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Óscar Sánchez Vadillo. Mayo de 2011

 

                                                                                               Definitivamente, para Pau.

 

Dios le habla a cada uno solo antes de crearlo

luego sale, callando, con él desde la noche.

Y esas palabras de antes de que cada uno empiece,

esas palabras nebulosas son:

 

Enviado al exterior de tus sentidos,

llega hasta el límite de tu ansia;

dame con qué vestirme.

 

Crece como la llama tras las cosas

para que así sus sombras, extendidas,

me cubran siempre por entero.

Deja que todo suceda: hermosura y espanto.

Sólo hay que andar: ningún sentimiento es remoto.

No dejes que te aparten de mi lado.

Cercano está el país

que llaman vida.

 

Lo reconocerás

por su gran seriedad.

 

Fragmento de El libro de las peregrinaciones,                                                         Rainer María Rilke, 1902

 

 

¿Has abierto ya los ojos? Siéntete cómodo, esta estancia es ancha y calida, pero algo oscura en comparación con el amplio resplandor que te vas a encontrar. Antes que nada, no hemos sido presentados formalmente: mis auxiliares son cordiales pero silenciosos, siempre con esa imborrable serenidad en la cara. Soy el dios de tus antepasados, como quien dice nada del otro mundo, en realidad tan solo uno de los más recientes. En mi puesto únicamente hay alguien más nuevo que yo, que es primo hermano mío y me temo que también otro solterón incorregible. No te preocupes que también lo conocerás ahí fuera, muchas personas te hablarán de él. Tal vez quieran que le trates de usted, pero debes perdonárselo: son todavía bisoños en algunos asuntos y las cosas no les van demasiado bien. A diferencia de él, yo he recibido muchos nombres, pero ninguno de ellos es secreto como oirás decir. Personalmente te diré que el que prefiero sobre todos está algo anticuado y ya casi nadie lo recuerda: es “Abbas”, que significa “padre con vientre de madre”. Es un poco raro, lo sé, así que podrás llamarme como te dicte tu corazón, y tutearme en privado. Verás que la gente se empeña en tratarme con solemnidad o con desprecio, como si les diera un miedo cerval o fuera un completo extraño. No les hagas caso en esto, suele ocurrir que me tengan en más de lo que soy, y a sí mismos en menos de lo que son. Yo no he creado el universo, esa apertura enorme y profunda, qué disparate. Ni tampoco lo gobierno, ni mucho menos: de eso se encarga la naturaleza, una viejísima serpiente que constantemente muda de piel y se saca nuevos trucos de su brillante lomo. También a mi me sorprende continuamente, hasta el punto de que creo que ni ella misma sabe lo que va a hacer después. De hecho, soy como el filósofo insomne que escruta eternamente sus movimientos, siempre perdido y como absorto en la meditación de un misterio sin fin. Ella me interpela a veces como su “joven y leal mayordomo” en un vano intento de hacerme rabiar, y yo se la devuelvo diciéndole “¿es que precisa algo que no pueda hacer por sí misma mi enredadora señora?”, mientras ella se ríe sacudiendo su miríada inacabable de anillos.

Lo cierto es que es mucho más lista y activa que yo, teniendo en cuenta su edad inmemorial, pero la casa de los hombres tiene inscrito mi rostro más que su aliento, cosa que sabe muy bien, demasiado bien diría yo. Ella os lo dio todo hace mucho tiempo, de un modo que aún no consigo entender, excepto el alma, que es prerrogativa mía; igualmente, ella puede quitároslo todo cualquier día, salvo el alma, que yo guardo celosamente para vosotros. En ocasiones pienso que me tiene algo de envidia por ello: creo que durante mucho tiempo fuisteis del todo suyos, pero quién sabe. En cualquier caso, soy yo quien puede y quien quiere dirigirse a ti ahora, por primera y última vez antes de tu salida a la luz del mundo. Después ya no habrá una nueva oportunidad hasta que la serpiente te devuelva a mi, lo que te aseguro que hará le guste o no, aunque entonces ya no será lo mismo. Comprendo perfectamente que es un debut prodigioso y no deseo que te sientas ni demasiado nervioso ni demasiado confiado. Créeme, yo ya estoy bastante nervioso por los dos, quizá por un exceso de confianza hacia ti. Y lo mismo les estará pasando a tus padres, me temo, siempre ha sido un poco así y siempre será algo distinto. No obstante, aguarda todavía conmigo un rato para escuchar unas cuantas palabras, igual que lo hicieron ellos en su momento. No estés impaciente, prometo no retrasarte ni un segundo más de lo debido.

