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LA VERDADERA HISTORIA DE LA RONDA DE NOCHE[1]

 

 

 

Como todo el mundo sabe, La ronda nocturna no es el verdadero título del cuadro, sobre todo desde que a partir de 1947 se comprobó al limpiarlo que no era de noche, sino en un lugar poco iluminado. Vaya esto por delante para evitar malentendidos. Al maestro se le ocurrió resaltar el centro de la escena mediante una luz que empapara el cuadro de misterio como una parte más para reforzar el encargo que le habían hecho. En efecto, la compañía de arcabuceros amsterdamesa de la que hablamos, siguiendo la costumbre, tenía ya una pila de restratos de grupo con los sucesivos miembros de tan policíaca hermandad, compañía civil destinada al orden de la ciudad más tolerante de Europa, como pudo verse por el florecimiento de su comunidad judía, ¡ay!, demasiado breve por otra parte. Esta vez encargarían un cuadro muy grande, en el que las figuras fueran al menos de tamaño real, y si es posible más grandes, y todo estaría dirigido a captar la atención. Pues la triste realidad es que nadie les hacía caso. Por importante que fuera su función, de nada valía ésta para captar la atención de los chavales, futura cantera de policía (que es lo que era la compañía civil de arcabuceros). Peor aún, ni por las calles atendían a sus requerimientos, esos pillastres egocéntricos mimados robaperas. Era necesario interrumpir su eterno sueño diurno, romper su burbuja, obligarles a prestar atención, que reconozcan a la autoridad, que se fijen bien, en lugar de pasar de la política, de la ciudadanía, de las instituciones y de las iglesias, por no hablar de los estudios, del comercio o del campo. Qué gente.

-Querido Rembrandt, le dijo el capitán Frans Banninck Cocq, te vamos a encargar un cuadro y te lo vamos a pagar a cien florines por cabeza, de modo que harás una pasta, pero siempre que consigas que nuestros chavales se fijen en la escena y se les quede en las meninges. Si no consigues llamar su atención, habrás fracasado. Quiero que me miren a los ojos, quiero que nos miren a todos, que no puedan apartar la vista porque no sepan lo que va a pasar, aunque se lo huelan. No digo que les dé miedo, pero casi. Pon mucha penumbra, como es tu estilo, y sorpréndelos. Queremos un cuadro que interrumpa su rutina, que corte de un tajo el cordón umbilical a su mundo y se acerquen al nuestro, que es el de la realidad, no el de su apatía.

 Y Rembrandt se puso a dibujar.

 Mientras tanto, el capitán reunió a sus hombres y les explicó que el acuerdo con el pintor estaba cerrado. Entonces, como anotaría el capitán en su álbum años después, le da la orden al teniente de que vaya formando a la compañía, que se van de ronda reglamentaria. Eso es lo que, según él en 1650, sucedió en el cuadro de 1642. Un mentiroso, el capitán Cocq. 

La interrupción se adueñó de todo. Envidiosa, resentida, presintiendo su futuro imperio no quería sentarse a esperarlo y lanzó un primer zarpazo mortal. En 1642 muere Saskia, la esposa del pintor, y su rostro en el cuadro será ya para siempre un rostro póstumo. Saskia pálida, preocupada, marchándose del cuadro, a contracorriente de todos los demás personajes, pero reluciendo, diminuta, misteriosa, menesterosa, fugaz como la vida misma. Primera interrupción, y además en mitad de la escena.

