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COMENTARIO A NIETZSCHE: SOBRE VERDAD Y MENTIRA EN SENTIDO EXTRAMORAL

-Comentario a Sobre Verdad y mentira en sentido extramoral , por Luis Fernández-Castañeda, profesor de filosofía en el IES Octavio Paz (Leganés).

-Comentario a Sobre Verdad y mentira en sentido extramoral , de F. Nietzche(Mónica Gómez Salazar)

 

Comentario a Sobre Verdad y mentira en sentido extramoral , por Luis Fernández-Castañeda, profesor de filosofía en el IES Octavio Paz (Leganés)

(Se cita por la edición de Karl Schlechta en tres volúmenes. El texto corresponde al volumen tercero. El segundo número en las citas corresponde al número de línea de la página correspondiente, contando que la primera línea empieza en la primera palabra de cada página escrita por Nietzsche, dejando títulos y números romanos fuera. La traducción corresponde a la edición de Tecnos, aunque modificada en algunos casos).

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¿Quién puede decir: "En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la «Historia Universal»: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer"? (309,1-6) Evidentemente, no lo puede decir uno de aquellos animales inteligentes. Más aún, ¿cuándo se dijo esto? El texto lleva la fecha de 1873, pero esto -también evidentemente- es mentira, puesto que en 1873 el astro no se había helado, ni aquellos animales inteligentes habían perecido. Solo encuentro una alternativa a estas preguntas: su autor, que dicen que se llama Nietzsche, o bien no es uno de aquellos animales inteligentes, o bien su teoría del eterno retorno es cierta y por ello, como eterno retornado, sabe de lo que habla. Pero el eterno retorno es un eterno olvido, y por tanto, aunque haya vuelto un millón de veces a 1873, en todas ellas se ha olvidado de lo que va a ocurrir. Además: la primera vez que fue 1873 no podía haberlo dicho. Este texto, por tanto, o es de un ente no humano, o no es del primer 1873.

El hecho de que a continuación se diga "Alguien podría inventar una fábula semejante" (309,6-7) no es eximente, sino algo evidente, pues se nos ha mostrado al inicio. Sin embargo, si es tan evidente, ¿por qué se dice? Sin duda para indicarnos que nosotros, humanos, también podemos inventar una fábula semejante. Esto no quiere decir que las palabras del inicio sean forzosamente una fábula inventada por un humano.

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¿Qué significan las comillas de "« Historia Universal »" ("» Weltgeschichte «")? Se observará además que el sentido de las comillas es distinto en el original que en la traducción. El que esto escribe no ha podido cotejar el manuscrito, y es posible que las convenciones tipográficas hayan prevalecido sobre lo escrito. Por eso, en principio dejaremos esta cuestión al lado. Las comillas no exigidas (como cuando se cita un texto) resaltan la palabra, llamándonos inmediatamente la atención. Es notable que carezcan de vocalización alguna: se pueden leer, pero no en voz alta;se pueden ver, pero no oir. Pasarían desapercibidas en una lectura pública del texto. Su función es indeterminada. Una regla habitual supone que lo entrecomillado es algo que no se ha de entender en sentido literal, pero nunca se dice en qué sentido ha de entenderse entonces. Una extensión de esta regla razona del modo siguiente: dado que lo entrecomillado indica que no se entiende en sentido literal, y que no se indica en qué sentido se entiende, es una señal de que el autor rechaza el significado habitual de lo entrecomillado, o de que rechaza incluso la posibilidad de que lo entrecomillado pueda tener cualquier significado aceptable. El hecho de que en la edición alemana las comillas tengan esta distribución "» «" parece indicar una voluntad de apretar la palabra, de estrujarla para hacerla desaparecer del discurso ordinario, para borrarla en público. Es ponerla en solfa.

