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¿Y si no tuviéramos relojes?…

Por Mónica Gómez Salazar (México)

 

Vivimos en un mundo de la imagen, de la imprenta y de la computación, habitamos en un lugar donde la comunicación se da entre un individuo con otro individuo y a medida que el tiempo transcurre nuestros discursos se hacen más cortos y menos orales. Respecto a cinco milenios atrás y en la otra cara de la moneda, el hombre de nuestro tiempo vive dentro de una sociedad pero no relacionado con sus iguales; pasa los días programado, solo e inmerso en un gran bullicio y simultáneamente en un profundo silencio. El ser humano de nuestro siglo ha dejado de hablar, de conversar y sus ojos no hacen más que mirar imágenes, leer textos, escribir palabras.

En la antigüedad, los procesos de pensamiento eran dictados por la vida misma, las conversaciones, los oráculos y los Dioses; el hombre no tenía conciencia de sí mismo ni capacidad de determinación, vivía el día que le tocaba vivir de acuerdo a lo que le tuviera deparado el destino o el oráculo o el rey o el poeta. Al llegar la escritura la persona encuentra un pasillo por el que puede ver más allá de lo que sus vendados ojos han descubierto, logra poner distancia entre el presente, la palabra hablada, frente al pasado y la palabra escrita, encuentra el camino de la reflexión. El hombre comienza a vivir y a comprender más la totalidad porque puede ver desde lejos, la proximidad no lo determina ya; el comienzo de la escritura fue arduo y lleno de desconfianza, hubo que esperar a que la humanidad interiorizara lo que inmortalizaría a los sabios y grandes pensadores, una vez superado el obstáculo la mente humana se abriría a la abstracción y a la objetividad y sin embargo, parece que llevara consigo el extremo de la deshumanización vivida en nuestros días. Ha sido tanta la inherencia a la palabra impresa que hemos olvidado el arte de conversar, el tiempo para nosotros dejó de ser el presente, somos inconscientes de él, el calendario y el reloj rigen nuestra vida ahora adormecida desde el otro horizonte. Si antes no existía conciencia de lo consecuente, ahora no lo tenemos de lo que está siendo.

El hombre de hoy ha sido atrapado por las fechas, la hora, los días, sus agendas y calendarios; se ha dejado atrapar por la palabra escrita, tanto, que se le dificulta discernir la distancia que le proporcionaba, parece que su texto se convirtió en su propio pensamiento.

En la antigüedad lo relatado oralmente era considerado como verdad divina, no se trataba de lo expresado por el rey o por el poeta, ellos eran considerados como el conducto por el que los dioses se expresaban, de tal suerte, que la comunidad vivía con la certeza de lo asentado por las profecías, que en boca primero del rey y luego de los poetas, la divinidad establecía. Se torna similar la situación en la escritura; el texto se convierte en la verdad del escritor que no puede ser refutada ni cuestionada, el escrito no dirá más de lo que el lector lee, el diálogo podría alcanzarse con el escritor, así como con la Divinidad –si fuera posible conocerla-, pero en ninguno de los dos casos está presente aquél con quien se busca establecer cierta conversación, no se diga confrontación. Lo escrito, es así aceptado como cierto. Al volver a la antigüedad, notamos que lo anunciado era necesariamente asimilado como verdad, una verdad que penetraba de sentido y dirección la existencia de cada hombre; en cuanto al texto escrito, inherentemente se define irrefutable dado que el autor no está ahí para decir más de lo que "su enviado" establece a través de nuestra y muy singular lectura. La escritura lleva entrañablemente el rasgo divino de la incuestionabilidad.

Platón criticaría esta naturaleza pasiva de la escritura, aquello que dice sin poder explicarse, con camino de ida pero sin recibir el de vuelta, a saber, la retroalimentación de su interlocutor; intento de objetivizar el pensamiento humano a cambio del riesgo de ser ignorado en el olvido, porque ¿no es verdad que el texto es y cobra vida gracias a que hay quien lo lee?

