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CIUDAD Y ESPACIO PÚBLICO EN LA FILOSOFÍA POLÍTICA CONTEMPORÁNEA.

 

Marco Alexis Salcedo. Mayo de 2011.

Universidad San Buenaventura, Cali, Colombia.

 

Resumen: En el siguiente artículo se cuestiona la tendencia de la filosofía política moderna a reducir lo político a lo institucional y estatal; se propone, a cambio, la necesidad de  desarrollar un análisis filosófico de lo político tomando como concepto central la ciudad, en tanto espacio público, rescatando así una vieja relación presente en la filosofía política de los griegos antiguos, y que ha sido sistemáticamente excluida o ignorada en el pensamiento contemporáneo.

Palabras Claves: Ciudad, Espació Público, Filosofía Política, filosofía de la ciudad; Mundo contemporáneo.

 

La filosofía de la ciudad: ¿la nueva filosofía política?

Afirmar que existe una profunda relación entre la filosofía y la ciudad es aseverar algo de una evidencia tal que resultaría necia la petición de justificación de esta aseveración. Basta con recordar la insistencia con que Sócrates, la figura insigne de la filosofía y de los diálogos platónicos, definía su labor  asignada por los dioses como la de ser el tábano que despertaba a la ciudad del estado de letargo en que se encontraba; su preocupación eran las leyes que en ella regían, la vida comunitaria desarrollada en su seno, en general todo lo que acontecía en la ciudad  ateniense, la cual recorría de extremo a extremo conminando a sus conciudadanos a ocuparse de la virtud. Precisamente en esos recorridos socráticos por la polis ateniense  es que nació la filosofía. Helenistas como Jean Pierre Vernant o Pierre Hadot[1] han señalado que la filosofía es  una hija de la polis  que nació gracias a la ley común que permitía a los ciudadanos atenienses concebirse como hombres libres, autónomos e iguales a los demás. Esta Isonomía facultó a los atenienses a usar los espacios públicos de la ciudad en los que debían argumentar para persuadir y decidir, y permitió el surgimiento de la figura del filósofo, en su origen, un ser habitante del espacio público, de esta original estructura jurídico-política que crearon los griegos de la época clásica, no un ser de escritorio recluido en las seguridades del espacio privado referenciada como la mítica torre de marfil.

 

Pero a pesar de esta profunda relación que se puede establecer entre la filosofía y la ciudad, el interés filosófico por la ciudad se ha centrado fundamentalmente en lo acontecido en el mundo antiguo, principalmente en la Grecia antigua. Sendos tratados que hablan sobre la sociedad griega son posibles de encontrar[2], en los que se analiza la ciudad antigua y su relación con diversas prácticas sociales y culturales, como las que promovieron los filósofos. En cambio, tratados en los que se analiza la relación filosofía y ciudad en el contexto de la modernidad son escasos, sino inexistentes. Sin duda, existen referencias de esta relación mencionada en textos que son hitos de la filosofía contemporánea, pero son usualmente anotaciones aisladas, que no motivaron a su autor a una elaboración posterior del tema a profundidad. Sin temor a equívocos se puede concluir que la filosofía moderna ha relegado a un lugar secundario el debate filosofía-ciudad. Los temas de discusión filosófica que son de primer orden atañen a asuntos universales como la ciencia, el saber, la verdad, el estado, los cuales son pensados inicialmente desde una perspectiva en el que el contexto cultural en que se vive, las características urbanísticas del espacio físico, las condiciones económicas y sociales de la comunidad no son considerados, sino de manera secundaria y como resultante de lo fijado como fundamental en lo universal.