El capitán, un tipo enorme -recuerda el teniente Ruytenburch- le ha dicho que marchen sobre los chavales. ¿No los ves ahí –le pregunta extendiendo el brazo- absortos? ¿Es que es posible permitírselo durante más tiempo? No, amigo Willem, no, hay que acabar con esto, hay que interrumpirlos. El teniente no mira a los chicos, su vista se pierde en la lejanía. Está calibrando la seriedad de la amenaza. El rostro muy serio, casi colérico, piensa que hasta aquí hemos llegado, y empuña la lanza contra aquellos chicos que, al margen de todo, no oyen la conversación ni se fijan en lo que está sucediendo. No tiene intención homicida, desde luego, pues toma la lanza flojamente y por el principio, pero el susto se lo van a llevar. La larga perorata de Cocq, sin embargo, sí que la han escuchado sus hombres, y cada uno se apresta a hacer lo que puede. Entrecruzan lanzas, picas y espadas. El abanderado agita la enseña, uno carga el mosquete, otro ¡lo dispara! y otro más lo acaba de hacer y está soplando en la cazoleta para limpiar el arma, mientras que el tambor redobla mirando siniestramente a los chicos y, detrás de él, un hombre repite sin duda a su compañero lo que le ha oído a Cocq, con la pica en el hombro dirigida al grupo de inocentes chavales. El perro se vuelve hacia el tambor y ladra, agitado por tanto ruido y movimiento, contribuyendo al alboroto general. Por detrás se agolpan más efectivos, con más lanzas.

Los chavales no hacen ni caso, absortos en sus móviles, y sólo Saskia se asusta al verlos. Porque, la verdad, en medio del indignado discurso del capitán, nadie se pone de acuerdo, y Rembrandt se ríe al fondo. También la compañía está hecha un lío. Actuar, actúan, desde luego, pero sin muchas ganas. ¡Al fin y al cabo son sólo críos! Sólo el tambor les lanza una mirada oblicua. Casi todos los demás están a su bola, como los chavales movilianos, comentando lo que ocurre, dudando del próximo movimiento. El capitán está pensando en lo que dice, y no les mira; el teniente también tiene la vista perdida en el infinito, hay grupos a un lado y otro ocupados en charlar del asunto.

El cuadro disgustó a la compañía, porque sus retratos no quedaron bien perfilados. En algunos casos, eran casi irreconocibles, y además los había pintado en medio de la faena, como ausentes, como aquellos chavales a los que querían interrumpir.

Los chicos están consultando en el móvil la app del museo, que les explica el cuadro, no seamos malpensados. Por desgracia, en esta red de interrupciones, nadie les puede explicar que su consulta quedará truncada de raíz cuando la compañía del capitán Frans Banninck Cocq hunda sus lanzas en sus tiernos cuerpos y los arcabuzazos les descoronen, cuando tengan que salir despedidos llenos de plomo de esos asientos tan cómodos para que los guardas limpien rápidamente la escena mientras todos ellos vuelven con prisa al cuadro y se quedan quietos esperando la siguiente remesa de chavales.

Varias veces se ha intentado evitar de modo más elegante el poderío de la pintura. En primer lugar, lo cambiaron de sitio y lo llevaron al ayuntamiento. Genial idea, porque para que el enorme lienzo encajara en el hueco tuvieron que recortarlo, aniquilando a tres hombres de la compañía. Sin embargo, al cabo del tiempo volvieron los problemas. Entonces, en 1939, en septiembre, aprovecharon el comienzo de la guerra para enrrollarlo en un cilindro y meterlo en una caja, y esta caja en un castillo. Sin embargo, incomprensiblemente, la gente exigió ver el cuadro, y al final de la guerra hubo que exhibirlo de nuevo.

Sólo ha habido tres personas que comprendieron lo que sucedía, dos de ellas paradas y una tercera mentalmente inestable. En 1911 un marino-cocinero en paro acuchilló a Cocq, pero el resto acudió a su ayuda y fue detenido. En los setenta un profesor en paro se olió el pastel y, con un cuchillo de pan, se lió a mandobles con el lienzo como si fuera el zorro. En esta ocasión, fueron necesarias varias intervenciones quirúrgicas que salvaron a la compañía. Y, finalmente, en los ochenta uno que llamaron loco lo intentó con ácido, pero la pronta respuesta de los guardas impidió que el líquido llegara a la pintura, y sólo afectó al barniz. Desesperado, se quitó la vida al año siguiente. Cuidado con el Rijksmuseum.

 

Luis Fernández-Castañeda


 

[1] La foto es obra de Gijsbert van der Wal, y está tomada el 27 de noviembre de 2014 en el Rijksmuseum, Amsterdam. Un comentario sobre la misma puede encontrarse en la página de Elisabet Roselló, y una información complementaria de esta historia aquí.

 

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