A pesar de los defectos que Platón encuentra en la escritura, presenta sus objeciones -contradictoriamente- a través de aquello que reprueba. Pareciera que parte de la esencia de la escritura encierra una especie de misterio paradójico, a saber, su relación con la muerte. Más arriba, hemos mencionado cómo es que el texto no ‘’vive’’ a menos que haya quien lo resucite, lo extraiga del estado inerte en el que se encuentra, dicha función correspondería propiamente al lector, si no hay quien lea, no hay escritura que respire; sin embargo, ella misma traspasa y sobrevive al paso del tiempo se trate de siglos o milenios, el escrito se inmortaliza, perdura y con ello la palabra de su autor. De tal suerte que la palabra oral queda encerrada en una especie de cámara que la congela e inmoviliza mientras no exista quien le inyecte calor con su lectura e interpretación, pero al revivir sufrirá la metamorfosis convirtiéndose en palabra escrita desnudada primero por uno, luego por otro, otro y otro hasta que las lecturas se vuelvan infinitas y ese texto esté más vivo que muerto. Para ejemplificar basta pensar en El Quijote, en los mismos Diálogos de Platón, libros que permanecen vivos a pesar de llevar en su esencia lo estático, lo pasivo, lo inerte que tanto se le criticó a la palabra escrita en sus comienzos.

Mientras el habla es completamente natural, la escritura es artificial. Los seres humanos aprendemos a hablar naturalmente como consecuencia del convivio diario con otros que ya hacen uso oral de la lengua, de hecho, hablar resulta un asunto tan inherente a uno mismo que en ocasiones se pierde la conciencia de lo que se dice, es muy común escuchar la frase "piensa antes de hablar", precisamente porque para hablar no se requiere de una selección previa de enunciados o de correcciones de gramática y redacción, es cierto que muchas personas cuidan mucho su vocabulario pero, el lenguaje les está dado naturalmente, tal vez un ejemplo pueda ayudarnos a esclarecer este punto: una persona cuya primera lengua es el Español, piensa y habla automáticamente en este idioma; supongamos que inicia el aprendizaje del Inglés, necesariamente su pensamiento tendrá que iniciar la difícil tarea de "desaprender" las palabras en Español para pensarlas en Inglés y en un futuro poder hablar naturalmente en la nueva lengua aprehendida, esto lo logrará sólo cuando se haya apropiado del Inglés, es decir, lo haya asumido y hecho parte de él mismo. El caso de la escritura es distinto, en ella sucede que el que escribe se hace consciente de lo que deja en la página a partir de su propia conciencia, en el caso del habla, el orador lleva a la conciencia lo ya tocante en el inconsciente. En otras palabras, el que habla no puede desprenderse de aquello que habla para después verlo, analizarlo; a lo más que podría llegar sería al recuerdo de lo que dijo y a partir de ahí estudiarlo, sin embargo todo queda en su pensamiento; el caso de la escritura permite extraer ese pensamiento y objetivarlo en la imagen visual de la letra, de ahí que reestructure la conciencia. La escritura viene a ser una especie de intento de ver el ojo por el que se mira. Al menos, se puede observar el pensamiento con relativa distancia a través de la escritura.

Pensar en la escritura como el conjunto de grafías que ayudan a la memoria para no olvidar sería un error, cierto es que forman una parte del nacimiento y características de ella pero no la agotan, por el contrario, el conjunto de grafías corresponde necesariamente a un código, de tal suerte, que el interpretante descodifica y descubre el enunciado que de ellas se desprende. El autor de una obra presenta a su lector una serie de signos visibles a través de los cuales expone sus ideas, de ahí que quien lo lee, sustituya al oyente - si fuese el primero un orador - es decir, el mundo del hablar y escuchar se traslada al mundo del observar, estrictamente, del leer lo que el prosista ha querido comunicarnos con la puntualidad de las palabras estampadas en la página; haremos un paréntesis en relación a éste último aspecto. Es cierto que quien escribe elige las palabras para enunciar lo que a su vez ambiciona sea comprendido por el lector, sin embargo, la distancia proporcionada por un texto lleva también a la libertad de interpretaciones por parte de quien lo ve. Lo que ha sido plasmado en permanencia permite ulteriores lecturas que posiblemente lleven a entendimientos distintos de los originalmente pensados por el autor. El significado de los signos dependerá en gran medida del contexto y aún así quedarán pasillos obscuros que deberán ser iluminados por el lector, de tal suerte que la escritura parece tener un tipo de esencia ambivalente, a saber, por un lado se trata de la expresión de ideas que no podemos refutar ni cuestionar pues no hay persona que responda o se defienda, quien ‘’dice’’ es la obra no su autor, da la impresión de ser una soledad divina y callada que suple a su progenitor. PERO, es justamente ahí, en su silencio donde se le puede exprimir la verdad, es preciso ir y venir una y otra vez sobre sus líneas, sus comas y sus puntos para escuchar las respuestas que da a nuestros cuestionamientos, para entender su posición defensiva ante nuestra incomprensión; nace una nueva obra, la nuestra, la de la palabra escrita y nuestras interpretaciones, agradeceremos a su padre biológico tan grande composición pero su formador es el lector. El destino del habla es distinto, más efímero, difícilmente regresaremos sobre las mismas líneas sin alterar su presencia y ser original, quererlas atrapar para leerlas y verlas desde nuestra mente equivaldría a detener el tiempo, aprisionar el presente, apresar la palabra que al hablarse va muriendo y dejando de ser, significaría darle vida (si hay quien la lea) o muerte eterna (si nadie la mira). Y ¿qué es todo esto sino la escritura?