 

Verás –esta es la palabra que más me oirás decir aquí, “verás”: me parece que representa una promesa y una esperanza a la vez. Pues bien, verás: las cosas en el mundo han cambiado un poco desde que hable en esta misma sala a tus padres. Ellos nacieron a un mundo problemático, pero esencialmente despreocupado. Todo parecía bien organizado, había prosperidad y abundaba un lujo nunca visto, al menos en la parte de la tierra a la que fueron llamados. Fíjate que no tuvieron que enfrentarse a ninguna cruel guerra, ni a enfermedades masivas, ni tuvieron que luchar contra la ignorancia y el hambre. El resultado pronto lo gozarás por ti mismo: son el fruto más dulce de la civilización tras décadas de zozobras y horrores, un verdadero orgullo para mi. Son abiertos, sinceros y tolerantes, saben recibir y saben dar, no conocen la ira ni el resentimiento. Gracias a seres como ellos, he podido velar por casos muy urgentes que requerían mi atención en otros lugares. Yo no puedo estar en todo, contra lo que te dirán, ni tampoco conozco el futuro, pues si no mi función carecería de sentido. Lo cierto es que tengo prácticamente las manos atadas, pero a cambio poseo una memoria formidable, en realidad dolorosa, casi insoportable, que es lo que te permitirá comenzar a ti como si nada hubiese ocurrido antes. Pero el porvenir… El porvenir se presenta más enigmático que nunca, esa es la verdad, incluido el mío propio. Los hombres han adelantado mucho en su envite con la serpiente, sin saber que ella es como la banca, que dobla las apuestas y nunca pierde. De esta manera, han ingeniado una gran cantidad de prodigiosos juguetes tecnológicos que ignoro si sabrán manejar adecuadamente cuando formen una unidad con ellos. No tendrán más remedio que inventar nuevas reglas, lo cual no es fácil teniendo en cuenta que ya las han ensayado casi todas. Dirás que vuestra inteligencia avanzará tanto como vuestro poder, pero mi experiencia me dice que la decencia del hombre pocas veces está a la altura de su habilidad. Por otra parte, los grandes mensajes ya han sido descubiertos, incluso yo mismo hice oír el mío, que fue el del sacrificio, y ahora todos -menos ese precisamente- son materia de publicidad para vender un coche o un refresco. Entretanto, la mayor parte del planeta se desangra, y no es que yo quiera ser catastrofista, de hecho, las grandes catástrofes no son más que las almas de los hombres viles que se han perdido en el camino de vuelta y siguen produciendo desgracia y calamidad a su alrededor. De modo que no veo otra solución en estas circunstancias que transmitirte una esquirla de mi legado: tú eres mi herencia por si yo me apago definitivamente como una cerilla al viento, y otros o ninguno vienen a ocupar mi lugar. No es que espere de ti una existencia de guerrero del compromiso en merma de tu felicidad, al contrario: tan sólo busco dejarte una porción condensada de lo que he aprendido un poco aquí y un poco allá para beneficio tuyo. Verás, será como la gramática parda de la vida, que olvidarás en cuanto traspases el umbral, pero que permanecerá latente incluso cuando descreas de las gramáticas formales que te enseñen allí. Te preguntarás cómo asumirla, si eso te cambiará en algo, incluso si estás preparado. Te muestro, esta es mi “tecnología” exclusiva, mi particular billete de ida y vuelta: coge mi mano, aspira profundamente, cierra los ojos y deja que la semilla halle su propio surco en tu espíritu. No te asustes, está dispuesto para ello desde el principio. Realmente, nada hay más sencillo…

