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Poesía y comprensión: reflexión sobre un poema de Jaime Sabines, "Los amorosos" , por Mónica Gómez Salazar. México. UNAM

 

Uno de los secretos para la poesía oral está en escucharla, sólo escucharla, no oírla y nunca leerla mientras se escucha, si se hace esto casi seguro que la poesía que se oye, es la misma que se lee desde dentro, desde uno mismo y no, como debiera ser, desde el interior del poeta que se hace único con el interior de uno.

LOS AMOROSOS

 

Los amorosos callan.

El amor es el silencio más fino,

el más tembloroso, el más insoportable.

Los amorosos buscan,

los amorosos son los que abandonan,

son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,

no encuentran, buscan.

Los amorosos andan como locos

porque están solos, solos, solos,

entregándose, dándose a cada rato,

llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos

viven al día, no pueden hacer más, no saben.

Siempre, se están yendo,

siempre, hacia alguna parte.

Esperan,

no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.

El amor es la prórroga perpetua,

siempre el paso siguiente, el otro, el otro.

Los amorosos son los insaciables,

los que siempre -¡qué bueno!- han de estar solos.

Los amorosos son la hidra del cuento.

Tienen serpientes en lugar de brazos.

Las venas del cuello se les hinchan

también como serpientes para asfixiarlos.

Los amorosos no pueden dormir

porque si se duermen se los comen los gusanos.

En la obscuridad abren los ojos

y les cae en ellos el espanto.

Encuentran alacranes bajo la sábana

y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,

sin Dios y sin diablo.

Los amorosos salen de sus cuevas

temblorosos, hambrientos,

a cazar fantasmas.

Se ríen de las gentes que lo saben todo,

de las que aman a perpetuidad, verídicamente,

de las que creen en el amor como en una lámpara de

inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,

a tatuar el humo, a no irse.

Juegan el largo, el triste juego del amor.

Nadie ha de resignarse.

Dicen que nadie ha de resignarse.

Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,

la muerte les fermenta detrás de los ojos,

y ellos caminan, lloran hasta la madrugada

en que trenes y gallos se despiden dolorosamente

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,

a mujeres que duermen con la mano en el sexo,

complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas.

Los amorosos se ponen a cantar entre labios

una canción no aprendida.

Y se van llorando, llorando

la hermosa vida.

Sabines, Jaime

Ahora, la poesía de "Los amorosos" grabada en 1965 por Jaime Sabines.

audición:Sabines-1965

Uno no sabe si en el comienzo del poema Sabines habla de otros que son los amorosos o habla de esos que son los amorosos y de los que también él es presa, no se sabe si dice: "los amorosos callan" o dice: callo, tal vez nos platica como un extraño que "el amor es el silencio más fino" o tal vez dice: ¿sabes qué creo? Que el amor es el silencio más fino, no sé por qué lo encuentro fino, pero así lo siento, fino, tembloroso e insoportablemente vivo para mí desde el único y primer momento que te hablo de él. Y sin embargo, aquí uno todavía no atina a saber si eso es lo que platica Sabines o es lo que desahoga Sabines, aún más, no sabemos si lo que dice Sabines es la forma justa como él encontró en sus palabras (sin saberlo ni conocernos) el sentir preciso de nuestro ser interior, para de esta manera, nosotros también ver al amor como un silencio fino que nos carcome dolorosamente. No sabíamos nada acerca de ello, que lo teníamos ni que nos dolía, no sabíamos hasta que vino el poeta a despertarlo; paso siguiente, uno se siente condenado, un amoroso más ya no acompañado, sí solitario, un amoroso que busca, abandona o es abandonado.

Vienen las frías palabras de Sabines, si acaso hubiera duda: sí estás solo, yo te cuento sobre los amorosos pero tú, ése que me escuchas eresJaime Sabines uno, solo, solo, mi voz no te es compañía sólo la terrible presencia de aquello adormecido en tu interior que yo desperté. Se le escucha una veta de compasión por esos pobres que lo escuchan o se resguardan en sus palabras descubriéndose al hacerlo, menos mal que hasta ahora, él no es uno de ellos, uno de nosotros, que sin saber cómo, fuimos involucrados de solitaria voz: la de él pero sobre todo la propia.

