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Pasos de ceniza sobre el miocardio , por Rodrigo Calvo

(alumno de 1º de Bach. en el IES Octavio Paz,   Leganés-Madrid)

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Ante un crepúsculo cristalino, abro los ojos de níveo blasón y contemplo, admiro y observo, para luego regocijarme en mis recuerdos y volver a examinar, desde mi pedestal efímero, otorgado por nadie, por encima de las almas y blasfemias de una sociedad de mentes enturbiadas, como si servidor fuera el Mesías de un dios inexistente, condenado a ser siervo de anarquías y contrariedades, en un mundo enjaulado, donde las palabras no son palabras, sino unas cuantas hojas de un otoño pasajero. Tan pasajero él que, por no pasar más aprisa, nunca llegó. El tiempo tal cual le conocemos se detuvo entonces; mares embravecidos se calmaron, tormentas encolerizadas se mantuvieron distantes... todo por aquel amor nunca amarrado en el puerto de mi corazón, que se hundió en las aguas.

Hace ya algunas lunas que la veleta de mi corazón fue acariciada por una brisa femenina y mi navío varió su rumbo para navegar hacia lo desconocido, allá donde no llegan las cartas de navegación, donde la mar es de fino algodón, el cielo de suave seda y los abruptos acantilados son alumbrados por los luceros de ella, que, sin lugar a dudas, son la mejor labranza orfebre jamás vista por un mortal.

Tal día como hoy, frío y traicionero, encontrábame yo sentado en un mustio banco, situado en un rincón perecedero, dándome el lujo de ser vulnerable a las heladas, a la niebla y a la peor de las enfermedades: el amor. Nunca me he considerado misógino, mas tampoco partidario de ellas, dóciles muchachas que, ante todo, son amables y comprensivas. Pero no, nunca. Ahora no, imposible. Me siento como Arturo, blandiendo su Excalibur, que es mi pluma, e intentando derrocar, vencer y humillar a mi enemigo, Cupido, en un combate insípido. Mi armadura es mi corazón, pero está tocado y hace aguas, sí, en un pantano, de a saber qué país o llanura, del reino de hadas, amazonas y ninfas.

Hace frío en la calle y la llama de mi corazón se apaga por momentos. Mi única esperanza de mantenerme firme y seguir adelante la encuentro en una pluma que no existe, que intenta escribir en un pergamino imaginario, relatando una realidad tan gélida e inhóspita como la que me rodea.

Aquel día, hace ya algún tiempo, me encontraba solo, con la mirada perdida en el vacío, intentando tal vez agrupar los hechos acontecidos algunas horas antes. Éstos, para bien o para mal, de su agrado o de del mío, ocurrieron de la siguiente forma:

Hacía más frío del que se pueda imaginar, ese tipo de frío que le cristaliza los huesos y le torna el pelo de color albino, además de una infranqueable niebla, espesa y misteriosa, que engullía rues y avenidas a su paso, como si la urbe que me rodeaba se hubiera mutado de repente en el Londres de principios de siglo. Daba la impresión de que la reina madre supiera de antemano lo que me iba a suceder e intentara de todos modos detener mi caminar. Mas yo, desconocedor de esta premisa, me ocultaba en mi abrigo y mantenía la vista al frente, dando pasos temblorosos, uno sí y otro también, intentando dar una impresión equívoca de mi persona.

Ciertamente, la ciudad se había convertido en un gran borrón de tinta, donde todos los senderos te conducían a la nada o, al menos, a algún lugar donde no te gustaría encontrarte. Caminé tanto como pude, hasta que mis zapatos se retorcían de dolor, mas, después de todo, llegué a mi destino. Un instituto cualquiera, con alumnos como otro cualquiera y que se erguía frente a mí, como demostrando una fortaleza innata.

Pasaron cierto número de horas hasta que logré centrarme y disipar la hipotermia, que las pasé acurrucado en mi asiento, permaneciendo distante de la clase y del profesor, que ora habla de Napoleón, ora habla de integrales y derivadas, observándonos con una mirada punzante como si él fuera lobo y nosotros ovejas descarriadas.

