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-Dos cuentos (por Rodrigo Calvo y Miguel Ángel García; alumnos de 2º de Bachillerato del IES Octavio Paz. Leganés-Madrid. Mayo de 2000)

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Quien bien te quiera…,( por Rodrigo Calvo, 2º Bach., IES.Octavio Paz, Leganés.)

Fantasías frustradas. (Miguel Ángel García, 2º Bach., IES.Octavio Paz, Leganés.)

 

 


 

 

Quien bien te quiera…

 

Leganés volvía a vivir. Volvía a latir, a sentirse con vida otra vez. Su atmósfera se tornaba nuevamente respirable. La localidad se zambullía otro año más en un otoño plomizo, pero que inyectaba oxígeno a sus arterias. La caída de hojas proyectaban el inicio de una continuación tras el lapsus estival. Comenzaba un nuevo curso. Nuevos compañeros, nuevos menesteres… una nueva vida.

 

Tan sólo los sonidos opacos de mis pasos me mantenían en la realidad, que se presentaba como una hoja en blanco dispuesta a ser escrita. Para mi persona todo iba a ser, o al menos eso era lo que pretendía, nuevo. Únicamente el sendero que me conducía al instituto se mantenía inalterable. Aunque, a decir verdad, por estas fechas todas las calles eran prácticamente iguales. Una gruesa niebla lo cubría todo, cristalizando las tapias a su paso. Gris, muy gris era ella, y se extendía por todos los rincones, convirtiendo el municipio en un dibujo al carboncillo. Los vehículos estacionados permanecían inertes, cubiertos de manto blanco, haciendo el paisaje más desolado. Por su parte, los coches que cruzaban las calzadas, aparentaban ser un par de fuegos fatuos, ya que poco se podía vislumbrar a excepción de sus faros vomitando una luz de sodio anaranjada. Pero lo peor de todo era el frío. A esas horas de la mañana era de lo poco que los sentidos dejaban percibir. Así eran todos los días. Algunos con menos niebla, otros con más frío… incluso había algunos en los que llovía. Y así era siempre.

 

Al terminar mi camino, copiosa lluvia me empapaba levemente el abrigo, aumentando el malestar que por mis venas corría. Flujo vital de mi corazón, que más que rojo, se tornaba negro; tinta espesa, de sufrimiento, estancada e inerte, en el lamento. Las sensaciones que me transmitía el instituto no eran precisamente buenas. Desde hace aproximadamente cuatro años, tiempo que llevo estudiando aquí, la atmósfera que rodea a este tinglado ha ido empeorando. Poco a poco, los mejores profesores que tenían han ido emigrando hacia tierras mejores, donde culminar su carrera, para dejarnos a nosotros, los alumnos, de lado. Ahora todo parece una mafia, en las que los maestros sólo buscan el bien académico, olvidándose de las relaciones con el alumnado. Todo se había vuelto demasiado serio. Parecía una academia militar de bajo presupuesto. Estudiar se convertía en una labor más que en un placer.

 

Pero, además, los cursos venideros no aportan aire nuevo a la ya de por sí decadente situación. Parecen, desde el punto de vista de un chico de segundo de bachiller, unos degradados y nauseabundos peces del mar de la enseñanza. Pero claro, eso es fácil decirlo cuando uno no mira su pasado.

 

Conforme pasaban los días, y con ellos las semanas, dentro de mí iba germinando un sentimiento corrosivo, que emancipaba mi lado más oscuro, más arisco y, tal vez, más violento. Bajo el pétreo manto de mi corazón, que yacía sepulto entre las cenizas del pasado, salvaguardaba una idea como si del más precioso tesoro se tratara, que no era sino el recuerdo de una bella muchacha. Bella, bellísima ella, pero desconocida y extraña a los ojos mortales, que no saben captar lo que brota de un cáliz divino. Muy mitológica era mi cautiva, puesto que tanta hermosura era acompañada de una idiosincrasia traicionera, como las sirenas de nuestros antepasados marineros.

 

Yo conservaba de aquella fémina una buena imagen, pero ésta se fue distorsionando hasta hacerse completamente irreconocible. Esa joven ya no era amable, ni cariñosa, sino más bien un poco más hostil. Su actual forma de ser parecía una parodia frente a la antigua. Durante el verano, entre los dos se libró una guerra civil, que a cada batalla se hacía más cruenta. Al final de las vacaciones, y comienzos de este curso, ya no nos dirigíamos la palabra, y nuestra relación de amistad estaba totalmente extinta. Mutuamente nos echábamos la culpa acerca de quién empezó todo, pero no llegábamos a buen puerto.

