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TORMENTA NOCTURNA, por Miguel Angel García, alumno de 1º De Bach. en el IES Octavio Paz, Leganés- Madrid)

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El camino hacía mi casa se hacia largo. Abrí la puerta y allí estaba mi familia, esperándome para cenar. Antes, había estado en la biblioteca con mis compañeros del instituto estudiando para los siempre fastidiosos exámenes. Yo era un chico normal hasta aquel día, nunca lo olvidaré. Tenía un hermano mayor y unos padres que me querían mucho. Pero a partir de este día todo se tornó gris.

Mi madre me sirvió la cena. Mi padre y yo simpre discutíamos, cosa que también ocurrió aquella noche. Muchas veces no sabíamos ni porqué lo hacíamos,, pero el caso es que nunca estábamos de buen humor. A consecuencia de esta discusión, me fui muy enfadado a mi habitación casi sin cenar. Allí deseé lo peor a mi padre, sin reparame en las consecuencias. El cansancio y la rabia que dentro llevaba me pudo y mis fatigados párpados se cerraron para sumirme en un sueño que nunca llegué a imaginar.

Al día siguiente me desperté con temblores por todo el cuerpo, aquel sueño, casi pesadilla, parecía tan real... Todo en éste era tan cristalino que podría llegar a confundirse con la realidad. Lo que aquella noche aconteció en mi mente fue de esta manera: Amaneció un día nublado casi lluvioso. Me vestí y desayuné rápidamente para ir al instituto. Mi padre, que siempre me despedía, esa vez no lo hizo. Salí a la calle y allí estaban mis amigos esperándome. Mientras íbamos al instituto un hombre se nos acercó y nos amenazó con una navaja. A mí no me robó nada, pero se llevó todo lo que tenían mis amigos, que no era mucho. Seguimos nuestro camino intentando olvidar lo que había pasado. Entramos al instituto y se notaba un ambiente raro. Entramos en clase. Miré por la ventana y el día seguía cerrado, como intuyendo que fuera a pasar algo malo. El profesor se presentó en clase y nos dio las notas de los exámenes. Sorprendentemente saqué un diez. Parecía que el sueño no era tan pesadilla, ojalá hubiera sido así. Después de seis intensas horas, las clases por fin terminaron. Salimos rápidamente del instituto, como si fuera una estampida. Ya no llovía, si no que el sol salió y el calor que hacía parecía aplastarnos contra el pavimento. Tenía ganas de sentarme en el sofá y descansar un poco. Mientras caminábamos, vi a lo lejos una figura que se tornaba borrosa. A la vez que nos acercábamos a ella se volvía más clara. Era mi padre, pero la razón por la cual se presentó allí no la sabía. Tenía una cara desolada. Me acerqué y le saludé. En ese momento las nubes taparon aquel brillante sol. Nuestras miradas se entrecruzaron y sin saber porqué, su mirada me dijo todo. Me comentó que mi madre estaba ingresada en un estado grave en el hospital. Nos dirigíamos hacia él, pero parecía que incluso en momentos críticos no nos entendíamos, la misma historia de siempre. Discutíamos y discutíamos sin llegar a ningún sitio. No le soportaba.

Nos disponíamos a cruzar una carretera cuando un camión se abalanzó sobre nosotros. Yo conseguí apartarme a tiempo, pero mi padre fue arrollado. De repente vi a mi padre tumbado en la carretera. Todos gritaban. De fondo se oía a la ambulancia llegar. Yo estaba arrodillado frente a mi padre. Los médicos me apartaron para intentar reanimarlo. Seguía llorando y mientras la gente intentaba animarme.

Con esta sensación de inseguridad y temor me levanté aquel día. Intentaba rehuir de la cabeza el sueño, pero mis intentos fueron inútiles. No quise darle mayor importancia, con lo que me vestí y desayuné rápido. Allí estaba mi padre y yo en medio esperando su adiós. Abrí la puerta, le despedí, pero no encontré respuesta. Simple coincidencia, o tal vez no.

Salí a la calle, miré al cielo y estaba nublado, apunto de llover. Mis amigos estaban esperándome en la otra acera. Me incorporé a su grupo. Caminábamos lentamente hacia aquel suntuoso edificio llamado instituto. Hablábamos de los exámenes, de lo mucho que teníamos que estudiar, pero yo no conseguía abandonar el fantasma del sueño de aquella noche. No pude imaginar que éste fuera cada vez más real porque según íbamos caminando, un hombre mayor y harapiento se iba acercando hacia nosotros. Con la sensación de haber vivido esta escena, intentaba separar a mis amigos del camino de aquel sujeto. Mis intentos fueron en vano, ya que acto seguido el hombre acabó de unirse a nosotros y sacó un objeto plateado, lo más parecido a una navaja. Como en mi particular pesadilla, a mis amigos le robó todo lo que llevaban, que no era más de mil pesetas y unos cuantos caramelos. Parecía como si se cumpliese la profecía.

