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CIENCIA EN FREUD

A PROPÓSITO DE CONSTRUCCIONES EN PSICOANÁLISIS

Francisco Cordero Morganti

 

Este artículo pretende dar una aportación acerca de un tema que las más variadas posiciones teóricas han planteado al psicoanálisis en relación a las posibilidades de condición científica que se puedan atribuir al mismo. Como es lógico, aquí no se pretende resolver definitivamente esta querella, pero sí establecer algunos referentes para disquisiciones postreras. 

Célebres filósofos de la ciencia como Popper o Wittgenstein, desde presupuestos falsacionistas o analíticos, han negado el estatuto científico al psicoanálisis, otros, como el español Gustavo Bueno, si bien coinciden en esta negación, le reconocen sin embargo una “eficacia” terapéutica, que ahonda, aún más, en la recurrente perplejidad que, desde sus orígenes, esta “psicología abisal” produjo en los filósofos dedicados a la epistemología. Por otro lado, Lévi Strauss, dentro de su Antropología estructural, en el capítulo dedicado a la “Eficacia simbólica”  hace coincidir la labor curativa del chamán con la labor terapéutica del psicoanalista precisamente en el punto de sus respectivas eficacias, es decir, si bien ambos incumplirían  lo que podemos entender como la aplicación estricta de un método científico para restaurar la salud de aquellos que son objeto de su técnica curativa, obtienen sin embargo resultados “científicamente” positivos, de manera que los dos logran curar una dolencia determinada por el uso de la palabra. A efectos prácticos, esta eficacia terapéutica es lo que ha permitido al psicoanálisis “sobrevivir” a los distintos reproches de insuficiencia epistemológica (cuando no verdaderas denostaciones) que se han prodigado desde distintos campos del saber académico.  

En el artículo de Freud que nos ocupa en esta ocasión (Construcciones en psicoanálisis, 2005), como en toda la obra freudiana, se palpa la tensión y relación que el psicoanálisis mantiene con distintos saberes,  como la ciencia, el arte o la filosofía. En esta dialéctica de alejamiento y acercamiento con el saber en su conjunto, Freud elabora uno de los conceptos fundamentales de su disciplina: la Interpretación. No obstante, dicho concepto no radica en la comprensión de textos en sí, antes bien, supone una herramienta de un método que pretende curar las enfermedades psíquicas de personas de “carne y hueso”.

Esta premisa sirve para señalar de entrada la diferencia esencial en el entendimiento de la interpretación como herramienta del psicoanálisis y la noción filosófica de interpretación debida a la Hermenéutica. Si esta última puede conducir a una relatividad fundamental sobre la idea misma del sentido, en psicoanálisis, la interpretación de los síntomas, o de los sueños del paciente, tiene una finalidad terapéutica, por lo que esa relatividad, si bien puede ser asumida por el analista como un sano punto de partida en su relación con el analizado, estará limitada a un estadio inicial o intermedio, no final, del propio tratamiento. A este punto de coincidencia de la interpretación con la moderna filosofía hermenéutica volveremos más adelante.  

Siguiendo un procedimiento científico elemental (que más adelante detallaremos), Freud localiza un objeto de estudio de su disciplina, el Inconsciente, y, como diría Foucault, lo designa como una “cosa”. Sin embargo, el ulterior progreso en su comprensión le lleva a subvertir los principios mismos de la metodología científica para lograr un develamiento efectivo del objeto investigado. 

En las siguientes líneas daremos testimonio de esta subversión realizada por Freud, que conlleva como resultado lo que no podemos denominar  de otra manera sino como el inicio de una nueva episteme. 

 

                                                                       I

 Ya en las primeras líneas de Construcciones en psicoanálisis se palpa un interés por la opinión que sobre esta disciplina pueda tener la ciencia instituida. Desde el principio, Freud nos habla de su método como de una técnica que remite a unas interpretaciones de lo que el paciente (el “pobre diablo inerme”) dice. Y, al mismo tiempo, recoge la crítica de “un científico” que cuestiona dichas interpretaciones, con el argumento de que, prescindiendo de la opinión del mismo paciente, el psicoanalista siempre tendrá la razón.

Esta crítica apunta ya a lo que posteriormente Popper denuncia con respecto a las seudociencias, entendidas como discursos que escamotean la posibilidad de su comprobación empírica: si de cualquier manera la opinión del paciente, sujeto del análisis, siempre es errónea y el analista siempre “gana”, es imposible, desde esta perspectiva epistemológica falsacionista, saber si el discurso científico que pretende describir la realidad que estudia es verdadero o falso.

La adivinación que predecía la víspera de una batalla que “al alba, un gran ejército sería derrotado”, o, en la Zarzuela de Ruperto Chapí El rey que rabió, la conclusión a la que llegan los médicos hipocráticos sobre el estado de salud de un perro – “¡el perro está rabioso…, o no lo está!”- son ejemplos de estas seudociencias que desconectan su vínculo con el estado de los hechos en favor de una primorosa autoafirmación.