 

Hice todo lo que pude para olvidarla, y así me empezaron a ir las cosas. A medida que transcurría el otoño, mi mentalidad fue variando de conformación, hasta llegar a ser muy diferente a la del curso anterior. Sin embargo, tanto creció mi autoestima, que terminó sosteniéndose sobre un castillo de naipes; y como todo lo que sube, baja, más dura fue la caída que la ascensión. Aquella obsesión por intentar olvidarla hizo que me empezaran a gustar bastantes más muchachas, todas bellas como el firmamento, y que reunían un sinfín de cualidades a cada cual más sensual. Unas tenían la mirada resplandeciente, enigmática, como la chica que se sienta un par de mesas más al fondo, y que te produce una sensación extraña, parecida a la que sientes cuando intentas atrapar a la brisa marina. Otras, como una de sus amigas, parecían elaboradas de mismísima porcelana, y por tanto su belleza, era algo tan abstracto, que difícilmente se podría describir en ausencia de poesía. Su belleza es tal, que tan radiante luminosidad, invoca un rayo de esperanza en mi ser; siento latir mi corazón, bajo mi pecho dolorido, que vibra por el eco de sus melodiosas voces. Si por cada vez que pensara en ellas, se escribiera un soneto, no habría en este mundo tanto papel donde redactar, ni noche tan amplia, para observar tantas estrellas.

 

Ayer soñé, de la forma más inocente y clara, como sueña un niño en Navidad. No pude ver, sin embargo, sonrisa esbozada en mi rostro, ni lágrima trotar por mi mejilla, ya que mi alma, anclada a mi ser por férreos grilletes, no me deleitó en aquella nocturnidad, con una vista externa de mi lecho. Mas sí guardo un recuerdo, que empapó mi impermeable y desértico corazón. Gotas de vida, oasis eterno, porque no hay yaga amorosa que cicatrice, jamás. Sólo la muerte podría hacerlo, y no vacilará cuando el momento llegue. Porque de los jinetes nadie puede escapar, si no es persona divina, o no tiene destino.

 

Mas ¡Qué sueño más hermoso! Entre mi tórrido algar de níveas ninfas, latía mi pecho con la fuerza de cien corceles, resonando en toda la estancia. Fue una experiencia mística, cargada de pasión. Caminaba pausadamente, abriéndome paso entre la gente que bailaba en el interior del PUB. Bañado de negro, tanto calzado, como atuendo, procuraba desaparecer entre las sombras de la noche. Arropado por un séquito de algunos varones, intentaba llegar hasta la barra, ansioso por estremecerme con un poco de bebida. Adolescentes saltando, riendo, bebiendo y fumando, luces de colores, música estrambótica de volumen desfasado. Bromas, empujones, alcohol, humo… todo formaba parte de un brebaje tan tentativo como peligroso. Difícilmente podías pasar una semana sin pisar uno de estos antros donde uno se vuelve algo más salvaje. Es como si estos locales estuvieran hechizados, y esa magia te abriera las puertas a un mundo de eterna diversión, rompiendo las cadenas de la timidez, haciéndote más libre, para luego expulsarte de forma brusca, dejándote el cuerpo dolorido y la mente enturbiada.

 

Con un vaso en la mano, y un amigo a cada flanco, me dispongo a analizar la situación. Primero un vistazo rápido a la sala, sin prestar atención excesiva; calculo a ojo el volumen de gente. Después me dispongo a echar otra mirada, reparando más en ciertas cosas, como la decoración, u otras personas; de esta forma observaba el ambiente que me rodeaba. Una última ojeada, algo más minuciosa y desordenada, me proporciona vistas mucho más bellas, como de postal: las chicas. Bailando de forma desenfrenada, contoneando sus frágiles caderas; brazos arriba, un paso hacia delante; miradas profanas, manos en el aire, un giro… otro más;

 

Estas voluptuosas divas, escondidas tras una espesa capa de maquillaje, -- algo excedido, eso sí -- podían ser tus compañeras de clase, la hermana de un amigo o, mismamente, tu vecina. La naturaleza las creó para la noche, y es allí donde más bellas se vuelven, con vestidos que potencian el apetito carnal. Sin embargo, aunque aquella imagen resultaba divina, era completamente imposible no darse cuenta de un factor: prácticamente todas las muchachas vestían igual, de penumbra, y sus cosméticos realizaban la misma labor en una que en otra. Siendo parco en palabras se podría decir que eran hijas de un mismo Dios y, por tanto, hermanas de belleza e imagen. Si te gustaba una, te gustaban todas… o casi.

