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 -Cuento : ¿?(autores: Ana Tallón López; Mario Galán Ayllón. 4º de ESO. IES Carlos Bousoño. Majadahonda. Cuento galardonado con el primer premio de las Jornadas Juveniles de Reflexión sobre el tercer Mundo del Ayto. de Majadahonda)mayo de 2000

Era navidad. Diciembre había llegado ya a su mitad y el tiempo había cambiado radicalmente con respecto a las últimas semanas, dando paso al frío y crudo invierno, aunque para mí era la estación más bella del año.

Ese día abrí la persiana de mi cuarto y, mirando detenidamente tras los cristales, observé lo que a mi alrededor ocurría. En lo alto del campanario de la iglesia, las estruendosas campanas repicaban como cada día, chocando entre sus armónicos una linda melodía celestial que nos anunciaba el comienzo de una nueva jornada, que despertaba con interés y entusiasmo. Los blancos tejadillos daban esplendor al pueblo, y sus guirnaldas de hielo, que colgaban como punzantes flechas, despertaban en las personas el espíritu navideño, que durante todo el año, en lo más profundo del alma, dormía. El panadero vendía su pan como todos los días en aquel puestecillo de la esquina que tantos recuerdos nos traían a todos; las gentes paseaban por las calles resguardadas del frío, mientras que los niños jugaban con la nieve; e incluso, si te fijabas mucho, podías ver el fuego ardiente del sol que como otros días luchaba entre las nubes para poder lucir sus imponentes rayos ante la población.

Estuve varias horas perplejo ante la ventana, mirando hasta el último y más insignificante detalle, y después, bajé a desayunar, me duché, hice la cama... y salí a la calle a formar parte del entusiasmo y la alegría de la navidad.

Mientras paseaba, me di cuenta que sobre mí caían unos pequeños copos, que según pasaba el tiempo se hacían más grandes. ¡Estaba nevando!. Pasaba en ese momento por la casa de mi abuelo, y entré para invitarle a que viniera a cenar con nosotros en la noche del veinticuatro. Cuando entré, pude ver cómo mi primo Daniel se encontraba junto a mi abuelo montando el belén, mientras éste le contaba esta historia:

-Erase una vez un pueblo pobre, donde todos sus habitantes compartían lo poco que tenían. No sabían lo que significaba la ira, el egoísmo, la lujuria, la desigualdad, la injusticia...

-¡Abuelo, abuelo!- preguntó Daniel, que escuchaba perplejo la historia que le contaba­¿qué significa todo eso?. ¿Es bueno o malo?.

-No te preocupes, todavía eres muy pequeño para entenderlo, pero todo es malo. Y mi abuelo, tras esta pausa, continuó contando la historia:

-A diferencia de nosotros, no podían adornar sus pobres pero bellas casas, ni tampoco decorar sus calles, que estaban llenas de barro. Pero vivían la navidad con más espíritu de felicidad, amor, alegría... Además, los niños de aquel pueblo no sabían que en otros lugares más ricos que el suyo recibían tantos regalos, pues les correspondía uno por habitante, aunque eran felices esperando aquel bello regalo, que nosotros consideraríamos una tontería.


-Abuelo, pero ¿por qué no somos todos iguales?‑ dijo Daniel, cuya inocencia no le dejaba ver la maldad de la gente, sino su lado bueno.

 

-Daniel, todas las personas, físicamente somos diferentes; hay guapos y feos, delgados y gordos... y muchas más cosas. Pero desgraciadamente, debido a nuestra gran diferencia de dinero, nos hacemos diferentes del resto del mundo que no es como nosotros, por las cosas malas que te dije antes‑ le contestó el abuelo, sorprendido de la pregunta que le había hecho con tanto sentimiento su nieto.‑ Pero... ¿quieres que te siga contando la historia.?

 

-¡Sí, sí!.

 

Y la historia continuaba así:

  El día veinticuatro llegó al pueblo, que hacía los preparativos con entusiasmo, para una sencilla cena en la que cada uno aportaba lo poco que podía. La cena se celebró como cada año en la fábrica abandonada que estaba a las afueras del pueblo, donde los niños acudían para jugar cuando llovía o hacía frío.

