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NUEVA AVENTURA DE ALICIA EN EL PAÍS DE CASI NADA (Por Luis Fernández-Castañeda, abril 2004)

El famoso argumento ontológico de Anselmo de Canterbury siempre me pareció simpático y enigmático, sobre todo por la furiosa reacción que desata -aún me acuerdo de nuestra rabiosa impotencia en el aula por no saber rebatirlo-, así que decidí ponerlo al espejo, uno parecido, aunque no igual, al de Alice through the Looking Glass. El argumento quedó invertido, pero -¡oh sorpresa!- había disminuido de tamaño, como al mirar del revés por unos prismáticos.

Argumento.-Hola.

Alicia.-Hola.

-¿Sabes quién soy? Pones una cara tan rara...

-Bueno, no exactamente, es que pareces el hermano de...

-¿Del argumento ontológico?

-¡Exacto!

-Pues sí, querida amiga, podríamos decir que sí, pero te advierto que entre los argumentos los hermanos se llevan bastante mal, así que te ruego que no hables muy alto, no quisiera que él se enterara de que estoy aquí.

-De acuerdo, por mí vale. ¿Y qué tienes que decirme? Porque te has presentado tan repentinamente, y a esta hora de la siesta...

-Mira, pequeña, vengo cuando puedo. ¡Uy! disculpa que sea yo precisamente quien te llame pequeña, pero has de saber que los argumentos tenemos una vida muy azarosa, de acá para allá, de un siglo a otro. Es muy raro que aparezcamos en la vida humana, contra lo que quizá creas. Nos pasamos viajando por los espacios cósmicos casi todo el tiempo, y sólo muy de cuando en cuando ¡plum! es como si nos cogieran de las premisas -tú dirías del pelo- y nos llevasen en vilo a la mente de alguien. ¡Un viaje casi instantáneo! Pero te aseguro que yo tampoco sé cómo he llegado hasta aquí.

-Pues entonces estamos los dos igual. ¡Oh! ¡Discúlpeme, señor argumento! ¡No quise ofenderle con mi pregunta! Espero que lo comprenda. Y ahora, ¿tendría la amabilidad de explicarse?

-Naturalmente, muchacha, ¿qué otra cosa puede hacer un pobre argumento sino explicarse?

Aquello de pobre le sonó muy extraño a Alicia, porque los argumentos son siempre ricos en consecuencias, y más de una vez un argumento cambió el resultado de una acción histórica, de eso no le cabía duda por las clases de historia en el colegio. ¿Por qué decía que era pobre? A lo mejor, y estaba ahora contemplando sus aviesos gestos, era una ironía, que era como ser bastante retorcido pero con gracia. Quizá todos los argumentos son aviesos, pensó Alicia, y además ¡conocía demasiados pocos argumentos como para saber cómo eran!

-Le escucho, señor.

-Naturalmente, chiquilla. A los argumentos nos encanta que nos escuchen, aunque nosotros, por nuestra parte, no tenemos fama de saber escuchar mucho, claro que es disculpable...

-¡Oh, por favor, no se vaya por las ramas!

-¿Quieres decir que no haga derivaciones sin dirección fija?

Alicia no sabía muy bien lo que le había querido decir, pero decidió darlo por supuesto. La verdad es que el señor argumento hablaba de una forma un poco rara.

-¡Siga, por favor!

-Bueno, querrás decir que empiece. Bien, lo hago. Piensa en la cosa más pequeña que puedas pensar.

-Ya lo tengo, respondió al instante Alicia.

-¿Cómo? ¿Ya lo tienes?

-Sí señor, me he acordado de la cabeza de un alfiler que ayer estuve a punto de clavarme en el dedo. ¡Creo que no hay nada tan pequeño!

-¡Oh, no, niña, no! No he dicho que imagines tal cosa, ni que la recuerdes, sino que la pienses.

-Pero señor, si la imagino es que la estoy pensando.

-Muy bien, niña -replicó el argumento con cierto enfado ante algo que él consideraba obvio- ¡pero si la piensas no quiere decir que te la imaginas! Puedes pensar en una hormiga mil veces más pequeña que una cabeza de alfiler, ¡pero no te la puedes imaginar! Puedes imaginar uno, dos, cinco, diez, pero no ochocientas mil docenas de trillones.

Ante esto, Alicia no supo qué replicar. Ya empezaba a pensar que los argumentos eran todos unos malhumorados, cuando se le ocurrió una idea:

-Señor argumento, lo más pequeño que puedo pensar es una cosa tan pequeña que no se puede dividir.

-¿El qué, señorita?

-¡Un punto!

-¡Oh, sí, un punto! ¡Parece perfecto!

El argumento se apartó bruscamente de Alicia y fue a recostarse a una encina que estaba a unos pocos pasos. A Alicia le pareció que, camuflado entre las sombras, se retorcía unas cuantas veces. Al cabo de un rato, volvió a donde estaba ella con gesto serio.

-¿Qué le ocurre, señor? ¿Se encuentra bien? ¿Hay algo que le moleste?, preguntó cortésmente. Con una voz muy débil, como si se sintiera derrotado por enésima vez, el argumento explicó:

-Un punto carece de extensión y de figura, de modo que no es nada. Yo no pido que se piense en nada, sino en lo más pequeño en que se pueda pensar.