Si Nietzsche (supongámosle el autor, por brevedad) escribe "« Historia Universal »" y no "Historia Universal" es porque, dado el eterno retorno, no hay una historia en el sentido habitual (lineal, judeocristiano). Tenemos, por tanto, un universo ("Weltall" 309,2) sin historia universal ("Weltgeschichte" 309,4). No puede haber, por tanto, ningún "centro [...] de este mundo" ("Zentrum dieser Welt" 309, 17), y tomar al intelecto por tal resulta "patético". El más mínimo conocimiento causa en los seres vivos el efecto de creer que tienen en sí el centro del mundo. Cada uno cree tenerlo en sí, y por eso cada uno es indiferente a todos los demás. No es extraño que el hombre, entregado mucho más que el resto de los animales a su intelecto para sobrevivir, sea también el más vanidoso. La misión del conocimiento (humano) es ocuparse de la vida (humana) en medio de la lucha por la existencia, y la vanidad o autoestima, en suma, el engaño, es su principal efecto. El intelecto, creando la ilusión de ser el centro del mundo, hace que el universo cobre un orden para el hombre, un orden ilusorio donde se puede vivir. La misión del intelecto no es buscar la verdad, sino hacer vivible la vida. Y quizá, quizá, hacer vivible la vida sea una verdad más alta que la pretendida verdad cuya búsqueda se atribuye al intelecto. (Así Unamuno en San Manuel Bueno, mártir). Quizá la búsqueda de la verdad que se atribuye al intelecto y que incluso este mismo se arroga no sea sino la última vuelta de tuerca de la vanidad; quizá no sea sino la más sutil estrategia del intelecto para mantener en el engaño y en la ilusión a los hombres. ¿Por qué se piensa en el texto que la verdad es incompatible con la vida? ¿Acaso la verdad no es la verdad, y Nietzsche lo sabe, aunque quiera cínicamente aparentar lo contrario? ¿O acaso todo el texto no es sino una sutil estratagema de la verdad misma que, cuestionándose en el hombre, busca que éste alcance mayor lucidez? Pues, en efecto, "¿qué sabe el hombre de sí mismo?" (310,26) Esta búsqueda de lucidez que Nietzsche encarna le lleva a soñar que sabe la verdad, le lleva a soñar que es ese ser capaz de iniciar este texto con aquella fábula que, en efecto, "alguien podría inventar". Un texto arriesgado, desmesurado, que se plantea a sí mismo su propia condición de posibilidad: "¿Sería capaz de percibirse a sí mismo, aunque sólo fuese por una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada?" (310,27-28) ¿Pero quién se hace esta pregunta, Nietzsche o el autor de las primeras líneas? Es imposible contestar en el seno del texto comentado, puesto que hacerlo equivaldría a liquidarlo. Tenemos, pues, el milagro de un texto que no se sabe si es humanamente posible. Ahora bien, entonces, ¿a quién está dirigido? (‘A nadie’, dijo Hamann -Al público, o a nadie [...] An das Publicum, oder Niemand, den Kundbaren, 1759- y luego Nietzsche mismo -Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie 1883-1884).

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Por necesidades y aburrimiento se vive en sociedad, y por tanto con vistas a sacar beneficio. Para poder vivir en sociedad es necesario fijar los términos. Esta fijación ha de ser estable y compartida incluso por los miembros más díscolos. Si funciona, la sociedad se beneficia; de lo contrario sale perjudicada. En todo ello, que la fijación de los términos se haga con verdad o no, no importa. El intelecto es quien fija los términos, y para ello lo que busca es efectividad, no verdad. Lo que prima es el sentido práctico, no el sentido de la verdad. Y sin embargo, ¿es la verdad tan inútil, tan incompatible con la convivencia? Lo que a Nietzsche le preocupa en primer lugar no es esta pregunta, sino el hecho de que, sea cual sea la respuesta, es una pregunta secundaria. Lo que prima es la fijación de los términos. Sólo después se podrá hablar de verdad, lógicamente. Hasta que no haya un lenguaje constituido -hecho social por excelencia- no se podrá ni hablar de verdad. El problema es que, cuando se puede hablar de verdad, ya es demasiado tarde: los términos han sido fijados, y nadie estaría dispuesto a cambiarlos, arruinando la convivencia social y el lenguaje. Alguien podría contestar que las sociedades siempre están en conflicto, que nunca están fijados los términos tan perfectamente que no se puedan cambiar, y que de hecho se transforman con el tiempo. No es una respuesta para lo que aquí se plantea. No lo es, porque lo que el sentido de verdad de Nietzsche, su lucidez personal, parece cuestionar es el mismo hecho de la fijación de términos. Es esa primera valla que alguien levanta sobre la tierra, en el discurso de Rousseau, para delimitar su propiedad. Es el hecho mismo de que haya términos. Las palabras son términos. Transferencia arbitraria de nuestros estímulos nerviosos en sonidos, e igualación social de esos sonidos eliminando las diferencias. En la primera etapa, no hay nada lógico; en la segunda, la lógica del beneficio; en ninguno de los dos casos la verdad.

