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SABATO EN ABSOLUTO

( Ensayo filosófico literario)

 Por Juan Carlos Bustamante Velarde (Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú). Enero de 2007.

 

Ernesto Sabato

Quiso ser enterrado

con una sola palabra en su tumba.

PAZ

                         E.S, Abbadon el Exterminador.

 

 

Por Juan Carlos Bustamante Velarde (Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú). Enero de 2007.

Ernesto Sabato

Quiso ser enterrado

con una sola palabra en su tumba.

PAZ

E.S, Abbadon el Exterminador.

Schopenhauer decía con lúcida razón que el ser humano es el único animal que se admira de su existencia. Y de esta sorpresa nace, decía también Schopenhauer, tanto en el hombre común como en el intelectual la necesidad imperante de una metafísica, es decir, en términos simples, de una justificación para su estar en el mundo y este concepto se armoniza perfectamente con la noción jasperiana de la irrupción de la angustia, a saber: el momento crucial en el que el ser humano se encuentra cara a cara con la nada, y de este avistamiento se sucede la incertidumbre total y absoluta, o el " terror a la historia" del que habla Eliade, que termina por apoderarse de él dejándolo atónito y desconcertado. El hombre, exiguo ante la inconmensurabilidad del momento que lo aborda, trata, a mi juicio infructuosamente, de hallarle la enjundia al vacío del cual es presa. De esta manera confronta perplejamente su situación límite, aquella para la cual nuestro precario intelecto no ha previsto, o lo que es aún más terrible no tiene defensa natural alguna. Esta contienda es rehuida por los más, en ellos la adhesión negligente a unos dogmas cualesquiera será eficaz y les permitirá decorosamente seguir subsistiendo sin pesar alguno. Y es que el concepto de dios, en todas las cosmovisiones religiosas, desde las más vulgares hasta las más excelsas, es decir desde occidente a oriente, tal y como ha sido articulado, no es más que el resultado de la incapacidad biológica y actualmente irremediable de nuestro cerebro, el cual abrumado por su perspectivismo recae tristemente en la resignación. Una resignación que por atroz apunta a la solución rápida de cualquier cuestionamiento transhistórico, sobretodo en un caos como el actual, donde detenerse a pensar un momento es algo soso y disparatado y una completa pérdida de tiempo. Pero aquello a lo que acabo de referirme es, como ya mencioné, biológico y por tanto arbitrario, circunstancial . Quizás, si es que este proceso que se inició hace miles de años no culmina como es predecible : en la devastación total y absoluta, lleguemos, conducidos por la evolución, al desenmascaramiento de las cosas y disipemos para siempre de nuestro conocimiento esta niebla densa y pesada que no nos permite ver la luz. Mientras tanto, con nuestra porosa cognición a cuestas seguiremos intentando la inverosímil tarea de comprendernos.

Sin embargo, a despecho de los millones de resignados, existen los otros, aquellos que en palabras de Sábato han nacido con la maldición de no resignarse a la realidad que les ha tocado vivir, los predestinados, diría Nietzsche. A esta raza preclara- la misma de Van Gogh, Kafka, Vallejo, Pessoa, Miller, Camus, etc.- pertenece sin lugar a discusión el escritor argentino. Legión hipostática cruelmente confinada en los linderos de este mundo sórdido en sus tres dimensiones. Espíritus enclaustrados en un cuerpo miserable y mortal siempre bajo el yugo de un tiempo lineal y corriente. Son los exiliados de algún reino inmutable, de algún cosmos aún ignoto, apátridas que deambulan en la constante búsqueda de la Verdad Ultima. Como Dante han descendido a los infiernos, a las más profundas simas de la condición humana y han vuelto sobre sus pasos, transfigurados y con iridiscencias en los ojos para brindarnos sus testimonios, el testimonio de su dolor y su soledad. En este ámbito de intelectos supraconscientes se inscribe el hombre oriundo de Rojas, aquél que después de angustiosos cuestionamientos decide abandonar la física por la literatura, trocando su incertidumbre relativa en un completo desconcierto y trasponiendo completamente la línea que divide, no lo real de lo fantástico, sino lo perceptible de lo incognoscible. Así como la luz solar se pierde en los abismos insondables del océano, así la razón socrática ha dejado de refulgir y se muestra incapaz de alumbrar los antros más apartados del creador, los que como el mismo declara pertenecen a su yo más profundo e irracional. Son sus ficciones el producto exhaustivo de esta irracionalidad, mensajes crípticos lanzados al mundo exterior sin respuesta alguna, son las indagaciones, la bitácora, el diario de quién ha navegado por los aguas empantanadas de lo incomprensible.

