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LAS RIBERAS DEL DANUBIO

              

Por Carlos Montuenga. Madrid. Publicado en Enero de 2006.                                                                                          

 

 

Lunes 22

El avión de Austrian Airlines ha salido de Madrid en plena madrugada y lleva más de dos horas volando por encima de un oscuro mar de nubes sobre el que brillan las estrellas. Al iniciar la maniobra de descenso para aproximarse al aeropuerto de Budapest, penetramos en una atmósfera opaca que nos aísla del exterior. No consigo ver nada, pero poco después el avión vira  hacia nuestro lado y, allá abajo, la oscuridad aparece taladrada por una miríada de puntos luminosos, que dibujan en la oscuridad de la noche las avenidas  y los puentes del Danubio, tendidos como senderos de plata entre las orillas de Buda y Pest. La ciudad  duerme sin ocultar su belleza, y es ella misma  un sueño en esta hora que  precede al amanecer. 

 

Al poco de abandonar el aeropuerto, ha empezado a llover con fuerza. Los suburbios  aparecen desdibujados, envueltos en la niebla de un día gris que se abre paso con timidez, mientras el autobús rueda despacio entre un tráfico cada vez más denso. Van pasando calles, grandes parques, plazas, naves industriales destartaladas que producen un vivo contraste con los  edificios nuevos de oficinas. Se ven por todas partes paneles publicitarios  que anuncian, en la indescifrable lengua magiar, teléfonos móviles, calzado deportivo y restaurantes de comida rápida. Llegamos  a nuestro hotel, situado al oeste de la ciudad en un lugar tranquilo, pese a la proximidad de la autopista que conduce a Viena, rodeado de pequeñas casas con jardín y de amplias zonas arboladas que descienden con suavidad hacia el centro urbano. No se cansa de llover, y después de no haber dormido en toda la noche, me siento poco dispuesto a abandonar la seguridad de la habitación para volver a sumergirme en el mundo borroso que queda del otro lado de la ventana. Pero al fin, animado por mi mujer , consigo sacudirme la pereza y cogemos un taxi  que nos deja en Belváros (casco antiguo) justo después de cruzar el Puente de Isabel. Deambulamos bajo el paraguas por avenidas apenas transitadas  y , más bien por casualidad, terminamos en Váci utka, la famosa calle peatonal donde están ubicadas algunas de las tiendas más elegantes de Budapest, con sus rutilantes escaparates que ofrecen al turista  desde  delicatessen húngaro hasta cristal de Bohemia. Nos sentimos un poco desfallecidos y entramos a comer en un restaurante próximo, en el que por el módico precio de 2300  forints (unos 11 euros) es posible reponer fuerzas con un suculento menú a base de gulasch (estofado de carne)  y  tarta de manzana.

 

 

Martes 23

Hemos descansado  bien y tenemos ganas de explorar a fondo  la ciudad . En la recepción del hotel me han dado todo tipo de explicaciones sobre los transportes públicos, así que nos animamos a coger un autobús hasta Fövam tér, cerca del Puente de la Libertad, y luego uno de esos tranvías de color crema que circulan junto a los embarcaderos de Pest, del que nos  bajamos al llegar a las inmediaciones del  soberbio edificio neogótico del Parlamento. Hay que esperar una larga cola antes de visitarlo, pero al fin trasponemos el vestíbulo y nos reunimos con un grupo de españoles para iniciar el recorrido dirigidos por la guía, una mujer muy flaca que derrocha amabilidad y pone verdadero empeño en hacerse entender. Subimos todos por una maravillosa escalera, que parece fuera a transportarnos en un viaje a través del tiempo, hasta aquellos días felices del final del siglo XIX, cuando  la ciudad  se convirtió en una de las joyas más preciadas del imperio austrohúngaro; atravesamos salas de elevados techos policromados por los que vuelan nervaduras esbeltas de mármol rojo apoyadas sobre capitales dorados, nos detenemos a contemplar  grandes lienzos con escenas alusivas al nacimiento de la nación húngara y llegamos a  la impresionante sala circular cubierta por la  gran bóveda del edificio, donde permanecen expuestas las joyas de la corona: el cetro, el orbe, la espada y la corona de San Esteban, primer rey de Hungría. Explica nuestra guía, en un castellano correoso, que se trata en realidad de dos coronas ensambladas, una inferior bizantina y ,sobre ella, una latina que fue enviada por el Papa Silvestre a San Esteban en el año 1000, como reconocimiento de la entrada del reino húngaro en la órbita de la cultura política y religiosa del occidente cristiano.

 

La brisa cargada de  humedad que sopla del Danubio ( Duna, para los húngaros) nos deja empapados, al tiempo que paseamos por el muelle Széchenyi en dirección al emblemático Puente de las Cadenas , entre el trasiego de los tranvías y el rumor de  los vapores que  llevan a los turistas hacia la cercana isla Margit, medio oculta ahora por la bruma. Una vez en el puente, a medio camino entre el Parlamento y las colinas de Buda, dominadas por el palacio imperial de los Habsburgo, me he detenido un momento a contemplar la formidable vía de agua que discurre serena entre ambas orillas, como ese gran camino sin polvareda del que hablan los cronistas medievales. Un camino  que condujo a los  cruzados  hasta los confines de Europa, pero también una linea divisoria  entre el mundo occidental y el imperio otomano, hasta que los turcos, tras ocupar Buda en 1526, se hicieron amos de  la ciudad durante más de un siglo, construyendo gran número de mezquitas  en estas colinas. 