En un instante esa soledad pasa, no la soledad de los amorosos, la soledad en la que, desde un principio el poeta del que íbamos de la mano, soltándonos, nos dejó hundidos, señalados por nosotros y no por él: nosotros los amorosos. Viene el poeta abriéndose inevitablemente, su voz lo delata y dice más que sólo "los amorosos", su voz grita y puja: yo que soy un amoroso, ése que se siente insaciable y solo, me da gusto estar solo, uno descubre ese sentido real de sus primeros desahogos de amor: siento al amor tan insoportablemente fino que parece romperse dentro de mí, dentro de mi ansiedad por buscar, de llorar, por no querer que me coman los gusanos. Se escucha la voz del espanto, no la voz del espanto del amoroso, no, es la voz del espanto de no saber que se es un amoroso traicionado por su propia voz. Voz llena de ansiedad que abarca el alma de quien la escucha desde dentro, desde quien la dice, la cadencia es apresurada, no tanto por no querer esperar mucho sino por no poder guardar más esa carcajada amarga que quema de querer restregarla en la cara de aquellos que creen en el amor como una "lámpara de inagotable aceite". La voz posesiona al hombre, poseso no por los sonidos guturales de sus cuerdas, poseso por aquello que dice que fermenta a los amorosos, se siente ya lleno de fermentación, una efervescencia que sube y sube como sal de uvas sin poder pararla, a punto de derramarse acaba por ceder a que es uno de tantos o de pocos, también, amoroso, ése que llora la hermosa vida, no porque la vida sea hermosa ni tampoco un llanto sino porque la hermosura de la vida en la que se esperanza Sabines es ésa a la que se accede con el llanto de no tenerla consigo.

Los gusanos nunca me parecieron tan aterradores como cuando los escuché de esa voz desasosegada por no encontrarse muriendo vivo, mordido por ellos. Miedo de no sentir eso que sienten y no sienten, eso que llena y no llena el alma de los amorosos. Que vengan los gusanos y muerdan el cuerpo muerto y si quieren que lo roan vivo pero que nunca, suplico, carcoman mi soledad ni me llenen de tranquilidad, de pasmo.

Ahora recuerdo aquel poema de Benedetti "No te Salves."

"No te quedes inmóvil

al borde del camino

no congeles el júbilo

no quieras con desgana

no te salves ahora

ni nunca

no te salves

no te llenes de calma

no reserves del mundo

sólo un rincón tranquilo

no dejes caer los párpados

pesados como juicios

no te quedes sin labios

no te duermas sin sueño

no te pienses sin sangre

no te juzgues sin tiempo

 

pero si

pese a todo

no puedes evitarlo

y congelas el júbilo

y quieres con desgana

y te salvas ahora

y te llenas de calma

y te reservas del mundo

sólo en rincón tranquilo

y dejas caer los párpados

pesados como juicios

y te secas sin labios

y te duermes sin sueño

y te piensas sin sangre

y te juzgas sin tiempo

y te quedas inmóvil

al borde del camino

y te salvas

entonces

no te quedes conmigo."

 

Habría que ver más de cerca la relación real que hay entre este poema y el de Sabines, los amorosos no quieren ni pertenecen a figura o forma alguna, no son configurados, no pueden ni quieren ser parte de… su esencia, su vivir, es la no pertenencia; desde este sentido, el poema de Benedetti no tendría mucho que hacer pues la primer defensa de los amorosos es la de su singularidad en la soledad que tanto les raspa y tan allá los consuela, Benedetti, por el contrario, no se dice solo en su ser sino a condición de…

