Portada

Artículos y fuentes Actividades-aula

Arte y Filosofía

Hª de la filosofía

Imaginario filosófico

Libros- reseñas

Entrevistas, links,noticias,...

 

BREVE NOTA EN TORNO A BABEL

 

En su artículo Lamento por Babel, publicado el 26 de mayo de 2009 en El País, Fernando Savater dice con gracia que por una vez está de acuerdo con la Biblia. En efecto, piensa que la multiplicación de las lenguas es una desgracia, y critica a los defensores de la postura contraria. Pero por encima de este punto de vista, sobre el que reflexionaremos seguidamente, toma una posición pragmática, indicando que en cualquier caso la pluralidad lingüística es inevitable, y que “añorar la lengua universal es perder el tiempo”. Es decir, por encima de cualquier discusión sobre el tema, hay que tener claro que las cosas son así, que la diversidad de lenguas no se puede evitar, y que conviene pasar a otra cosa. Es una postura, como hemos dicho, pragmática, y desde luego parece sensata. Pero si ha escrito el artículo, es porque no le convenía pasar tan rápido a otra cosa. ¿De qué quería dejar constancia? No lo oculta: de su oposición a aquellos que ven las lenguas como seres vivos que es una pena que se extingan, o como depositarias de concepciones del mundo sin igual, o como sistemas anónimos de pensamiento. Y, más en el fondo, va contra el culto idolátrico a la diferencia, como si la diferencia fuera de por sí positiva, enriquecedora y digna de conservarse. Pues no del todo, vendría a decirnos: la diferencia lingüística nos aísla, hace que no nos entendamos; restringe nuestras posibilidades de contacto y de comunicación con personas vivas y con muertos que dejaron obras escritas; impide la cabal apreciación de la poesía, por no decir de toda literatura; conlleva una gran pérdida de energía por la continua necesidad de traducción y, en resumen, supone limitación y empobrecimiento. Si fuera tan positiva la diferencia en este campo, viene a decirnos, ¿por qué no llevarlo al extremo y pedir que cada uno desarrolle su propio lenguaje, su idiolecto? 

Quisiera señalar, en primer lugar, que preguntarse por el origen de la pluralidad de las lenguas es interesante. No basta una explicación histórico-lingüística, porque lo que hace posible que tengan historia es precisamente su pluralidad. Obviamente, las lenguas son muchas porque no hay un único modo de hablar. Y no lo hay porque partimos de una indeterminación radical: no está establecido de antemano de qué hay que hablar, ni cómo hacerlo, ni siquiera a quién. Ni de qué, ni cómo, ni a quién. Los caminos posibles son incontables, y en cada punto del camino se abren a su vez incontables perspectivas. Si esta es la situación de partida y la que existe a cada momento, más bien debería sorprendernos qué pocas lenguas hay. Que sean pocas en comparación con las que podrían ser, parece un milagro. Lamentarse por Babel es en efecto inútil, pero no porque sea algo inevitable, sino porque es tirarnos piedras contra nuestro propio tejado: es quejarnos de ser como somos. 

Si decretáramos el inglés, por ejemplo, como lengua universal, está claro que en el curso de los años volveríamos a tener lenguas distintas. Si no ocurriera así, sería para alarmarse, porque querría decir que nuestra situación ha cambiado y ya no partimos a cada momento de una indeterminación radical que nos lleva a introducir incesantemente pequeñas variaciones. Sería como un código genético único para todos, sin mutaciones. Desde luego que podríamos entendernos en cualquier rincón del planeta, pero quizá no hubiera ya mucha necesidad de hacerlo. Lo que no podemos tener es, por una parte, una única lengua y, por otra, una indeterminación radical para usarla, porque no podemos separar la lengua de su uso. El uso que hacemos de nuestra lengua, la va transformando. No hablamos hoy el español del siglo XIX, y solamente la lentitud de muchos de los cambios es lo que nos engaña, creyendo que vivimos por decirlo así dentro de un edificio estable, donde podemos hacer lo que queramos. Podemos hacer lo que queramos, pero nuestras maneras de vivir en el edificio lo van a cambiar aunque no queramos. Esto no quiere decir que vayamos a caer en el idiolecto, pero tampoco que los hablantes de una lengua hablemos igual. Se mantiene un punto de equilibrio inestable, pero siempre sobre una base de comprensibilidad asegurada, que es la que permite que el concepto de variación, cambio o interpolación tenga sentido. Savater, en el fondo, se lamenta de él mismo. ¿Y nosotros?

 

Luis Fernández-Castañeda, mayo de 2009

 

VOLVER A PORTADA