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   Memoria y resentimiento en Jean Améry

 

Pablo Drews.

Enero de 2012

 

 

En este escrito defenderé el valor moral del resentimiento a través de Jean Améry. Para ello, es necesario, en primer lugar, superar la condena moral y científica sobre el resentimiento, como emoción distorsionadora y como consciencia impotente. Una vez refutados esos frentes teóricos presentaré el resentimiento cultivado por Améry como el sentimiento que permite acceder a la memoria de los vencidos.

Palabras clave: Resentimiento, moral, memoria, emoción.

 

 

Memory and resentment in Jean Améry

 

In this paper I will defend the moral value of resentment on the basis of Jean Améry’s thought. For this purpose, first of all, it is necessary to overcome the moral and scientific condemnation over resentment intended as distorted emotion and impotent consciousness. Afterwards I will present the idea of resentment in Jean Amery’s work as the feeling that allows access to the memory of losers.

Key words: Resentment, morals, memory, emotion.

 

 

 

Según la psicología clínica el resentimiento es visto como una emoción distorsionadora en la medida que encumbra un sentimiento de venganza o de envidia, propio de una consciencia impotente. Asimismo, el resentimiento es condenado por Nietzsche desde una perspectiva moral, encasillando al hombre del resentimiento en la moral de esclavo.

Frente a estos dos campos (el moral y el psicológico), Jean Améry[1] en Más allá de la culpa y la expiación lleva a cabo un análisis introspectivo del resentimiento como valor moral y validez histórica. Ahora bien, si Nietzsche tiene razón en que el resentimiento genera una trasmutación de los valores, donde el hombre débil al sentirse impotente para conseguir los valores del fuerte intenta compensar su debilidad rebajando y falseando esas cualidades, parecería ser que un elemento clave del resentimiento sería la “distorsión” de los valores morales. Por tanto, este argumento nos lleva inevitablemente a preguntarnos: ¿puede el resentimiento vivirse sin distorsión?

La respuesta que a continuación esbozaré marcará el eje en el que se moverá el presente escrito. Así pues, intentaré replicar desde Jean Améry, no sólo la condena moral del resentimiento, sino también el rechazo desde el punto de vista de la ciencia psicológica. Una vez refutados dichos frentes teóricos presentaré el resentimiento como el sentimiento que permite rescatar la memoria de los vencidos.

 

El resentimiento en Jean Améry

El resentimiento en el escritor austriaco nace en respuesta hacia la actitud de una gran mayoría que bajo el lema oficial de la reconstrucción nacional se desentendió de los doce años del nazismo, inculpándose de sus crímenes, de sus responsabilidades, considerándose a sí mismos como víctimas del rencor de una minoría que no quería sepultar ese pasado[2]. Quizás como ejemplo de esa actitud naciente valga el siguiente fragmento, donde el escritor austriaco recuerda una conversación que mantuvo con un comerciante del sur de Alemania, mientras desayunaba en un hotel. A saber: “Aquel  hombre intentaba convencerme, no sin antes informarse de si era judío, de que en su país no existía odio racial. Aseguraba que el pueblo alemán no guardaba rencor al judío; como prueba aludía a la generosa política de reparación promovida por el  gobierno, como, por lo demás, reconocía el joven Estado de Israel. Yo me sentía detestable ante aquel tipo de ánimo tan equilibrado”[3].

   Así, frente a esta actitud reveladora  de la nueva situación espiritual, Améry sostiene, ante todo, que necesita del resentimiento para recuperar la verdad moral, es decir, para no sepultar a la misma, enfrentándose tanto a la moral como a la ciencia. “Me parece un absurdo lógico que se me exija objetividad en la confrontación con mis verdugos, con mis cómplices o tan sólo con los testigos mudos”[4].

 El escritor austriaco intenta justificar su resentimiento para desenmascarar la falsa memoria que estaba cosechando, haciendo frente a la postura clínica que niega su autoridad, considerando su reacción como un desequilibrio mental. Así, el valor moral de su resentimiento reside en: “Sólo yo estaba, y estoy en posesión de la verdad moral de los golpes que aún me resuenan en el cráneo y, por tanto, me siento más legitimado a juzgar, no sólo respecto a los ejecutores, sino también a la sociedad que sólo piensa en su supervivencia”[5].