Para los amorosos no hay pasado, no hay futuro, hay instante; uno solo: el siendo, el cambio eterno, lo no absoluto, lo no definitivo, nunca se definen, nunca encuentran, nunca se quedan. El amor se les escapa de entre los dedos de las manos como río que corre, el mismo río, ése del que los filósofos dicen que nunca es el mismo, por eso los amorosos no se salvan ni salvan al amor. Viven en la constante, querida - y para los otros sólo- insoportable no permanencia, incertidumbre de no ser o no estar; viven viviendo, son siendo, están estando, mueren muriendo, cambian cambiando, pasan pasando. Con camino desmemoriado, son "locos, sin Dios y sin Diablo" dándose, yéndose, viniéndose; si durmieran morirían, se quedarían quietos, serían. Cada día, sin escritura y por lo tanto sin memoria ni recuerdos; mueren, nacen, lloran, se renuevan de muerte, se renuevan de vida, de llanto y alegría.

"Solos, solos, solos" Solos de estar en este mundo, sin base, sin creencia, sin religión, sin nación, sin identidad que los identifique, comunique o acompañe con los otros, por eso son locos. Círculos huecos porque no retienen nada, como un jarro sin fondo, con diarrea dentro no conservan ni las semillas, en otros, ésas dieron flores, frutos, árboles, vides y todo un campo de cafetales, quién sabe si quiméricos pero ni duda hay que eran cafetales. Los amorosos no tienen ni flores, ni frutos ni vides ni cafetales, quién sabe si porque el café o la vid sean sólo unos de tantos fantasmas vírgenes de uvas o cerezas no creadores del camino no andado, del pensamiento no pensado, la palabra no dicha, recuerdo no evocado. Los amorosos "se ponen a cantar entre labios una canción no aprendida" porque no se resignan al olvido de la renovación.

 

 

Sabines en Bellas Artes.

audición:Sabines en Bellas Artes

Sin duda alguna salta a la vista, al oído, al tacto, al alma; que ése que recita "Los Amorosos" es otro, otro ser que el de hace poco más de 30 años. Ahora es un abuelo, o es como un abuelo que cuenta anécdotas a sus nietos, tal vez las suyas, tal vez las de otros pero al final ya no son suyas, si fueron o no, es asunto que no interesa mucho porque quedó atrás, atrás de los años, atrás de su piel, de su mente, detrás de su espíritu. Con una voz de consuelo, de compasión, de tranquilidad, nos cuenta sobre "Los Amorosos" a punto de dejar de vivir, lleno de pausas, de comprensión y melancolía, platica.

Busco y busco alguna palabra, alguna descripción que sea fiel a su voz, a su interior, pero se me escapa fugazmente entre las palabras escritas, es posible que mi vocabulario necesite enriquecerse pero aún así, el diccionario no me da armas suficientes, su voz, ésa que escucho y que no reconozco bajo el cristal de la esencia de su voz pasada, se vuelve inefable, inapresable. Busco el antónimo de ímpetu y no encuentro que eso sea la voz del poeta, parece un narrador pero no sólo es un narrador, es uno de esos que viendo hacia atrás nos cuenta a lo que probablemente habremos de llegar.

Esa placidez que me hace encontrarle a su voz una sola tonalidad, hace 30 años hubiera dicho que su voz iba saltando entre colores marrón, gris, café, rojo, verde, negro, todos intensos, obscuros, graves, insondables, fúricos, intimidantes, sentenciosos, largos; ahora , la voz de Sabines es una sola, homogénea, color rosa.

Armonioso con la vida, con el amor, se hizo un nómada sedentario del amor, a ese paso siguiente "el otro, el otro" le encontró el ritmo, la medida y al cambio lo conquistó, no con la permanencia, no, con el ánimo de animarlo a seguir cambiando, desapresando.

Platica de las serpientes pero no como sus brazos, las serpientes de otros son, a los que les cae el espanto. Lleno de condolencia y tal vez conmiseración por esos amorosos les platica de los gusanos. En su voz, una veta de misericordia por esos pobres locos, quién sabe si héroes, quién sabe si víctimas, quién sabe sin con orgullo o tristeza. Entre la música de los versos no sabemos si él también llora con ellos por hacerles compañía o siente melancolía de aquellas mujeres "que duermen con la mano en el sexo complacidas".

