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El ataque a la enseñanza: una contrarrevolución ideológica

Javier Fisac Seco

 

Cuando Esperanza Aguirre presume de que ella es liberal, no es que no sepa lo que dice, es que lo que está diciendo es que es partidaria del liberalismo económico. Ese que viene provocando el caos y la miseria desde 1929, provocando una Segunda Guerra Mundial y derrotado en la postguerra cuando los laboristas en Inglaterra nacionalizaron el Banco de Inglaterra y la coalición social-comunista-gaullista nacionalizó el Banco de Francia, entre otras nacionalizaciones, instaurando en lugar del liberalismo depredador una economía social y de mercado, en parte capitalista y en parte, fundamentalmente, planificada. Modelo que partiendo del caos consiguió gracias a la construcción del Estado-Sociedad de bienestar, transformar una Europa arruinada por el totalitarismo en una Europa del bienestar social.

El problema que tenemos desde posiciones sindicales, de izquierda y progresistas es que hemos perdido la perspectiva ideológica de que la economía social de mercado, esa en la que la izquierda, cuando era más progresista, eligió el bienestar del ciudadano y la derecha, como grita enloquecida Esperanza, el beneficio del capital, ese modelo tiene también un alma capitalista, dispuesta a devorar la social.

El liberalismo refugiado a la sombra del bienestar social por razones de supervivencia, no ha dejado de alimentarse a costa de éste, madurando hasta volver a dar el asalto a la conquista del Estado de bienestar. Mientras existió el bloque comunista no se atrevieron, pero perfilaban sus caninos dientes. Desde su desplome y desaparecido el escenario de la “guerra fría”, han perdió el miedo y la vergüenza a proclamar a los cuatro vientos que son enemigos de la sociedad de bienestar y que son de derechas. ¿Pasa, algo? proclaman con orgullosa histeria desde sus medios.

Pero detrás de la ofensiva del capital, como en toda lucha de clases, que todavía hay clases, existe una contrarrevolución ideológica. Toda reacción necesita su legitimación ideológica. Y esa ideología, también renacida de la derrota y de las cenizas del totalitarismo, la encarna el catolicismo en España y las iglesias cristianas en todo el Occidente. Del Oriente nos viene la contrarrevolución islamita que aliada con la cristiana están dispuestos a destruir los derechos individuales.

La enseñanza pública es el refugio ideológico de los valores progresistas, con algunas excepciones, y ese reducto de libertad no lo pueden soportar ni la derecha ni su aparato intelectual: la Iglesia católica, cristianas o musulmanas. Estamos asistiendo, indiferentes, a una contraofensiva ideológica. La religión monoteísta que no es otra cosa que la ideología y la conciencia de clase de la clase dominante, en cualquier tiempo histórico, es la primera en movilizarse movilizando a sus fieles contra todas las trincheras levantadas sobre el ejercicio de las libertades. Ya se movilizaron en los años treinta legitimando la contrarrevolución nacionalista de Franco o la instauración del fascismo de Mussolini, entre otros totalitarismo. Cómo puede haber almas cándidas que se extrañen de que vuelvan a sus orígenes si nunca han podido dejar de ser lo que son: totalitarios.

No soportan la libertad. Esa cosa que nos permite tomar nuestras propias decisiones y perseguir la felicidad, incluso gozando con nuestros cuerpos y con los de otros, si se dejan. No soportan que seamos libres; no soportan que seamos feministas; no soportan que seamos homosexuales; no soportan que seamos lesbianas; no soportan que seamos jóvenes; no soportan que seamos hedonistas; no soportan que seamos abortistas; no soportan que seamos librepensadores; no soportan que seamos divorcistas; no soportan que llevemos, por llevar algo, tanga; no soportan que tomemos la píldora; no soportan que seamos adolescentes y nos guste disfrutar, porque podemos, con el placer; no soportan que despreciemos el martirio, la castidad y la sumisión. El problema es que no nos soportan.

Porque no soportan nuestros valores y nuestros derechos necesitan, obsesiva y patológicamente, destruirnos, destruyendo nuestra identidad, nuestro yo. Ya empezaron a movilizarse contra estos valores y derechos gritando, bajo el símbolo de la cruz como cruzados y bajo el mando militar del clero contra ellos y contra su personificación: la asignatura de Educación para la Ciudadanía, contenida en el Título Iº de la Constitución. Una asignatura desprestigiada y arrinconada cuando debería ser el símbolo y garantía de la difusión de las libertades contra la invasión totalitaria de sus enemigos. Una asignatura que deberían enseñar profesores itinerantes, designados desde las consejerías o parlamentos, en los colegios católicos, como condición necesaria para recibir sus ricas subvenciones. Y que debería ser materia de examen inevitable para pasar de un nivel a otro. Incluso en la Universidad. Y por supuesto para quienes quieran adquirir la nacionalidad española o europea.

Y sin embargo, parece ser que hemos perdido la batalla, porque nadie, ni la izquierda en el parlamento y los parlamentos la defienden como deberían porque de la difusión de esos valores y derechos dependen las libertades de todos. El ataque brutal, general y en desbandada iniciado por la derecha clerical contra esta asignatura por los valores y derechos que contiene, fue el primer aviso del ataque brutal que están lanzando contra la enseñanza pública porque en ella se refugian los valores que necesitan destruir para, destruidos los enseñantes progresistas, reinstalar el nacionalcatolicismo. Por qué ha de extrañarnos, si esa es su ideología desde los tiempos de la peste. El clero, como su derecha, necesita profesores obedientes, sumisos, sacrificados y castrados. Sólo entonces serán felices.

¿Qué hacer? Ya alguien se hizo esta pregunta antes que yo. Como no entendamos todos y cada uno que todos somos feministas, que todos somos lesbianas, que todos somos librepensadores, que todos somos homosexuales, que todos somos hedonistas, que todos somos abortistas, que todos somos adolescentes, que todos somos divorcistas, que todos tomamos anticonceptivos, que todos somos ateos, que todos nos ponemos el tanga, que todos despreciamos el martirio, la castidad y la obediencia…como no entendemos que todos somos todos, y no lo voy a explicar, empezarán a destruirnos de uno en uno, como si no fuera con nosotros, hasta que al final no quedará nada más que nacionalcatolicismo.

Ante el silencio de una izquierda amodorrada, los movimientos sociales ya se han puesto en marcha defendiendo los valores, las libertades y las conquistas sociales que tratan de arrebatarnos. ¿No sería necesario que estos movimientos espontáneos empezaran a coordinar sus movimientos desde la base, creando, al menos, un sistema de comunicación y un referente ideológico que nos permita pasar a la ofensiva contra esta contrarrevolución ideológica y social? O todos o ninguno.

Javier Fisac Seco

Historiador, caricaturista, novelista y diseñador artístico

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