Freud mismo inicia su aventura intelectual desde la más explícita vocación científica, pero en este mismo inicio del artículo que nos ocupa se advierte ya otro nervio, incluso podemos denominarlo como una dedicación explícita: lo que Lacan denomina el “humanitarismo” de Freud: nos habla del paciente como de “un pobre diablo inerme”. Desde luego esta consideración supone ya una alteración de cualquier método científico riguroso, suponiendo la implicación personal con el “objeto analizado”. Se puede alegar, claro está, que la psicología en general, y el psicoanálisis como variante de esta disciplina, son“ciencias humanas”, pero en concreto el psicoanálisis tiene en sí mismo un problema en relación con este tipo de ciencias, es decir, si bien, como aquellas, su conocimiento radica  en el sujeto y, por lo tanto, puede permitirse el lujo de una cierta pérdida de la objetividad positiva en favor de una comprensión humanista, genérica, al mismo tiempo no renuncia a la comprensión del “objeto” propiamente dicho (el Inconsciente y sus propiedades). Su objetivo fundamental no es el estudio de la subjetividad en general o de un grupo humano, no es una noción positiva como puede serlo la psique para la psicología académica,  radica entonces en clarificar ese aparte inconsciente que determina y conforma la propia subjetividad. De ahí que no podamos hablar de humanismo en el caso de Freud. No es el ser humano en su complejidad cultural lo que aquí se plantea como objeto de análisis, al contrario, Freud plantea un objeto de estudio negativo – in-consciente- al que sólo podemos acceder por vías indirectas. Esto enreda de entrada el planteamiento científico y, al tiempo, paradójicamente supone “un salto”, una “voluntad de bien”, como decía Albert Camus, como elemento esencial de la propia metodología.  Es decir, a diferencia del humanista, Freud no cree en la caridad para con las desgracias ajenas  porque se sitúe dentro de un sistema conceptual fundamentado en una visión del hombre como hijo de un dios, rey de la creación, o ser privilegiado de la existencia.  El punto de partida humanitario freudiano sería lo opuesto a esta última posición: se pretende beneficiar a un ser entendido como inerme en esencia, dividido y escindido, alejado de toda plenitud metafísica

 

                                                           II 

 Freud sitúa el fin de la terapia psicoanalítica en la aspiración a que el paciente reemplace sus represiones por reacciones que se corresponden con un estadio de madurez psíquica. Construcciones en Psicoanálisis (a partir de ahora C. en P.) quiere dar fe de la razón que lleva al analista a aceptar como bueno el “sí” o el “no” del analizante frente a las interpretaciones que se le presentan, de cara a lograr el objetivo del análisis mencionado. Este planteamiento parece corresponderse con un esquema cognitivo de verificación de una hipótesis, es la forma propia de un experimento in crucis, según el cual una teoría determinada sería verdadera o falsa de acuerdo con la comprobación que a tal efecto arrojan los resultados de la prueba.

Pero el mismo Freud pone entre paréntesis esta objetividad experimental que sostiene toda dimensión práctica de las ciencias.

Lo que el discurso científico ortodoxo recrimina al psicoanálisis (recriminación que es la que recoge Freud en este artículo) es precisamente esta “suspensión” comprensiva de los valores de verdad, regentes de la objetividad experimental, y que supone en última instancia una anulación de los mismos. Esta crítica abandera una idea de la ciencia “adecuacionista”, que entiende las teorías científicas como una re-presentación real del estado de los hechos y otorga a la teoría y a la práctica una correspondencia unívoca. Podemos entender que el adecuacionismo es la “filosofía tradicional” de la ciencia, y no solamente porque un mayor número de filósofos la hayan defendido (desde Aristóteles hasta Tarski, pasando por Newton) sino porque podemos afirmar que es la posición teorética perennis de los propios científicos. Es también, sin duda, la idea de ciencia que Freud tiene en mente, y a la que pretende oponer, aquí, su concepto de “construcción”.                       

  

                                                           III

 No hemos de confundir la noción de “construcción” que Freud plantea con la filosofía de la ciencia  denominada “construccionista”.  Esta última entiende las teorías científicas como artificios que permiten comprender los fenómenos independientemente de que su efectiva realidad coincida con la descripción debida a la teoría. Esta es la posición de Platón y su célebre lema que remitía a “salvar las apariencias” para comprender mejor las leyes de la naturaleza. Este lema fue llevado al extremo en la astronomía ptolemaica con sus sistema de epiciclos y deferentes para describir el errático movimiento de los planetas. Sin embargo, nadie, hasta Kepler, creyó de verdad que los “cuerpos celestes” se movían de la forma esgrimida por la astronomía clásica, tan sólo bastaba con que hubiera un modelo comprensivo coherente de la rotación planetaria, independientemente de que se correspondiera, o no, con la verdadera realidad de los hechos.