El mundo fugaz del sonido de las palabras se transformó en el mundo espacial del alfabeto, (como sabemos fue creado por los pueblos semíticos y enriquecido con las vocales por los griegos), las letras del alfabeto perdieron todo vínculo con las cosas -como ocurre con el alfabeto chino en el que el dibujo de dos árboles representaba el bosque y no precisamente dos árboles- el alfabeto representa al sonido mismo llevado al mundo de la permanencia callada del espacio, de la escritura. Dicha persistencia de la palabra fue vista en sus comienzos a partir de connotaciones mágicas, encantamiento y desocultamiento reservado para una élite, justo la minoría que leía y escribía. En un principio la escritura no afectaba los procesos de pensamiento de una manera general pues se mantenía -como hemos asentado- restringida a un diminuto grupo, no es sino hasta tres siglos después en la época de Platón, que en la antigua Grecia la escritura es difundida y suficientemente interiorizada dejando atrás aquella concepción mágica y misteriosa que encerraba.

El paso del pensamiento oral al escrito se distinguió por transportar los hábitos orales a los escritos, pensar en voz alta abrió el camino al dictado; los literatos escribían como si hablaran con alguien más, o por lo menos con ellos mismos. Posteriormente el autor ‘’dejará de dictarse a sí mismo’’ para concentrar sus enunciados en un papel.

Un dato importante en relación a la escritura y que en nuestros días -con una cultura impresa tan interiorizada- nos resulta común y en ocasiones hasta imperceptible, es el tema de la fecha. Dentro de la reestructuración del pensamiento y conciencia que trajo consigo la escritura se incluye también la referencia al tiempo con respecto a un pasado y un futuro. Es decir, en el contexto oral, la gente no se preocupaba del día en que vivía, los asuntos eran vigentes mientras fueran presentes y lo pasado trascendía sólo en la medida en que tuviera alguna relación con los acontecimientos de ese momento, de ahí que fuera una cultura en la que la ley de la costumbre resultaba inevitable y por lo tanto la gente vivía sin la conciencia de las consecuencias del pasado o lo que en el ‘’ahora’’ significaba las causas del futuro. El texto viene a plantear una división y a crear una conciencia de lo antecedente y lo consecuente, inmoviliza el tiempo a su manera muy particular, vivimos programados, existe una fecha exclusiva para cada uno de los 365 días, el pasado fue ayer, hace un siglo, hace un milenio, el futuro es el siguiente día, la siguiente hora; los relojes y calendarios -fruto de la cultura impresa- nos despertaron de aquella vida que vagaba adormecida enteramente sujeta a lo que deparara el destino, regalándonos un espacio visual por medio del cual la reflexión humana se cuela.

Más arriba mencionamos la importancia del contexto para poder entender el significado de las palabras en un escrito, el contexto del que hablábamos era el lingüístico, mismo que como veremos, debe acercarse lo más posible a las circunstancias reales de un discurso hablado. Es decir, entre las grandes diferencias de los enunciados orales y escritos está el que los primeros no están solos y los segundos sí; quien habla, habla con alguien y ambos están dentro de una situación, rodeados de circunstancias y un entorno específico; el carácter de la conversación será de acuerdo a todo esto que la rodea, no únicamente en relación a las palabras, éstas no existen en forma independiente de los hablantes ni del contexto. Sin embargo, el caso del discurso escrito es distinto, la soledad de las palabras obliga a quien las escribe a imaginar y a ubicar a su lector en la situación contextual y circunstancial que requiere, de otra manera a su solitario interpretante se le dificultará entender el sentido de lo que dice pues desconocerá el entorno a partir del cual debe descodificar, todo su contexto está dado en la lengua misma. Lo escrito pudiera carecer de la espontaneidad del habla y tal vez de la vitalidad de ella, pero la palabra en su propia agonía se vuelve perdurable y abierta. Nada más significativo sobre la reestructuración de la conciencia, quien escribe necesariamente se hace consciente de todo aquello que no es inmanente a su discurso y por ello debe crearlo, inclusive su lenguaje deberá ser más rico que el del habla, de ahí que en la lengua oral, los interlocutores puedan arreglárselas con 5,000 palabras, la lengua escrita requiere de muchas más y basta el ejemplo del diccionario, no es sino hasta la aparición de la escritura y después de la imprenta que el hombre se da a la tarea de un estudio exhaustivo de la lengua "forjando un vocabulario de una magnitud imposible para una lengua oral. El Webster’s Third New International Dictionary (1971) declara en el prefacio que a las 450 mil palabras que incluye podía haber agregado un número muchas veces mayor".

