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                     La carne obscena

                     Herminia Luque Ortiz

           

 ¿Qué hacen los muertos? se pregunta un personaje del escritor húngaro Sándor Márai. Quizá la están lavando, aventura. Este personaje literario es un perturbado; acaba de asesinar a una mujer y ha huido del lugar del crimen. Su pregunta, no obstante, no carece de pertinencia. Si la reformulamos, comprendemos que nos atañe a nosotros, a nuestra propia ignorancia. ¿Qué hacemos con los muertos? Quizá, como en ninguna otra época, en la edad contemporánea, nos hayamos especializado en ignorar a los muertos. ¿Qué se hace con la carne muerta? Es posible, incluso, que en una temprana fase de la escolarización hayamos estudiado los ritos funerarios de los antiguos egipcios o en la época del Imperio Romano. Y sin embargo desconocemos qué se hace con nuestros muertos. Qué hacen nuestros muertos.  La raíz de ese desconocimiento descansa en las cualidades que le otorgamos a la carne muerta, al ser humano muerto en nuestros días. Podemos afirmar, sin demasiados remilgos, que la carne muerta es, en nuestra sociedad, una carne obscena. Obscena en su doble sentido: el estrictamente etimológico (la que se muestra en escena) y la insoportablemente mostrada, la que no toleramos que se muestre. Derribadas cualesquiera otras barreras de la obscenidad, cuando lo íntimo y lo público se entremezclan sin pudor y la carne sexuada se bate en retirada del campo de lo obsceno, la carne muerta es la última carne obscena. La que no toleramos que se muestre en público más que en contadas ocasiones. La que nos resulta odiosamente extraña, como si no perteneciese a la propia naturaleza humana. A nuestra propia naturaleza. Por instinto quizá, rechazamos el considerarnos también carne mortal. Negamos el futuro de nuestra muerte. Una muerte, que como escribió Bergamín, “nos va madurando dentro”.Pero negamos, con todas nuestras fuerzas, la definición elemental de nosotros mismos como pre-muertos. Porque esa es la condición sine qua non de la vida humana, la evitación de la muerte. Todo lo que hacemos, afirma Savater, está directa o indirectamente dirigido a conservar nuestra propia vida. Deshacernos de la idea de la muerte, de nuestra propia condición mortal, no iba a ser una excepción. Todas las culturas y todas las sociedades, dice el filósofo, no son sino complejos dispositivos para combatir la muerte.

   Es posible que en otros momentos históricos hubiese una relación con el cadáver, con la carne muerta, más normalizada, inscrita de un modo u otro en los ritos y en las costumbres de unas sociedades más familiarizadas con el  hecho de la muerte. Es posible. Aunque también es posible aventurar que el muerto, la carne muerta, ejerció, siempre y apenas sin paliativos, un horror punzante que sólo la ritualización prescrita podría parcialmente exorcizar. No de otro modo se pueden entender las ceremonias que más allá de asegurar la desaparición adecuada del cadáver (mediante la inhumación, a cremación…etcétera), garantizarían una desaparición definitiva del finado, la imposibilidad de vuelta al mundo de los vivos. Ese miedo ancestral sigue presente en las mitografías cinematográficas, auténticos repertorios de muertos-vivos, fantasmas, vampiros o miles de seres híbridos de difícil catalogación, que curiosamente tienen un brioso resurgir en el envés del Siglo de las Luces. En el siglo XVIII un ardoroso racionalista como es el padre Feijóo dedica una parte de sus Cartas eruditas y curiosas a luchar contra la creencia en los redivivos: los “revinientes”, los vampiros y los brucolacos. Dirige todas sus energías a desenmascara todas la patrañas que circulan en  los más variados lugares de Europa. No es una superstición local ni será, pese a los esfuerzos ilustrados de Feijóo, una creencia caduca. Con el Romanticismo se producirá un auténtico festival de criaturas de ultratumba, el revés fantasmagórico de una sociedad industrializada, pragmática e hiperracionalista como lo fue la del XIX burgués. Entonces, lo que constituía la materia de narraciones orales varias, se trasvasó a la literatura culta, ya en el género narrativo, ya en la poesía.

