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CORRUPCIÓN EN LAS AULAS

 Luis Fernández-Castañeda

Al profesor le apreciaban sus alumnos. La convivencia diaria con ellos le resultaba fácil, recibía  muestras de respeto y de buen rollito. Él se hacía con la clase, aunque la verdad es que a veces hablaban demasiado. Pero le entendían. La verdad es que no trabajaban mucho. La verdad es que, aparte de atender los veinte minutos que él dedicaba a explicar, el resto del tiempo no hacían nada, excepto honrosas excepciones. Otras veces la explicación duraba una brillante hora, eran las ocasiones en que de una cosa se deducía otra y, casi sin sentirlo, el profesor y su clase se veían sobresaltados por el timbre de fin de hora. Algunas de éstas hubo. El profesor entendía a su clase. A veces los veía nerviosos, incapaces de concentrarse, y entonces era más breve. Otras, simplemente, los tenía que soportar, porque algo no iba bien y no paraban de alborotarse. Ninguno por encima de los demás, resultando imposible imponer ninguna medida disuasoria. Pero eran pocas esas veces. El profesor estaba convencido de que actuando así al menos sacaba de sus alumnos lo poco que se podía sacar de ellos. Casi todos estudiaron el día antes del examen. Y suspendieron. Empezó a cambiarles la cara. Primero se aferraron a que el profesor había suspendido a todos (lo que no era cierto). Al día siguiente el profesor ya no era un tío majo. Nadie entendía qué es lo que pretendía. Se empezaron a contar casos de alumnos muy brillantes que habían suspendido, gente que siempre había ido aprobando y de repente cateaba. No por ello los alumnos trabajaban más en la clase o en casa. Vinieron los primeros padres a pedir explicaciones. Algún compañero que otro preguntaba también. De momento, todo con bastante laxitud. Pero como el profesor siguió suspendiendo, aumentaron las protestas de los alumnos y las visitas de los padres. Al profesor le asaltó la duda. ¿Estaría haciendo algo mal? ¿Sería un mal profesor? Estaba seguro de que les había explicado cómo tenían que estudiar, pero también de que no lo ponían en práctica. También estaba seguro de que no era demasiado exigente. Sin embargo, quizá algo no lo hacía bien. ¿Pero qué? En el último mes de curso se dio cuenta de que tenía a todos en contra, y decidió pasar un poco la mano. Una madre preguntó en el consejo escolar por qué ese profesor suspendía tanto. Otra le llamó a primera hora para decirle que había estropeado el viaje a Irlanda de su hijo.

El curso siguiente no tuvo esos problemas. Levantó la mano desde el principio. Simplificó los temas, su extensión y su explicación. Y al final de curso, volvió a levantar la mano. Desde entonces, todo le fue bien, aunque sus alumnos salieron poco formados y un apreciable 20% suspendió en selectividad, mientras que otros obtuvieron notas bastante más bajas de lo que se podía esperar viendo su currículum. Sin embargo, nadie le echó nada en cara. El profesor comprobó que había tocado fondo. En su fuero interno, deseó que viniera un inspector a cantarle las cuarenta, a decirle que era un mal profesor, a suspenderle del servicio. A decirle que un buen profesor es el que sabe sacar rendimiento a sus alumnos, y no el que se adapta al ambiente de vaguería reinante. Pero era inútil esperar a ese inspector, porque lo que él había hecho no lo inspeccionaría nadie.

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Hoy el profesor, vencido, sin fuerzas, marca su terreno, caracterizado por una docencia fácil de impartir. Sabe que sus alumnos no están dispuestos a esforzarse. Sabe que muchos compañeros les aprobarán, hagan lo que hagan. Los alumnos no se esforzarán. Si no aprueban a la primera, intentarán ablandar al profesor. Pedirán nuevas oportunidades. Si a pesar de todo el profesor suspende, vendrán con sus padres, solicitarán una entrevista, porfiarán por su hijo. Si el profesor no cede, se resignarán a septiembre. En septiembre el alumno hará poco más o menos lo que hizo en mayo o junio, salvo honrosas excepciones. Y si no, le quedará pendiente, hasta que sólo le quede la suya. En cualquier caso, el alumno aprobará.  En veintisiete años de docencia, no ha impartido dos cursos igual. Lo ha probado casi todo. Trabajo en grupo, medios audiovisuales, redacciones, exámenes tipo test, exposiciones orales, exámenes por tema, múltiples recuperaciones, sin recuperaciones y sólo con la media, recuperaciones al final, o por trimestre, ejercicios por internet, con libro de texto, con apuntes, con fotocopias, clases de repetición y de refuerzo... Y sigue sin estar nada contento. El problema debe de ser él. No sabe aún qué hará el próximo curso. Todavía tiene la esperanza de dar con la tecla. Sin embargo, tiene la sensación de estar ya profundamente corrompido. Irremediablemente.

 

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