 

Pero esto a veces se quedaba en un segundo plano. Se supone que uno va a estos lugares a divertirse, no a contemplar lo que el estallido de hormonas le pide. Tras beber un poco, sintiendo el hervor que el manantial de whisky origina en el estómago, me dispongo a vivir un poco la noche. Fue girarme un poco, contornear la cabeza, para verla a ELLA, en todo su esplendor. ELLA no era ella, es decir, no era la misma que la del instituto. Cuando me quise poner a examinarla detenidamente, un fogonazo de luz me presentó otra realidad. Un espejo, y alguien en él reflejado, como si buscara la libertad en aquella jaula de cristal. Tan pronto como me di cuenta de que era yo el que me encontraba frente a mi mismo, otro resplandor fugaz me trasladó a mi mundo, el material, al compás de mi despertador.

 

Sudoroso y confuso, me reincorporé y me asomé por la ventana; tal vez un poco de aire fresco me devolvería las ideas. El paisaje que la urbe me ofrecía se tornaba asfixiante. Edificios de pálidos grises, con brillantina en sus fachadas. Pavimento inerte y difunto. Farolas melancólicas y un cielo tristón, que lloraba sus últimas plegarias para que el día no naciera.

 

Llegué a clase con la cabeza llena de pensamientos confusos. La chica del sueño no era mi compañera de clase, era otra, y la conocía, pero no se de qué. El tronar de mi mente se dilataba más aún cuando la maestra entró por la puerta. Hoy tocaba examen, y el nerviosismo se condensaba hasta hacer masticable el ambiente. Como ya mencioné hace un tiempo, la enseñanza había degenerado. Por más que estudiarás, sentías miedo frente a la hoja en blanco. En lugar de intentar sacar la mejor nota, los esfuerzos de los estudiantes se centraban en la supervivencia. Sacar un cinco "pelao" como dicen algunos, era el objetivo inicial. Los profesores se limitaban a cumplir el plan que el ministerio les ofrecía. Su fin en aquellas aulas de concentración, era conseguir dar el temario por explicado. Y es que resulta gracioso. Ellos te sueltan de tirada toda la lección, sin pararse en nada, y al final de clase te dicen que si hay alguna duda. Silencio. Silencio porque la mayoría de los alumnos no saben ni cómo se llaman después del bombardeo de información. Pero lo más enojoso del asunto es que luego te suspenden y te echan las culpas por no estudiar lo suficiente o no prestar atención en clase. De esta forma se pueden acostar todos los días, los muy buitres, con una sonrisa de oreja a oreja y con el bolsillo calentito. La visión romántica de maestros que se preocupaban por que sus alumnos entendieran la materia desapareció, junto con la honestidad de los mismos.

 

Siguieron pasando los días sin freno alguno. Yo seguía en mi plan de olvidarla, y no escatimaba esfuerzos para conseguirlo. Sin embargo, el incidente ocurrió, y todo el trabajo se vino abajo. De la noche a la mañana, decidí hacer las paces con ella. Preferí olvidar lo sucedido, y otorgarme a mi la culpa de lo sucedido. Lo tenía todo para conseguirlo; remordimientos de conciencia, una mentalidad más estable y maduración intelectual. Pese a ello, me dejó de lado, y me propuso que olvidara por un tiempo. Lo intenté un poco más, pero nada. Me sentía hundido, pero no me quedaba más remedio que aceptar lo que tenía ante mí.

 

A veces, la gente me preguntaba que si me pasaba algo, porque mi rostro esbozaba rasgos del malestar que me carcomía por dentro. Yo le respondía que qué les interesaba, que me dejaran en paz. Cada uno debería preocuparse de sí mismo, y olvidarse de los amigos, porque no sirven para nada, si no es para elevarte en la escala del bienestar para luego dejarte caer a los abismos. Particularmente no sé qué esperan de mi persona, porque hay quien cree que puedes ser bueno en los estudios, tener muchas amistades y encima mantener las apariencias, pero no se dan cuenta de que después de perder a un padre a los diez años, ver como la madre casi abandona este mundo por enfermedad a los catorce y resistir el rechazo de una chica a los diecisiete, la vida ya no tiene apenas valía. Será por ello que son incontables las veces que he pensado en dejar la dimensión terrenal, y que mi color favorito es ahora el negro, y no el verde de antaño.

