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  Todo tiene un límite. Decrecimiento y crisis de la modernidad

 

 

                                                        Alejandro Escudero Pérez (UNED)

 Octubre de 2013

 

                 I

 

 Bajo este título vamos a realizar una presentación de la idea de “decrecimiento”: en torno a ella en la última década han ido cuajando reflexiones teóricas y movimientos sociales  interesantes, es esto lo que espero ir mostrando paso a paso.

 

Cuando hoy aludimos a “la crisis” nos referimos directamente a una crisis económica. Pero lo cierto es, si vemos el asunto mismo con la amplitud suficiente, que el siglo XX entero ha estado atravesado por una crisis múltiple y polifacética, una profunda crisis de la modernidad, una crisis, para ser más precisos, ubicada en los diferentes procesos de modernización del mundo. En el estricto terreno filosófico esa crisis de la modernidad tiene un destacado reflejo –una, “traducción” por así llamarla- en la denominada “crítica del Sujeto”; aunque el tema mismo tiene antecedentes notables en el siglo XIX –por ejemplo en lo que Paul Ricoeur bautizó como los “filósofos de la sospecha”, Marx, Nietzsche, Freud- el impulsor más destacado de este peculiar línea de crítica filosófica ha sido Martin Heidegger (en este punto cabe citar textos emblemáticos como la “Carta sobre el Humanismo”, “La época de imagen del mundo” o “La pregunta por la técnica”). Exponer en qué consiste exactamente esa “crítica del Sujeto” desborda lo que aquí podemos emprender[1]. Unos pocos y rápidos esbozos, sin embargo, son imprescindibles, y ellos nos llevarán a la cuestión central de esta exposición.

 

Vamos con esos trazos mínimos. La tesis de que “el Hombre” en su esencia racional es el Sujeto del mundo (es decir, su Fundamento, su alfa y su omega) es –como bien señala el diagnóstico heideggeriano- el principio rector de la modernidad, la raíz metafísica de los complejos y diferenciados procesos de modernización del mundo acaecida en Occidente (unos precisos procesos desplegados en su ciencia, en su técnica, en su moral, en su política, en su arte, en su religión). ¿Cuándo surgió y se afianzó esta peculiar “tesis” o ese “principio” (incrustado, como decimos, en el mundo moderno mismo, en su entraña más íntima)? En el siglo XVIII. ¿Qué sucedió entonces? Ocurrió –a la vez poco a poco y de un modo súbito- que el teocentrismo medieval y el propio de la primera modernidad (Renacimiento y Barroco) fue sustituido o relegado por un radical antropocentrismo y antropomorfismo. ¿En qué autor de la historia de la filosofía podemos “leer” con todas las letras esta crucial y originaria transformación (tan potente que ha dado lugar a un mundo entero con una irrepetible y peculiar fisonomía)? En Kant, en el Idealismo kantiano[2]; así, en la Crítica de la razón pura se declara al Hombre que usa su razón como el Sujeto de la Ciencia, en la Crítica de la razón práctica se lo declara el Sujeto del Moral y el Derecho, y en la Crítica del Juicio se eleva al Hombre a la categoría de sujeto del arte y sujeto de la teleología progresiva de la Historia Universal (una historia racional que culmina con la propia modernidad en la medida en que sólo en esta el Hombre, mayor de edad, puede lograr su auténtica emancipación). La tesis o el principio del Sujeto es, como acabamos de insinuar, inseparable de dos ideas convergentes que son las que le otorgan consistencia o potencia: la idea de que la Historia Universal tiene un único Fin (la emancipación del sujeto, su liberación de todo aquello ajeno a él) y la idea de que el mundo moderno es la cima del Progreso (ambas ideas son, pues, la cara y la cruz de una única moneda). Llegamos aquí a la inflexión decisiva: ¿cuándo se habrá afianzado definitivamente el principio del Sujeto (la tesis del Hombre Racional como Sujeto o Fundamento del mundo)? Cuando todo lo que no es él (eso que es su exterior, eso que es para él extraño) esté bajo su dominio y control. Y lo que ya desde la crítica del Sujeto propia de distintas filosofías del siglo XX se dice sobre esto es que en esa misma idea late una desmesura que ha tenido y está teniendo desastrosas consecuencias (nihilistas, destructivas, suicidas). Sobre este particular han escrito brillantes y decisivas páginas muchos autores (Ortega, Benjamin, Adorno y Horkheimer, Heidegger, Marcuse, Arendt, Jonas). Voy a mencionar ahora tres libros recientes en los que se aborda de un modo sugerente y bien argumentado el asunto de la desmesura del Hombre –la desmesura de un hombre endiosado en la que ha fraguado el mundo moderno, la desmesura de un hombre que se ha creído el dueño y señor de todo “el jefe de todo esto” por recordar el título de una película de Lars von Trier). Esos libros son La barbarie interior, de Jean-François Mattéi, ed. El Sol, El crepúsculo de Prometeo (Contribución a una historia de la desmesura humana), de Fraçois Flahault, ed. Galaxia Gutenberg, Los mitos de nuestro tiempo, de Umberto Galimberti, ed. Debate[3].