Después suavemente, con total resignación y posiblemente una derrota triunfal, sabe que, como los otros, se va "llorando, llorando la hermosa vida", para él, dejada en un respiro, para ellos, con el ansia de sorberla en un respiro.

"Los Amorosos" finales, los últimos, dejaron su pelea, bajaron la guardia, soltaron sus armas e izaron la bandera de la paz.

Sabines dice, "el amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable" Y también dice: Yo viví enamorado del amor, con el amor, desde el amor, sufrí con el amor y casi nunca soporté el amor, viví contra el amor y abogando por el amor, peleando con el amor y perdonando al amor. También dice: por eso, estoy por explicarte lo que creo que es el amor, quiénes son los que lo llevan Te explico no porque lo pidas ni porque con esto comprendas, sólo para que sepas y algún día sientas algo de consuelo en esta compañía, que encuentres alguna explicación de lo que pasa en ti, en otros, tal vez en todos, tal vez en nadie. Si acaso un día te sintieras "tembloroso, hambriento y salieras a cazar fantasmas" sabrás entonces que puede que seas un amoroso, si acaso " te rieras de la gente que lo sabe todo", "la muerte te fermentara detrás de los ojos", "olieras a las mujeres y te fueras desde entonces llorando la hermosa vida" … no tienes que hacer nada, eres uno, amoroso.

 

 

La poesía de Sabines es mucho más tranquila, natural y ágil ahora que hace 30 años, ya no va el poeta en contra de ella, más bien deja que fluya en él, con su melodía, con su velocidad, con su ritmo, su paciencia; para dejar de ser el protagonista o algún personaje, y convertirse en el que nos platica, quien da un consejo, una consolación, quien tiene la respuesta a las preguntas cerradas que los jóvenes vemos y sentimos sin encontrar rayo de explicación que aclare - aunque sea un poco- una duda, dos dudas, la duda de la que somos presos; con esa voz dulce, en paz, voz de quien va terminando la vida, voz de quien se reconcilió con la vida y consigo mismo, voz que hace 30 años vivía y que parecía rival; ahora, explica y sana el borboteo de la caldera hervida de emociones, de ganas de vivir, de ganas de morir, de ganas de amar, de no amar, de estar solo y no estar otra noche más ni solo ni desesperado, ni lleno de espanto. Por la voz se le ve en los ojos a Sabines que perdonó a la vida ¿de qué? ¿Quién va a saber? Pero la perdonó de ser y de tenerla, sus ojos entreabiertos miran apacibles al público, su público; miran el Palacio y regresan al poema. Sus manos casi sin moverse dicen, estoy cansado, no harto, solo cansado, porque a mi edad el cansancio es haberse dejado llevar por el ritmo de la vida sin querer imponerle uno propio. Que me lleve la vida a donde quiera, no me importa, no porque no me interese la vida sino porque me he vuelto su papalote que vuela detrás de ella a donde quiera que ella jale. Vivo el ahora, mi poema de "Los Amorosos", no sé qué haré saliendo de aquí, me es indiferente saber del futuro, la vida tan instantánea, tan sin pasado ni futuro, al final aunque ahora se los platique, sigo siendo un amoroso, aunque ahora no me cae el espanto y creo que ya tengo un Dios o tal vez un Diablo.

 

Los Amorosos desde la voz de uno (poesía escrita).

