Portada

Artículos y fuentes Actividades-aula

Arte y Filosofía

Hª de la filosofía

Imaginario filosófico

Libros- reseñas

Entrevistas, links,noticias,...

AUTODETERMINACIÓN, VOLUNTAD Y ACCIÓN.

  Carlos S. Olmo Bau.

 

Licenciado en Filosofía. Alumno de tercer ciclo en la Universidad de Murcia.

Profesor de Garantía Social en la Escuela Equipo (Alcantarilla, Murcia)

C/ Morera, 4, 3º C, 30006, Puente Tocinos (Murcia).

olmobau@terra.es · http://comunidad.derecho.org/olmo/olmo.htm

 

 

 

RESÚMEN:

 

            Las líneas que siguen trazan un itinerario a través de la idea de Autodeterminación, no tanto en su expresión colectiva, sino en cuanto que vinculada al querer y hacer de individuos separados.

El artículo realiza un recorrido histórico y conceptual, asomándose a los límites y fronteras de una idea que es analizada, como se apuntaba, en relación a los conceptos de voluntad y acción.

Atendiendo a ambos se exploran los condicionantes temporales, históricos y sociales de esta ‘propia determinación’; apuntando con un ejemplo concreto –la desobediencia civil- la existencia de espacios de tensión (teórica y práctica) en ámbitos como el socio-jurídico.

 

 

 

 

 

 

 

 

Autodecisión: Autodeterminación.

Autodeterminación: Acción de decidir un pueblo o estado sobre sus propios asuntos, sin coacción ni intervención externa.

Determinación: Acción de determinar. Acuerdo. Decisión. Resolución.

 

María Moliner, Diccionario de Uso del Español, Gredos, 1970.

 

Autodeterminación: Decisión de los pobladores de una unidad territorial acerca de su futuro estatuto político.

Determinación: Acción y efecto de determinar.

Determinar: Fijar los términos de una cosa. Distinguir, Discernir. Señalar. Tomar resolución. Sentenciar. Definir.

 

Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.

 

 

            Si este trabajo llevara por título ‘En torno a la autodeterminación’ y, extraviado, fuera encontrado por cualquier persona en la parada del autobús, en una biblioteca o en la mesa de una cafetería; lo más probable es que la persona en cuestión pensara que semejantes páginas habían de versar sobre nacionalismo.

Sería, que duda cabe, una posibilidad; pero no la única. Sin embargo en el habla cotidiana parecen excluidas esas otras posibilidades. Y esa exclusión abarca el propio terreno de las definiciones[1].

            No es algo que deba extrañar en exceso; a fin de cuentas, y si nos centramos en el ámbito de la Filosofía Política, la idea de autodeterminación que -de dos siglos acá- ha venido desarrollándose refiere no tanto a las personas, en cuanto individuos separados, como a las personas, en tanto socialmente vinculadas.

            Eric Hobsbawm imaginó, en Nations and Nationalisms since 1970, un observador extraterrestre llegado a la tierra tras una conflagración nuclear. De este afirmaba que, si profundizara en la historia contemporánea de nuestro planeta, llegaría a la conclusión de que los últimos doscientos años de historia son incomprensibles si se prescinde de una concepto clave: el de nación.

Convendría, en todo caso, que no confundiera ‘nación’, ‘nacionalismo’ y ‘autodeterminación’; compañeros de viaje en algunos tramos de estas dos centurias, que conviene siempre discernir. Máxime cuando una mirada atenta al pasado y al presente nos sitúa ante “nacionalismos vacíos de cualquier significación emancipadora”   (Villanueva 1990: 25).

Esta separación -ruptura, en palabras de Javier Villanueva- clarifica lo propio, lo específico, de la idea de autodeterminación; que no sería otra cosa mas que esa idea, ese impulso ético-político, incluso ese imperativo: el de emancipación. Hija de la libertad y la democracia; la autodeterminación fue (¿sigue siéndolo pese a todo?) un criterio moral para conformar un nuevo mundo.

En el sentido en el que -hasta el momento- se la está tratando reunió, desde su gestación en la oposición al Antiguo Régimen, dos conceptos aún fundamentales: Uno, el de comunidad, otro, el de autogobierno nacional y democrático.

En la lenta evolución de las ideas autodeterminativas, 1848 es -como para tantas otras cosas- una fecha clave. Los cambios políticos y sociales habidos desde la Revolución Francesa (expansión del nacionalismo, en sus diferentes expresiones; ampliación del electorado; proliferación de los partidos políticos; reducción del analfabetismo;...) permiten la expansión de un concepto de autodeterminación fuertemente ligado a uno de sus aspectos: las relaciones entre los pueblos.

¿Y los otros aspectos? A la hora de una genealogía de la idea (no es el objeto de este trabajo) habrán de buscarse en la citada separación de los conceptos ‘nación’, ‘nacionalismo’, ‘autodeterminación’; bajo otros términos e ideas, como ‘acción’, ‘determinación’, ‘volición’, ‘libertad’, ‘albedrío’; o en la obra de Kant, por citar sólo un nombre que en absoluto da una idea de la longitud y grosor de la lista ha configurar.

El ejemplo, sin embargo, es premeditado. Podían haberse citado a W. Wilson, E. Renan, J. Stuart Mill, P.S. Mancini, Validimir U. Lenin o M. Bakunin. Podía haberse señalado como campo de estudio a la Revolución Francesa (ya citada en este teclear), el Romanticismo político alemán, o el Populismo ruso.

¿Por qué señalar a Kant? ¿Dónde reside lo interesado de esta elección? Kant, junto a Rousseau, Herder o Fichte, puede considerarse uno de los precursores de la idea de autodeterminación que, con una incompleta pincelada, se ha recogido. Pero de Kant puede decirse que es el ‘padre de la autodeterminación’. Y al mismo tiempo, al hablar de Kant hay que matizar el uso del término para situarlo allí donde nos interesa (para esta reflexión): “la autodeterminación nacional resulta de aplicar a un plano nuevo, los pueblos, lo que Kant había filosofado acerca del individuo” (Villanueva 1990: 88) ¿A qué parte de la filosofía de Kant se refiere J. Villanueva en esta cita? A su doctrina sobre la decisión individual.

            Por lo que hace, entonces, a la idea que nos ocupa ¿puede señalarse a Kant como el final de la primacía del individuo y el inicio de la hegemonía del grupo?. A lo sumo, quizá, cabría hablar de punto de inflexión... y ello nos obligaría a extender la historia del concepto de ‘autodeterminación’ hacia el pasado, en un viaje -por lo que hace a lo adecuado o inadecuado del término- problemático.