 

El reloj seguía contando las horas, ajeno a mi estado de ánimo. Un año más, el concurso literario del instituto se convocaba. Este vez no quería participar, porque no tenía inspiración alguna, y porque estaba harto de tantas mentiras. El año pasado, cuando presenté una poesía y una prosa, diciendo que estaban echas para mi amada en cuerpo y alma, era mentira. Lo cierto es que lo presenté para ella, volcando todo m espíritu en estas obras, pero prácticamente nada estaba confeccionado para esa chica. La poesía, así como gran parte del texto, lo había escrito pensando en una muchacha mayor que yo, de sangre latina y piel canela. Pero dejó el instituto, y mis miradas se centraron en otra. Los profesores me preguntaban que si iba a volver a participar, esperando algo de mí que no tenía pensado dar. Sin embargo, como bien me dijo una amiga, las heridas cicatrizan con el tiempo, y eso tal vez me ayudó un poco.

 

Como el grifo que gotea, los semanas se deslizaron una tras otra por mi vida, sin aportarme nada nuevo. La fugacidad del tiempo únicamente me sirvió para cerrar la brecha que mi compañera me abrió en el pecho. Sólo pedía un poco de cariño, pero no merecía ni eso. Simplemente me cuestiono porqué me duele el hecho de que ella ahora tenga novio. Tal vez me siento culpable de que no haya podido darle lo que quería. Quizá sea eso.

 

Los dos focos instalados a cada lado del espejo del baño me iluminaban, mientras yo me acicalaba con todo el esmero posible. Me miraba a los ojos, e intentaba buscar algo que me hiciera sonreír, pero nada. Aquella tarde iba a salir con los amigos por ahí, de local en local, a beber un poco y a bailar. Me observaba y parecía un espectro, vestido con unos jeans de color negro, junto a una cazadora también negra, sin olvidar a los zapatos, que se fundían con el pantalón. Me mojé un poco el pelo, para que reluciera y pareciera menos apagado, al tiempo que mi reflejo me daba la impresión de haber vivido esto con anterioridad. Un poco de colonia y ¡zas! ya era todo un gentleman.

 

Decidimos ir a uno de los bares de la plaza de toros, donde se concentran cientos de chavales todos los fines de semana. Al principio la noche no es que empezara muy bien, ya que la diversión brillaba por su ausencia. Me limitaba a estar apoyado junto a la barra, hablando con un amigo, mientras todo lo que giraba a mi alrededor seguía su destino. No tenía el ánimo para muchas cosas, y me limitaba a darle sorbos a mi cubata, que tenía un sabor fuerte, pero al final te dejaba en el paladar una sensación dulce. Además de la música estridente, otra cosa que me agitaba la cabeza era la impresión de estar viviendo eso por segunda o tercera vez.

 

No fue hasta pasadas unas horas, que empecé a encontrarle el gusto al asunto. Las risas se hacían más frecuentes, conforme íbamos hablando en el corrillo de amigos. Sin embargo, el grupo se vio interrumpido por la presencia de unas viejas amigas. Eran tres. Una de ellas se vino a hablar conmigo, y resultó ser la más fea e insoportable de todas. Ella dale que te pego, a hablar, y yo, por mi parte, a oírla, que no escucharla. Empezaba a sentir una agonía por dentro que me mareaba y decidí ir a hablar con una de sus amigas. Pero la mala pata me seguía y, si la otra era la insoportable, esta ésta era la "borde".

 

Pero cuando ya la cosa no podía irme peor, apareció ELLA. La recordaba del sueño, y vino a salvarme de aquella tortura. Su galas combinaban tanto el blanco de los ángeles como el negro de la muerte. Cielo e infierno, contraste peligroso. Me agarró de una mano y me arrastró unos pocos metros lejos de mis compañeros. Yo estaba perplejo y la cabeza me daba vueltas. ELLA reía todo el tiempo y miraba a sus amigas, como burlándose de mi inocencia.