En este pequeño párrafo se encuentra condesada, entre otras cosas, una crítica al modelo de racionalidad que juzga con cierto distanciamiento, en aras de una supuesta objetividad, como si fuera el ojo divino que todo lo ve. Por ello, Améry reivindica la autoridad de la primera persona, para así desmantelar los efectos perturbadores que falsifican el acceso a la verdad moral.

Ciertamente, el resentimiento exige mirar hacia atrás, bloqueando la “verdadera” dimensión humana: el futuro. De ahí que el hombre del resentimiento no “pueda secundar aquel llamamiento a la paz que con tono jovial nos exhorta al unísono a no mirar hacia atrás, sino hacia delante, hacia un futuro mejor y común”[6]. Améry no tolera el olvido y el perdón forzados mediante presión social, en efecto, reivindica su resentimiento, su condición de víctima, capacidad de resistencia moral que incluye protesta y rebelión contra lo real.

Ahora bien, ¿de qué realidad nos habla el escritor austriaco? De la memoria de los vencedores tejida con el consentimiento de los vencidos que “acepta con resignación los acontecimientos tal y como acontecieron. Acepta, como dice un lugar común, que el tiempo cura las heridas”[7].

Si la memoria es la construcción del presente desde el pasado, habría que preguntarse, como sugiere Reyes Mates[8], de qué pasado hablamos, del que está presente en el presente, es decir, del pasado de los vencedores que construye con sus conceptos lo real, o el pasado que está ausente en el presente, el pasado de las víctimas, el de los vencidos.

El resentimiento de las víctimas, sin distorsión, haciendo frente a esa realidad impuesta, persigue no “neutralizar” ese pasado, no ausentarlo de la memoria en aras de una reconstrucción pacífica. Ahora, significa esto qué el conflicto no podrá redimirse y qué víctimas y verdugos estén condenados a no entenderse o, en cambio, como parece apuntar Améry: “…el conflicto podría redimirse logrando que en un bando se conserve el resentimiento y en el otro se despierte, gracias a ese afecto, una actitud de desconfianza respecto de sí mismos. Acicateado exclusivamente por los aguijones de nuestro resentimiento –y de ninguna manera por una disposición subjetiva a la reconciliación casi siempre sospechosa y objetivamente hostil a la historia-, el pueblo alemán adquirirá conciencia de que no cabe neutralizar un fragmento de su historia nacional con el tiempo, si no que es necesario integrarlo”[9].

 

El resentimiento como resistencia al olvido

El resentimiento como huella del testimonio frente a la cultura del olvido denota en el escritor austriaco la huella del daño, el testimonio de su realidad, expresiones que apuntan a una noción que, en principio, difiere de la nietzscheana y scheleriana. A mi juicio, un punto clave para el cultivo del resentimiento sin distorsión, se puede entender en función de la recuperación de un pasado sepultado, fruto del pathos del perdón forzado.

 El resentimiento como instrumento de verdad moral se enfrenta, como decía anteriormente, con la noción formulada por Nietzsche y la de Max Scheler, que en pocas palabras, esta última es una respuesta a la noción nietzscheana. En efecto, el problema con el que nos encontramos en el campo moral es el siguiente: “La opinión general considera que Nietzsche ha formulado la última palabra sobre el resentimiento…”[10]. Tesis reforzada con la posición de Scheler, que si bien es considerada una respuesta a la opinión nietzscheana y, por tanto, una reformulación, no deja de ser un obstáculo a la hora de defender el resentimiento como valor moral, y no digamos como valor histórico.

En consecuencia, si el propósito fundamental de este texto es revindicar el valor moral del resentimiento para rescatar la memoria de los vencidos, inevitablemente tenemos que enfrentarnos con la argumentación moral que condena dicha emoción. El descrédito del resentimiento como pasión que falsea o distorsiona tiene en Max Scheler otro frente importante que refuerza su condena.

Scheler, partiendo de la consideración nietzscheana acepta ciertos aspectos de éste, no así la acusación del resentimiento dirigida contra el cristianismo. Comparte con Nietzsche que el resentimiento es una “autointoxicación psíquica” formada por el impulso de venganza, el cual es una vivencia que se basa en otra vivencia de impotencia. También la envidia forma parte de su germen, pues ambos modos de negación hostil necesitan de motivos determinados para aparecer. Según Scheler, éstos son sólo estadios en el proceso del resentimiento. En palabras del filósofo alemán, éste surge: “allí donde una especial vehemencia de estos afectos va acompañada por el sentimiento de impotencia para traducirlos en actividad; y entonces se “enconan”, ya por debilidad corporal o espiritual, ya por temor y pánico a aquel a quien se refiere dichas emociones”[11].