 

Una parte de esta desmesura humana entronca directamente con el tema y el problema del decrecimiento: la idea moderna de Progreso va acompañada de la creencia en un Crecimiento Ilimitado (mezclando y enlazando “crecimiento” con “mejora”, “avance”, “desarrollo” –o sea, con términos llenos de connotaciones positivas, favorables). ¿Y dónde ha arraigado principalmente lo que estamos subrayando? En el terreno económico, y esto en dos sentidos: en el propio modo de producción y consumo vigente inicialmente en el occidente moderno y en la ciencia económica que está injertada en éste. Aquí localizamos el motivo de fondo de que el primer despuntar de la propia noción de decrecimiento tuviese lugar en la propuesta por parte de Nicholas Georgescu-Roegen de una economía “ecosistémica”[4]. Pero antes de exponer un poco más en qué consiste ésta daremos un pequeño rodeo fijándonos en algo que sucedió en 1972.

 

 

 

II

 

En el contexto de una presentación de la temática y la problemática del decrecimiento es inevitable mencionar el informe que el Club de Roma publicó en 1972, un informe titulado “Los límites del crecimiento”. Entonces como ahora –y ya solo si nos fijamos en el título- hay aquí algo insólito para la ‘mentalidad’ moderna: poner juntas dos palabras, “crecimiento” y “límite”. Aunque el texto tuvo cierta repercusión lo cierto es que fue rápidamente ignorado u obviado (se le descalificó como un escrito pesimista, catastrofista, agorero, aguafiestas; contenía, ciertamente, una verdad incómoda, un enorme sapo difícil de tragar –la “prosperidad” del primer mundo depende, en su centro mismo, de los ciclos económicos expansivos, es decir, de que haya, al menos como tendencia de fondo, más acá de los ciclos recesivos, un crecimiento ilimitado –volveré sobre esto al final de esta ponencia).

 

Fue en 1992, en la Cumbre organizada por la ONU en Río de Janeiro, cuando se lazó a los cuatro vientos la nueva palabra mágica destinada a sepultar todos los problemas:  “Crecimiento Sostenible”. La noción que actúa como hilo conductor de nuestra exposición –“decrecimiento” (una noción negativa, y por lo tanto a bote pronto antipática)- fue perfilándose y afinándose en buena medida contra la de “crecimientos sostenible” (considerada desde la óptica del decrecimiento como una trampa ideológica, una coartada para empecinarse en lo mismo pero ahora ya con la conciencia limpia, es decir: una mera cortina de humo).