 

Como quien suelta un resorte, mi brazo derecho rodeó su cintura, presionando su cuerpo contra el mío. Me sentía liberado, a la vez que desorientado, porque la gente nos rodeaba y había perdido de vista a mis amigos. ELLA me miró con sus ojitos de cristal, que parecían no tener fin, y me regaló una sonrisa. Apoyé mi frente contra la suya, que era suave como el terciopelo, sin dejar de mirarla. Con mi otra mano acaricié su pelo, que estaba medio rizado y era moreno, como el mío. Tenía la dichosa manía de tocar el pelo femenino, y no sé porqué.

 

Ella me abrazó y sentí latir su corazón. Esa sensación especial, como cuando coges a un animal y percibes que tienes vida entre tus manos. Aunque yo no pudiera verle, sabía que él, uno de mis compañeros, me estaba observando fijamente, porque aquella chica había sido su novia y seguramente pensaba que le estaba traicionando por estar junto a ella. Mas eso no me preocupaba, porque sabía de sobra que esa muchacha tonteaba con el primero que se le cruzaba, y aquella noche me tocó a mí. No me sentía afortunado, ya que aquello era flor de un día, pero me sentí libre de angustias, y sin presiones. Sólo pedía un poco de cariño y ELLA me lo estaba dando. La abracé fuertemente y, cerrando los ojos, dejé escapar una lágrima, al darme cuenta de que al menos había una persona a la que le importaba en esta vida…

 

 

 

Rodrigo Calvo, 2º Bach. , IES. Octavio Paz, Leganés

 

FANTASÍAS FRUSTRADAS

 

¡Mira cómo llueve! - exclamó mi hermano observando a través de la ventana. Me acerqué para contemplarlo, mientras mantenía en la boca el último pedazo de tostada de mi desayuno. ¡Vaya fastidio! - murmuré masticando aquel trozo de pan. Salí rápidamente de mi casa para dirigirme hacia la empapada calle. Abrí el paraguas y sin más dilaciones partí hacia el instituto. El camino se hizo corto, en gran parte debido a los pocos pensamientos que a esas horas de la mañana poseía. Pasé por la gran puerta de hierro y gracias a la oscuridad existente y a la falta de gente en el edificio parecía un cementerio. La campana sonó y el tiempo de descanso se agotó. Antes de entrar en clase fui al baño. Allí me dispuse a beber agua y de repente la vista se me nubló y al suelo me desvanecí.

 

Un pequeño charco de sangre me rodeaba. Tenía una pequeña brecha en la frente debida al fuerte golpe que me di contra la dura superficie. Me lavé un poco la cara. Antes de salir de aquel sucio lugar, miré por la ventana. Seguía lloviendo, pero entre las cerradas nubes se vislumbraba el sol como faro a la lejanía del mar. Por fin entré en clase y me senté en mi sitio correspondiente. Mientras sacaba los libros, el profesor llegó. Las perezosas agujas del reloj parecían no moverse. La cabeza me daba vueltas.

 

La clase de Física tocaba ya su fin. Llamé a mi compañero para preguntarle cómo se hacía un problema, pero no encontré contestación. Alcé un poco la voz, pero nada, mis palabras se perdían en el aire. Cuando intenté zarandearle para llamar su atención, todos los cuerpos allí presentes, menos el mío, se desvanecieron en el olvido. Por un momento pensé que mi revoltosa imaginación me estaba jugando una mala pasada. Pero el tiempo pasaba y todo permanecía igual. Decidí levantarme de mi silla. Di vueltas sin sentido alrededor del recinto hasta intentar encontrar una respuesta lógica a esta extraña circunstancia. Como ésta era nula, salí al pasillo para comprobar que esta situación se repetía en todo el inmueble.

 

Aquel silencio que recorría el corredor era ensordecedor. Abrí la puerta de una de las clases esperando encontrar a alguien, pero este deseo no se realizó y lo único que encontré fue una aula deshabitada, sin vida. Los pequeños rayos de sol que se entreveían entre el nublado cielo incidían en el suelo formando una extraña figura. Me acerqué para observar aquella imagen que resultó ser ¡una cruz!

 

No quise darle mayor importancia a este hecho, pero giraba por mi mente como una peonza sin control. Salí de nuevo al pasillo. Quise ver a la gente corriendo por los pasillos, gritando, saltando, pero la realidad era cruda y fría, aquellas personas no existían, sólo eran fruto de mi imaginación. No sabía que hacer ni que decir, mi desesperación iba en aumento. Dirigí mis pasos hacia la calle. Allí encontré lo mismo, nada. Caminé hacia la puerta de hierro, que se cerraba y se abría emitiendo un chirrido insoportable. De repente la puerta se cerró delante de mí. Un sudor frío recorrió mi cara, mientras mi corazón latía con más fuerza.

