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Vindicación de la creatividad y el juego en la educación

 

Hector Solsona Quilis.

Profesor de Filosofía en Marti Sorolla Coop. Val.

  

Hace aproximadamente veinticinco siglos el filósofo Platón incidió en la importancia del juego como medio para favorecer el aprendizaje de los niños y conocer su naturaleza en su modelo educativo. Su idea era que los seres que han de ser libres no deben aprender como esclavos. Esta idea vuelve a tomar fuerza, acompañada de otra idea o valor, el de la creatividad.

 El cambio de paradigma en educación asume que el resultado del proceso educativo debe ser una personalidad desarrollada, equilibrada y competente, es decir, preparada para asumir la responsabilidad y la participación que implican los retos de la vida en la sociedad tecnológica y globalizada. Para conseguir este resultado debemos emplear los medios adecuados, aquellos que despierten la inteligencia, la iniciativa, el compromiso, la responsabilidad, en una palabra, la autonomía de la persona y su racionalidad crítico-constructiva. Pensamos que el valor de la creatividad es ese medio adecuado para conseguir ese tipo de persona que sabe en cada momento valorar las posibilidades que encierra su circunstancia para extraer de ellas el máximo provecho aportando valor al mundo.

 Por regla general se entiende que la creatividad está asociada al arte y a los artistas, y la valoración que se hace de estas personas y actividades están relacionadas con actos escasamente productivos, bohemios y extravagantes. Pero una pequeña reflexión nos permite entender el error que se comete al valorar de este modo la creatividad, el arte y la actividad artística. Ya sólo con estudiar la etimología de la palabra “arte” obtendríamos suficientes razones para abandonar estas concepciones llenas de prejuicios e incomprensiones. 

Desde una reflexión filosófica, podemos resaltar que la creatividad es la máxima libertad a la que podemos aspirar los seres humanos. Mitológicamente, aquella serpiente que tentó a los primeros humanos con la fruta del árbol del conocimiento, lo hizo bajo la promesa de que de ese modo serían como dioses, es decir, que serían creadores. La creación es el modo en que somos libres porque en ella decidimos y elegimos hacer que exista lo que no hay. Lo demás es repetición de lo que existe, algo que sólo aporta el valor de la conservación pero no añade valor al mundo. Bajo esta promesa se esconde otro rasgo característico de la libertad auténtica, la autonomía, la capacidad de decidir por sí mismo y elegir con criterio propio, para lo cual en necesario, no sólo usar la razón, sino correr el riesgo, atreverse a ser uno él mismo, que es de lo que se trata en esta vida: vivir uno mismo y construir uno su propia vida con el propio esfuerzo y originalidad más allá del seguimiento inconsciente de las modas.

 En el proceso creador uno se arriesga, ensaya, yerra, en definitiva, aprende lidiando y experimentando con los límites de los materiales que utiliza y las ideas que trata de plasmar. Pone en funcionamiento la imaginación elaborando hipótesis de trabajo y activando el pensamiento  alternativo, viendo las posibilidades que encierra la situación y los materiales disponibles, combinándolos de un modo nuevo, original, atractivo y bello, para añadir un valor propio a lo producido. Evidentemente, la creación no sólo encierra el gozo por lo creado, sino también el esfuerzo, el duro esfuerzo que supone no tener seguridad alguna sobre el resultado del proceso creativo, también la frustración del fracaso y del estancamiento, y al mismo tiempo el empeño por sacar adelante la cosa con toda la esperanza de lo que uno se ha prometido en ello. Muy relacionado con esto está el concepto de juego libre, fundamental para el desarrollo sano de los niños.

 Cuando el niño juega libremente actúa como un creador que se propone retos, reglas, acuerdos sobre lo que vale y lo que no vale, se propone finalidades y medios para alcanzarlos, es decir, actúa de un modo autónomo, por sí mismo, eligiendo en cada momento lo que considera mejor para el desarrollo del juego. En el juego experimenta su poder, su capacidad, desarrolla conocimiento del mundo y de los objetos que hay en él, desarrolla su capacidad de interacción con otros niños, y lo que tal vez se pase por alto, se atreve, es decir, aprende a confiar en sí mismo y en sus capacidades. Esta experiencia produce el gozo de uno mismo y del mundo, es decir, produce felicidad por uno mismo a partir de su propia creación.

 Esto que parece baladí, el atreverse, es sin duda, desde el punto de vista educativo, lo más importante, pues desde todos los puntos de vista, el que no se atreve, no se arriesga, y el que no se arriesga, ni gana ni pierde, y el que no pierde, no aprende. El miedo al error y al fracaso, ya lo sabía Hegel, es el primer error que cierra las puertas del conocimiento y de la vida libre, y añade un eslabón más a la cadena de la esclavitud repetitiva. Sólo la creatividad y el juego en la educación encierran esa generosidad propia necesaria para el desarrollo y producción de una personalidad tolerante y abierta, confiada en sí misma y en sus capacidades, para afrontar la vida y sus limitaciones, dando y  encontrando soluciones inexistentes a los problemas realmente existentes y añadiendo valor al mundo y a la vida.

 Por eso la apuesta por el valor de la creatividad en la educación y por el arte requiere otra concepción de la misma y del papel del educador en el proceso educativo, porque encierra una verdad profunda y necesaria para alcanzar y desarrollar una vida plena y gozosa como en un juego, un juego que por cierto, los niños se toman muy en serio ¿por qué será?. Frente a la “compulsión sádica a educar” que denunciara W. Reich que produce individuos neuróticos, el juego y la creatividad pueden permitir formas de existencia abiertas y tolerantes, escasamente dogmáticas y profundamente gozosas y vitales. Desde hace años se reclama espíritu emprendedor, sin caer en la cuenta de que dicho espíritu tiene más de artístico que de otra cosa...necesitamos creadores, algo que demandaba Nietzsche, para no repetir las soluciones de siempre que nos abocan a la repetición de los mismo problemas.

 

 

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