 

Esta lectura deductiva de la realidad social se refleja nítidamente en las teorías clásicas de la filosofía política moderna cuando abordan temas como la democracia, la justicia o lo político. Dichas temáticas son tradicionalmente analizadas en su dimensión jurídica y normativa, pues parten del supuesto de que la clave para que los ciudadanos de una nación puedan vivir en paz y en justicia es el establecimiento de la mejor de las constituciones políticas posibles, de la mejor de las leyes jurídicas. Como lo reitera Michel Foucault en “Verdad y Poder”, las grandes luchas políticas del siglo XVIII se hicieron alrededor de la ley, del derecho, de la constitución, de lo que es justo y necesario en razón y por la naturaleza, de lo que puede y debe valer universalmente. De ahí quizás que la política, en general, el tema del poder, haya sido típicamente percibido como relacionado con lo institucional, con lo estatal, fuente de múltiples equívocos, como el que Jesús Martin Barbero atribuye primordialmente a América Latina: el espacio público  aparece históricamente confundido con, o subsumido en, lo estatal. En efecto, hasta el fenómeno político que en el imaginario colectivo define el carácter democrático de una nación, los comicios electorales, lo que allí se encuentra en juego son los cargos administrativos del estado.

 

Sin embargo, según lo menciona Foucault[3], la vía jurídica ya no parece constituirse en el camino que actualmente debe recorrerse para atacar el despotismo, los abusos y las arrogancias de todos o de unos pocos. La figura del jurista notable, escritor de constituciones portadoras de significaciones y de valores en los que todos pueden reconocerse, es cada vez menos aceptada en un mundo académico y político progresivamente más reticente a adoptar preceptos sospechosamente soportados desde  una doctrina comprehensiva particular. Aun cuando la filosofía política moderna difícilmente se librará de ese pesado lastre que es el pensamiento de Hegel que la torna de uno u otro modo en una filosofía del derecho y del estado, esta crisis del modelo jurídico que Foucault señala, es de esperar que afecte   la manera cómo se concibe y se estudia lo político.

 

En todo caso, cabe contrastar una filosofía política que sea una filosofía del estado con una filosofía política que sea una filosofía de la ciudad. Filosofar desde el recorrido de las calles, de la ciudad, es una labor factible que ya se encuentra en realización. Es además  necesaria para el filosofo político, fundamentalmente porque en los espacios abiertos de la ciudad se estructura una compleja fenomenología política, entretejida a partir de ciertas prácticas sociales, realizadas en escenarios públicos específicos y promovidas por actores sociales concretos. Es decir, ésta reúne y contiene  una serie de objetos o fenómenos políticos que emergen y se constituyen exclusivamente en sus espacios, por lo que se requiere una labor reflexiva de  esos fenómenos, apariciones y acontecimientos políticos que se dan en el espacio público. La ciudad la podemos conceptualizar, en palabras de Hannah Arendt, como  un espacio de aparición o de constitución fenoménica de lo político, con sus reglas particulares para el uso público de la razón argumentativa; tendrá sus mecanismos y estrategias de resolución de conflictos que no necesariamente coincidirán con los que se implementan y se promueven en los estamentos jurídicos, y probablemente hasta una jerarquía de valores propia que orienta de manera particular los procedimientos argumentativos que en ella se utilizan.

 

Aquí se señala como acertada la intuición de Henri Lefebvre[4] de que la calle, paradigma del espacio público, es EL escenario político por excelencia; es el objeto, centro, causa y finalidad de la lucha política, suscitándose, impidiéndose o cristalizándose toda revolución política en ese ámbito. Para Lefebvre, la razón de ser del espacio público urbano no es otra que la de sostener, transformar o equilibrar las relaciones de poder que forman a una sociedad, por lo que lo estatal no es punto de partida de lo político sino consecuencia de aquello que ocurre en la calle. En última instancia, la ciudad es la que contiene el escenario que origina, confiere sentido, y da vitalidad a la vida política y democrática de una nación occidental: el espacio público urbano.

 

