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Ser humano, libertad y tradición a través de las tragedias de Antígona y Áyax.

Ricardo Hurtado Simó. Noviembre de 2009.



1. Introducción.

El estudio de una época puede hacerse investigando sus manifestaciones culturales, arquitectura, pintura, escultura, etc. Sin embargo, también es posible hacerlo a través de un acercamiento a las reflexiones de los pensadores más destacados de la época. Así, puesto que nuestro estudio versa sobre la antigua Grecia, podríamos comprender su cultura desde el Partenón, las obras de Praxíteles o los textos de Platón y Aristóteles, pero pretendemos asimismo establecer conexiones con nuestro presente.
Además, nuestra aproximación pretende acercase más a cómo vivían, interactuaban y pensaban los hombres y mujeres de antaño, y es por ello, que tomaremos un rumbo más antropológico que filosófico y especulativo. Nuestro interés reside en conocer la vida de las personas, no sus manifestaciones más complejas y sublimes.
A través de la literatura, y en concreto, de dos tragedias de Sófocles, intentaremos comprender la vida en la antigua Grecia, con sus luces y sus sombras. Así, nos centraremos en tres aspectos especialmente: en primer lugar, en la estrecha vinculación que había entre el mundo humano y el mundo divino; a continuación, en la importancia vital que se le daba a los enterramientos, con las implicaciones que ello conllevaba; y por último, trataremos la figura de la mujer desde sus determinaciones culturales y sus relaciones con los demás.
En definitiva, queremos poner de relieve que leyendo las tragedias y comedias griegas podemos conocer con bastante exactitud cómo se estructuraba la existencia humana en uno de los períodos más destacados de la historia, y que además, la literatura nos muestra que, como sucede en la filosofía, sus contenidos son intemporales, ya que las preocupaciones que acompañan a los seres humanos son siempre las mismas, y nos siguen siempre.


