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 Teñir la lana de púrpura. El deporte en el sistema educativo.

 Herminia L. Ortiz

 

 

Platón, como se sabe, fue un frustrado reformador social. Fracasó estrepitosamente al tratar de  llevar a la práctica sus maravillosas ideas acerca de la ordenación de la polis griega.

El filósofo  hubo de contentarse con verter en sus diálogos, en Las Leyes y sobre todo en La República o El Estado su utopía social[1], en la que incluyó un curioso programa pedagógico. Quizá fue lo mejor. El pobre Platón tendría su espinita clavada pero sus contemporáneos no padecieron sus fantasías totalitarias y nosotros, en cambio, podemos disfrutar de su legado filosófico y literario. Siempre será más divertido, desde luego, leer sobre las prácticas eugenésicas que desea para su estado ideal que padecerlas. Propugnaba, por ejemplo, apareamientos entre mancebos adecuadamente engañados para creer que elegían  por voluntad propia y, en realidad, estarían  proporcionando  a la ciudad  robustos ciudadanos.

En La República (un texto escrito en torno al año 375 a. C.)  se detiene con cierta morosidad en  los fundamentos de la enseñanza que él considera idónea. Puede resultarnos chocante que declare base indispensable de la educación dos disciplinas fundamentales, justamente dos de las que ahora se considerarían residuales, las clásicas “marías”, en el currículo escolar. Esas disciplinas son la música y la gimnasia. Ambas modelarían el alma (la música) y el cuerpo (las actividades  deportivas). Pese al aparente dualismo, esos dos tipos  de saberes  serían los encargados de formar el carácter de los ciudadanos. Platón lo dice explícitamente:

 

...los dioses otorgaron a los hombres esas dos artes, la música y la gimnasia, destinadas a elevar el ánimo fogoso y filosófico y no con objeto de que reciban tal beneficio el alma y el cuerpo (...) sino para que los dos principios antes citados armonicen mutuamente en el alma llevada a un límite justo la intensidad de su tensión y de su relajación.

 

 Es decir, que la gimnasia no sería el instrumento para crear amorcillados chicarrones, más pendientes de su físico y su placer que de otra cosa, sino valerosos guerreros; la música, de igual modo, no constituiría una materia hedonista. Ambas disciplinas serían la herramienta adecuada para modelar el carácter, llenar de valor  a los ciudadanos y sobre todo a un grupo escogido de ellos, los guerreros encargados de defender la polis, la ciudad-estado griega ya en crisis en la época de Platón.

Esto, claro, a nosotros nos suena un poco raro, sobre todo en el caso de la música porque en nuestras sociedades tiene una connotación de placer indiscutible; se ha erigido en actividad lúdica por excelencia. Apenas si nos acordamos de la eficacia política y religiosa  que puede tener la música en su versión hímnica (ya sea La Internacional”, el Prietas las filas o  los himnos a San Blas), que es  la idea que Platón y sus contemporáneos tienen. En general le conferimos un valor de  estricto divertimento. Quizá sea el sino de las artes desde el siglo XVIII, cuando comenzó a colgársele la etiqueta de actividades “desinteresadas”, es decir, desligadas de intereses prácticos inmediatos y por tanto susceptibles de producir placer sin las servidumbres ideológicas anejas. Es el ideal de la música más  que el de la poesía o el de la escultura, presas de un significado concreto.

   La gimnasia, en cambio, sí parece tener una relación lógica con el entrenamiento para la guerra. De hecho, forma parte del entrenamiento actual de los jóvenes que forman parte de los ejércitos profesionalizados de Occidente. Y también forma parte de las actividades preparatorias para el ingreso en los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, tengan o no carácter militar.

Tommaso Campanella, un utopista de la Edad Moderna (1568-1639) prescribía también una formación gimnástica como estricta propedéutica de las actividades militares. Dice un interlocutor a otro en el apéndice de su obra La Política llamado Ciudad del Sol, la ciudad ideal del escritor calabrés (ahora sería el nombre adecuado para una urbanización costera):

 

..están los atletas, que enseñan a todos el ejercicio de la guerra. Estos son gentes entradas en años, prudentes capitanes, que adiestran a los jóvenes de más de doce años en las armas; si bien antes estaban habituados por maestros inferiores a la lucha y a correr y a lanzar piedras. Ahora estos les enseñan a golpear, a ganar al enemigo con arte, a usar la espada, la lanza, a asaetear, a cabalgar, a perseguir, a huir, a estar en formación militar.

 

 En Platón, la música y la gimnasia formarían de igual modo a  los guerreros. Estos serían los mejores jóvenes, la lana más blanca en palabras de Sócrates, la que es más adecuada para recibir el más prestigioso y caro de los tintes de la Antigüedad, la púrpura.

