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                                                                                                         La llegada

                                                               
Juan Pablo Rodríguez García de Cortázar. Julio de 2012



    Delante de la estatua se había detenido. Escuchó un ruido a su espalda; continuaba mirando aquella figura ecuestre. El viento corría y despeinaba su bufanda y sus escasos cabellos. La barba sin afeitar lo delataba.

    Había llegado dando tumbos hasta allí. No recordaba el camino. Tal vez lo hubieran conocido, sin detenerse. Desconocía cuáles eran sus pensamientos y objetivos. Por ello, se quedó parado. La estatua dirigía su vista y daba unos segundos de inconsciente descanso.

    Tenía sueño, hambre, olvido de sí mismo.

    En su memoria surgieron imágenes dispersas. Horas de fragor, de placer, de lucha, de unidad, de batalla. La sangre, el odio, el amor sin límites; también la mezquindad, la salvación, el daño. Mientras tanto, los dedos de sus pies se congelaban y su cara sufría la inclemencia.

    Había llegado tarde. No habría nada que hacer. Por ello, descansó, de pie, de ese ímpetu inerte que lo había dirigido. Brillaba el sol a su izquierda, entre retazos de nubes y vapor de niebla. Volaban palomas.

    Quién lo encontraría ahí, a quién debía encontrar. Una sensación de alivio le empezó a recorrer al reconocer su olvido, al no tener noción de su importancia. Una sensación liberadora y placentera que le servía de reconciliación con lo que quedaba de sí mismo. Un soplo, un descanso.

    Y escuchó un ruido. El que estaba esperando. El mismo que sonó mientras se desmoronaba.

 

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