 

“Nacer no es el principio de todo, sólo de tu aventura personal. Nada sale de una chistera como por sortilegio, a cada cosa le precede un mundo completo, desde siempre. Eso lo intuyes ahora que estamos juntos aquí, pero conviene no perderle totalmente el rastro ahí fuera. De ahí que los primeros contactos de la vida no sean ciegos o inconscientes como se cree, un error que brota de la interpretación que se les da en tiempos posteriores. La manera en la que recuerda un adulto piensa por inercia que es la única manera posible de recordar, y esto no es así. Siempre hay para ti un sentido de lo que ocurre, tu alma jamás descansa, y sueña cuando aún no le es posible entender. De hecho, entender no es otra cosa que adaptarse, imaginar lo que otros imaginan hasta que ellos llegan a imaginar y adaptarse también a ti. Tu cuerpo será el vórtice del sueño, porque entonces tus sensaciones te pertenecerán menos que nunca. Quiero decir: nadie puede quitártelas, pero tú carecerás del poder de provocarlas a tu gusto. Vivirás enteramente expuesto, sufriendo lo que las circunstancias quieran que sufras y gozando en la misma medida, como una flor abierta al borde del camino. A la vez, serás más invulnerable que nunca, puesto que nada en el mundo podrá entrometerse en tu sueño, que desplegarás sólo para ti mismo. Una situación extraña y divertida, si lo miras bien, porque es como extender una esfera cada vez más amplia hacia el exterior que te permite disfrutar de compañía sin perder la soledad. Una esfera transparente, que atraviesan luz y oscuridad, salpicada de puntos de luz y ondas de sonido, con los que tú vas componiendo tu cuadro e hilvanando tu melodía. Nunca estarás del todo despierto, pero tampoco del todo dormido, como una luna creciente en el cielo nocturno cuajado de estrellas. Al igual que cada una tiene un nombre dentro de su familia, descubrirás que tú mismo tienes también el tuyo dentro de la tuya, lo cual conlleva una gran responsabilidad, la primera de tu corta vida. Piensa que, cuando empieces a hablar, lo harás ya en tu propio nombre, poniendo intención en lo que dices, pues ese es el don del ser humano, algo que muchas veces se olvida que se originó escuchando. Demuestra, pues, sin más tardanza al mundo lo que eres, o sea: ponte en pie y habla.”   

 

