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Some reflections on Christianity

Carta del canónigo de Whitechapel sobre la religión cristiana

Traducida del manuscrito original por la redacción de La Caverna

 

Algunas personas tienen un odio visceral hacia el cristianismo que impide toda discusión racional seria. A las pocas líneas, el texto se convierte en un catálogo de exabruptos, exclamaciones y descalificaciones toto genere que sólo buscan la denigración absoluta, como si les oprimiera un peso insoportable que están ansiosos de soltar. Y la pregunta ante estos casos, naturalmente, es: ¿qué les ha hecho el cristianismo para que reaccionen así?

Parecería que suprimida esta religión, y con ella todas las religiones, nos encontraríamos de pronto en un mundo mejor. ¿De veras? ¿No seguiría el hombre siendo hombre y, como tal, preguntándose por el sentido de la vida? ¿O ya no tendría sentido preguntar por el sentido de la vida, porque la respuesta ya estaría dada? Pero en ese caso, ¿qué respuesta sería esa que, por su sola presencia, anulase la pregunta que le dio origen? ¿La ciencia? ¿La conciencia? ¿El amor? ¿El nirvana?

No niego que la historia del cristianismo haya sido un desastre, pero ¿acaso la historia humana no lo es? ¿Es que sin religión se hubieran amontonado menos pilas de cadáveres?

Se ha acusado al cristianismo de ser un formidable modelador de las conciencias, un lavado de cerebro. Se le ha acusado de estar siempre del lado de los poderosos, de meterse continuamente en política, de impedir el avance de la ciencia, de acallar todas las voces discordantes, de imponer una dictadura del espíritu que ha venido muy bien a los poderes de este mundo; se le ha acusado de ser el opio de los pobres, la proyección de lo humano, demasiado humano; en fin, más bien habría que preguntar: ¿de qué no se le ha acusado? Tres siglos de crítica inmisericorde no han conseguido, sin embargo, acabar con él. Si las acusaciones son ciertas y la crítica tiene razón, habrá que concluir que la gente es tonta. Tonta en sentido intelectual, porque no se entera de la verdad de las cosas. Tonta en sentido moral, porque no se atreve a romper con una tradición que se dice es cada vez más débil. Y tonta en sentido histórico, pues vive retrasada con respecto a lo que verdaderamente hay hoy. En conclusión, millones de personas son, o somos, imbéciles. Según esta postura, sólo cabría esperar que los tontos se fueran muriendo. Pero, lamentablemente, los tontos se reproducen, y la estulticia, como el desierto, avanza.

¿Llegará un día en que, sin pasión alguna, podremos considerar fríamente estas cosas, como hacemos con la historia bizantina, por ejemplo? El cristianismo, al parecer, sigue levantando pasiones, aunque sean pasiones destructivas (si es que no lo son todas). ¿Y por qué levanta pasiones? Quizá porque no está liquidado, a pesar de tanta crítica. Claro que ésta quizá sea la opinión de un tonto.

 

Suyo afectísimo,

 

S.L.R. Canónigo de Whitechapel

 

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