  La fábrica, según me pude imaginar a raíz de la descripción que mi abuelo hizo de ella, era un lugar de dimensiones muy grandes, con un gran espacio desierto en su interior, sólo interrumpido por una vieja máquina, que en un rincón hacía compañía a una gran estufa de metal, que dormía en el más profundo sueño. Una pequeña gotera del tejado hacía caer lentamente una gota, que se precipitaba cada pocos segundos al vacío, y chocaba contra el suelo, rompiendo en el silencio el eco que ésta despertaba al caer, sobre las gotas que anteriormente se habían caído, y que simulaba el sonido que en una cueva produce la filtración de gotitas de agua. Sus ventanas, como sierras de cristal, dejaban pasar el aire al interior de la fábrica, que silbaba al chocar con el filo de los dientes que como el afilado huso de una rueca pinchaban a todo aquel que osara tocarlo. En el centro, una pequeña mesa de madera sostenía los pocos alimentos que cada persona había aportado con toda su ilusión, y, en el exterior, no más adorno que un muñeco de nieve, que, gélido, esperaba en la puerta a los invitados de la fiesta.

 

-Llegó la noche, y la cena comenzó según lo previsto- siguió mi abuelo mientras Daniel le escuchaba asombrado.-Los ciudadanos llegaban poco a poco a la fábrica, mientras los niños cantaban con entusiasmo alegres villancicos. Todos estaban ya dentro, así que comenzaron la cena. En la mesa había unos duros trozos de pan, unas gachas que había hecho la más anciana del pueblo, alguna que otra cosa que sobró de la comida y para beber, agua del manantial que bajaba helada por las laderas de la montaña.

 

-Abuelo, ¿y no tenia langostinos, cordero asado... o otra cosa para comer?

  -No, tenían tan poco dinero, que no podían comprar para su cena alimentos caros, ni

tampoco mucho, así que se conformaban con lo poco que tenían.

Pero esta felicidad no duró mucho tiempo, ya que mientras los señores y señoras bailaban al son de las palmas de los niños, que se carcajeaban de los movimientos tan extraños de los mayores, aparecieron unas personas con aires de cultos y sabios, que invadieron el pueblo a la fuerza, e hicieron a la gente esclava de sus criterios ambiciosos y codiciosos.

-¿Qué significa ambiciosos y codiciosos, abuelo?- preguntó Daniel, que, aunque escuchaba atento el cuento, no entendía algunas de las palabras que mi abuelo decía.

Éste se sonrió, y le contestó:

-Son palabras malas, como las de antes, y para que las entiendas te pondré un ejemplo. Imagínate que mañana Papá Noel te trae el camión que tanto te gusta, y lo llevas enseguida a que lo vean tus amigos del cole, y os ponéis a jugar con él, y con los juguetes de los otros chicos. Pero en ese momento, llega un niño mayor que vosotros, y te quita tu camión, sin que tú puedas hacer nada.

-¿Y por qué me lo quita?-dijo Daniel, que todavía no acababa de entender la explicación­¿es que no tiene dinero para comprarse uno?.

-No, eso no es. Te lo quita porque le da envidia que os lo estéis pasando tan bien, y quiere toda esa felicidad para él solo, y porque quiere demostraros que es más fuerte que vosotros.

-¿Y eso es ambicioso y codicioso?‑ preguntó Daniel.

-Sí, más o menos es eso. Pero, ¿lo has entendido?

-Sí.

-Bueno......... ¿dónde estábamos?.

-En que estaban poniendo a trabajar a todos los del pueblo.

-¡Ah, sí.! Cada vez les hacían trabajar más, sufrían más, y la gente se ponía mala con más facilidad. Nadie decía nada ante esta injusticia, todo el mundo callaba su odio hacia las personas que les estaban maltratando de esa manera, obligándoles a trabajar día y noche, horas y horas seguidas. Cada cual hacía una cosa, según sus capacidades fisicas, pero de todas maneras, todos sufrían mucho con aquellos trabajos que les mandaban.

-¿Y.... ,y por qué les hacían trabajar tanto?‑preguntó de nuevo Daniel.

-Porque las tierras donde vivían eran muy ricas.

-¿Y eso que es?, ¿que tenían mucho dinero?‑volvió a preguntar mi primo.

-No,-sonrió mi abuelo- quiere decir que si tú plantas algo, crece muy rápido, y su fruto es muy rico.

-¡Aaah!

-Pues así pasaron los días, las semanas, e incluso los meses. Pero como en todo, hay un principio y un fin. Y el final de este sufrimiento fue la muerte de uno de los más ancianos del pueblo. Lloraron mucho por él, y sobre todo, los que más sufrieron esta muerte fueron los niños, a los que el anciano contaba bellísimas historias, como yo te las cuento a ti.