“Lo sabrás todo sobre tus padres desde muy temprano. Ellos no te ocultarán nada, y tienen ahora una multitud de recuerdos tangibles que podrás contemplar a tu antojo, ensoñando cómo fueron ellos cuando estuvieron en tu lugar en diferentes etapas de la existencia. Mas eso puede esperar un tiempo, no te sentará mal un poco de intriga. Ellos serán durante años tus dioses sobre la tierra, y para cuando los hayas convertido en tus iguales mejor será que hayas aprendido a no adorar a ningún hombre por encima de ellos. No es que no exista la grandeza entre tus semejantes, desconfía de quien te diga algo parecido a eso, no será más que un pobre cínico con el que todos nos solazamos a solas adivinando lo bien que se conoce a sí mismo. Pero una grandeza que no te pega algún cachete de pasada cuando tu alma se afila como un estilete será digna de admiración, no digo que no, mas nunca de cariño. Sólo crecerás de verdad emulando a los demás, primero de todo a tus padres, pero apártate de aquél que estimule tus errores bajo el pretexto de que sólo él y tú compartís la verdad frente a la inmensidad del prójimo. Para tus padres pocas cosas son ya una sorpresa menos tú mismo; para ti, todo será sorprendente incluido ellos mismos. Ve encaramándote lentamente hacia sus hombros y mira desde cada nueva altura: no pares hasta que se ensanche el horizonte más allá de sus cabezas. La infancia es un tiempo fantástico si tienes suerte, tanto más precioso para el futuro en tanto en cuanto no necesita todavía de él. Vivirás el presente plenamente sin ansiedades, conocerás emociones tan embriagadoras que sedimentarán el esqueleto de tu sobriedad, las impresiones serán más vivas que en el mejor de los sueños, verás que las palabras que aprenderás para expresarlas sólo son señales para compartirlas, y lo mejor de todo es que tú mismo le pondrás fin cuando sientas que debas hacerlo en pos de algo todavía mejor. Ojala todos los finales fueran así, esa es mi aspiración más entrañada. Pero mientras, un niño es un pedacito de inmortalidad, incluso cuando se va pronto, y curiosamente nadie tiene menos miedo a la muerte que quien apenas acaba de probar la vida en sus sabores más fuertes. Sin duda es porque se siente protegido y querido a este y al otro lado del mundo, y, en efecto, un hijo es siempre un hijo, incluso cuando falta su padre, y un padre siempre es un padre, especialmente cuando falta su hijo. Pero también es porque un niño intuye que las maravillas no pueden haber terminado ahí: malamente puede estar de vuelta de todo el que aún no ha ido, y, más aún, sólo dice estar de vuelta de todo el que nunca verdaderamente ha ido. En ello reside una percepción, inequívoca aunque confusa, de la fuente inagotable de la vida, y el niño es aquel que se levanta cada mañana con ese cetro mágico en la mano. Es importante que sepas que ese cetro no se compra, sino que simplemente se “es”; no te dejes llevar por la tentación de los que comercian con sucedáneos de él. Aprovecha para pensar con las orejas, con los ojos, con las manos, como los animales, con los que todo niño es generoso, quizá porque ve que todo animal es un niño en estado salvaje, que nace adulto para sobrevivir y crece niño para salvaguardar su inocencia de la serpiente. Sé generoso también con los extraños, desecha la timidez, nadie te estará examinando entonces, eso empieza más tarde, y para entonces ya te habrás endurecido lo suficiente. Verás que los desconocidos pueden ser peligrosos, sí, pero tus padres lo son incomparablemente más para con ellos. Desde luego que la timidez es una loable muestra de modestia, pero quien se empecina en ella no por ello se gana a sí mismo y seguro se pierde el mundo. Hay cosas, hay personas: llega a las personas mediante las cosas, descubre las cosas como si fueran personas. Esa es la ley de la niñez a la que llaman juego, y que no es otra cosa que la máxima salud.” 

 

“Después, con la adolescencia, descubrirás que el mundo también puede ser inmundo, o sea, que lo intensamente bello también puede ser amargamente terrible, pero no asimilarás adecuadamente el alcance de este hecho ni aceptarás todavía las consecuencias que eso tendrá para ti. Porque percibirás ambos extremos sin vivir propiamente en ninguno de ellos, que asimilarlos hasta el fondo se desdibuja en prosaísmo y rutina, y el adolescente se erige contra toda costumbre en un poeta de la palabrota y un mimo de la acción. ¡Aaah! Eso te hará creerte muy listo, el más listo de todos junto con algún amigo o amigos, co-protagonistas con los que jugarás a ignorar vuestro pasado inmediato como niños haciéndoos todo tipo de ideas extremadas y simplonas sobre el mundo. Será el último y más apasionante juego infantil, que todavía te entretendrá durante unos años más: ¡¡El juego de la actuación, entre candilejas de acné y estudiado atrezzo, de la gran feria del teatro pubescente!! Los otros actores serán fundamentales, a veces como infierno y a veces como paraíso; la locuacidad se disparará en los diálogos, jamás con la palabra apropiada; habrá funciones de día y funciones de noche: este teatro sólo descansa por las tardes frente a una pantalla; la decoración la ponen mecenas retorcidos a los que tus padres adularan por tu causa; y lo más asombroso de todo: no habrá público, ningún público sería suficiente para quien finge haberse creado una voluntad nueva. Todo el montaje, en fin, de lo más excitante y fascinante, lo reconozco: de este escenario van a tener que echarte, vaya que sí, nadie en su sano juicio querría salirse por sí solo. Sin embargo, aunque dista mucho de ser una prisión, te aseguro que tarde o temprano te darás cuenta de que es una galería de espejos cerrada, laberíntica y asfixiante a su modo. Tus mayores, esos rematados pelmazos ahora, ya te lo habrán repetido antes más de mil veces: hay que madurar, chico. Pues, mira por donde, es la pura verdad; pues, mira por donde, va ser que de repente un día avistas muy de cerca aguardándote una responsabilidad que absorbe la totalidad de la voluntad en un futuro de proyectos gradualmente más reales; pues, mira por donde, resulta que hasta el sexo se amansa y espesa después, adquiriendo la solidez maleable del oro donde para el iniciado únicamente se disgregaba en líquido mercurio. No obstante, cómo negar que la adolescencia es una sagrada bulimia, un trago profundo, una dieta de dietas, dos tazas de vitalidad, un despilfarro consentido, una ordalía de dudas, una carrera sin frenos y un salto al vacío… aunque con red.

