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Ética del discurso de Karl-Otto Apel.

 Una ética de la universalidad y aplicabilidad pertinente para el mundo contemporáneo.

Víctor Hugo Alférez Jiménez[1]

Diciembre de 2006.

Salta a la vista que en nuestros tiempos de naufragios a diario, nuestra humanización, y con ella la de nuestras sociedades y culturas, tiene su clave más importante en la acogida que brindemos a quienes, incontables, vagan como extranjeros fuera de toda patria, huyendo de la injusticia, escapando de la miseria, y, siempre, tratando de salvar su dignidad. O la salvamos en serio, o no se salva nadie, en este mundo de tantas redes que se solapan, donde podemos quedar enredados por supercables de tecnologías que no valdrían la pena si no sirven para hacer que esta tierra de todos sea patria de la humanidad.[2]

 

                La situación actual del mundo ofrece una cantidad insospechada de tópicos a reflexionar. Hoy por hoy,  la sociedad mundial revela la gran urgencia de parar un instante, mirar alrededor y percatarnos de aquello que hemos construido paulatinamente y que configura nuestra realidad. Tal panorama, si bien es cierto que representa un testimonio fiel de lo que la creatividad y la ciencia humana son capaces de construir, también representa la revelación de lo que el hombre es capaz de hacer en detrimento de sí mismo.

            Un mundo rodeado de éxito, ciencia, tecnología, redes de comunicación que se extienden ad infinitud y que son capaces de vencer la distancia entre los extremos más distantes. Un mundo que ha sido tecnificado, que tiene los méritos para sustentar una vida que se vive de prisa, en el que los efectos del llamado “progreso” se extienden polarizadamente en todo el orbe, pero los efectos y la irradiación de la injusticia, la pobreza, los criterios poco tolerantes, los atentados contra la soberanía de naciones e individuos, la propagación de enfermedades propias del mundo contemporáneo y la destrucción del planeta que nos es común, se extienden sin discriminación alguna. Por ello, de entre todo lo que ha de preocupar al hombre y exige un trabajo de reflexión, en este trabajo nos avocaremos a  cuestiones éticas por ser aquellas que pueden ofrecer algún criterio para mediar la relación y sus formas, del hombre consigo mismo, con los otros y el entorno mismo. En efecto, “la expansión global de la ciencia moderna y la tecnología, han generado problemas morales de alcance planetario. Por lo tanto, necesitamos hoy más que nunca de una macroética”.[3]

            Así pues, es necesario tematizar la cuestión ética, plantear sus postulados más importantes, supuestos, retos y caminos estratégicos para formular o re-formular una perspectiva que sea capaz de ser significativa para el mundo contemporáneo, teóricamente sustentable y prácticamente realizable. Por tal motivo tengo que considerar que una de las problemáticas en que dicho tópico se inserta, son justo las perspectivas extremas en las que podemos caer y que, precisamente, este trabajo tiene por objetivo delinear la propuesta de Otto Apel que se inserta en una perspectiva intermedia.

            Hablar de perspectivas éticas es hablar de la legitimación de los principios o valores que han de regular o inspirar la conducta humana, por ello, el posicionamiento al que se pretende llegar a partir de la perspectiva ética apeliana, debe evitar a toda costa tanto el dogmatismo totalitario como la postura relativista extrema e ingenua.

El absolutismo totalitario consiste, grosso modo, en aceptar que han de existir una serie de valores o criterios cuyo significado y sentido está determinado con anterioridad a su ejecución o aceptación misma, esto es, existe un modelo y una posibilidad de la captación y /o posesión de la verdad absoluta, no sujeta a discusión alguna, por lo que, todo aquello que no concuerde con ella deberá ser rechazado o eliminado. Utilizar esta perspectiva en el ámbito ético, resulta profundamente peligroso porque –permítaseme inferirlo sin más- estamos hablando de la determinación irrevocable de ciertos valores que han de ser tenidos como tales y cuya aceptación, vivencia o aplicación se convierte en condición sine quae non para legitimar y justificar el proceder humano. Si bien es cierto que a simple vista una perspectiva de esta naturaleza, parece ofrecer ventajas ante la dificultad de la gran diversidad de criterios éticos existentes, no puedo darlo por válido, al menos no, antes de determinar el cómo de dichos criterios absolutos y totalitarios, el quién los determina, o bien, cuáles serán los parámetros de elección de algunos criterios y de eliminación de otros. En definitiva, la opción del dogmatismo totalitario que impone su verdad, -considerándola La Verdad, es cuestión que ha de tenerse que dejar atrás, defendiendo criterios que permiten la pluralidad de perspectivas y la co-construcción de criterios a seguir, así “fundamentación, universalismo, criterios y argumentación pretenden [...] salvarnos precisamente del dogmatismo y del totalitarismo de lo irracional”.[4] 