 

Cuando uno lee, inevitablemente lee desde uno mismo y tal vez para uno mismo, aunque hubiera más de una persona escuchando, la única voz que escucha quien lee, es la propia. Desde este punto de vista, no importa si la persona lee en voz alta o mental, al final el ritmo que le ponga a las letras y por lo tanto el sonido de ellas siempre o casi siempre será uno mismo. Lo que nos lleva a pensar que es posible que en el caso muy particular de la poesía escrita, el significado pudiera ser en muchas ocasiones el mismo. Es difícil deshacerse de la voz interna que dicta a los ojos la lectura de unos versos, los mismos versos de hace 30 años, de hace 2, de ayer, de hoy. Esos versos escritos, esa poesía escrita no cambia, en todo caso cambiaría desde nosotros, los que somos la posibilidad de leerla distinto al paso del tiempo. Ser más o menos nosotros pero sí distintos a los que fuimos, quien cambia es uno no la poesía. Todo lo que se encuentre en ella, lo que se vea, lo que se sienta, lo que no se vea, lo que no se sienta, lo que no se escuche, no es porque no esté ahí, es porque en nosotros todavía no ha madurado la sensibilidad para verlo, lo mismo que las piernas, uno no sabe cuánto pueden correr hasta que las usa y las usa por un camino desacostumbrado.

Al poner los ojos sobre el poema "Los Amorosos" uno lee de corrido, como si no fuera poesía, como si fuera cualquier ensayo. Hay que hacer notar que en los ensayos, los puntos y las comas son para dar pausas en los sentidos de las oraciones y las palabras, pero cuando las comas, puntos y comas y puntos, se usan en la poesía, se transfiguran no en pausas que dan sentido sino en sentido mismo. Uno de los errores más comunes cometidos en la poesía escrita es que la leemos sin pensar en cómo hablan esas comas y puntos, la leemos como esos párrafos de calendario ecológico que dicen: "Reserva de la Biósfera Mariposa Monarca, Michoacán. La monarca realiza una de las migraciones más largas del mundo de los insectos…" Cuando habría que leerlo con la musicalidad y el ser profundo de las palabras. Leer poesía es más que leer una descripción de estados de ánimo que pueden o no coincidir con el propio, leer poesía es entender la personalidad de las palabras y sus puntuaciones, según eso, sabremos si las palabras reclaman, suplican, se ríen o seriamente dictan sentencias como "Los amorosos callan".

Cuando leemos: "Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan." Entendemos que al leer: "su corazón les dice que nunca han de encontrar" hay cierto consuelo, cierta candidez y paciencia, sobre todo cuando lo confirman las palabras: "no encuentran", suspendido entre dos comas, se lee: "no encueentraaaan, buuuuscan". Cuando leemos en la poesía: "solos, solos, solos" no debiera leerse "solos, solos, solos"; sino "so-los, soooo-los, soooooooo-los", con ese dolor que va agudizando el "solo" segundo respecto al primero y el segundo respecto al tercero. Estos secretos que normalmente no se ven en la poesía leída por uno -en la escrita- se descubren en la oral. De pronto se entiende cómo siente cada palabra, cómo piensa, cómo se defiende; de tal suerte que las palabras dejan de ser las mismas unas respecto a otras y cada vez más según sean pronunciadas o escuchadas y no se diga menos sobre las comas, los guiones, los puntos, signos de admiración, espacios, acentos y conjunciones. También cada una de ellas tiene una hermenéutica propia e irreductible a una lectura simple de calendario o de ensayo, en la poesía, las palabras dejan de ser significantes de uno, dos o más significados; en la poesía, las palabras y la puntuación se deconstruyen en sentidos puros que rebasan, por mucho, la posibilidad de explicarlos. Ese secreto místico de la potencialidad de las palabras, no siempre depende de que el contacto con la poesía sea necesariamente oral o escrito, sin embargo, en el caso de Sabines sólo entendemos qué dicen las comas de: ",no encuentran," o los signos de admiración de "¡qué bueno!" hasta que le escuchamos marcarnos el ritmo con el que debemos seguir nosotros cuando volvamos a leer.

