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Negros (por Francisco Corán, alumno de bachillerato del IES Isabel la Católica. Madrid. Febrero de 2002)

El profesor comenzó a leer, en voz alta, un texto que decía lo siguiente:

Treinta, treinta y cinco, tal vez cuarenta. La verdad es que su rostro no daba muchas pistas. De todas formas, es lo de menos, porque llegan aquí de todas las edades. Este, como casi todos, tenía, entre otros rasgos, una nariz y unos labios muy característicos, que le daban un aspecto vulgar y bastante primitivo. Era alto y de complexión delgada, no me extraña, a saber qué comen en su país, o mejor dicho, a saber qué no comen - el profesor contuvo una carcajada - porque seguramente huye del hambre para venir aquí a alimentarse con lo que debería ser para nosotros, o tal vez, proviene de alguno que esté en guerra, normal que luego sean de carácter violento. Sea como sea, no nos engañemos, cada uno tiene lo que se merece, y si seguimos acogiéndoles convertiremos el país en una tierra de desgraciados, y de desgraciados extranjeros, que es lo peor. Si me asomo al balcón de mi casa, y veo en la calle más pieles de su color que del nuestro, ¡hay que fastidiarse! Es imposible tomar un solo medio de transporte público sin encontrar a uno de ellos montado, y cualquiera se sienta a su lado, con el olor que desprenden, ¡quita, quita!, ¡a saber! Y su aspecto, ¿os habéis fijado?, como para no hacerlo, ¿no? Algunos intentan camuflarse vistiendo como nosotros, ¿y pretenden así pasar desapercibidos? ¡Ni de broma! No me extraña que luego les paren cada dos por tres para pedirles la documentación, mejor, mejor, cuántos más cacen, más seguros estaremos los de aquí. Si ni siquiera saben hablar nuestro idioma. ¿Les habéis escuchado? Es como para grabarles en una cinta magnetofónica y enviarla a un concurso de chistes de la radio, seguro que nos conceden el primer premio, aunque no haya concurso alguno convocado. ¿Y cuándo hablan entre ellos? Eso, para un programa de chistes no, como doblaje para un documental. ¡Es increíble! Si es que vienen aquí y no se adaptan. Más les valdría aprender, que lo que quieren bien rápido que lo aprenden. Como a exigir derechos, para eso, aunque sea balbuceando, sí que son los primeros. Pero ¿qué derechos? -me pregunto. O sea, que encima que les permitimos estar aquí, se creen en condiciones de poder reclamar algo, ¡qué se vayan a su país a protestar! El otro día, sin ir más lejos, presencié de forma directa cómo uno de estos ladrones, porque eso sí, delincuentes son todos, bueno, todos los que están vivos,- el profesor se rió de nuevo- como iba diciendo, vi cómo le robaba, en pleno día, el bolso a una pobre señora. Un tirón y ¡zas!, salió disparado entre la multitud. Ahora viene lo mejor: a unos cincuenta metros, el infeliz tropezó con una pareja de policías que logró detenerle. El tío forcejeaba y no paraba de gritar. decía algo de: "Hambre...'' o no sé qué. La gente que observaba la escena le miraba con odio y desprecio. Normal. Al final, uno de aquellos agentes se cansó de sus gritos. Desenfundó su porra y se la estrelló en la cara para que se callase. No me sorprende. Inmediatamente, la piel del ladrón se tiñó de sangre y dejó de ser blanca.

El profesor dejó de leer. Miró extrañado esta última frase y dijo, al fin, sonriente:

- Chicos, hay una errata. Han confundido la palabra "blanca'' con la palabra "negros", bueno "negra", en este caso, porque se trata de la piel. Resulta gracioso...

Francisco Corán

 

 

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