 

Insistamos en la incómoda verdad de los límites del crecimiento (ilimitado por definición). En un planeta finito el “decrecimiento” va ocurrir “sí o sí”. La cuestión relevante, por supuesto, es cómo se va a decrecer después de dos siglos de crecimiento desatado. Puede ser de un modo caótico y catastrófico (en el que el Progreso moderno dará paso a un crudo periodo de barbarie –por ejemplo con guerras por recursos escasos o exterminio de las poblaciones que emigren masivamente de zonas devastadas por el cambio climático, etc.-). El decrecimiento puede encauzarse según modos más ordenados, aunque también será distinto si ese orden viene impuesto desde arriba –por élites internacionales, por ejemplo- o si es impulsado desde abajo, desde movimientos democráticos y populares. Todo esto constituye la encrucijada de nuestro presente, las opciones de nuestro mundo actual (una crisis es siempre una “oportunidad”, pues con ella se abre un abanico concreto de direcciones). Ante ellas el pesimismo realista o el optimismo idealista son enteramente insuficientes. Reina, eso sí, la incertidumbre, esto es, y por recalcarlo otra vez: el cómo del decrecimiento.

 

Como movimiento social incipiente y como reflexión teórica el Decrecimiento reúne un diagnóstico de la crisis actual que pretende agarrarla en su raíz (en vez de, como es habitual, en factores secundarios o subordinados) y una serie de apuestas o de propuestas más concretas o específicas. Lo que no es, por supuesto, es una panacea. Decrecer en un mundo orientado frenéticamente al crecimiento será dificilísimo. Echar el freno cuando se viaja a toda pastilla está lleno de peligros. Es menester ahora subrayar lo siguiente: los principales problemas –en la ciencia, la técnica, la moral, la política, el arte, la religión- que definen la crisis de la modernidad (y con ella los dilemas inherentes a la globalización del modelo occidental) son círculos viciosos, nudos gordianos, auténticas aporías que apenas sabemos cómo encarar (los tránsitos de un mundo a otro son así: los graves momentos en los que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de emerger).

 

Urgando en las raíces de la crisis actual el decrecentismo destaca dos aspectos a los que dirige un conjunto de análisis (y con los que pretende engarzar una serie de prácticas organizativas que vayan explorando rutas viables que puedan llegar a consolidarse, primero localmente y después en territorios más amplios): una dimensión ecológica y otra dimensión social.

 

En la dimensión ecológica pone el acento en dos cuestiones: a) los procesos destructivos del complejo ecosistema del Planeta Tierra; b) el agotamiento de materias primas y energías fósiles.

 

En la dimensión social se subrayan dos cuestiones que nos demandan una respuesta, que nos solicitan algún tipo de reacción: a) el exponencial aumento de la población; b) el incremento en las últimas décadas de la desigualdad, el incremento de la injusticia social.

 

La mera mención de estás dificilísimas cuestiones –poliédricas, complejas- da una idea de los retos enormes (analíticos por un lado, organizativos por otro) a los que estamos aludiendo. En los textos decrecentistas –por solo mencionarlos a ellos- se aborda estos temas (y en los buenos textos –por ejemplo los de Serge Latouche- se hace de un modo sólido, solvente, sin ceder a la propaganda bienintencionada pero carente de mordiente y perspicacia). Voy a concentrar en adelante mi intervención en dos temas: la economía ecosistémica y la crítica de la sociedad de consumo.

 