Este, lo reiteramos, no es el modelo científico que se corresponde con la noción freudiana de “construcción”.

 Freud principia su discurso desde el adecuacionismo, pero de lo que se trata en esta ocasión es de variar el entendimiento de este método epistemológico en virtud del nuevo objeto descubierto, el Inconsciente. Así, la verificación de las hipótesis o teorías no depende de una comprobación directa auspiciada por las condiciones ideales de un experimento, sino que depende de una constatación indirecta (los actos fallidos, los sueños, contradistintos por antonomasia al discurso cognitivo de la vigilia, los síntomas, etc.) de ese nuevo objeto de estudio propuesto.

Es preciso insistir en que lo que se analiza en psicoanálisis es un objeto como tal, no un sujeto, independientemente de que la comprensión de este último propicie un ulterior análisis de la subjetividad. El psicoanálisis no es un “diálogo del hombre con el hombre”, como Lévi-Strauss define la antropología (definición esta que se compadece bien con el resto de las denominadas “ciencias humanas”), es, variando la fórmula, un diálogo del hombre consigo mismo, que es una afirmación muy distinta. Un diálogo así entendido es el que se produce entre el yo y el ello, entre instancias radicalmente distintas de la psique humana. El aforismo freudiano que insta al yo a acudir allí donde estuvo ello podemos entenderlo como un postulado científico adecuacionista, pero, en este caso, profundamente subvertido, en el sentido de que la verificación de la teoría pasa, no por un experimento in crucis, sino  por la asunción o el  rechazo del analizado de una interpretación. Se busca, como en el adecuacionismo, una comprobación empírica, pero lo que el concepto de Inconsciente viene a conmover aquí es la noción misma de verificación directa, aunque se vea salvado, no obstante, el punto que exige una corroboración efectiva. Es entonces cuando, a raíz de esta nueva idea de comprobación, aparece la noción de “construcción”, tomada directamente del mundo del arte, como veremos posteriormente, para dar un paso interdisciplinario más allá del simple ámbito científico. De esta manera la construcción viene a aportar una mediación en los resultados finales de la prueba científica, ya que, si bien las hipótesis se someten a una comprobación fehaciente, el método de puesta en práctica del análisis asume un elemento ajeno a la propia ciencia, proveniente del arte. Resumiendo podemos concluir que, si en la ciencia físico-matemática, el que constata la veracidad de las construcciones es el yo, el sujeto cognitivo ideal (y de ahí que lo que el experimento científico al uso venga a reproducir son las facultades perceptivas humanas llevadas a un extremo idóneo de observación, o, también, las condiciones ideales de observación dispuestas por el propio instrumental del experimento), en psicoanálisis  dicho papel viene desarrollado por el sujeto del inconsciente, o el Inconsciente mismo, por lo que habrá de elaborarse una idea previa de cómo este revisor dispone la verificación.  

                                                          

                                                                                      IV

No existen verdades, sólo interpretaciones”. Este célebre adagio de Nietzsche (Sobre verdad y mentira en sentido extramoral) supone el lema de la moderna hermenéutica.  Es resabida la prudente distancia que Freud tomó con respecto al filósofo del “martillo” pese a que la maduración de su pensamiento venía a coincidir con los primeros “descubrimientos” de la obra de Nietzsche, muerto en 1900. Parece que la filosofía nietzscheana estuviera “esperando” para prestar su apoyo al emergente psicoanálisis, complementándolo en muchas de las conclusiones que a nivel metapsicológico éste pudiera arrojar.

Esta distancia prudencial de Freud con respecto a Nietzsche se hace notar también en sus sucesivos seguidores, tanto ortodoxos como heterodoxos, tanto que ha podido darse un sólido fundamento a un “Freud con Marx”, pero no ha cuajado suficientemente un “Freud con Nietzsche”. De hecho, esta coalición era lo que podíamos denominar como una “boda anunciada” que finalmente no se produjo, por mucho que el fundador del psicoanálisis declarara ser lector de Nietzsche y que Lou Andreas Salomé, el gran amor del filósofo de Zaratustra, llegara a ser psicoanalista. Los acercamientos así declarados no permitieron sin embargo una connivencia teórica posterior por parte de ninguno de los “interesados” en cuestión.

Lo que no deja de ser paradójico es que la coyunda se produjera entre psicoanálisis y marxismo, siendo Marx un autor al que Freud se refiere con cierto desdén, cuando no critica abiertamente su ideario socialista y a sus seguidores coetáneos. Aventuramos la hipótesis de que la razón de este manifiesto  desencuentro se halla en la propia idea de verdad que tanto Nietzsche como Freud mantuvieron.