2. La relación entre dioses y hombres. Áyax, Antígona y Creonte.


La vida de los antiguos griegos no se podía concebir sin la presencia constante de los dioses, y esto se pone de manifiesto en las tragedias de Antígona y de Áyax. Toda decisión tiene como telón de fondo a la divinidad; los dioses interactúan constantemente con los hombres; los castigan o premian según lo que hagan.
Los dioses griegos se nos presentan casi como seres humanos, demasiado humanos para ser dioses, algo que desde una óptica moderna y referida a las grandes religiones monoteístas señalarán Feuerbach en la “Esencia del Cristianismo” al poner de relieve la esencia verdadera o antropológica de la religión, Montesquieu en sus “Cartas Persas” al decir <<si los triángulos tuvieran dioses, los idearían con tres lados>>o las conocidas críticas de Nietzsche.
Como vemos en la tragedia de Áyax, la bondad o maldad de los dioses con los individuos depende de quién sea el hombre y del grado de adoración divina que realice. Así, Áyax es castigado cruelmente por la diosa Atenea debido a su arrogancia. Atenea defiende a Ulises, y se ensaña con el envidioso Áyax, quien es hechizado y conducido hacia su propia destrucción.
Ulises es amado por Atenea porque es un buen héroe, un héroe dócil con los dioses que no olvida las ofrendas ni los sacrificios; por el contrario, Áyax representa al héroe soberbio y orgulloso que confía en sí mismo, y se siente engañado por Ulises y sus seguidores.
En la tragedia de Áyax, además está presente el sentimiento de culpa. Después de haber degollado a las ovejas y los carneros, Atenea retira su hechizo y el guerrero empieza a entrar en razón. Poco a poco surgen en él el arrepentimiento y la necesidad interior de arreglar tan grave error; así, para Áyax, el suicidio será la única solución.
El suicidio no es algo banal, y yendo hacia la interioridad humana nos encontramos siempre presente el sentimiento de culpa y la creencia de que se puede equilibrar una equivocación con el sufrimiento propio. Constantemente vemos cómo los hombres se castigan a sí mismos. Numerosas religiones y sectas hacen creer a sus miembros que el sufrimiento y la flagelación son la solución para expiar sus culpas y elevarse más allá de la vida terrena; desde esta óptica, vemos que Áyax es un pobre hombre manipulado por la mano divina.
Algo muy parecido a lo que le ocurre a Áyax le sucede a Creonte; el rey de Tebas se nos presenta como un gobernante patético, cegado ante un poder que es más fuerte que el suyo, el poder divino
El orgullo y la ignorancia de Creonte le hacen sucumbir ante el designio de los dioses, desoye a su hijo y a su pueblo y se niega a enterrar el cadáver de Polinice; el gobernante se deja llevar por su arrogancia y su poder, y se separa del pueblo, para al final condenarse a sí mismo.
Creonte cree más en las leyes escritas que en las divinas; considera que el cumplimiento de las leyes está por encima de la adulación a los dioses; por este motivo, Creonte será castigado, por despreciar el poder divino. Rectifica cuando es ya demasiado tarde y está consumada la tragedia.
La justicia divina es mucho más rápida y mortífera que la venganza humana. Cuando se quiere dar cuenta de su error, Creonte está ya inmerso en el drama y se encuentra rodeado de amados difuntos.
Tanto Creonte como Áyax representan un sentido del término griego hybris: la soberbia humana frente al designo de los dioses.
La venganza divina es aún más cruel que la venganza humana; los dioses arreglan el sufrimiento de unos con el sufrimiento de otros.
El trasfondo moral de las tragedias de Sófocles nos dice que no debemos ser ni imprudentes ni impíos con los dioses, de lo contrario, trágico será nuestro destino. Sin embargo, en las tragedias que estamos analizando están más por encima el amor a la patria y el amor a sí mismo que el amor a los dioses.
En un mundo así, donde los hombres miran hacia el cielo sin saber por dónde pisan, poco espacio hay para la libertad y la autonomía.
Desde luego, en el mundo que nos describe Sófocles, el <<Sapere aude!>> kantiano no tiene lugar. En estas tragedias, el buen hombre es aquel que destaca por su docilidad y que vive por y para los dioses. Vivir pensando constantemente en los dioses supone no salir nunca de una minoría de edad de la que nosotros mismos somos culpables. Estas reflexiones, que Sófocles realiza en la Grecia clásica de su tiempo, son aplicables al mundo actual, principalmente a aquellos lugares en los que el fanatismo religioso prima sobre el humanismo, y todo acontecimiento tiene una interpretación fatalista y teológica.


3. La importancia del enterramiento.

El enterramiento de los muertos ha sido una constante en el ser humano desde sus comienzos. Enterrar a los muertos suponía fundirse con lo que está más allá, con aquello que nos trasciende. Y la antropología también ha mirado este acontecimiento y lo ha señalado como uno de los rasgos propios y únicos del ser humano; con el enterramiento, se pone de relieve que el hombre es consciente de su existencia y de su lugar en el mundo, sabe de dónde viene y a dónde va. Además, este hecho conlleva establecer una estrecha conexión entre la antropología, la filosofía, la literatura y la historia de las religiones, ya que nos muestran cómo la muerte ha tenido siempre connotaciones ligadas a lo trascendente y divino.
Todos los hombres consideran imprescindible dar sepultura a sus familiares y amigos, y lo mismo les sucede a Antígona y a Teucro, que están dispuestos a enterrar a Áyax y a Polinice cueste lo que cueste.
Al dar sepultura al cadáver, el difunto queda en paz con los dioses; el enterramiento se acerca a lo divino y está por encima de las leyes humanas.
Como se pone de manifiesto tanto en la tragedia de Áyax como en la de Antígona, enterrar a los cadáveres no entiende de bondad ni de maldad; el honor y el respeto al fallecido son necesarios y están por encima de los valores humanos.
La muerte de un hombre siempre tiene que ser digna; es deshonroso que un cadáver humano sea picoteado por los pájaros y devorado por los perros.
Creonte y Menéalo, reyes de Tebas y de Esparta respectivamente, creen hacer justicia al negar un entierro digno a Áyax y a Polinice, pero no saben a lo que se atienen, pues los dioses están siempre al acecho. Solamente el bueno de Ulises sabe que es necesario enterrar a los hombres con honores y ofrendas.
Por un motivo u otro, ningún hombre quiere acaba sus días sin ser sepultado. Incluso en nuestro presente, pese que en ciertas culturas se ha dejado atrás gran parte de las creencias religiosas que suelen acompañar a la muerte, nadie se queda sin sepultura. Puede que por tradición o incluso por arrogancia humana consideremos imprescindible ser enterrados.
Para ver la importancia que tiene en nosotros el enterramiento humano no hace falta mirar a la prehistoria, ni a Sófocles, ni al entierro de una autoridad religiosa, lo tenemos mucho más cerca.
En la Guerra Civil española miles de hombres y mujeres fueron asesinados en uno y otro bando por cuestiones políticas, hacinados en fosas comunes, y ocultándolos con la intención de que fuesen olvidados y castigados en el anonimato como animales, a causa sus ideas. Actualmente, más de setenta años después, los familiares de los fallecidos en ambos bandos, principalmente los caídos del bando republicano mueven cielo y tierra para dar a sus padres, hermanas y hermanos un entierro honroso. Como vemos, este ejemplo pone de manifiesto que no sólo el enterramiento, sino un enterramiento digno, están por encima de creencias, y es algo que forma parte de la esencia del hombre.