Por lo demás, la primacía de la idea de autodeterminación referida a los pueblos, no supone la inexistencia ni el olvido de la idea autodeterminativa aplicada al plano individual[2]. Bien de manera contrapuesta a la colectiva. Bien de forma complementaria.

            No somos, o si se prefiere, algunos no queremos ser, meras fichas de dominó, sino agentes morales, que escribe Dennet:

“Solamente algunas porciones del universo físico tienen la propiedad de estar diseñadas para resistir a la propia disolución o para emprender campañas locales contra la tendencia inexorable de la Segunda Ley de la Termodinámica. Sólo algunas de estas porciones tiene la propiedad adicional de ser inducidas a tener expectativas confiables respecto de lo que ocurrirá en el futuro inmediato y, por consiguiente, a poseer la capacidad de controlar las cosas y de controlarse a sí mismas; y sólo algunas de estas últimas tienen la facultad más alta de autoperfeccionarse significativamente (mediante el aprendizaje). Unas poquísimas tienen la capacidad ilimitada (que requiere un lenguaje de autodescripción) de ‘autoevaluación radical’. Estas porciones del mundo son, en consecuencia, lugares de autocontrol, de talento y de decisión. Tienen proyectos, intereses y valores que crean durante el proceso de autoevaluación y autodefinición. ¿Podría haber una porción del mundo menos parecida a una ficha de dominó?” (Dennet 1992: 119).

            La idea autodeterminativa, referida al ámbito de la persona, rebosante de paradojas, de problemas, de aspectos, es la que recorre este trabajo. El teclear se concentra en sólo algunos de estos: en la estructura y los límites de la autodeterminación individual; en la idea misma de libertad de acción; en la idea de ‘querer querer’ y en el concepto desobediencia civil, como una paradoja práctica tanto de este como del ‘querer hacer / no hacer’, en relación además con los márgenes de la autodeterminación.

 

DETERMINACIÓN DE LA AUTODETERMINACIÓN.

 

Determinación:

Este concepto se usa, en la literatura filosófica, en dos acepciones:

(1) La acción y efecto de tomar una resolución; en este sentido ‘determinación’ y ‘resolución’ se usan a menudo como sinónimos;

(2) La acción y ejemplo de establecer o fijar los términos de una cosa; en este sentido la ‘de-terminación’ es una forma de la, o equivale a la, ‘de-finición’.

 

J. Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía,

 

            ‘Querer es poder’; ‘hace más quien quiere que quien puede’; ‘cuando se quiere, se puede’; son variables entresacadas del refranero en relación a una autodeterminación inserta en la vida cotidiana, en la que se distinguen dos tiempos -y si se quiere dos espacios- el de la voluntad y el de la acción. No abarcan toda la amplitud de la cuestión. Literalmente, y sólo literalmente, se excluiría, por ejemplo, el ‘querer no hacer’. Queda también fuera la acción no voluntaria.  Pero sirven al efecto de acercarse a su estructura.

            ¿Son plenamente independientes estas esferas o, por el contrario, se interrelacionan de distintas maneras? ¿Son uniformes o, por el contrario, multiformes, plurales, ‘compuestas’?

Ni el hacer ni el querer son uno. Tampoco son uno el ‘querer hacer’, ni el ‘querer querer’; expresiones más adecuadas para referirse a la autodeterminación. Autodeterminación en relación a la acción, en un caso; y autodeterminación en relación a la voluntad, en el otro[3].

 

Autodeterminación y voluntad.

 

            El concepto de voluntad es quizá, en lo que hace a la historia de la Filosofía, uno de los menos unívocos y ha desempeñado, en muchas doctrinas, un papel fundamental.

La palabra, como señala Ferrater Mora, es problemática, ya que tomada literalmente puede conllevar la reificación de los actos voluntarios o voliciones. En este texto, reconocido este problema, se seguirá usando como un recurso lingüístico para evitar reiteraciones.

Del concepto puede decirse que es observado desde cuatro grandes ‘microscopios’ (el psicológico, el moral, el teológico y el metafísico) y que hace acto de presencia, de forma diferente y en ocasiones divergente, en la obra de los grandes nombres propios de la Historia de la Filosofía.

            Platón vio en ella una suerte de facultad intermedia, que se encontraba por debajo de la razón y por encima del deseo. No siendo, pues, una facultad intelectual; pero tampoco una facultad irracional.

Aristóteles profundizaría en esta caracterización de la voluntad, en su carácter ‘conforme a lo racional’, pero a la vez en su parentesco con el deseo, con el que tiene en común el carácter ‘motor’, ‘movilizador’.

            La obra de Tomás de Aquino, Duns Escoto o Guillermo de Occam son ejemplo de las diferencias -cuando no manifestaciones encontradas- a las que se hacía mención más arriba. Divergencias derivadas del diferente grado de importancia dado a  la voluntad como ‘motora’ y, por tanto, al diferente tipo de relación establecido entre voluntad y razón.

            El enfrentamiento, derivado de las distintas consideraciones sobre la mentada relación (o de la negación, incluso, de esta), se mantiene aún en los siglos XVII y XVIII.

Descartes y Leibniz, de un lado; Hobbes y Hume, de otro; (los cuatro a su vez con planteamientos diferentes entre sí); encabezan respectivamente las dos grandes tendencias que, en la modernidad clásica, cabe diferenciar en relación a esta cuestión: la racionalista y la empirista.

Así, Descartes, radicalmente voluntarista, plantea que la voluntad afirma o niega al juicio, y la considera ‘infinita’, frente a las ‘finitud’ del intelecto.

Leibniz, por su parte, reafirma el aspecto racionalista de semejante análisis pero no comparte el talante voluntarista del mismo y considera la voluntad “como un conatus que se origina en el pensamiento o que tiende hacia algo reconocido en el pensamiento como bueno” (Ferrater Mora 1986: 279); no admitiendo, por ejemplo, que de esta dependan los errores más de lo que dependen del intelecto.