Para Nietzsche la verdad es propia de lo que en la metafísica platónica se conocía como “mundo verdadero”, el mundo de las ideas, que considera como un asesino de la vida, de todo lo vivo, de las potencias vitales y creadoras humanas.

No obstante este mundo ideal, el viejo mundo metafísico de las definiciones objetivas de las cosas, de sus esencias, viene a transformarse en la modernidad en la propia ciencia (más evolucionada para cumplir el fin de la caduca metafísica), que cataloga y  crea así un inventario de los fenómenos, repitiendo así el secular asesinato de la vida.

 Freud puede coincidir con Nietzsche en el extremo de que (como dijo el apóstol San Pablo) la “ley es una muerte”, pero se aleja decididamente del postulado nietzscheano de la verdad entendida meramente como una mentira con el fin de la dominación, ya que la verdad positiva está inscrita en el corazón del psicoanálisis como el fruto final de su pesquisa en la forma de “verdad histórica”. La afirmación de que  “no hay verdades, sólo interpretaciones” opone el arte a la ciencia, mientras que, para Freud, y de acuerdo al objetivo último de su pesquisa (el saber del Inconsciente) el arte viene a suplir aquello que falta en la ciencia.                                                       

   

                                                                       V

 En C. en P., Freud establece que el fin de la interpretación es buscar una “imagen” del paciente que sea verdadera y “completa” en todos sus aspectos esenciales. En líneas generales, podemos entender este artículo que nos ocupa como un esfuerzo por establecer un método confirmador propio para constatar la veracidad de la práctica terapéutica psicoanalista. Veamos de cerca las características del mismo. 

Siguiendo el planteamiento de Freud, la tarea del analista consiste en “inducir” al paciente a que recuerde o “verbalice” sus deseos o experiencias reprimidas, para, posteriormente, construir interpretaciones con este material reminiscente. Aquella inducción se efectúa sobre la base de unas determinadas “huellas” de lo reprimido que el analizando tiene. Freud establece una comparación entre esta primera acción inductora y la tarea del arqueólogo. El recurso a esta semejanza (analista- arqueólogo) no es exclusiva de este escrito freudiano y volverá en sucesivas ocasiones, siendo una de ellas célebremente manifiesta en El malestar en la cultura. Nuestra tesis al respecto es que, si bien existen puntos coincidentes que avalan esta explícita comparativa, desde el objetivo de Freud de establecer aquí un criterio para la confirmación efectiva de las propias interpretaciones, su labor se asemejará más con la del arquitecto que con la del propio arqueólogo, semejanza esta no declarada por Freud. 

La arquitectura puede ser entendida como un “arte exacto”, y,  comparada con otro tipo de actividades artísticas como la pintura o la poesía, su “libertad de acción” es más limitada. La arquitectura es, pues, un arte “conservador”, una técnica a medio camino entre la creación artística y la exactitud de las ciencias físico-matemáticas. Sin duda es un arte muy contagiado de la propia operatividad científica (concretamente, geométrica y matemática). El pintor puede pintar figuras evanescentes e irreales (como el Greco), pero a un arquitecto no se le puede caer un edificio por muy innovadores y radicales que sean sus principios estéticos; de forma un tanto abrupta, podemos decir que el hecho de que un edificio no se derrumbe supone una primera confirmación de su trabajo. Esta afirmación de Perogrullo no deja de aportar, según nuestra opinión, una importante demarcación para la arquitectura: debe cumplir el objetivo funcional que se le reclama, y, contrariamente al resto de las artes, ha de servir para algo en concreto, ha de tener, así, una eficacia.

En C en P., advertimos que Freud reclama algo idéntico para el análisis, es decir, que sus construcciones se sostengan. Esto es lo que, en epistemología, se conoce como consistencia de las teorías científicas, según la cual la relación entre dos enunciados no puede producir a su vez un enunciado contradictorio. Comprobemos cómo, en este caso, es necesaria una severa variación del significado de consistencia, que, sin perder su referente comprobatorio, da un último rodeo en la comparativa del psicoanalista y  el arqueólogo.

La inducción al recuerdo se efectúa en función de unas “huellas” que tiene el paciente de sus deseos o experiencias reprimidas. En principio, como el arqueólogo, el analista pretende “reconstruir” el edificio completo original a partir de las reliquias psíquicas del paciente.