Si es cierto que la vida es lo que os pasa a los vivos mientras estáis ocupados en otras cosas, la primera juventud es la gran y extraordinaria excepción. ¿Qué es un ser que no se ocupa de nada, que lo deja correr todo, que camina midiéndose los propios pasos, a quien nada le parece importante excepto conquistar el reconocimiento ajeno? Ese bicho raro, ese espécimen casi contra natura, ese oportunista biológico de la serpiente serás tú, ya verás, durante el tiempo que tardes en crecer del todo. Y no es que esté yo siendo demasiado duro con esta edad, que ciertamente me es bastante ajena, al contrario: amo a esos bellos y encantadores ejemplares de hombre situados en una transición tan delicada, cuyas almas se ven sometidas a todas las tentaciones y seducidas por todos los ideales, incluidos los más negros de ellos. Pero es que pesa mucho sobre mí el dolor de tantos estimables jóvenes de antaño caídos en guerras, enfermedades, excesos o malas artes, como para contemplar con agrado el espectáculo de la frivolidad alimentada por esta época tuya. Te deseo, por tanto, el mayor éxito posible para este periodo, pero no tanto como para quedarte anclado en él como si fuera el culmen de la existencia humana. Mi consejo es, pues, que retengas para el futuro lo que tiene de sano relativismo respecto de las convenciones sociales, lo que tiene de nebulosa resistencia a la profesionalización del aprendizaje, y, ante todo, lo que tiene de sentido del humor, esa vaga comprensión de la gratuidad del instante por vivir.”

 

“Pero hay que madurar, chico, por las buenas mejor que por las malas. Y no es maduro el fruto que se cae de puro pasado, sino el que se aferra firmemente a su rama. A cada hombre le está encomendado manejarse en determinado entorno, o en varios consecutivos, y te aseguro que en ellos cuenta con todo lo que necesita para hallar la plenitud. Nadie es tan desgraciado, nadie, que no disponga a su alrededor del amor perfecto, del trabajo idóneo, de las ideas más acertadas, de la mejor amistad y hasta de la música imprescindible. Bueno, sólo hay que no dejarlos pasar como un tonto, no hay mucho más que pueda decirte sobre eso. O sí lo hay: no te dejes llevar por el gusano de la desidia, hacerse mayor es antes un ejercicio de disciplina que de lucha contra el mundo. La disciplina que uno debe saber aplicarse primero a sí mismo, no la que te convierte en un triste esclavo de algo o alguien. Ni siquiera para obedecer sirve el que no ha aprendido antes a obedecerse a sí mismo, al modo de un buen soldado de su propia causa, cuya preparación será precaria, pero constante. Porque también cabe la posibilidad de rebajarse a la esclavitud de uno mismo, que es sin duda la más penosa y la más irremediable. Si ya has evitado ésta, entonces tendrás que enfrentarte a la que proviene de la división en clases sociales, algo que no tendría por qué existir necesariamente, pero que triunfa siempre bajo diferentes disfraces. Ya la habrás conocido en la adolescencia, pero entonces su relevancia apenas sobrepasaba la estética. Aquello no se acabó ni mucho menos, y todavía la distinción entre las personas se configura y hace visible en la parafernalia que las envuelve. Sin embargo, en la mayoría de edad se ahonda y afecta a estratos más profundos, de los que ya no es tan fácil pasar de lado. Salvo en contadas excepciones, hasta arriba trepan los más crueles, a los que no falta, cierto es, espíritu de servicio, pero hacia el altar equivocado. Abajo habitan populosos los conformistas, cuyo consuelo es el número y cuya alegría es la entrega a lo suyo. No soy yo quien para indicarte el camino correcto, menos en un punto, que se refiere a alertarte contra el uso de la fuerza. Puesto que siempre hay otro más fuerte que nosotros, el que persigue poseer la fuerza máxima se ve obligado a rechazar la justicia que incluso la jerarquía de la fortaleza establece entre sus devotos, para lo cual tiene que echar mano de la maldad. Calcular la jugada del otro sin avisar, protegerse de antemano sin amenaza clara, servirse de subterfugios traicioneros, reírse del respeto a la deportividad, propinar golpes bajos con puño de hierro, regodearse en los daños colaterales… estas y muchas más son las estrategias con las que la maldad usurpa la fuerza, que en principio no estaba vinculada por lazos naturales a ella.   

