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VARIACIONES SOBRE BYUNG-CHUL HAN

VARIACIÓN PRIMERA: EL RELATO DE LA EXPLOTACIÓN

 Luis Fernández-Castañeda

 

 

Últimamente los medios hablan mucho de Byung-Chul Han, metalúrgico coreano que se ha hecho filósofo alemán. Ahí es nada. Su pensamiento es un verdadero prodigio de concisión y sustancia. Tenemos ya varios libros suyos traducidos, y otros en perspectiva. En estas variaciones suenan temas del autor interpretados libremente por el teclista. 

La sociedad del cansancio. Barcelona, Herder Editorial, 2012

La sociedad de la transparencia. Barcelona, Herder Editorial, 2013

Im Schwarm. Ansichten des Digitalen. Matthes & Seitz Berlin 2013

La agonía del Eros. Barcelona, Herder Editorial, 2014

  

El relato de la explotación: la raíz del marxismo. La explotación es el hilo rojo de la historia, su constante. Es lo que ha persistido día a día a pesar de todas las guerras, religiones, revoluciones y transformaciones. La explotación ha sido continua, lo que han cambiado son las formas de explotación. Se han hecho más sofisticadas con el tiempo. Puede hablarse, pues, de un progreso en la explotación. Esto se debe a que el mundo -entorno, psicología humana, saber, poder político, estructuras sociales, etc.- cambia, y el modo de explotar tiene también que cambiar. La actual es psicológica. Por eso cuando advino la era digital, el terreno ya estaba preparado. La Guerra Fría fue la escuela de la explotación psicológica.  

Pero ¿qué es la explotación? Sentirse explotado es sentir que uno da en el terreno laboral mucho más de lo que recibe. Si esto ocurre en una relación amistosa o amorosa no decimos que nos sentimos explotados, sino manipulados, despreciados, cosificados o desilusionados, y lo achacamos al eterno egoísmo humano o al afán de poder y de control de algunas personas. La explotación es un fenómeno laboral, proviene del mundo del trabajo. Uno puede desvivirse por un verdadero amigo sin sentirse por ello explotado, pero no ocurre lo mismo con una empresa. El fenómeno se parece más a ese momento en que se nos enciende una luz y sospechamos que todo lo que nos ha hecho y dicho una persona estaba enfocado a su propio provecho. Nos sentimos manipulados, sentimos que han abusado de nuestra confianza. El explotado no tiene esa sospecha, sino la certeza de que es así. Sabe que si el objetivo de la empresa es ganar dinero, lo va a hacer siempre a su costa, manipulándole de infinitas formas. Ya no es ni siquiera que la empresa le obligue a trabajar más y cobrar menos, es peor. Es saber que todo lo que le hace la empresa está guiado por un objetivo.  

En el terreno de las relaciones personales, desde el momento en que surge la sospecha de manipulación, la relación acaba por romperse. Pues si tengo amistad con alguien es por la amistad misma, por el placer de compartir el tiempo con esa persona, y por ninguna otra cosa. Todo lo que hacemos tiene motivaciones que acaban por escapársenos, cierto, pero eso no impide la amistad. Lo que la rompe es actuar conscientemente buscando un objetivo en esa amistad. Naturalmente que a todos nos gusta tener amigos para no estar solos, pero eso no quiere decir que tenga que forzar la amistad de alguien para no estarlo. Al que busca amigos sólo por no estar solo, no le duran mucho sus amistades. Los que le rodean huyen, y con razón.

Pues bien, esta misma lógica de las relaciones personales resulta por completo inaplicable en el trabajo. Y aunque lo sabemos, no podemos evitar, con todo, sentirnos estafados y manipulados. A eso le llamamos explotación. Todavía habrá quien diga que es algo subjetivo y que él o ella no se sienten explotados. 

Nos hemos acercado al fenómeno de la explotación desde el lado de los sentimientos y de la lógica emocional que rige las relaciones humanas. Hemos señalado que, aun sabiendo que todo esto resulta inaplicable en el mundo laboral, no somos capaces de separar tajantemente los territorios, y no estamos dispuestos a ello. Resultaría incluso ridículo que alguien dijera: “¡Oh, sí, me explotan tremendamente, pero eso es solo en el trabajo!” Sería como decir: “Tengo una herida de cuatro centímetros en la mano, pero sólo le duele a mi cuerpo”. 

En una cultura que ha pasado por distintas formas de explotación lo más importante acaba siendo ocultarla, porque la gente sabe mucho, se ha hecho experta en localizar dónde le aprietan el zapato, en qué lugar la manipulan. Hemos llegado así a un modo psicológico de explotación, un modo invisible, que no tiene lugar bajo la forma de la coacción física o de los mecanismos de vigilancia y control que estudió Foucault. No estamos ya en la sociedad disciplinaria, sino en la que anticipó David Riesman en The Lonely Crowd. El individuo ya no tiene a quién echarle la culpa de la explotación, porque es él mismo quien se explota. Y lo hace de una manera tan sutil que ni siquiera es consciente de que es él mismo quien se explota. Si alguna vez lo sospecha, lo inverosímil de la situación le lleva a olvidarlo. 