            Y si a Descartes y Leibniz une el racionalismo y separa el voluntarismo de uno y el intelectualismo de otros; a Hobbes y Hume une la idea de la ausencia de ‘apetito racional’. Ambos serían ‘voluntaristas’ en el sentido de que no caben bajo las etiquetas de ‘racionalistas’ ni ‘intelectualistas’, defendiendo además una noción de acto voluntario como origen de la acción y, como consecuencia, una noción de la acción que incluye al acto voluntario, negando la existencia de un ‘estadio de pureza en el acto de voluntad’, de un momento de la voluntad carente de acción.

Por lo demás habría que destacar la significativa noción de volición que diera otro nombre propio del ‘Empirismo’; Locke: “Es por lo menos evidente que nosotros encontramos en nuestras personalidades un poder para comenzar o parar, continuar o finalizar, muchas acciones de nuestras mentes y movimientos de nuestros cuerpos...”[4].

            Kant, a cuya obra ya se ha hecho referencia, vuelve a ser un autor a destacar. Kant señala el aspecto moral de la voluntad e introduce los conceptos de autonomía y heteronomía[5] en la reflexión sobre esta. La voluntad autónoma, la buena voluntad, está, en el pensamiento kantiano, en el origen de la ley moral.

La ley moral es autónoma cuando su fundamento, la razón de su legalidad, reside en ella misma. El motor, el eje de esta autonomía, es otra autonomía: la de la voluntad.

“La autonomía de la voluntad -escribe Ferrater Mora- es la propiedad mediante la cual la voluntad constituye una ley por sí misma (independientemente de cualquier propiedad de los objetos del querer)”. El mismo autor nos señala el ‘principio de autonomía’: “Elegir siempre de tal modo, que la misma volición abarque las máximas de nuestra elección como ley universal” (Ferrater Mora 1969: 161).

La distinción entre las esferas nouménica y fenoménica permite, por lo demás, salvar esa consecuencia del determinismo consistente en la imposibilidad de pensar a la par voluntad y libertad. No hay determinismo en el reino de los fines morales; afirmar la voluntad no supone, pues, renunciar a la libertad o al libre albedrío.

            Otro ejemplo destacado (y diferente) de voluntarismo se encuentra en la obra de Fichte, para quien la ‘voluntad pura’ es el medio gracias al cual es posible el ejercicio de la libertad. Voluntad pura que no debe confundirse con la -previa- acepción kantiana de ‘buena voluntad’.

            Desde hace dos siglos, aparece explícitamente relacionada con otros conceptos: ‘Voluntad de Creer’ (James), ‘Voluntad de Poder’(Nietzsche), ‘Voluntad de Verdad’ (Foucault), ‘Voluntad de vivir’ (Schopenhauer) o ‘Voluntad general’[6].

            Al siglo XIX, pródigo en ‘metafísicas de la voluntad’ (Wundt), sucede un siglo XX en el que, como se comentaba antes de este sucinto repaso histórico, el objeto de reflexión es menos ‘la voluntad’ y más los ‘actos volitivos’ o ‘voliciones’.

Los ámbitos y derroteros de las reflexiones al respecto son muchos y variados; examinándose desde la voluntariedad o no de estos actos, hasta las nociones mismas de acto, acción, decisión, elección, deliberación  o -como es el caso- autodeterminación.

Para algunos autores, ‘azar’, ‘determinación’, ‘indeterminación’,... son conceptos ligados al problema de la voluntad.

Otros autores prescinden de estas cuestiones. Aquellos plantean la existencia de voliciones  que determinan la decisión adoptada o a adoptar. Estos afirman que no existen tales actos.

            Es en el pensamiento anglosajón actual donde estos debates tienen una presencia, con diferencia, relevante; íntimamente ligada a reflexiones sobre la ‘libertad de acción’, ‘el libre albedrío’, la ‘irracionalidad de las acciones’, el ‘determinismo’, la relación ‘libertad - razón’,... y tantas otras.

 

            Pero es un ámbito, por decirlo de alguna manera, más cercano, el que aquí interesa: Un acercamiento al ‘querer’[7] que, como ya se ha mentado, no es unívoco y que puede presentarse de muy distinta forma.

Estas distintas modalidades serían el querer como tendencia,  el querer como voluntad posicional, el querer como voluntad afirmativa y el querer como voluntad cooperadora. Esto es, el querer como actividad potencial, como afirmación de un término poseído, como afirmación que guarda cierta distancia respecto al término afirmado (no posee), como afirmación de lo otro, o como acto que completa una respuesta afectiva.

            La autodeterminación sería el hilo conductor, el elemento común subyacente a las cuatro formas del ‘querer’ reseñadas. Una autodeterminación implícita que se explícita (sobre todo en el caso de las tres primera formas) cuando se las modaliza reflexivamente.            La autodeterminación es, desde esta perspectiva, una dimensión de la voluntad. Probablemente la dimensión más importante, el aspecto crucial sin el cual esta no tendría lugar, aquello que hace al acto de voluntad (y a cualquier acto) significativo.

¿En qué sentido significativo? En el sentido de permitir la ‘notación ética’. En el sentido de sentar las bases sobre las que tiene sentido (valga la redundancia) hablar de ‘imputabilidad’ o de ‘responsabilidad’.

            Este sentido, no obstante, no es excluyente. Es decir, no significa que no haya casos de actos voluntarios no elegidos. Ello no impide definir a la autodeterminación como un momento de la volición.

Volición que, dado lo dicho, no tiene por qué estar ligada a una intención; por lo que estas líneas se ceñirán a la volición intencional. Una volición intencional que debemos entender no como algo substantivado, sino como algo inseparable de la causa de un hipotético ‘movimiento’, un hipotético ‘acto’. Parte no aislable de ese momento autodeterminativo ‘originario’.

 

            ‘Intencional’, ‘causa’. Dos palabras empleadas que, de no marcarse en negrita, a buen seguro podrían pasar desapercibidas.

“El carácter intencional de la volición es el que caracteriza a la acción querida” (Ferrer 1996: 90), afectando tanto al sujeto como al término del acto de voluntad, esto es, al agente de la volición y al objeto -o mejor, su naturaleza- de esta.

Continuando; el acto voluntario resulta ser una vivencia -se acaba de decir que afecta al sujeto-, práctico -tiene consecuencia práctica- y reflexivo: Auto - determinación, determinación por uno mismo.

En este último sentido cabe decir que la volición, fundamentalmente a través del ejercicio autodeterminativo, comporta la certeza de sí, a la par que abre ante el individuo todo un mundo de posibilidades (esto es, comporta la certeza del contexto).