4. El papel de la mujer. Antígona y Tecmesa.

El importante papel de la mujer en estas dos tragedias es digno de señalar. Tanto Antígona como Tecmesa tienen gran relevancia en los acontecimientos que nos muestra Sófocles, pero entre ambas mujeres hay notables diferencias.
A lo largo de la historia la mujer ha tenido un papel secundario en la vida, estaba relegada al hogar y subordinada al hombre; y esto mismo sucedía en la Grecia de Sófocles, donde los dioses y los hombres son los que marcan el rumbo. Parece ser que este hecho se ha olvidado a la hora de estudiar la historia en general, y la filosofía en particular. La historia de la filosofía ha estudiado a los hombres desde diferentes puntos de vista, pero por hombre siempre se ha entendido el género masculino, pues el papel de la mujer era olvidado o incluso despreciado, como vemos en autores de la talla de Rousseau o Schopenhauer.
En la filosofía griega, Platón y Aristóteles ya hablaron sobre el lugar que la mujer debía ocupar:
- Platón consideraba que la mujer tiene mucho que hacer y que decir; el papel de la mujer es tratado en el libro V de “La República”. Para el filósofo ateniense, las mujeres son iguales a los hombres y merecen realizar las mismas tareas que los hombres y recibir la misma educación que éstos; la única diferencia explícita entre el hombre y la mujer está en que las mujeres tienen menos fuerza física que los hombres. Ahora bien, los cargos más destacados en su ciudad ideal están pensados para ser ocupados por varones, y lo mismo sucede con el Filósofo-Rey. ¿Quién podría ser el osado que afirmase que una mujer fuera la única de la polis capacitada para conocer las Ideas y liderar los ciudadanos?
- Como vemos en “La política”, el estagirita consideraba que la mujer tiene un papel secundario, y sólo los que tengan propiedades y sean libres podrán participar en la vida pública; por tanto, las mujeres, privadas de estos derechos, quedaban relegadas a la administración de la casa y a mandar sobre los esclavos, pero nada tenían que decir de puertas para afuera.

En Áyax y en Antígona, Sófocles crea dos mujeres de carácter muy diferente, una dócil y sumisa, la otra rebelde y luchadora.