Salvados de tan desigual banquete por un timbre agudo y penetrante, nuestras comunas se perfilan a irrumpir en territorio comanche: una explanada solitaria, carente de vida, con diversos bancos colocados arbitrariamente aquí y allá, y algunos soportales que constituían los pilares de un cielo quebradizo, que adquiría un color melancólico a estas horas de la mañana. Un patio inerte, apartado de la mano de Dios, como situado en el más absoluto vacío que, a falta de ser más desierto, sólo le faltaba la arena.

Nos aguardaban quince minutos de descanso y diversión. Sobre todo esto último, que lo aproveché todo lo que pude, a mi manera, claro. Anduve con la cabeza gacha, agazapado en mis ropajes, intentando apaciguar la atmósfera glaciar que me rodeaba. Iba seguido de un séquito de dos compañeros, que se zambullían en un ir y venir de comentarios, en los que yo no tomaba parte alguna, dejando que se perdieran en el olvido.

Tras esta breve tregua, lentamente volvemos a nuestras aulas, algunos con más pereza que otros, unos todavía con sus colillas y otros que marcharon y no han vuelto: hicieron novillos. Titubeo antes de entrar en la clase, mas unas ardientes manos me oprimen la espalda y me conducen hacia el interior de la estancia. Me torno para descubrir que tan peculiares extremidades pertenecen a una joven de mirada resplandeciente y pelo corto que, recogido en su parte superior, a modo de coleta menuda, se hallaba un delicado mechón, que no era más que uno de los innumerables rasgos bellos de tan hermosa lozana. Ella, sí, ella me observa con sus reverberantes ojos. Dichoso sea el iris que navegue por aquel océano de nácar. Quien fuera marinero para naufragar en ellos. Yo. Ella. El tiempo sigue su curso, pero no aquí, no ahora. Virgo, véndeme una de tus sonrisas y seré inmortal hasta que lo sea el astro rey. Al amanecer volveré a ser huérfano, mas ahora cobíjame en tus mejillas de seda. Y, aunque el agua fuera tinta y el aire pergamino, todo lo que se pudiera llegar a escribir sería poco para intentar calificar tal grado de belleza.

Siendo víctima de mi propia imaginación, llegué a pensar que dicha persona no existía, porque tras recobrar la vista después de ser cegado con tan divina imagen, ella había desaparecido de aquel lugar. Preso ya del amor, no tuve más condena que sentarme junto a mi maltrecho pupitre y dejar que la historia siguiera su curso.

Dejando aparte cualquier explicación de mis profesores, estando ya envenenado de tan particular poción, no tenía más antídoto que recrearme en mis pensamientos, viéndola a ella una y otra vez con su figura de matiz felino, con cabello cual angora, luceros de siamés y una piel tan suave que se podría decir que era de algodón. Todavía me estremezco cuando me abrazo y cierro los ojos, y transito por los inescrutables caminos de la mente, intentando encontrar una realidad que no existe. Subjetivo es lo que busco, objetivo es lo que encuentro. Nadie allí me puede guiar hacia la verdad, ya que tan sólo me encuentro yo y esa idea que lo abarca todo y me observa y calla, como riéndose para sus adentros. No puedo evitar soltar una lágrima al tiempo que me acerco y la rozo con la yema de los dedos. Esos dedos, que simbolizan algo físico, terrenal, cuando lo que realmente encuentro es lo etéreo, lo puro, eso que se puede denominar mágico, efímero o simplemente nada.

Cual ola rompiendo frente a un astillero, mis ojos llegan a vislumbrar allá a lo lejos una visión que arremete contra mi persona. Apenas de un sólo vistazo, logro captar toda la magnificencia de aquella muchacha que me ha robado el alma. Al igual que yo, se encuentra sentada junto a una mesa de pino miel, a unos cuantos metros de donde servidor yace inmóvil, paralizado, viéndola con todo su esplendor. Aunque ella no me observe, su belleza no pierde ni un ápice, porque pese a ser vacíos, sus movimientos denotan un gran interés por parte mía. Tan sólo mi estado de enamoramiento era superior a la confusión que vagaba por mi cabeza. Desde luego que aquella chica existía, a no ser que ya no me encuentre cuerdo. Perdido mi corazón, he perdido mi mente.