A Alicia se le iluminó súbitamente el rostro:

-¡No se preocupe, señor argumento! ¡Creo que tengo la solución! ¡Lo más pequeño en que se puede pensar es pensar en nada!

-¡No, no, no!, empezó a exclamar el argumento, dando fuertes golpes sobre el suelo. ¡No se puede pensar en nada, pensar en nada no es pensar! ¡Cuando la gente dice que no piensa en nada, lo que pasa en realidad es que no sabe en qué está pensando!

-¡A mí me pasa eso muchas veces!, añadió animosa Alicia, creyendo que animaría al argumento. Pero este respondió fríamente:

-Irrelevante, y se quedó callado.

Al cabo de un rato, Alicia reanudó tímidamente la conversación, en vista de que el argumento estaba como absorto en sí mismo.

-En realidad, señor, no sabía que los pensamientos tuvieran tamaños. Yo creía que todos los pensamientos eran iguales, como los colores, que no los hay más grandes o más pequeños.

-Pues te equivocas, respondió cortante. Los números son pensamientos, ¡y no son todos iguales! Los hay más grandes y más pequeños. ¿O no?

-Entonces, ¿cuál es el número más pequeño?, preguntó Alicia, como animada por un resorte.

-No te lo puedo decir, contestó el argumento, en lo que le pareció a Alicia una evasiva.

-¿Es que es un secreto? La primera vez en mi vida que oigo que hay números secretos, bueno, está el de la clave del teléfono móvil, pero yo lo que quiero decir...

-Sí, sí, ya lo sé, cortó el argumento. No, no es ningún secreto. Lo que pasa es que siempre puede haber un número más pequeño.

-¿Más pequeño que el cero?, preguntó Alicia triunfante.

El argumento, por primera vez, pareció dudar. Estuvo a punto de coger el teléfono móvil para llamar a un argumento amigo suyo y preguntarle si el cero era después de todo un número, pero no quería darle a Alicia impresión de debilidad, ya que no hay nada que humille más a un argumento que esto, y fue entonces cuando se le ocurrió una salida.

-¿Es que no hay pensamientos más pequeños que los números? ¿Qué pasa si un número, aun el más pequeño, es ya un pensamiento demasiado grande?

Alicia había oído decir a su hermano que las matemáticas le quedaban grandes, y eso le hizo dudar lo suficiente como para no saber qué responder. Extrañamente, Alicia notó que ante su falta de respuesta el argumento se estaba poniendo de un humor excelente. "Qué raros son los argumentos, pensó, que se mueren por encontrar a alguien que los escuche, pero luego se alegran más cuanto menos se les responde". Verdaderamente, no entendía esta manera tan rara de ser, aunque recordó vagamente haber oído decir que mucha gente era también así.

-¡Me rindo!, dijo Alicia. No sé qué cosa es esa tan pequeña que no se puede pensar en otra menor.

-¡No, no!, empezó a gritar desconsoladamente el argumento. ¡Tú no puedes fallarme, tú tienes que encontrarlo!, y se tiraba de los pelos -si los tuviera-, lleno de desesperación, marchando de un sitio para otro, girando sobre sí mismo, rodeando la encina, mirando al cielo sin poder quedarse quieto un instante.

Durante un momento en que el argumento pasaba por delante de la encina, Alicia pudo comprobar que el tronco del árbol comenzaba a verse a su través. El argumento estaba adelgazando, se estaba volviendo transparente por segundos. Dentro de poco se haría invisible o dejaría de existir, Alicia no sabía bien qué. Empezó a devanarse los sesos buscando lo que el argumento le pedía, y puede ser que hasta le contagiara algo de su locura, porque empezó a decirse:

-Tengo que pensar, tengo que pensar, sí, sí, pensar, yo pienso, pienso que pienso, pienso que pienso, pienso que... ¡Señor argumento!

El señor argumento estaba a doce metros girando sobre sí mismo a gran velocidad, y apenas se le distinguía ya, parecía más bien un remolino de viento.

-¡Pienso que pienso!, le gritó Alicia jubilosa. El remolino, perdón, el argumento, dejó bruscamente de remolinear. ¡Pienso que pienso!, volvió a exclamar Alicia, encantada por su descubrimiento. No se puede pensar algo menor, porque si existiera, ¡no podría pensarlo! Para pensar cualquier cosa, por mínima que sea, tengo que saber que estoy pensando, porque si no supiera que estoy pensando, ¡sería como no pensar nada!

-Luego se puede pensar en lo más pequeño que se puede pensar, y si lo piensas existe, porque si no existiera, no podrías pensarlo, q.e.d.

Y nada más decir esto, dio un beso a Alicia y desapareció detrás de la encina tan misteriosamente como había aparecido.

-¡Señor argumento! ¡Señor argumento! ¿Dónde está? ¿Qué significa q.e.d.?

Alicia no obtuvo respuesta. El argumento había volado.

En esos momentos acertó a pasar por allí Humpty Dumpty, y le preguntó a Alicia qué hacía hablando sola en mitad del campo.

-Oh, nada, Humpty, se me ha ido el argumento, digo, el santo al cielo.

-¿No pensabas en nada?

-Oh no, de ninguna manera Humpty, pensaba en casi nada, que es MUUUYYY distinto, y cogió a Humpty Dumpty de la mano, que le miró con cara de no haber entendido casi nada.

 

Luis Fernández-Castañeda, abril 2004

 

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