            La Autodeterminación es, pues, un momento que acompaña a la volición, un momento que acompaña al acto voluntario, un momento en el que el sujeto se decide, se determina, orienta su acción,...

La ‘volición acompañada’, por lo demás, carece de partes no psicológicas, es primaria y, en cuanto causa (he aquí el segundo término sobre el que se llamaba la atención), sólo puede identificarse en la medida que actúa como tal causa[8].

 

            Voluntad y acción.

 

            La ‘causalidad’ es, precisamente, el elemento que permite dar un paso adelante en la reflexión, situándola de lleno dentro de las cuestiones de la libertad (de acción) y libre albedrío[9]  versus determinismo - de un lado - y de la relación entre volición y acción[10] - de otro -.

            La filosofía anglosajona contemporánea, ya se insinuó, ha sido y es el espacio prioritario de confrontación de las diferentes posiciones al respecto. En ella encontramos desde el causalismo radical al anticausalismo extremo, pasando por conceptos como el de ‘determinismo débil’ o ‘determinismo no excluyente’.

            R.M. Chisholm es, probablemente, uno de los máximos representantes de la primera corriente, defensora de la atribución causal al agente tanto de las voliciones y acciones, como de las consecuencias o efectos de las segundas. Emprender es, en este sentido, contribuir de modo causal y determinante a la producción de algo.

            Completamente opuesta a esta corriente es la que niega absolutamente la validez de cualquier lenguaje y concepto causalista, propugnando su eliminación (en este ámbito) en favor de la ‘libertad de querencia’. Esta es una posición que hunde sus raíces en la obra de Wittgenstein y tiene en A.I. Meldem a uno de sus más conocidos representantes.

            Alejado del causalismo se encuentra también A. Kenny, para quien el actuar intencional no puede traducirse en términos causales, esto es, la acción voluntaria no puede explicarse en función de sus causas. Ello no le lleva, no obstante, a secundar las tesis ‘descriptivas’ de Meldem, sino a postular una articulación dialéctica entre motivos y libertad.

            D.C. Dennet, por su parte, es un firme defensor del ‘actuar conforme a la idea de libertad’ y (de algunas formas) del libre albedrío ‘como necesidad’; crítico donde los haya del principio que sostiene que sólo se actúa libre y responsablemente cuando se podría haber obrado de un modo distinto. Señala la alarma y tabúes con la que se reflexiona sobre el determinismo; propugnando una visión abierta, plural y débil del mismo.

            El paisaje es, ante todo, un bosque de paradojas. La relación sujeto - acción intencional no es reducible a la tradicional ‘causa - efecto’. No puede decirse de ella, sin adjuntar no pocos matices, que sea una relación ‘externa’.

Y a la inversa, no cabe afirmar, sin una buena cantidad de matices, lo contrario. Ni naturalismo radical, ni contextualismo radical, abren la puerta a la imputabilidad, a la responsabilidad,...

“La adscripción de responsabilidad sería imposible tanto si las acciones se redujeran a efectos naturalmente producidos como si su fijación dependiese sólo de contextualizaciones convencionales. En cambio, que el agente haga suyos los motivos que hacen reconocible una acción es lo que permite responder de ella, enlazándose así de un modo práctico la identidad activa del agente con la unidad objetivamente registrable de lo efectuado. La autodeterminación hacia una acción perdería su razón de ser tanto si faltaran los motivos como si éstos fueran convencionalmente adscritos a una acción ya realizada” (Ferrer 1996: 105).

 

Autodeterminación y acción.

 

            Si en vez de un acercamiento parcial, este trabajo se hubiera propuesto una profundización paulatina en el concepto de ‘autodeterminación’; la acción, como manifestación superficial de la autodeterminación, debiera haber sido uno de los puntos de partida. No en vano la acción humana es la cristalización de la autodeterminación.

            Aparece aquí, ya a medio teclear, acercándose al meridiano de esta reflexión y sirviendo de base, junto a los anteriores apartados, al devenir posterior.

Ha de tenerse en cuenta que no era objeto de este estudio realizar el recorrido de la acción al sujeto causante; sino un recorrido transversal en el que la acción, como antes la volición y después la temporalidad, dibujan una geografía a la que, después, se añadirán fronteras.

 

            Algunas de las claves empleadas en el acercamiento a la volición, sirven para este otro acercamiento a la acción, indisolublemente ligado a aquel.

            El aspecto reflexivo, por ejemplo. Teniendo como horizonte la idea de responsabilidad moral, o la de imputabilidad, no basta el reconocimiento del sujeto origen de una acción concreta; es preciso que el sujeto se reconozca en esa acción, en las razones que han guiado tal actuación.

Se puede afirmar, y en lo que hace al ámbito normativo vale tanto para lo moral como lo legal, que la ausencia de ese reconocimiento convierte al sujeto en agente in-imputable, sobre el que carece de sentido cualquier nota ética o jurídica.

Sirvan como ejemplo los niños de corta edad o los enfermos mentales, casos en los que no cabe condena ética o jurídica pues son, en sentido estricto, inimputables y no tienen obligaciones morales de ningún tipo.

En el caso de los niños pequeños y de los enfermos con cura, es la toma de conciencia -progresiva- de lo que es un deber moral, de forma paralela a la adquisición del uso pleno de las facultades racionales[11], al control -paulatino- de uno mismo y al reconocimiento de las necesidades de los demás; lo que hace que, poco a poco, se abandone aquella situación en beneficio de la contraria.

De la misma forma, la ausencia de autodeterminación o la limitación de esta capacidad (es el caso de la obediencia debida o de las disfunciones entre norma moral y norma legal) quita sentido a plantear posibles imputaciones o determinar posibles responsabilidades. O cuando menos obliga a introducir atenuantes o eximentes, en sus distintas expresiones.

 

            Hay, no obstante, aspectos novedosos, que son los que interesa destacar antes de continuar. En concreto la unidad de la acción con la identidad del agente; unidad que se mantiene, e incluso establece, virtud a la autodeterminación. Sin ella, tal unidad no se manifestaría. El agente que se autodetermina, lo hace hacia una acción. El sujeto se autodetermina en la volición, sin la cual, obviamente, no cabe hablar de voluntariedad en la relación acción-efecto.

 

            Ni unidad ni reflexividad están exentas de paradojas y problemas; de los que son buena muestra las obras de Velleman sobre la identidad, Watson sobre la polémica ‘deseo versus valor’, el ya citado Chisholm, Frankfurt y la reflexión sobre los motivos, y Searle o Harman, defensores de la tesis de la autorreferencialidad.