El impulso que el hombre siente hacia la verdad es el último estadio del proceso social: los términos han sido fijados y son creídos hasta el punto de olvidar su origen arbitrario (en un proceso emparentado con la alienación hegelianomarxista), de modo que el impulso que sentimos hacia la verdad no es sino expresión de la voluntad férrea por mantener las fijaciones sociales. Impulso que, por constituir una defensa de la sociedad y del individuo en cuanto miembro de ella, adquiere inevitablemente un tinte moral, pues defiende nuestra morada. No hay verdadero impulso hacia la verdad, podríamos decir, pero Nietzsche dice: más bien, todo impulso hacia la verdad no es sino esto que se acaba de explicar. Fuera de ello, no hay ningún otro impulso hacia la verdad. Es evidente que, fuera del impulso hacia la verdad, está la verdad misma, pues de lo contrario este texto no sería posible. Si se puede analizar, como hace Nietzsche, el impulso de verdad, es porque se ha podido salir de él, ya que de lo contrario no podría ser cuestionado: se asumiría con la misma naturalidad con la que se asume que respiramos.

Si la única verdad está en impulsar la vida (como en San Manuel Bueno, mártir), no tiene sentido plantear la convivencia social como un pacto para mentir, del tipo "yo sé que esto no es rojo exactamente, pero mejor decir todos que sí y vivir en sociedad". Sin embargo, así es como Nietzsche lo plantea, como si toda fijación de términos fuese intrínsecamente mentirosa, y por tanto también la vida social. De modo que en él late un espíritu de verdad que se alza sobre sus propios planteamientos. No reflexiona sobre esto Nietzsche, no puede reflexionar sobre ello, sino que elabora enseguida la contraposición: frente al uso pragmático, social y mentiroso del intelecto, tenemos el arte, que es libre y está lleno de una positividad que le falta a su oponente. El arte como alternativa se fundamenta en que la relación estética entre el estímulo nervioso y su transferencia mental (imágenes, sonidos, etc.) aparece como la única válida. Dado que entre un polo y otro no hay lógica, no podemos esperar nada del conocimiento, que los relaciona inventándose leyes arbitrarias. La única relación que hace justicia a ese trasvase de un polo a otro es la relación estética. Pero ¡cuidado!: sería un error pretender que a través del arte alcanzaremos un conocimiento negado al intelecto. Sería no haber entendido nada. No hay conocimiento, ni puede haberlo, pues partimos de que la traducción mental de los estímulos nerviosos carece de toda lógica. Si aceptamos esto, comprenderemos entonces que el intelecto sea una facultad imposible de ejercer justificadamente, esto es, haciendo justicia a esa relación polar. Comprenderemos que, dado que existe, su función es muy distinta de la de hacer justicia a la verdad y, en efecto, su función -nos lo advierte Nietzsche desde el principio- es hacer posible la sociedad.

La conclusión práctica se nos presenta ya a la vista: sólo una conciencia progresivamente lúcida de la impostura que es vivir en sociedad (y hablar) nos permitirá crear una sociedad más libre, más suelta, menos sociedad en el sentido tradicional y fuerte de la palabra, si se quiere. Saber que vivimos en medio de la mentira nos ofrece la única posibilidad de estar en sociedad y a la vez de cambiarla. Esta labor de lucidez es el papel de la filosofía, pero sólo el arte ofrece una salida factible, pues el arte está incrustado en la palabra ‘crear’ que hemos subrayado más arriba. El hombre ha de aprender a deshabituarse, a traducir cada vez más libremente sus impulsos nerviosos.

¿Cómo es posible plantearse esto desde el lenguaje, si es lo primero que se rechaza?

Concepción errónea de la palabra, empezando por impulso nervioso, otra metáfora.

 

 

Comentario a Sobre Verdad y mentira en sentido extramoral , de F. Nietzche(Mónica Gómez Salazar)

 

¿Quién cree todavía que el hombre es centro del universo o una especie de padre adoptivo que por estudiarlo pasa a ser de su propiedad? Ése que lo cree, reflexione en el pensamiento humano y su mundo.

 

Comenzando por el término ser humano. El ser humano no existe, es un concepto, una especie de molde irreal en el que (y a pesar de ello) hemos decidido montar nuestro mundo. ¿No es absurdo poner como piedra angular algo que no es? Parménides decía: "no se piensa lo que no es", Pues bien, la lección es que no sólo pensamos lo que no es sino que hacemos que sea, ¿Magia? O es que somos una especie de embusteros y falaces seres que no pudimos hacer otra cosa.

