Portada

Artículos y fuentes Actividades-aula

Arte y Filosofía

Hª de la filosofía

Imaginario filosófico

Libros- reseñas

Entrevistas, links,noticias,...

Comunidades de la Caverna

Philo-Chat News-filosofía

 

Historia de K.

Simón Royo. Febrero de 2004
(publicado anteriormente en www.rebelion.org)

 

Libre como el viento galopaba K por la pradera, unas veces sólo, otras junto con su manada. Le gustaba correr sobre los espacios lisos porque parecían interminables. Era hermoso poder ver la crin suelta de sus compañeras y jugar con los amigos a ver quien llegaba antes a la cascada a beber y retozar en el agua.

Había senderos que se bifurcaban por todas partes que sólo conocían los animales y algunos de esos hombres-indio que a veces le pedía a alguno de los caballos que pasasen a formar un centauro y vivir en cooperación y compañía. El indómito K. gustaba demasiado de la plena libertad y aunque los seres humanos le habían intentado atraer con ruegos y promesas, nunca aceptó el trato; aunque veía que el que lo aceptaba era bien tratado, le pintaban de colores hermosos y le dejaban pastar en campo abierto.

Un día un grupo de granjeros logró llegar hasta la cascada, guiados por un indio borracho que había cambiado su montura por unas botellas de whisky. El desagradable olor hizo estornudar a K y el relincho le pareció al granjero jefe como una invitación a montar sobre sus lomos. Pero K no le había dicho “¡domestícame!”, como reza el cuento de un niño y un zorro, sino “¡lárgate de aquí!”. Venían los hombres montados sobre unos caballos que les obedecían y que no eran de la región de K, con lo que no entendía sus relinchos, pero podía percibir su tristeza junto a la rabia de su orgullo herido.

Los granjeros consideraban que todo lo que habitaba y moraba en alguna parte les pertenecía y, no sabiendo otro lenguaje que el suyo, desconocían todas las leyes del mundo animal y vegetal. A lo que ignoraban lo llamaban “salvaje” y lo que robaban decían que lo convertían en “civilizado”, con lo que K. pensó que nada peor podía pasarle a uno, excepto que lo civilizasen.

El granjero le pasó un lazo por el cuello y empezó a tirar de él, pero era muy poco fuerte, con una pequeña sacudida y una leve carrera lo tiró al suelo y lo arrastró unos cuantos metros. Entonces llamó a otros hombres que empezaron a rodear y tirar de la cuerda de K hasta que se cansó y no pudo ya tirarlos al suelo y arrastrarlos por el césped.

Consiguieron ponerle el bocado, la silla y las cuatro herraduras. Estos animales, pensó K, no me han cogido para comerme, sospecho algo peor después de que me han torturado agujereándome las pezuñas, metiéndome un hierro en la boca y atando algo a mi espalda. Y es que desconocía el veloz caballo de la pradera que un animal pudiera ser capaz de esclavizar a otro, ya de la misma o de otra especie.
 

Cuando montó sobre él y sintió el peso del hombre sobre su cuerpo empezó a saltar y gritar relinchando con fuerza, sintió un extremo dolor en los costados cuando las espuelas se hundieron en su carne y más aún en el hocico cuando el bocado se incrustó en las extremidades de sus labios, pero aún así no cejó en su empeño de arrojar el gran peso que se le aferraba encima. Al fin, alzándose en dos patas, logró que la cosa mala cayera por tierra. Pero la tortura se repitió y se repitió hasta que, ya sin fuerzas, tuvo que soportar el peso encima de esas cosas perezosas que no deseaban utilizar sus propias extremidades para desplazarse de un lugar a otro. Lo metieron luego en una caja grande llamada establo y nuevamente K se resistió, coceó y coceó rompiéndolo todo hasta que le redujeron innumerables cuerdas, lanzadas por todos lados.

Siempre resistiendo pasaría su vida y el sentido de la misma, la compensación de sus tristezas y de sus tormentos, el por qué y el para qué de su obstinada negativa a colaborar con sus captores, vendría precisamente dado por esa fugaz llama de resistencia que le habitaba y que no pudieron nunca extirparle ni con las torturas más vejatorias ni con los golpes más duros. Ya no aspiraba a volver a galopar por la pradera, ni siquiera creía que otros caballos continuasen haciéndolo o pudieran hacerlo en el futuro, no, el no era un mártir de la causa equina, sino tan sólo un resistente.

El espacio a recorrer ya no era liso, llano e interminable, como lo fue el de la pradera, sino una especie de serpiente que se marcaba por el espacio estriado de la urbe y del campo, lo llamaban “el camino que había que seguir”. Así pasarían años, en los que K. se vería obligado a llevar cosas encima de un lado a otro. Fue vendido numerosas veces, cambiando de dueño. Y cada amo bajaba el precio y vendía barato advirtiendo sobre su carácter intratable y su obstinada rebeldía. Así, cada nuevo dueño trataba de domeñarlo íntegramente al notar que aún existía en su interior un residuo de libertad. Pero ninguno consiguió extirpar ese rescoldo salvaje que lo acompañaría de por vida.

Ya viejo, en Italia, convertido en caballo de tiro en la estación de carruajes de la plaza Carlos Alberto de Turín, le ataron a un carro cargado hasta los topes por sexta vez en el día y, cuando hubo de arrancar, respondiendo al primer latigazo del cochero, K se derrumbó sobre sus cuatro patas, se tumbó en el suelo, negándose a partir. Por más que se afanaba el cochero con el látigo K no se levantaría, esta vez no, estaba decidido a morir antes que volver a ceder ante el maltrato y la ignominia.

Al cabo de un rato ya casi no sentía los golpes sino que recordaba aquellos tiempos en que galopaba por la pradera. Entonces, un hombre, se le abrazó al cuello llorando y K, muy sorprendido, encontró antes de morir, en el momento de su último suspiro, al mirarse en los lagrimosos ojos del desconocido; un ser de esa terrible especie esclavista en el que brillaba, fugazmente, su mismo dolor y su misma lucha, el infinito instante de una mutua comprensión.

 

VOLVER A LA PORTADA