Freud oscila entre los términos reconstrucción y construcción para referirse a su tarea; si bien aparecen inicialmente solapados, termina concediendo que el arqueólogo reconstruye, dada la pérdida definitiva de muchos elementos del edificio que resultan imposibles de recuperar, sin embargo, esto no se aplica de la misma forma para la psique humana, en la que, señala Freud, ningún vestigio o recuerdo se pierde. En un primer acercamiento diríamos que, si ningún material psíquico reprimido, u oculto, viene a perderse, entonces esa inducción que produce el recuerdo del paciente es un desvelamiento. Pero, viendo más de cerca, este desvelamiento no es una construcción,  no corresponde sino a una primera “fase inicial” del método. Para diferenciar la tarea de reconstrucción del arqueólogo de la del psicoanalista, Freud concede que los “objetos” psíquicos son más complejos y contienen elementos incomprensibles que los envuelven de misterio. El desvelamiento, pues, como primera fase del análisis, no descubriría más que un material misterioso, incomprensible en primera instancia. La labor arqueológica, por contra, desentierra unos restos dotados en sí mismos de significado, los cuales, por mucho que les falten elementos esenciales, dan a entender con el suficiente conocimiento de la civilización a la que corresponden, qué tipo de edificio estamos descubriendo. Lo que el arqueólogo hace es añadir los elementos materiales faltantes entrevistos por la propia estructura descubierta. Pero lo que diferencia al analista es que tiene que alentar, inducir, al paciente a producir un “edificio” con los materiales psíquicos incólumnes en su poder.

 De esta manera se entiende por qué Freud prefiere el término construcción al de reconstrucción y, también, al de interpretación. Una interpretación es un trabajo “sencillo”, elaborado con el objeto psíquico de, por ejemplo, una asociación puntual. Sin embargo, se trata de una construcción cuando se le devuelve al paciente, tras haber escuchado un relato inconexo de su historia, un producto como el siguiente: 

Hasta que tenía usted n años se consideraba usted como el único e ilimitado dueño de su madre; entonces llegó otro bebé y le trajo una gran desilusión. Su madre le abandonó por algún tiempo, y aún cuando reapareció nunca se hallaba entregada exclusivamente a usted. Sus sentimientos hacia su madre se hicieron ambivalentes, su padre logró nueva importancia para usted, etc.” (pág. 136). 

Esto es una historia elaborada a partir de un “material” aportado por el paciente, olvidado e inconexo. ¿Por qué es una construcción y no una interpretación? Porque esta última consiste en decir lo mismo, pero de forma diferente, como el caso del traductor de idiomas que interpreta en su lengua natal lo dicho en otra, intentando conseguir una fidelidad, es decir, que el sentido de lo dicho en la lengua de partida no se pierda. Pero una construcción supone una creación que, en el caso del análisis, se traduce en decir de forma narrada, historiografiada, lo que el paciente dice en un anacoluto genérico; es el entendimiento que el yo puede hacer de lo que ello presenta por fin. El arqueólogo pretende, igual que el traductor-intérprete, reproducir con fidelidad el sentido del material con el que trabaja, mientras que el objetivo del analista es la producción de una historia inteligible, que no estaría inscrita en el reverso  del material psíquico reprimido y desvelado. El objetivo es que el mismo analista junto con el analizado escriban un material nuevo que viene a dar sentido a lo que previamente no lo tenía.  

Entendida así la idea de construcción en psicoanálisis, surge la cuestión gnoseológica de su veracidad: una producción, una construcción como la arriba citada ¿aportan una verdad al paciente, o, como el propio Freud objeta, puede ser un “delirio”?

Verdad significa entonces que la construcción que el analista devuelve al paciente serviría para que actúe “sobre él” en la dirección de lograr “reacciones de una clase que correspondieran a un estado de madurez psíquica”; si estas se producen, podemos entender que la construcción es verdadera. Volvemos a reiterar el fundamento adecuacionista de este planteamiento freudiano, que persigue la correspondencia entre lo que el intelecto predica y lo que la cosa es. Pero esta “cosa”, en nuestro caso, es el Inconsciente, y por lo tanto la adecuación vendrá a ser sensiblemente distinta a la que se puede dar con un objeto aparente, físicamente visible. En el entendimiento tradicional de la verdad científica (el del adecuacionismo al que nos venimos refiriendo en todo este escrito) el objeto se vuelve “concepto” cuando es integrado en el corpus de una teoría, mientras que la construcción del psicoanálisis torna en “verdad” un conjunto de recuerdos o experiencias reprimidas porque las integra en una historia refrendada por el propio paciente. La diferencia entre una y otra forma de adecuación, entre lo que se predica y lo que es, viene dada por la peculiar forma de confirmación del Inconsciente, que es el encargado de verificar las Historias. La semejanza del psicoanálisis con la ciencia radica en este gesto, aunque su diferencia fundamental es que, mientras la ciencia quiere adecuar un concepto a un objeto, el psicoanálisis pretende adecuar  un objeto (el Inconsciente, delimitado de forma indirecta por los actos fallidos, los sueños o los síntomas) a una conceptualización del mismo. Sin embargo tal inversión viene dada porque esta pretendida exactitud científica se consigue mediante el instrumental del arte, de la narración literaria. Dado que no toda construcción sirve al preciso fin terapéutico que se pretende, el mismo recurso poético tendrá que tener la consistencia propia de la construcción arquitectónica.