            En este contexto, las categorías causalistas, muy levemente reseñadas con anterioridad, son de nuevo un elemento clave en torno al que se alzan tesis contrapuestas; un elemento clave en el análisis de la relación ‘volición - acción’. Elemento importante, pero no suficiente, pues existen causaciones que no son acciones y factores operativos causales que acompañando a un suceso, no hacen de este acción intencional.

            A estas altura cabe ya afirmar que la volición no es el efecto que origina la acción sino que, por el contrario, la realización voluntaria de lo que sea es inseparable del hacer ese lo que sea. El contenido del querer intencional se vuelca sobre la acción, la caracteriza, haciendo que esta sea intencional.

A primera vista, entonces, bastaría con determinar el contenido de una intención para conocer las condiciones de su realización, que están incluidas en aquel. Pero esta autorreferencialidad básica es insuficiente y no alcanza a explicar intenciones de segundo orden -querer querer hacer- o paradojas situadas en los límites de la autodeterminación -querer hacer y no hacer; tener que hacer y no hacer; etc.-.

El papel central en la relación volición - acción ha de recaer en un tercer elemento: el agente o sujeto. Las intenciones no refieren a otras intenciones; es el individuo, en virtud de sus querencias, quien se autodetermina hacia intenciones de segundo grado, actos[12], etcétera.

Volición y acción, o si se prefiere la volición de la acción, remiten a un sujeto en movimiento, que resuelve y ejecuta. Es en este sentido que puede afirmarse que lo que la volición añade a lo que acaece es la exposición de la autodeterminación del agente. Una autodeterminación que no puede separarse de la causación de la acción – efecto.

Con otras palabras, y compilando argumentos anteriores, más que un sujeto que determina una volición, debe hablarse de un sujeto que se autodetermina en la volición, y que determina el carácter voluntario de la acción-efecto.

            Ahora bien, ha de quedar claro que no hay en este sujeto autodeterminativo un momento causal originario o primero, del cual deriven linealmente las consecuencias o efectos del actuar determinado. Hay que considerar a la acción como el actuar en sí y como el movimiento o cambio producido. Y ello a una.

            La acción, pues, es el espejo de la autodeterminación a la vez que resultado de esta. Y tanto en su doble papel de resultado-reflejo es (como se deduce de las líneas precedentes) única; pero también contingente. Yendo ambas características estrechamente ligadas.

 

Autodeterminación y temporalidad.

 

            Recapitulando, ni la volición ni la acción son momentos primeros, causales o iniciales del movimiento autodeterminativo. Ello, amén de dar primacía al agente en en seno de la relación tripartitia a la que se ha hecho mención en los pasajes anteriores; obliga a reconocer la existencia de dos temporalidades distintas, en relación a esta cuestión: la modal y la existencial originaria.

La primera hace relación al acontecer presente, pasado y futuro. La segunda se sitúa en la línea misma en que lo hace el movimiento autodeterminativo (esto es ‘antes-ahora-después’).

            Ya había quedado escrito que la autodeterminación implicaba la certeza de sí mismo y, también, la conciencia de la apertura de posibilidades. Esa apertura nos coloca ante la autodeterminación como proyección en el tiempo. Ante el presente del autoreconocimiento, de la intención, del querer; el presente de estar autodeterminandose. Ante el futuro, del por-venir y también del querer. Ante el pasado de lo decidido.

                Pero tratando de la autodeterminación la temporalidad no se divide en pasado, presente y futuro; de forma estanca, cerrada. Sus partes no se corresponden con el uso impermeable de los tres tiempos. El presente es presente a la vez que pretérito.

            A los efectos últimos de este teclear, adentrarse en esta cuestión supone alejarse levemente del orden discursivo, diseminando ideas; pero merece la pena  aunque sólo sea por recordar al Kierkegaard que afirma que no existe el tiempo sin desasosiego.

 

LÍMITES DE LA AUTODETERMINACIÓN.

 

            Sería, qué duda cabe, pecar de una excesiva ingenuidad considerar la autodeterminación -individual o colectiva- como algo absoluto, ilimitado, potencialmente infinito. Ya se advertía, tratando de la imputabilidad y responsabilidad legal o moral, que esta era posible en la medida que existieran un reconocimiento de sí y de la acción, de un control de sí mismo, de la adquisición del pleno uso de las facultades racionales,... y, se añadía, un reconocimiento de las necesidades de los demás.

Es contextualizada cuando y donde la autodeterminación adquiere su máximo significado.

            En el trazo de la geografía autodeterminativa, estos son los apuntes y pinceladas dedicadas a sus fronteras, límites, márgenes,... Márgenes culturales considerados en una doble vertiente, la histórica y la social.

Este capítulo se limita a señalar la existencia de condicionantes, de elementos externos que moldean la iniciativa autodeterminativa.

La voluntad autodeterminativa, no obstante, a veces choca con los límites de la ‘normalidad’. La universalidad  de los márgenes de la autodeterminación es, en algunos casos, más que dudable. Ambos aspectos hunden sus raíces en las líneas que siguen, pero quedan para el último capítulo.

 

Determinantes históricos.

 

            La paradoja de la relación ‘autodeterminación-historia’ es inmediata: la autodeterminación es un elemento que permite explicar la historia, la autodeterminación es un motor del movimiento histórico; pero al mismo tiempo la autodeterminación se practica en el contexto de hechos históricos ya determinados.

            La intervención volitiva o intencional del sujeto en la sucesión histórica, está sujeta a no pocos límites. La herencia histórica, por ejemplo, se erige en claro determinante que en ocasiones obra a espaldas de los deseos e intenciones del agente. Hay dependencias del pasado, cercano o lejano, no previstas e incluso no conocidas. En este sentido cabe secundar la tesis de Bloch o Lebesque para firmar que el conocimiento del pasado refuerza la capacidad y posibilidad autodeterminativa.

El ser humano y la tierra se corresponden.

Los Estados fuertes construyen ciudadanos sin raíces.

El pasado y el presente se comunican.

Los Estados fuertes construyen ciudadanos amnésicos.

Los pueblos sin raíces y sin historia son pueblos indefensos”[13]

            Escritas desde una perspectiva política, las palabras de Auclair y Deschamps son, sin embargo, trasladables a la reflexión filosófica sobre la autodeterminación individual: El olvido, la amnesia, el desconocimiento de un pasado que determina parcialmente el presente, condiciona no sólo a los pueblos, también a las personas. La citada limitación de la capacidad autodeterminativa es una expresión de este condicionamiento[14].