Contra lo que te digan, no hay mucho de bueno que decir de la propia bondad. Fíjate que es mayoritaria, pero débil: basta la acción de un solo malvado para acabar con el bien hecho por generaciones. Es, también, por ello, reversible, mientras que el mal deja huellas imborrables, a veces imperecederas. Por último, es frágil, ya que no se basa en nada superior a sí misma: el bien se hace porque quiere hacerse, y ese es un impulso que un soplo nefasto de viento a destiempo puede desviar. ¿Quién sacaría la cara por defender una realidad tan endeble, tan pobre, tan menesterosa? Hay que ser realmente valiente para ponerse voluntariamente en este apuro, para meterse de lleno en estas arenas movedizas, para construir en la cornisa de este precipicio. Y te contaré un secreto: a los valientes se les distingue de los timoratos en que tienen más que perder. Así, cuanto menos tengas, menos seas y menos puedas, más cobarde te vuelves, como si tu propia miseria se hiciera más valiosa cuanto más se empequeñece. En cambio, la valentía pone continuamente en riesgo una riqueza tangible: de ánimo, de capacidad y hasta de posesiones concretas. De modo que elegir el bien es elegir también libertad, porque ser libre no es, como dicen, no tener nada que perder, sino tener “nada” cuando lo que has perdido es libertad. Te lo digo tal cual lo he ido observando, créeme.

Por otra parte, presiento que la serpiente, tan taimada en la mayoría de las ocasiones, no puede ser una enemiga mortal del bien en el mundo. En primer lugar, porque de ello depende hoy la supervivencia misma de la Tierra, a la que ella ha mimado tan ostensiblemente. Y en segundo lugar, porque todo es manifiesto en la naturaleza, y sólo la violencia se esconde: la espina en la flor, el lobo en la noche, la fatiga en la fábrica… De hecho, el camuflaje favorito de la violencia entre los hombres se reviste frecuentemente de un manto de bondad, rectitud y justicia, lo cual riza el rizo de la paradoja. Lo sé, lo sé: vaya terreno difícil al que enviar a un alma virgen ese del vivir, estarás pensando que realmente no hay por donde cogerlo. Sin embargo, allá donde no hay problemas tampoco hay alma, y ahí reside la tristeza ingente del morir...”

    