    Sócrates le dice a Adimanto:

 

   Sabes seguramente (...) que los tintoreros cuando quieren teñir lanas de color de púrpura, escogen primero, de entre todos los colores, la lana blanca, a la que preparan seguidamente con exquisito cuidado, a fin de que tome mejor el color, hecho lo cual proceden al teñido. Lo que se ha teñido de esta manera resulta ya indeleble hasta el punto que el lavado de la tela, sin jabón o con él, no es capaz de privarla del brillo que posee. Sabes también lo que ocurre cuando se intenta teñir lanas de otro color o sin la preparación a que antes me he referido.

 

Y más abajo continúa:

....eso mismo tratamos de hacer nosotros cuando realizamos la elección de nuestros soldados y les  preparamos una educación por medio de la música y la gimnasia. No otra cosa pretendemos con ello que el que reciban de las leyes un perfecto teñido, obedeciéndolas en todo momento para que, de acuerdo con la educación y la crianza recibidas, se afirme en su espíritu la opinión de las cosas que se han de temer y las que no. Es claro que este teñido no podrán alterarlo todos los detersorios que actúan como fuertes disolventes y que, como el placer, de poder más terrible que cualquier sosa o lejía, el dolor, el temor y el deseo, producen efectos verdaderamente decisivos.

 

Es decir, que Platón plantea con toda crudeza la educación como la creación de dóciles ciudadanos, con los valores adecuados (los que son adecuados para la ciudad-estado), perfectamente lixiviados, libres de criterios y pensamiento propios. No en vano Platón  temía a los poetas más que a la peste: eran el germen destructivo por excelencia, ya que no someten su imaginación  a los  criterios políticos establecidos.

El sistema educativo contemporáneo tampoco renuncia a “teñir la lana”.

En el caso español,  la LOGSE (Ley de Ordenación General del Sistema Educativo de 4 de octubre de 1990, que rige en el territorio español) se explicitan los fines que persigue el sistema educativo. A saber: desarrollar la personalidad del alumno pero asimismo formarlos “en el respeto de los derechos y libertades fundamentales y en el ejercicio de la tolerancia y de la libertad dentro de los principios democráticos de convivencia” y  también prepararlos “para participar activamente en la vida social y cultural” y formarlos “para la paz, la cooperación y la solidaridad entre los pueblos”.

De modo que se enuncian claramente los fines políticos de la enseñanza: crear ciudadanos adecuados para la democracia. No para la democracia ateniense, para la polis “pederasta”[2], sino para la democracia cuyo referente es la Constitución de 1978 y así se la invoca en el artículo primero de dicha ley. En justa reciprocidad en el artículo 43 punto 3 de la Constitución ya se advertía con claridad que “Los poderes públicos fomentarán la educación sanitaria, la educación física y el deporte”.[3]

 Volviendo a la LOGSE,  una vez explicitada la finalidad básica se desglosan los fines de cada etapa educativa. Y llegados a la enseñanza primaria y secundaria obligatoria hallamos que junto  a loables fines como comprender su idioma o una lengua extranjera, conocer y valorar los bienes artísticos y culturales  o entender una dimensión práctica de los conocimientos obtenidos se halla “utilizar la educación física y el deporte para favorecer el desarrollo personal” (artículos 13 y 19).

De modo que el deporte se halla instaurado dentro de los objetivos primordiales de un tramo clave de la enseñanza, la que abarca un período de diez años, de los seis a los dieciséis años del alumnado. Pero por qué el deporte, cabría preguntarse. En esos fines no aparece citada la literatura (debe ser un pasatiempo menor en estas sociedades); se habla, vagamente, de  “bienes culturales”, “medios culturales” pero no podemos saber si ahí se incluye el legado literario universal (que no, por el desarrollo curricular de las distintas áreas de esos tramos educativos). 

La respuesta  podemos hallarla, por ejemplo, en uno de los decretos que establecen las enseñanzas para la educación secundaria obligatoria a nivel de comunidad autónoma. En el ámbito andaluz se hace referencia en la introducción del área de Educación Física a la “demanda social”[4]. “La sociedad actual demanda incorporar a la cultura y a la educación aquellos conocimientos, destrezas y capacidades que se relacionan con el cuerpo y la actividad motriz, contribuyendo de forma armónica al desarrollo personal y a una mejora de  la calidad de vida”, dice literalmente el anónimo redactor de decretos (¿por qué no va firmada esta literatura decreteril?).  Pues si lo dice, así será. Y sin embargo la sociedad no pide a voces incorporar a las enseñanzas el conocimiento de la estructura de la célula o el Concilio de Trento y allí están agazapados, en los contenidos de sus respectivas áreas de Ciencias Naturales o Ciencias Sociales esperando  convertirse en materia apta para ser enseñada y aprendida.