Expliquemos lo anterior con otras palabras. La estructura jurídica y política de los estados de derechos actuales del mundo occidental  se ha basado en mayor o menor grado en los principios formulados por el contractualismo de la filosofía política liberal. Dos de sus autores clásicos, Thomas Hobbes y Jhon Locke señalaron que la necesidad del establecimiento de un estado constitucional de derecho era producto del deseo de la gran mayoría de los individuos de alejarse del incierto o simplemente peligroso estado de la naturaleza, condición en el cual ninguno tendría garantizado sus derechos individuales inalienables. En estas formulaciones liberales, toda estructura institucional o ideológica del estado de derecho hallaría su razón de ser en los eventos que acontecen en el estado de naturaleza. Lo que resulta importante de destacar es que esta oposición de estados se basa en el antagonismo griego que se sostuvo durante siglos entre el mundo salvaje o barbaro y el mundo de la civilización o de la ciudad, especialmente en momentos históricos en el que el mundo urbano disputaba su poder con el mundo rural. Hoy la realidad política y social es muy distinta. La gran mayoría de los habitantes del  mundo actual viven en una ciudad; el mundo casi en su totalidad se ha urbanizado, lo que conlleva a pensar que ha cambiado o debe cambiar  la base dionisiaca que nos determina como sujetos políticos. En una ciudad, la calle es el mundo de naturaleza de hoy; es la selva hobbesiana hecha de cemento. El a-priori político lo constituye ahora  el hombre de la calle, el habitante que recorre la ciudad, ya no el hombre salvaje alejado del mundo civilizado de la ciudad.

 

Comprendiéndose eso  se puede reconducir el análisis de la filosofía política a la calle. La filosofía política no puede seguir constituyéndose desde el ideal de un hombre de las instituciones juridicas, pues la barbarie ya no es externa a la estructura jurídico política de la comunidad urbanizada; la barbarie habita en su interior, y la experimenta  ante todo quién vive en  la ciudad.

 

De este modo, hay que comenzar a comprender lo obvio para el griego de la polis, el de la época clásica, que la ciudad tiene un poder causal enorme sobre las personas. Como expresa Castoriadis, retomando a  Platón: son las mismas paredes de la ciudad las que educan a los niños y a los ciudadanos[5] Siguiéndose a Nietzsche, quien reconducía  toda reflexión a una base dionisiaca, se puede afirmar que lo que ocurre en el espacio público  es lo que determina el tipo de acciones que realizamos como agentes políticos. Las personas orientan sus acciones y decisiones como agentes políticos, no por las reflexiones que su racionalidad ya madura les permite hacer de  los hechos políticos que acontecen en la sociedad, sino por la educación sentimental y política que reciben en la ciudad, especialmente en sus espacios públicos. En la ciudad, en sus espacios abiertos y expuestos a los ojos de todos,  opera una educación sentimental de tipo político. Las características de cada sujeto no son meros efectos de las experiencias sentimentales que vivencia en la familia o en las otras instituciones sociales que intentan homologarla. Sean conscientes de ello o no, la ciudad, con sus características físicas y con sus habitantes, cumplen con una función educadora, especialmente  el gobernante de la ciudad, cuya  función educadora se encuentra inextricablemente ligada a sus deberes.

 

 

Por otra parte, la situación social y política del mundo de hoy exige nuevas vías de análisis para  lo político. Después de siglos de reflexión filosófica sabemos que la barbarie más que nunca amenaza a toda la humanidad, y en esto el dispositivo político hegeliano, fundamentado en lo institucional y jurídico, se muestra insuficiente para crear soluciones efectivas. Los augurios que empezaron a escucharse a mediados del siglo XX sobre la eventualidad de que la humanidad se encaminaba hacia su propia eliminación, comenzaron a ser ratificados por indicadores de escala global en las que se mostraba que el menoscabo que sufre el medio ambiente, el nivel de degradación de los recursos naturales, las practicas validadas de fuerza y de control internacional y el desarrollo de armas de destrucción masiva, harían realidad lo que no se creyó iba a ocurrir, la desaparición de la especie humana. La reflexión crítica de los fenómenos políticos de la ciudad para la potencialización de la cultura y de la éticas ciudadanas, es posiblemente el único horizonte de salida de este destino de barbarie hacia el que nos encaminamos si no se concretan acciones eficaces que nos permitan vislumbrar un mejor futuro. En el estudio de la ciudad hay una vía de conocimiento que infortunadamente no ha sido suficientemente explorada, como también un escenario para exigir reivindicaciones y producir transformaciones en las maneras de concebir la condición humana.