   El horror al muerto imaginado no puede, no obstante, competir con el horror al muerto real. El cadáver hiede. La carne pronto inicia su proceso de putrefacción y nos avisa con premiosidad que hemos de deshacernos de ella. Entretanto, mientras se acuerdan los modos  o se agotan los plazos previstos por la ley para la discreta desaparición del cadáver, la carne muerta se nos ofrece con toda su intolerable obscenidad. Tan intolerable, que es  su realidad fáctica  sustituida por un nutrido conjunto de operaciones destinadas a minimizarla o transformarla. Así, los tanatorios modernos ofrecen los servicios adecuados dentro de las instalaciones adecuadas, con tarificaciones en escala según prestaciones. (En la eficiencia tanto en la producción de muertos como en la eliminación de los cadáveres, dos aspectos bien distintos de la muerte y no necesariamente emparentados, quizá podamos rastrear la ominosa herencia de Auschwitz, donde la muerte adquirió categoría de producción industrial).

   Paradójicamente, la muerte muestra una sobreabundancia magnífica en los medios de comunicación audiovisual contemporáneos. Mientras que en la vida cotidiana se nos escamotea y suspiramos con alivio por ello, se intensifican las presencias de la muerte en filmes y telefilmes, reportajes gráficos, periodismo televisivo y radiofónico. Los medios de comunicación acogen con gozo, ya que no siempre las imágenes de la carne muerta (sobre lo que suele haber curiosos interdictos, a veces contradictorios), sí las metáforas o los efectos alegóricos de la muerte. La guerra, por ejemplo, no es sino la inmensa alegoría de la muerte, presente hasta la saciedad en cualquier información de actualidad. Una catástrofe aérea puede convertirse en símbolo de la inoperancia humana. Y un atentado terrorista con víctimas, en un emblema de la fragilidad de las sociedades contemporáneas. Así, el 11 de septiembre conserva toda su potencia simbólica intacta precisamente por la ausencia de las víctimas. Las imágenes de los cadáveres fueron proscritas de los medios de comunicación visuales.  Las víctimas no alcanzaron nunca la categoría de entes físicos visibles. Estuvieron en la imaginación de todos pero no se materializaron en muertos concretos. Vimos sus rostros, conocimos sus historias pero sus cadáveres nos fueron escamoteados. Estos muertos fueron, de este modo, esos muertos y todos los muertos posibles de una sociedad. De una sociedad orgullosa que oculta a sus muertos como el mayor de los fracasos. La humillación más grande que puede serle infligida a esta sociedad es convertir en carne muerta no a la soldadesca, adiestrada convenientemente para ello, sino a los que se piensan a salvo de toda contingencia mortal. En cambio, esa sociedad opulenta y vanidosa, tolera, hasta cierto punto, los muertos de otras culturas, de otras sociedades. Puesto que son algo inevitable. Algo que está dentro de la lógica corrupta de la guerra, ya sea en forma de víctimas directa o dentro del cómputo abstracto de “daños colaterales”.

   Pero la muerte no está recluida en una sección de entre las que se divide la información de prensa escrita, hablada o visual. Antes bien, secciones como los obituarios son en realidad cantos a la vida, biografías redactadas con el cariño que a veces sólo se puede sentir hacia los muertos. Y la muerte invade secciones variadas, con un afán inaudito por copar cualquier resquicio que los vivos dejen. La muerte goza de una presencia incontestable en cualquier medio de comunicación, incluido el hiperespacio Internet. Eso sí, escamoteando la mayor parte de las veces la cruel realidad de la carne muerta. (Cruel, nos recuerda el más pesimista de los filósofos que pueden escribir y publicar en la actualidad -lo cual es un grado-, Clément Rosset, proviene de cruor y designa la carne despellejada y sangrienta). La carne muerta es ocultada porque tal vez no haya realidad que sea más ofensiva para la mentalidad actual. Es la carne de los muertos la que lanza el mensaje de la fragilidad de lo humano. En una sociedad que se sueña tecnificada y poderosa, no hay despertar más doloroso que el reconocimiento de que cada uno de sus integrantes, cada individuo, es un ser vivo con una perentoria fecha de caducidad. La sociedad, en cuanto tal, podrá ejercer un dominio casi absoluto sobre la naturaleza pero la naturaleza de cada individuo lo constriñe a un final anunciado. La carne muerta, en fin, se burla de las vacuas pretensiones de dominio de lo natural. El dominio de la naturaleza que Descartes o Bacon preconizaron sin tapujos y que tan problemático se ha revelado.