La Educación Física es una de las seis áreas de conocimiento obligatorias tanto en Primaria como en Secundaria. Pero  no hay un área que incluya, de forma integral,  el conocimiento del propio cuerpo a nivel biológico, con aspectos imprescindibles como sexualidad, salud e higiene, nutrición; o educación vial...Cosas que se desperdigan en otras asignaturas, se disponen en vectores de transversalidad  o simplemente no existen.

Podría resultar chocante que el Estado intentase crear ciudadanos aptos para la vida democrática mediante el deporte y la actividad física pero así es. Vista la trascendencia que el deporte tiene en la vida cotidiana posee puede resultar hasta obvio. Mas las cosas no son nunca sencillas. El deporte en sí podría servir para  preparar  guerreros óptimos, con el temple y la forma física adecuados (ya lo  hemos visto en Platón y Campanella). Pero no  siendo ésta la necesidad primordial de un estado contemporáneo (que necesita, en primer lugar, ciudadanos contribuyentes y consumidores, y en mucha menor cantidad, soldados) el deporte se traviste, mágicamente, con un ropaje fastuoso y de colorines: valores que cuelgan de las actividades deportivas como abalorios preciosos, festivos y a la vez  útiles. Un vestido no del todo racional pero, al fin y al cabo, cubriente.

Veamos un ejemplo. En un libro hallo los valores que se le supone a la actividad física y deportiva[5].

En primer lugar, salud. Le siguen socialización, recreación, creación, libertad, solidaridad (“Es antídoto del individualismo. Hay que fomentar la no competitividad”), no violencia y paz (“Hay que fomentar la no violencia ni agresividad –sic-. La deportividad desarrolla la competencia pacífica..”), disciplina, sacrificio y constancia (“Es una alternativa frente al hedonismo. Negación del tiempo libre consumista...”).

El hedonismo es, al parecer, la peste. Justo en la página contrapuesta se define como “el placer por el placer. Cuerpos danone –sic-.Ausencia de auténtica autoestima”.  Se rotula el hedonismo junto a una serie de “contravalores del deporte”, los que el educador debe evitar, no fomentar. A saber, la violencia (“agresiones de carácter físico y verbal. El partido como batalla no como encuentro”), el  utilitarismo (“el ocio como negocio. Negación del Tiempo Libre”), manipulación (“Tentación de falsear la realidad. El deporte como compraventa. Todo vale para mi propio beneficio”), consumismo (“Dejarse llevar por modas. El engaño de las marcas. Sólo deporte pasivo como espectáculo”), triunfalismo (“Ganar a toda costa. Competitividad sin límites. El triunfo como valor supremo”).

 Luego, implícitamente, se está reconociendo que el deporte no es ese venero de excelencia moral  que de ordinario  nos quieren vender sino que está tejido con una serie de actitudes y comportamientos que no son postizos (violencia, competitividad extrema, deseo de machacar al rival) sino constitutivos de su esencia más íntima.

 


[1]  Platón, La República o El Estado. Madrid, Espasa-Calpe, 1990. Savater escribe sobre la utopía: “La utopía aspira a un Estado (político y también moral) perfecto, en el que todos los valores se realicen sin contradicción entre ellos, donde el ser de las cosas y su deber coincidan por fin y para siempre. Se trata de un estado acabado, es decir: del estado terminal de la sociedad...en el sentido más clínico de la palabra terminal. El mal habrá sido para siempre erradicado, imposibilitado: pero con el mal desaparece también la pregunta crítica sobre el bien, elemento insustituible de la libertad moral”. Fernando Savater, El contenido de la felicidad. Madrid, Suma de Letras, 2000., pp. 56 y 57). 

[2]  Cf.  Henri-Irenée Marrou, Historia de la educación en la Antigüedad. Méjico, FCE, 1998., capítulo III: La pederastia como educación.  

[3] Como muestra, un botón: el “Programa Estrella” que ejecuta la empresa pública “Deporte Andaluz”, dependiente de la Consejería de Turismo y Deporte de la Junta de Andalucía , para el período 2003-2004 patrocinará un total de 66 clubes deportivos. Entidades no profesionales entre las que se encuentran algunas dedicadas al baloncesto en silla de ruedas, el hockey hierba femenino o el balonmano masculino. La noticia de la presentación del programa por parte del consejero (diario Marca, 23 de noviembre de 2003) no incluye el presupuesto adjudicado. El coste del Plan General del Deporte para cuatro años asciende a la increíble suma (para una administración autonómica) de 340, 6 millones de euros (El País, 13 de enero de 2004). 

[4] Decreto 148/ 2002 de 14 de mayo por el que se modifica el Decreto 106/ 1992 de 9 de junio por el que se establecen las enseñanzas correspondientes a la Educación Secundaria Obligatoria en Andalucía (BOJA nº 75 de 27 de junio de 2002). 

[5] En el libro de Fran González Lozano, Educar en el deporte. Educación en valores desde la educación física y la animación deportiva. Madrid, CCS, 2001.

 

 

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