La economía ecológica sitúa su énfasis en el arraigo de cualquier sistema económico en el variado ecosistema del planeta (entre ambos hay un más o menos óptimo acoplamiento, una sinergia sistémica). Desde luego la ciencia económica ordinaria (tanto la liberal-social o keynesiana como la neoliberal de Hayek) desconsidera cualquier orientación que ponga el punto de mira en ese arraigo. Operan, en el fondo, del mismo modo que el modo de producción y consumo vigente en occidente (tanto en su versión capitalista como en la versión del socialismo real): actúan como si el ecosistema fuese un factor ajeno, inexistente, un puro estorbo, un elemento irrelevante o superfluo. Esta manera de desplegarse –tanto de la ciencia económica como del propio sistema económico en su organización interna- tiene su razón última en lo que mencionamos al comienzo: en la tesis o el principio del Sujeto (el Hombre, cuando se concibe como el Sujeto, y por lo tanto cuando vive y actúa como tal, se entiende como autosuficiente, como independiente, como incondicionado –algo que, por ejemplo, se refleja nítidamente en el marcado dualismo antropológico según el cual el hombre es una Mente que tiene un cuerpo a su disposición, etc.)[5]. ¿A dónde nos conduce una ciencia económica en la que no se pierde de vista la implantación ecosistémica de los modos históricos de producción y consumo? Por ejemplo a mostrar –con ayuda, entre otras cosas, de la termodinámica- que la eficiencia de la que presume de puertas adentro nuestro sistema económico se convierte en completa insostenibilidad a largo plazo cuando se deja de obviar la finitud del planeta tierra.

 

Uno de los caballos de batalla del decrecentismo es la sociedad de consumo, las sociedades de la opulencia y el despilfarro que se han expandido por doquier después de la Segunda Guerra Mundial. El concepto de “huella ecológica” permite armar un diagnóstico preciso de en qué punto estamos (contando, por otra parte, con que el 20% de la población mundial consume el 80% de los recursos). No podemos entrar en detalles sobre cómo se calcula ésta, pero sí mencionaremos ahora el llamativo resultado de su aplicación. La huella ecológica del norteamericano medio –la más alta- indica que para que su nivel de consumo fuese viable a medio plazo harían falta cinco planetas (el del europeo medio arroja un resultado no menos sorprendente: en unas décadas nos tragaríamos enteritos tres planetas). Pero, dejando de lado este asunto de la huella ecológica, respecto a la Sociedad de Consumo el ingrediente suyo que más llama la atención al decrecentismo es la publicidad. ¿Por qué? Porque es ella la que provee de una poderosa ideología estéticamente presentada –o sea, con una enorme fuerza seductora- que de entrada blinda a la gente contra el profundo mensaje de esta corriente de pensamiento (la publicidad, por otra parte, es la principal fuente de financiación de los medios de comunicación masivos, del cuarto poder en definitiva). Serge Latouche insiste en que un paso importante en la buena dirección se dará cuando se logre “descolonizar” el imaginario colectivo de los mensajes consumistas que constantemente envía el bombardeo publicitario. Si preguntamos: ¿por qué es en el fondo tan poderosa la Publicidad? Cabe responder: porque de un modo u otro incide en un conjunto de resortes psicosociales que operan como aglutinantes de la socializad (introduce pues una específicos ingredientes en el “cemento social”). Fijémonos en esto: cualquier mercancía, sea un bien o un servicio, está sostenida y atravesada por la convergencia de tres valores (valor de uso, valor de cambio, valor de marca). La publicidad, especialmente a partir de la década de los cincuenta del siglo pasado, se ha concentrado en inyectar valor en el caso del valor de marca. El siguiente texto lo explica así: «Cuando la marca marcaba al producto, la publicidad metaforizaba el producto: lo condensaba. Cuando la marca marca al consumidor, la publicidad metonimiza el consumidor y lo desplaza. Su posición y su estado de movimiento –una posición real y un estado de movimiento imaginario- quedan fijados por la publicidad. Antes, la marca era una garantía de la competencia del producto: connotaba las propiedades del producto (para qué servía). Ahora, la marca garantiza la disponibilidad del consumidor (a quién sirve): connota las propiedades del consumidor (a qué propiedad pertenece). Los consumidores son clasificados, ordenados y medidos por las marcas que consumen. El consumidor, al ser marcado por la marca, queda clasificado, como miembro de la clase de los consumidores de la marca»[6]. El valor de marca, al menos en uno de sus aspectos, opera como catalizador de la vida social, permitiendo que los agentes sociales se reconozcan mutuamente y de este modo puedan interactuar significativamente[7]. Hay otro ingrediente del valor de marca inducido por el entramado de la propaganda comercial que merece destacarse: los mensajes publicitarios –a la vez que “marcan” a los consumidores dotándolos de unas señas de identidad- convierten los deseos y anhelos, eso que queremos o que buscamos, en imperiosas necesidades, en algo que debemos poseer o adquirir si de verdad nos importa nuestra felicidad individual. Lo paradójico de la publicidad, sin embargo, es que a la vez que tiene que prometer que la felicidad se compra con la tarjeta de crédito en las cajas de pago de los grandes almacenes o los supermercados está obligada a promover la insatisfacción, un estado perpetuo de ansiedad y desasosiego, pues si las masas de individuos estuviesen satisfechas no consumirían con la frecuencia que requieren las empresas que financian las campañas publicitarias (un personaje de la novela de Fréderic Beigbeder, 11,99 euros, dice con altivo cinismo: «Soy publicista: esto es, contamino el universo. Soy el tío que os hace soñar con esas cosas que nunca tendréis. En mi profesión, nadie desea vuestra felicidad, porque la gente feliz no consume»).