 

Supongamos a un hombre investigador que visita el Amazonas, por desafortunados incidentes, termina solo frente a los aborígenes de esa gran selva. No hablan su lengua, no visten, no miran y no hacen nada igual a él, el mundo aborigen es otro, los de las civilizaciones lo llamaríamos mundo del salvajismo o de la locura.

Estos seres que viven y han nacido dentro de la selva, ignoran cualquier concepto o acuerdo preestablecido por nosotros, lo que es bueno o malo, permitido y prohibido, verdad o falsedad. ¿Por qué? Pues porque el lenguaje no se obtiene, no se porta de manera natural, no viene envuelto dentro del estuche del nacimiento que incluye al cordón umbilical; el lenguaje se aprende después de nacido, con tal fidelidad, que el paso del tiempo borra el recuerdo de ese aprendizaje y fabrica el timo más grande del hombre.

 

Imaginemos que los aborígenes, por más extraño que les parezca el investigador, no lo agreden y éste se limita a observar la fascinación y extrañeza de esta ‘gente’. Mientras eso ocurre, se ve llegar a un nuevo grupo de nativos que traen a un hombre –presumiblemente muerto- a rastras, a quien, después de despojarle de sus ropas, le arrancan piel y cuero cabelludo, sacan los ojos para dejar las cuencas libres, cortan la lengua, mutilan las piernas en tres partes y los brazos en dos: brazo y antebrazo. Mutilan las manos tajando con exactitud insospechada cada una de las partes superiores de las falanges (no les gusta mezclar uñas con trozos de carne). Al despejar de extremidades el tronco de aquel hombre, deciden abrirlo por el medio para poder extraer su corazón, vísceras, hígado y costillas sin olvidar extraer la médula espinal. Finalmente guisan las diferentes partes de nuestro desafortunado y comienzan a comer. El investigador, aterrorizado, rechaza aquello calificándolo de canibalismo ¡se le puede hacer eso a un pollo no a un hombre! Pero ¿qué pasaría si el investigador pasa el tiempo suficiente al lado de esos vivientes? El tiempo suficiente para olvidarse de la realidad a la que pertenecía, en la que se podía destajar y comer reses y cerdos pero de ninguna manera hombres, ¿qué pasaría si el investigador, completamente en las manos de la naturaleza y con el instinto de supervivencia libre de ataduras y a flor de piel, decidiera comerse a otro como él? No pasaría nada, porque donde está no pasa nada, ¡Ay de él si estuviera de donde viene! Sería un loco y no solo eso, un loco peligroso.

¿No es todo cuestión de perspectiva?

De esa naturaleza bruta - no la de afuera, la interna- es de la que nos protegemos con nuestro lenguaje y pensamiento comunes.

 

Por otro lado tengamos por un momento la idea de que cada uno de los nacidos genera por sí mismo su propio pensamiento, es decir su propia realidad ficticia; también lo nombraríamos como una especie de loco, un desequilibrado mental que vive en su realidad, que por ser única, no hay acceso para nadie más. Se trata de un loco que no logra convivir con otros locos porque ninguno de ellos comparte una realidad - o ilusión de ella – común. Cada uno se inventó sus propias reglas, sus propias designaciones, su propia verdad y mentira, su propio mundo de lo permitido y lo prohibido, en concreto, no hay un sistema general de convencionalismos arbitrarios que conecte a todos esos locos al menos para hacerlos sentir acompañados – conjeturando que supieran lo que es la soledad -.

 

 

 

 

Ahora brinquemos a la idea de que esos locos (que además coexisten en un mismo lugar, pensemos en un patio), logran establecer una base, un consenso en el que todos han acordado aceptar a x realidad ficticia como la real, con la peculiaridad de que les pasa totalmente desapercibida, digamos que se trata de un letargo azaroso en el que el mucho repetir provoca en ellos la convicción de lo único y verdadero. Desde ese momento cada loco pierde su autenticidad, se olvida que la tuvo y con su nueva venda en los ojos, percibe lo aprobado por todos bajo un mismo color, el que derrama inercia corderil.

