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Podemos y el 15-M1

                                                               

El 15 de mayo de 2011 surgió en España un movimiento masivo reclamando la transformación de la democracia. Fue una auténtica sorpresa, y lo fue por muchas razones, algunas de las cuales vamos a traer aquí a colación. La primera y más importante es que se trataba de la primera protesta masiva con contenido político en España desde la la Transición. Sólo la manifestación contra el golpe de Estado de Tejero del 23-F, en 1981, gozó de mayor predicamento. Los españoles han protestado masivamente por el terrorismo -sobre todo desde el asesinato de Miguel Ángel Blanco-, también contra la guerra de Irak y, finalmente, contra las mentiras del gobierno a raíz de los atentados de Atocha. Nos referimos a auténticas mareas sociales, caracterizadas por su transversalidad: viejos y jóvenes, hombres y mujeres, de un partido y de otro, en los cuatro puntos cardinales. Movimientos que no se agotan en un día de manifestación, sino que dejan poso y cambian el panorama político-social. Precisamente por esto el 15-M llama más la atención, porque siendo un movimiento social masivo, no era contra el terrorismo, la guerra o los golpes de Estado -únicos temas que habían aglutinado hasta entonces a los españoles-, sino contra el sistema político en general.

El único antecedente pueden ser las pocas huelgas generales de un día que, desde el período de Felipe González, se han hecho. Ese día el país se paralizaba, millones de españoles salían a la calle a pasearse... sin que llegara a producir nada el sordo resentimiento que produce la desigualdad. Porque veíamos que a algunos les iba maravillosamente bien, y otros iban como podían, mientras que desde los medios parecíamos vivir en una España virtual de cielos azules y progreso. Pero la desigualdad no basta para inflamar a la sociedad. Sólo la crisis, innegable desde 2008, empezó a preocupar seriamente a los españoles. Entonces nos dimos cuenta de que las líneas rojas se estaban tocando: las pensiones, la sanidad, la educación. Tuvimos la sensación de que las conquistas sociales trabajosamente logradas desde el inicio de nuestra democracia estaban sufriendo una rebaja. No la voladura del Estado, sino el desmantelamiento silencioso de grandes parcelas del Estado de Bienestar. Eso era lo indignante: que nos hicieran creer una cosa cuando estaba pasando otra. Que nos dijeran OTAN de entrada NO y luego fuera que SÍ. Que nos dijeran Reforma Laboral y luego fuera Facilitar Despidos. Que nos dijeran Nueva Ley de Alquileres y luego fuera Te Subo Lo Que Quiera el Próximo Año. Que nos dijeran que no íbamos a una guerra a Irak, que del Prestige sólo salían hilillos como de plastilina, que las Cajas de Ahorros iban maravillosamente, y el Banco de España fumándose un puro. Pero fueron los deshaucios, más aún que las muertes por espera en el hospital, lo que quizá colmara el vaso. Quedarse sin casa a miles, con violencia policial para echar a la gente, la creación de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca... En aquellos días de 2011 la indignación era grandísima, y cristalizó en el movimiento 15-M.

No vamos a hacer la crónica del 15-M, simplemente constatar que no llegó a nada. Fue flor de un día. El 15-M, por su propia naturaleza, no podía formar un partido político. Y como no podía, se diluyó. Hoy es un recuerdo.

¿Es eso todo? En absoluto. Porque lo que emergió en el 15-M fue una inteligencia nueva, una nueva forma de entender y de actuar. La experiencia de los mayores y el empuje y saberes de los jóvenes cuajaron en un modo de ser extraordinariamente refractario a la manipulación política. La gente que participó en el 15-M ya no era esa masa trabajadora de estrechas miras y escasos conocimientos con la que cuentan las encuestas electorales. Era una masa mucho más inteligente y cultivada, capaz de suplir sus ignorancias con los saberes de otros. Capaz por tanto de formar un tejido resistente, una red de conexiones que no resulta fácil manipular. El primer mandamiento del 15-M, o su primer objetivo, aun inconfeso o inconsciente, fue este: que no nos manipulen. Que los políticos no se apropien de nuestra indignación. Que no hagan de nuestros portavoces.

Ahora bien, en una democracia bien entendida, ¿no debería ser al revés? ¿No deberían los políticos, precisamente, hacerse eco de preocupaciones sociales tan manifiestas? Pues no: el 15-M sólo se entiende desde la falta de confianza en los políticos y en el sistema en que están incardinados, que hay que deslindar cuidadosamente de la democracia (aunque esta sea concebida como ideal regulativo).

Y no sin razón. El primer paso para intentar manipular-neutralizar el 15-M fue tildarlo de violento. Cuando diez mil personas se manifiestan, los medios siempre subrayan la actuación de los 20 violentos de turno, por poner un número. Como la movilización fue muy grande y se extendió en el tiempo y por la geografía española, la acusación de violencia antisistema no prosperó. Se pasó entonces al intento de clasificación. Esto es algo natural, expliquémosnos: cada vez que surge un fenómeno nuevo, intentamos encajarlo en alguna de las categorías que conocemos, es decir, intentamos ponerle un nombre. Pero lo que se hace honradamente por afán de conocer, puede hacerse también de modo torticero para desacreditar el movimiento. Esto fue lo que se intentó hacer. Sin embargo, el 15-M demostró aquí una inteligencia superior. La gente no se dejaba encasillar. No había una cabeza visible a la que plantearle preguntas-trampa. Abundaba el ingenio, el retruécano, la ironía, el contraejemplo, toda una panoplia de recursos retóricos aprendidos de la publicidad y lanzados, como un boomerang en su vuelo de regreso, a la casta política y su sistema. No es extraño que una generación acostumbrada a los lemas publicitarios, a los anuncios, a una madurez visual e informática antes impensable o inexistente, empleara los mismos medios en los que había sido criada. Por primera vez, la población podía contestar mediáticamente: subía vídeos a Youtube, retransmitía lo que estaba pasando, escribía mensajes en las redes sociales, se ponía en contacto con personas de todo el mundo, etc. De aquí salió la gente de Podemos. Ellos y ellas encarnan hoy esta nueva inteligencia, con todos sus defectos y virtudes.

Luis Fernández-Castañeda

 

NOTAS

1Este artículo debe verse como continuación y complemento de otro mío anterior: "#Spanish Revolution Explained", en La caverna de Platón (http://www.lacavernadeplaton.com/articulosbis/spanish1011.htm).

 

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