Así, bajo este enfoque, el resentimiento lleva consigo una distorsión de la realidad, circunscrito a los dominados, a la moral del esclavo formada por la impotencia para expresar juicios negativos, sentimiento de impotencia que revierte hacia adentro del sujeto como ‘dinamita psíquica’, distorsionando así la aprehensión de los valores.

Por tanto, la condena del resentimiento por parte de Scheler no sólo refuerza la noción nietzscheana, sino que también pone los cimientos con los cuales se tiene que medir Jean Améry. Por consiguiente, ahora la pregunta no es si se puede vivir el resentimiento sin distorsión, sino: ¿cómo puede el resentimiento vivirse sin distorsión? Insisto que la argumentación de Améry parece ser la más adecuada, pues el resentimiento como testimonio de su realidad le permite resistir contra el olvido. No se trata de una venganza o una purificación por medios violentos, sino de exigir al verdugo de que se haga cargo de sus crimines, que viva con ellos. ¿Significa esto qué el hombre del resentimiento, tal y cómo lo plantea el escritor austriaco, distorsiona la realidad, la aprehensión de los valores?, o lo que es lo mismo, ¿tienen Nietzsche y Scheler la última palabra sobre el resentimiento?

La mejor respuesta para entender la posición de Améry se encuentra en la idea del cultivo del resentimiento como resistencia al olvido, insisto en este punto ya que es clave también para entender el nacimiento de esta emoción en el austriaco, denotando también la valía de su no ocultamiento, es decir, éste, a diferencia de la noción dada por Nietzsche y Scheler, confiesa abiertamente su “emoción perturbadora”. Pues, en éstos un elemento constitutivo del resentimiento es su “ocultamiento”, su no confesión, enconando en el sujeto como una “dinamita psíquica”. En cambio, Améry, ya desde sus primeras paginas manifiesta abiertamente que él es un hombre del resentimiento, que necesita de él para no enterrar la verdad moral. Por consiguiente, tendríamos una reformulación del resentimiento que en este segundo caso constituye una pieza clave para el conocimiento moral. En otras palabras, podríamos sostener que el resentimiento tiene valor epistémico. Por ello, dicha emoción en este caso no sólo no distorsiona la realidad, sino que también permite el acceso a la realidad moral, al pasado ocultado por los verdugos.

Cosechar el resentimiento en tales circunstancias fue el único aliciente para conservar su humanidad, su validez moral y su validez histórica, pero “Aún. ¿Por cuánto tiempo? Sólo el hecho de que tenga que plantearme una pregunta tal muestra el carácter atroz y monstruoso del sentido natural del tiempo”[12]. La respuesta como es natural pasa por “pedir paciencia a quien se haya sentido desasosegado por nuestro rencor”[13].

 

¿El tiempo cura todas las heridas?

El otro frente que condena el resentimiento lo constituye la concepción científica, la psicología clínica. Desde esta perspectiva teórica se ve al hombre del resentimiento como un ser que padece síntomas de desquiciamiento, de trastornos de la realidad, en tanto que lo natural en el ser humano, según la “objetividad” científica, es orientarse hacia adelante, lo importante es el futuro, con lo cual aferrarse al pasado es antinatural, ya que, sobre todo, bloquea la verdadera dimensión humana.

Améry sostiene la necesidad de defender su resentimiento contra la moderna psicología que reduce su estado a un “conflicto perturbador”, padeciendo “según leo en un libro, recién publicado, sobre Secuelas tras la persecución política, no sólo daños físicos, sino también psíquicos. Los rasgos característicos que condicionan nuestra personalidad estarían desfigurados”[14].  Su percepción de la realidad estaría trastocada, sus resentimientos son un verdadero problema psicológico que habría que tratar mediante técnicas psicológicas tendentes a eliminar la perturbación.