            El relativismo por su parte, se niega a aceptar la posibilidad de plantear un panorama universalista en todas las dimensiones de la vida, incluida la ética; en su lugar, propone atenerse al contexto inmediato, pues ve en él, el horizonte que determina el actuar de cada hombre, ve, en el mundo de la vida, su irrebasabilidad y, en la posibilidad de plantear una ética válida para todos independientemente de su contexto inmediato, sólo pretensiones perversas, ilusorias y risibles. Para el relativismo no es posible hablar de verdad, legitimación o fundamentación universal, éstas siempre serán particulares y nunca, de manera definitiva. Relativistas como R. Rorty, cree que estas cuestiones deben tratarse con la frivolidad necesaria y no tomarse demasiado enserio. A diferencia de la opción anterior, el mundo relativista es un mundo segmentado, donde cada una de sus partes tiene sus criterios con base en los cuales funciona y dado que la influencia del contexto o mundo de la vida no se puede trascender, tampoco es posible hablar de universalismos. Cada quien se justifica a si mismo y entre aquellos que compartan una misma tradición o lenguaje.[5]

            Con lo dicho hasta ahora, puedo proponer que la perspectiva ética buscada debe satisfacer exigencias varias. No puede coincidir, absolutamente, con ninguna de las dos anteriores, con la primera porque sus implicaciones nos remiten al autoritarismo e imposición, la segunda, porque no permite la posibilidad de un proyecto ético universal incluyente, donde todos tengan cabida en condiciones simétricas. En este sentido y siguiendo el decir de Apel: “[...] la tarea principal de la filosofía siempre ha sido y aún es, sustentar las pretensiones éticas universales y conceptualización de las relaciones humanas, aunque sólo puede hacerse bajo [...] la perspectiva de un mundo particularizado”.[6]

            Así pues:

El filósofo se encuentra siempre en un doble desafío: 2) la pretensión universalista, y, 2) a la predeterminación en su pensamiento fáctico; no sólo por sus experiencias específicas sino también por su precomprensión del mundo que comparte con sus contemporáneos y miembros de la misma comunidad sociocultural.[7]

            En efecto, la tarea ética actual supone alejarse de estas dos tendencias recuperando de cada una de ellas, aquellos aspectos que son necesarios e iluminadores y alejando, aquellos que no tienen cabida en el discurso actual. Así, la perspectiva ética buscada ha de ser capaz de proclamarse universal pero no absoluta, incluyente de las particularidades de las comunidades reales e históricas, pero no encerrarse en algunas de ellas divorciándose del resto. Una propuesta de este tipo y con tales exigencias, considero la podemos encontrar el la llamada “Ética del discurso” de Carl-Otto Apel misma que se ubica entre el universalismo puro y dogmático y el relativismo o etnocentrismo cultural.

            Para entender dicha ética discursiva es necesario aclarar sus supuestos, es decir, aquellos postulados que así como muestran su pertinencia, explican su contenido. Algunos de ellos son los siguientes:

φ     La determinación de la verdad. No podemos seguir adelante esbozando un modelo ético pertinente que pueda, considerando las particularidades, ser de carácter universal si antes no se determina la concepción de verdad de la que se parte. Para Apel, la verdad no puede decirse: 1) ni en términos de correspondencia entre cosa y realidad pues esto supondría, en tanto que, más que relación sujeto-objeto se vuelve una relación intramundana objeto-objeto, un observador externo que constatará dicha correspondencia;[8] 2) ni en términos de la verdad como evidencia propia de la postura fenomenológica ya que supone un captar, sin mediación alguna del sujeto, la verdad de la cosa de manera pre-lingüística y con ello, se vuelve irrelevante pues no se es capaz de decir cosa alguna de ella pues falta precisamente la interpretación lingüística de los fenómenos;[9] 3) ni como verdad propia de un determinado lenguaje pues lejos de iluminar el mundo de la vida se inserta sólo en un lenguaje artificial formalizado;[10] 4) ni como verdad resultado del consenso sin más, ya que esta perspectiva supone llegar a una determinación que no sea mejorable, es llegar a la misma idea de la verdad como correspondencia o como manifestación fenoménica pero por medio del consenso, una opinión intersubjetiva idéntica a la verdad y, en definitiva, no termina siendo sino sólo una opinión falible y provisional.[11]  En su lugar, Apel propondrá un modelo de verdad, sí intersubjetivo, de determinación dialógico-argumentativa, en definitiva, un modelo de verdad que sólo se da en el ámbito de lenguaje y que nos lanza no a una comunidad lingüística en particular o a una ideal, sino a la capacidad comunicativa de todos los hombres, en la cual, se da la experiencia del mundo. La verdad, por tanto, se da en el medio del lenguaje que, como capacidad comunicativa de todos los hombres, supone la posibilidad del discurso argumentativo para determinar normas éticas de aplicabilidad universal. De ahí, que Apel hable de una ética del discurso, o bien, de una ética procedimental. En este sentido, se pasa de una verdad solipsista, monológica y pre-lingüística, a una verdad, intersubjetiva, dialógica y lingüística.

φ     La ética del discurso supone dos partes fundamentales llamadas por su autor “parte A” y “parte B”.[12] La primera, parte de la pregunta de si es posible teóricamente una ética universal); la segunda, en cambio, se pregunta si es posible prácticamente aquella. Dichas preguntas, bajo el modelo apeliano se suponen mutuamente y deben realizarse de manera simultánea. Así pues, en la “parte A” se ha de cuestionar sobre la fundamentación abstracta y ésta, en cuanto a la fundamentación última pragmático-trascendental del principio de fundamentación de las normas y en cuanto a la fundamentación referida de normas situacionales. La segunda en cambio, se ha cuestionar acerca de la fundamentación referida a la historia

Con estas dos partes de la ética del discurso, Apel propone una perspectiva que se oponga fehacientemente tanto a una ética de normas incuestionables pero inaplicables, como una de normas aplicables pero irrelevantes. En su lugar, defiende un modelo ético cuyos principios fundamentales son tanto el de universalización como el de aplicabilidad.

φ     Una ética con estas características y pretensiones exige cambiar su modelo de fundamentación, pues, como se ha dicho, no puede partir de la conciencia fonológica, sino de una fundamentación pragmático-trascendental, “[...] en el sentido de una transformación y puesta en marcha pragmático-lingüística de la pretensión kantiana, formulada pero no realizada, de una fundamentación trascendental última de la ley moral”.[13]

En efecto, la ética del discurso debe defender la universalidad que Kant planteaba a partir del imperativo categórico que dicta:[14]

·        Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal.

·        Obra como si la máxima de tu acción debiera tornarse, por tu voluntad, ley universal de la naturaleza.

·        Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solamente como un medio.

Con tal imperativo, Kant creyó garantizar una norma ética universal, sin embargo, omitió como sería posible llegar a dicha norma pues apeló a una ley interior y aun modelo de racionalidad, que al ser igual en todos los hombres se infería la igualdad del principio del deber buscado. Apel por su parte, no puede dar por sentado esta ley universal en el interior del hombre en términos de sentido moral, de ahí que recurra a una fundamentación, sí trascendental pero a partir de la capacidad comunicativo-lingüística de todos los hombres y pragmática en cuanto al procedimiento a seguir para la determinación de las normas éticas en el contexto de una comunidad real de comunicación y una comunidad ideal necesariamente anticipada contrafácticamente.

φ     En esta ética del discurso o también llamada correctamente “ética procedimental” no puede pasarse por alto el supuesto de las comunidades implicadas. Apel, distingue en este procedimiento tanto una comunidad de diálogo real, histórica, con sus convicciones, valores y dificultades, que es, la que en última instancia, efectivamente dialoga; sin embargo, esto no supone que el resultado de tal ejercicio dialógico y de determinación de normas éticas, pueda pervertirse y seguir sus intereses para lanzarse a imponerlos a los demás, sino que es una comunidad que ha de tener con la disposición auténtica al diálogo y para ello, se da a necesaria tarea, adelantar contrafácticamente a la comunidad ideal constituida por todos los afectados, presentes y futuros, implicados en la decisión a tomar. De esta manera la norma ética emanada de está ética procedimental no es sino aquella en cuya definición participan todos los interesados (comunidad real) y en la que se consideran las consecuencias de su aplicación para todos los afectados posibles (comunidad ideal).