Para concluir diremos que el nervio adecuacionista del Psicoanálisis radica en convertir un recuerdo inconexo o sin significado aparente en una historia dotada de significado subjetivo para el paciente. El pulso científico se mantiene, pero, dadas las peculiares características del objeto que se estudia (el Inconsciente), será el arte el que venga a añadir aquí elementos que faltan a la racionalidad. Un ejemplo tomado de la serie televisiva House puede ayudarnos a comprender esta afirmación.

En esta serie, el protagonista (un renombrado y cínico médico) declara que “nuestro problema no son los enfermos sino las enfermedades”. Este sarcástico aforismo no deja de aportarnos iluminación si lo comparamos con el psicoanálisis, que trata con pacientes, por mucho que reclame y tenga en el Inconsciente un objeto de estudio definido. Estableciendo un paralelismo cruzado, diremos que, en medicina, el médico trata de enfermedades con sus pacientes, mientras que el psicoanalista trata con sus pacientes de sus enfermedades psíquicas. El orden aquí es crucial: el analista trata directamente con sus pacientes, no con enfermedades (como sí lo hace el médico, sin menoscabo de que el humanismo doctrinal de esta disciplina sea un elemento basal de la misma desde Hipócrates).

Esta inversión del procedimiento científico lleva a variar lo que se puede entender como una confirmación. Entonces: ¿cómo llega a ser una construcción verdadera o no?                              

                                                      

                                                                        VI

 “Si la construcción es mala, no hay cambios en el paciente, pero si es acertada o se aproxima a la verdad, reacciona a ella con una inequívoca agravación de sus síntomas o de su estado general.”  Pág.141 

Contrariamente a lo que se puede establecer como una confirmación en ciencia, en psicoanálisis, el “sí” no supone un acierto. Freud deja claro a lo largo de su obra que en el Inconsciente no rige el principio de contradicción,  provocando en los lógicos reacciones adversas al respecto de la cientificidad de esta disciplina. Freud es muy cuidadoso en establecer un criterio de validación, pues el “juez último” que viene a dirimir es el Inconsciente. Claro está que se puede alegar desde la epistemología más estricta que el psicoanálisis pide el principio que pretende demostrar (es decir que el Inconsciente es una invención freudiana y no una realidad de la psique humana), o que, también, se encuentra en un círculo vicioso dado que se pretende verificar unas hipótesis (unas construcciones) de algo (el Inconsciente) que está fuera de la lógica de toda confirmación, creando para el caso unas normas propias pseudocientíficas. Confrontamos aquí al psicoanálisis con todos estos tópicos para destacar en él otro rasgo (aparte de los comentados de la ciencia y el arte), que es el propiamente filosófico.

En primer lugar habría que oponer a estas objeciones que, si bien Freud recela del refrendo afirmativo de las construcciones por parte del paciente, no permanece empero en la indiferencia con respecto al problema de la verdad, ni en la pluralidad de interpretaciones, como respuesta a las particulares características ilógicas del Inconsciente. Lo que Freud defiende como signo de acercamiento a la verdad es, más bien, la negación, entendida primeramente en la forma en que podemos hacerlo en medicina como un “agravamiento” de los síntomas. Aunque, de nuevo, la peculiaridad (y la acusación científica) vendría determinada por el hecho de que un médico renunciara a seguir practicando un método que agrava los síntomas de su paciente. La diferencia entre el “médico del cuerpo” y este “médico del alma” que es el psicoanalista residiría entonces en el hecho de que el primero trata con enfermedades, mientras el segundo con pacientes.

Pero, a pesar de esta diferencia con el médico del cuerpo, Freud mantiene la cualidad científica de la precisión, de la correspondencia entre lo que se dice y lo que es; el hecho de que en psicoanálisis se defienda que la confirmación está del lado de la negación más que de la afirmación viene a confrontar esta disciplina, como hemos dicho, con la filosofía, concretamente con la filosofía de Spinoza y de Hegel. Estos dos filósofos jugarán un papel capital en la “puesta al día” que posteriormente hará Lacan del análisis freudiano. De esta manera, queremos anotar las lecciones de estos dos referentes de la filosofía para determinar la propia alteración que el psicoanálisis  supone del método científico. 

 El saber para Spinoza es una sucesión necesaria de aciertos y errores; tanto que en su obra fundamental (la Ética demostrada al modo geométrico) afirma que “el error se sigue con la misma necesidad que el acierto”; consecuentemente, el primero no habrá de ser desechado si queremos alcanzar la verdad, antes bien, tendremos que tenerlo muy en cuenta como un proceso necesario del conocimiento.