Aquella persona resultaba ser una de mis compañeras de clase. Mentira, no es una persona, es un ángel, algo divino, traído desde el mismísimo Edén. Un ángel, sí, un ángel que se desliza por el aire con la sencillez de la brisa y sin atreverse siquiera a rozar las infernales brasas por las que los mortales caminamos. Mas, sin embargo, esa fémina caminaba por mi corazón con sandalias de fuego que forjaban un sentimiento tan dulce pero a la vez tan doloroso como su ausencia.

El resonante timbre del pasillo me devolvía a la realidad. Todavía me encontraba algo confuso tras volver de mi sueño, pero en lo único en que pensaba era en ella. Me incorporo prácticamente de un salto, y la busco con la mirada, intentando cerciorarme de que su existencia no era cuestionada. El estado de agobio se disipó casi de un plumazo gracias a que ella seguía allí, sentada, haciendo sus menesteres.

Tocaba cambio de clase, y no dudé ni un solo momento en esperarla en el descansillo de las escaleras, con la empresa de conseguir enjaular algunos de sus, a buen seguro, angelicales versos que conformaban su voz. Lentamente, sin prisa pero sin pausa, deslizaba sus pasos hacia donde servidor se encontraba. Esforzándome un poco logré capturar alguna que otra mirada suya, que se dejaban entrever fugazmente, como si de una saeta de libertad se tratara. Su cabello, dulce cascada de aguamiel teñida de castaño, resultaba ser el perfecto telón de fondo para una faz clara como la nieve, y que parecía haber sido sacada de la magia del mismísimo Miguel Ángel. Caminamos juntos, dejando que la sinfonía de su voz fluctuara libremente por mi cabeza. Llegados al final de la escalera, ella marchó por otro pasillo, alejándose de mí con un frágil caminar y sin tan siquiera volver la cabeza. La enseñanza separaba nuestra relación; ella, estudiaba francés, el idioma del amor. Yo, tecnología, el lenguaje del sinsentido.

De esta forma empezaba mi caminar por el sendero del amor, que me conduciría hacia ella. Sí, casi sin quererlo había iniciado un viaje con destino a Venus en una pequeña embarcación velera que flotaba de manera utópica. Las velas, los relatos donde podría expresar lo que siento. El viento, la brisa de sus miradas. La mar, la sociedad que tornaba oscura y temeraria.

La miro en clase y la veo distante, lejos de mi, como si estuviera ausente. Grito en mi silencio, pero mi voz no es tal. La quiero, la amo, pero no puedo decírselo. Hablo con ella, reímos juntos, pero no puedo decírselo. Pasé de esta forma cerca de un mes, observándola desde mi rincón olvidado y perecedero. Escribí innumerables textos, centenares de versos y más versos, pero, por más que me esforzaba, y por muy buenos que fueran estos, ninguno lograba igualar la belleza de mi amada. Notaba que cada día que pasaba sin tenerla junto a mí, mis entrañas iban pereciendo, mas, cuando la veía por el alba, una bocanada de vida fluía por mis venas. Era como si esa adolescente controlara los latidos de mi corazón.

Febrero no se hizo esperar, y con él llegó una nueva que, para bien o para mal, cambiaría el transcurso de mi vida por completo. En el instituto se convocaría un concurso literario, en el participaría presentando mis obras acerca de ella. Mas, para demostrarle mi verdadero amor hacia su persona, condensaría todo aquello escrito en tan sólo dos obras, que representarían las dos partes de este amor incomprendido; una poesía, que haría las veces de declaración de sentimientos y una prosa, que expresaría todo aquello que he vivido por ella y por su querer. Dos obras, sí, porque en la variedad está el gusto. Dos obras, se mire por donde se mire, que representaban el ir más allá de las palabras, los morfemas y los besos.

