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Los amantes de la guerra (Por Simón Royo Hernández. Madrid). Abril de 2003.

"¡Miserables médicos de almas, gritáis durante cinco cuartos de hora a causa de algunas picaduras de alfiler, pero nada decís sobre la enfermedad que nos deshace en mil pedazos! ¡Filósofos moralistas, quemad todos vuestros libros! Mientras que el capricho de algunos hombres mande degollar a miles de nuestros hermanos, la parte del ser humano consagrada al heroísmo no será sino lo más horrendo de la naturaleza entera. ¿En qué se convierte y qué importancia tiene la humanidad, el buen hacer, la modestia, la temperancia, la dulzura, la sabiduría, la piedad, cuando media libra de plomo lanzada desde 600 pasos me destroza el cuerpo, si muero a los veinte años entre tormentos inenarrables, en medio de cinco o seis mil moribundos, cuando mis ojos, que se abren por última vez, ven la ciudad en la que nací destruida por el hierro y el fuego, y mientras el último sonido que escuchan mis oídos son los gritos de las mujeres y los niños que expiran bajo las ruinas, y todo por el pretendido interés de un hombre al que no conocemos?" (Voltaire Dictionnaire philosophique [1769]. Gallimard. Paris 1994, «Guerre», p.303-304).

Es frecuente pensar que la Filosofía no sirve para nada. Más que frecuente, resulta acertado ese adagio cuando se queda el pensamiento en el nivel más abstracto o erudito sin llegar jamás al lenguaje y a las preocupaciones comunes de los hombres. Como saber especializado el filosófico sólo interesará a una minoría de especialistas. Sin embargo, hay ejemplos que demuestran que no está reñido el pensamiento con el presente, y que se puede realizar una filosofía del presente, aun a riesgo de que al comprometerse con la realidad en curso se pueda equivocar el pensador. Desde luego, entre los filósofos, quien nunca se tira a la piscina nunca se moja y permanecer en las nubes puede ser la mejor defensa contra el que nos refuten o nos lleven la contraria, pero, desde luego, también desde el sano sentido común o desde las artes y las ciencias, se puede buscar orientación para encaminarse a la resolución o toma de posición ante los conflictos de actualidad. Aquí seré algo pedante y erudito pero al menos intentaré que el pensamiento clásico, en lugar de un adorno con el que engalanarse, sea una herramienta que sirva para algo y alumbre un porvenir.

Ridículas suenan ante la guerra en curso muchas soflamas conceptuales de apología de la guerra y ese sentimiento de estupidez profunda en los tenidos por más sabios es una indicación para poner las nubes en el suelo y revisar los aciertos y extravíos de las reflexiones más destacadas. Hay amantes de la guerra y hay amantes de la paz. Pero es distinto el amante de la guerra en abstracto del amante de la guerra concreta y no debe confundirse la incruenta guerra dialéctica de la discusión con la sangrienta guerra concreta de las bombas y las armas. Es más, incluso en el enfrentamiento de una guerra concreta puede verse al amante de la paz contra el amante de la guerra, como Héctor en la saga homérica, que lucha porque se defiende, al contrario del amante de la codicia y de la brutalidad; Aquiles en la misma obra, que lucha por venganza y por dinero, ya que le duele más no obtener mayor botín y la muerte de su amigo y amado Patroclo que los destinos de las ciudades en pugna.

Entre los amantes de la guerra en abstracto, con el que primeramente tropieza el estudioso de la filosofía es con Heráclito, con sus famosos fragmentos 80 y 53 (Diels-Kranz): "Conviene saber que la guerra (pólemos) es común, que la justicia (dikê) es discordia (éris) y que todas las cosas se producen según discordia (éris) y reciprocidad (.). Guerra de todos es padre, de todos rey, y a los unos los señaló dioses, a los otros hombres, a los unos los hizo esclavos, a los otros libres". Al comparar estos dos fragmentos reseñados, la guerra (pólemos), parece ser más originaria que la discordia (éris), la cual, a su vez, llevaría ya consigo la justicia (dikê). La segunda sería ya una determinación de la primera y más general, pero entendemos que se trataría aquí de la Eris buena de la que hablaba Hesíodo, de la rivalidad agonística que desarrollaría armoniosamente las potencialidades de lo que rivaliza, como sucede con los atletas y gimnastas, y no la Eris mala, entendida como dominación y sojuzgamiento, como guerra concreta y no ya en abstracto, que sería la de la lucha armada o la competencia del liberalismo económico (capitalismo), la que busca el asesinato, la desaparición y la apropiación de los bienes del contrario.