Aristóteles en su “Poética” define la tragedia como un relato caracterizado por que un personaje de sangre real se convierte en desdichado a causa de su ignorancia o arrogancia frente a los dioses; si damos por válida esta afirmación, la tragedia que lleva como nombre Antígona sería verdaderamente la tragedia de Creonte, que pasa de tenerlo todo a no tener nada en muy poco tiempo. Sin embargo, lo cierto y verdad es que esta tragedia lleva el nombre de Antígona, una mujer batalladora que parece venir de épocas más cercanas a nuestros días, y que reivindica implícitamente un lugar digno y en igualdad respecto a los hombres que la rodean.
Antígona representa la rebeldía frente al tirano y frente a la rigidez de las leyes humanas; es una heroína que busca el honor de su hermano por encima de todo, aunque le cueste la vida, y tiene como objetivo ineludible quedar en paz con los dioses. Esta mujer representa la importancia que verdaderamente tienen valores como el amor o la dignidad.
Antígona renuncia a la vida y a una promesa de amor para corresponder a su querido hermano y comportarse como es debido con los dioses; se transforma en una mártir que acepta su fatal destino y se entrega a él en favor de una muerte digna. Para Antígona, el honor está por encima de la misma vida. Ahora bien, como reproche, podríamos señalar que pese a su carácter autónomo y decidido, aún no da el paso decidido a afirmar su total libertad respecto a su hermano y respecto a los dioses, algo que incluso hoy en numerosos lugares es una tarea a realizar; asimismo, como señalará Hegel en su “Estética”, la figura femenina de Antígona, pese a su enfrentamiento con los varones de su entorno, sigue apegada a lo privado y a las leyes divinas, de ahí su empeño por realizar el enterramiento.
Muy diferente a Antígona es Tecmesa, la esposa de Áyax. Ya de por sí tiene un papel secundario dentro de su tragedia, y su temperamento y carácter no tienen nada que ver con Antígona.
Tecmesa es una mujer de su tiempo, que ha asimilado el papel que le ha tocado cumplir en la vida o mejor dicho, que le han impuesto. La esposa de Áyax es fiel y dócil con su marido, hasta tal punto que la engaña para darse muerte. Desde este punto de vista parece claro por qué una tragedia lleva puesto el nombre de Antígona y por qué la tragedia de Áyax no hace referencia en el título a Tecmesa. El personaje de Tecmesa es mucho menos profundo y atractivo que el de Antígona, pero para nosotros, su interés reside en que refleja perfectamente el olvido y la sumisión a la que se han visto sometidas las mujeres no sólo en la antigüedad, sino también en el momento presente.
La vida de Tecmesa depende de la de Áyax; hombre y mujer son uno mismo, pero sólo el hombre tiene verdadero poder.
En definitiva, la mujer está mejor callada, como se pone de manifiesto en la afirmación que se hace en un momento de la obra: <<Mujer, para las mujeres el silencio es un adorno>>. En este sentido Tecmesa es una buena mujer, que habla lo necesario y está más preocupada por su apariencia que por los acontecimientos que le afectan, aunque no haga más que lamentarse.
A lo largo de la historia, gracias a mujeres como Antígona, la igualdad real entre sexos se ha ido convirtiendo en una realidad, aunque no sin dificultad y sin que la tarea haya concluido.
Por suerte para las mujeres y para la humanidad en general, hoy en día hay más de la rebeldía y el desparpajo de Antígona en la mayoría de las mujeres, aunque por desgracia, el sometimiento y la docilidad de Tecmesa no ha desaparecido aún; vivimos en una sociedad patriarcal caracterizada porque las altas esferas de poder siguen siendo controladas por hombres, evitándose con ello que una mujer, aunque esté ampliamente capacitada, pueda llegar a tener un rol influyente y notable desde el punto de vista social y económico; áreas como la universidad, la religión, la política o la economía siguen siendo espacios vetados para el género femenino. Además, perversamente las mujeres con frecuencia son educadas para que sigan siendo las defensoras de la tradición y las costumbres, que marcan los patrones culturales teniendo en cuenta básicamente las diferencias sexuales; de este modo, la madre, a modo de maestra, enseña a sus hijos e hijas qué papel están destinados a ocupar en la sociedad, educando a sus hijas para servir al varón y cuidar el hogar. Como vemos, el peso de la tradición, hecha por hombres y para hombres, ejerce un peso sobre nosotros del que es costoso desprenderse.
Desgraciadamente, la dialéctica entre Antígona y Tecmesa, entre rebeldía y sumisión no ha acabado todavía.







5. Bibliografía.


-CAPELLE, Wilhelm, Historia de la filosofía griega, Gredos, Madrid, 1972.

-LAQUEUR, Thomas, La construcción del género. Sexo y género desde los griegos hasta Freud, Cátedra, Madrid, 1994.

-SÓFOCLES, Dramas y tragedias, Editorial Iberia, Barcelona, 1967.
 

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