La explotación comienza por fijar un objetivo al que irán subordinadas todas las acciones. ¿Y cuál es? Tener éxito. No es algo que uno se plantee al nacer, por decirlo así. Conforme se va creciendo, todo en la sociedad empuja en esa dirección. Ves los que viven bien y los que viven mal, y ves, sobre todo en la tele, los que han llegado a un callejón sin salida, los que han fracasado socialmente, es decir: los que no tienen ningún futuro asegurado, aquellos para los que cada día se trata de sobrevivir, los que comen de lo peor y están perennemente rodeados de suciedad, polución, masificación intolerable, falta crónica de dinero, objetos mal diseñados que dificultan todas las actividades cotidianas, trabajos de muchas horas y escaso sueldo, etc. etc. O se tiene éxito en la vida, o se cae en el pozo de los horrores. Todos los individuos, cada uno dentro de las expectativas de su entorno, se hace una idea de lo que para él o ella supone no fracasar. Cuando la etapa escolar acaba y empieza la vida en serio, incluso los más soñadores se lo tienen que plantear. No les queda otro remedio: o afrontan la cuestión del éxito, o dejan que su vida discurra por cauces incontrolables que el tiempo se encargará de hacer desembocar en el fracaso. Nuestra sociedad está hecha de esa manera. Hay gente tempranamente obsesionada por seguir un camino que creen, si no de éxito, al menos de no fracaso. Mucha gente. Otros, a la hora de la verdad, no están dispuestos a esforzarse tanto, o no se ven con fuerzas para ello, y deciden vivir un poco al tuntún, o un mucho. Otros descreen profundamente de esta forma de pensar. La casuística es innumerable. Pero lo decisivo es que esta épica del éxito es el único relato socialmente compartido. (Lo refleja Tolstoi en el celebérrimo comienzo de Ana Karenina: todas las familias felices se parecen, pero en las desgraciadas, cada una lo es a su manera). Repito: el único. No aparecen en la sociedad otras formas de plantearse la vida (no así en las artes, naturalmente). 

Sin embargo, hay muchas formas de triunfar. El éxito ya no va unido exclusivamente, como en el siglo XIX, a una estricta moral del trabajo. La multiplicación de formas de éxito puede considerarse, no sin cinismo, como una de las grandes conquistas de nuestra civilización. Andy Warhol lo señalaba con aquello de que toda persona debería tener derecho a quince minutos de gloria. Por un  lado, en medio de la mediocridad general, un éxito super-efímero actúa como válvula de escape ante las frustraciones. Por otro, la cultura de masas permite compartir muchas cosas a los triunfadores y a los fracasados, igualándolos cínicamente (pero no por ello sin eficacia, todo lo contrario). Dice Warhol: “Lo que es genial de este país es que América ha iniciado una tradición en la que los consumidores más ricos compran esencialmente las mismas cosas que los más pobres. Puedes estar viendo la tele y ver la Coca-Cola, y sabes que el Presidente bebe Coca-Cola, Liz Taylor bebe Coca-Cola, y piensas que tú también puedes beber Coca-Cola. Una cola es una cola, y ningún dinero del mundo puede hacer que encuentres una cola mejor que la que está bebiéndose el mendigo de la esquina. Todas las colas son la misma y todas las colas son buenas. Liz Taylor lo sabe, el Presidente lo sabe, el mendigo lo sabe, y tú lo sabes.” Si atendemos a las indicaciones de los economistas, la desigualdad ha aumentado terriblemente en los últimos cincuenta (y más) años. El famoso 1% se ha hecho con el 80% de la riqueza, superando las marcas del pasado, aunque quizá no al Egipto faraónico o a la China imperial en sus buenos tiempos. Con ello, la épica del éxito se ha visto reforzada. Ha demostrado que “las cosas son así” y que TINA (there is no alternative). La publicidad es su gran aliada, y la lucha que hay hoy en torno a los Big Data es en gran medida el esfuerzo del mercado por ofrecer un horizonte de éxito particularizado, a la medida de cada individuo. El sueño del mercado sería poder ofrecer hoy 7.000 millones de éxitos posibles, uno a cada habitante del planeta. Lamentablemente, muchos millones no podrían pagarlo. Pero no tantos como nos pensamos, porque el mercado sabe adaptarse a casi todas las situaciones. (Naturalmente, los éxitos no serían comparables entre sí). El lema “Otro mundo es posible” queda sólo como un faro en medio de la noche. En el colmo del cinismo, podríamos incluso completarlo: “otro mundo es posible; otro mercado, no”. 

Sometido a este campo de fuerzas, al individuo no le queda otra que sacarse partido. Allí empieza su auto-explotación. Actividad omnímoda que se realiza bajo el signo de la positividad. Es bueno sacarse partido, es inteligente, es útil, es positivo. Y lo hace explotando todos sus “talentos”: su bello cuerpo, su don de gentes, su don de palabra, su fuerza muscular, su baile, su música, su capacidad de cálculo, su destreza verbal, su sentido del humor, etc., etc. Para existir, tiene que ir al mercado y saber venderse. A esto se le llama emprendimiento. Las redes sociales lo fomentan, incitan a ello y facilitan el proceso. Mucho antes de empezar su etapa laboral, el individuo aprende a sacarse partido. Tiene que tener éxito socialmente: ser deseado, tener muchos amigos, etc. Ser respetado, sentirse digno y ser reconocido no son cosas tan importantes. Son conceptos, ¿cómo diríamos?... de la vieja escuela. Más bien se dan por sabidos (?), en todo caso no están en el centro de atención, no son el foco. Con el tiempo, se aprende. 

La autoexplotación no cesa nunca, a no ser que el individuo se rompa. No es otra cosa la que le van a exigir en la vida, en la empresa. No hay necesidad, por tanto, de un capataz fustigador. Sigue habiéndolos, naturalmente, pero predomina la presión psicológica, ejercida por muchos, difusa, ambiental. No hay manera de que el individuo pueda desatar el nudo gordiano y averiguar cómo empezó todo. A nadie puede echarle la culpa, hablando en general. Internet fomenta esta evolución social. Aquí también, como decía McLuhan, el medio es el mensaje. Lo que facilita Internet, bajo el bello paraguas que llama libertad, es que todo el mundo pueda sacarse partido.

 

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