De este modo, la guerra erística epistemológica, propia de las razones y característica de la democracia sería lo contrario a una supuesta guerra propia de la naturaleza de las cosas y lo contrario a la guerra social e individual de los instintos depredadores de los hombres. Por eso, comentando lo citado ya de Heráclito, acertará Heidegger al identificar el pólemos con el lógos, el enfrentamiento con la discusión, en su Introducción a la metafísica, quedando la resolución de los conflictos del lado de la palabra y del diálogo antes que de la violencia natural y social.

Entre los amantes de la guerra concreta y brutal (no ya sólo de la abstracta, filosófica y formal), podemos destacar a Maquiavelo, para quien la paz estaría ligada al vicio, al afeminamiento y a la ociosidad, corruptoras -nos dirá- de la república, mientras que la guerra estará ligada a la virtud y la virilidad, constructoras -nos dirá- del Imperio. Su concepción belicista de la naturaleza individual y colectiva estará ligada a la lucha concreta y asesina considerada como motor del progreso por eliminación de lo otro. Y se relacionaría igualmente con la tergiversación de la idea darwinista de lucha por la supervivencia (tergiversación que excluye la cooperación para sobrevivir) o con su trasunto sociopolítico en la idea de competencia económica capitalista (egoísmo particular como promotor del bien colectivo), o incluso en la idea de exclusiva lucha de clases y de constante guerra entre Estados como totalidad humana y social.

En el joven Nietzsche también hay un canto bélico eminente que le sitúa entre los amantes de la guerra concreta, si bien el filósofo participó como enfermero en la guerra franco-prusiana de 1870. Con su amor a la guerra concreta nos referimos a su idea juvenil de la sumisión de la cultura y el Estado al surgimiento del genio, de un superhombre o "genio militar" que prefiguraría a la parodia recogida después por el nazismo, idea de la que se alejaría con posterioridad el pensador alemán. Porque hay que tener cuidado con el elitismo y el aristocratismo intelectuales, pues aunque sean favorables a que se llegue a generalizar el aprecio por y la semejanza con los artistas y los científicos, los más eminentes benefactores de la humanidad, se corre el peligro de degenerar en desprecio por la gente y por el pueblo, que son quienes, conjuntamente, todo lo aportan desde el anonimato, formando un ser colectivo de potencia y creatividad mayor que cualquier ser individual por separado.

El genio, el espíritu libre y el superhombre, son los tres modos de la libertad del ser humano que Nietzsche plantea a lo largo de su obra. A su juicio, los dos primeros, el espíritu libre y el genio, serían los únicos que admitiría una sociedad organizada tal y como las que conocemos desde la prehistoria hasta la actualidad. Porque el superhombre de Nietzsche es, por una parte, el sujeto de la hybris en la sociedad pretérita y actual, del exceso y la desmesura, y por otra, el individuo libre sin restricción de una sociedad futura, el niño que, tras el camello y el león, preside las tres transformaciones del Prólogo del Zaratustra.

La idea de superhombre como transgresor y dinamizador social viene prefigurada ya por Aristóteles (Política 1284a) y por Spinoza (Tratado político III, 8). Se trataría, en nuestra sociedad actual, de alguien por encima de las Leyes y enemigo del Estado, como el anarquista y el terrorista o como el criminal y el rebelde. El dinamizador social aparece siempre como un transgresor indeseable para las fuerzas conservadoras de la sociedad establecida, que temen el cambio y la variación. Por eso, según una idea muy extendida y que recogió Freud al identificarlo como el líder de la horda primigenia, el superhombre, parecería ser siempre un ser brutal, cruel y despiadado, un ser de extraordiario poder y carente de todo límite ético y político. Sin embargo, Aristóteles, al tratar de la brutalidad (Ética a Nicómaco Libro VII, 1145a) reconocerá como disposición contraria a la que podríamos atribuir a un Aquiles, una "virtud sobrehumana, heroica y divina" que estaría presente más bien en Héctor. La virtud contraria a la brutalidad o bestialidad no tiene nombre -se nos dice-, pero bien la podríamos bautizar nosotros ahora, identificándola con la virtud cívica y llamándola civilidad.