“Alcanzada la madurez, te parecerá durante un tiempo largo que ya se terminaron los cambios. Y puedes felicitarte por ello: muchas vidas ya habrán acabado antes de llegar allí por unas cosas o por otras, todas indeseables. Mas, naturalmente, es una falsa apariencia, y el hombre maduro es aquel al que tarde o temprano le asombran sus propias transformaciones internas y externas como si fuera un novicio. Normal que los hijos crezcan, pero… ¿¡tanto!? Normal que las costumbres varíen, pero… ¿¡tanto!? Normal que haya una cierta decadencia física, pero… ¿¡tanta!? El trabajo, muy a menudo denostado, se te antojará entonces una tabla de salvación, el lugar donde la experiencia cuenta aún para sumar, no para restar. Y si no es así, malo: podría darte, no sé, por el coleccionismo. De ahí que esta sea la etapa en que las elecciones apresuradas que hayas hecho antes te pasarán inevitable factura. Ten calma, todavía hay tiempo, que no es una sustancia que pasa, sino que se dilata. Por ejemplo, este es un periodo excelente para el amor, aunque nadie haya reparado gran cosa en ello. De cuando en cuando verás parejas de personas ya entradas en años que andan de la mano tanto más contentos cuanto más invisibles. Se dirá que el aspecto ya no les favorece, que sus entretenimientos son burdos, que sus sosegadas pasiones apenas queman, que parecen, en fin, un par de idiotas anónimos. No obstante, sea porque se conocen ya demasiado, o sea porque acaban de conocerse, son como la llama de una vela protegida en un quinqué y deberían representar una lección de desinterés mutuo para todas las demás edades. Y eso, desinterés, es lo que caracteriza o debiera caracterizar la conducta de estas décadas, no como ausencia de interés o tedio del león aposentado sobre sus dominios, sino al revés: como interés en las cosas y las personas por sí mismas, no como vehículo para conseguir algo. La historia, las lenguas vivas y muertas, las ciencias abstractas, los viajes, los proyectos de reforma… tantas materias de investigación sobre el pasado, el presente y el futuro que llenarían varias vidas cuando se las toma desde el punto de vista especulativo. La curiosidad suele ser subestimada, cuando consiste en el giro supremo del hombre, gracias al cual todos los hilos que han entretejido su vida pasan de ser agentes de su destino a objeto de su contemplación responsable. Únicamente el hombre ya formado como tal está en condiciones de actuar conforme a un conocimiento no viciado del mundo, y alcanzar ese criterio y ejercerlo con una sabiduría creciente implica la cima de la existencia humana al tiempo que la cota más alta en la que se hace posible una mayor utilidad de la propia vida para los demás, siempre que no se enfoque mal. Porque, a propósito de ello, también es un periodo que concede la oportunidad impagable de revisar los prejuicios acumulados hasta el momento, ahora que remite la pelea por abrirse paso que caracterizó el todavía no muy remoto ayer. Desgraciadamente, es esta una oportunidad que en la mayor parte de los casos se malogra por una mal entendida añoranza de la juventud, donde no todo fue tan maravilloso como se recuerda. Pese a ello, es imperativo deshacerse de esas enquistadas monomanías como de unos incómodos juanetes en el pie que nos molestan al pasear, pues en esta batalla íntima y silenciosa se libra nada menos que la clase de vejez que vayas a tener. Y sería verdaderamente enojoso fastidiarla en el último acto, porque no se puede exagerar la importancia de redondear la obra de toda una vida con un final todo lo demorado que se quiera, pero espléndido, sereno, ejemplar. Muchos más de lo que piensas -entre ellos todos los que te conocieron, quisieron e incluso aquellos que te odiaron- estaremos mirando con el aplauso o el pateo preparado. Esta caída de telón sí que tiene público, este cierre de espectáculo no acepta farsantes: ni siquiera puedes permitirte dejarnos indiferentes, por no hablar ya de decepcionarnos demasiado.      

¿Pero cómo hablarte en este momento y en este lugar de inminencias de la vejez? Temo que la perspectiva de los alifafes y las fealdades de la ancianidad agotaría la paciencia del alma más receptiva. Reduzcámoslo, mejor, a lo esencial. La vejez a unos les alcanza, a otros les hace presa. Para los primeros, tal desenlace debería ser la gloria de su existencia, que en lo que tiene de gloria tiene también algo de ya clausurado. Espectador incansable de esta solemne investidura del adiós, siempre he pensado que el hombre debería ser más imponente en tamaño cuanto más viejo, para que todos pudiesen ver tanto lo más radiante como lo más podrido de su figura, además de escuchar con el respeto que merezcan las palabras de tales gigantes. Pero la serpiente no lo ha querido así, lo cual se agrava en los tiempos que corren, cuyo mayor pecado consiste en despreciar la tutela de lo vivido. Tan sólo le queda ya al viejo cometer locuras, dado que no hay razón para regatear más con el tiempo. Más que nunca el tiempo es un aliado: cada segundo es una puerta, cada minuto un recibidor, cada hora todo un salón. No hay que tener miedo a cerrarlos de golpe y salir disparados, puesto que han menguado las obligaciones y nadie nos necesita. Locuras, excentricidades del bien a fondo perdido, dar una última campanada celestial que resuene en las conciencias por media eternidad... Yo mismo me lo estoy pensando muy seriamente…