En ese momento, me vino a la cabeza una horrible imagen de un niño que lloraba solo en una esquina, desarreglado, demacrado, cuyo llanto te rompía el corazón en mil pedazos. Sus lágrimas, como perlas blancas, le aparecían de los ojos y se deslizaban muy lentamente por sus delgadas mejillas. Le recorrían el filo de la nariz; los pequeños, fríos y amoratados labios; su barbilla; hasta que se lanzaban contra el suelo con tanta fuerza como si la gravedad aumentase en ese momento. Cada lágrima era una angustia, un ahogo, una pena que te hacía un agujero en el corazón. Así que me imaginé a todos los niños del pueblo que había dicho mi abuelo de aquella forma, tan apenados, asustados, y la verdad es que te sobrecogía sólo pensar que la maldad de las personas puede llegar a causar ese daño tan grande a un inocente niño que no tenía la culpa de los problemas de los mayores. Pero seguí escuchando la historia.

Los niños se enfadaron mucho, tanto, que a la mañana siguiente ninguno quiso trabajar, provocando en los invasores un gran enfado, y acabando encerrados en un cuarto oscuro. Los padres no permitieron que sus hijos fueran tratados de esa manera, así que se rebelaron contra esas personas tan malvadas, cuyo jefe habló de esta manera:

-Hemos venido aquí a traeros la riqueza a vuestro vulgar pueblo, y a enseñaros cómo hay que cuidar las tierras para poder sacar de ellas lo máximo posible. Hemos venido a este asqueroso lugar con el fin de conseguir que prospere y salga adelante. Y hemos venido, sobre todo, a enseñaros un poco de cultura a todos vosotros, para que de hoy en adelante sepáis comportaros como personas, y no como miserables y repugnantes mendigos. Así que no tenéis ningún derecho a chillarnos de esta manera.

La gente siguió gritando, y entre la multitud empezaron a entrar los niños, que se habían escapado, y que traían de la mano a uno de los amigos del anciano fallecido. La gente se fue callando, y cuando estos llegaron a donde estaba el jefe de los malos, se oyó la voz de aquel otro anciano, al que los niños habían escogido, por su experiencia, como representante del pueblo. Y éste dijo así:

-Nos habéis hecho mucho daño, nos habéis quitado la libertad, nos habéis maltratado hasta tal punto que habéis hecho enfermar a muchos de nosotros, e incluso habéis llevado a nuestro gran amigo a la muerte. Y encima queréis que nos creamos que venís pacíficamente a ayudarnos en vez de a aprovecharos de nosotros. Puede ser que nosotros seamos más incultos, más pobres,


más ignorantes, hasta puede ser que más sucios que vosotros, que os tapáis con esas caras ropas que os cubren las mentiras y la maldad. Puede ser que no tengamos tantos alimentos, y que tengamos que ahorrar hasta la última gota de agua para no malgastar el poco dinero que sacamos cada uno de nuestro duro trabajo de cada día. Puede ser que no tengamos el suficiente dinero para poder pagarles a nuestros hijos una enseñanza, aunque nos gustaría aprender cómo ganarlo de la gente que realmente nos quiera enseñar. Y puede ser que tengamos menos estudios entre todos nosotros que todos ustedes. Pero lo que si tenemos, y eso sí que no se compra con dinero, es amor, paz, y felicidad, y no vamos a consentir que nadie nos arrebate ese bien tan preciado que ustedes no conocen y no saben apreciar.

Todo el mundo se calló, y un silencio llegó a la explanada en la que estaban todos escuchando lo que allí se decía. Sólo se oía el sonido del canto de los pájaros, y el silbido del aire que sobre las ramas chocaba moviéndolas de un lado para otro.

-Y,¿qué pasó al final?-preguntó Daniel, que inquieto, quería ya saber el final de la historia.

-Pues al final, querido nieto, los invasores se fueron, dejando al pueblo solo otra vez en su pobreza, aunque feliz por haber logrado su libertad.

Daniel no entendió del todo la historia, aunque se le quedaría para siempre en su memoria. Pero yo me di cuenta de muchas de las injusticias que se cometen contra los lugares y la gente que consideramos inferior a nosotros, y que la sociedad nos esconde mediante los medios de comunicación.

Miré por la ventana y vi que ya había dejado de nevar, así que me despedí de mi abuelo, que me había dicho que le haría mucha ilusión cenar con nosotros por la noche, y de Dan¡, que seguía montando el belén.

Y recuerden :NO SON DIFERENTES; LOS HACEMOS DIFERENTES.

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