La retórica académica y el latín culto fueron dos tendencias que si bien su origen estuvo en la oralidad también tuvieron una influencia importantísima de la escritura. La retórica era el arte de hablar en público, la presentación oral se convirtió en parte de la existencia humana, los pueblos orales practicaban el discurso público antes de que fuera reducido a un conjunto de fundamentos científicos para lograr la persuasión. La sensibilidad oral que llevaba consigo la retórica se perdió y ahora un curso sobre retórica tiene que ver más con la redacción que con la persuasión misma. El caso del latín culto no fue la excepción en cuanto al aislamiento del que fue objeto; siendo una lengua escrita en su totalidad y aprendida por hombres, su naturaleza se alejó de lo llamado lengua materna, en el sentido de que es de la madre de quien se aprende la lengua. En dichas circunstancias, el latín culto fue un claro ejemplo de cómo la escritura lograba objetivar, poner distancia y separar el conocimiento de las cargas emocionales que transmitía el aprendizaje de una lengua materna, de ahí que Isaac Newton escribiera sus pensamientos abstractos en latín, una lengua dominada por la escritura lograba la conciencia imposible de encontrar en la lengua oral.

El paso de la lengua oral a la escrita no fue sencillo, ésta última nació rodeada de la desconfianza de un mundo de la conversación, del habla, del sonido; mundo que no estaba convencido de cambiar su universo con el otro para ser uno solo, dejar de ser el nosotros por los otros y yo.

Como hemos visto, la escritura fue objeto de muchas críticas y rechazos, le argüían ser un veneno para la memoria, además de no poder defender ni explicar sus argumentos como lo haría un orador dentro de la conversación. Pero hemos explicado, la ambivalencia riquísima que el texto trae consigo; si bien es cierto que los hombres descansan sus cerebros confiados en que la escritura es la que guarda lo que deberían de tener ellos aprendido y presente, también es verdad que gracias a los textos el hombre puede conocer mucho más, pues las obras en su naturaleza propia llevan consigo la perdurabilidad, de tal suerte que es posible estudiar no sólo a quienes el infortunio de la distancia nos imposibilita conocerlos, también a quienes el tiempo y la muerte han alejado de nosotros por siglos, tal vez milenios.

Verdad es que la palabra escrita no puede defenderse ni responder como lo haría el interlocutor en cualquier conversación, pero también es cierto que el texto con sus mismas líneas y sus mismas palabras dirá más de lo que expresa en la primera lectura, el texto es abierto y el papel del lector es desocultar lo no dicho, la obra necesariamente establecerá sus ganchos con los que nosotros a su vez nos ‘’engancharemos’’ encontrando un segundo, tercero, cuarto…sentido de lo que dice, de esta manera la obra superará a su creador, pues efectivamente no es el autor quien nos habla directamente, lo hace a través de su literatura, rebasándolo por mucho.

Es la escritura la que nos abrió el entendimiento al mundo abstracto, del espacio, de la imagen para conjugarlo con el mundo ya conocido, a saber, el del sonido, el habla, la conversación. El hombre deberá equilibrar las ventajas que ofrecen ambos sin caer en extremos que pudieran afectar y entorpecer la conciencia que reestructura uno y la proximidad que conserva el otro.

Somos seres lingüísticos y limitados, la escritura no es sólo la permanencia de grafías, es perdurabilidad de enunciados, de expresiones, de ideas, de aprendizaje, de saber.

BIBLIOGRAFÍA.

 

Ong, Walter. Oralidad y Escritura. F.C.E., México, 1987.

IV. ‘’LA ESCRITURA REESTRUCTURA LA CONCIENCIA’’.

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