Para aquellos a los que la vejez les hace presa inmisericorde, la serpiente ha dado una muestra de compasión procurando que sus facultades se debiliten, de modo que la despedida les resulte más fácil, incluso más deseable. Morir no es el final de todo, tan solo de tu aventura personal. Nada desaparece en una chistera como por sortilegio, a cada cosa le sigue un mundo completo, desde siempre. No otro puede ser el contenido de la religión, persistentemente tergiversado: el que hay una trascendencia, sí, pero la del mundo mismo respecto cada viviente; el de que hay un más allá, sí, pero en el futuro respecto de nuestro presente; y el de que hay una redención, sí, pero la de todos los pecados cuyos efectos desaparecen. Aquel rey que dijo que “después de mi, el diluvio” merece un infierno de olvido, si no fuese porque hasta su necedad deber servirnos de enseñanza. Yo mismo soy religioso en ese preciso sentido, espero que consecuentemente.

 

“Terminamos, es la hora. No le pongas vallas al campo, que de por sí no las tiene. Multiplica los talentos con los que naciste, como dicen en el libro que me dedicaron. Y, ante todo, recuerda que algo más grande que tú te ha hecho, pero que tú puedes ser igual de grande, sin sentir la necesidad de llegar a ocultar el sol, que sería demencia y no grandeza. Y por si acaso he sido muy inconcreto aquí tienes un decálogo actualizado de “mandamientos”, en los que prima el “no” como antes, es verdad, pero porque no se especifica, a cambio, que es lo que “sí” debes hacer, y esa es la clave de su parquedad e incluso, porqué no, elegancia, si es que te lo parece así; es a saber:

 

 

1-      Amarás los papeles de Jack Lemmon por encima de todos los demás personajes de ficción y verás sus películas tres veces como poco. Obligatorio.

 

2-      No utilizarás mi nombre como escudo para justificar tropelías de cualquier tipo o para poner en mi boca ridículas afirmaciones absolutas. No me gusta.

 

3-      Santificarás las fiestas, también las de tu prójimo, máxime cuando no las entiendas bien: prohibido ser un aguafiestas por soberbia o por acritud.

 

4-      Honrarás a tu padre y madre aunque no se lo ganen siempre, y considerarás su casa como tu refugio-campamento-base a la falda de cualquier montaña.

 

5-      No matarás por “obediencia debida” ni, en general, darás ninguna vida por irrecuperable para la convivencia social, aún a costa de la sociedad misma.

 

6-      No cometerás actos corruptos ni darás pábulo a ellos por inacción. La integridad del alma no se vende por dinero, placer, honra, poder o favores.

 

7-      No robarás a los que tienen menos que tú, ni sus bienes ni sus esperanzas ni su trabajo. En cuanto a las ideas, no son propiedad de nadie en especial.

 

8-      No levantarás falso testimonio ni mentirás descaradamente, lo cual es vergonzoso hasta la ignominia cuando intuyes claramente que nadie te cree.

 

9-      No albergarás pensamientos o deseos autodestructivos salvo cuando de ello vaya a derivarse una mejora real del mundo, del cual eres amo y servidor.

 

Y 10- No codiciarás vivir vidas ajenas ni albergarás envidia malsana hacia los aparentemente más afortunados que tú. Cada cual tiene su aquel, de veras.” 

 

 

 

Ha sonado la llamada. Suelta mi mano. Abre los ojos. Verás…

 


 

 

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