 

Miércoles 24

 Hoy hemos decidido visitar la Plaza de los Héroes. Viajamos por una de las cuatro líneas que componen la red de metro de Budapest, en un minúsculo vagón que atraviesa estaciones  situadas a tan escasa profundidad,  que  la luz de la calle se cuela por las escaleras de acceso hasta alcanzar los andenes. Van pasando fugaces las paradas: Opera, Oktogon, Vörösmarty utca, Kodály Körönd; nos bajamos al llegar a Hosok tere (Plaza de los Héroes) y salimos a la avenida Andrássy , frente a una inmensa plaza, en la que destacaba antes una gran estatua de Lenin y hoy día, casi olvidados ya los tiempos del comunismo, ha pasado a presidir el mismísimo Arcángel San Gabriel, que  eleva al cielo los símbolos de la monarquía húngara desde la cima de una imponente columna de treinta y ocho metros de altura.  Alrededor de su base, monta guardia un grupo de figuras ecuestres de aspecto fiero; según leo en mia guía de Budapest,  representan a los caudillos de las siete  tribus magiares escoltando al principe Árpád. Detrás de ellos, cierra la plaza una elegante columnata en la que aparecen los reyes y dirigentes de la nación, desde San Esteban hasta Lajos Kossuth, pasando por Matias Corvino, el gran soberano húngaro bajo cuyo reinado, a finales del siglo XVI, el país conoció un espectacular florecimiento cultural y artístico.

 

 Vuelvo a acercarme al grupo de guerreros magiares, que miran con gesto desafiante hacia la avenida Andrássy desde la base de la gran columna. Al contemplarlos, la imaginación vuela hacia aquellos siglos turbulentos de las grandes migraciones, cuando el empuje incontenible de los pueblos mongoles procedentes del corazón de Asia, provocó el desplazamiento hacia las llanuras bañadas por el Danubio de godos, alanos, magiares...forzando a las legiones romanas a abandonar  esta última frontera de su imperio.

 

Jueves 25

Unos amigos húngaros, Ferenc y Annita, se han ofrecido a llevarnos en su coche hasta Bratislava. Llegamos a la ciudad poco después de mediodía, tras cruzar la frontera eslovaca. Es un día espléndido, resplandeciente  tras las últimas lluvias. Iniciamos nuestro paseo subiendo desde la avenida Spitálska, en el centro de la ciudad nueva, hasta la puerta de San Miguel que, a través de un pasadizo situado bajo  la torre del mismo nombre, bello bastión defensivo que en épocas pasadas controlaba la entrada a la ciudad, nos conduce al corazón histórico. Al llegar aquí, nos sentimos perdidos  en un laberinto de palacios barrocos, fuentes y calles estrechas de aire medieval, en las que se alinean viejas casas de tejados empinados cubiertos de buhardillas y chimeneas. Cruzamos por delante de muchas  tiendas de libros que, sin duda, contribuyen a satisfacer las demandas culturales de esta pequeña ciudad de medio millón de habitantes, en la que una numerosa población de jóvenes ocupa cada año las aulas de  varias universidades, situadas la mayoría en estas mismas calles.

 

Nos cuenta Ferenc que Bratislava fue fundada antes del siglo X, aunque entonces se la conocía por otros nombres: Presburg ,en alemán, y Pozsony, en húngaro. La ciudad destacó como importante puerto fluvial de Hungría y desde 1490 por ser sede de una importante universidad. Más tarde, durante el siglo XVI, llegó a convertirse en capital de Hungría. Al recorrer las altas naves de la catedral y llegar al ábside, una inscripción grabada junto al altar nos recuerda que sobre estas mismas baldosas, enrojecidas en este día luminoso por el juego de la luz que cae desde las vidrieras, fueron coronados durante siglos los reyes de Hungría.

 

Volvemos a asomarnos al Danubio cerca del puente Novy, al pie de la colina del castillo que domina la ciudad vieja. La corriente poderosa del río rompe en ondas de espuma contra las quillas de los barcos que navegan desde Bratislava hacia la cercana Viena y me transmite  la fuerza de  sueños que aún se deslizan, confundidos con la bruma, entre las ramas de los viejos álamos que pueblan sus orillas. Sueños, bruma... jirones tal vez desprendidos del alma de los pueblos que llegaron hasta el verdor de estas riberas y quisieron quedarse ya para siempre junto a ellas. Inmenso camino de agua que avanza sin descanso como el discurrir de la propia vida y se ondula a veces en remolinos fugaces, como si por un momento, el aire se agitara con la música vibrante de los grandes compositores románticos. Fuente permanente de inspiración para las naciones de estas llanuras, que luchan  para encontrar su lugar en el mundo actual.

 

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