dios. Y, según Fernández (2002), dos son los argumentos principales que Descartes utiliza para demostrar la existencia de Dios. Uno de ellos se da en la Tercera Meditación y el otro en la Quinta.

El primer argumento afirma que cualquiera de nosotros tenemos la idea de Dios como un ser sumamente perfecto. Para Descartes es obvio que el generador de esta idea no puede ser él mismo puesto que él se reconoce muchísimas imperfecciones, por lo que no puede ser que la causa de una idea sea menos perfecta que el efecto, es decir, la idea. Por lo tanto debe existir un ser tan perfecto como la idea que él tiene y ser la causa de esta idea.

El segundo argumento es el conocido y discutido “argumento ontológico”, según el cual todos tenemos la idea de un Dios con todas las perfecciones y que descubre que la existencia es otro tipo de perfección, como la propia idea de éste establece. La imagen que utiliza Descartes es que no se puede concebir a Dios como un ser sumamente perfecto sin que exista.

Con lo cual, afirma por un lado, la prioridad de Dios en el orden de la existencia respecto de la del mismo cogito y, por otro, la absolutez de la existencia de algo que piensa, que me lleva a pensar que ni el mismo Dios puede evitar la existencia de la cosa que piensa. Tanto la idea de la existencia de algo que piensa, como la idea de un Dios perfecto e infinito, que me permite captar mi identidad imperfecta y finita, y que es causa de sí, son afirmaciones absolutas.

Observamos en Estrada (2001) que “el Discurso del Método se centra en torno al cogito y establece la correlación entre pensar y ser. El yo se autopiensa y proclama su existencia. Desde esta metafísica del yo, se desarrollan las pruebas de la existencia de Dios por la idea de una ser más perfecto que el mío, que anticipa la prueba de la idea de Dios, y desde mi dependencia del ser más perfecto (Discurso, IV), que se completa con la prueba a priori con las ideas matemáticas y geométricas como modelo de ideas claras y distintas (Discurso, V). El argumento ontológico vincula las Meditaciones con el Discurso del Método, cambiando ahora los acentos tanto en el discurso sobre Dios como respecto del cogito....”

Desde el horizonte de la idea de un Dios perfecto, infinito, omnipotente, yo me percibo como finito, dubitativo y buscador de certezas. El horizonte de las reflexiones del cogito, tanto cuando afirma con evidencia clara y distinta, como cuando duda, es siempre Dios.

Según Estrada, no podemos olvidar que la idea de Dios, para Descartes, no puede ser producida por la mente humana. Descartes afirma que podemos tener una idea de Dios infinito, omnipotente y perfecto, pero es una idea inadecuada para la mente humana cuyo contenido no conocemos (no comprendemos quién es y qué es Dios, pero intelegimos la idea de un Dios infinito).

Descartes afirma, por un lado, la trascendencia de Dios respecto del hombre, subrayando así la finitud del cogito, y por otro, mantiene a Dios en relación con el ser de la conciencia, es decir, ontológicamente. Es el encuentro de un yo que desea a Dios, pero que es impotente para alcanzarlo, con el Otro, que se revela desde su alteridad y exterioridad absoluta, el que lleva a la idea de Dios en mí. La idea del infinito, desmesurada para el cogito, en mí, expresa la presencia de la Trascendencia en la inmanencia, la actualidad de un Dios que viene a la idea, pero que no es ni una idea ni una esencia, y que se revela más allá del ser.

En definitiva, concluye Estrada que la herencia cartesiana “al revalorizar al otro (divino) en su inconmensurabilidad y heterogeneidad constituyente, se impugna la inmediatez del “cogito, ergo sum”, así como la introspección como fundamento de la propia identidad. Contribuye así al giro intersubjetivo del siglo XX, que plantea la identidad del yo relacionalmente, pero imposibilita cualquier mediación entre el Otro y el yo.”

 

 

Breve aportación final. Filosofía a la carta

 

Perdonen ustedes lectores mi repetido inquirir. ¿Quién es para Descartes el “uno mismo” que duda, cuestiona, se dirige a Dios, ...? Cuando uno responde a la pregunta ¿quién soy yo? sucede algo muy simple. Lo que uno está haciendo, a sabiendas o no, es trazar una línea o límite mental que atraviesa en su totalidad el campo de la experiencia y, a todo lo que queda dentro de ese límite, lo percibo como “yo mismo”, mientras siente que todo lo que está fuera del límite queda excluido del yo mismo. En otras palabras, nuestra identidad depende totalmente del lugar por donde tracemos la línea limítrofe. ¿Dónde trazó Descartes la línea divisoria? ¿Y ustedes, dónde trazan su frontera? Yo les puedo hablar de la mía, como lo hizo Descartes. Y de mi método, el que me sirve, como también lo hizo el filósofo francés.

Entiendo que algunas tradiciones nos hablan de tres grandes niveles del “uno mismo” o del ser : materia, mente y espíritu; otras, de cinco: materia, cuerpo, mente, alma y espíritu; otras nos ofrecen clasificaciones más exhaustivas –el ocultismo, por ejemplo, nos insta a considerar la constitución del hombre según siete planos, que comienzan con el físico, el astral y el mental inferior (los tres forman la personalidad) y continúa con el mental superior, el búddhico y el átmico ( la triada espiritual), para acabar con el monádico y el ádico o primordial—; y, por último, como ocurre con ciertos sistemas yóguicos, se refieren a decenas de dimensiones, todas ellas continuas y encadenadas en el ser. Igual me da. Todas son válidas. Participo de la filosofía perenne al considerar que los individuos pueden crecer y desarrollarse a través de toda la cadena de dimensiones o estados hasta llegar al último, el espíritu, dios lo divino o como lo deseen nombrar. Aquí tiene lugar la identidad con lo divino, estado al que aspira todo crecimiento.   