            Como condicionante histórico de la autodeterminación se encuentra también el propio carácter finito y singular del agente autodeterminativo. Tal agente es un sujeto histórico, carente de un saber omnicomprensivo[15].

            Merece destacarse, por otra parte, que es en el debate sobre los determinantes históricos donde cobra fuerza la noción de ‘eficacia’ en relación con agente. Eficacia y autodeterminación aparecen, en tal contexto, como conceptos correlativos en el seno de la acción.

            El sujeto autodeterminativo, por lo demás, -se sigue aquí a Ricoeur- es sujeto histórico, o de la Historia, en la medida que es agente activo. Y esta actividad se desarrolla gracias a vínculos de pertenencia participativa y merced a la mediación de símbolos e incluso mitos.

La participación es, pues, un elemento clave para el desarrollo eficaz de la autodeterminación.

            Los determinantes históricos, en fin, han de calificarse de diacrónicos. Actúan como “vía de enlace contingente entre decisiones ya dispuestas en el marco social” (Ferrer 1996: 136). No eliminan, en este sentido, la autodeterminación; obligan a situar en un plano fondo la contingencia en la acción. Un plano al que cubren capas de colectivización y, en último término, la contingencia de la serie histórica.

En la medida en que las partes no son totalmente reabsorbidas, ha lugar para mantener la validez de la idea autodeterminativa en el análisis histórico, salvándola de un determinismo anulador, aunque reconociendo un determinismo que puede ser fuerte, pero no total.

 

Determinantes sociales.

 

            La geografía de la autodeterminación quedaría, como se ha dicho, incompleta si se obviara el hecho de que su expresión presente se realiza, como también se ha señalado, en el seno de una colectividad. Una colectividad que marca márgenes a la autodeterminación, sin eliminarla, sino insertándola en la dinámica social. Una dinámica social de la que, desde ya, hay que destacar un elemento: la inter-acción.

            Las pautas de esta inserción la marcan, obviamente, unas reglas. Reglas que han de ser aceptadas en por acuerdo libre de los agentes sociales; pues en la total imposición la autodeterminación se anula. La idea de contrato social, siquiera como imagen ideal, como mito, es, en este sentido, imprescindible.

            Los roles son otra de las herramientas de la inserción social de la personalidad. Los hábitos y costumbres, por otra parte, formados sobre la herencia cultural y la interacción social, también condicionan y moldean el ámbito y las posibilidades de la volición, la acción y la autodeterminación.

            Obviamente, la propia educación determina la capacidad educativa. Y relacionada con esta, el desarrollo de la capacidad comprensiva del mundo circundante.

 

            Berger y Luckmann[16] postularon la relación dialéctica ‘exteriorización-objetivización-interiorización’ para explicar el proceso social de construcción de la realidad. La misma dialéctica sirve para el estudio de la acción, atendiendo a motivaciones, producciones, respuestas,...

Completada con conceptos como la ‘institucionalización’ o ‘pautalización’ nos sitúan ante una realidad limitante, plena de obligaciones, que, no obstante, no anula -ya se había advertido- la capacidad autodeterminativa y la posibilidad de su uso. La disfunción realidad - demanda - oferta es un hecho en nuestras sociedades.

Estas disfunciones pueden limitarse a la toma de distancia del agente respecto a los roles, o alcanzar incluso la ruptura de la norma mayoritaria de regularización de la conducta. Una y otra posibilidad refieren a dos de  las formas en que puede expresarse la libertad. Libertad individual y libertad social.

            El reconocimiento de la acción al que se hacía mención en el capítulo anterior tiene aquí especial relevancia. No en vano el significado que en cada caso concreto se confiere a una acción marca el modo en que la autodeterminación encaja en el ámbito social. Reconocimiento propio, pues, pero también reconocimiento externo afectan a la autodeterminación que se estudia.

Todo ello, obviamente, no está exento de paradojas; las más importantes de las cuales proceden de la aplicación social de conceptos ya tratados en este trabajo como el de ‘intrasferibilidad’ y ‘unidad’.

Es algo, en cualquier caso, que obliga al matiz y a la pluralidad, no a la negación. En el estudio de la autodeterminación, como en la autodeterminación misma, paradojas y límites, márgenes y contradicciones, en vez de clausurar rutas, abren la puerta de las alternativas (en plural).

            “Actuar en el marco de una cultura significa que los participantes en la interacción toman interpretaciones de un acervo de saber, culturalmente asegurado e intersubjetivamente compartido, para entenderse sobre su situación y sobre esa base perseguir sus respectivos fines”  (Habermas 1981: 327).

Son palabras de Habermas referidas al pensamiento de Parsons. Refuerzan la noción de determinantes históricos y sociales que, superficialmente, se ha relatado. Pero precisan de un contraste[17]. Habermas introduce la variable de la movilidad, valga la redundancia, la variable de la variabilidad. El acervo cultural, el transforndo social, el contexto,... no es algo cerrado, impermeable, sino sujeto a diálogo, a la acción comunicativa.

Se ha hablado ya de disfunciones. Ni el pasado ni el presente pueden entenderse como monólogos; cabe respuesta a ellos. Una respuesta que, sería deseable, habría de desarrollarse en el terreno de la comunicación libre y abierta.

 

Las leyes ¿Límite para la autodeterminación?

 

“Uno de los más perniciosos equívocos a los que está sometido el hombre posmoderno es el que se deriva de la tendencia acrítica a identificar lo legal con lo moral”.

Juan A. Herrero Brasas.

 

 

            Es quizá una de las ideas más extendidas en las democracias occidentales: la ley debe obedecerse. Pocos elementos tienen tanto arraigo en nuestra cultura socio-política como el de la obligación de obedecer la ley.

Planteamientos como los del imperativo de disidencia (Muguerza) o la obligación moral de la desobediencia, por contra, son una parte residual de esa cultura, encarnada en discursos y acciones minoritarias.

No se trata en este último capítulo de responder a si la legislación crea obligación moral; de responder a cómo, o cómo no, obliga lo normativo-legal en conciencia al individuo (ciudadano); de responder a si cabe plantear una obligación fundamental de desobedecer a la ley;...