 Pero es Hegel el que vendrá a situar a la contradicción misma como el núcleo del Ser en su sentido general y particular. De acuerdo a su lógica de la reflexividad, Ser y Nada vendrían a definirse mutuamente; si entendemos al Ser en sí mismo comprobamos que, diáfano de todo contenido concreto, es Nada (Lógica, capítulo I). Con Hegel diremos que la contradicción es el nervio de toda lógica, en tanto que ninguna entidad tiene sentido en sí misma si no es por su contrario. La realidad supone, desde esta perspectiva, la identidad de los opuestos. Esta idea revoluciona la lógica desde Aristóteles, la misma que sostiene el edificio del sentido común, y de la filosofía adecuacionista que manejan los científicos. 

El “no” que el paciente puede darle al científico usual, el psicólogo académico, supone para este una refutación sin más; no es así para el psicoanalista, que sería un tipo peculiar de científico. Para este,  el “no” puede darle más seguridad de la buena dirección a la que se encamina su terapia que el “sí”, porque, como dice Freud, propicia que la propia construcción se revele como un “desencadenante” del contenido reprimido en el Inconsciente, y, por añadidura, del Inconsciente mismo. Lo que rescata es la lógica de la negación, rechazada por la modernidad científica como resquicio metafísico, pero sobreviviente en el pensamiento de Freud y de Marx. De la misma manera, y aunque Freud hable en términos médico-científicos y declare que se produce en el paciente “un agravamiento de los síntomas”, no deja de incluir, con esta asunción de la contradicción como una cualidad positiva de un método, una “distorsión” filosófica en la ciencia.                                                        

                                                            

                                                           VII

 “Si consideramos a la humanidad como un todo y la sustituimos al individuo humano aislado, descubrimos que ésta también ha desarrollado delusiones que son inaccesibles a la crítica lógica y contradicen la realidad. Si, a pesar de esto, son capaces de ejercer un extraordinario poder sobre los hombres, la investigación nos lleva a la misma explicación dada en el caso del individuo. Deben su poder al elemento de verdad histórica desde la represión de lo olvidado y del pasado primigenio”. Pág. 146 

Con estas líneas concluye C en P, y se inicia también un giro en el pensamiento científico occidental que propone integrar en una metodología ni más ni menos que una lección proporcionada por la locura. Freud proclama este hallazgo metapsicológico después de un conciso estudio de las alucinaciones. Lo fundamental es que la locura y sus propiedades no se reducen solamente a un fatal extravío de la conciencia lúcida, sino que se entienden también como un saber, un tipo de saber que aporta inteligencia sobre la humanidad en su conjunto.

Que de la locura se pueda extraer verdad es un hecho que, como recuerda el propio Freud, “el poeta ya percibió”, pero afirmar con espíritu de pesquisa científica que la “locura tiene un método”, es decir, que tiene un camino de acceso para la comprensión de lo humano, que ella misma de alguna manera elabora metodológicamente los contenidos reprimidos del Inconsciente, es algo que resuena como un eco originario en el ámbito de la ciencia.

 A raíz de este esfuerzo por la  integración de lo radicalmente otro en la racionalidad científica, podríamos establecer a modo de exordio una comparativa entre las críticas que recibe el psicoanálisis desde distintos frentes teóricos y la presión que sobre el yo ejercen el superego y el ello.

Sabido es que el yo se encuentra sometido a las influencias agresivas tanto de lo inconsciente reprimido en el ello, como a la severidad normativa del superego; igual que la instancia yoica, el psicoanálisis recibe ataques de sobrerracionalismo por parte de autores que plantean una crítica genética de la Ilustración, y, también, es blanco de la dogmática metodología, que tilda su proceder de pseudocientífico. Situado en medio de estos dos extremos, Freud mantiene un equilibrio inaudito entre el Romanticismo y la Ilustración. El mismo se produce por un asumido proceso de emisión y recepción de lo que se pretende entender; así, no sólo se determina una génesis de las alucinaciones, sino que se aprende de ellas para ampliar el propio método de interpretación del Inconsciente.

En las líneas sucesivas seguiremos literalmente la filogénesis de la alucinación debida a Freud. 

No siempre ocurre, como aquí se concede, que el paciente se convenza de la verdad íntima que aporta la conjetura del analista, lo que sí suele provocar esta última es el logro de que el primero admita la verdad de la construcción, aunque el recuerdo reprimido no llegue  a ser evocado. La razón de por qué ocurre esto, de por qué una construcción equivale en terapia a una evocación reconocedora directa de la misma, queda pospuesto para una ulterior explicación.