A partir de ello, pienso que el individuo es un todo indivisible, unidad de estados, un disfraz de lo divino jugando al escondite consigo mismo. Las diferentes dimensiones del ser que acabo de nombrar, volcadas en el espectro de la conciencia, territorio “de moda” en la filosofía y en la ciencia de la mente de nuestros días, nos permitirían hablar, siguiendo a Wilber (2001), de nueve niveles o estados de conciencia por los cuales el hombre camina el sendero de perfección hasta su consumación divina: el nivel primero físico sensorial, el segundo nivel llamado emocional, el tercer nivel de  la mente representacional o lo “mágico”, la mente regla-rol o lo “mítico” es el cuarto nivel, el nivel quinto es el reflexivo formal o lo racional, el nivel sexto es el existencial o de “visión lógica”, el nivel séptimo es lo psíquico, el nivel octavo o sutil y el nivel noveno, denominado causal. Existiría un décimo nivel: es la meta última, el más elevado de todos los estados. Unión del espíritu y el mundo. Hogar del misticismo no dual o integral. El Dios absoluto del cual Descartes habla.

De modo que el nivel uno sería la materia, el nivel dos el cuerpo, los niveles tres, cuatro y cinco se corresponden con la mente, el nivel seis constituye una integración de la mente y el cuerpo, los niveles siete y ocho son el alma y los niveles nueve y diez son el espíritu o Dios.

En base a esta progresión en niveles de conciencia, establezco mi método particular, a la carta, a la medida. La práctica que considero verdaderamente transformadora para el ser humano. La idea es sencilla. Cuantas más dimensiones de nuestro ser ejercitemos simultáneamente, mayores probabilidades habrá de establecernos en los niveles altos de conciencia, de ser más felices, de realizar lo divino en nosotros. Así, mi método es un método integral, que ejercita el cuerpo, la mente, el alma y el espíritu. Práctica de lo cognitivo, lo moral, lo interpersonal, lo afectivo y lo espiritual. Que no nos confundan las palabras. Cuerpo, mente y espíritu. Abordar al ser en su plenitud e integridad, sin descuidar ninguno de sus aspectos.

¿Qué prácticas concretas escoger? Cada cual confecciona su método. Ejercicio para lo físico. Ejercicio para lo emocional. Ejercicio para lo mental y ejercicio para lo espiritual. Pero, además, que el ejercitamiento integral sea tanto intro- como extra-. Que se desenvuelva hacia uno mismo y hacia los otros. No podemos caer en un simple narcisismo. Existo “yo” y el mundo. Habremos de volcarnos hacia fuera tanto como hacia dentro. El equilibrio lo construye usted.

¿No hablé de una filosofía a la carta? Existen opciones. ¿Nos seguiremos acomodando en un único reino de conciencia que, por ahora, nos hace sentir seguros: leyendo, pensando, haciendo dieta, deporte, meditando, orando, filosofando, psicoterapia, budismo hinayana, mahayana, vajrayana, tonglen, respiración, pensamiento positivo, mantras, vipassana, hatha yoga, raya yoga, gñana yoga, bhakti yoga, karma yoga, visualización, o.n.g. ....? O, por el contrario, ¿crearemos una práctica integral y personal escogiendo de entre todo el abanico?

Que cada cual reflexione el método válido para pasear la vida. Descartes ya nos enseñó el suyo.

 

Bibliografía (por orden alfabético)

 

          .- Descartes, R. “Discurso del método y Meditaciones metafísicas”. Edición de Olga Fernández Prat y Traducción de Manuel García Morente. Ed. Tecnos. Madrid, 2002

 

.- Descartes, R. “Discurso del método”. Edición y traducción de Juan Carlos García Borrón. Ed. Bruguera. Barcelona, 1981

 

.- Álvarez, A. “¿Por qué no a Descartes?”. Ágora, papeles de filosofía. Universidad de Santiago de Compostela, 1996. Vol. 15, pp.109-128

 

.- Cela, C.J. y Marty, G. “¿Se equivocó Descartes? Neurobiología y racionalidad”. Enrahonar, Quaderns de filosofía, nº extraordinario “Descartes. Lo racional y lo real”. Segundo Congreso Internacional de Ontología. Universidad Autónoma de Barcelona, 1996. pp. 339-343

 

.- Estrada, J.A. “La idea de Dios en Descartes y sus implicaciones”. Estudios filosóficos, Vol. 143. Valladolid, 2001. pp. 37-68

 

.- Fernández, J. “Filosofía y fe en Descartes”. Pensamiento, nº 187, Vol. 47. Universidad de Comillas, 1991. pp. 323-327

 

.- Strathern, P. “Descartes en 90 minutos”. Siglo Veintiuno. Madrid, 1998

 

 

.- Wilber, K. “Antología” Edición a cargo de David González Raga. Ed. Kairós. Barcelona, 2001. pp. 132-135                                                                           

 

 

 

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