 

Un leve susurro de una voz quebrada levantó mi interés. Miré a mi alrededor, pero no encontré al sujeto. Caminé sin sentido, intentando descubrir de dónde provenía aquel sonido. A lo lejos se distinguía una silueta que se tornaba borrosa. A la vez que me acercaba a ella, ésta se alejaba de mí. Mi sensación de angustia iba en aumento, porque aquel ente parecía inalcanzable. Quería gritar, pero una extraña fuerza interior me lo impedía. Por fin, pude alcanzar aquella imagen que resultó ser mi madre. Todo el miedo en mí contenido desapareció repentinamente. Me abracé a ella rápidamente. Sus brazos me dieron toda la seguridad que buscaba. Miré al cielo. Un sol espléndido, pájaros cantando a nuestro alrededor. Todo color, todo vitalidad.

 

Instantáneamente la vida se me escapó y el miedo volvió. Aquel paisaje en blanco y negro secó mi corazón. La brisa fría y cortante como un puñal atravesaba todos mis pensamientos. Encerrado en un recinto sin salida mi cuerpo se contraía y el desconsuelo me invadía. El crujir de los ancianos árboles era lo único que atraía mi atención. Mi caminar era lento y pesado. El hambre hizo su aparición. Entonces decidí dirigirme a otro lugar.

 

Mientras hacia ella caminaba una música lejana mi curiosidad despertó. Sonido de campanas se entremezclaba con sinfonía clásica. El volumen iba en aumento, como mi deseo de evadirme de aquella ¿realidad? En ese momento perdí toda noción de tiempo, espacio y lugar, desmayándome irrevocablemente sobre el pavimento. Creí que este era mi última parada, mas no, para mí no existía fin de trayecto.

 

Me levanté y entré en la cafetería, cómo no, solitaria. Cogí uno de los bollos del estante. Cuando me disponía a morderlo el bollo desapareció, ¿otro producto de mi imaginación? Entonces en ese momento comprendí que no había salida. La niebla se estaba apoderando del desalojado paisaje. ¿Y por qué yo? Era la pregunta que rondaba desde hacía tiempo mi cabeza. No era capaz de ver la luz en este túnel tan largo y oscuro.

 

El hambre, la soledad, el miedo, formaban un gran fantasma que me acosaba repetidamente. Me senté para saber lo que realmente estaba pasando. El cielo se enturbió, el mundo se resquebrajó bajo mis pies, mientras los árboles se los tragaba el infierno. Sin tiempo para la reacción, el suelo me engulló. Conseguí agarrarme a un árbol que todavía seguía en pie. Un pequeño rayo de sol parecía darme la esperanza de existencia y una sonrisa esbocé.

 

Una enorme sombra tiñó de luto el cielo. Era una sombra sin forma definida. Dentro de aquella inmensidad todo parecía maldad. Pero no parecía así, ya que me tendió una mano donde pondría todas mis esperanzas de salvación. Me elevó unos metros y cuando parecía mi gran salvador, me lanzó con una fuerza descomunal hacia el vacío. Caía y caía, pero no me detenía.

 

¡Un médico! - Aquellas palabras retumbaban en mi mente sin cesar. Observé mi alrededor, todo lleno de gente, de color. Esta vez sí - pensé. Comencé a reírme e alegría. Estaba alegre. Todos me miraban atentamente. Allí tumbado en el suelo, con una gran brecha en la frente todos pensaron que estaba trastornado por el fuerte golpe que recibí. Mi alegría era desbordante. Miré por la ventana. Un pajarillo estaba allí posado. Rebosaba color y vida. La tormenta había desaparecido. Todo radiante, todo feliz.

 

Logré levantarme por mi propio pie. Abracé a mis compañeros. Abrí el grifo. El agua fresca que salía era la mejor que nunca antes había probado. Mi cara se reflejaba en el lavabo. Todo había pasado, llegué a pensar durante un rato. Sólo la odiosa casualidad quiso que mirara al suelo. Lo que allí encontré tornó toda mi alegría en tristeza. La sangre que había vertido formaba una figura que hubiera deseado no verla, formaba ¡una cruz! ¿Todo había pasado?

 

 

 

Miguel Ángel García, 2º Bach., IES.Octavio Paz, Leganés.

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