  Sólo en las novelas policíacas, el cadáver muestra con tranquilidad su carácter objetual. No sólo es una pieza más, es la pieza necesaria del engranaje literario. A veces no se describe esa carne muerta, como ocurre en Ágatha Christie, maestra de la elipsis.  No se necesita la descripción golosa del cadáver pero sí su presencia fatal, aceptada muchas veces con una naturalidad pasmosa.

   Sin embargo, en los asesinatos  es donde se pone de manifiesto de una forma brutal la conversión en mero objeto que sufre la persona que muere. Porque la cosificación (la “determinación externa dada de una vez por todas”, la “identidad inmutable”, como la define Savater, 1996) es buscada y querida por otra persona, que consigue anular toda la potencia del ser convertido en víctima. Ese ser ha sido desposeído de la única riqueza que como ser biológico tiene: el tiempo (Gomá dice literalmente: “Como seres vivos, nuestra riqueza es nuestro tiempo”). El asesino convierte al individuo, al ser colmado de deseos, en un montón de carne desorganizada. En un amasijo de materia reciclable. En un bulto mudo e inerte.  Por obra y gracia de su acción maligna. La individualidad, tan trabajosamente adquirida a lo largo de la vida, se diluye con un sólo acto criminal. 

   La carne del asesinado queda expuesta a vicisitudes que le son totalmente ajenas, incluida la voracidad mercantilizada de los medios de comunicación. Pues si el muerto es un personaje célebre, su carne muerta puede convertirse también en el objeto codiciado de una información periodística. La carne muerta está, como otras tantas mercancías, en el expositor de la vida-mercado. El cadáver es una carne sin intimidad.

   En el caso del asesinato de mujeres hay una lógica perversa que parte del proceso  previo de  cosificación. Puesto que las mujeres son un objeto, piensa el asesino, y ésta en concreto es mi objeto, mi pertenencia, no puedo tolerar que salga de la esfera de mi posesión, que escape del dominio que ejerzo sobre ella y que quiera ejercer su puro albedrío. El asesino intenta eliminar un reducto de libertad (ni siquiera es la libertad en sentido abstracto, sino una actualización reducida, tal vez insignificante, de la libertad) que le resulta intolerable. En su concepción obtusa es como si el orden de las cosa se descompusiera y no hubiera más remedio que reconducirlo a su estado original mediante la violencia. Como si en la catarsis criminal culminara un proceso de reordenación necesaria de todo punto. Del mismo modo, en la mentalidad del genocida nazi, la muerte es, sobre todo, una solución, una forma ajustada de reconducir una situación desorganizada. De solucionar un problema preexistente o lo que se identifica como un problema en un esquema mental completamente arbitrario.

   En el origen del fenómeno de la violencia mortal contra las mujeres (se ha hablado de un auténtico feminicidio) está la cosificación aberrante por parte de los asesinos o los potenciales asesinos. La cosificación de la mujer, identificada con su cuerpo. Una mujer es un cuerpo y, si carece de utilidad, puede ser eliminada. Para el asesino, ambas cosas son equivalentes: la carne de la mujer viva y la carne muerta; ambas son puros objetos al alcance de la acción (del furor homicida o de la pasión sexual, tanto da) del que se siente obligado a actuar frente a ellas. No puede reconducir su acción hacia otros ámbitos u otras formas posibles de vida o de relación social. El asesino no puede deshacerse de una relación fallida sino que la ha de sajar como un absceso, un forúnculo maligno que no lo dejara vivir. De su sorpresa estúpida (cómo una cosa insignificante puede entorpecer mi vida) surge un rencor criminal. 

   Y la sociedad contempla horrorizada una acumulación de cadáveres a los que tiene que esforzarse por nombrar, para recordar que fueron personas, con una individualidad conspicua, y no una carne muerta más que añadir al montón. El holocausto cotidiano se sucede, imparable, sin que las medidas arbitradas por un estado de derecho acierten a detenerlo por completo.