 

 

 

      III

  

    Terminaremos este rápido recorrido por algunos de los vericuetos del decrecentismo con dos ideas más.

 

            En plena y cruda recesión –el estado en el que hoy estamos especialmente en el sur de Europa- referirse al decrecimiento puede parecer inapropiado, cínico incluso. ¿No estamos en un punto en el que lo que ahora hace falta es volver a la senda del crecimiento, regresar una fase expansiva del ciclo económico de modo que termine así disminuyendo la catástrofe social del paro? A corto plazo, ciertamente, esa senda, si se consigue caminar por ella, aliviará una situación social desesperada y cruel. Pero a pesar de esto es legítimo seguir preguntado si es así como se conseguirá solucionar auténticamente los problemas de fondo. El origen de la crisis, es importante insistir siempre en ello, está en la economía financiera[8]. ¿Tiene ésta algo relevante que ver con lo que estamos exponiendo aquí? Sí. Veámoslo. La modernidad es un mundo sin límites, un mundo ilimitado (es eso lo que impone el principio del Sujeto, ese Hombre que se estima autosuficiente, no limitado por nada ni por nadie); por ello el crecimiento económico inherente al Progreso de la Historia debe ser también ilimitado: sin esta poderosa ilusión –una apariencia con consecuencias en la realidad- el sistema económico colapsaría, y lo haría precisamente porque su motor no es otro que el incremento de la tasa de ganancia. Sin embargo el crecimiento ilimitado no es realmente posible –los recursos naturales se agotan, el cuerpo de los trabajadores se cansa, etc.- ¿qué sucede entonces? Que la ilimitación –por ser inviable en la “economía productiva”- se instala en el corazón de la economía financiera, o sea, en un plano imaginario, ficticio, virtual. No es casual que hoy día el setenta por ciento de la actividad económica mundial corresponda a la economía financiera y sólo un exiguo treinta por ciento tenga que ver con la economía productiva, con ofertar en el mercado unos bienes y servicios. En la economía financiera, dada su entraña especulativa, el dinero se multiplica o se divide a sí mismo en la gran Ruleta del Casino Global, y lo hace viajando a golpe de click de una burbuja a otra (primero las genera, según mecanismos específicos en cada caso, después extrae de ellas astronómicas plusvalías, finalmente, cuando la cosa ya no da más de sí, las pincha y a otra cosa, caiga quien caiga). ¿Puede detenerse esa Ruleta del Capital financiero especulativo? Sólo si desde la política se la somete a una drástica limitación cortocircuitando (a través de leyes e impuestos) su ilimitación irreal. Sin embargo, la política –y esto es así también allí donde los gobiernos son elegidos por el voto, asunto éste que da qué pensar- está subordinada a los poderes fácticos que se enriquecen desmesuradamente en el mercado financiero.