Entonces la Lucha Primordial y Primera vuelve a darse, una y otra vez a lo largo de todos los episodios de su vida. Casi sin percibirlo Sabato decide arrancarle la máscara a su infame adversario y lo insta a un duelo frontal sin argucias ni tretas y con su endeble humanidad a cuestas pretenciosamente quiere darle caza, sabiendo de antemano que detrás de una nada siempre hay un absoluto. Para esta lid , el espíritu religioso , léase limitado , se alza estoico y arrogantemente blande sus dogmas, estos harán las veces de las adargas que darán muerte al Demonio de La Nada y con ello se resolverá ¿simple y rápidamente todo cuestionamiento existencial?, pero esta alegoría no es más que la prueba irreivindicable del oscurantismo en el que la religión ha mantenido a la civilización occidental en su totalidad. Así, la enorme mayoría de seres humanos pasará miserablemente de la nada a la nada, es decir nacerá, sufrirá y morirá sin saber porqué. Sabato, aunque lo deseé, no puede recalar en el ser intrascendente y gracias a su vitalidad y al impulso natural de su conciencia se aferra firme y se dispone a encarar la lucha. Desapercibido de unas adargas tan incrédulamente efectivas, (hay que recordar que Schopenhauer decía que pretender que genios como Shakeaspeare o Goethe se adscribieran a los dogmas religiosos sería tanto como pedirle a un gigante que se calce los zapatos de un enano) logra mantenerse vivo a pesar de las prodigalidades que le ofrece el suicidio dejando estupefacto al inconmensurable monstruo que tiene enfrente. A medida que transcurren las batallas sus fuerzas, inversamente a lo que él supone, se ven acrecentadas y al cabo de un largo período lo erigen como un rival a la medida de las circunstancias.

Si Borges de algún modo evadió su responsabilidad perdiéndose en disquisiciones y juegos metafísicos, si Henry Miller ha vencido de una sola estocada a este monstruo y nos mira sarcástico mientras monta su pie sobre el cadáver, si Pessoa se ha desdoblado en el candoroso intento de acompañar su soledad, Sabato ,esclavizado por una dualidad que le lastima busca desesperadamente el Absoluto en sus propios congéneres, aquellos mismos que vilipendiaron su obra, los mismos que a través de los años le mostraron crudamente las bajezas de las que eran capaces. Sabato es consciente de que tras la caída de La Nada encontrará el orden natural, su paz. Es por eso que nos dice en sus memorias :

Quizás ayude a encontrar un sentido de trascendencia en este mundo plagado de horrores, de traiciones, de envidias; desamparos, torturas y genocidios. Pero también de pájaros que levantan mi ánimo cuando oigo sus cantos al amanecer, (...) Modestísimos mensajes que la Divinidad nos da de su existencia. Y no sólo a través de las inocentes criaturas de la naturaleza sino, también, encarnada en esos héroes anónimos como aquel pobre hombre que, en el incendio de una villa miseria, tres veces entró a una casilla de chapas donde habían quedado encerrados unos chiquitos-que los padres habían dejado para ir a su trabajo-hasta morir en el último intento. Mostrándonos que no todo es miserable, sórdido y sucio en esta vida, y que ese pobre ser anónimo, al igual que esas florcitas, es una prueba del Absoluto.

Para Sabato la existencia del Absoluto, es decir de un orden superior y armónico, está encarnado en los actos impensados de estos seres anónimos y son ellos su bálsamo y antídoto para el veneno del mundo. Poseedor de una fe recia, no de una fe dogmática sino de una mucho más esperanzadora : una fe metafísica, busca encarnar la utopía, trata por todos los medios de hallarle escapatoria al túnel, quiere convertirse en el mistagogo del éxodo que nos conducirá finalmente al "universo eterno de la verdadera realidad". Se podría afirmar sin temor al equívoco que posee el coraje suficiente para mantener la duda, que es la definición kierkegaardiana de la fe.

La humanidad entera, a la que odia y ama, digno ejemplo de una misantropía enajenada pero también de una profunda ternura, es su móvil, el subterfugio inapelable de este tránsito aparentemente absurdo. Constantemente, y nos lo repite a lo largo de su obra, le ofrece pruebas irrefutables de que la torva lucha que él mantiene con sus demonios no es estéril, que por medio de acciones humanas, en donde cobren vigencia la entereza, la justicia y la solidaridad se podrá vislumbrar aunque sutilmente los contornos del Absoluto: estancia sublime en donde las preguntas incontestables se vuelven diáfanas verdades.

Con el abandono de la física quedó atrás la creencia de que la intemporalidad matemática es la ruta secreta, "que a través de la selva oscura de nuestras sensaciones, mediante la sola guía de la razón, con la única ayuda del pensamiento puro, nos conduce al universo eterno de la verdadera realidad".

Sabato condena la razón y la destierra amargamente, la cree inválida para dar solución a las inquisiciones metafísicas que se reiteran ácidas a lo largo de su vida. La Nada arremete ferozmente sobre su ser pero él se mantiene en pie a pesar de los inenarrables dolores que le produce. Cree acérrimamente en el nivel máximo de pureza al que puede aspirar el ser humano y en ello consiste su última embestida . Como un maestro yogui se ha deshecho de su cuerpo y ha alcanzado la contemplación definitiva y consoladora del ser, todo esto a través de las pocas generosidades de su propia especie. Concluye finalmente en que no podrá imponerse y que en el devenir implacable de los años se sobreviene la muerte. Por encima de esto no claudica y sabe o presiente que si su estancia en este mundo anómalo ha sido una serie de frustraciones y desengaños también le ha valido para encontrar la certeza absoluta y fundamental.

Es así como Ernesto Sabato se enfrenta valerosamente ante el Demonio de La Nada, y esta lucha es brutal y desgarradora sin treguas y sin armisticios y persiste aún hoy: a sus 95 años.

 

 

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