En suma, se trataría como dice un lugar común que “el tiempo cura las heridas”, forzar el olvido en aras de un proyecto pacífico, de reconciliación entre verdugos y víctimas. La moderna psicología, con sus novedosas técnicas fundamenta las bases del programa de ‘higiene social’, es decir, frente a patologías como la del escritor austriaco se atribuye el papel de encaminar y, sobre todo, de “destruir” el mal que aqueja las consciencias perturbadas. Améry es consciente de que el resentimiento bloquea el proyecto de toda persona. “Nos clava a la cruz de nuestro pasado destruido”[15].  Pero, precisamente, esa cruz es la huella de lo vivido, por eso no la oculta, anteponiéndola a su salud mental, en otras palabras, rechaza su salud psíquica en beneficio de su salud moral.

Ahora bien, el rechazo del programa de ‘higiene social’, de reconciliación forzosa, llevaría como contrapartida la exigencia de un tratamiento público que involucre tanto a víctimas como a verdugos, una reactualización del pasado donde los causantes del daño asuman toda su culpa. No obstante, ni lo verdugos ni los cómplices de éstos estaban por la labor de dicho programa, hecho que fundamentaban en función de la máxima psicológica: “el tiempo cura todas las heridas”.

Por consiguiente, el escritor austriaco decidió emplear sus resentimientos como instrumento de la verdad moral, como acicate dispuesto a encaminar el proceso de encuentro entre el verdugo y la víctima, despertando en el primero una actitud de desconfianza ante sí mismo, quedando “excluida como solución tanto la venganza, como la expiación que se me antoja problemática”[16].

 

La memoria de las víctimas

Paradójicamente hay una forma de entender el pasado como archivado, esto es, clausurado. Esta forma de prescripción del pasado es compatible con las conmemoraciones de hechos pasados, fechas patrias o determinados hechos históricos relevantes que se celebran año tras año. Desde esta perspectiva la memoria se fabrica con los materiales de un pasado que la ciencia histórica considera los más objetivos. Lo archivado en este caso serían las causas pendientes con las víctimas, por ello, la nueva misión sería recordar para no olvidar, para exigir justicia; en suma, recordar para des-archivar. Pero, ¿de qué justicia hablamos? Quedan excluidos la reconciliación, el perdón forzado, el acuerdo entre víctimas y victimarios como base en el cual se asienta la justicia. Pues, esta forma de justicia favorece el olvido y, en efecto, las condiciones para que lo monstruoso pueda repetirse.

Da la impresión que después de Auschwitz el mundo ha seguido como si nada hubiera ocurrido en lo que refiere a la reparación moral de las víctimas. La exigencia de justicia por parte de las víctimas quedó relegada a un segundo plano, interponiéndose la construcción de un proyecto de prosperidad económica, industrial, en suma, una reconstrucción nacional que antepuso la memoria de las víctimas, relegando a éstas a un archivo de segundo orden. En tales circunstancias, no es difícil comprender cómo “De improvisto se abonó un terreno para resentimientos, sin que fuera preciso que en las ciudades alemanas empezarán a profanarse cementerios judíos y monumentos en memoria de los combatientes de la resistencia”[17].

Resulta contradictorio que el acto de justicia reclamado por las víctimas (en este caso por Jean Améry) fuera desencadenado por una emoción tan subjetiva como el resentimiento, pues, si entendemos que la justicia implica “imparcialidad”, superar los propios intereses y experiencias, despojarse de los elementos más subjetivos en aras de ese núcleo en común, fijación de unas reglas de juego universales para todos los participantes.

Así las cosas, desde esta perspectiva las preguntas serían: ¿qué lugar ocupan las víctimas?, ¿qué consideración tienen en ese espacio? O ¿cómo sería una justicia que tenga en cuenta el pasado de las víctimas? Desafortunadamente a la justicia como a la política sólo le interesan los vivos, el futuro, el proyecto conforme a un modelo teórico “unidimensional”. Según Reyes Mate: “El teórico de la justicia moderna es como un paracaidista que cae en una isla desierta en la que descubre, una vez en tierra, que hay problemas de convivencia por la desigualdad existente. Entonces, el recién caído, que tiene buenos principios morales, se pone manos a la obra para resolver esos problemas de una manera racional”[18].