Al respecto Apel afirma:

Cada uno de nosotros, que argumenta seriamente –y esto es metodológicamente el punto ineludible en filosofía- debe presuponer dos cosas: que una persona es miembro de una comunidad real de comunicación, con sus antecedentes históricos de tradición y de pre-comprensión del mundo, con sus méritos y deficiencias, y al mismo tiempo es miembro de una comunidad ideal de comunicación, que no existe y nunca existirá realmente, pero que por extraño que parezca, debe presuponer e incluso anticiparse contrafácticamente como existente en todo argumento serio [...] Esto es así porque argumentar significa tener pretensiones de validez universal, cuyo desempeño ideal sólo puede ser asunto de una comunidad ideal de comunicación.[15]

 

            Dicha comunidad ideal es además trascendental en el sentido de que su presuposición es inevitablemente necesaria y además, porque existe bajo la forma de ideal regulativo.[16]

            Ahora bien, entre la comunidad real y la comunidad ideal no hay una separación radical, sino que se mantienen en una condición dialéctica “[...] de modo que podemos suponer  que las condiciones ideales del discurso no sólo tienen que anticiparse contrafácticamente, sino que también están suficientemente realizadas [...]”[17], es decir, la ética discursiva con todos los supuestos que se he planteado a lo largo de este escrito, supone también la existencia de condiciones para el diálogo argumentativo en la comunidad real tal y como la disposición a la escucha, al diálogo en condiciones equitativas e interés por la solución final y de esta manera, se entiende que la ética dell discurso sea también una ética de la responsabilidad.

            Ahora bien tal comunidad ideal, tal y como se ha dicho hasta el momento no es sino una idea regulativa, que no tiene ni tendrá un referente en la realidad, sin embargo, no debe ser entendida en términos de utopía. Esta se referiría una esperanza que jamás se concretará mientras que aquel, “[...] sirve como el ideal estándar necesario para el desempeño de todas las pretensiones de validez que podemos tener en el discurso”.[18]

            Considero que con esta breve recuperación de los postulados fundamentales de la teoría ética apeliana, estoy en condiciones de hacer una breve síntesis que pone de manifiesta la pertinencia de dicha propuesta para enfrentar y dar una respuesta a las necesidades planteadas al inicio de responder a los desafíos éticos y morales del mundo actual.

            En efecto, tal y como Pérez Tapias lo hace ver:

Se trata, pues, como nos enseña Levinas, de la exterioridad propia y exclusiva de la subjetividad humana, es decir, de la humanidad de todo hombre que se nos revela sierre desde el otro, que nos sale al encuentro interpelándonos, reclamando nuestra respuesta y convocándonos a la justicia.[19]

            Me parece que la recuperación que dicho autor hace del pensamiento de Levinas, es sumamente pertinente al abordar la teoría apeliana, pues si bien es cierto, ésta se debate en el terreno lingüístico también lo es, al menos así me parece, que el lenguaje por sí mismo, con todo y su condición de praxis social y carácter comunitario intrínseco, no garantiza que en el diálogo, se cumplan los requisitos mínimos planteados, pues el dejarse cautivar por una razón estratégica es siempre un riesgo que necesita de una motivación y justificación suficiente para sortearlo. Así, el reconocimiento del Otro en tanto que Otro, se vuelve requisito indispensable para reconocer la urgencia de la aplicación de planteamientos como los de la ética del discurso.

            Recuperar al Otro, más allá de la lacrimosidad que suele acompañar al pensamiento levinasiano, supone volver la mirada a la humanidad misma, a descubrir en ella la urgencia de planteamientos de esta naturaleza y sobre todo, a descubrir en el otro la capacidad comunicativa con la cual se puede emprender una ética argumentativa. El Otro se nos revela en toda su exterioridad, nos interpela y nos convoca a la justicia y todo ello, acompañado de una revelación en el medio del lenguaje y sólo en este medio, construyendo las condiciones ideales, podemos emprender proyectos en beneficio de todos.