Surge, empero, una última cuestión: Freud expone algunos casos en los que las construcciones presentadas han provocado, no ya un recuerdo “completo” del suceso reprimido, sino detalles del mismo, como “muebles”, “calles”, “rincones”, “escenas”, etc. Y estos recuerdos puntuales se produjeron en sueños o en fantasías diurnas de los pacientes; los mismos no fueron, según se nos dice, a nada más y pueden considerarse como fruto de un “compromiso”. Una primera evaluación de estas ilusiones considera que una resistencia ha desplazado lo reprimido, puesto en actividad por la presentación de la construcción, a objetos adyacentes de importancia menor (“caras de personas implicadas”, etc). Pero Freud afronta esta anomalía con una pesquisa sobre la alucinación misma.

 Estos recuerdos casi podrían ser descritos como una alucinación si los pacientes hubiesen pensado que efectivamente los estaban viendo. Como da fe Freud, la importancia de estos recuerdos concretos, “ultra-claros”, se acrecienta por el hecho de que puedan producir alucinaciones en pacientes que no son psicóticos. Volvemos a remarcar aquí el carácter de escucha profunda del paciente que el psicoanálisis implica, escucha esta que conduce, por otro lado, y como queremos constatar, a increíbles resultados. En un primer momento Freud conjetura como característica general de las alucinaciones (“a las que todavía no se ha concedido la atención suficiente”) “que en ellas reaparezca algo experimentado en la infancia y luego olvidado – algo que el niño ha visto u oído en una época en que el niño apenas sabía hablar y que ahora se fragua en un camino hasta la conciencia  probablemente desfigurado y desplazado por la intervención de fuerzas que se oponen a su retorno”. 

Por esto Freud arroja una conjetura sobre la génesis de las alucinaciones: las mismas son producto de un “choque”, producido, primero, por la tendencia de lo reprimido a manifestarse en la conciencia, segundo, por la resistencia que fragua la reacción a ese mismo proceso y, por último, por el impulso al cumplimiento de deseos. De esta manera, a las ilusiones, alucinaciones o delusiones se les adjudican dos características: por un lado, el alejamiento de la realidad, por otro, la “influencia ejercida por el cumplimiento de deseos en el contenido de la delusión”, por ello, son, en cierto aspecto, válidas puesto que se  reconocen como una vía para desentrañar lo reprimido, en parte, proveniente de fuentes infantiles. Por el contrario, el esfuerzo del analista por convencer de la irrealidad de sus ilusiones al paciente es declarado “vano” por Freud. 

La conclusión sobre la comprensión de la cultura humana que se extrae del estudio freudiano analizado, expuesta en la cita del encabezado, nos conduce a otra deducción. Se entiende a la humanidad como un sujeto particular, con el que se relaciona en el sentido que también en su devenir se producen alucinaciones que se resisten a la interpretación lógica, es decir, que lo que se presenta en determinados productos culturales como el arte o la religión, si bien contradicen la realidad que efectivamente el sujeto puede comprobar por distintos cauces (sensibles, científicos o racionales), ejercen una extraordinaria influencia debido a que, como las alucinaciones para el sujeto particular, revelan una verdad referida a un estadio anterior y original.

Ya Marx en su Contribución a la crítica de la economía política, de 1859, afronta el problema de la historicidad del arte, en el sentido de la actualidad de los clásicos. La anomalía que afronta el primer materialismo histórico es: ¿por qué gustan en la actualidad las obras de arte de tiempos pasados, remotos y distantes? La historia es comprendida por Marx como una estructura aislada en sus distintos estadios: ¿cómo es posible que guste en el siglo XXI la obra de un autor teatral griego del siglo V a.C.? La respuesta dada por Marx es en cierto aspecto similar a la de Freud, pero un elemento de las mismas traza una frontera en sus respectivas metodologías.

Marx entiende el gusto por los clásicos como el agrado que el adulto siente al ver las creaciones de un niño en el sentido que le recuerdan su propia infancia: es la melancolía del pasado lo que explica la constante vuelta a los clásicos. Claro que el propio Marx, en sus análisis “económicos” de Shakespeare, contradice esta facilona explicación de la anomalía del arte para la ciencia de la historia que él se afanó en construir. Pero la diferencia con Freud, radica en esta posición científica excluyente con respecto del producto artístico. Para Freud sí es posible una integración del arte en la ciencia por el hecho mismo de que el arte es, fundamentalmente, el receptor y el canal de realidades psíquicas, ilógicas, anticientíficas, que, no obstante, ejercen una “extraordinaria influencia”. Freud afronta la realidad del Inconsciente, de los sueños, de las alucinaciones, y todos ellos, en su análisis, se revelan como “artistas peculiares”, como constructores de un material psíquico pulsional, “informe”. La revolución científica de Freud (su gran pecado a nivel científico-académico) es integrar el modus operandi del arte en la propia metodología que pretende un develamiento de lo Inconsciente.

    

 

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