No obstante, podríamos acceder a la realidad moral de las víctimas a través del resentimiento cultivado por Jean Améry, el cual como se mostró anteriormente, exige una capacidad de lucha, revirtiendo la idea de justicia moderna, desenmascarando las pretensiones de universalidad e imparcialidad que ocultan y falsifican la realidad moral de las víctimas, detectando aspectos relegados por la lógica del discurso dominante, en suma, desarticulando dicha lógica. Pero, ¿quién puede recordar así?, sólo los sujetos que han vivido en primera persona el dolor, y a través de su experiencia pueden iluminar una nueva memoria, la ausente del presente. Su experiencia puede servir para desactivar ciertos mecanismos que entorpecen la memoria de los vencidos, despertando así del sueño dogmático, abandonando el estado de inconsciencia que caracteriza al presente fabricado por los vencedores. 

En consecuencia, el resentimiento cultivado en determinadas circunstancias históricas no sólo no distorsiona la realidad moral, sino, por el contrario desarticula la realidad construida por los vencedores, accediendo al pasado de las víctimas, recuperando y, en efecto, transformado la memoria. En este sentido y, frente a los campos teóricos que condenan al resentimiento como una emoción perturbadora o como distorsionadora de la realidad moral, podemos avanzar que el resentimiento puede vivirse sin distorsión, aunque, en efecto, resulte más doloroso, pues su ejercicio es necesario para desactivar los mecanismos que comúnmente se activan para superar, olvidar o reprimir la memoria de los vencidos. 

 

 


 

[1]

     Jean Améry nació en 1912 en Viena, donde estudió filosofía y letras. Su verdadero nombre es Hans Mayer, pseudónimo que elige cuando a raíz de la anexión de Austria por Alemania en 1938 resuelve emigrar a Béligica. Arrestado y deportado por los alemanes, vivió en carne propia la experiencia del nazismo. En plena barbarie nazi logra escapar del campor de Gurs y se une a la resistencia antinazi en Bélgica. En 1943 es nuevamente arrestado e internado hasta 1945 en el campor de concentración de Auschwitz. Su experiencia en los campos marcará su talante como escritor. Treas la liberación regresa a Bruselas, donde comienza su carrera como escritor y crítico, colaborando, también, en la radio y la televisión. En 1978 decide quitarse la vida en la ciudad de Salzburg, en Austria.

 

[2]

    Ese mirar para otro lado por parte de los alemanes tiene una de sus bases en un contexto de prosperidad económica e industrial. Según Améry: «Los alemanes que, como pueblo, se sentían, sin duda, víctimas, puesto que se habían visto obligados a soportar no sólo los inviernos de Leningrado y Stalingrado, los bombarderos de sus ciudades, el proceso de Nüremberg, sino también la fragmentación de su país, se manifestaban comprensiblemente dispuestos tan sólo a ‘superar’, como a la sazón se decía, el pasado del Tercer Reich. En esos días, al par que los alemanes conquistaban con sus productos industriales los mercados mundiales, y no sin un cierto equilibrio, se ocupaban de esa superación en su propia casa, se recrudecieron nuestros resentimientos aunque tal vez sería más discreto considerarlos tan sólo míos» Améry, Jean, Más allá de la culpa y la expiación, Valencia, Pre-Textos, 2004, pp. 145.

 

[3]    Ibid., 146.

[4]

      Ibid., p. 151.

 

[5]

      Ídem.

 

[6]

      Ibid., p.149.

 

[7]

      Ibid., p.152.

 

[8]

      Reyes Mates siguiendo a Benjamin dice que “Hay un pasado que fue y sigue siendo, y otro que fue y “es sido”, es decir, ya no es. La memoria tiene que ver con el pasado ausente, el de los vencidos”. Reyes Mates, Letras libres, México, 2006, Febrero.

 

[9]

     Améry, Jean Más allá de la culpa y de la expiación, op. cit. pp.161.

 

[10]

      Ibid., p.147.

 

[11]

       Scheler, Max, El resentimiento en la moral, Madrid, Caparrós, 1993, pp.26.

 

[12]

     Améry, Jean Más allá de la culpa y de la expiación, op. cit. pp. 166.

 

[13]

         Ídem.

 

[14]

          Ibid., p 148.

 

[15]

        Ibid., p149.

 

[16]

        Ibid., p.161.

 

[17]

       Ibid., pp. 145-146.

 

[18]

       Reyes Mate, Manuel, La razón de los vencidos, Anthropos, Barcelona, 1991, pp. 105.

 

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