Sin más dilación, aguardaba todos los días a final de clase a mi querida, para que me brindara una de sus miradas, que me darían el impulso que necesitaba para ponerme a relatar todo cuanto quería. Noches en vela, estudios sacrificados, mas todo daba igual, aquella quimera debería estar terminada en el plazo justo. La tinta era mi sangre, pero al ser ella quien poseía mi corazón, la escritura se volvió demasiado difícil, hasta el punto que algunas veces llegué a pensar que mi imaginación yacía muerta en el tintero. Todo cuanto llegó a conjugar mi mente lo plasmé en el papel, que más de una vez terminó en el interior de una vieja papelera.

Tal esfuerzo mental me hizo perder la lógica, de modo que ni siquiera sabía en qué día de la semana me encontraba. A modo de Quijote contemporáneo, mi cabeza jugaba con mis pensamientos de manera que la realidad se veía deformada, borrosa y algunas veces hasta ridícula. Intentando contener la poca credibilidad que mantenía en la cabeza, logré organizar aquel guirigay de palabras, y por fin presentar mis trabajos literarios.

No satisfecho con esta acción, pensando que dicha ofrenda era poco para mi diosa, gratamente me dispuse a juntar dichos escritos bajo el título "Sea un besar y no palabras quien conforme esta declaración". Como último paso de este arduo caminar por el sendero del amor, me las arreglé para depositar tal sortija en la mochila de mi carcelera. En un sobre adjunto, sin firma alguna, introduje una nota que expresaba mis sentimientos más profundos hacia ella además de una petición para que, en el caso de que ella sintiera lo mismo por mi persona, se citara conmigo tal día como hoy, lluvioso pero no tan gris como aquel otro en el que la conocí, apenas unos minutos antes de entrar en clase. A partir de ese momento sólo cabría rezar y ser paciente.

Aquella mañana se tornaba sombría, lúgubre y hasta aterradora. Faltaban tan sólo unos instantes para que llegasen las siete y media. La niebla, compañera en los últimos años siempre a estas horas intempestivas, no se hizo esperar. Aguantando el frío polar que me amparaba, aguardé, primero minutos y después horas, cobijado en mi abrigo, esperando escuchar esa dulce voz que haría de mí alguien inmortal. Pero no, por allí todo lo que me rodeaba era un silencio sepulcral. Seguí esperando, manteniendo la temperatura corporal con tan sólo su recuerdo. Una gélida llovizna empezaba a barrer los pocos rayos de sol que todavía se mantenían firmes. Para superar la monotonía, de vez en cuando paseaba de aquí para allá, pero manteniéndome en guardia en todo momento. Y esperé, y aguardé, y me mantuve allí sin moverme, soportando ese castigo glacial. Mis manos, empalidecidas por la falta de circulación, parecían resquebrajarse. Mi cuerpo, agazapado, mustio, albino y aparentemente rígido, daba la impresión de ser una escultura.

Fue entonces cuando perdí el poco juicio que guardaba en la mente y enloquecí sin remedio. Corrí tanto como pude, traspasando la inocua niebla, intentando encontrar a la mujer que, tras haberme robado el corazón, marchó dejándome solo. Mi imaginación elaboraba cosas irracionales pero que, debido a mi estado de locura, parecían ciertas al cien por cien. Llegué a pensar que la niebla la había raptado, y no dudé en intentar golpearla para que la soltara. Perdido mi corazón, mi mente y hasta mis fuerzas, estando al borde de desfallecer, caí de bruces sobre el encharcado pavimento. Tiritando, y con la vista borrosa, los pensamientos se agolpaban en mi cabeza. Ella no me amaba, se había ido y no volvería. La realidad podía con mi ser mas no era capaz de admitirlo. Todo el esfuerzo no sirvió para nada. Este fue el revés más fuerte que me había dado. Las lágrimas se mezclaban con la lluvia, que me empapaba con su manto, intentado darme un cobijo inexistente. Aunque la perdí por completo, guardaría unas cicatrices como recuerdo suyo, que me hizo con sus sandalias de fuego, los pasos de ceniza sobre el miocardio.

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