 

Frente a toda esta densa trama ¿cuál es el corazón palpitante de la apuesta decrecentista? La sobriedad (un libro excelente sobre esto es el de Pierre Rabhi, Hacia una sobriedad feliz, ed. Errata Naturae). En esta apuesta a largo plazo, de entrada, se reconoce que todo tiene un limite (el suyo propio, el que le corresponde según el recíproco juego al que juega cada orden de cosas). Se trata de localizarlo y de asumirlo. Así de simple. Así de complicado. Termino leyendo el subtítulo del libro Objetivo decrecimiento. En él una pregunta nos interpela. La respuesta parece obvia, pero no es cosa fácil articularla: “¿Podemos seguir creciendo hasta el infinito en un planeta finito?”

 

 

                                                          

 

 

Bibliografía

 

 Son muy recomendables como primer acercamiento al tema del decrecimiento los libros de Denis Bayon, Fabrice Flipo, François Schneider, Decrecimiento, ed. El Viejo Topo y Serge Latouche, La apuesta por el decrecimiento, ed. Icaria (de este autor pueden destacarse también La sociedad de la abundancia frugal o Sobrevivir al desarrollo). Son libros rigurosos, sugerentes, bien documentados y argumentados. Interesante es el libro de Giorgio Mosanguini Decrecimiento y justicia norte-sur, ed. Icaria (en cambio el libro de Nicolas Ridoux, Menos es más, ed. Libros del Lince, a pesar de que aquí y allá contiene algún apunte de interés, en conjunto es flojo, blandito). Entre nosotros escriben sobre el tema autores como Carlos Taibo, Joaquim Sempere, Yayo Herrero o Ramón Fernández Durán, por nombrar unos pocos. Mención especial, a mi juicio, merecen los numerosos libros de Jorge Riechmann (por ejemplo Un mundo vulnerable o Biomímesis).


 


[1] En los artículos “Dos vías de la crítica del sujeto: hermenéutica y estructuralismo” (en la revista online ‘La Caverna de Platón’) y “Darwin y el posthumanismo” (en la revista online ‘Eikasía’, nº 30) hemos expuesto el tema con más detalle y amplitud.

[2] En el escrito “Kant: idealismo y modernidad” explicamos esto con más detalle (puede localizarse en la revista online ‘La Caverna de Platón’, sección ‘artículos y fuentes’). En el siguiente texto de Felipe Martínez Marzoa –redactado desde un enfoque por decirlo así “heideggeriano”- se realiza un interesante esbozo de una “explicación” o “aclaración” del “giro antropológico” propio de la era moderna del mundo a partir de las coordenadas de la “pregunta por el ser” (lo “heideggeriano” de esta orientación se encuentra en lo siguiente: la “pregunta por el hombre” –considerada por Kant la principal pregunta filosófica- está “subordinada” a una pregunta más radical y originaria: la pregunta por el “ser”. El texto dice: «En Kant el poner objetos es la operación “del sujeto” como tal, el acto de la razón pura. Sin embargo, esto no quiere decir que sea operación “del hombre” o que acontezca “en el hombre”, esto es: de o en un ente determinado llamado “hombre”; ni siquiera si la operación en cuestión se concibe como una de un tipo muy especial llamada “conocimiento”, y ni siquiera si, además, “el hombre” se entiende únicamente como la constitución universal de “todo hombre”. Lo que son “Sujeto” y “Razón” no se determina en manera alguna a partir de “el hombre” o de la esencia o “naturaleza humana”; es al revés: lo que se entiende por “humano”, la manera en que se entiende “el hombre” y “lo humano”, en la Edad Moderna, se determina a partir de lo que significan “Razón” y “Sujeto”, que, por cierto, son literalmente (y no accidentalmente, sino a través de una tradición esencial) la traducción de lógos y hýpokeimenon respectivamente. Ni el término “razón” (ratio, lógos) ni el término “sujeto (subiectum, hýpokeimenon) proceden de “antropología” alguna; ambos proceden del ámbito de las designaciones para condiciones de aquello en lo que consiste en general ser.», El sentido y lo no-pensado, ed. Universidad de Murcia, páginas 50-51.