Una vez pasado este susto, entramos en el aula. Todo parecía normal. Saludé a los demás compañeros y hablamos un rato hasta que entró el profesor. Miré por la ventana y lo que me encontré no prometía nada bueno, debido a que el cielo estaba negro, como si fuera a caer un diluvio universal. No

quise darle importancia. Cuando entró el profesor nos dirigió una mirada tranquilizadora. Pensé que esto podría denotar algo bueno y en efecto así fue. Nos repartió los exámenes. Lo miré y una sonrisa esbocé.

Estaba contento, había sacado la mayor nota, un diez. No me lo podía creer. En ese instante recordé el fastidioso sueño, en él también había ocurrido esto. Quise mirar a la nulidad y apartar ese pensamiento. Toda la felicidad repentinamente se había vuelto tristeza. Confié en que a partir de ahora todo fuera diferente.

Durante los intermedios entre clases y en los recreos intenté contarle a mis amigos lo que estaba sucediendo y la incertidumbre que tenía frente a estos hechos, pero parecía que una fuerza me lo impedía y tampoco quería que me tomaran por loco. Quizá si se lo hubiera contado todo hubiera cambiado. Sin embargo el río seguía llevando su mismo cauce.

La hora de salida había llegado. Todos queríamos salir pronto de allí. Me reuní con mis amigos para ir a nuestras casas. Miré por tercera vez al cielo. Había salido el sol, radiante, lleno de buenas promesas. El calor que hacía era soportable, pero a nosotros no nos parecía así, por las tremendas ganas que teníamos de volver a nuestros hogares.

Miré al frente y casi sin poder remediarlo, no confundí a la figura que a lo lejos veía, era mi padre. En esos momentos recé para que no fuera él, que sólo hubiera sido un producto de mi imaginación, mas esta no me engañó. Todas mis esperanzas se desvanecían, no podía parar lo inevitable.

Le saludé y me devolvió el saludo. Las nubes taparon ese sol tan brillante. Las manos me temblaban y por mi frente caían frías gotas de sudor. Dijo lo que yo imaginé. Me comentó, al igual que en el tan odiado sueño, que mi madre estaba ingresada en el hospital en un estado grave. Mi reacción fue querer irme con mis amigos, pero mi padre quería que fuera a ver a mi madre. Fue un instante de gran tensión, en el que no me di cuenta de que comenzamos a acalorarnos. Todo salía según lo soñado. Yo no hubiera querido discutir, pero sin darme cuenta lo hice. Quería contener la rabia y la impotencia que dentro poseía.

Cuando estábamos dispuestos a cruzar la carretera, vi al camión, y cual monstruo cuando atrapa a su preso, se abalanzó contra nosotros. Grité para que mi padre se apartara, pero estos gritos se perdieron en el vacío. Cerré los ojos. Cuando los abrí deseé que hubiera sido un mal sueño, pero todo era tan real como yo. Por un momento se paseó por mi cabeza un pensamiento de tranquilidad, de sentirme más mejor sin su presencia. Rápidamente mis ojos se pusieron blancos y mis pensamientos eran de temor. Al ver a mi padre tendido si poder moverse, miré al cielo, pidiendo ayuda a aquel Dios inexistente para mí. Empezó a llover. Mientras la gente gritaba, yo lloraba. La multitud se arremolinó en torno a mi padre. No podía ver nada. Por fin conseguí verle pero los médicos me apartaron mientras gritaban: "¡Se nos va!" Entonces me di cuenta de lo que sucedía, estaba perdiendo a mi padre. Mis llantos se confundían con las gotas de lluvia caídas. Se produjo un vacío en mí. Intenté recomponerme. Todo pasaba tan rápido que no podía darme cuenta de lo que estaba sucediendo.

Las calles frías, el sol a media asta y yo en medio de la nada. Vagaba sin rumbo esperando el milagro. A modo de una gran espiral los hechos que estaban aconteciendo se mezclaban con mis recuerdos, la cual formaba en mi mente un sentimiento de agonía. Este sentimiento fue tan fuerte que hizo desvanecerme en el acto.

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