El defensor de Troya, de la ciudad sitiada, sería un tipo de superhombre muy diferente al más destacable asediador aqueo, pues no estaría lleno de ira y furor, como ese Aquiles que según Homero "perdió toda piedad y pudor (aidós)" (Ilíada XXIV, 44). Por eso dirá Protágoras en su debate con Sócrates que: "Además, establecerás en mi nombre esta ley: que todo aquel que sea incapaz de participar del pudor (aidós) y de la justicia (diké) sea eliminado, como una peste, de la ciudad" (Platón Protágoras 322d). A diferencia de un Aquiles, sobre el que, dada su peligrosidad, habría que ejercer el ostracismo en tiempos de paz; Héctor, el ciudadano teucro, es un luchador que no está sediento de sangre y de venganza, como su temible adversario, sino lleno de paz y de concordia, de amor por sus conciudadanos y de voluntad de salvación para su ciudad.

La defensa de la patria, la defensa propia, es la única guerra compatible con el pacifismo, un pacifismo no absoluto, sino restringido al instinto de supervivencia, puesto que la única guerra justa, si es que hay alguna, sería la defensiva. Por eso el modelo ético y político para los mejores de los romanos no serían ni Atenas ni Esparta, sino Troya, la honorable ciudad sitiada y destruida, una ciudad que habría perecido por defender, según la leyenda, incluso a uno sólo de sus ciudadanos.

Aristóteles nos dice a continuación de lo señalado que resulta raro el que surja un hombre divino entre los mortales y que también es muy raro que se produzca el brutal. Lo mismo dice el belicista Maquiavelo en el capítulo 27 del libro primero de sus Discorsi, que entitula: "Rarísimas veces son los hombres completamente buenos o completamente malos", donde muestra que incluso en el tenido por más vil puede quedar algún "respeto piadoso" (pietoso rispetto) y que, afortunadamente a nuestro juicio y desafortunadamente en el del pensador florentino, los hombres no saben ser, no ya completamente buenos cuando han de serlo, sino tampoco completamente malos cuando les conviene.

En la época de los griegos clásicos el hombre brutal se daba, como nos dice Aristóteles: "principalmente entre los bárbaros" (Ética, ibidem), pero desde el Renacimiento hasta la actualidad, tras el enorme desarrollo tecnológico de las armas de destrucción individual y colectiva, lo brutal se produce, eminentemente, en las naciones llamadas civilizadas y por los hombres que se han tenido a sí mismos como los civilizados por excelencia. Auschwitz y Hiroshima, el genocidio y la bomba atómica son las máximas expresiones de la barbarie, aunque parezca paradójico que las naciones tenidas por más civilizadas sean al final las más bestiales.

El estagirita prosigue, además, diciendo respecto al hombre brutal o bestial que: "también aplicamos esta expresión a los que por su maldad sobrepasan los límites humanos" (Ética, ibidem), como la maldad de Aquiles cuando, cediendo a su cólera, asesina y ultraja el cuerpo de Héctor (Ver: Homero Ilíada, canto XXII y XXIV). Pero afortunada o desafortunadamente "los dioses dieron al hombre un corazón (ánimo: thymos) que aguanta" (Ilíada XXIV, 49) y los ciudadanos de Troya sabrán resistir durante 10 años al asedio de su patria y morir defendiéndose con dignidad.

Hay amantes de la idea filosófica de guerra, de un concepto lógico que poco mal hace a nadie, pero hay amantes de la guerra concreta y brutal que supone la destrucción del otro, su reducción a esclavitud y la apropiación de todos sus bienes. Los primeros cometen un error conceptual, cuando sólo ven en la naturaleza el aspecto depredador y omiten el placentario, pero los segundos cometen un crimen intelectual y moral, pues sólo ven, reflejado, su propio odio y por todas partes la maldad. Postura ésta en nada conducente a la dinamización social sino favorable al mantenimiento del orden establecido y a la defensa de los poderes dominantes.

 

 

 

 

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