Bajo esta esfera de un solo color hay otras esferas como la de las matemáticas. Nada más juguetón y absolutista, 1 + 1 = 2 Así es y así se queda, ¡Qué, si hubiera sido 3! Lo mismo que la esfera de las religiones: esto es verdadero y esto no, esto prohibido y aquello permitido ¡Quién dijo! La política no es la excepción; teatro de timadores con capacidad para inventarse un bombardeo que distraiga al mundo de su persona. La sociedad y su industrialización. El automóvil de vapor no se desarrolla, en su lugar va el de combustión y décadas después sufrimos que la capa superior de ozono se perfora. El punto es ¿Quién dice: qué es o qué tiene a la verdad? ¿Quién dice que tiene la verdad? ¡Quién dice que dice la verdad! Los locos del patio saben y creen como caído del cielo que 1+1 es igual a 2 pero eso no quita que el loco japonés pueda ver al 1 de piel amarilla, ojos rasgados y con olor a pescado. Eso no evita que el loco del Caribe crea que el 1 es un moreno lleno de arena de mar. Al final todos creemos entender un mismo lenguaje que no es posible porque nadie vive la realidad del otro en sus zapatos. El control que "el hombre" cree tener con su ciencia o sus matemáticas es una pantomima, una farsa que se ha creído como si fuera verdad, nos pintamos la existencia de ilucorio sin saber que es el ilucorio lo que usamos y creemos como auténtico. Pobre animalito desprotegido, como no pudo con el mundo real se tuvo que inventar el suyo.

 

 

La ciencia no es la única que pinta con ilucorio, el arte también lo hace, la diferencia es que en el arte uno entiende ese color como ilusión, en el caso de la ciencia y el concepto no se es consciente de esa distinción.

El arte es una nueva esfera ficticia con la que nos cobijamos de la brutalidad de la naturaleza y de la cuadratura del concepto, sin embargo lleva la potencialidad de descubrir esa farsa del mundo que vivimos como legítima. ¿Cómo lo hace? Toma su ejemplo de las vacunas, nos protege justo con aquello de lo que se supone debemos librarnos, esto es, muestra algo todavía más ficticio - o que al menos sabemos que lo es- algo inverosímil, falso, onírico, metafórico. La diferencia entre el arte y los conceptos es que en los segundos el hombre cree realmente en ellos como verdades absolutas, verdades reales; en el caso del arte se sabe que es una realidad creada a partir o contra la realidad enseñada e impuesta. En este sentido el arte es transgresión de reglas y deconstrucción de mundos, creación de uno sobre la destrucción del otro. Si está sobre, entonces asume una nueva visión: la del desaprendizaje.

Esta confrontación se presenta dentro de la esfera más personal e íntima, como si el arte fuera el único comprensivo de lo que ronda dentro del sujeto. ¡Ay de él! si descubre su realidad de ilusión, puede que encuentre el vacío, sea el no-sentido de lo que le rodea o sea el no-sentido de sí mismo, y sin embargo poder refugiarse en lo que más prefiere (el arte tal vez) para quedar de nueva cuenta bajo los brazos de la inconsciencia y del sueño. Pero si no es así y ese hombre no olvida que alguna vez pudo ver a través de una nueva rendija que escapaba al mundo de los hombres, entonces encara la posibilidad de convertirse en un pensador, un filósofo que a base de entregarse a la reflexión y el cuestionamiento pierda la tranquilidad de la certidumbre con la que gozaba antes de enredarse en semejante telaraña. Bajo esta perspectiva, el ignorante vive infinitamente más feliz que el filósofo o cualquiera que polemice sobre las paredes puestas desde su primer recuerdo. El filósofo no sufrirá por creerse en una realidad distinta a la que ha conocido desde su nacimiento, eso sólo sería una especie de enfrentamiento emocional al que a la larga terminaría adaptándose, el conflicto importante con cualquiera que llegue a este punto no es sólo saber que la realidad no es absoluta, como la creía, sino también sentir cómo la duda epidémica cunde aquella realidad ilucoria y todo lo que potencialmente esté en posibilidad de entenderse como verdadero, absoluto, y permanente, llámese pensamiento, ser, emoción, reacción. El problema no son los absolutos, que paseen por donde les plazca si así les apetece, el conflicto es con el hombre que necesita de una base en la cual pararse para al menos fingir que se mantiene de pie y no tambaléandose, de ahí la razón de ser de sus conceptos, doctrinas, creencias, religiones - y para los ateos -, su ciencia. Al final todos ellos crean nuestro convencimiento de no ser tan vulnerables ni estar a la deriva, aunque de sobra sepamos que nuestro río corre sin rumbo.

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