   Pero la sociedad tiene multitud de mecanismos para olvidar el horror. El horror, la pena, el repudio viajan en círculos concéntricos y sólo un núcleo duro, el íntimo y cercano, sigue guardando vivo el sentimiento del dolor. Y eso está inscrito en los parámetros de la normalidad más pimpante. La supervivencia de los humanos sólo puede fundarse en el olvido cabal de los muertos.

    La incredulidad de los vivos frente a la carne muerta es inmensa. El vivo no halla sino un parentesco irrazonable con el muerto. Qué tengo que ver yo con esa carne inútilmente horizontal (Cioran, describiría al hombre como “esta carne inútilmente vertical”). Cómo, mi carne, que es la que percibe, la notaria de la belleza o el horror del mundo, va a perecer también. Qué sería del mundo sin ella. Ella, mi carne, garante de la existencia del mundo. Pues si yo no existo, no existe el mundo.

   La estupefacción del poeta es aún mayor. La expresa con una concisión paradigmática. Una brevedad que se hibrida a la perfección con el horror que destilan tan bellas palabras. Dice Juan Ramón Jiménez en su conocido poema:

      Y yo me iré y seguirán los pájaros cantando

   El ególatra no soporta un mundo sin él mismo. Con una felicidad ajena a él, que es el resumen del mundo, el epítome perfecto. Pues sólo el acto poético, y por ende el autor de la materia poética puede representar una perfección imposible en cualquier en otro ámbito. Una perfección de la forma y de la percepción, íntimamente ligadas, que la muerte viene a descomponer. 

   La carne muerta es, en fin, una carne exasperante. Una carne que jamás atenderá a nuestros requerimientos, salvo en sueños. Una carne que se fundirá con el resto de la materia orgánica del planeta. Una carne obscena. Impúdica, según el concepto de pudor que aún podemos imaginar. La pobre Virginia, que en la fantasía de Bernardin de St-Pierre, se convierte en un cadáver por puro pudor, por no desprenderse de sus vestimentas durante un naufragio, no sólo nos resulta impensable sino ridícula incluso como artefacto literario. Los cadáveres de ficción tienen, al fin y al cabo, su tiempo y su público concretos.

   Pero el cadáver que siempre nos importa es el nuestro. En cuanto carne muerta en potencia, podemos augurarnos cualesquiera de las estupendas vidas ultraterrenas presentes en el catálogo de las religiones. Aunque también nos cabe un supremo gesto de orgullo. Afirmar, sin humildad ninguna, nuestra propia cualidad mortal. Canetti expresó esto (y mucho más) en uno de sus aforismos magistrales: “Mientras exista la muerte, no hay lugar para la humildad”. En todo caso, sí lo hay para el pudor.  Entendido éste, claro está, como celebración discreta, aunque gozosa, de la carne.

 

Herminia Luque Ortiz

 

Nota:

Este texto forma parte de un texto más amplio, un libro, inédito hasta la fecha, que lleva por título La carne. Cada uno de sus capítulos corresponde a un aspecto de la carne humana (la carne femenina, la carne melancólica, la carne coriácea, la carne ferina…etcétera). La carne ferina se publicó en esta misma revista: La carne ferina (www.lacavernadeplaton.com)

 

 

Bibliografía.

 

Bergamín, J. (1983). Aforismos de la cabeza parlante. Turner, Madrid.

Bernardin de Saint-Pierre, J-H . Pablo y Virginia (1989 -1788-). Cátedra, Madrid. 

Cioran, E. Ejercicios negativos. (2007). Taurus, Madrid.

Canetti, E. (1994). El suplicio de las moscas. Anaya & Mario Muchnik, Madrid.

Gomá, J. Aquiles en el gineceo. (2007). Pretextos, Valencia.

Feijóo, B.J. (2006 -1753-). Sobre la existencia de los vampiros. Artemisa, Santa Cruz de Tenerife.

Márai, S. (2007) La extraña. Salamandra, Barcelona.

Rosset, C. (2008). El principio de crueldad. Pretextos, Valencia.

Savater, F.  (1995) Diccionario filosófico. Ariel, Barcelona.

                   (1996)  El contenido de la felicidad. Santillana, Madrid.

                   (2007). La vida eterna. Ariel, Barcelona.

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