[3] El asunto del decrecimiento, con se verá más adelante, enlaza con investigaciones que emprendimos anteriormente, por ejemplo la que culminó en el libro El tiempo del sujeto (un diagnóstico de la crisis de la modernidad), ed. Arena. Dicho así: el tema aquí abordado es una continuación y una concreción de lo que “abstractamente” expusimos en ese ensayo. En efecto, cuando nos tomamos como el “Sujeto” del mundo (algo que pasa, entre otras cosas, por negar nuestra animalidad y olvidar nuestra corporalidad ignorando así nuestro radical “ser-en-el-mundo”) vivimos bajo el enorme espejismo de que de nada “dependemos” (ser Sujeto implica postular la pura autarquía, por eso la idea de Sujeto es inseparable de la tesis de la “autonomía”: Kant, cuando declara al Hombre Racional como el Sujeto lo considera como el legislador autónomo, el que provee al mundo mismo de ley y de orden). Tirando de este hilo –aunque saltando unos cuantos pasos en la argumentación- puede llegar a probarse, si nuestro diagnóstico no está equivocado, que la raíz última de la crisis ecológica inherente a la era moderna del mundo está precisamente en esta ilusión: la de que el Hombre –como ente supremo, como (nuevo) Dios- es independiente, sólo depende de sí mismo y de nada más (aspirando a reducir a nada eso que le recuerda su radical dependencia).

[4] Una magnífica presentación de ésta la encontramos en el artículo de Jacques Grinevald “Georgescu-Roegen: bioeconomía y biosfera”, publicado en el libro Objetivo decrecimiento, ed. Leqtor. El italiano Mauro Bonaiuti ha escrito dos buenos libros sobre este economista pionero. En castellano puede destacarse el libro de Óscar Carpintero Redondo, La bioeconomía de Georgescu-Roegen. En esta línea de trabajo hay que reseñar la tarea investigadora de Joan Martínez Alier.

[5] No es casual que en la modernidad naciente un autor como Descartes reuniese en un mismo planteamiento filosófico un marcado dualismo antropológico (en el que el hombre está compuesto por una mente –superior- y un cuerpo –inferior-) y la tesis de que el destino de la Mente es el dominio tecnocientífico de la naturaleza (he analizado este tema en el artículo “Diez calas en la historia de la filosofía (II)”, en la revista online ‘La Caverna de Platón”, sección ‘historia de la filosofía’).

[6] Jesús Ibáñez, Por una sociología de la vida cotidiana, ed. Siglo XXI, página 178.

[7] El cuerpo social (el lado o vertiente “social” del cuerpo, de eso que somos) es intrínsecamente un “cuerpo marcado” (un cuerpo investido por “marcas” que lanzan señales que permiten una interacción significativa; lo peculiar de la “sociedad de consumo” es que esas “marcas” tienen a ser monopolizadas por la propaganda comercial). Respecto al “cuerpo social” es recomendable el libro de David Le Breton La sociología del cuerpo, ed. Nueva Visión (este autor ha escrito un puñado de libros excelentes).

[8] El documental Inside Job (2010) de Charles Ferguson ofrece una pavorosa radiografía de este catastrófico suceso. Son interesantes también los libros El estallido de la burbuja de Robert J. Schiller, ed. Gestion, 2009 y Cleptopia: fabricantes de burbujas y vampiros financieros en la era de la estafa de Matt Taibbi, ed. Lengua de Trapo, 2011.

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