Obviamente el trazado a seguir recorre porciones de las pertinentes respuestas. Pero es algo más concreto lo que ocupa esta parte del teclear: ¿Es la ley un límite absoluto para la autodeterminación individual?

            Es fácilmente constatable que, en la práctica, no es un límite para la autodeterminación; o hablando en propiedad, no es un límite infranqueable. Y ahí está todo el abanico de infracciones de todo tipo presentes en el día a día de nuestras sociedades. Infracciones que son punibles y respecto a las cuales cabe afirmar la responsabilidad del actor merced, precisamente, a la autodeterminación del mismo.

Así pues, la ley puede considerarse un límite. Pero de este límite no puede afirmarse que sea absoluto. Encontramos merced a esta pregunta una característica que hacer extensiva a la reflexión general sobre los límites (si se quiere añadir, prácticos) de la autodeterminación: la permeabilidad.

 

            El tema que, en lo concreto, nos ocupa, no se agota en la constatación sencilla y superficial de la existencia de delincuencia. Contiene interesantes paradojas; algunas aparentes y otras de gran calado.

Por ejemplo, la relacionada con la obligación moral de transgredir la ley (emparentada con las figuras de la objeción de conciencia y de la desobediencia civil). A primera vista parece situarnos ante la encrucijada de una ‘determinación’ de la transgresión. En realidad se está ante un ejercicio autodeterminativo: aquel que opta por actuar conforme a su propia conciencia moral, aún en el caso de que tal acto suponga una transgresión de una o varias leyes.

           

            Aunque quien firma este recorrido no coincide plenamente con esa perspectiva[18], a efectos de la reflexión que contiene bien puede aceptarse que la obligación fundamental de obedecer la ley ha de ser una obligación moral. Como señala Peter Singer[19], esta obligación ‘última’ de obedecer a la ley no puede ser una obligación legal. La ley no puede ser el fundamento de la obediencia a la ley, ya que, si tenemos en cuenta que las obligaciones legales derivan de leyes, precisaríamos de una ley que nos obligara a obedecer la ley, otra ley que nos obligara a obedecer la ley que nos obligaba a obedecer la ley,... y así.

            Situar la fundamentación última de la obligación (o no obligación) de obediencia al derecho lleva a considerar como moralmente obligatorias aquellas leyes que son formulación legal de una obligación moral coincidente.

Cuando esto no sucede son el miedo a la acción punitiva, la cortesía hacia la comunidad, la ignorancia, la comodidad,... los que determinan y explican la obediencia.

            “La obligación moral de obedecer la ley convive, pues, con la obligación moral de desobedecer la ley. Comparte espacio, habitación, cama,... El cepillo de dientes ya no. Son una pareja de hecho, aunque una sea muy gorda y la otra esté bastante ‘escuchimizá’” (Olmo 1997: 16).

            Sería, además de un error, pecar de ingenuidad, pensar que todas las leyes que se promulgan en una democracia son justas o perfectas. De la misma manera, tampoco se puede asumir sin más que las leyes promulgadas por un gobiernos democráticamente elegidos, e incluso sancionadas por la máxima autoridad jurídica, vinculen moralmente a las personas gobernadas.

De ahí que pueda hablarse de leyes de ‘moralidad perfecta’, leyes de ‘moralidad imperfecta’ y leyes inmorales. En este último caso, el individuo que quiera actuar moralmente debe desobedecerlas.

 

            ¿Es este querer actuar una volición, y en su caso acción, determinada? ¿O más bien, como ya se había apuntado, un ejercicio de libre y responsable autodeterminación? Planteando la cuestión en su justo término ¿A qué tipo de obligación refiere el ‘debe’ recién señalado?

Se trata de una obligación positiva, es decir, relativa, imperfecta. Por obligación positiva se entiende aquella para cuyo cumplimiento no basta abstenerse de realizar un determinado acto, como es el caso de las obligaciones negativas o perfectas. Las primeras son menos estrictas de las segundas y su grado de cumplimiento puede estar en función de numerosas circunstancias, hasta el punto incluso de resultar irrealizable o de ser excepcional su realización (y por ello no absolutamente exigible)[20]. “No se puede exigir a nadie la obediencia a la norma moral (que en este caso significaría la desobediencia a la norma legal) cuando el precio a pagar entra dentro de lo “heroico”” (Herrero Brasas 1995: 245).

 

            La desobediencia a la ley, en base a la obediencia a la norma moral, constituye, habida cuenta la persecución penal del acto ilegal, una obligación moral cuyo cumplimiento sólo es exigible a cada individuo en la medida en que, atendiendo a sus condiciones particulares, resulte razonable.

El individuo que autodetermina consciente, reflexiva  y racionalmente su acción hacia esta forma peculiar de infracción cae de lleno en el ámbito de la imputabilidad y la responsabilidad, gracias, precisamente, a la existencia de un ejercicio autodeterminativo que, repitiendo y finalizando, no encuentra en el derecho positivo un límite infranqueable.

Dándose el caso, además, de que imputación y exigencia de responsabilidad no ha de traducirse necesariamente en ‘condena’, en virtud de figuras (también citadas) como la eximente[21].

            Exigencia de responsabilidad, dicho sea de paso, también exigible moralmente (aunque de nuevo nos encontremos ante una exigencia no absoluta) a quienes obedecen la ley. No en vano esta obediencia implica, valga la redundancia, la responsabilidad del ciudadano que, cuando se somete a una ley injusta, carga con una parte de la responsabilidad de esta injusticia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA.

 

· Auclair & Deschamps, Bran Ruz; Totem, Madrid, 1981.

· Berger, P.; Luckmann, Th.; La construcción de la realidad; Amorrortu, Buenos Aires, 1979.

· Bobbio, N.; Matteucci, N.; Pasquino, G.; Diccionario de Política, S. XXI, Madrid, 1981.

· Dennet, Daniel C.; La Libertad de Acción; Gedisa, Barcelona, 1992.

· Ferrater Mora, J.; Deccionario de Filosofía; Sudamericana, Buenos Aires, 1969; Alianza, Madrid, 1980.

· Ferrer, U.; La Autodeterminación y sus paradojas; Universidad de Murcia, Murcia, 1996.

· Goldmann, L.; Introducción a la Filosofía de Kant; Amorrortu, Buenos Aires, 1969.

· Habermas, J.; Tehorie des kommunikativen handelns; Suhrkamp, Francfort, 1981.

· Habermas, J.; Teoría de la Acción Comunicativa; Taurus, Madrid, 1987.