            Así pues, la ética del discurso de Apel me parece sumamente conveniente en tanto que abandona el tomar como punto de partida al sujeto solipsista y la consecuente ley natural, para apelar por la comunidad humana real y posible que se debate en la discusión pública e ínter-subjetiva, teniendo por resultado aquello que debe estar a la base de toda ética -sin que esto signifique pasar la caracterización del lenguaje mismo a segundo término, sino la motivación para hacer del lenguaje, la puerta de entrada al discurso argumentativo-, el reconocimiento y promoción del Otro.

            De esta manera, la ética propuesta por Apel representa la posibilidad real que toda comunidad tiene de advenir a la existencia ética, bajo la forma de una ética del discurso que a su vez se muestra como una ética de la esperanza, de la aplicación y de la transformación de la realidad.

            No se trata pues, de una ética subjetivista, de la buena intención, de la convicción, sino de una ética de la responsabilidad que quiere mediar críticamente el deber moral a partir de un diálogo y una fundamentación racional, en la que el Otro no es entendido como “el otro de la racionalidad” sino, desde la idea de considerar “la racionalidad del otro”, como interlocutor. No se abandona el ejercicio racional pero sí se transforma el paradigma de una razón pura a una razón dialógica. Una ética que no busca el establecimiento dogmático de valores absolutos ni se resigna a vivir en el aislamiento comunitario, sino que está convencida de que lo primero a realizar es la búsqueda de condiciones de aplicación del principio de universalización, exigiendo transformar las condiciones de la comunidad real, superando obstáculos, de aquí, que hablar de una ética procedimental como lo es la ética del discurso, que no se aferra a los contenidos sino a las formas dejando aquellos a la determinación dialógica, sea la única opción capaz de ser significativa y pertinente en el mundo contemporáneo.


 

BIBLIOGRAFÍA

 

1.      APEL, Kart-Otto, Estudios éticos, Fontamara, México, 1999

2.      APEL, Kart-Otto, Teoría de la verdad y ética del discurso, Paidós, Madrid, España, 1998

3.      DUSSEL, Enrique (comp.), Debate en torno a la ética del discurso de Apel. Diálogo filosófico Norte-Sur desde América Latina, Siglo XXI, México, 1994, pp. 12-13

4.      KANT, Manuel,  fundamentación de la metafísica de las costumbres, Porrúa, México, 1972

5.      PÉREZ Tapias, José Antonio, Internautas y náufragos. La búsqueda del sentido en la cultura digital, Trotta, Madrid, 2003

 

 


 

[1] Licenciado en filosofía por la Universidad Intercontinental (México, D.F.) Actualmente estudiante de la Maestría en Filosofía en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. México

[2] Pérez Tapias, José Antonio, Internautas y náufragos. La búsqueda del sentido en la cultura digital, Trotta, Madrid, 2003, p. 226

[3] Schelkshorn, Hans, “Discurso y liberación” en Dussel, Enrique (comp.), Debate en torno a la ética del discurso de Apel. Diálogo filosófico Norte-Sur desde América Latina, Siglo XXI, México, 1994, pp. 12-13

[4] Apel, Karl-Otto, Teoría de la verdad y ética del discurso, Paidós, Madrid, España, 1998, p. 15

[5] Cf. Ibidem, pp. 24-25

[6] Apel, Karl-Otto, “La pragmática trascendental y los problemas éticos norte-sur”, en Dussel, Enrique, op. cit., p. 43

[7] Ibidem, p. 38

[8] Cf. Apel, Karl-Otto, Teoría de la verdad y ética del discurso, pp. 46-47

[9] Cf. Ibidem, pp. 47-52

[10] Cf. Ibidem, pp. 53-63

[11] Cf. Ibidem, pp. 63-74

[12] Cf. Ibidem, p. 160

[13] Ibidem, p. 151

[14] Cf. Kant, Manuel, fundamentación de la metafísica de las costumbres, Porrúa, México, 1972, pp. 43-49

[15] Apel, Karl-Otto, La pragmática trascendental y los problemas éticos norte-sur, pp. 43-44

[16] Ibidem, p. 45

[17] Apel, Karl-Otto, Teoría de la verdad y ética del discurso, p. 185

[18] Apel, Karl-Otto, la pragmática trascendental y los problemas éticos norte-sur, p. 45

[19] Pérez Tapias, José Antonio, op. cit., pp. 213-214

 

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