 

 

Intentar explicar la poesía, no sólo de Sabines sino cualquier poesía, es intentar apresar el abandono y lo amorfo. Octavio Paz en su obra "El Arco y la Lira" explica que la actividad poética atiende a lo revolucionario. Paz se refiere a la poesía como un ejercicio espiritual y muscular, un ejercicio que niega la historia. Y sí, efectivamente, la poesía, hablando específicamente la de Sabines, se hace un presente constante, aquél en el que sólo hay historia porque nosotros - sus lectores - tendemos a ver hacia el pasado, hacia aquella voz del 65, pero, esa poesía del 65 no es el pasado de la poesía de los noventas, por el contrario, son dos poesías distintas y dos poetas distintos que niegan tener o ser historia. En otras palabras, la poesía deja de ESTAR, para hacerse y ser vigente sin que exista posibilidad alguna de relacionarla con lo que era o pudiera ser; la poesía se recrea una y otra vez, SIENDO, ESTANDO siempre nueva, no ES otra poesía distinta de la que ERA, se trata de una nueva poesía con la que los hombres jugamos a renovarnos ilusionados de no ser tan pasajeros ni efímeros, imaginándonos que gozamos también de ese bosque de los árboles siempre verdes de la poesía, revirtiendo esa transitoriedad en un continuo cambio que, contrario a su naturaleza, se hace presencia constante. "La inmovilidad es una ilusión, un espejismo del movimiento; pero el movimiento, por su parte, es otra ilusión, la proyección de Lo Mismo que se reitera en cada uno de sus cambios y que, así, sin cesar nos reitera su cambiante pregunta –siempre la misma."

Cuando en "Los Amorosos" escuchamos a Sabines contarnos de sus padecimientos, irremediablemente quedamos adheridos a ellos, al grado de que terminamos siendo más que la compañía de un amoroso, los mismos amorosos que sienten todo aquello del poeta. "La actividad poética es un método de liberación interior...ostenta todos los rostros pero hay quien afirma que no posee ninguno."

 

Podríamos decir que la poesía es una especie de sobrenaturalidad otorgada a algunos hombres, seres que son creadores de algo de lo que definitivamente no tienen total conciencia respecto al grado de su potencialidad, digamos que podemos aventurarnos a exponer la hipótesis de que los dioses usan a los poetas para encontrar una comunicación (podría ser) mediata; a través de la poesía. Tal vez sea ésta la razón por la que Paz aseguraba que aunque las disciplinas literarias son imprescindibles para el estudio de una obra, nada pueden decirnos acerca de su naturaleza última, nada se puede hacer con su irreductibilidad.

¿Qué es lo que hace que la poesía sea irreductible? ¿Cómo es que nombramos con la misma palabra: poeta igual a Sor Juana que a Rafael Alberti que a Octavio Paz o que a San Juan de la Cruz? Más aún, cómo es que se les llama con una misma palabra si sus obras siempre son otras, una no es la nueva versión de la primera, cada una es creación tan singular y propia que se hace a sí misma única, tan única como único fue su creador cuando la concibió. Habría que ver si efectivamente la poesía se hace tan irreductible e irrepetible como el mismo poeta y/o a causa de él; a causa de su personalidad, de su sensibilidad tan particular de aquel momento o por el contrario la poesía nace como la consecuencia de seguir estilos preestablecidos de esa corriente en particular.

 

Octavio Paz diría que no: "Llamar a Góngora poeta barroco puede ser verdadero desde el punto de vista de la historia literaria, pero no lo es si se quiere penetrar en su poesía, que siempre es algo más. Es cierto que los poemas del cordobés constituyen el más alto ejemplo del estilo barroco, ¿mas no será demasiado olvidar que las formas expresivas características de Góngora –eso que llamamos ahora su estilo- no fueron primero sino invenciones, creaciones verbales inéditas y que sólo después se convirtieron en procedimientos, hábitos y recetas? El poeta utiliza, adapta o imita el fondo común de su época –esto es, el estilo de su tiempo- pero trasmuta todos esos materiales y realiza una obra única. Las mejores imágenes de Góngora –como ha mostrado admirablemente Dámaso Alonso- proceden precisamente de su capacidad para transfigurar el lenguaje literario de sus antecesores y contemporáneos."

 

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