 

Las nuevas realidades políticas de la población mundial obligan a preguntarse  por el sentido que tiene la vivencia cotidiana en el medio urbano  en el cual la diferencia, la diversidad, lo extranjero, son los referentes inevitables de las formulaciones culturales y políticas de cualquier comunidad del mundo de hoy. Las dinámicas, estructuras y significaciones sociales que se condensan en lo que se conoce como la cultura urbana contemporánea, producto de las exigencias actuales de internacionalización de la economía y de globalización de las sociedades, como de las nuevas condiciones político-administrativas para los municipios y ciudades del mundo, son elementos que conforman la serie de nuevas condiciones sociales y culturales que ha impuesto la época contemporánea a los sujetos de hoy día, los cuales conllevaran inevitablemente a cambios aún más dramáticos en las respuestas que se darán a antiquísimas preguntas existenciales  en que los seres humanos nos hemos visto envueltos.

 

A modo de conclusión.

Irme Lakatos señala que el valor de un programa de investigación se encuentra en el potencial heurístico que contiene[6]. Esto es, en la posibilidad que tiene una propuesta académica de propiciar futuras investigaciones que sean consecuentes con los hechos de la realidad empírica que enfrentan los hombres actuales y que permitan anticipar los hechos que enfrentarán los hombres del mañana. En otros términos, la valía de un proyecto de cualquier naturaleza académica  radica en la posibilidad de que se convierta en un programa de investigación de la que puedan surgir propuestas teóricas fructíferas, perspectivas de análisis superiores a las tradicionales,  hallazgos empíricos y conceptuales importantes, y aplicaciones con un grado de efectividad destacable. La reflexión aquí planteada apunta a ser consecuente con estos lineamientos lakatianos, al señalar que el objeto de análisis de la realidad política actual debe dirigirse ahora  a aprehender el contenido político  que se brinda en la vida diaria de las calles.

 

El espacio público es un asunto desdeñado en la academia que tiene el potencial de transformar aún más la filosofía política contemporánea, apostando con Nietzsche a mirarse en el espejo de Dyonisos, para  exorcizar el fantasma platónico integrado a la filosofía. Vivimos en un mundo en el que predominan los escenarios de fenómenos inestables e inciertos. Luego se tiene que transformar la filosofía política contemporánea para dar cuenta de los ámbitos políticos forjados por acontecimientos, en el sentido Foucaultiano del término, de eventos no contenidos, ni deducibles directamente de las leyes de una estructura. Se requiere una filosofía política que analice  fundamentalmente entornos no institucionales como el espacio público de una ciudad, evaluando los fenómenos políticos que en ellos acontecen, y la manera como ellos deciden nuestras maneras de pensar y actuar; se requiere examinar las maneras cómo se presentaron esas influencias en el pasado y las dinámicas que han permitido que esas maneras se hayan perpetuado hasta el presente; y quizás cómo se van a perpetuar para un futuro. Lo esperado de los académicos  es una labor que exceda la reflexión abstracta por lo político. Se requiere  una labor que ayude a comprender quiénes somos concretamente nosotros en relación a las ciudades en que habitamos, cómo podemos vivir juntos,  qué determina nuestras maneras de pensar, actuar y sentir y hacia dónde nos podemos dirigir. 

 


 

[1]Cfr.  Pierre Hadot. ¿Qué es la filosofía antigua?. Fondo de cultura Económica. México. 1998

[2] Cfr Fustel de Coulanges. La ciudad Antigua. Editorial porrua. Argentina, 1998; Richard Sennett  Carne y piedra. Alianza Editorial. España, 1994. Domingo Placido. La sociedad Ateniense. Crítica. Barcelona. 1997.

[3] Cfr. Michel Foucault. “Verdad y Poder”. En: Teorías de la verdad en el siglo XX. Editorial tecnos. Editores Juan Antonio Nicolas y Maria Jose Frapolli. Madrid, España. 1977.

[4] Henri  Lefebvre. La revolución urbana. Alianza Editorial Madrid, España. 1980.

[5] Cornelius Castoriadis.  Figuras De lo pensable. Fondo de cultura económica. México. 2002. Pág. 209.

[6] Cfr. Irme lakatos.  La metodología de los programas de investigación científica. Alianza editorial. Madrid, 1986.p

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