· Herrero Brasas, J.A.; Rompan filas; Temas de Hoy, Madrid, 1995.

· Hobsbawn, E.; Nations and Nationalism since 1970;  1990.

· Kant, I.; Grundlegung zur Metaphysik der Sitten; Werkausgabe, Suhrkamp Taschenbuch Wissenchaft, Frankfurt, 1968. 12 Tomos (tomos 7 y 8).

· Kant, I.;   La Metafísica de las Costumbres; Tecnos, Madrid, 1989.

· Kant, I.;  La paz perpetura; Aguilar, Madrid, 1969; Tecnos, Madrid, 1985.

· Kedourie, E.; Nacionalismo; Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1985.

· Simmons, A.J.; Moral principles and polítical obligations; Princeton University Press, 1979.

· Singer, P.; Democracia y desobediencia; Ariel, Barcelona, 1985.

· Villanueva, J.; Diccionario crítico de la Autodeterminación, Gakoa, Donostia;  1990.

 



[1] Sirvan como ejemplos las que el artículo, a las que podemos añadir, como referencia, la de N. Bobbio, N. Matteucci y G. Pasquino en DICCIONARIO DE POLÍTICA (S. XXI, 1981-82, pags. 99-103): ‘Generalmente se entiende por autodeterminación o autodecisión la capacidad que poblaciones suficientemente definidas desde el punto de vista étnico o cultural tienen para disponer de sí mismas y el derecho que un pueblo tiene en un estado de elegirse la forma de gobierno’.

[2] Buena parte del pensamiento libertario posterior a Bakunin es un buen ejemplo.

[3] Distinción esta, si se quiere ser quisquilloso con el uso de las palabras, problemática; por cuanto cabe hablar de ‘autodeterminación en los actos internos de la voluntad’. Lo que obliga a detenerse  en separar estos de la ‘autodeterminación en la acción’. Pero este es objeto de una indagación general en las paradojas de la autodeterminación, una indagación en torno a las fronteras de los dos espacios citados; no de este teclear.

[4] This at least I think evident, that we find in our selves a Power to begin or forbead, continue or end several actions of our minds, and motions of our bodies...’

LOCKE,J.; An essay concerning human undestanding, II, Cap. 21, P.5, Clarendon Press, Oxford, 1975, p.236.

[5] En la heteronomía encuentra Kant el origen de los principios ‘inauténticos’ de la moral. Principios bajo los que se oculta el problema de la libertad de la voluntad, esto es, el problema de la auténtica moralidad de los actos.

[6] Noción procedente del siglo XVII, desarrolladoa durante el siglo XVIII, presente en la obra de Malebranche, Montesquieu, Diderot, Rousseau.

[7] El ‘querer’, precisamente, protagoniza parte importante del pensamiento de un ausente en el incompleto acercamiento histórico al concepto de voluntad: Maine de Biran. Autor de un cogito trastocado - ‘volo, ergo sum’ - que resume una epistemología realista y volitiva.

En ella se encuentra una de las raíces de la obra de otro ausente, Galluppi, que concibe el querer como base sobre la que se asientan todas las ‘potencias’.

[8] Y no sobra volver a señalar lo problemático de una sustantivación de la volición, una reificación de los actos de voluntad.

[9] A los que cabe considerar sinónimos, como en el caso de ‘voluntad’ - ‘acto de voluntad’, fundamentalmente a efectos de no repetirse; siempre que se advierta que la sinonimia no es completa y que el término ‘libre albedrío’, aún teniendo a veces el mismo significado que libertad, se distingue de este otros (en San Agustín, por ejemplo, la distinción es clara).

El concepto de ‘libertad’, por lo demás, se entiende y usa de muy diversas maneras y en muy variados contextos.

[10] O, para ser más exacto, en la relación tripartita ‘agente de la volición y de la acción’, ‘volición’ y ‘acción’.

[11] La relación razón-acción es, de hecho, una de las claves para la determinación de la autodeterminación que, a grandes piceladas, se desarrolla aquí. El hecho de aducir razones para la acción señala el papel propio de la autodeterminación y señala una de sus características estructurales: no hay relación nómica entre antecedentes y efectos. Lo cual refuerza la tesis de la contingencia, frente a la de la necesidad (que elimina la figura de la autodeterminación).

Señala también el carácter referencial, ya que así es la relación existente entre la acción y sus razones explicativas.

[12] Actos no sólo intencionales, también decisionales y ejecutivos. Los tres íntimamente ligados.

[13] Auclair & Deschamps, Bran Ruz, Totem, Madrid, 1981.

En una línea semejante es fácil encontrar otras coordenadas en forma de citas: “La ignorancia del pasado no se limita a entorpecer el conocimiento del presente; también condiciona la propia acción presente” (Marc Bloch.).  “Toda la historia es contemporánea Lo que dejo de conocer me condiciona en lo más presente”. (Morvan Lebesque). “Necesitamos la historia, pero la necesitamos no como el holgazán malcriado en los jardines del saber”. (F. Nietzsche). “La historia es objeto de una construcción cuyo lugar no es el tiempo homogéneo y vacío, sino el ‘tiempo actual”.  ( Walter Benjamin.)

[14] La elección de la palabra condicionamiento no es casual. Ha de entenderse que los determinantes históricos del tipo reseñado no tienen por qué convertirse en un determinismo radical sobre el sujeto.

[15] FERRER, U.; Op.cit., pp. 131.

[16] BERGER, P., LUCKMANN, Th.; La construcción social de la realidad, Amorrortu, Buenos Aires, 1979.

[17]  Que el propio Habermas realiza en la citada obra no sólo respecto a Parsons sino, también , a Weber.

[18] Ni ignora la existencia de otras, completamente opuestas, como la negación del deber de obediencia al derecho de Felipe González Vicén.

[19] SINGER, P. Democracia y desobediencia, Ariel, Barcelona, 1985, pp. 11 y ss.

[20] A este respecto es interesante el libro de Simmons, A.J., Moral principles and political obligations, Princeton University Press, 1979.

[21] El capítulo II del Título Y del Código Penal de 1995, por ejemplo, está dedicado a las causas que eximen de responsabilidad criminal. Causas entre las que encontramos (art. 20.4) el obrar en defensa de la persona o los derechos propios o ajenos (siempre que concurran una serie de requisitos que, para actuar a modo de ejemplo, no es preciso citar).

 

 

 

VOLVER A LA PORTADA